INUYASHA NO ME PERTENECE, PERO LA TRAMA SI
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LA REINA DEL NORTE
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CAPITULO 5
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─Quiero que os aseguréis de atar los malditos cordoncillos ─ordenaba Kikyo, mirándose al espejo, mientras tres damas se afanaban en acomodarle el magnífico traje que era de Kagome y que sólo se reservaba para la reina.
Su interlocutora era Varra, su madre, quien veía hacer a su hija.
Estaban en un receso de las audiencias reales y Kikyo aprovechó para que le acomodaran el vestido. Su última malicia había sido la de despojar de guardias a Kagome, aunque al final ese entrometido Hiten, la justicia del Rey fue a buscarla con su cuadrilla.
─Se hubiera roto el cuello ─volvió a mascullar Kikyo
─La dama más importante de la corte sois vos, así que sus aventuras en el bosque no cuentan. Dicen que casi tuvo un accidente por ello. Igualmente, no queremos atraer la ira del rey, recordad que no hay más princesas en el Bosque Negro con el cual casarse ─notó Varra.
Kikyo se giró, asustando a sus damas.
─Yo también soy una hija del Bosque Negro. Mi padre es el señor de ese lugar también.
Varra no contestó, pero la expresión de su rostro cambió. Prefirió cambiar de tema.
─En un rato, tocaran la campana para anunciar el reinicio de las audiencias. Es mejor ir y colocarse de tal modo que vuestra belleza resalte, por sobre todas las damas ─sugirió la mujer
Kikyo asintió. Su madre tenía razón. Era mejor ir y encandilar a todos, humillando aún más a la reina.
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─ ¡Su Majestad, la reina consorte! ─anunció el heraldo cuando Kagome entró acompañada de Hiten, la justicia del Rey y un grupo de caballeros escoltándola.
Incluso Hiten fue más allá, porque hizo una seña a las damas de la reina.
─Sois unas descuidadas. Vuestro deber es estar con vuestra reina. Si no queréis que le cuente al rey de vuestra falta, es mejor que hagáis vuestro trabajo.
Hiten estaba malhumorado. Si lo que Bankotsu dijo era cierto, la reina estuvo a punto de tener un accidente mortal.
Dentro de todo, no la culpaba por sus arranques de coger un caballo y marcharse a todo galope, con todas las humillaciones que sufría.
Toda la maldita corte había quedado tiesa con el último juego de la dama Kikyo, presentándose a la audiencia formal con el vestido que se reservaba solo para las reinas.
Y pensar que el rey siempre decía que no quería que su madre volviera a meter sus narices y tenía a otra hurgando aún más cerca.
La reina tomó asiento, pero estaba muy seria.
Al cabo de unos minutos apareció el rey, con su comitiva y detrás de él, también venia la querida, con su esplendoroso vestido dorado.
─Ya solo le falta la corona… ─masculló Kagome en voz baja, para sí misma.
─ ¿Dijisteis algo, mi señora? ─preguntó una de sus damas
─Nada que os importe ─retrucó Kagome malhumorada.
Finalmente, Kikyo quedó entre las damas de la corte, y el rey pasó a ocupar su trono e hizo un gesto al heraldo que se reiniciara el auditorio.
Kagome los veía como una sucesión sin final. Solo quería marcharse e irse. No veía la finalidad de permanecer, porque ni siquiera podía formarse una opinión sobre las diversas peticiones que se esgrimían al rey.
En eso el heraldo anunció la llegada de unos caballeros del Oeste. Era imposible no fijarse en ellos, porque estaban vestidos con trajes con bordados de oro, incluso las capas tenían apliques de metal precioso.
El Oeste era país más rico del mundo. Su situación geográfica le valía estar protegido del mal de la época: las invasiones de barbaros.
Para llegar al Oeste, primero debía arrasarse con el Este y cruzar el Mar de los Reinos, asi que eran una nación protegida, y además su señor Sesshomarou, el rey de las tierras del Oeste era un hombre que mantenía la política de sus antecesores: la neutralidad.
Así que los hombres del Oeste no intervenían en los conflictos de otros reinos, y tampoco precisaban su ayuda, al estar escudados por el Mar y por la lejanía de las posibles incursiones de los salvajes.
Los caballeros hicieron una reverencia al Rey Inuyasha.
─Mis señores ¿a qué debemos el honor de vuestra visita?
─Hemos venido, Su Majestad a pedir vuestro permiso y una carta de libre tránsito por el Bosque Negro. Necesitamos poder llevar mercancías y necesitamos el paso por aquella zona.
Inuyasha arqueó la ceja, divertido.
─No soy el señor del Bosque Negro para daros un salvoconducto así.
─Sí que lo sois, Su Majestad ─replicó uno de los caballeros ─. El Bosque Negro es uno de vuestros banderizos y ¿Quién la gobierna?, un viejo decrepito que tiene por heredero a un muchachito del cual se ríen los reinos. Vos sois el verdadero señor de esas tierras.
Inuyasha rió, porque le daba gracia. Y era cierto, su cuñado Sota era el hazmerreír de los reinos.
Kagome, quien estaba oyendo, no pudo creer el descaro y el insulto.
Su padre era un hombre honorable y su hermano, era un buen chico. Y lo peor es que Inuyasha no parecía estar por la labor de defender el honor del padre y del hermano de su reina, así que Kagome, movida por una profunda rabia, se levantó , señalando con un dedo a los hombres del Oeste.
─Guardias ¡Apresad a estos hombres y llevadlos a las mazmorras!, a menos que pidan el perdón de la reina consorte del Norte, me encargaré que mi esposo los haga ejecutar. Los hombres insultados son mi padre y mi hermano.
El salón quedó en silencio ante la inesperada reacción de la reina, que hasta ese momento parecía como si no existiera.
Hiten, quien era el comando principal, como Justicia del Rey estaba anonadado ante la orden, una que tampoco podía desobedecer, e hizo una seña a unos subalternos que prendieran a los hombres del Oeste.
Estos caballeros, sorprendidos y patidifusos, apenas oyeron la enérgica voz de la reina, se arrodillaron a suplicar.
─Su Majestad, perdonad nuestra insolencia.
Kagome, fruncía los labios de pura furia. Su única reacción era la de querer ejecutar a esos hombres. Nadie podía burlarse de este modo de su familia.
Pero, aunque todo el auditorio estaba boquiabierto, el más sorprendido era Inuyasha, quien quedó atónito y asombrado ante la reacción de su esposa.
Una esposa, a la que no prestaba la menor atención. Pero de quien ahora no podía apartar la mirada.
Era cierto, que no estaba vestida de modo tan impactante como Kikyo, pero su porte y su don de mano delataban su regia educación y soberana distinción.
Además, era bella, muy bella. ¿Por qué le había parecido tan canija?
No lo era en absoluto.
Absorto estaba en admirar a su abandonada mujer, que tardó varios segundos en percatarse de que Hiten y otros caballeros lo miraban expectantes, a ver si contradecía la orden de la reina.
Era obvio que no.
Muy hombres del Oeste podrán ser, pero si la reina podía defender tan afanosamente el honor de su familia, él tampoco se pondría por la labor de contradecirla.
Así que hizo un gesto con la cabeza asintiendo.
─Habéis insultado a la familia de la reina. No podéis esperar que eso se pase de largo ¿no?
Los hombres del Oeste volvieron a rogar perdón, esta vez a ambos. Al rey y a la reina.
Kagome hizo un gesto que los guardias se alejaran.
─Por esta vez, os disculparé, pero no volveré a tolerar que intentéis difamar a mi familia.
Los sujetos se arrodillaron, aliviados de haber sido absueltos. Estuvieron a un paso del patíbulo. Ellos, así como todos no esperaban la resistencia de la consorte.
Inuyasha decidió intervenir.
─Se os otorgará paso libre por las tierras del Norte, pero si queréis franquear el Bosque Negro, a quien debéis pedir conducto es al soberano de allí, mi banderizo y padre de nuestra reina ¿entendéis?
Los hombres, que tan petulantes eran la inicio no tardaron en marcharse a toda prisa, apenas le dieron permiso.
No sabían si temer al rey o aún más a la reina.
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Bankotsu espoleaba su caballo, rumbo a las afueras del Este. Se había divertido con la hospitalidad de su hermano en el Norte, y con certeza de la fuerte recompensa por cazar a un par de barbaros, enemigos jurados del Norte que asolaban pasos fronterizos y atacaban navíos, se había marchado a rastrearlos.
Su enorme espada-alabarda le seria de mucha ayuda en esta caza.
Habia decidido embarcarse a ello, sin mucho preámbulo, sin ir a casa de su padre y visitar a nadie más. Habia tenido una interesante cita con una bella tabernera.
No le gustaban tanto las furcias, prefería las mujeres que venían voluntariamente, sin intercambio monetario, pero en esa ocasión había tenido que pagar, por la urgencia del caso.
El fugaz encuentro con aquella belleza en el Bosque, grosera y altanera le había enardecido de tal modo que tuvo que buscar el modo de aliviarse.
Tenía una apariencia frágil, pero si alguien la sacudía un poco, podía resultar en una fiera indomable. Por eso su sorpresa, cuando su hermano le intimó a arrodillarse, porque la fierecilla en cuestión era la nueva reina.
Y tanto que Hiten penaba por ella, pero Bankotsu daba por sentado que no era ninguna damisela en apuros. Era alguien que podía arreglárselas. Si vivía callada y soportando cosas, quizá era por la educación real forzada que había recibido.
Bankotsu sonrió, sardónicamente de lado.
Esta vez la visita al Norte le había resultado cómica y no aburrida.
Esperaba volver en unas semanas, con el botín en mano. No temía morir, porque tenía mucha confianza en sí mismo y en sus habilidades.
Y por supuesto, cobrar una jugosa recompensa.
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Kagome se había aseado y cambiado luego de la turbulenta audiencia donde tuvo un estallido de su carácter.
De algún modo se sintió aliviada de que el rey no la hubiera reprendido por su proceder, pero en cambio apoyó su posición, lo cual la desconcertó, luego de tantas muestras de desprecio y ninguneos.
Esa noche, luego de su baño, decidió que caminaría un poco a las orillas del Lago que estaba atrás del Castillo. Tampoco volvería a cometer la torpeza de marchar sola por ahí, tentando a su suerte.
Así que salió, acompañado de sus dos damas y una comitiva de guardias, a respetuosa distancia.
Odiaba estas cosas, pero era la reina consorte, y debía aguantar estas cosas.
Ya suficiente material para cuchichear había dado estos días con sus arranques de rabia que no pudo contener de pura impotencia.
El rostro burlón de Kikyo y de la reina madre le venían a la mente, desesperándola.
A eso se le sumaba las miradas de indiferencia de su marido, que la deshonraba no visitando nunca su cama. Si la gente supiera que aún seguía virgen, a semanas de su boda, causando estragos a su autoestima.
Ni siquiera llamaba la atención del rey.
En medio de todas de sus desgracias, le vino a la mente ese hombre arrogante y grosero que la ayudó en el Bosque del Rey.
Es cierto que en ese momento tuvo el impulso de querer colgarlo por su descaro, pero lo cierto es que tenía una estampa envidiable. Era un hombre muy guapo, bajo toda esa mascara de incorrección.
Kagome se sintió culpable por tener esos pensamientos y lo apartó enseguida de su mente. Hiten, justicia del Rey le había contado que ese hombre era su hermano y era un mercenario, que siempre hacía lo que quería y le pegaba en gana.
Tenía que reconocer que el encuentro con aquel sujeto le había hecho olvidar, por un momento, toda su desgracia presente.
Estaba segura que apenas regresara a sus aposentos, Kikyo la estaría esperando con alguna sorpresa.
Es que Kagome era consciente de que le era difícil frenar los impulsos que la llamaban a sublevarse contra las reglas de corrección ante el rey.
Todavía no podía creer que estuvo a punto de ordenar la muerte de unos hombres.
Tan distraída estaba con sus pensamientos, que no notó que alguien la observaba cuidadosamente.
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Inuyasha supo que la reina estaba de caminata en las orillas del lago, así que enfiló a esa dirección. Toda la tarde no pudo dejar de pensar en la poderosa imagen que Kagome emanaba.
Nunca antes había sido consciente de la belleza de su propia mujer.
Así que Inuyasha decidió que era hora de poder disfrutar lo que en derecho le correspondía, y que no había tenido ganas de tomar, por estar acaparado por Kikyo.
Así que distrajo a su querida y fue a acechar a Kagome. Lo primero que hizo, al toparse con la comitiva, fue hacerles una seña silenciosa a las damas y a los guardias que custodiaban a su esposa que los dejasen solos. Ella no se percató de eso y seguía caminando, absorta en lo suyo.
En un momento dado, ella pareció despertar y giró, para llamar a una de las damas, pero en cambio se topó, sola y con rey, su marido caminando tras de ella.
Kagome se asustó un poco de verlo, y le hizo una reverencia rápida.
─Su Majestad.
Inuyasha se le acercó, con una sonrisa porque adivinaba el nerviosismo de la mujer, y decidió dramatizar aún más el instante, colocando una mano en la mejilla de ella, que ardía.
Ella temblaba de pies a cabeza. No esperaba ver al rey y menos que hiciera esto, usando el truco de mandar a todos, y quedarse a solas con ella. Nunca antes había estado así con su marido.
Llevaba semanas casada, y hasta casi había olvidado que tenía un deber que cumplir con su marido.
Él, en cambio la miraba con ojos anhelantes y demandantes. Decidió no perder más tiempo y la cogió de la cintura, para acercarla y besarla.
El olor suave a vainilla se le metió por las narices. Un dolor dulce y tierno, tan diferente al sándalo de Kikyo.
No supo porque, pero eso lo excitó aún más, así que apretó el cuerpo de su esposa hacia él, para profundizar el beso.
Le gustó el tanto y el calor de esa boca. Quería más, sin dudar que deseaba más.
Finalmente la soltó, dejándola con los labios rojos y abiertos, con la respiración entrecortada.
─Esta noche os visitaré ─anunció Inuyasha, antes de marcharse tan subrepticiamente como entró.
Dejando a su mujer, estupefacta y sobresaltada por lo que acababa de pasar.
Kagome pareció despertar recién cuando sus damas volvieron a aparecer junto a ella.
No era tonta, sabia a lo que el rey vendría esta noche.
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Las damas prepararon a su señora, bañándola con agua de rosas y colocándole cremas especiales por el cuerpo. También arreglaron la habitación, con menos velas de las habituales y cambiaron las sabanas por una blanca, como es usual en las noches de bodas, ya que ellas, en calidad de camareras de la reina, sabían que el rey nunca antes la había visitado.
En el fondo, ambas damas habían aprendido a apreciar a su señora, siendo que al inicio fueron puestas por la reina madre, para espiar a la esposa del rey.
Kagome hizo tripas corazón, y procuró dominar sus temblores típicos de una doncella. Sabía lo que iba a ocurrir, y en su mente tenía claro la mecánica, pero de todos modos no podía evitar la agitación de lo que se venía.
Se acomodó entre las sabanas y las damas se despidieron con una reverencia.
Kagome quedó sola, y lo que le ayudaba a refrenar el miedo a lo desconocido era la idea de que ella hija de un gran señor, descendiente de una gran casa y destinada a ser madre de reyes, o al menos eso esperaba. Es ahora cuando se pondría a prueba su fertilidad.
Cuando la puerta se abrió, la enorme figura de su marido arropó el lugar.
Kagome tragó saliva al ver los ojos felinos de su esposo, como si estuviere saboreando de antemano una presa. Lo vio sacarse la ropa y tenderse junto a ella en la habitación.
─Mi señora ¿estáis lista para cumplir con el deber para con vuestro rey?
─Estoy al servicio de su Majestad ─autorizó Kagome, esforzándose en acometer una voz segura
Ese fue suficiente aliciente, para que el rey se pusiera sobre ella. Increíblemente a lo que Kagome esperaba como era una acometida violenta y sin preparación, fue algo tranquilo y suave.
Como si el Rey se preocupara por su bienestar y en no lastimarla.
Kagome cerró sus ojos y se entregó a todo lo que su esposo quisiera hacerle.
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Kikyo arrojó la copa donde estaba bebiendo el vino rojo que le habían traído con la cena.
Inuyasha le había dicho que esa noche visitaría a la reina y que no intentase nada que arruinara el momento.
Que él era el rey y necesitaba herederos.
Kikyo no tuvo más remedio que aceptar con estoicismo. Pudo prolongar la suspensión de la visita del rey a la nueva reina por varios días, pero ni siquiera ella, podía evitar que pasara.
El Norte necesitaba herederos.
Y ella era una bastarda y una amante del rey. Si tenía hijos, serian como ella. Los hijos que su media hermana tuviera, siempre tendrían precedencia por sobre los suyos.
─ ¿No quieres que te prepare una infusión con unas hierbas especiales que te ayudaran a dormir? ─preguntó Varra, a su hija.
Ambas estaban en la recamara de la Reina, que Kikyo utilizaba en detrimento de la auténtica destinataria.
—Lo que quisiera es veneno, para dársela a esa maldita de Kagome. Siempre interponiéndose en todo. ¡Inuyasha es mío!
Varra suspiró.
—Paciencia, mi querida. Ya en algún momento tendrás tu oportunidad
—¿Oportunidad de qué?
Pero Varra se limitó a sonreír. Lo que más amaba en el mundo era a Kikyo después de su ambición.
Y se había jurado por todos los dioses, que algún día, los nombres de ella y de su hija serian temidos y respetados.
CONTINUARÁ
Hola hermanas/os.
Antes que nada,mil disculpas ¿pueden creer que este capitulo llevaba tiempo terminado y olvidé subirlo?
El sigte sólo falta un parráfo y estará también terminado.
Perdón por los errores ortógraficos, que ando bien tontis por causa del trabajo, y además que hice cuentas y caigo en cuenta que he subido muchisimo de peso, asi que entraré en regimen jajajaja.
En el sigte veremos un poco más a Bankotsu.
Lo que si advierto que los capis que se vienen serán dificiles, y me odiaran por todo lo que pasa con Kagome.
BESOS ETERNOS A MIS BELLOS COMENTARISTAS.
KARLA YUMAIKA, FRAN GARRIDO, JOH CHAN, A. R TENDO, CECI TXP.
