¡Feliz viernes!
Prometido y cumplido, hoy es día de actualización, un poco más temprano que de costumbre porque estoy muy emocionada por publicarlo
Este capítulo va dedicado especialmente a una personita que hecho muchísimo por la historia. Seguramente la conocen, ella va por el nombre de Gerald, una talentosísima artista y genial amiga. Ha colaborado grandemente en el fic con sus dibujos, con sus ideas retorcidas para crear SCARECROWS y también por sus palabras de aliento cuando siento que no sirvo para nada.
Gracias, desde el fondo de mi viejo y medio muerto corazón por todo lo que has hecho por la historia y por el fandom de Haikyuu en general. Por hacerme reír con tus locuras y por ser mi amiga. También debo anunciar que el día de mañana subiré el fanart final de Gerald en fb, espero que puedan verlo
El capítulo de hoy va por el nombre de la canción perteneciente de IAMX, una de las primeras que escuché antes de iniciar la historia y que formaron el ambiente del fic, porque como dice su letra.
"En el gran naufragio de la vida
Todos caemos."
Gracias a Ren por siempre ser la mejor beta que yo pudiera desear~
No sé si a estas alturas importe… pero advertencia de gore.
»Nombres de killjoys:
Ceniza Radiante: Koushi Sugawara.
Histeria: Keiji Akaashi.
Ala Revólver: KoutarouBokuto.
Sol Inferno: Shouyou Hinata.
Pantera Anfetamina: Tetsurou Kuroo.
Sombra Brillante: Kenma Kozume.
Chispa Neón: Yuu Nishinoya.
Terror Ruidoso: Ryuunosuke Tanaka.
Silencio Infeccioso: Ennoshita Chikara.
Ácido Lunar: Kei Tsukishima.
Amanecer Tóxico: Asahi Azumane.
Dulce Voraz: Shimizu Kyoko.
Cianuro Carmesí: Morisuke Yaku.
Volumen Vibrante: Saeko Tanaka.
Sonido Detonador: Hisashi Kinoshita.
Tommy Chow Mein: Yasufumi Nekomata.
Choque Binario: Tobio Kageyama.
Fauces de Hierro: Kenji Futakuchi.
Rugido Helado: Lev Haiba. «
The Great Shipwreck of Life
Keiji Akaashi sintió la viga de metal ceder sobre su peso y cayó al vacío; sin embargo, sintió una larga mano enrollarse en su antebrazo, rodeando su muñeca con facilidad, parándolo antes de convertirse en fantasma. Rugido lo había atrapado antes.
—¡Te tengo, Histeria! —exaltó la joven abeja, Akaashi no tenía idea si vociferaba porque debía convencerse a sí mismo. Como si toda la situación fuera tan absurda que ni siquiera él creía que pasaba.
Y aunque el chico medía cerca de dos metros, era claro que su fuerte era su cerebro, lo concluyó por la manera que luchaba por subirlo al piso de arriba. Keiji solo podía concentrarse en mantenerse en constante movimiento para no ser atrapado por Mika. La serpiente arrojaba mordidas, pero no lograba alcanzarlo.
Miró arriba, Haiba luchaba por traerlo de regreso, su pálida piel se enrojecía por el sobreesfuerzo; Akaashi sintió pena por el chico tan fuera de lugar, sin embargo, lo que llamó su atención de inmediato fue el dolor punzante y agudo en su tobillo, el cascabel de la bestia titánica lo tenía atrapado. Keiji siseó de dolor, sus tendones gritaban y su hueso estaba por partirse.
—¡Lev, suéltame! —se obligó a decir, al ritmo al que iban los dos terminarían devorados por la serpiente.
—¡Ni hablar! —respondió—. ¡Revólver me salvó la vida! ¡Debo salvar la tuya ahora!
El chico era tan cabeza dura como Hinata.
Haiba lo sostenía de una mano y Keiji utilizó la otra para alcanzar su glock y apuntar a su pie. El ángulo era extraño y el constante tironeo le hacía difícil apuntar. Histeria sentía como si estuviera siendo partido en dos. Aun así, apuntó y esperó no darse con la energía dirigida.
Cerró los ojos y disparó.
Mika gritó debajo de ellos y lo soltó de golpe para mirar su herida; Haiba logró subirlo por completo y ambos se quedaron por un minuto jadeando con cansancio.
Hasta que Histeria se acercó al agujero por el que había escalado; la creación enfermiza de Daishou no estaba por ninguna parte.
—Debemos seguirnos moviendo —aconsejó—. Esa bestia debe estarnos buscando.
Lev tragó ruidosamente y asintió.
—¿Duele mucho? —preguntó ladeando su cabeza y señalando su tobillo.
Keiji lo posó en el suelo y dio un paso.
—No es tan grave como para detenerme.
—De acuerdo. ¿Alguna idea de hacia dónde debemos ir ahora?
—Estoy abierto a sugerencias —aceptó Histeria—. Tú eres el súper genio, ¿se te ocurre algo?
—¡Esto es un sauna!
—Eso no suena producente —rebatió, señalando que la ardiente temperatura era una cuestión de hecho.
—¡No es eso a lo que me refiero! Quiero decir… las serpientes son criaturas de sangre fría.
Ambos comenzaron a moverse, si se quedaban estáticos en ese lugar eran presa fácil para Mika; y aun debían encontrar a Daishou. Lev, como siempre, parecía hundido en su conversación –más que nada unilateral–, mientras que Akaashi se concentraba en cualquier ruido sospechoso de cascabel.
—Las serpientes no pueden regular su temperatura, si su ambiente es frío, su cuerpo está frío; si es caliente, entonces ellas están calientes. Por eso son candidatas excepcionales para poder sobrevivir en el desierto. Es más, es el lugar idóneo para que sobrevivan. Ahora… Mika puede ser solo mitad humana…
—Pero sigue siendo mitad serpiente gigante —comprendió Keiji—. Daishou sabe esto, por eso adecuó la temperatura del edificio.
—¡Y lo último que quisiera es que llegáramos al regulador de temperatura y cambiarlo!
—Entonces Daishou debe estar ahí —concluyó—. Necesitamos un mapa de este lugar.
—No es necesario. Cuando llegamos a la habitación de ajustes de pensamiento pude ver un plano del edificio —ofreció—. Sé muy bien donde se encuentra.
—¿Sólo lo viste por un par de segundos y lograste memorizarlo?
—Sí. ¡¿Por qué nadie cree que tengo memoria fotográfica?!
—Realmente eres un genio —estableció Histeria.
—Aceptaré el cumplido e ignoraré la incredulidad en tu voz —se decidió.
—Gracias.
—No hay de qué.
Avanzaron unos metros más, siguiendo el compás de sus pisadas sobre la fría porcelana y las respiraciones forzosas. Subieron un piso y entraron a un pasillo exactamente igual al anterior. Nada cambiaba, no era de extrañar que las personas se volvieran locas ahí adentro. Cuando Lev volvió a hablar, Akaashi agradeció mentalmente su incapacidad de guardar silencio.
—Oye… es extraño, pero siempre creí que las guerras se escucharían más ruidosas que…
No terminó su tren de pensamiento cuando el suelo comenzó a agitarse bajo sus pies. Mucho más fuerte que cuando Mika se arrastraba hacia ellos; segundos después se escuchó un grito, un sollozo desolador y doloroso; cada decibelio que subía, el seísmo lo sacudía hasta su alma. Keiji se tambaleó hasta la pared, luchando por sujetarse a algo para no caerse, luego escuchó un crujido, barítono y ensordecedor.
Su sangre se convirtió en hielo cuando vio la grieta subir por la pared en la que se sostenía subir hasta el techo y luego atravesar el cielo arriba de ellos.
Akaashi se encontró con los ojos enormes y asustados de Lev y abrió su boca; sin embargo, antes que las palabras se formaran en sus labios, el edificio se partió en dos. El piso se separó, primero unos cuantos centímetros y luego se alargó a un metro sin parar. Los cables se estiraban hasta cortarse, las vigas lloriqueaban al ser seccionadas; Haiba y él fueron separados, cada uno en una mitad del edificio.
Histeria se terminó cayendo, el seísmo no menguaba y el rascacielos seguía separándose. Rugido hizo lo mismo, mientras se sujetaba con su vida a un pasamanos en la pared.
Finalmente, el edificio dejó de moverse; el suelo estaba inclinado en el lado de Keiji y parecía que en cualquier momento se terminaría cayendo horizontalmente; ellos eran separados por más de cinco metros de distancia y una caída libre de más de veinte.
—¡¿Te encuentras bien?! —exclamó Akaashi, porque debía asegurarse que la joven abeja estuviera en una pieza, tanto física como mentalmente.
—¿No lo sé? —respondió honestamente.
Keiji rechinó los dientes.
—¿Ves sangre por algún lado? —ofreció—. ¿Miembros doblados de una manera que no deberían?
—No…
—¿Sabes quién eres y qué hacemos aquí?
Esta vez pareció que Haiba lo pensó un poco.
—¿Lev?
—Sí, sí —respondió—. Es sólo que me estoy preguntando por qué lo hice.
Keiji no pudo evitar bufar.
—Bienvenido a la resistencia, niño.
Rugido solo le dedicó una sonrisa a medias.
Histeria sopesó su situación; la distancia a la que se encontraban los dos fragmentos del edificio era demasiado larga y riesgosa, además, él aun debía acabar con Suguru.
—¿Dónde está el regulador de temperatura? —preguntó Histeria.
—En un piso subterráneo, el salón contiguo en donde encontramos a Mika.
—Bien, iré por Daishou —decidió Keiji.
—¡Espera! ¿Qué hay de mí?
Keiji miró la viga y el piso de abajo. Haiba debía cruzarlo si quería llegar a él.
—Esta es tu oportunidad, chico —eligió decirle—, puedes irte sin ver atrás. Si ya tuviste suficiente de criaturas gigantes y roces con la Bruja Fénix, puedes marcharte a la Colmena. Nadie de nosotros te reprochará.
Y Keiji no mentía. Sabía que algo debía estar mal en la mente de todos los killjoys, ése era el requisito para ser parte. Algunos lo demostraban más –Bokuto, Kuroo, Hinata–, pero era el factor común. Histeria sabía de primera mano que ser un killjoy no era para todos. Nozomi no lo había podido soportar, así que él lo entendía.
—Ah… rayos… —Lev se lamentaba entre gemidos, pasando sus dedos por su cabello color ceniza con cansancio—… Acabas de decir eso…
—¿Qué?
—No soy un imbécil, ¿de acuerdo? Al menos no tanto. Sabía muy bien… en «teoría» a lo que me metía; pero cuando viajé a la Zona 43 con Kenma, Hinata y Kageyama vi el impulso de los killjoys y fue la primera vez en mis veintitrés años que me sentí vivo. Porque no solo «sobreviví» sino que también ayudé a cambiar algo; y ahora quiero ser parte de la solución, en lugar de quedarme en el banquillo, ¡quiero hacer algo! Que cuando Yaku y yo tengamos hijos… —Akaashi lo miró extrañado, pero no dijo nada—. Quiero que ellos sepan lo que se hizo aquí y que su padre fue parte de algo más grande que todos.
Akaashi sonrió porque él reconocía ese fuego en esos ojos esmeralda. El mismo fuego que vio en Hinata ese día que lo encontraron en el desierto aun cuando un grupo de draculoides le habían pateado el trasero.
—De acuerdo, hermano killjoy —dijo—, terminemos con esto.
Los ojos de Lev se iluminaron y asintió con entusiasmo.
—Ahí —Señaló Keiji tres pisos arriba, una viga de más de cuarenta centímetros atravesaba ambos fragmentos; se veía fuerte, lo suficiente como para soportar el peso de uno de ellos—. Ese es un buen punto de reencuentro, ¿de acuerdo?
—Tres pisos arriba —aseguró Haiba.
—Si ves a Mika, escapa de inmediato, ¿entiendes? No te enfrentes a ella.
—¡Sí, mi capitán!
Akaashi arqueó una ceja, pero no le prestó más atención al chico peculiar y se dispuso a moverse hasta el punto de reencuentro.
Tsukishima podía simplemente no concentrarse en las lesiones de su cuerpo. Las profundas quemaduras de ácido que hacía sentir como si su brazo estuviera a punto de caerse o las heridas en su abdomen o sus dedos quebrados. No obstante, del único sentimiento que no podía desconectarse era del incesante punzar en su pecho.
No provenía de ningún daño físico –lo cual lo hacía peor– pero parecía que su corazón obstruía su tráquea y se le imposibilitaba respirar.
Kuroo.
Una presión se posó sobre su hombro y sus defensas se levantaron en un segundo. Kei agitó su katana, oscilándola en un corte horizontal. Se encontró con la calmante expresión del médico y detuvo su golpe de inmediato.
—Tsukishima —llamó.
—Ennoshita… me sorprendiste.
—Recibimos tu mensaje, estamos aquí para ayudar —detrás de él estaba Kinoshita y otras abejas.
Chikara le hizo algunas señales a sus acompañantes y se dispersaron.
—Kuroo —urgió Kei—. Debemos encontrar a Pantera.
—Lo haremos —aseguró—. Ahora, muéstrame tu brazo, eso no se ve nada bien.
Tsukishima le ofreció el miembro con la quemadura de ácido. Ahora, contando con refuerzos, realmente miró lo que había sucedido; parecía que algo había golpeado el edificio en el que se encontraban. Un haz de luz, recordó Kei, el haz de luz que seguramente se había tratado de una forma rampante y pura de energía dirigida. Había derribado los pisos superiores del rascacielos, dejando solamente el primero y los subterráneos.
—¿Alguna idea de lo que fue eso? —Le preguntó a Silencio.
—Solo conjeturas —respondió—. Pero todos concluyen que fue Oikawa.
—¿Sabemos algo de Kageyama e Iwaizumi?
Los ojos de Chikara se ensombrecieron al negar con su cabeza mientras se ocupaba de la herida.
—De acuerdo.
—Encontremos a Kuroo —ofreció Ennoshita.
Tsukishima concordó con el médico y caminaron hasta la siguiente instancia del primer piso. El techo ahí había sido destruido también; Kinoshita iba detrás de ellos. Su brazo se sentía mucho mejor con la presilla alrededor y el ungüento que Chikara había aplicado. El grupo bajó hasta el primer piso subterráneo y luego al segundo. Ahí abajo las explosiones se escuchaban en la lejanía, cruzaron el marco de una habitación y Tsukishima reconoció una figura sentada al fondo.
El salón era enorme y contaba con una mesa de cristal larga a sus lados se acomodaban sillas de cuero de aspecto carísimo. Una pequeña tarima se encontraba al final de la pieza con un podio de cristal, en donde una silueta estaba sentada en el suelo de espaldas como una marioneta sin titiritero.
Kei supo inmediatamente quien era el títere, podría reconocer esa maraña de cabellos rebeldes a decenas de metros de distancia, a cualquier hora del día y aunque pasaran los años.
Su pecho se constriñó al verlo ahí, sus músculos se tensaron, había algo erróneo con ese «Pantera». Su «Pantera» patearía y mordería sin importar qué lo atara. Ése… ésa silueta estaba estática en el suelo.
… sin vida…
No… no, Kei no podía pensar eso, no después de todo.
Shirabu y el S.C.A.R.E.C.R.O.W. no estaban por ninguna parte. Era una trampa, cada poro de su cuerpo gritaba que lo era y sin embargo su pie se colocó frente al otro y comenzó a avanzar.
—Kuroo —llamó, logrando que su voz no se quebrara y luego un poco más inseguro repitió— ¿Kuroo?
Era inútil porque esa figura ni siquiera parecía que respiraba.
Aun así.
—¡Kuroo! —dijo otra vez.
Ennoshita iba atrás de él, manteniendo su distancia, escaneando los alrededores; y Tsukishima aumentó el paso.
—¡Kuroo! —comenzó a correr.
—¿Kei?
Estuvo cerca de tropezarse cuando escuchó su voz. Era él, definitivamente era él y estaba vivo; se repetía cada paso que daba, cada vez que acortaba más la distancia. Entonces, ¿por qué?
¿Por qué no se movía?
—Alto ahí —escuchó a Shirabu y su sangre comenzó a hervir, el mecánico chasqueó su lengua tres veces en desaprobación—, yo no me movería tan rápido si fuera tú.
Eso lo detuvo.
—¿Llamaste a tus amigos? —Kenjirou miró con desdén a los demás cuervos—. Qué gentil de tu parte, Atsumu necesita más juguetes.
—Eres escoria —Kei rechinó sus dientes—, no saldrás triunfal de esto —prometió.
—Yo no estaría tan seguro de eso, no mientras tenga al problemático Pantera Anfetamina a mis pies —afiló su mirada y caminó hasta Kuroo, el pelinegro no salió de su neblina.
¿Qué diablos?
—¿Qué?
Sacó una pistola y hundió el cañón en su sien, Tetsurou solo ladeó la cabeza dejándose guiar por el empuje del arma.
—Dame una buena razón para no volarle el cerebro a tu compañero.
—¿Qué planeas?
—Solo quiero matarte —respondió, como cuestión de hecho.
—Shirabu… —comenzó Ácido.
En un principio, justo cuando el Nido cayó, Tsukishima había odiado el nombre de BL/ind; había escupido a toda la industria, a los mecánicos y a los ajustadores de pensamientos. Pero luego, noches enteras sin un segundo de sueño le permitieron pensar… meditar sobre el dictador. Porqué Oikawa hacía lo que hacía; pensó en la ideología de Michimiya, porqué La Colmena había permanecido en pie y fuera de los radares de Better Living.
Nada iba a cambiar si seguían derramando sangre de esa manera; muerte y odio solo generaría más. Su hermano había muerto, Tadashi había muerto.
Kei no era un idiota, sabía lo que significaba la resistencia; sabía que si empujabas a la bestia ella abriría las fauces para atacar. ¿Pero en qué punto se terminaba la matanza?
Dialogar con Oikawa era una causa perdida, pero con Shirabu tal vez…
—Shirabu —continuó—, seamos mejores que esto —pidió—, por favor, ríndete y prometo un juicio justo. Nadie más debe morir.
—¿Quieres a la Pantera? —Shirabu ignoró sus palabras—. ¿Qué piensas de un duelo con mi S.C.A.R.E.C.R.O.W.?
—Shirabu…
—Te diré qué, si logras ganarle a Atsumu, dejaré ir a Pantera —aseguró y al siguiente segundo sus ojos se ensombrecieron—, si no… todos ustedes están muertos.
Estaba jugando su última carta, la explosión de la energía dirigida de antes le había pasado factura. El joven de mente brillante sostenía un brazo en su pecho, mientras que, con la otra mano, seguía apuntándole a Kuroo. Su cabello estaba despeinado y su ropa llena de suciedad.
—Hazlo o pintaré el suelo con su cerebro —presionó Shirabu sin una pizca de duda en su voz.
—Ácido, no lo hagas —aconsejó Ennoshita a su lado.
—Vamos —mofó el joven mecánico—, ¿o eres demasiado cobarde para sacrificarte por tu amigo?
—Ácido, no lo escuches —urgió Silencio—, iré yo y cuando el S.C.A.R.E.C.R.O.W. me ataque… —Chikara tragó grueso—… tú salvas a Kuroo.
—No lo harás —detuvo Tsukishima—. Él me llama a mí, yo me haré cargo.
—Tú eres nuestro líder —presionó, susurrando cerca de su oído—. No podemos quedarnos sin liderazgo, no ahora.
—¿Qué clase de líder seré si dejo que más sangre se derrame por mí?
El médico no le respondió, además, si Kei opinaba, Ennoshita era más necesario que él. Tsukishima podía entender códigos de computadora y programación; pero Chikara podía salvar vidas.
Eso era todo.
Kei comenzó a caminar hacia el frente, así que no le sorprendió nada cuando el artificial rugido del S.C.A.R.E.C.R.O.W. se escuchó a su derecha. Debía apresurarse, Kuroo no se encontraba bien y necesitaba atención médica. Atsumu ladeó la cabeza, la humanidad que había demostrado cuando acabaron con su hermano había desaparecido.
—¡No te preocupes, Kuroo! —exclamó mirando al S.C.A.R.E.C.R.O.W. en sus ojos cosidos—. Muy pronto te rescataremos.
Miró a Tetsurou removerse levemente, sus músculos se tensaban y relajaban, como si cada minúsculo movimiento le causara un indescriptible dolor.
—Iré por ti —susurró para sí mismo y miró a Chikara, el médico asintió levemente.
Sacó su otra katana de su envoltura, el dulce chirrido de la hoja hacía su sangre bombear, la adrenalina hacía que el dolor en su brazo por la quemadura fuera ignorado con algo de facilidad. No esperó otro momento y atacó al gemelo, él lo escuchó venir y se movió a un lado. Los movimientos del S.C.A.R.E.C.R.O.W. era medidos con frialdad, sus patas con largas uñas seguían plantadas en el suelo y lo único que movía era su torso.
Kei osciló la otra katana en su costado izquierdo, logró tocarlo, pero Atsumu abrió su mandíbula metálica para escupir ácido. Kei se arrojó hacia un lado, sin embargo, sintió una gota caer sobre su clavícula, que comenzó a corroer la camisa y su piel.
Cayó sobre sus rodillas y saltó hacia atrás, Atsumu nunca vacilaba en sus movimientos; esa era la diferencia en luchar sin pensamientos. El S.C.A.R.E.C.R.O.W. arrojó sus garras traseras y Tsukishima giró para esquivarlo, atrás de él Chikara y Kinoshita mantenían su estancia como habían prometido, por el bien de Kuroo.
Ácido Lunar ya lo había decidido, éste era su segundo enfrentamiento con el S.C.A.R.E.C.R.O.W. y sabía muy bien que no había manera de ganarle. Tsukishima activó la energía dirigida, el zumbido de la estática callaba los golpes erráticos de su corazón.
Atsumu era implacable, cada golpe de sus garras era más fuerte que el anterior; Kei apenas podía igualarlo, lo único que podía hacer era guardar sus puntos críticos. Sus ojos volaron por una fracción de segundo al mecánico; Shirabu veía fijamente a su creación, manteniendo la pistola en la sien de Pantera.
El híbrido saltó hacia atrás, cayendo en sus manos y arrojando sus garras inferiores hacia Kei. Ácido logró colocar su antebrazo, guardando sus ojos, las hojas cortaron su carne y la sangre comenzó a salir por borbotones, como un río de granates. Había sido una cortada profunda.
El S.C.A.R.E.C.R.O.W. logró hacerlo retroceder hasta que lo acorraló, fue entonces que supo que había llegado la hora, no había mejor momento.
'Esto es lo que haría Nicotina' pensó 'Esto es lo que hizo Nicotina'
Tsukishima no pudo respirar hondo, sus músculos no se prepararon totalmente; la ventana era minúscula y solo había una oportunidad,
Ácido Lunar le dio la espalda al S.C.A.R.E.C.R.O.W.
Le dio la espalda y apoyó un pie en la pared, utilizando el impulso, colocó su otro pie arriba; lo hizo de nuevo hasta que su torso estuvo frente al rostro de Atsumu y se lanzó. No necesitaba darle al ciborg, así que arrojó su katana con la energía dirigida con todas sus fuerzas.
Shirabu, demasiado enfocado en la pelea, miró hacia arriba inútilmente; sin lograr moverse a tiempo.
La katana atravesó su cuello por completo, el mecánico perdió su equilibrio y cayó sentado al suelo, al lado de Kuroo. Sus ojos estaban abiertos el doble, llenos de pánico y terror; sus manos tiritaban perdiendo su fuerza con cada segundo que pasaba.
Kei dejó de verlo porque su oponente se había aprovechado de la ventaja de su defensa baja; Atsumu clavó sus garras en su hombro y lo golpeó contra la pared. Ácido no tenía fuerzas para gritar, solo se quejó lastimosamente del dolor. Su sangre seguía derramándose, cayendo de su brazo al suelo; las enormes gotas manchando la porcelana blanca. El híbrido lo tenía colgado de su agarre en su hombro, como un gancho a un trozo de carne en una carnicería; abrió sus fauces y escupió ácido; escuchó un disparo que ladeó su cabeza, el proyectil dando en su sien.
Gotas cayeron en sus anteojos, corroyendo el vidrio y fue soltado al suelo; Ennoshita disparó otra vez con su escopeta; paró y cargó nuevamente. El S.C.A.R.E.C.R.O.W. cerró más sus garras en su hombro y lo lanzó al médico.
Chikara no se movió, prefiriendo recibir su caída a dejarlo lastimarse más. Kinoshita lo cubrió, manteniendo al ciborg ocupado.
—Debo… —musitó Kei, estaba sobre Chikara pero se obligó a ponerse nuevamente de pie—. Kuroo…
Sus brazos ardían y dolían, la sangre fresca que bajaba por su herida menguaba el insoportable dolor de la quemadura por ácido; sin embargo, se obligó a pasar el dolor a segundo plano, porque la fría ola de preocupación por Pantera rebasó cada uno de sus sentidos otra vez.
Tetsurou no se había movido, el cadáver de Shirabu había caído a su lado. Bilis subió hasta su garganta y su cabeza comenzó a dar vueltas. Recuerdos comenzaron a parpadear en sus ojos; la fotografía de Tadashi, la figura de Akiteru en el suelo del Nido… Cada pisada que lo acercaba a la silueta congelaba más su alma y pecho; preguntándose si tal vez esta sería la vez que él no podría superar.
—¡Kuroo! —llamó, subiendo la pequeña tarima del salón de reuniones—. Kuroo, estoy aquí.
Ácido tenía miedo, miedo de ver lo que vería. No se lanzó a su lado; en lugar de eso se paró frente a él.
Y lo vio.
Las lágrimas salieron solas; tanto por el alivio como por el horror.
—Maldita sea… —siseó, no quería que su voz se quebrara, no quería que Pantera lo escuchara—. Kuroo…
Pantera estaba recostado sobre el podio de cristal, su ropa estaba rota en lugares donde había corroído el ácido, pero el peor daño era en sus ojos. La piel que rodeaba las cuencas tenía estrías rojas y blancas; una línea sinuosa bajaba hasta su mejilla, levantando la piel enrojecida producto de una gota bajando hasta su quijada.
Le habían quemado sus ojos.
—Soy yo, Tsukishima —se apresuró—, soy Tsukki.
—¿Tsukki? —preguntó, erráticamente buscando más su presencia, tocando hasta sus hombros y antebrazos. Kuroo pasó y se alejó cuando sintió la herida rebosando de sangre y Kei se encogió de dolor— ¿Estás herido?
Díselo a Pantera Anfetamina que al estar ciego y con quemaduras graves por ácido aun tuviera la energía para preocuparse por alguien más.
—¡Ennoshita! —Ácido llamó—. ¡Ennoshita, Kuroo necesita ayuda médica urgente!
—Tan mal se ve, ¿eh? —Kuroo se rio entre dientes, seguido de un siseo agudo de dolor.
—Dioses, Kuroo —Tsukishima regañó sin tono mordaz.
Y aun así Tetsurou mostró su característica sonrisa torcida. La expresión altanera caía perdida en la piel amarillenta que rodeaba sus parpados y sus ojos nubosos. Su mirada se enfocaba en la nada. Ennoshita logró alcanzarlos; Kinoshita y las otras abejas se habían quedado con el S.C.A.R.E.C.R.O.W.
«Por la Bruja» escuchó a Chikara murmurar al ver las lesiones de Tetsurou.
El mayor daño era en sus ojos nubosos, la piel que iba en sus sienes se levantaba como telarañas de queloides, color rojo encendido. Silencio Infeccioso comenzó a aplicarle una sustancia en las zonas afectadas. Kei no tenía idea de qué hacer, necesitaba regresar y enfrentarse a Atsumu, pero Kuroo dejaba salir pequeños quejidos de dolor y sus manos tiritaban.
Tsukishima tomó una de ellas con fuerza, en comparación con su mano, la de Kuroo estaba fría como un glacial.
—Está bien, Kuroo, todo estará bien —aseguró, llevando los dedos de Pantera a su mejilla—. Te tengo ahora.
—Lo… lo siento, Tsukki —sollozó, su voz agrietada se sentía como espinas en su pecho—… fui egoísta.
Kei quería besarlo, prometerle que todo iba a estar bien; que ellos ganarían la guerra y Kuroo se pondría mejor, que la Bruja se apiadaría de ellos y les regalaría un día más.
Pero Tsukishima no lo sabía.
—Shh… shh —susurró—. Guarda tus fuerzas, Pantera Anfetamina; todo estará bien —apretó su mano—. Yo estoy aquí, yo te haré sobrevivir a esta locura —sonrió, aunque su mirada se llenó de lágrimas.
Esperaba que Kuroo no supiera que lloraba.
El sonido no paraba, la cancioncilla retumbaba en las paredes de su cráneo sin cesar, no importaba cuanto corrieran o cuanto avanzaran. Nishinoya se preguntaba si el sonido estaba afuera de su cabeza; pero no podía darle voz a su pensamiento, solo corría y corría; Tanaka iba detrás de él; también las otras abejas: Takehito Sasaya, Yutaka Obara y Kousuke Sakunami.
Entraron a otro túnel, era más fácil movilizarse ahí, el suelo era recubierto por grava suelta y rieles oxidados y viejos. Estaban más cerca, siempre y cuando no miraran atrás.
Pasaron por una puerta y se abrió de golpe, la sorpresa seguramente le restó años de vida a Noya, porque, demonios, tenía todos sus nervios y cabellos de punta. Tanaka y él pararon cuando supieron que se trataba de Sugawara.
—Escuché que necesitaban ayuda, chicos —sonrió el cuervo blanco, relajando a ambos muchachos con su tranquilizante comportamiento de siempre.
—¡Suga! —Ryuu lo recibió con una enorme sonrisa casi igualando la suya.
Koushi asintió con repentina seriedad y les urgió que se apresuraran; aunque más refuerzos llegarían, como Shimizu y Semi, no podían darse el lujo de perder ningún segundo. Así que no pararon hasta recorrer el laberinto de túneles; hasta que llegaron a una compuerta de dos tablas de hierro, cerradas herméticamente y un bloc numeral en la pared.
—¿Aquí es? —preguntó Tanaka.
—Sí —aseguró Noya, quitándose la mochila que contenía la bomba y colocándola con sumo cuidado en el suelo—. Detonaré la puerta, no me debe llevar más de un minuto.
—Haz lo tuyo —dijo Suga, dándole la espalda y vigilando el camino por el que habían llegado.
Yuu comenzó a trabajar colocando una pequeña esfera en la almohadilla de números, sujetándola con silicona explosiva. Sacó unos cuantos cables y los unió a los del bloc, retrocedió unos pasos y activó la bomba. La detonación fue corta y queda, funcionó de maravilla. Chispa levantó su pulgar y les sonrió a sus dos compañeros, indicándoles que podían entrar ahora.
Ryuunosuke fue quien se acercó a la compuerta y probó; descubriendo que la pesada tabla de hierro cedía bajo su fuerza. Miró al pequeño grupo de killjoys y abejas y les aseguró que era seguro entrar, pero debían mantenerse alertas.
Aun así, Nishinoya quería ser el primero en entrar, su naturaleza de inventor tiraba de él y de cada paso; descubrir qué hacía al dictador funcionar era tentador de descubrir. Lamió sus labios tanto por nerviosismo como emoción.
Lo primero que notó al entrar fue el cambio de temperatura; los finos vellos de sus brazos se pusieron de punta al sentir el frío. Debía haber bajado al menos diez grados de inmediato; no era lo suficiente para congelar, pero sí para refrescar la maquinaria que estaba adentro. Lo segundo que notó fue el brillante resplandor blanco que se proyectaba hacia todas las direcciones, similar a la energía dirigida que había sido disparada a Destroya antes que cayera. Su mirada tuvo que aclimatarse al repentino cambio.
Tragó grueso una vez vio la inmensa máquina.
Una bola incandescente de energía estaba en medio; tres anillos gigantes de hierro se desplazaban por toda su superficie, girando, girando y girando. El núcleo era suspendido y ellos solo podían ver la mitad superior, Yuu no tenía idea por cuantos metros más se expandía la habitación hacia abajo, pero no quería averiguarlo. Ellos podían movilizarse por una serie de paneles que se recorrían todo alrededor y un pasillo en el centro, que llegaba hasta el vivo núcleo, en frente había un control de mandos.
El núcleo de Kageyama ni siquiera se acercaba a la magnitud de esa bola inmensurable de poder.
—¡Tanaka, cuidado! —gritó Sugawara.
Ryuu se puso de cuclillas a tiempo que una larga hoja dio una fuerte estocada donde hacía milisegundos estuvo su cabeza. Nishinoya se congeló al ver esos enormes ojos con pupilas pequeñas; cabello rojo como la sangre parado en puntas… el S.C.A.R.E.C.R.O.W. que había matado a Akiteru finalmente hacía su aparición.
Sugawara golpeó con el rifle al híbrido, sacando una carcajada por el golpe.
—¡Chispa, nosotros nos encargaremos de él! —se apresuró el cuervo blanco—. ¡Activa la bomba ahora!
Una soga metálica de cobre se ató en el cuello del S.C.A.R.E.C.R.O.W. demoníaco y se constriñó con fuerza, el híbrido paró en sus pistas y se escuchó un chasquido enfermizo. La cabeza cayó sin ceremonias a un lado; su cuerpo paró de moverse, aunque sus ojos se movían de un lado a otro; cayó sin oposición y se reveló una figura que estaba parada atrás de él, quien había blandido el arma.
Era Dulce Voraz.
Con el listón metálico de Hitoka.
Arrastró el pesado cuerpo del ciborg fuera; tenían una pequeña ventana de segundos antes que el cuello volviera a repararse. Así que Koushi corrió al lado de Terror; junto a las tres abejas, salieron de la habitación. Sugawara miró a Noya.
—Haz lo tuyo, Chispa Neón —Cerró la puerta detrás de sus palabras.
Su corazón aun latía en su garganta, pero se obligó a tragar, respirar hondo y comenzar a activar su última carta para la victoria.
'Ukai' reconoció Hinata.
Debía rescatarlo.
Terminaron de cargar el camión y lo encendieron, su ventana se estaba cerrando y se llevarían al Doctor a quién sabe dónde. Así que Shouyou corrió hasta el centro de la calle y se posicionó frente al vehículo. Pudo divisar que el conductor era el droide de ojeras profundas y cabello corto y rubio, fácilmente miró a Hinata y sus ojos se ensombrecieron con sed de sangre.
Inferno ignoró los escalofríos del temor que corrieron por su espina y abrió sus piernas, aumentando su centro de gravedad. El camión aumentó la velocidad, estaban a quince metros, luego a diez. Hinata apuntó su arma, respiró por un segundo y apretó el gatillo, liberando el proyectil revestido de energía dirigida.
La bala impactó contra la llanta e hizo una sorda explosión.
El camión perdió el control a un metro de colisionar contra él. No se encogió al sentir la fría ráfaga de aire producido por la onda de choque; el auto impactó con la pared de un edificio. Shouyou luchó por no sonreír al pequeño deja vu, cuando el exterminador hizo lo mismo con el nova de Kuro; haciendo a Hinata volar por los aires y directo a los brazos de Kageyama.
… no literalmente, pero entendía su punto.
El mayor daño del camión era en la cabina, Keishin se encontraba en la parte trasera. La ventana del conductor se hizo añicos cuando una tormenta de balas la atravesó; Hinata se colocó de cuclillas de inmediato y corrió para cubrirse.
La puerta se abrió de una patada y el droide de ojeras profundas saltó fuera del vehículo. Shouyou cargó un proyectil a la recámara, exhaló y salió de su escondite. Las heridas y golpes de su enfrentamiento con el sicario aún estaban frescas, pero ¿quién podría rechazar un emocionante encuentro con un droide con rostro de homicida?
Hinata no.
—¡Deja ir al Doctor Desa…! —sus palabras fueron cortadas cuando el androide disparó la metralleta que tenía en sus manos; Inferno regresó a su escondite detrás de un automóvil.
El exterminador gruñó guturalmente con odio y volvió a disparar.
—De acuerdo, de acuerdo —susurró para sí mismo, jadeando por la sorpresa aún. No serviría de nada negociar o hablar con ese robot. Sacó su intercomunicador—. ¡Necesito refuerzos! —exclamó—. ¡Encontré a Ukai!
Escuchó más disparos que le dieron al automóvil; Hinata sujetó su pistola a su pecho y cargó el cartucho de las balas que desactivaban el núcleo de los androides. Con el aliento en su boca, asomó su cabeza detrás de la ventana del automóvil que funcionaba como muralla; los otros dos droides de cabello negro estaban refugiados detrás del camión. El rubio estaba en medio del panorama, sin importarle una mierda su vida.
Diablos, se veía genial.
—¡Voy de inmediato! —respondió Yui.
Hinata se ocultó nuevamente y golpeó sus mejillas con fuerza, urgiéndose que debía concentrarse; respiró una vez, luego otra; inhalaciones cortas y rápidas. Había vencido a un sicario; no solamente eso, había vencido al sicario responsable de la muerte del Pequeño Gigante. Si eso no lo hacía imparable, ¿qué lo haría?
Sujetó su pistola y salió.
Antes que apuntara vio claramente cómo una lanza golpeaba el pavimento, meramente centímetros del androide con ojeras profundas y explotó al contacto; haciendo volar al rubio, metros atrás.
Segundos después, cayó Yui a su lado, con una sonrisa tan gentil que desentonaba con el despiadado panorama. Una ola de alivio lo recorrió. No tenía idea por qué, pero tener a la líder de las abejas ahí con él, lo hacía sentir como si todo estuviera por mejorar de inmediato.
—¿Dónde está Ukai? —preguntó.
—En la parte trasera del camión. Hay tres androides —aunque ahora no estaba seguro si el rubio seguía con vida—, dos de ellos están cuidando al Doctor.
Yui asintió.
—Es un campo abierto —recalcó la abeja reina—, tú ve por la derecha y yo por la izquierda. Es imposible que el rubio se concentre en ambos a la vez.
—De acuerdo.
—Toma esto —le ofreció con su mano revestida de un guante sin dedos que llegaba hasta su codo; era un revólver—, e intenta mantenerte fuera del alcance de sus balas.
Shouyou lo aceptó, pero la empuñó en lugar de guardarla, como Akaashi lo hacía; una pistola en cada mano.
Michimiya y él se alejaron, ambos tomando cada esquina del automóvil; la líder de La Colmena no tenía pistolas en sus manos, no tenía nada. Hinata no esperaba que la líder aun creyera que toda esa situación podía arreglarse con una discusión pacífica; pero él no era nadie para cuestionarla.
Yui, en lugar de aclarar cualquiera de las dudas revoloteando por su melena naranja, sostuvo sus dedos extendidos; sincronizándolos para el ataque.
Tres.
Dos.
Uno.
Salieron, con armas ardiendo –Shouyou al menos–; de reojo vio como Michimiya se movía con la fina destreza de una bailarina de ballet. El androide demente le disparaba a ella, pero la abeja reina saltaba como si fuera inmune a la gravedad; sus extremidades ágiles como una pluma. Alcanzó un cilindro atado a su cadera, metálico y de treinta centímetros de largo; apretó algo en su superficie y se alargó en un segundo, convirtiéndose en una jabalina, similar a la que había lanzado antes. Y de la misma manera, explotó al contacto.
Shouyou se adelantó hasta el camión, mientras Yui mantenía ocupado al androide. Las compuertas estaban abiertas y fue recibido por los cañones de dos escopetas. Ambos estaban al lado del locutor de radio; el Doctor había perdido el elástico que mantenía su cabello hacia atrás, la melena dorada caía en su rostro, pero aun así se podían ver los hematomas en sus mejillas, enfermizas manchas púrpuras y verdosas.
—¡Alto o el rebelde muere! —gritó el androide de cabello negro y parado.
Hinata los seguía apuntando.
—Por favor —pidió—, déjenlo ir, no queremos hacerles daño.
—¿Tú? —preguntó con incredulidad el mismo robot.
Escuchó un golpe y el androide de ojeras profundas cayó detrás de Hinata. Michimiya se colocó a su lado y de inmediato tomó su estancia de defensa, sacando una jabalina. Los dos androides se tensaron al ver a la abeja reina y lo que había hecho.
—Libérenlo —ordenó Yui.
Fue entonces que el androide que había guardado silencio hasta ese momento –el de cabello negro lacio, partido a la mitad que caía como cascadas negras hasta sus pómulos– lo miró con inquisición.
—¿No eres tú el cuervo que estaba en el edificio con el traidor de Kageyama?
El otro androide abrió sus ojos el doble.
—¡Vas a morir! —sentenció—. ¡Tú y tu lengua llena de veneno!
—Por… por favor —rogó Ukai en un silencioso murmullo, tomando a todos por sorpresa; Keishin tenía un ojo hinchado y sujetaba un brazo en su pecho como si estuviera roto.
El corazón de Hinata se partió.
—Por favor —repitió el Doctor Desafiando a la Muerte—… ganen… esta guerra. Ganen… por mi abuelo.
Hinata fue tomado desprevenido, y sabía que Yui también lo había sido, ante las palabras tan finales de Keishin Ukai.
En el segundo que pasó a continuación entendió por qué.
Fueron cambios microscópicos, facciones que seguramente en diferentes ocasiones habrían pasado desapercibidas; pero no en ese momento. Quizás por la adrenalina imparable que recorría sus vasos, tan rápido como una autopista o porque su cuerpo creía que iban a ser los últimos momentos de su vida. Pero Hinata lo notó.
Notó que los ojos de Ukai estaban anclados en algo detrás de él y la abeja reina; al igual que los ojos de ambos androides. Notó el pequeño cambio en la expresión de los dos, como sus ojos se abrieron un poco y las comisuras de sus labios comenzaron a estirarse.
Y el comienzo de una palabra que se formó en sus labios.
—Líde…
Su cuerpo no tuvo el tiempo necesario de reaccionar cuando las piezas cayeron en su lugar; antes que sus extremidades, sus pulmones, estómago y ser completo fueran cubiertos con un frío manto de crudo miedo.
El cuerpo de Ukai fue asaltado con una lluvia de balas, antes que Shouyou pudiera decir algo. No encontraba su voz para gritar, maldecir o llorar al momento que el padre de todos era acribillado sin aviso, ni razón.
Se estaba asfixiando, toda la atmosfera había cambiado en menos de un segundo; Shouyou se giró, obligándole a sus piernas entumecidas a moverse.
Cada miedo fue fundamentado al verlo ahí.
El dictador de Better Living era mucho más alto de lo que recordaba y… menos humano también. El ochenta por ciento de su cuerpo era de metal negro, su rostro estaba partido y tenía más extremidades de las que un humano podía tener.
Si antes había sabido lo que era tener miedo, no tenía ni idea de lo que sentía ahora.
El androide de ojeras profundas miró a su líder y se puso de pie; Oikawa alargó su brazo y rodeó su cráneo con su mano. Hinata sintió nauseas al momento que el dictador cerró su puño, matando al androide de su mismo bando.
A su lado, Michimiya se miraba igual de asustada que él.
—¿Líder? —preguntó el androide de cabello parado.
Oikawa tomó el cuerpo sin vida del otro androide, levantándolo desde su cráneo apisonado y lo lanzó al camión. La fuerza bruta era tanta que, al impactar con el androide, éste atravesó el camión e hizo que el furgón se moviera; deslizándose unos cuantos metros, rechinando cual criatura lastimada.
Las cuencas refulgentes que tenía en lugar de sus ojos se fijaron en él; y un sonido como el de una bestia mecánica, estática mezclada con el chirrido de metal siendo doblado salió de su boca con colmillos largos.
—… O… uyou… i… nata. —gruñó.
Y luego Yui hizo lo más valiente que cualquier líder podía hacer por su colonia: Michimiya dio un paso al frente y se colocó frente a Shouyou, parándose en medio de Oikawa y él.
—Está buscándote —estableció la abeja reina—. Huye Hinata.
Sol Inferno estaba petrificado, aún mantenía su boca abierta mientras miraba la figura esbelta y espigada de Michimiya. No tiritaba, ni se estremecía. Ya había tomado su decisión.
—Huye ahora.
Shouyou era conocido por nunca pensar dos veces las cosas, por ser impulsivo, por arrojarse de cabeza al peligro en muchas ocasiones y no tomar en cuenta las repercusiones de sus acciones. Por esa razón lo habían llamado idiota, imbécil –Kageyama–, enano descerebrado –Tsukishima–, exactamente lo que la resistencia necesita –Bokuto–; y muchas más.
Esa, sin embargo, no era de esas ocasiones; lo pensó y le dio vueltas a la idea, pero nunca vino una mejor salida.
Así que se colocó frente a Yui, poniendo menos de cincuenta centímetros entre el dictador y él.
No cabía en su mente la idea de dejar a alguien más sacrificarse por él.
—Lo siento —dijo, su voz se quebró solamente un poco—, esta es mi pelea.
—Shouyou… Hinata… —La voz de Oikawa era más clara ahora, pero igual de escalofriante— ¡Shouyou Hinata! —rugió, su voz mezclada con estática.
Escuchó una bomba detonar detrás de ellos seguido por un temblor leve; como si alguien acabara de dejar caer un gran peso al pavimento y la boca torcida del dictador se estiró en una mueca de perversa alegría.
Era Kageyama.
Con la velocidad de un relámpago, el dictador capturó su brazo izquierdo entre sus garras y como si se tratara de un palillo quebró su radio y cúbito. Shouyou gritó de dolor, tan primal y crudo que Yui jadeó de horror y sorpresa. Oikawa no se estremeció ni por un segundo, lo levantó del piso, torciendo más su brazo, apretando los huesos rotos, arrancando más gritos de Inferno; lo llevó hasta alcanzar su oído hasta su boca y susurró sin una pizca de remordimiento:
—Nos vamos a divertir un rato.
Herir.
Cortar.
Rebanar.
Matar.
Complacer al gran líder.
Él amaba al gran líder, el gran líder era su dueño, amo y mundo entero. No lograba recordar nada antes de eso, pero no le hacía falta. Vivía para matar y por el gran líder. Nada se comparaba con sentir la sangre manchar su rostro, su pecho, sus manos y pies. Rojo por todos lados, era divertido, así que se reía; aun con los molestos hilos en su boca, él se reía de sus enemigos y del gran líder.
Sus enemigos eran bufones, montando una divertida escena para él.
Había detectado movimientos de los divertidos bufones en las alcantarillas, y le fue ordenado seguirlos y seguirlos y seguirlos, para rebanarlos a la mitad. Saltó y saltó por horas, hasta aburrirse; quería matar y cortar y rebanar, quería salir a la superficie donde sus demás amigos se divertían cortando bufones, excepto él.
Pero no quería decepcionar a su líder.
Así que siguió saltando hasta encontrarlos.
Los bufones entraron a un lugar que no debían, pero él se rio porque ahora tenía una razón para hacerlos sangrar. Él entró detrás de ellos, sus manos tiritaron, sus pies saltaron, no quería perder tiempo, necesitaba enterrar sus cuchillas en sus cálidos cuerpos y pintar su piel de rojo. Se sentía vertiginoso, comenzó a carcajearse, estirando los hilos en su boca; saltó para hacer saltar el cerebro de un bufón con su mano, pero se movió al último minuto.
Eran escurridizos y lograron quebrar su cuello; así que cuando logró moverlo otra vez se estremeció de pies a cabeza, cada poro de su piel explotaba de felicidad y risa. Nada era más divertido que destazar músculos llenos de lucha y esperanza.
Había un bufón que no había notado antes, una mujer con cabello negro; él se lanzó para rebanarla con sus piernas, pero le dispararon en su costado y desviaron su puntería.
El gran líder no podía aceptar eso y él estaba vivo para servirle a él.
Larga vida a las industrias Better Living.
Larga vida a Tooru Oikawa.
Se carcajeó y atacó al bufón que le había disparado, de cabello castaño y cejas pobladas. Se estremeció de la emoción al sentir la sangre que salió cuando lo apuñaló en su cuello, rio y rio hasta que los puntos de sutura de su boca comenzaron a sangrar.
'¡Sigan rompiéndolos!' cantó en su cabeza, al ritmo que introducía sus cuchillas en el cuerpo, haciendo puré sus órganos.
—¡Sasaya! —chilló uno de los bufones.
Él levantó su mirada para ver a su siguiente víctima.
'¿Qué cosa?'
Lo miró a él y se congeló de miedo, así que se carcajeó más; rebanar payasos con terror no era tan divertido como cortar a los valerosos, pero eso no lo detenía.
'Sus corazones.' Cantó.
Lo sujetaron del cuello con el mismo listón de metal, pero si lo mataban otra vez, se tardaría en cortar y rebanar y herir; así que tomó el lazo con su mano y haló al cuervo hacia él, para que conociera íntimamente sus cuchillas.
Fue el bufón de cabello como ceniza, y él logró darle en su brazo un hermoso corte limpio en su antebrazo. Escuchó unas nuevas pisadas y se carcajeó, más bufones significaba más sangre para bañarlo.
'¡Sigan aplastándolos!'
Mataría y mataría, por el gran líder, haría todo por él
'¿Qué cosa?'
Jamás soñaría con otra razón de vivir.
'¡Sus espíritus!'
Saltó para acuchillarlo con sus piernas, pero algo hizo clic en su cerebro.
…
Lo miró sin acercarse, él lo miró sin saber por qué no podía mover su cuerpo; lo miró y sabía que había una razón por la que no debía cortarlo. Estaba enterrado, bajo recuerdos, y pensamientos y razones. Pero no importaba cuanto buscara y pensara, con lo único que se encontraba era con el rostro del gran líder.
El queridísimo gran líder.
Se acercó a la nueva persona, dio un paso, pero no se alejó; no le temía y no quería matarlo; pero lo veía y veía. Lo miraba tanto que a él no le gustaba.
«No te separes, unidos somos más fuertes»
Retrocedió, su visión se hizo blanca por una fracción de segundo y escuchó una voz. Parpadeó para enfocar su mirada y dio otro paso para matar al nuevo cuervo, después de todo, su líder lo deseaba.
«Better Living es tu amo, Tooru Oikawa es el salvador del mundo».
La doctrina que le mostraban todos los días se reproducía automáticamente en su cerebro, no dejaba lugar a formar pensamientos; como si un músculo atrofiado que no había sido usado en años intentaba realizar un movimiento.
Y, sin embargo…
«Encuéntrame…»
«No necesitas más que Better Living, no necesitas pensar, un pensamiento más es una extremidad menos.»
El cuervo tenía cabello como ceniza; no lo miraba con miedo, tampoco con repulsión. No sabía con qué emoción lo miraba; él no conocía algo más allá de la lealtad a Oikawa. Agua salió de los ojos del cuervo con puntas color café, ¿era eso lo que era? Siempre salía agua de los ojos de las personas cuando él provocaba dolor, pero apenas lo acababa de mirar.
Extraño, muy extraño.
Antes de matarlo, se acercó un poco más; encorvándose un poco para verlo mejor, su sonrisa siempre estaba presente, pero ya no se reía. El cuervo miró su boca y un quejido salió de sus labios; él ladeó la cabeza.
«Oikawa es amo y señor, amo y señor»
Sus dedos se estiraron, transformándose en una cuchilla, llena de sangre y muerte; el cuervo abrió sus labios temblorosos y musitó tres sílabas.
—¿Sa…to…ri?
'Ei…'
Sintió un golpe en el cerebro, la palabra que estuvo a punto de formarse en su mente, pero no terminó de hacerlo. No podía, no lo recordaba. No podía acercarse al cuervo, no podía hacerlo, no podía tocarlo, no podía rebanarlo.
No podía.
No podía.
No podía.
¿Por qué?
No sabía la razón.
«Diez mil setecientos diez.»
«No te separes, unidos somos más fuertes.»
«Un pensamiento más, una extremidad menos.»
No. Oikawa, debía pensar en Oikawa; debía pensar en su líder, en su amo y Dios. No podía pensar en otra cosa, porque si lo hacía… si lo hacía…
—¿Sa… tori? —su voz se quebró ahora, también algo dentro de él lo hizo.
'Ei…'
No podía recordarlo.
—¿Qué te han hecho? —sollozó, intentando acercarse a él. ¿Satori?
¿Quién era Satori?
«¡Wakatoshi, mi compañero de habitación!»
«Diez mil setecientos once.»
«Pensamientos en el cerebro es la peor herejía.»
Todos lo miraban, millones de ojos anclados en él, como alfileres en todos sus poros; pero no se podía mover, si seguía pensando algo malo pasaría. Abriría algo que no debía ser abierto.
¿Satori? ¿Por qué el nombre le parecía familiar?
—Cumplí mi promesa, Satori, la cumplí —El cuervo se le acercó, él perdió su sonrisa, los hilos de sus labios se sentían extraños—. Ahora, encuéntrame tú a mí.
'Ei…'
«Diez mil setecientos doce.»
«¡Soy libre! ¡Soy libre!»
«Sonríe, sonríe, sonríe.»
Había algo en su pecho, un sentimiento; él sentía por el cuervo. Pero no sabía qué, no recordaba que se sentía y no podía darle un nombre. Una presión en su pecho, y temblor en su cuerpo; ¡no lo recordaba! ¡Le habían borrado como sentir! Quiso abrir sus labios, pero los hilos no le permitieron hacerlo, pero ¿qué iba a hacer si los abría? ¡No recordaba reproducir sonidos que no fueran carcajadas!
—Satori, por favor, soy yo… Eita —lloró.
'Eita.'
Sintió otro golpe en su cerebro.
'Eita.'
'Eita Semi'.
Él era Satori y el cuervo era Eita.
Abrió esa parte de su cabeza que no debía ser abierta, él era Satori. Tenía un nombre y era algo más que un objeto.
Y entonces recordó el dolor.
Cada fibra de su cuerpo se estremeció y comenzó a gritar; chillar como si fuera poseído; Satori hundió sus dedos en sus propios ojos y gritó; estaba acostumbrado al dolor, era lo único que recordaba sentir. Transformó sus dedos en una cuchilla larga y se acuchilló la cabeza, quería borrar su existencia, todo dolía.
Eita exclamó unas palabras que no entendió y quiso acercarse a él, Satori rugió como bestia, partiendo sus labios por el hilo; se acuchilló la boca y finalmente pudo gritar hasta que sus pulmones se marchitaron. No quería ver a Eita, no quería que él lo viera así; convertido en… en eso.
Recordó cada choque de electricidad, cada aguja en su piel, la sierra en sus brazos; las voces en su cabeza, las imágenes en sus ojos; la sed de sangre y tortura. Satori podía sentir su sangre coagularse y entrar de nuevo a su cuerpo; estaba sanando. Aun así, él quería morir; debió haber muerto hace años, sería mejor que recordar la tortura por la que había pasado.
Se rasgó los hombros hasta sentir como la carne comenzaba a caer; su sangre se anidaba en sus clavículas. No paraba de gritar, no pararía hasta morir. Recuperó la visión otra vez y se odió más al ver los ojos de Semi llenos de tristeza y angustia; pero él no podía consolarlo, había olvidado como hacerlo.
Lo único que conocía era tortura.
Se arrancó un ojo otra vez, tal vez si se dañaba hasta hacerse pedazos podría morir de una vez. Acuchilló su garganta y siguió chillando, gritando a través de su boca sin labios.
—Satori, Satori —Semi seguía diciendo—, regresa, encuéntrame… aquí estoy.
Abrió el ojo que le quedaba y Eita era lo único que veía. Era lo único que estaba en su mente, una astilla de luz en una caverna en penumbras. Abrió su boca, pero no podía hablar; no recordaba cómo hacerlo. La idea de construir palabras era tan ajena. Y aun así Eita intentó tocarlo, tocar su mandíbula ensangrentada.
Los gritos en su mente y el dolor se transformaron en estática sorda; sus ojos se disparaban a todos lados, pero Semi logró hacerlo enfocarse. Su cerebro estaba hundido en una espesa neblina y Eita era la astilla de luz.
—Yo estoy aquí —aseguró, llenándose de valor para tocarlo—, tú estás aquí.
Satori levantó un dedo metálico para tocar su piel, después de más de una década de la última vez que se vieron.
Pero antes que lo hiciera la hoja mortífera de una guadaña electrificada atravesó el pecho de Semi, levantando su cuerpo del suelo. Eita no gritó, solo boqueaba del dolor. Satori retrocedió, no había sido él, no había sido él; ¡Semi tenía que creerle! Miró sus manos para asegurarse. La sangre empezó a salir de su pecho y la guadaña fue retirada con un movimiento rápido y certero.
El cuerpo de Semi cayó y atrás de él estaba un hombre de cabello cobrizo.
Satori se acercó al cuerpo, Eita escupió sangre y lo miraba a él con urgencia, como si quisiera decir algo; pero su inminente muerte se lo impedía. Si él hubiera recordado como hablar, quizás lo haría peor. Semi dejó de moverse, sus ojos quedaron abiertos como un maniquí mirándolo.
Eita… Eita estaba muerto.
Gritó.
Acercó sus dedos a los labios de Semi, los cuales palidecían con los segundos, y llenó sus falanges con la sangre.
«Diez mil setecientos diez.»
Gritó y se apuñaló otra vez, la estática sorda había parado y los gritos regresaron a su cerebro y el dolor prendió cada milímetro de su cuerpo en una llamarada infernal. Dejó de reconocer su voz y se lanzó al hombre de la guadaña, el uniforme pertenecía a BL/ind y sabía que no debía atacarlo, aunque no entendía por qué.
—¡Aléjate de mí, máquina sin cerebro! —exclamó el de cabello cobrizo.
Él le había arrebatado a Semi; Eita había recorrido tanto para encontrarlo y él lo había matado. Rugió, él estaba debajo de sus piernas, lo tenía aprisionado y Satori no pensó en más que en hundir sus cuchillas en su cuerpo. Una y otra y otra y otra vez, reduciendo sus órganos a puré; él gritaba y se revolvía, pero no tenía manera de salir.
Aun cuando dejó de moverse, Satori seguía acuchillándolo, bañando cada centímetro de su piel en sangre.
«No te separes, unidos somos más fuertes.»
Los finos vellos de sus brazos se pararon en puntas al sentir la calidez, y comenzó a tiritar.
«Better Living es tu amo, Tooru Oikawa es el salvador del mundo».
«Un pensamiento más, es una extremidad menos»
Su rostro fue bañado en sangre, el temblar de sus brazos contagió a todo su cuerpo; la carnicera masa frente a él… ¿quién era? Él no lo sabía, lo único que quedaba era la beatitud, el bienestar que le causaba herir, cortar, rebanar, matar.
Y complacer al gran líder.
Su cuerpo comenzó a tiritar con más fuerza, hasta que se convirtieron en risillas y luego en carcajadas.
'¡Sigan rompiéndolos!' Cantó en su mente.
'¿Qué cosa?'
'Sus corazones.'
Se puso de pie, sus manos eran falanges y encaró a los bufones a los que había seguido por los túneles, después de habérsele sido ordenado seguirlos. Ahora tenía la libertad de cortarlos y sentir su sangre en su cuerpo.
'¡Sigan aplastándolos!'
'¿Qué cosa?'
Él corrió y saltó sobre sus manos, para rebanarlos desde sus cabezas hasta los pies.
'Sus espíritus.'
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