¡Feliz viernes!

Me alegra el alma verlos por aquí~

Gracias por las que participaron en el giveaway y un aplauso a las dos ganadoras!
Gracias también por su eterna paciencia por el siguiente capítulo, me quemé mis pestañas escribiendo hasta que estuve satisfecha con el resultado, espero que lo disfruten.

Aplausos también a mi beta Ren por siempre darme de su tiempo para corregir mis fics!

El nombre del capítulo de hoy es una canción que pertenece a Gary Numan, es perfecta para leer el capítulo ;)

»Nombres de killjoys:
Ceniza Radiante: Koushi Sugawara.
Histeria: Keiji Akaashi.
Ala Revólver: KoutarouBokuto.
Sol Inferno: Shouyou Hinata.
Pantera Anfetamina: Tetsurou Kuroo.
Sombra Brillante: Kenma Kozume.
Chispa Neón: Yuu Nishinoya.
Terror Ruidoso: Ryuunosuke Tanaka.
Silencio Infeccioso: Ennoshita Chikara.
Ácido Lunar: Kei Tsukishima.
Amanecer Tóxico: Asahi Azumane
Dulce Voraz: Shimizu Kyoko.
Cianuro Carmesí: Morisuke Yaku.
Volumen Vibrante: Saeko Tanaka.
Sonido Detonador: Hisashi Kinoshita.
Tommy Chow Mein: Yasufumi Nekomata.
Choque Binario: Tobio Kageyama.
Fauces de Hierro: Kenji Futakuchi.
Rugido Helado: Lev Haiba. «

¡Sin más preámbulo, vamos al capítulo!


Ghost Nation

—Osamu, Atsumu; prepárense para atacar —ordenó el sanguinario mecánico, debajo de la instrucción se escondía una amenaza sedienta de sangre.

Tsukishima solo alcanzó a ver la figura borrosa de los gemelos saltando al mismo tiempo, en medio de Kuroo y él. Como si los segundos fueran alargados a minutos pudo ver a través de sus anteojos, como lentamente al gemelo de cabello más claro o como lo había llamado Shirabu, «Atsumu», giraba su rostro a donde estaba él, sus ojos cosidos situándose en Kei y al siguiente momento sintió una patada en su estómago. Como si un automóvil lo hubiera arrollado, salió despedido hasta chocar con algunas sillas del vestíbulo sobre su espalda.

Escuchó al otro lado de la estancia el estridente choque de hierro contra metal, tan agudo que hacía sus dientes estremecerse. Sus ojos se terminaron ajustando para notar a Kuroo blandiendo su hacha, guardándose de los ataques incesantes del S.C.A.R.E.C.R.O.W., «Osamu».

Atsumu ya estaba frente a su rostro, sabía exactamente donde se encontraba Kei aun cuando había sido despojado de su vista. Tsukishima arrancó una lámpara en el suelo, sacándolo de la toma de corriente, lo estrelló contra su rostro. El gemelo mitad hibrido, abrió sus metálicos fauces como esqueleto y escupió un líquido traslúcido y denso como agua; pero Ácido sabía mejor, así que se apartó lo más que pudo de la sustancia.

La lámpara siseó al contacto con el líquido y se erosionó al contacto.

'Maldita sea…'

—¡Pantera! —gritó, sin despegarle la vista al gemelo, tan pronto como los engranes cayeron en su lugar—. ¡Ten cuidado!

—¿Qué? —Exclamó al otro lado, Kuroo tenía su hacha como una barrera horizontal entre el S.C.A.R.E.C.R.O.W. y su rostro.

—¡Ácido! —Vociferó el de anteojos— ¡Escupen ácido!

Al mismo tiempo, Osamu abrió sus fauces metálicas y escupió otro líquido incoloro. Kuroo se quitó del camino y el ácido cayó al piso, corroyendo la porcelana.

—Como me esperaría del mejor informático de los cuervos, Ácido Lunar. Ya veo porque tu inteligencia te precede —comentó Shirabu.

—A ti también —regresó el de anteojos, sonriéndole al mecánico—, Kenjirou Shirabu, el brillante y joven mecánico, y el cerebro detrás de la creación de los S.C.A.R.E.C.R.O.W.

Tsukishima se preguntaba qué tan sanguinario debía ser, para poder concebir la idea de crear «soldados híbridos» sin mente ni conciencia, creados a partir de torturas y amputaciones innecesarias.

—No espero que una cucaracha del desierto entienda la visión perfecta de Tooru —espetó.

Empuñó el filo de su espada, chocándola con las garras de Atsumu. Kei podía escuchar un barítono y eléctrico gruñido detrás de la boca esquelética del S.C.A.R.E.C.R.O.W. Azotó con la otra katana el rostro de su oponente para hacerlo retroceder.

—Oh, sí y tú la entiendes muy bien. A tus veintitrés años ya eres pupilo del dictador y parte del consejo personal de Oikawa.

Notó a Shirabu fruncir los labios y luego habló.

—Te daré un pequeño regalo de buena fe: Lo que corre por el cuerpo de Atsumu es «ácido fluorhídrico». Como es tu alias, supongo que sabes muy bien sus efectos.

Atsumu escupió otra vez, una gota cayó en su manga larga y de inmediato se formó un agujero en la tela. Su ropa apenas podía servir como una patética «barrera» contra el peligroso riesgo biológico.

—Osamu, por el contrario —continuó y Kei prestó atención a los gruñidos de Kuroo—, lo que tiene es penta fluoruro de antimonio.

Ambos eran corrosivos y el penta fluoruro podía ocasionar ceguera, pero ¿por qué…? ¿Por qué esos dos? ¿Y por qué Shirabu había considerado apropiado hacérselo saber? Sabía muy bien que poco tenía que ver con «buena fe».

Era difícil intentar descifrar el rompecabezas cuando se encontraba en medio de un enfrentamiento. El golpe de la pata trasera como bestia del S.C.A.R.E.C.R.O.W. vino como sorpresa cuando rasgó su estómago. Su espalda impactó contra la pared de ladrillo y comenzó a sentir su camisa humedecerse.

Sus dedos se entumecieron al pensar en sus órganos saliendo por su abdomen; con frenesí examinó la herida, sin embargo, se tranquilizó al ver que solo se trataban de tres rasguños. Eran grandes y largos, pero no habían cortado más allá de la dermis.

Saltó a sus pies al siguiente segundo, pero Atsumu ya no le prestaba atención, en lugar de eso se acercaba a su hermano y Kuroo.

—¡Mierda! —masculló, apresurándose para ver al dúo de S.C.A.R.E.C.R.O.W. atrapando a su presa. Atsumu estaba cerca de la espalda de Kuroo cuando lo recordó.

Una plática tan lejana que parecía nunca haber pasado. En el Nido, antes que cayera, con Hitoka, antes que la perdieran. Una lección que en ese entonces parecía como una pérdida de tiempo.

Canela compartía un poco de sus conocimientos de química y le explicaba acerca de las sustancias más corrosivas; todo había comenzado como una curiosa pregunta de Hinata. Sol Inferno había tomado un desvío por unos momentos para saludar a la pequeña rubia en su laboratorio, mientras tanto, Tsukishima lucía aburrido de haber terminado atrapado ahí, por haber escuchado a Hinata y seguirlo para conocer un poco más al androide.

—¡Ah! Ésa es una buena pregunta Hinata —respondió Yachi al haber sido cuestionada si existía algún veneno tan peligroso como para derretir superficies al instante—. Pero no es un veneno, sino un ácido… más bien, un súper ácido.

—¡Guau! —se maravilló el chico, con estrellas en sus ojos—. ¡Súper ácido! ¿Escuchaste Tsukishima?

—Estoy a tu lado… claramente escuché —regresó con apatía.

—¿Es producido por alguna serpiente? —se preguntó—. ¿Tengo que tener más cuidado con lo que me encuentre en el desierto?

Yachi dejó salir una burbujeante carcajada, pero al siguiente segundo se cubrió la boca, luciendo mortificada por haberse reído de Hinata.

—No —explicó con mejillas sonrojadas—, el ácido que los animales producen es el ácido úrico o peróxido de hidrogeno. Del que estoy hablando es químicamente formado, es el ácido fluoro antimónico.

—¿Fluo… mono…? —intentó decir Shouyou torpemente— ¿Qué?

—¡Ácido fluoro antimónico! —repitió Canela, enunciado claramente cada sílaba—. Es un ácido sumamente peligroso y corrosivo, puede derretir la piel en segundos.

Shouyou tragó grueso y comenzó a ver con cautela el laboratorio de Canela, como si de un segundo a otro los matraces fueran bestias que acechaban alrededor de ellos tres.

—¿Es alguno de esos que tienes aquí?

—Oh, no, ¡no! —aseguró moviendo sus brazos como si le faltara el aire—. Además, es complicado formarlo, verás, es el resultado de mezclar dos compuestos diferentes: ácido fluorhídrico y Penta fluoruro antimónico.

'Por la maldita Bruja', pensó Kei regresando al presente, dejando los recuerdos. Atsumu escupía ácido fluorhídrico y Osamu pentafluoruro. La única razón por la que Shirabu se lo había hecho saber era para que Kei uniera las piezas del rompecabezas; y una vez la realización golpeara su cerebro, ellos serían sumamente conscientes de lo peligroso que eran los gemelos combinados.

—¡Kuroo, cuidado! —gritó, al momento que era atrapado por ambos S.C.A.R.E.C.R.O.W. Pantera no era consciente de lo que pasaba a sus espaldas y sólo se enfocaba en el otro gemelo.

Tsukishima dejó de pensar racionalmente por unos segundos y corrió hasta que sus piernas se acalambraron, lo único que su cerebro, su boca y su pecho repetían era que debía proteger a Kuroo. Estuvo detrás de Atsumu y se deslizó, el piso era de porcelana y resbaladizo, sostuvo su respiración y se preparó para el golpe de su brazo contra el suelo.

Se escabulló entre Atsumu e hizo tropezar a Tetsurou con todo su impulso; empujó a Pantera hacia un lado y rodó hacia el lado, alejándose de ambos gemelos. Sus anteojos saltaron de su rostro, pero alcanzó a ver las gotas del ácido mortal cayendo al suelo. Un siseo comenzó a corroer la porcelana y nubes de humo negro se elevaron.

Escuchó el disparo de una escopeta y a Osamu arrojar su rostro hacia atrás, sin sus anteojos no podía ver si Pantera había logrado dispararle, pero no faltó de más cuando Atsumu dejó salir un alarido metálico para saber que le había dado a su hermano. Tsukishima podía escuchar el dolor detrás de esa voz artificial.

La mancha borrosa que era Atsumu saltó hacia Kuroo y Tsukishima utilizó esos segundos para colocarse los anteojos otra vez. Una vez recuperó su vista, notó a Osamu, tenía una abolladura en su cien, pero además de eso parecía que nada le había pasado.

El ácido combinado de los gemelos había hecho un agujero de bordes irregulares en el piso.

—¡Kuroo! —exclamó—. ¡El ácido que forman ambos es altamente corrosivo, no dejes que te toque!

—Así que lo has descubierto —Shirabu sonaba impresionado—. No esperaba que lo lograras descubrir tan rápido… o al menos cuando ambos aun estuvieran en una sola pieza. Siempre pensé que los killjoys eran solo chimpancés con balas.

—Ácido fluoro antimónico —respondió. Kenjirou lo miraba fijamente, era con asombro u odio, Kei no sabía—. Los gemelos se complementan.

No pensó en ningún momento en qué habría hecho su yo del pasado, seguramente correr, huir hasta alcanzar a su hermano, o a Saeko, o a cualquiera mejor que él. O tal vez se hubiera rendido, cerrando sus ojos antes de sentir el último golpe; pero ahora, todas las vidas de los rebeldes, de las abejas, de Kageyama, de Kuroo y del futuro hijo de Akiteru se mantenían permanentemente en su corazón. El añoro de luchar salía en cada respiración que daba, en cada poro de su piel.

—Tienes razón —aceptó Shirabu, su voz era ilegible—. Ahora muere.

Kei no esperó más señal y activó la energía dirigida en una de sus katanas; Atsumu atacó a su flanco derecho y Tsukishima osciló su espada. El S.C.A.R.E.C.R.O.W. percibió el peligro e intentó parar su ataque, retrocediendo, pero su cuerpo ya estaba en movimiento y Kei alcanzó a herir su brazo, creando una hendidura a lo largo de su antebrazo. El miembro era completamente de metal, así que no emanó sangre; aun así, Atsumu se contrajo con dolor, como si la lesión la hubiera recibido en su propia piel.

Por esa razón los híbridos podían mover sus articulaciones como si hubieran nacido con ellas; estaban conectadas a su sistema nervioso.

—¡Kei! —escuchó a Kuroo.

Así que Tsukishima sacó su segunda katana, sujetándola con su puño y sosteniendo la hoja hacia atrás; la empuñó con impulso a Osamu quien venía detrás de él, al escuchar los quejidos de su hermano. Sin embargo, si mantener la velocidad al lado de un S.C.A.R.E.C.R.O.W. era virtualmente imposible… mantenerla con dos, era un caso perdido.

Atsumu saltó y golpeó su estómago con las garras de su pie; su cuerpo golpeó la pared y cayó al suelo. Kuroo volvió a dispararle a los gemelos, pero esta vez el proyectil era luminoso y cuando impactaba su blanco hacía un golpe ensordecedor; un haz de luz crecía diseminándose sobre la superficie que tocaba y se desintegraba en su totalidad. Estaba utilizando la carga de balas con energía.

Tsukishima volvió a blandir las katanas, ambas espadas de su hermano ardiendo con luces neones inestables como estrellas moribundas y furiosas; apuntó al costado de Osamu, pero el gemelo retrocedió, abrió su metálica mandíbula y escupió más ácido, Kei giró su torso y asestó un tajo en el hombro del S.C.A.R.E.C.R.O.W. la herida se cauterizó en el instante, quemando la piel de sus miembros de humano.

Osamu gritó, llamando a su hermano y Atsumu llegó al instante.

Ácido tragó grueso, porque era imposible no temer cuando dos híbridos lo rodeaban como un par de perros rabiosos, ansiosos por arrancar algún trozo de su víctima. Comenzó a retroceder, evitándole darles la espalda a sus contrincantes; los gemelos lanzaron ácido al mismo tiempo y Kei se lanzó al lado, girando lo más rápido que podía. El olor acre llegó al instante a su nariz, el ácido fluoro antimónico había abierto otra brecha en el piso.

Sin embargo, seguía en la mira de ambos S.C.A.R.E.C.R.O.W., estaba por ponerse de pie, pero Atsumu pisó su pierna con sus enormes garras metálicas. Kei mordió su mejilla para no gritar al sentir el insoportable peso del ciborg. 'No lo rompas, no lo rompas, no lo rompas, no lo rompas' repetía su cerebro.

Osamu estaba sobre su cabeza y lanzó su ácido hacia él; Tsukishima, indefenso, solo pudo poner su antebrazo derecho como barrera entre su rostro y el ácido. Las gotas de pentafluoruro corroyeron la tela de su manga como si fuera papel y su piel comenzó a arder, como cientos de agujas que penetraban su hueso a la vez. Kei no pudo detener el grito de dolor que dejó salir.

Kuroo disparó y le dio a Atsumu, haciendo que retrocediera de su pierna y le encestó su hacha a Osamu en el cuello. El de anteojos pensó con un poco de alivio, que los gemelos no eran los únicos que se complementaban al luchar.

Kei examinó su brazo, tenía una quemadura del tamaño de una gota en su antebrazo. Había un agujero en su piel, de un rojo encendido y esquinas grises; dolía y ardía al mismo tiempo, pero no podía permitirse que eso ralentizara su paso. Tetsurou se acercó a sus pies y lo ayudó a ponerse de pie.

—Lo sé, lo sé —murmuró Kei entre gemidos de dolor, Kuroo levantó su peso con facilidad, su pierna dolía, pero afortunadamente no estaba rota—, regla número uno, nunca le des la espalda al enemigo —recordó cuando Tetsurou había comenzado a enseñarle a luchar—. Ni siquiera por un segundo.

Pantera recordó sus palabras de inmediato y le sonrió con más ternura de la que debería en esos momentos.

—Lo estás haciendo perfecto, Kei —le aseguró—, ¿estás bien?

—Sí, sí —aseguró rápidamente separándose de él, probó con inseguridad su pierna, poniendo todo su peso sobre ella; el dolor iba menguando con los segundos.

—Debemos acabar con el mecánico —ofreció Kuroo en voz baja, sin quitar su mirada de los gemelos S.C.A.R.E.C.R.O.W.— Él los controla, tal vez sin él en el panorama ellos sean libres.

Los lavados de cerebro no funcionaban así, aunque si era cierto que ellos obedecían a Shirabu, tal vez acabando con él era la mejor manera de desequilibrar la formación de los ciborgs. Además, acabar con los gemelos era una tarea bordeando a lo imposible si ninguno de ellos era un ciborg o un maldito androide; así que valía la pena intentarlo.

—Hagámoslo.

La quemadura del ácido ardía, pero no tenía otra opción que ignorarlo; apretó la katana y la empuñó. La energía dirigida estaba desactivada, tenían solo pocos minutos y era necesario utilizarlo en momentos críticos. Llenó sus pulmones al límite y miró hacia arriba, más arriba que el techo y que las nubes. Esto iba por su hermano y por su hijo aun no nacido.

Miró a Kuroo por última vez y corrieron al lado contrario. Los gemelos los siguieron con la mirada y se separaron. Atsumu hacia Tetsurou y Osamu hacia él. Hizo girar ambas espadas y atacó antes que el gemelo tuviera oportunidad de hacerlo, el ciborg guardó su piel con las garras metálicas y Kei mordió su labio al sentir el músculo en donde estaba la herida del ácido contraerse.

Escuchaba los gruñidos del otro killjoy y el estridente lloriqueo de hierro chocando con metal. Osamu atacaba sin pensar, sus ojos estaban cosidos y se dejaba guiar por los ruidos que hacían sus músculos, sus pulmones y articulaciones; el ciborg no tenía aberturas en sus movimientos, era imposible que llegaran a Shirabu.

Tetsurou llegó a sus espaldas, manteniéndose al lado de los ataques de Atsumu.

—Contaré hasta tres y necesito que bajes tu cabeza, Tsukki —le avisó Pantera entre jadeos y gruñidos—; y necesito que cubras mi espalda de Atsumu.

—Ah… —Kei tenía dificultades para escuchar a Kuroo y concentrarse en los movimientos de sus katanas—. Espera…

—Uno… —comenzó el killjoy.

—¡Kuroo!

—Dos…

Osamu atacó su estómago, pero Kei se defendió.

—¡Kuroo, espera!

—Tres.

Tsukishima se puso de cuclillas y giró hacia atrás para cortar las piernas de Atsumu, pero el ciborg retrocedió antes que lo lograra. Kuroo saltó encima de él, tenía su tercera katana en sus manos, brillaba tanto como un cometa y lo introdujo a Osamu en su cráneo, atravesando el metal por completo.

El S.C.A.R.E.C.R.O.W. cayó, la katana rodeada por la energía dirigida empalando su cerebro, cortando el metal con facilidad.

Atsumu dejó salir un gruñido lleno de estridencia, comenzó a llorar por su hermano asesinado como una bestia lastimada; Tetsurou guardó su estancia, sin embargo, Atsumu dejó de atacarlo y se dirigió al cadáver del S.C.A.R.E.C.R.O.W. Carecía de visión, pero se guiaba con el olfato, se acercó a Osamu y lo tocó con sus garras, a diferencia del ciborg con boca suturada, ellos no tenían control de sus miembros metálicos, no podían convertirlos en manos y piernas.

Atsumu se devolvió a ellos y abrió sus fauces.

—¡Ve con Shirabu, Kei…! —exclamó Kuroo, pero fue cortado al final cuando Atsumu chilló artificialmente y se lanzó sobre él.

Kei se obligó a correr hacia el ingeniero robótico, y dejó a Kuroo atrás.

Shirabu, al darse cuenta de que uno de sus ciborgs había muerto, intentó escapar, pero Tsukishima disparó hacia la entrada. El proyectil de energía dirigida impactando contra el marco de la puerta fue lo suficiente para hacerlo detenerse. El joven pupilo de Oikawa levantó las manos.

—Una de tus bestias está muerta —dijo acercándose, Kenjirou se giró lentamente para mirarlo a la cara—. Ahora ríndete.

—Movida audaz dejar a tu compañero solo con el gemelo Miya después de haber asesinado a su hermano —dijo con una sonrisa gélida y siniestra, aun encarando la muerte, Shirabu se negaba a rendirse.

Escuchó el grito de Kuroo, seguido por el siseó enfermizo del ácido corroyendo la piel.

Kei miró hacia atrás y su estómago se hizo un nudo al ver a Tetsurou en el suelo, el S.C.A.R.E.C.R.O.W. estaba sobre él, sus garras tenían los brazos de Pantera aprisionados a los lados mientras el killjoy se laceraba la garganta gritando del dolor insoportable.

Tsukishima se giró para dispararle al ingeniero robótico antes que escapara y luego correr a ayudar a Kuroo, pero el suelo debajo de sus pies comenzó a vibrar. Antes que pudiera pensar, Kenjirou comenzó a correr, escapando de la instancia; Kei maldijo y se decidió por salvar a Pantera.

El suelo comenzó a estremecerse.

Y entonces escucharon un grito ensordecedor, tan ruidoso como si estuviera siendo reproducido dentro de su cabeza. El edificio se sacudió tanto horizontal como verticalmente; Kei intentó seguir corriendo aun cuando se tropezaba a cada paso, su mirada no se enfocaba y entre los escombros que comenzaban a caer era difícil ver a Kuroo.

Toda la habitación se llenó de una luz halógena y cegadora, una explosión atómica estallando al lado de ellos; su corazón saltaba a su garganta, su boca estaba seca y por primera vez desde que habían llegado a Ciudad Batería Tsukishima tenía miedo. No tenía idea qué estaba ocurriendo.

El techo comenzó a caerse y el piso a quebrarse; y sobre la destrucción y la resonancia de rayos de energía se seguían escuchando los gritos de dolor que habían iniciado todo. Ácido continuaba corriendo aun cuando todo el mundo parecía irse al infierno, pero al siguiente paso sintió el suelo ceder debajo de él.

Cerró sus ojos y comenzó a caer.

Los abrió nuevamente para descubrir que había perdido sus anteojos y estaba bajo algunas rocas; ellos habían estado en el primer piso del edificio, justo en la entrada, así que cayó un piso hacia el sótano. Levantó una enorme tabla con todas sus fuerzas; pero se encogió del dolor provocado en su mano izquierda.

Levantó los escombros con su derecha y después de escabullirse entre algunas rocas, logró salir. Examinó sus dedos y se contrajo al ver el anular y el medio apuntando hacia atrás, se los había roto cuando había caído. Además de eso, su rostro ardía y su ropa estaba desgarrada.

Su mirada estaba borrosa cuando miró hacia el cielo, pero era imposible no distinguir el amplio cielo plomizo sobre ellos, una gota de agua cayó en su mejilla, aliviando el dolor que sentía en todo su cuerpo.

Se congeló.

Todo el techo había desaparecido, todo el edificio se había desintegrado.

Cayó de rodillas y comenzó a buscar sus anteojos, debían estar cerca.

Los encontró debajo de una roca, el lente derecho estaba roto, pero tenía que bastar. Cortó un pequeño trozo de madera y lo amarró a sus dos dedos rotos con una porción de su manga, haciendo una férula.

Sacó la radio de su bolsa y apretó el botón, la imagen de Kuroo atrapado debajo del S.C.A.R.E.C.R.O.W. gritando había quedado impregnada en su cerebro; Tetsurou necesitaba más ayuda que él.

'Si es que seguía…'

Sacudió su cabeza, no terminaría ese pensamiento, no lo haría.

—Ayuda —llamó a quién fuera que estuviera más cerca—, necesito ayuda médica urgente —su voz estaba ronca, sus pulmones se sentían llenos de tierra y tosió—, soy Ácido Lunar, repito, necesito ayuda médica urgente…

Apoyó una de sus katanas en el suelo para ponerse de pie, aún tenía la segunda, pero había perdido la que había acabado con Osamu. Comenzó a caminar, inseguro y con dolor, esperaba por la Bruja no haberse roto algo interno.

—¡Kuroo! —comenzó a gritar en medio de los restos del edificio—. ¡Kuroo!

La batalla seguía sobre ellos, debía encontrar a Pantera y atrapar a Shirabu; Atsumu debía estar debajo de algunos escombros, y lo que haya sido que causó el estallido de energía, Kei solo pedía que no se repitiera.


—¡Sol Inferno, me alegra que te unas a nosotros! —lo recibió Bokuto desde el otro lado de la calle.

Hinata había intentado perseguir a Kageyama después que el androide huyera de él; un intento vano, claramente. Tobio podía avanzar diez metros en un par de segundos, era imposible para él igualar la velocidad de Destroya.

—¡Bokuto! —saludó, uniéndose al enfrentamiento en la calle principal.

—¿No deberías estar con Kageyama, pequeño cuervo?

—Estaba en camino de encontrarlo —respondió—, pero un sicario se metió en medio —prefirió dejar afuera el hecho que Tobio lo había visto y huyó de él.

—¡¿Y le diste su merecido?! —preguntó con entusiasmo.

Shouyou solo sonrió.

—¡Hermanito! —celebró y le dio una sonora palmada en su espalda—. ¡Akaashi estará orgulloso cuando se entere!

—¡Atrás de ti! —avisó Shouyou y le disparó a un draculoide que venía a las espaldas de Koutarou.

—Oye, Hinata, podríamos usar un par de manos aquí afuera —dijo antes de desatar una tormenta de balas con la metralleta que tenía por mano—. Tal vez veas a Kageyama cerca.

—De acuerdo, me quedaré por un par de minutos —Hinata esbozó una sonrisa de oreja a oreja, pero lo interrumpió la hoja electrificada de una hoz.

Shouyou logró esquivarlo retrocediendo unos cuantos centímetros; su agresor usaba una expresión de aburrimiento, pero no se reflejaban en sus movimientos ágiles. Recibió un disparo, pero lo desvió con la punta de su guadaña; Shouyou levantó su mirada para descubrir a Sugawara como un francotirador en un edificio contiguo.

Inferno no perdió tiempo y comenzó a luchar contra los policías que se acercaban.

—¡Ahí viene! —gritó Konoha.

Pero Koutarou ya estaba listo, el S.C.A.R.E.C.R.O.W. de espinas se acercaba desde el cielo a gran velocidad; con fuerza, Revólver lo golpeó con su puño metálico antes que cayera sobre él y lo lanzó hacía una de las enormes pantallas que tenían las enormes palabras de «Por favor, evacuar la ciudad». El ciborg atravesó el vidrio y la imagen quedó torcida, parpadeó algunas veces hasta que se apagó.

—¡Guau! —Celebró Shouyou—. ¡Eso fue lo más genial que he visto en mi vida! ¿Acabaste con él?

—Ni por cerca, Hinata —regresó con una sonrisa depredadora—, sólo lo hice enojar.

Shouyou estaba por rebatirle, pero las palabras quedaron atoradas en su boca al sentir el suelo bajo sus pies estremecerse.

Koutarou guardó silencio, el seísmo comenzó a aumentar.

—Oikawa —murmuró.

Seguido de sus palabras escucharon un grito de dolor, como si fuera reproducido en todas las pantallas esparcidas por la ciudad, tan alto que Hinata creyó estar al lado del origen.

La ciudad entera se sacudió como si fuera una hoja sin dirección, los postes de luz se cayeron y la tierra comenzó a abrirse. Sus ojos fueron atraídos hacia la esquina de su mirada por un haz de luz neón y gigante. Un domo gigante tragando rascacielos en su estela.

Su corazón latió con miedo.

'Kageyama.'

Pero el grito…

¿Eso significaba que habían podido hacerle daño al gran dictador?

Un par de edificios desaparecieron y los demás se derrumbaron como castillos de cartas.

—Santa… mierda… —Konoha exhaló—. ¿Qué fue eso?

—Oikawa —repitió Koutarou, con tanta prudencia que dejó a Shouyou sintiendo temor—. Sea lo que sea que ocurra entre él y Kageyama, nosotros sólo podemos ver desde afuera.

Ayuda —escuchó en el intercomunicador que sostenía en su cadera, reconoció de inmediato la voz de Tsukishima—, necesito ayuda médica urgente… soy Ácido Lunar, repito, necesito ayuda médica urgente…

Shouyou se detuvo en seco, debía ir a ayudar a Tsukishima, aunque sabía que Ennoshita ya estaba de camino.

Eh… —su intercomunicador estalló en estática otra vez, no habían pasado más de dos minutos— chicos, Terror Ruidoso aquí, Chispa y yo tenemos problemas aquí abajo… —la voz de Tanaka sonaba forzada, como si estuviera corriendo sin parar—… tenemos un S.C.A.R.E.C.R.O.W. detrás de nosotros. Necesitamos refuerzos.

Hinata pensó que él podría echar una mano en el subterráneo; sabía que Noya y Tanaka tenían a unas cuantas abejas con ellos, pero Chispa y Terror llevaban la última arma de los killjoys sobre sus espaldas. Necesitaban toda la ayuda que pudieran conseguir.

Terminó rascándose la cabeza, ¿qué debía hacer? Todos necesitaban ayuda, incluso Bokuto, Asahi y Aone… Pero Kageyama… Shouyou se decidió. Él estaba peleando contra Oikawa y necesitaba de él, aunque su denso cráneo metálico no lo entendiera.

Estoy en eso —dijo Semi por el intercomunicador antes que Hinata pudiera decirlo.

Vio la silueta del increíblemente ágil Eita bajar de un salto de un edificio; cayó a la calle por un cable negro y fino. En menos de un latido se lanzó en uno de los agujeros que habían sido causados en el pavimento por el grito minutos antes.

Voy en camino —informó Sugawara.

Estaré ahí con ustedes —Avisó Kyoko e hizo lo mismo que ellos.

—¿Pasa algo, Bokuto? —preguntó Hinata al ver a Revólver fruncir el ceño, parecía que una parte de su mente estaba en otro lado; Shouyou estaba por irse, pero no le parecía correcto dejar al killjoy sin preguntarle qué le ocurría.

—Es sólo Akaashi —explicó, tomándose unos segundos, al otro lado, Aone mantenía al S.C.A.R.E.C.R.O.W. como golem a raya—, no he oído ninguna transmisión de su estado desde que nos separamos.

—¡Estoy seguro de que estará bien sin ayuda, no hay de qué preocuparse! —Comenzó a correr, debía seguirse moviendo.

—Le dije a ese chico Lev que fuera con él.

Hinata lo debatió a medida se iba alejando de la figura del chico mitad S.C.A.R.E.C.R.O.W. y luego devolvió a gritos sin pensarlo.

—¡Entonces tal vez sí debamos preocuparnos!

Bokuto lo miró angustiado… tal vez Hinata no era el mejor dando aliento a los demás….

—¡Estará bien! —aseguró con una sonrisa que esperó al menos que pareciera honesta mientras giraba su rostro y miraba hacia adelante.

Avanzó tres bloques más, adentrándose a Ciudad Batería, las explosiones más sonoras se escuchaban dónde Oikawa, Kageyama e Iwaizumi se encontraban; y Hinata iba directo al epicentro. La mayoría de las calles estaban solitarias; las personas habían evacuado rápidamente. Fue por esa razón que el movimiento de un grupo de policías llamó su atención.

Se lanzó detrás de un automóvil para mirar mejor la escena; Hinata se tomó de un par de minutos para reconocer a dos androides. Eran los mismos que habían entrado al apartamento de Kageyama cuando los descubrieron. Usaban el uniforme de líderes de escuadrón.

Reconoció de inmediato, atrás de ellos, al tercer androide. Ojeras siniestras y ojos hundidos, cabello rubio y rapado y dos líneas horizontales rodeando su cabeza.

Llevaban una silla de ruedas hasta un camión que tenía el logo BL/ind, abajo se leía: «Para su seguridad, Comisaría de Ciudad Batería. Mantén la calma y sonríe».

—Ukai… —susurró para sí mismo.


Kageyama mordió su mejilla con fuerza, los músculos de su pecho apretaban sus costillas de todas las maneras equivocadas; ¿así sentían los humanos ese extraño sentimiento conocido como un «corazón roto»? Debía preguntarle a Hinata cuando todo esto acabara.

Sabía que su pequeño humano se mostraría renuente al inicio, Tobio lo había dejado con las palabras en la boca, pero si Oikawa lo terminaba encontrando, que Sol se enojara con él sería solo un microscópico problema.

Había dado dos saltos, dejando a Hinata atrás cuando fue embestido por un rayo rojizo; escuchó el crujir de un ventanal cuando fue arremetido contra un rascacielos. Se confundió cuando miró a Shouyou encima de él, aprisonándolo contra la pared; sin embargo, de inmediato supo que era Oikawa con su forma. La pálida piel de Sol Inferno se movía como si miles de termitas se estuvieran dentro de su epidermis, levantando los poros en ondas por toda la expansión de sus antebrazos e incluso cuello.

Oikawa estaba perdiendo el control.

Tobio encontró su equilibrio e igualó la fuerza de su creador deteniéndolo en el lugar; perfilando sus colmillos, comenzó a empujarse hacia adelante, Tooru comenzó a retroceder. Kageyama finalmente comenzaba a notar el progreso que Iwaizumi, con violencia y un desolador sentimiento de tristeza, lo había llevado a tener. El androide perfecto logró colocar una mano en la nuca de Oikawa y, llevado con la misma fuerza, lo golpeó contra el muro detrás de él. El rostro del castaño hizo una abolladura en el cemento, las pequeñas piedrecillas, duras como acero, comenzaban a romper su piel.

Hajime llegó al siguiente latido y golpeó al dictador en su espalda, sacando el aire de sus mecánicos pulmones. El golpe hizo que Tooru atravesara el edificio y cayó hacia abajo, perdiéndose de vista. Ambos se miraron a los ojos; aunque parecían llevar la ventaja, Hajime denotaba en su rostro su eterno enfado.

—Esto no está bien —comentó el caballero blanco.

¿De qué hablaba? ¿Después de todo el tiempo que había pasado, se estaba arrepintiendo?

—¿Uh? —murmuró Kageyama.

—No está luchando con todo lo que tiene.

—¿Oikawa?

—Sí.

Tobio no mencionó que la razón de eso se debía a que, muy en el fondo de su ser, Oikawa se negaba a luchar contra Hajime. Aunque aún no entendía la razón completa del por qué. Pero en lugar de seguirlo pensando, preguntó:

—¿No es eso mejor? Digo, estaríamos en un verdadero problema si él atacara con todas sus fuerzas. De esta manera acabamos con él antes que se dé cuenta.

—No —rebatió Hajime—, en el momento que él sepa que estamos detrás de su núcleo irá a toda velocidad por tus amigos. Es nuestra tarea mantenerlo lejos y debilitarlo lo más que podamos.

Entonces… su verdadera misión nunca fue acabar con Oikawa. Sí, sí lo era; era la misión de todos. Si algo le habían enseñado Hinata y los killjoys era que siempre podía contar con el apoyo de todos; y si debían acabar con un gigante, todos juntos lo traerían a sus pies.

—¿Escuchas eso? —se preguntó Tobio en voz alta.

Antes que Iwaizumi respondiera un camión de carga irrumpió en la pieza, destruyendo la pared por la que había sido arrojado Oikawa. El gigante vehículo los embistió a ambos, se deslizó sobre sus llantas arrasando con todo a su paso. Hasta que abrió otro agujero y se detuvo, las cuatro llantas suspendidas a veinte pisos del suelo.

Su «padre» siempre había tenido un gusto por el dramatismo, pensó al recordar a Hinata embestirlo a media calle principal con uno. Cuando ambos huían por su vida, escapando de la ciudad.

Iwaizumi fue quien levantó el enorme auto con sus brazos y terminó por enviarlo fuera del rascacielos. Ambos solamente escucharon el golpe sordo que hizo cuando impactó con el pavimento.

—Ahora estamos hablando —comentó Hajime con un brillo depredador en su rostro.

El edificio comenzó a reverberar, sacudiéndose como si un sismo estuviera a punto de partir la ciudad en dos. Escucharon un golpe, luego otro y luego otro.

Bueno, esperaba que Iwaizumi estuviera satisfecho; parecía que Oikawa había terminado de «calentar».

El edificio seguía tiritando, hasta que se inclinó a un lado; como si sus cimientos hubieran sido debilitados y estaba a punto de colapsar. A Tobio no le tomó por sorpresa el momento que Oikawa llegó hasta ellos, debajo de sus pies.

Kageyama estuvo preparado y el golpe en su mejilla no fue tan perjudicial como pudo haber sido, como fueron otros golpes. Tooru lo tomó por su cuello y lo levantó del suelo; el pelinegro notó que una porción de su cabello era negra y sus labios temblaban.

Oikawa se estaba desmoronando.

Si eso les facilita o dificultaría el trabajo, sólo el tiempo lo diría.

El metal en su cuello comenzaba a agrietarse debido a la fuerza con la que lo sostenía; y si seguía de esa manera, sus cuerdas vocales podrían dañarse permanentemente.

Antes que lograra dañarlo, sin embargo, Oikawa fue empujado levemente hacía adelante; dio un paso al momento que la piel de su mano se coloreo de una tez casi albina y luego tan morena como la suya. El dictador tomado por sorpresa soltó a Tobio y finalmente miró el enorme filo de espada que protruía desde su pecho y que por unos centímetros más, falló de atravesar el núcleo de Kageyama.

Era la espada del caballero blanco de BL/ind y empuñándola, su dueño. Sus ojos fallaban en denotar el amor que una vez tuvo. Ambos sabían que Tooru carecía de un núcleo, pero funcionó para hacer que lo soltara. Sus ojos moca cayeron en Hajime y por esos segundos, su sistema pareció equilibrarse, y los fallos técnicos cesaron.

—Iwa-chan —llamó con el cariño que Tobio recordaba haber sido llamado cuando fue creado—, por favor —rogó, en medio de la guerra, en medio del odio que ambos bandos tenían por el otro—… Te amo.

Iwaizumi vaciló.

—Te amé cuando fuimos niños, te amé cuando perdiste tu pierna, te amé todos esos años que erguimos nuestro imperio —con suma delicadeza, se acercó para acariciar la bronceada mejilla de Hajime, sin poder evitarlo, el caballero se inclinó sobre el íntimo toque—. ¿Cómo puedes creer que he dejado de amarte?

Había muchas cosas que Kageyama había aprendido desde que fue creado, en Better Living aprendió sobre el ecosistema, sobre biología, sobre ingeniería. Luego aprendió fuera de la ciudad, sobre los secretos del mundo, sobre los sentimientos, sobre las relaciones humanas; todo fue sumamente sencillo –a excepción de las relaciones humanas–; sin embargo, nada llegó a ser tan complejo como entender el amor.

Según lo que había comprendido; el amor podía construir, levantar, perdonar, comprender.

Pero más común, era la facilidad con la que podía destruir.

Iwaizumi en lugar de gritarle, de golpearle, de apartarse de su toque; luchaba con sus palabras; abría sus labios y los cerraba, sus ojos tiritaban como si estuviera cerca de derramar lágrimas, aunque ninguna salía. Si Tobio podía darle un nombre, parecía que Hajime estaba arrancando su propio corazón al decir las siguientes palabras.

—Te amo, Oikawa, pero no eres ese chico del que me enamoré —su voz se quebraba en sollozos, aunque sus ojos seguían secos—. Esto —indicó, señalando su cuerpo de pies a cabeza—,esto no es él. Él murió ese día en Shiratorizawa, yo… yo sólo me di cuenta demasiado tarde.

Tooru se acercó a él, completamente en control de su cuerpo, sin errores ni fallas; Hajime no se apartaba ni retrocedía, Oikawa llevó su mano a su espalda y rodeó la empuñadura de la espada para sacarla de su cuerpo y poder juntarse más a él; hasta que sus labios lograron tocarse y compartieron un amargo beso.

El amor destruía y eso era la realidad.

Mirando a Hajime a sus ojos, Oikawa pateó su estómago y lo lanzó fuera del edificio; de inmediato, sacó por completo la espada de en medio de sus omóplatos y se dirigió a Kageyama. Dio un paso atrás cuando el dictador osciló el arma, la hoja cortó la punta de las hebras de su cabello cuando Tobio retrocedió de golpe.

Antes que el dictador empuñara la gigante arma de su caballero otra vez, el pelinegro lo rodeó con todas sus fuerzas y saltó fuera del edificio, posicionando a Oikawa como escudo para recibir el impacto de la caída; ambos cuerpos se deslizaron unos cuantos metros, creando una zanja larga e ininterrumpida en medio del pavimento.

El dictador, quien tenía la grava a sus espaldas, pateó a Kageyama hacia atrás; con tanta fuerza que su cuerpo dobló una farola de alumbrado público y la arrancó de raíz. Cuando se logró poner de pie, levantó el enorme poste que había recibido su caída como su nueva arma. El androide notó que la calle estaba casi desierta, a excepción de algunos androides corriendo; no obstante, ninguno le hacía caso. Sus débiles hermanos sabían mejor que intentar meterse en la batalla de ellos tres.

Los dedos de su mano izquierda comenzaban a perder la piel sintética, revelando más de su esqueleto metálico. Tobio dejó de prestarles atención y se enfocó en Oikawa, quién ya estaba de pie otra vez, en su mano, se erguía orgullosa y mortífera la espada de Iwaizumi.

Él respiró, su creador estaba enfrente, mirándolo fijamente; y Kageyama, sólo estaba de pie en medio del panorama. Notó cuando el castaño apretó su agarre en la empuñadura; no había manera que fallara el tiro, simplemente no era posible. El androide solo debía procurar que no diera en un lugar vital como su núcleo. Para la velocidad del mundo que les rodeaba, el tiempo fue la tercera fracción de un segundo; pero para ellos, fue un largo minuto.

Oikawa lentamente giró su torso y arrojó su hombro derecho hacia atrás, tomando toda la fuerza que podía reunir; preparándose para lanzar la espada. Kageyama no podía hacer más que mirarlo, su cuerpo se negaba a ir a la velocidad de sus ojos; el tiempo se detuvo, la realidad se congeló y en el universo solo estaban él y Oikawa arrojando con todas sus fuerzas esa espada que daría directo a su núcleo.

Lo pudo ver con claridad, la hoja capaz de atravesar piedra, cemento, ladrillo y metal; brillando intimidantemente. En ese entonces, pensó en la vez que encontró a un cuervo sin nombre y sin conciencia en el suelo al lado de un basurero, con la cabeza rota y sangre humedeciendo sus cabellos tan brillantes como el fuego. La memoria avanzó con rapidez cuando le regaló una tablilla de chocolate oscuro a ese mismo cuervo; Kageyama notó con suma atención como sus enormes ojos caoba brillaban con sorpresa, y cómo, en ese momento, lo único que pensó fue en que necesitaba volver a obtener esa misma reacción de él.

La espada seguía avanzando con lentitud y su cuerpo seguía congelado; Tobio se preguntó si estaba experimentando lo que muchos humanos sentían cuando estaban por morir, eso de «ver su vida frente a sus ojos».

Cerró sus ojos por instinto y escuchó el filo de la hoja cortar metal.

Pero, por segunda vez, no sintió dolor.

Fue hasta que abrió los ojos que supo lo que había ocurrido. Su núcleo seguía intacto, pero frente a él, se erguía el cuerpo que había sido atravesado; se estremecía levemente.

La gigante y mortífera espada había terminado ensartada en el pecho de su dueño.

Iwaizumi lo había cubierto, sin arma para defenderse, usó su cuerpo como escudo.

Para salvar a Kageyama, para salvar ese fuego que tanto había cuidado de mantenerlo vivo y nutrirlo. Él gruñó de dolor, la espada había atravesado la última porción humana que le quedaba; su corazón.

Tobio quedó petrificado, habían repasado situaciones inesperadas, maniobras de contingencias, pero nunca esto. En ninguna simulación Iwaizumi daba su vida por él.

Hajime dejó de poder sostener su cuerpo de pie y perdió el equilibrio, cayendo sin fuerza al quebrado pavimento. Aunque Oikawa estuvo ahí antes que lo hiciera, Tobio había perdido de vista al dictador; no fue hasta que lo vio sostener a su moribundo amante, de rodillas en el suelo. Con sumo cuidado, mantenía una mano en su cabeza, acunándolo; acercó su otra mano a la espada, pero con dedos temblorosos, no tuvo el valor de remover el arma.

—N… no… —susurró—… Iwa-chan fue un error… yo no… me equivoqué… no… no… —comenzó a lamentarse—… me equivoqué…

Fue el primer cálculo erróneo que Oikawa había cometido y fue el que le costó más caro; sin embargo, Iwaizumi dejó salir una risa entrecortada; y por primera vez en toda su larga vida, Kageyama lo vio sonreír.

—Está… bien, Oikawa —dijo con cansancio—… esto debía terminar así —Hajime le acarició su rostro y el dictador sin corazón se inclinó al toque, dejando salir un sollozo, derramando lágrimas.

—No puedo perderte, no puedo —negó—, te reconstruiré —decidió, comenzando a levantar a Iwaizumi del suelo—; sólo debemos reemplazar tu corazón.

—No —decidió Hajime, su voz sonaba débil y lejana—. Esto es lo que me merezco… Hanamaki… Hanamaki tenía razón… nuestro tiempo en la tierra se ha acabado… déjame esto, Oikawa.

—¡No me dejes! —gritó entre sollozos y lágrimas—. No puedo seguir sin ti… tú eres mi caballero… tú… tú eres mi mejor amigo —lloró—, tú eres mi Iwa-chan.

Iwaizumi sonrió con alivio, la carga pesada de décadas había sido finalmente levantada de sus hombros cansados.

—Espero… —respiró luego de un quejido— poder encontrarte en el más allá… —cerró sus ojos—… en el cielo o en el infierno, en donde debamos estar para la eternidad… no me… importaría compartirla contigo.

Hajime recolectó las fuerzas que le quedaban y logró tomar la mano de Oikawa hasta llevarla a sus labios y darle un silencioso beso en su dorso. Los ojos del caballero eran tan brillantes como los de Hinata cuando estaba a su lado. Era extraño, conmovedor, trágico y doloroso de ver, Iwaizumi finalmente parecía enamorado y finalmente lucía como humano; aun cuando sus mejillas comenzaban a perder el color y sus ojos eran lumbreras que titilaban hasta llenarse de un oscuro vacío.

Kageyama sintió pena por Oikawa, el gran dictador, el responsable de todos esos hologramas, de haber cambiado la historia de todo el planeta; el dios sin corazón, el predicador de las santas doctrinas de BL/ind, de rodillas sobre el piso, llorando como un niño… No, llorando como un amante al que le habían arrancado su mitad.

Quizás, al final de todo, aunque su núcleo era el que lo mantenía vivo, su corazón siempre estuvo en su caballero blanco.

Y el corazón de Hajime latía por los dos.

Oikawa posó su frente encima del pecho de Iwaizumi, al lado de su espada; la que él mismo había blandido. Sus labios derramaban una letanía de palabras rotas que se perdían debajo de los disparos y bombas en la calle principal.

—Lo siento mucho… Hajime, fue mi error, fue mi culpa. Yo… me equivoqué, me equivoqué, no… por favor… no, por favor. No te vayas, Hajime…

—Después de todos estos años —se rio el moreno—… jamás existió alguien más hermoso, más apasionado… más perfecto que tú.

—Por favor no me dejes… —rogó.

El rostro de Iwaizumi, que una vez albergó una fría ventisca de arrepentimiento, había menguado en sus facciones; su severa expresión ahora había quedado vacía. Sus ojos quedaron fijos en el rostro de Oikawa, la llama en sus ojos color de roble perdió su brillo; quedaron vidriosos y nubosos, sus dedos perdieron la fuerza y soltó el agarre de Tooru.

—Por favor no te vayas —continuaba—, mi Iwa-chan… no me dejes, no quiero que te marches a la guerra, por favor… Por favor, yo iré contigo. No me importa ir a la guerra si iré contigo…

Derramó sus lágrimas en el pecho de Hajime; pero habían dejado de ser escuchadas por él. Aun así, seguía rogándole sobre hechos que Tobio no tenía idea. Pidiéndoles disculpas a un cadáver, a una vida cuya sangre manchaba sus manos.

Él había sido responsable de la muerte de la única persona que aun amaba, la única conexión hacia alguien tangible que había sobrevivido todas las catástrofes. Esa era la maldición de su creador, todo lo que a él le importaba, las personas que terminaban significando algo para él, terminaban muertos. Hanamaki, Iwaizumi…

¿A Kageyama también lo perseguía esa maldición?

Su mente pensó en Daichi, en Hitoka, en todos los killjoys que estaban muriendo en esos momentos.

¿Él era también una supernova? Y todos a su alrededor estaban condenados a ser absorbidos por él hasta que ya no quedara nadie en su universo.

Los lamentos de Oikawa seguían como hipidos y sollozos, su creador abrió los ojos inyectados de sangre finalmente y notó la expresión vacía de su caballero. La realización se hundió en su pecho como garras frías y comenzó a negar con su cabeza, no lo podía creer.

—No, no, no, no, no, no, no —murmuraba bajo su aliento—, no, Iwa-chan, no, no, no, no, no, no, no, no… ¡No! ¡No! ¡No! ¡No! —comenzó a gritar, desgarrando su voz— ¡NO! ¡NO! ¡NO!

Su piel comenzó a moverse, los poros se levantaban como si fueran termitas corriendo debajo, seguía gritando cada vez más fuerte; su voz se podía escuchar a dos manzanas. Se balanceaba de adelante hacía atrás, meciendo el cadáver de Iwaizumi. Sus dedos crecían, su cabello se alargaba y luego se acortaba.

Y entonces, Oikawa gritó; parando la guerra por unos instantes.

Su piel se rompió y espinas metálicas negras salieron por todo su cuerpo; todo sucedió en una explosión de energía que lanzó a Kageyama hacia atrás, incluyendo todos los escombros de cemento y hierro. El suelo se abrió por la fuerza, partiendo todo el subsuelo hasta el subterráneo; Tooru no tenía la mitad de su rostro, sus labios estaban partidos, y tenía una lumbrera refulgente blanca en lugar de ojo; en su boca tenía colmillos negros y largos en lugar de dientes.

Tobio se cubrió con sus brazos para lograr ver mejor, seguía siendo empujado por calientes ráfagas de viento. Era imposible acercarse a Oikawa, pero el dictador seguía gritando de dolor, un sonido desolador, como sollozos mezclados con estridencia de radio; creaba una barrera entre él e Iwaizumi con todo el mundo.

El androide cayó hacia atrás y se sujetó del pavimento para no ser arrastrado a lo largo de la calle. Las ráfagas de vapor y viento cesaron, junto al desesperanzador sonido; Tooru seguía sobre sus rodillas, la mitad de su cuerpo derecho había perdido la piel y forma humana, su brazo era el doble de tamaño y tenía dos apéndices asemejando otros brazos en su costado derecho; como si fuera alguna especie de dios envilecido. Su pierna era igual de enorme que su brazo metálico; los huesos de su columna protuían fuera de la piel a lo largo de su espalda, eran largos y puntiagudos, como espinas.

Su sistema había sido corrompido finalmente; si aún había habitado alguna porción de humano en Oikawa, ésta finalmente había muerto con Hajime.

Como si todos en Ciudad Batería, killjoys y androides hubieran sabido de la muerte del caballero blanco, quedaron en completo silencio. El grito desolador de Oikawa había sido escuchado en toda la ciudad, congelando a todos en sus posiciones. La explosión se llevó de encuentro a toda la manzana en la que ellos estaban, un par de edificios desapareció y otro par fue derribado.

La mudez infestó el campo de batalla, tan profunda como un funeral.

Kageyama levantó su porción superior del pavimento y sacudió las piedrecillas de su forma; los minúsculos escombros cayeron sobre el suelo y fueron lo suficiente para sonar como bombas, cayendo una después de otra.

Oikawa, aun manteniendo a Iwaizumi en brazos, movió su cabeza al sonido de los golpecitos, directo a Tobio. Un sonido gutural y eléctrico salió de su garganta y perfiló sus dientes en un gruñido profundo; Kageyama lo sintió reverberar en todo su cuerpo, no era humano sólo artificial.

Saltó hacia él en menos de un segundo, el androide solo alcanzó a guardar su núcleo con su brazo, aunque el metal de su miembro repicó al ser atravesado por las garras de Oikawa y el dolor fue tan intenso como ser quemado por brasas incesantes.

Tal vez todo había salido como Iwaizumi lo había planeado, tal vez el caballero sabía que tendría su muerte a las manos de su amado; como una especie de castigo divino, por todas las atrocidades que había cometido. Llevar a Kageyama hasta Ciudad Batería y ayudarlo a entrenar para vencer al dictador era su redención.

Y finalmente su destino había llegado a su fin.

Kageyama estaba dispuesto a hacerlo, a cargar con Iwaizumi y sus deseos sobre sus hombros; justo al lado de la vida de toda la familia que tenía. El peso amenazaba con asfixiarlo, pero alguien debía hacerlo.

Alguien debía hacerlo.


Sus comentarios siempre son apreciados, ¿qué les pareció el capítulo?

El final se acerca y no hay como detenerlo, intentaré tener el siguiente capítulo pronto.

Nos leemos luego~