INUYASHA NO ME PERTENECE, PERO LA TRAMA SI
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LA REINA DEL NORTE
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CAPITULO 4
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Kagome despertó la mañana siguiente de aquella cena tan particular, donde ya no pudo detener sus impulsos irrefrenables de explotar ante Kikyo y la reina madre.
Todo aquel asunto le provocó un subidón intenso de adrenalina y tras la cena, se había echado a dormir, sin tener el duermevela en la espera de su esposo.
Inuyasha no vino aquella noche a ella. Otra más que Kagome permanecía tal como vino desde el Bosque Negro. Una situación humillante y degradante, como se la mirase.
Habia despertado sabiendo que como era jueves, sus obligaciones como reina, dentro de la orden del día, incluía acompañar como estatua al rey, en las audiencias que éste ofrecía a sus súbditos. Era una ocasión formal.
Así que luego del desayuno, que tomó en la mesilla de la habitación, ya que una criada vino a advertirle de que el rey no la esperaba, así que no era necesario que viniera.
Kagome entendía que eso significaba que su marido había tomado el desayuno, en la cama con su favorita.
Así que la reina consorte desayunó en relativa paz y sola. Al acabar tendría que ir a los vestidores de la habitación adjunta que las criadas la vistieran para las audiencias en el trono.
Las mujeres que paseaban por su habitación, no eran ninguna que conocía. Sus criadas originales del Bosque Negro fueron despachadas, y se marcharon con Sota, cuando éste regresó a casa.
Kagome había llorado mucho cuando su hermano se marchó. Se sintió muy sola y triste, con la perspectiva de tener que pelear con mujeres insidiosas y un marido que ni siquiera consumaba el matrimonio con ella.
Lo de anoche, sólo fue una muestra de la explosión de su carácter. Cansada y harta como estaba de los desplantes.
Cuando se llevaron las bandejas vacías de lo que fuera su desayuno, la reina consorte del Norte se levantó, y se dirigió a las habitaciones contiguas, para que la prepararan.
Pero nada más al entrar, se encontró con un panorama desolador.
Los armarios principales estaban vacíos. Allí donde deberían colgar los vestidos de tela amarilla dorada, que eran los ropajes oficiales y formales de los reyes del Norte, no había absolutamente nada.
Una de las criadas, visiblemente acongojada, no pudo evitar arrojarse a los pies de su reina.
─Su Majestad, lo siento tanto. Fueron ordenes de la dama Kikyo. Ella mandó una comitiva esta mañana a vaciar estos espacios. No tengo autoridad para desobedecer a la señora, o me harían azotar hasta morir.
Era evidente que la pobre criada no tenía culpa, por temor a Kikyo. Se la veía avergonzada y apenada.
Kagome respiró hondo.
Hizo un gesto a la dama que se levantara.
─No es culpa tuya. Anda, ayúdame a vestirme ¿Cómo es que te llamabas?
─Indhira, mi señora ─apresurándose en incorporar y buscar algún vestido para la reina.
─Bien, Indhira. Busca algo verde, como los colores del emblema del Bosque Negro. Ya volveré a encargar otros vestidos amarillos.
La muchacha asintió y se puso a cumplir rápido la orden.
Kagome, quien aparentaba estar muy tranquila, en realidad por dentro hervía de furia.
¿Qué clase de reina soy si puedo ser pisoteada de este modo?
Indhira le encontró un vestido verde y le arregló el cabello para colocarle la corona.
Kagome pensaba en sus adentros que era cuestión de tiempo para que Kikyo llevara ese trozo de oro también, para completar las ignominias que ya le había hecho.
─ ¿Cómo es que si está tan subyugado por Kikyo, es que se casó conmigo? ─pensaba, la joven, con rabia.
En eso, el sonido de una voz la quitó de sus ensoñaciones.
Una mujer vestida con ropas de dama de compañía entró a las habitaciones, sin ser anunciada.
Kagome no la reconoció enseguida, pero luego de unos segundos entendió el motivo de tanta irreverencia. Aquella mujer era Varra, la otrora amante de su padre y madre de Kikyo.
La mujer fingió una reverencia al entrar, pero sólo era un detalle en medio de tanta insolencia.
─Mi señora, se os convoca que os presentéis ya. El rey tiene previsto salir enseguida a la sala del trono y la tradición manda que entréis juntos.
Kagome tuvo que callar lo que pensaba. Esto si era denigrante, que mandaban a una mujer, poco menos que una criada que le hiciera recordar de las etiquetas.
Kagome tuvo deseo de colgar a Varra, ya que era evidente que se divertía con el desaire.
─Sé que ir. No hace falta que me lo recordéis ─se limitó a decir Kagome.
Varra hizo un gesto con la cabeza y salió, como había venido. Silenciosa y sin avisar.
La pobre Indhira iba a seguir arreglando con algunas gemas el cabello de su señora, pero Kagome la detuvo.
─No es necesario. No debo demorar, ni más faltaba que el rey se enoje conmigo ─ordenó, levantadose, para caminar hacia la zona, donde la esperaba el rey, para entrar de su mano en el salón del trono, para presenciar las audiencias.
Al menos el cariño del pueblo era genuino.
Quizá eso podría hacerle sentir un poco menos desgraciada.
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─ ¿Por qué estas vestido de ese modo tan elegante? ─preguntó Bankotsu desde el camastro
Y es que Hiten, justicia del rey se había puesto su enorme capa blanca y el uniforme dorado. Hiten era la Justicia del Rey y uno de los que se paraba cerca del trono, para presenciar las audiencias programadas. Era una ocasión solemne y seria.
Bankotsu llevaba un par de días en la ciudad y su hermano le dio permiso para que durmiera en uno de los camastros de los cuarteles de la guardia, con la advertencia de que no hablara con nadie. Hiten conocía el carácter de su hermano, poco proclive a las formalidades, y más tirando a lo irrespetuoso y descomedido.
No quería bajo ninguna circunstancia que se cruzara con los reyes o con algún funcionario importante. Menos con la dama Kikyo, la favorita de la corte. Porque era imposible saber cómo reaccionaría Bankotsu ante una falda bonita, y había que reconocer que la amante de Inuyasha era muy bella.
Buscó su casco y giró junto a su hermano, que seguía acostado, con un brazo bajo la cabeza.
─Si te aburres, puedes salir a montar. Puedes coger uno de los caballos con montura del corral del cuartel. Ya te había dicho que te fueras hoy, ya tienes la información que buscabas para tu próxima caza ─indicó Hiten colocándose el casco dorado en la cabeza.
─Eres un aburrido. No he salido hoy, porque tengo una cita con una tabernera en el pueblo esta noche. Quiero divertirme un poco antes de irme al Este de nuevo. Pero cogeré tu palabra y saldré a montar. Es tedioso estar aquí ─anunció Bankotsu, levantándose.
Hiten hizo un gesto con la boca y se marchó.
Bankotsu nunca cambiaria.
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Kagome se encontró en el umbral de la puerta de entrada al gran salón del trono, con su marido.
El reina lucía sencillamente deslumbrante con su atuendo amarillo, la imponente corona y su maravilloso aspecto. Detrás suyo estaba su comitiva principal de guardias y algunos ministros.
Kagome, como reina, llegaba acompañada de todas sus damas.
─Su Majestad ─saludó Kagome, haciendo una reverencia
─Mi señora ─respondió él como saludo.
Kagome se sintió atribulada, porque sentía los ojos de su marido en ella. Lo único que la alivió era no ver a Kikyo entre la comitiva del rey.
En eso, los guardias abrieron el portal y la potente voz de los heraldos anunció la entrada del rey y la reina.
─Sus majestades, el rey y la reina.
Kagome caminó de lado de su marido, sintiendo cientos de ojos en ella, reparando en su rostro y su atuendo. La muchacha procurar mantener una postura regia, tal como le habían enseñado en todos estos años. capaz de aguantar los embates de las miradas.
Aunque Kagome se daba cuenta de que la mayoría miraba su vestido, de un color diferente al del rey, cuando se suponía que debían vestir igual.
Pero Kagome no estaba por la labor de llorar por un vestido.
Los monarcas llegaron a sus asientos. El rey se sentó en el inmenso trono y Kagome hizo lo mismo en el suyo.
La reina madre Margaret no participaba de estas audiencias por que el sitial de reina debía ocuparla Kagome, así que era natural que no estuviera, pero a Kikyo nada la vedaba a estar, y Kagome paseaba la mirada a ver si se topaba con aquella zorra.
Kikyo demostró que era implacable, y no le perdonó su arranque de la cena de anoche.
Pero cuando el heraldo iba a anunciar a las primeras personas que iban a ser recibidas en audiencia, de repente la corte se volvió un murmullo susurrante con exclamaciones de sorpresa. La puerta principal se abría, pero no para otros miembros de la corte, sino que era Kikyo, quien, hacia una entrada triunfal, y lo que más indignó a Kagome, fue que lo hizo vestida con el vestido amarillo que debió haber lucido ella.
El amarillo dorado era el color de sus majestades. Nadie más que ellos podían lucirlos.
Kikyo caminó, ceremoniosa y hermosa, haciendo una corta reverencia con la cabeza, antes de tomar su lugar entre las damas de la corte.
Kagome temblaba de ira, al notar los ojos anhelantes del rey en ella.
En una total falta de respeto a ella, Kikyo había entrado, violando el protocolo real y demostrando la nula cortesía hacia la reina.
Kagome hizo acopio de toda su fuerza interna para no derrumbarse de la vergüenza. Sentía miradas en ella, todas de compasión y lastima. La joven reina consorte ni siquiera prestó atención a ninguna de las personas que desfilaron ante los reyes, exponiendo situaciones o pidiendo soluciones. Afortunadamente nadie se dirigió especialmente a ella, así que, durante todo el acto, Kagome permaneció como una estatua viviente, opacada ante la deslumbrante Kikyo, quien había logrado insultarla públicamente, como castigo a su actitud, demostrando quien era la mujer que mandaba allí.
Así que lo primero que hizo Kagome, fue marcharse apresuradamente hacia afuera, y ordenó a las damas que no la siguieran. Incluso Hiten, justicia del rey se acercó a ofrecerse por si necesitaba algo. Aquel caballero siempre la había tratado con mucho respeto, pero Kagome estaba tan enfurecida, que no deseaba estar cerca de nadie que pudiere tenerle pena.
Kikyo, quien observaba la escena mandó llamar a Onigumo, uno de los guardias reales y le dijo que nadie siguiera a la reina. El rey ya salió y había mucho movimiento en la corte.
─Dejadla. La reina desea estar sola ─ordenó Kikyo al joven guardia.
De modo que Kagome salió a los patios internos sin resguardo ni escolta, dirigiéndose a las caballerizas. De hecho, asustó bastante a unos mozos de cuadra, acostumbrados a la suave y silenciosa reina, cuando ordenó con brusquedad que le ensillaran un caballo.
Los jóvenes se apresuraron en cumplir la orden, pero cuando iban a subir a sus monturas, para seguir a la reina, ella volvió a ser categórica: ─Que nadie me siga.
Kagome se marchó a todo galope hacia los bosques del palacio. Le encantaba montar, y fue una de sus actividades favoritas cuando vivía en su Bosque Negro natal. Pero lamentablemente su caballo Lorne, había quedado allá y no vino con ella.
Kagome estaba tan enojada que apretó las crines de su montura, ordenándole ir a todo galope.
Quizá la fuerza del viento podía eliminarle las lágrimas que surcaban de su cara, llena de furia por las afrentas. Y de dolor, porque no le gustaba el Norte, y porque estaba sola, lejos de su padre y de su hermano.
La joven reina decidió forzar aún más al caballo. Que la velocidad se lo llevara todo.
¿Qué no la habían educado para ser dócil y subyugable?
El problema es que, pese a todo, no podía evitar que aflorara su genuino ser.
Cabalgaría hasta que su cuerpo dijera basta. Hasta no tener fuerzas. Entonces decidió forzar un poco más al caballo.
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Bankotsu no era afín a cabalgar, pero para despejarse había decidido seguir el consejo de su hermano mellizo y salir a merodear por aquel bosquecillo. No tenía idea porque decidió alargar su estadía tantos días en el Norte. Ya tenía la información de recompensas que había venido a buscar. Así que se tomaba esto como unas vacaciones, además de que le gustaba incomodar a Hiten con su presencia, siempre preocupado de que no fuera a hacer un desmán frente a sus reyes.
Hiten era demasiado correcto, a diferencia de él, que era tan salvaje y no creía deber nada a nadie. Menos a un rey de otro país. Él era un hombre del Este y nunca cambiaría su estilo de vida, de caza recompensas y cazador.
Pero en el fondo le enorgullecía que su hermano hubiera ascendido a tan buena posición. Justicia del Rey, por sus propios méritos de lealtad, coraje y devoción a la corona norteña.
Aunque lo cierto que si le había dicho a Hiten es que tenía una cita con un par de muchachas de tabernas del pueblo. Ambas muy bonitas y capaces de tentarlo lo suficiente para un olvidable revolcón, antes de marcharse a perseguir y cazar barbaros.
En eso, se encontró en el Bosque de los Cerezos, donde estaban los arboles de cerezos más grandes del reino, y que en ocasiones estivales solían producir un bello espectáculo cuando estaban en florecimiento. Incluso la corte venía a presenciarlo.
Pero su concentración se vio cortada, cuando oyó el intenso galope de un caballo. No hubiera sido novedoso para él, de no haber notado que el jinete era una mujer, y parecía algo asustada. Quizá el animal se había desbocado y no podía domarlo.
Bankotsu no podía quedarse a ver, como tonto. Podía ser un patán en muchos sentidos, pero no vería a una mujer indefensa a bordo de un caballo y en peligro de muerte.
─ ¡Oiga, deténgase! ─gritó el mercenario, pero la mujer no podía oírlo, por la fuerza del viento que le lacraba el sonido.
Al ver que no se detenía, Bankotsu entendió que debía intervenir, así que guio a su montura, para poder atrapar al caballo desbocado de la mujer.
Fue como una loca carrera, pero Bankotsu, un experimentado jinete y domador, no iba a ser derrotado tan fácilmente.
Cuando Kagome se percató del otro jinete que corría junto a ella, giró a mirarlo.
─ ¿Qué hace? ¿Quién es usted?
Bankotsu no respondió, ocupado como estaba intentando sostener con una rienda al caballo huidizo. Fue cuestión de pocos segundos cuando Bankotsu tomó una decisión. Cogió a la mujer, con una mano por el talle de la cintura y la arreó a su propia montura, sentando a la joven enfrente suyo, mientras el desbocado quedaba atrás.
Pensaba tomar viaje así mismo hasta el castillo, pero la mujer empezó a removerse violentamente, que no tuvo más remedio que parar.
La dama bajó furiosa, mientras Bankotsu la observaba confundido.
─ Pero ¿cómo se atreve? ─increpó ella ─. ¿No sabe quién soy yo?
─Lo que si tengo claro es que la salvé de romperse el cuello. Es usted bastante malagradecida ¿verdad? ─refutó él, bajando del animal.
Cuando Kagome giró para seguir con sus reclamos, Bankotsu tuvo oportunidad de observarla.
Era una mujer muy bonita. Ni de cerca tenia parecido con alguna tabernera o cualquier damisela del pueblo. ¿Quién podría ser?
─ ¿Qué se ha creído para parar mi caballo y sacarme de mi montura?
─Es que iba a matarse ¿o es que acaso preferiría morirse?, tiene que agradecer que andaba por estos aburridos bosques o de lo contrario usted no estaría contando la historia.
─ ¡Insolente!, no vuelva a hablarme con tanta familiaridad. Arrodíllese. Soy la reina ─ordenó Kagome, realmente cabreada por la interrupción.
Bankotsu se quedó callado unos tres segundos antes de echarse a reír.
─Vaya reina, que circula por estos bosques sin sequito alguno ─se burló él.
Kagome estaba sorprendida y, además indignada. Empezó a temblar de rabia, pero no tanto por la impertinencia de este sujeto que estaba merodeando los bosques del rey, porque lo que realmente la tenía cabreada era el circo de humillación a la cual la había sometido Kikyo.
El encuentro con este hombre sólo era una excusa más para explotar su irritación de que la haya tocado y se haya atrevido a parar su caballo.
Kagome se giró ante el hombre de aspecto burlón, y le apuntó un dedo.
─Le ordeno arrodillarse, señor. Soy la reina.
En eso Kagome tuvo oportunidad de mirar mejor al hombre y por un instante tuvo miedo. Era el bosque y no había nadie más que ellos.
Era alto. Puede que tanto como el rey Inuyasha o incluso más. Vestía con un estilo de ropas poco norteñas de corte oscuro. Tenía la piel morena por causa del sol, pero también los ojos más azules que la reina haya visto jamás.
Kagome tragó saliva y retrocedió un paso. Buscó a tientas en el suelo algo, indefinido con la cual podría defenderse. Por primera vez extrañó a los guardias reales o incluso a sus damas norteñas.
Pero el sujeto en vez de eso se puso a arreglar el arzón de su caballo, ignorando a la altiva dama.
─ ¿Arrodillarme ante usted? Yo no me arrodillo ante nadie. Aunque sea la reina de quien sabe dónde ¿Dónde está su sequito?, no debería andar por aquí sin escolta. Imagínese si fuera algún caza recompensas del sur o algún bárbaro infiltrado. Sería el premio gordo llevarse a la reina ¿no cree?
─ ¿Cuál es su nombre, señor? Lo necesitaré para cuando ordene su arresto ─retrucó Kagome, quien no tenía pensado claudicar ante aquel hombre. Además, quería saber su nombre, no sabía porque, pero le daba curiosidad como es que alguien tenía permiso para pasear libremente por estas tierras.
Bankotsu arqueó la ceja divertido e iba a seguir contestando, pero el ruido de unos cascos de unos caballos acercándose lo interrumpieron.
Por el color de las ropas y los blasones, eran los hombres de la guardia real, y Bankotsu sonrió al notar que a la cabeza venia su propio hermano.
Hiten lideraba la cuadrilla y paró los caballos frente a ambos.
─Su Majestad, la estábamos buscando. Ordené su localización en cuanto supimos que salió sin escolta ─anunció la Justicia del Rey, a Kagome, aunque mosqueándose a la ver a Bankotsu por allí cerca ─. Eres un necio, no le deis la espalda a la reina.
Bankotsu se volteó, pero jamás dejó el gesto burlón.
─No son muy eficientes, tu reina casi se rompe el cuello de no ser por mí.
Hiten, quien había bajado para ayudar a la reina a subir al caballo, fue rápido en dirigirse a ella.
─Mi reina, perdonad al bocazas de mi hermano. Puedo asegurarle que tendrá su castigo por su grosería.
Kagome no tenía ganas de pelear, y se dejó subir a la yegua. Debía volver al castillo y reencontrarse con Kikyo y toda esa gente que tanto la humillaba.
─Descuidad Lord Hiten, lo perdono solo porque vos me lo pedís ─replicó Kagome y giró a observar al hombre que seguía mirándola socarronamente.
─Agradeced a vuestro hermano que os libráis ahora del castigo. Pero os aseguro, que, si vuelvo a veros por estos bosques, os haré colgar ─conminó la joven reina consorte, azuzando a su montura para marcharse, seguida de los caballeros de la guardia.
Sólo Hiten quedó allí junto a su hermano.
─ ¡Idiota! te dije que no buscaras problemas.
Pero Bankotsu no le prestaba atención, muy ocupado viendo marchar a la joven reina que aparentaba ser una damisela en peligro constante, casi de cristal.
─Tu reina no es la sumisa que una vez me describiste. Es una verdadera gata, y mostrará sus garras si le dan la oportunidad.
Hiten siguió sermoneando a su hermano acerca de su falta de respeto, pero el joven mercenario no le prestaba atención.
Su mirada azul todavía se perdía en la figura de la jinete que se acababa de marchar.
Le parecía una mujer muy interesante.
CONTINUARA.
Muchas por sus favs y follows
BESOS A FRAN GARRIDO, AR TENDO Y JOH CHAN.
También me gustaría responder a la valiente autora de un comentario anónimo que me dejaron GEGE, que me acusa de plagio.
Gege:
¿No sabes que estas en fanfiction?
La historia es mía y si dices que se parece a Canción de Hielo y Fuego, te invito a leer más libros de fantasía, porque creo que lo único que tú has hecho es ver la serie de televisión de Game of Thrones, así que cualquiera que crea un mundo que emula a los medievales, ya es un plagiador.
Imagino que vas a acusar a todos los escritores de fantasía medieval del mundo del mismo hecho.
No acepto tu comentario ni tu falta de respeto. Además, estoy segura de que eres alguien que me conoce de los grupos que administro y te habré expulsado en algún momento. Planeas vengarte, dejándome un comentario anónimo, como si vaya a importarme.
Es un fic, y es mi idea. Que tú tengas caliente la cabeza con la serie de Tv no es problema mío.
Puedes dejarme tus insultos, ya no volveré a responderte.
Vuele de aquí.
Como si vaya a comparar este escrito con la obra del gran George RR Martín.
Los quiero mucho.
Paola.
