¡Feliz viernes!

Uf cuánto ha pasado desde que dije eso ;u; Solo me alegra estar de regreso.

Primero que nada, gracias por siempre mantenerme en sus pensamientos, por preocuparse por mi bienestar y chequear en mí de vez en cuando. Leí cada comentario que dejaron, las lindas personas que lo releían como las que lo leyeron por primera vez. Gracias por no dejar el fic morir, aun cuando yo no ayudé mucho a eso ;_;

Ahora en cuanto a la razón de porqué he estado ausente todo este tiempo... no tengo solo una razón en concreto, fueron muchas cosas que se sumaron y terminé ausentándome de toda la vida de una fangirl :( intentaré que no vuelva a pasar. ¡Pero gracias por los que siguen conmigo! ¡Los amo!

Este capítulo es el principio del final. No quise publicarlo hasta tener al menos el 80% del final escrito, y tampoco quise abrumarlos con el capítulo completo. En cuanto la fecha del siguiente, no puedo decir en concreto la fecha, pero será muy pronto! Las notificaciones las publicaré en un perfil de FB y en Wattpad; estén pendiente ;)

Sé que el mundo está en llamas por todas partes, por favor cuidense mucho todos, mis mejores deseos van con ustedes y sus familias, y espero que al menos por un rato, este fic, este capítulo puedan distraerlos de todo.

Gracias nuevamente a mi querida beta, Ren, por siempre hacer un tiempo para mí! Eres la mejor!

¡Ahora sí, al capítulo!

» Nombres de killjoys:
Ceniza Radiante: Koushi Sugawara.
Histeria: Keiji Akaashi.
Ala Revólver: KoutarouBokuto.
Sol Inferno: Shouyou Hinata.
Pantera Anfetamina: Tetsurou Kuroo.
Sombra Brillante: Kenma Kozume.
Chispa Neón: Yuu Nishinoya.
Terror Ruidoso: Ryuunosuke Tanaka.
Silencio Infeccioso: Ennoshita Chikara.
Ácido Lunar: Kei Tsukishima.
Amanecer Tóxico: Asahi Azumane
Dulce Voraz: Shimizu Kyoko.
Cianuro Carmesí: Morisuke Yaku.
Volumen Vibrante: Saeko Tanaka
Sonido Detonador: Hisashi Kinoshita
Tommy Chow Mein: Yasufumi Nekomata
Choque Binario: Tobio Kageyama
Fauces de Hierro: Kenji Futakuchi
Rugido Helado: Lev Haiba. «


Defector

Sabía que estaba perdido cuando Oikawa quebró su brazo al momento que lo tomó y susurró en su oído, en un tono tan glacial que hizo revolver su estómago y sintió toda su columna congelarse.

—Nos vamos a divertir un rato.

Sabía que estaba perdido, pero aún no sabía qué tanto.

—Oh~ —canturreó el dictador en el mismo tono helado entrelazado con estática que hacía castañear sus dientes de terror—… Tobio.

Su brazo dolía como un demonio porque además de los huesos rotos, el dictador mantenía la misma presión insoportable en su agarre. Astillando más los huesos cada vez. Kageyama no dijo nada detrás del dictador, tampoco se movió. No se encontraba en ese modo destructor como cuando venció al S.C.A.R.E.C.R.O.W. Ushijima, no atacaba sin pensar.

La abeja reina fue la primera en romper la aterida escena cuando arrojó una jabalina a los pies de Oikawa; sin embargo, antes que impactara y detonara la explosión, él la atrapó en un movimiento rápido, a continuación, la arrojó centímetros de donde Yui se encontraba. Ella guardó sus ojos de la explosión y Tooru utilizó esa porción de segundo para lanzarla hacia arriba; estando a la merced de la gravedad, cuando la abeja reina cayó, el dictador golpeó su estómago, arrojándola como una muñeca de trapo.

Su figura cayó en el lobby de un edificio, atravesando una puerta de vidrio.

Oikawa bufó con autosuficiencia, como un niño mimado que por fin se había deshecho de un molesto insecto y reanudó su jugarreta con el único ser que, él sentía, valía la pena. Colocándose nuevamente la máscara del jovial líder del mundo, con la que capturó las mentes de la población entera.

—Tobio —continuó canturreando y se giró, manteniendo su agarre de acero, levantando a Inferno del suelo—. Mira lo que acabo de encontrar, ¡Saluda!

Finalmente, Hinata miró a Kageyama desde que se habían separado.

Las venas refulgentes se apreciaban en su esqueleto metálico ahora, los parches de piel se habían disminuido desde la última vez, no obstante, su cabello estaba igual que siempre. Esto, de alguna manera, lo reconfortaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Su rostro era indescifrable; sin embargo, Hinata lo podía leer como su mano y eso le dolía. Le dolía porque miraba a través de su máscara. Tobio intentaba mantener su mirada en Oikawa, pero sus ojos siempre terminaban encontrándose con los de Hinata.

Iwaizumi no estaba por ninguna parte.

—Dije… Saluda, asquerosa basura humana —gruñó, torciendo sus huesos rotos.

Sol Inferno gritó del dolor, y todo su cuerpo convulsionó al sentir como su brazo parecía encendido en llamas inclementes; sus músculos gritaban y rechinaba sus dientes hasta sentir su mandíbula dormida.

Kageyama se movió, pero paró en seco al siguiente milisegundo; Oikawa tenía la delantera, seguramente eso era lo que pensaba el androide. Pero… ¿hubo algún momento en la que no la tuviera?

Saluda o te sacaré los ojos con mi mano susurró con gélida ira.

—¡Kageyama! —gritó Sol Inferno, obedeciendo al dictador; sintió la sonrisa ladina de Oikawa a sus espaldas, pero luego agregó—. ¡Ataca, es una orden!

Escuchó el gruñido del dictador seguido del aumento de presión en la fuerza del agarre que tenía en su brazo roto, el dolor le robó el aliento y provocó unas cuantas lágrimas salir. Kageyama había saltado en su dirección, pero paró antes de avanzar hasta ellos cuando Sol Inferno gritó con todas sus fuerzas y los sollozos se escabulleron de sus labios. Tooru no bromeaba y había cerrado más su puño, quebrando más sus huesos.

—¿Tienes alguna idea de lo que tú me has costado? —dijo Oikawa, a Shouyou le tomó de unos segundos saber que hablaba con él. De todas maneras, era la primera vez que el gran dictador del mundo se dirigía a Hinata; a una rata de las Zonas sin nombre.

A un Don Nadie.

—¿Sabes cuantos problemas me has causado? —repitió, esta vez más cerca de su oreja, El tono de su voz solo causaba una ola de náuseas en su estómago—. Shouyou Hinata.

—No tantos como tú le causaste a la humanidad —regresó sin pensar.

Le tomó por sorpresa cuando escuchó a Oikawa bufar.

—Y tienes una bocaza también —escupió las palabras—, ya veo porque Tobio está tan prendado contigo. No sólo me quitaste a Destroya, mi creación perfecta; me quitaste a mi caballero blanco también.

El dolor bordeaba lo insoportable; Hinata no sabía si prefería que lo soltara o simplemente desmayarse para pararlo.

—Entonces, estamos a mano —dijo entre jadeos de dolor—; tú me quitaste a mi hermana y madre.

—Te retuerces de dolor como un gusano y ¿aun tienes fuerzas para discutir? —se rio y apretó más su agarre, Hinata se estremeció—. Tengo que reconocérselo a Tobio, eres un humano bastante peculiar —y luego agregó—; ahora tengo curiosidad de descubrir el rostro que haces cuando experimentas el crudo y desolador sentimiento de dolor.

No pudo mantener su máscara de valentía ante su última amenaza, porque, aunque Kageyama estuviera con él; nunca había corrido tanto peligro como ahora.

—Suéltalo, Oikawa —ordenó Kageyama después de guardar silencio todo ese tiempo—. Suéltalo y te mataré sin dolor.

—¡¿Dolor?! —exclamó Tooru con incredulidad, seguido de una forzada carcajada amarga—. Mi inocente y estúpido pequeño androide, ¿aun crees que costillas rotas, pulmones colapsados o amputaciones son peores que un corazón roto?

Hinata tragó grueso.

—No tienes ni la menor idea de lo que es el dolor —continuó—. Asumo que ya lo sabes todo, de nada sirve seguir fingiendo que eres un androide producido en masa. Así que aquí una lección de aprendizaje, Destroya, por los viejos tiempos —De inmediato, Tobio tensó cada fracción de su silueta—. No hay mayor dolor que sentir como arrancan el corazón de tu pecho aun cuando tú lo diste por obsoleto todos esos años.

Las palabras no terminaron de hacer sentido por el golpe que recibió su cabeza en el pavimento. Hinata vio negro cuando el dictador azotó su cráneo contra el piso. La piel se abrió en su sien y un riachuelo de sangre comenzó a bajar rápidamente a su mentón.

Pudo haber muerto; si Oikawa hubiera querido. El dictador tenía fuerza más que suficiente para reventar su cabeza contra el suelo y hacerlo trizas como una fruta vieja, pero solo había causado una herida –y una jaqueca demoledora que imposibilitaba que sus ojos enfocaran y lo único que podía escuchar era un agudo pitido–, pero podría haber sido peor.

—Quería el mundo para ti, Tobio —escuchó decir después de unas cuantas palabras que se negaron a tomar forma y luego agregó, con melancolía y dolor—. Quería el mundo para nosotros cuatro.

Su tono, aun bajo las corrientes de estática en su voz, fue lo más humano que Hinata había escuchado venir del dictador. Sabía que Tooru no le mostraba esa faceta a ningún humano.

Iwaizumi no lo había logrado, Shouyou lo comprendió.

—¡Hinata! —gritó Roboyama, su voz se terminó quebrando en la última sílaba—. ¡Oikawa, no te perdonaré esto!

—Lo mismo digo de regreso —se lamentó el corrompido dictador; miró con tristeza a Shouyou, pero el sentimiento no iba dirigido hacia él. No, Oikawa no albergaba ninguna clase de sentimiento para los humanos.

Tooru saltó tan rápido y tan fuerte que Shouyou sintió como si su cerebro rebotara en las paredes de su cráneo por un milisegundo; de un momento a otro el suelo dejó los pies de Oikawa y fue reemplazado por cemento. Sol Inferno se tragó el sabor acre del vómito subiendo por su esófago. Miró al frente y los edificios habían desaparecido, las nubes plomizas lo recibían y las gotas perdidas de lluvia eran más evidentes ahí.

Estaba al tope de un rascacielos.

—Eres un juguete, espero que lo sepas —Tooru se dirigió a él por segunda vez; aunque no se molestaba en mirarlo—. Un capricho, nada más.

—¿Tú crees que conoces a Kag-? —comenzó, pero fue cortado, Oikawa no había terminado de hablar y no se molestaba en escucharlo.

—No es tu culpa —continuó—. Tú no elegiste a Tobio; él te eligió a ti —Hablaba como un dueño dirigiéndose a su mascota. Una conversación unilateral de un ser pensante hacia un animal sin conciencia—. Pero a veces, somos arrastrados a situaciones demasiado grandes como para comprender.

Hinata se preguntó si hablaba por experiencia propia.

—A veces debes dañar a las personas que amas para enseñarles una lección. ¡Tobio! —exclamó de inmediato con su falso tono juguetón. Escuchó un golpe y vio a Kageyama llegando al techo del edificio—. Me alegro de que pudieras unirte a nosotros. No quería que te perdieras la ¡sinfonía!

La última palabra la mencionó al momento que abría una herida en la espalda de Sol Inferno; provocándole gritar de dolor. El corte no era tan profundo, pero atravesaba desde su nuca hasta la espalda baja; marcando el camino sinuoso de su columna.

—¡Basta! —intentó fútilmente el androide; moviendo su cuerpo, dirigiéndose hacia él.

—Un paso más y destrozo su cerebro contra el piso.

Tobio paró en sus pistas.

—¡No lo escuches, Kageyama! —gritó Hinata, jadeando mientras intentaba no pensar en el dolor—. ¡Ataca! ¡Mátalo! ¡Aun si mi vida está de por medio!

—Me sigues sorprendiendo, Shouyou Hinata.

Oikawa sonaba impresionado, pero no duró mucho cuando hundió sus garras metálicas en su hombro, atravesando el hombro como un gancho a un trozo de carne. Shouyou dejó salir un alarido esta vez.

—¡Es una orden! —exclamó y de inmediato el agarre del dictador se hizo más fuerte; volviendo su brazo completamente inservible; el grito que salió de su garganta no pareció humano.

—¡¿Cómo te atreves?! —comenzó el dictador, pero un puño metálico encestó un golpe en su mandíbula antes que continuara.

La fuerza fue suficiente para desestabilizar al dictador y hacerlo caer al techo del edificio. Hinata cayó a su lado, no podía detener las lágrimas y gemidos de dolor; el ardiente suplicio de su brazo se irradiaba en todo su cuerpo y le hacía más difícil concentrarse. No podía moverlo, no podía mover sus dedos.

Luchó por ponerse de rodillas, levantó su rostro para ver a Kageyama sobre Oikawa, moviendo sus puños como un demente; golpeando sin misericordia el cuerpo del dictador, hundiéndolo en el concreto con cada impacto de sus nudillos. Obedeciendo al pie de la letra las ordenes de Shouyou.

El dolor de todo su cuerpo no menguaba, pero se puso de pie. No quería tocar su brazo, no quería pensar en el daño irreparable que el gran dictador le había causado. Fue cojeando hasta que alcanzó a su androide; Tobio necesitaba escucharlo, Hinata lo sabía.

—Kage… —su voz sonaba patética, aun así, Sol Inferno lo intentó otra vez—… Roboyama…

El hermoso androide… su hermoso androide de cabello negro que había cautivado su corazón paró sus golpes demoledores y lo miró con angustia. Esos ojos azul marino, increíblemente hermosos, eran engullidos por la luz neón; la imparable energía de Destroya. Pero Hinata quería ver sus ojos, un deseo humano y sin sentido, en medio de la guerra, en medio de muerte y sangre; el mísero deseo de un amante. Ya que cuando Kageyama lo miraba con esos orbes refulgentes… Shouyou sentía como si mirara a través de él.

Oikawa logró derribarlo en el abrir y cerrar de un ojo, en el fragmento de segundo que removió su atención en él; lo lanzó fuera del edificio. Sol Inferno corrió a la orilla del precipicio, preocupado hasta la muerte. ¡Debía salvar a Kageyama!

Así que sacó su pistola y la cargó, aunque era difícil hacerlo con una mano logró hacerlo. Las lágrimas en su rostro comenzaban a secarse, el viento ahí arriba era ensordecedor; sujetó su brazo izquierdo a su pecho y con el otro apuntó al dictador; Oikawa lo encaró dirigiendo sus orbes rotos y desiguales en su rostro, no estaba desconcertado en lo más mínimo por el cañón.

Sol Inferno frunció el ceño y haló el gatillo y el proyectil impactó en el pecho de Tooru; el cuerpo del líder de las industrias Better Living no se inmutó, aun cuando esas fueran las balas especializadas de Chispa.

No obstante, el dictador tenía problemas para llegar a él, pero seguramente era debido a la golpiza de Kageyama le acababa de propinar.

—Ven —Tooru lo tomó por su brazo roto; su cerebro aun no terminaba de procesar el dolor insoportable cuando se acercó a su oído y terminó por gruñir—. El espectáculo acaba de comenzar.

El de rizos caoba se paró en la orilla del edificio y se lanzó. Shouyou respiró hondo al sentir la adrenalina en su estómago al caer al vacío y ver el suelo acercarse a cientos de kilómetros por hora. Se mordió los labios para no gritar, aunque no pudo evitar quedar sordo por unos momentos al escuchar el impacto que hizo el dictador al caer al suelo.

De inmediato lo sobresaltó una ráfaga de aire frío, seguido de un chirrido como uñas en un pizarrón. Tooru retrocedió un paso, titubeando por un segundo; fue entonces que Sol notó una espiga de metal atravesando su pecho.

Frente a ellos, Kageyama se mantenía firme.

El androide había sido el portador del arma.

Oikawa sonrió e hizo una mueca de dolor. Tal vez era imposible matarlo de esa manera, pero en su incansable búsqueda de alcanzar la perfección humana; quizás se había hecho dolorosamente similar a uno.

Sentía dolor como él, pero algo dentro de su pecho le decía que el dictador estaba más que habituado a sentirlo.

Y eso le causaba más temor.

Ambos titanes; maestro y alumno; creador y creación; principio y final, se vieron.

Hinata no reconocía a Tobio; tragó con esfuerzo el seco nudo en su garganta, su corazón pesaba una tonelada porque la realización finalmente caía en su estómago: Kageyama nunca había lucido tan artificial.

—Parece que finalmente estás dispuesto a luchar —elogió mientras removía el pedazo de escombro de su pecho.

—Déjalo ir, Oikawa —ordenó; aunque quedamente, para su consternación, agregó—… por favor…

La pequeña súplica hizo su corazón doler y causó un momento de silencio; por la posición en la que se encontraban, Hinata no podía ver a Tooru.

—Duele, ¿verdad? —dijo, sin burla, sin ladina; Oikawa hablaba de experiencia propia—. Más que cualquier hueso roto, más que llamas relamiendo tu piel, más que cualquier disparo. Nada se compara con el horripilante sentimiento de impotencia y la latente y desgarradora sensación aplastando tus adentros ante la posibilidad de perder a quien amas.

Sintió como si frías estacas se clavaran en su pecho al escuchar esas palabras; pero nada se comparó al desconcertante e insoportable dolor de sentir cómo su antebrazo era cercenado y separado de su cuerpo.

El dictador había cerrado sus garras cortando su hueso en dos; Shouyou gritó hasta que su cabeza comenzó a dar vueltas, el agarre cesó y cayó al suelo; derramando borbotones ríos escarlata.

Siguió vociferando hasta que su cerebro dejó de pensar coherentemente y la bilis interrumpió su esófago hasta su boca y vomitó en el suelo; las lágrimas salían una detrás de la otra, las esquinas de sus ojos se oscurecían. Todo perdió el sentido, dejó de saber quién era él, dejó de preocuparse de la guerra y de lo que hacía ahí. Lo único latente en su mente era que quería pararlo todo y morir; si eso significaba parar el dolor.

Dejó escapar más alaridos cuando su antebrazo cayó a su lado; la voz de Oikawa era estática sorda; hablaba en otro dialecto, no podía prestarle atención. Otra ola de nauseas pausó todos sus sentidos y vomitó lo poco que había comido ese día.

—El amor… duele.

El suelo dejó su cuerpo; Tooru lo tenía del cuello de su camisa, el agarre dolía, respirar dolía.

Entre sus pestañas húmedas avistó al androide.

—Ka… Ka… —su voz sonaba extraña en sus oídos, como si el no fuera más que un espectador fuera de su cuerpo, mirando toda la escena desde un lado—… Kage… Kage…

El androide pelinegro estaba petrificado.

—Pero… ¿sabes qué duele más?

—Oikawa… por favor —rogó Tobio, extendiendo una mano temblorosa en son de sumisión.

Su decisión ya estaba tomada cuando pronunció la última palabra.

Perderlo.

—¡NO! —gritó el androide.

Shouyou sintió como si un hierro prendido en llamas atravesara su abdomen; sus energías se drenaron de inmediato y cayó al suelo sin resistencia. El frío pavimento mojado por las gotas de la llovizna se sentía como el paraíso. Sus brazos comenzaron a entumecerse hasta que dejó de sentirlos.

Hasta que el dolor paró y un adormecimiento como nunca había experimentado antes cayó en sus huesos.

¿Así se sentía estarse muriendo?

Hinata no lo sabía, pero sólo dormiría cinco minutos y luego lo pensaría más.

Solo cinco minutos.

Así que cerró sus ojos y se dejó caer en sueños.


La temperatura se había estabilizado considerablemente, sus pulmones podían respirar con mayor facilidad desde que el seísmo había sacudido el edificio, casi destruyéndolo por completo en el camino; sin embargo, la energía se había cortado, los escombros dificultaban su movilidad y era extremadamente complicado mantener sus pasos mudos. Era virtualmente imposible considerando que su acompañante era un gigante de casi dos metros con la gracia de un hipopótamo.

—Lev —llamó Keiji.

—¿Sí? Dime, Akaashi —dijo, aunque luego se corrigió—. ¡Quiero decir: Histeria!

—Está bien —aseguró, siguiendo adelante, mirando el suelo de reojo mientras sostenía el gatillo de ambas glocks bajo sus yemas—, recuerda, este día se acabaron los alias; encaramos a estos monstruos de frente.

—Tienes razón. ¡Oh! ¿Qué querías decirme?

—Cuando des un paso, apoya primero la punta del pie, luego el talón. De esa manera te moverás con más sigilo.

—¡Eso tiene sentido! —exclamó—. ¡Gracias, Akaashi!

Keiji miró con alarma detrás de él, atento a cualquier sonido, hacer que Lev comprendiera la verdadera situación en la que estaba era casi tan imposible como amaestrar a un zorro del desierto.

—De nada —susurró.

Ambos pararon cuando se encontraron con el ascensor subterráneo del edificio, ahora debían acceder a los pisos del subsuelo y entrar ahí, significaría que estarían más atrapados que antes. Y si Suguru era tan brillante como los informes decían, seguramente él también estaría ahí.

Antes que Akaashi pudiera musitar algo, Lev sacó un destornillador de su cinturón, abrió el panel numérico y comenzó a trabajar con la enredadera de cables que saltaron. Seguido de eso, la puerta liberó aire comprimido y se abrió.

La luz del montacargas parpadeaba, luchando por mantener su lumbrera, como si en cualquier momento se fuera a apagar.

—Que tentador —murmuró con sarcasmo Rugido.

—Concuerdo completamente.

Aun así, entraron, el chico activó nuevamente el panel y hackeó el montacargas, Keiji sentía su garganta cerrarse al momento que las puertas se sellaron. Ahí adentro parecía que nada había sido afectado por el seísmo; todo estaba intacto, todo estaba libre de mancha. Era risible lo paradójico que los rebeldes lucían ahí.

Llegaron al primer nivel subterráneo, en donde según lo que había visto Lev, se encontraba el regulador de la temperatura. La compuerta se abrió, dejando libre el aire comprimido; afuera, la habitación estaba hundida en penumbras.

—Akaashi… —comenzó Haiba con inseguridad.

—¿Sí? —devolvió, saliendo del ascensor, el más alto entró después de él.

—El regulador está en esta habitación… —su voz era queda y nerviosa, Akaashi mantenía la calma por los dos—… contiguo al laboratorio de Daishou.

Cuando terminó sus palabras, luces emergieron del suelo, no eran lo suficiente como para cegarlo, ni siquiera para iluminar toda la pieza. El resplandor era halógeno, y solo provenía de las esquinas en el suelo, también venía de contenedores de cristal que llegaban hasta el techo. En los ángulos de mesas de trabajos, rodeando camillas hospitalarias.

Lo único que podía escuchar, además de su respiración forzada y corazón palpitante era un incesante goteo, ahí noto que algunos de los contenedores se habían roto, algunas mesas estaban de cabeza; tal vez el seísmo si había afectado los niveles subterráneos.

Escuchó a Rugido tragar con fuerza, y sintió como una mano se hacía puño, tomando y apretando con fuerza la parte trasera de su camisa. Haiba tenía miedo.

—¿Qué diablos es este lugar? —el temor era táctil en la voz del chico más alto.

—El patio de recreo del ajustador de pensamientos…

Akaashi mantenía su dedo en el gatillo de su glock, no parecía que hubiera algo vivo ahí abajo, pero debía ser precavido. Siguieron avanzando, pero era difícil ver; Rugido debió haberle leído el pensamiento, pues sacó una pequeña linterna de bolsillo y la encendió.

Si eso mejoraba o empeoraba su estado mental, no lo sabía.

Ambos notaron un charco de agua cuando avanzaron más, el incesante goteo se volvía más fuerte ahí; Lev iluminó el piso y siguió el pequeño charco de agua hasta su origen. Era lo que parecía ser un contenedor enorme. Tenía ventanales en donde se podía ver adentro, estaban agrietados y de uno salía una gota.

El contenedor tenía una compuerta en la parte superior.

Su sangre corrió helada y su corazón dolió.

Koutarou le había confesado como lo habían torturado muchas veces, metiendo todo su cuerpo en agua fría hasta que sentía que se ahogaba, justo cuando sus pulmones estaban por colapsar cuando estaba a punto de sentir esa paz después de la agonía, lo sacaban nuevamente. A la realidad, a su realidad atrapado en un laboratorio, sin defensa alguna, a completa merced de carniceros.

Junto a otra camilla había baterías y de ellas salían cables con agujas.

—Bruja Fénix, protégenos —susurró Lev.

Sacó a Akaashi de sus pensamientos y dirigió su mirada hacia donde el chico la mantenía, más atrás había contenedores de vidrios y en ellos personas. Fue golpeado por una oleada de nauseas… todos… todos los cuerpos estaban mutilados y otros tenían suturadas extremidades que no les pertenecían.

Otros parecían que habían sido mezclados con animales.

Akaashi lo supo.

Ese era el infierno.

Leyó cada nombre de cada contenedor, porque esas víctimas debían ser recordadas como personas no como… experimentos.

Hoshiumi Kōrai.

Kita Shinsuke.

Kiryū Wakatsu.

Komori Motoya.

La escena era más que macabra; Akaashi sentía que vomitaría en cualquier momento y jamás se consideró una persona sensible, pero eso… lo que pasaba ahí abajo no tenía nombre. Una parte de él se preocupó si esto persiguiese a Lev en sus sueños, porque seguramente lo haría con él.

Había un cuerpo sobre una camilla atornillada al suelo, era el único que estaba fuera de los contenedores, claramente se trataba de un cadáver, la diferencia era que tenía miembros metálicos; la mitad izquierda de su torso era de metal y la mitad de su rostro también. Se asemejaba al primer S.C.A.R.E.C.R.O.W. al que se habían enfrentado, Ushijima.

Yamagata Hamato.

Era su prototipo…

Eran experimentos fallidos; sus ojos comenzaron a humedecerse, fácilmente Bokuto pudo haberse quedado ahí… pudriéndose como esos cadáveres, jamás habría regresado a ver la luz del día… jamás habría regresado a sus brazos. Habría muerto completamente solo, sin esperanza, atrapado como un animal en un zoológico.

—Lev —no era una pregunta, Akaashi solo necesitaba que el chico estuviera escuchando.

—Dime… —devolvió, tan quedo que si no fuera por el silencio sepulcral –a excepción del incesante y enloquecedor goteo– Keiji no lo habría podido escuchar.

—Voy a quemar todo este sitio hasta reducirlo a cenizas.

Haiba no dijo nada, pero no hacía falta que lo hiciera.

—¿Dónde está el regulador de temperatura?

—Ahí.

Señaló con su linterna una compuerta similar a la del ascensor; en el suelo estaba adherida una cinta amarilla y negro. Esta vez Haiba daba cada paso con precaución, pero hizo lo mismo, hackeando el panel una vez más; la puerta se abrió y el chico lo miró con incertidumbre, Akaashi asintió, solo Rugido podía hacerlo, Keiji vigilaría la puerta.

—Es tu turno, Lev, puedes hacer esto.

El chico tragó visiblemente el nudo de su garganta y comenzó a pulsar las teclas del computador.

Akaashi quitó la mirada al momento que una ráfaga de viento era descomprimida, la puerta había sido abierta; Keiji apuntó a la entrada, en el umbral de la puerta el gigante cuerpo de serpiente y al lado el demonio en persona, Suguru, el ajustador de pensamientos.

—Te debo pedir, por favor, que te alejes del regulador de temperatura —sonrió despectivamente el extraño hombre.

—Lo haría, Suguru, de verdad —dijo Keiji, luego sorbió aire entre sus dientes—, pero no me pega la gana.

Daishou se rio entre dientes, Akaashi sintió la ira correr por su sangre.

—Eres igual a Koutarou —se siguió riendo—, los killjoys son especímenes fascinantes. Cuando termine todo esto, disfrutaré mucho estudiarte.

Keiji rechinó sus dientes.

—Ahora quítate, niñato —le dijo a Lev; Mika siguió sus palabras con un siseo ensordecedor.

—Tendrás que pasar por mí primero —Histeria quitó el seguro de ambas glocks al mismo tiempo.

El ajustador parecía aburrido, casi decepcionado por su respuesta.

—Ya lo escuchaste, querida —dijo—, tenemos a un killjoy con complejo de héroe —escupió la palabra con asco.

La boa mitad humana se lanzó al ataque; Keiji disparó, pero la piel del reptil no se inmutó, la bala atravesó las escamas y la sangre salió, pero el dolor no atribulaba a Mika; era como la picada de un mosquito. Histeria saltó a un lado, esquivando a la bestia.

Suguru le disparó a Lev, el killjoy se ocultó tras las máquinas de control.

Era evidente que ese laboratorio no estaba diseñado para contener a una quimera tan descomunal como lo era Mika, la criatura no podía moverse más de un metro sin quebrar algún contenedor o hacer caer una camilla; el espacio que tenía para escapar era estrecho. Akaashi se subía en las mesas, sus botas gruesas quebraban los beakers y los mecheros de Bunsen.

Escuchó disparos provenientes de las máquinas de control, Lev se podía defender solo contra Daishou.

Mientras Keiji se ocupaba de Mika.

Llegó al contenedor de agua, en donde casi ahogaban a Bokuto y Akaashi paró en seco, mirando el suelo.

Eso podía ayudarle.

Lo cogió del suelo y tiró de la palanca de arranque, una, dos, tres veces hasta que el aparato comenzó a vibrar; el motor rugió volviendo a la vida. La sierra eléctrica pesaba en sus manos, pero Histeria nunca se sintió más divertido desde que llegó a Ciudad Batería.

Ahora si estaba dispuesto a jugar.

Esperó a que Mika atacara otra vez, la serpiente se abalanzó sobre su cuerpo, pero Keiji se movió hacia un lado y logró rebanar la mano de la chica.

Mika gritó, un alarido inhumano tan alto que sentía que podía reventar sus tímpanos, como uñas en vidrio, rasgando hasta sentirlo en sus dientes. Akaashi luchó por no taparse sus oídos. La sangre salía libremente, Mika era más bestia que humana, y volvió a atacar, buscando represalia en lugar de atender su herida.

Esa vez Akaashi apuntó a su cabeza, pero la criatura se movió, la motosierra fue recibida con resistencia, pero logró atravesar una porción de la enorme cola. Su arma de elección jamás hubiera sido una sierra eléctrica –estaba de acuerdo que era más del estilo de Bokuto–, pero si Akaashi tenía una cualidad de la cual podía sentirse orgulloso era el de la adaptabilidad.

Después de la segunda agresión Mika comenzaba a mantener su distancia; Keiji accionaba el acelerador para hacerla retroceder.

—¡Akaashi! —Escuchó el grito de Lev.

Histeria miró en la dirección proveniente de la voz, sin embargo, el segundo que quitó su mirada de Mika, ella se abalanzó sobre él. Tenía una fuerza descomunal, mucho más que un humano cualquiera; su espalda chocó con la pared y su cabeza contra una tubería que trepaba por la pared, la anaconda hundió sus garras en su cuello, rasguñando la piel que tocaba, se sentían como agujas y en menos de un segundo tenía el inquietante y deforme rostro de Mika enfrente, sus largos colmillos goteando saliva.

Había dejado caer la motosierra, cubría su rostro con su antebrazo, manteniendo las fauces de la víbora lo más alejado que podía, Mika seguía rasgando donde podía, cortando su ropa, sus mejillas, su cuello.

Con todas sus fuerzas sacó una glock y disparó.

La bala atravesó una mejilla de Mika, no era ni cerca de ser un disparo mortífero, pero si era lo suficiente para hacerla retroceder y darle espacio para correr hacia el otro chico.

La serpiente apenas se alejaba cuando sintió un brazo tirarlo de su cuello cortando su respiración, Rugido estaba advirtiéndole, no llamando por su ayuda.

—Jaque mate, Keiji Akaashi —siseó Suguru en su oído, cargó la pistola que tenía apuntando a su sien.

—Sabes, sin esa enorme serpiente, no eres tan terrorífico como pensé —devolvió, al momento que lanzó su cabeza hacia atrás, escuchó el tranquilizante sonido del cartílago de la nariz de su oponente crujiendo. Escuchó el disparo al lado de su cabeza y tomó la muñeca de Suguru, se giró y acercó el cuerpo del otro al suyo, dobló su brazo sobre su espalda para causarle dolor.

Sin las ostentosas armas y sin tecnología, BL/ind parecía un principiante; los killjoys debieron aprender a sobrevivir con piedras y arena; vivir de insectos, defenderse con lo que tenían a la mano, incluso con solamente sus manos.

—¡Lev, te necesito aquí! —llamó, Mika se abalanzaría sobre él en cualquier momento.

—¡No sirve de nada, Akaashi! El regulador de temperatura ha sido estropeado.

Daisho se rio.

—¡Ah! —gritó el chico.

—¡Lev, ¿qué pasa ahí atrás?!

La enorme boa siseó y abrió sus fauces luxando su mandíbula, la sangre bajaba de su mentón libremente, mezclada con saliva. Akaashi había inmovilizado al ajustador de pensamientos, pero demonios, necesitaba otro par de manos, era imposible que él ganara esa batalla por sí solo.

—¡Lev! —volvió a vociferar.

Mika se lanzó, Akaashi solo pudo ver las fauces que estaban por devorarlo.

Un balde de líquido claro cayó sobre la serpiente, Mika gritó y se alejó de inmediato, cubriendo sus ojos con su mano remanente.

El ajustador de pensamiento forcejeó contra Keiji.

—¡¿Qué has hecho?! ¡¿Qué le has arrojado?!

Sin embargo, el líquido no parecía que era mayor molestia para la serpiente, pues seguía erguida y dispuesta a atacar.

—Un hidrocarburo aromático de fórmula molecular —respondió el chico, siempre acostumbrado a informar, aunque fuera a un enemigo—. Conocido también como benzol.

Suguru palideció, murmuró las palabras:

Benceno.

Al siguiente segundo, Lev encendió un fósforo y lo arrojó a la serpiente que se acercaba a toda velocidad.

La llamarada fue enorme; Mika comenzó a moverse, desesperada sin saber qué hacer, ardía y se deslizaba a todas partes. Daishou se liberó y corrió hacia su amada, mientras que Haiba fue por la muñeca de Akaashi y lo tomó con todas sus fuerzas, llevándolo al regulador de temperatura.

—Akaashi, debemos irnos… ¡ahora!

—Bien hecho, Lev —Keiji debía felicitar al chico, su inteligencia los había salvado.

—Gracias por eso… —el chico se sonrojó otra vez—, pero olvídalo, debemos irnos ya. Recuerdas cuando tu cabeza golpeó la tubería.

—¿Sí?

—¡Este es un quirófano, ¿de acuerdo?!, así que es más que seguro que haya líneas de oxígeno y…

—Con el fuego de Mika…

Boom.

—Estamos atrapados —Keiji concluyó.

Haiba movió con fuerza su rostro y señaló al techo.

Las máquinas estaban en muy mal estado, había espigas del techo por toda la pieza y escombros sobre el regulador; eso explicaba por qué Lev no había podido regular la temperatura; pero de la misma manera, había un agujero, comunicando con el piso de arriba. Akaashi asintió en dirección del ingeniero robótico, debían ser rápidos.

Histeria subió lo más que pudo de la viga y alcanzó la suficiente altura para lanzarse a los vástagos que no se habían caído al suelo. Sus piernas colgaron, pero tuvo un agarre lo suficiente fuerte para levantar todo su peso, consiguió llegar y le extendió su mano a Haiba.

El chico entendió y saltó, para su altura, podría haber llegado un poco más alto, pero Histeria no le reprocharía nada. Rugido Helado pudo tomar su mano, Keiji rechinó sus dientes y comenzó a levantarlo, hasta que escuchó un ruido y el peso de Lev se duplicó, esta vez fue Suguru quien lo había alcanzado, el ajustador tenía quemaduras por todas partes. Su mirada era demente.

—¡Te llevaré conmigo hasta la tumba! —gritó.

Recordó esa vez, en un helicóptero hacía más de un año, cuando Bokuto tuvo al S.C.A.R.E.C.R.O.W. en sus talones y perdió al amor de su vida por demasiado tiempo. Todo el dolor que tuvo que pasar, por su culpa Koutarou nunca volvería ser el mismo, había cosas que no podían repararse y moriría primero antes de perder a la joven abeja y llevar esa culpa como una cruz en su espalda.

—¡Lev, no te sueltes!

Esto iba por Lev, por Bokuto, por todos esos S.C.A.R.E.C.R.O.W. que mataban a sus hermanos ahí afuera, por esos que nunca salieron de ese sótano y de esa camilla de hospital. Alcanzó la funda, el sudor bajaba por sus sienes, su brazo estaba por salirse de la articulación, pero no soltaría, jamás soltaría.

Ese tiro iba por todos.

La bala atravesó la cabeza del ajustador de pensamientos y cayó como peso muerto, Akaashi le urgió al chico que se diera prisa, en cualquier momento podían explotar. Lev terminó de subir; Histeria sonrió jadeando, su brazo aún estaba dormido, se puso de pie con dificultad, no había notado lo agotado que se sentía, pero lo logró.

Salieron de los pasillos hasta el vestíbulo cuando el edificio explotó y ambas figuras fueron expulsadas con violencia.

La explosión fue peor de lo que imaginó.

Cayó al suelo, todo dolía y lo único que podía escuchar era un pitido que parecía venir de su cerebro. Su rostro se sentía caliente y no podía levantarse, su garganta estaba llena de hollín.

Sintió un brazo tomarlo por sus hombros, dejando que Histeria apoyara todo su peso sobre él, levantó su rostro para ver a Lev, la joven abeja estaba llena de hollín y su blanco cabello parecía de ceniza ahora; no quería saber cómo lucía él.

Salieron del edificio a la calle, tosió unas cuantas veces antes de hablar.

—Lamento haberte ganado, pero debía ser yo quien matara a ese psicópata —se rio, aunque tosió al terminar la frase.

—¡Estás de broma! —devolvió Lev quizás con demasiada energía para ser alguien que había escapado a la muerte más de dos o tres veces—. ¡Yo maté a esa serpiente, estoy conforme!

Akaashi se rio, porque siempre tendría un punto débil por los idiotas de buen corazón.

No obstante, un ruido cortó cualquier conversación o tren de pensamiento que mantenían.

La alarma de Kenma se reproducía de cada pantalla que aún quedaba en pie, de cada bocina funcional.

Noya había activado la bomba y ahora tenían quince minutos para salir del epicentro de la explosión. Keiji pensó en Bokuto, ¿dónde estaba? ¿Podría salir a tiempo? ¿Siquiera estaba v-?

Dejó hasta ahí el pensamiento, de nada servía preguntárselo. Le urgió a Lev que se apresuraran, su pierna dolía al caminar, así que el gigante torpe estaba sosteniendo todo su peso en cada paso. Akaashi miró hacia atrás, pensando en todos sus hermanos.


La maldita cuidad se estaba cayendo en pedazos a su alrededor, el suelo estaba agrietado; líneas sinuosas que en algunas zonas se abrían hasta el subsuelo rodeaban todas las manzanas. Los edificios que quedaban en pie cada vez eran menos, escombros caían del cielo, explosiones sonaban a lo lejos, un himno de sus hermanos killjoys creando estragos.

Bokuto había nacido para esto.

Respiró hasta el límite de sus pulmones, regocijándose en el olor a pólvora; esbozó una sonrisa de oreja a oreja, perfilando su recta línea de perlas blancas. Abrió sus ojos y apuntó su brazo al S.C.A.R.E.C.R.O.W. con patas de insecto y le disparó con su metralleta.

Los sicarios estaban muertos; Semi había desaparecido y Kiyoko también, lo único que tenían era el comunicador en sus oídos. Lo único que podía hacer era escuchar cómo iba la guerra para los otros killjoys y abejas; y después de enviar al chico a ayudar a Keiji, no había recibido noticias de ellos.

Escuchó unos pasos venir de su derecha, seguido de un estruendoso golpe quebrando una pared de vidrio de un edificio.

Kei Tsukishima había caído –siendo lanzado desde adentro del edificio– a la calle principal, el S.C.A.R.E.C.R.O.W. de espinas se había alejado pero lo que Bokuto no esperaba era otro venir detrás de su nuevo y joven líder. Ala Revólver corrió hasta el rubio, hundió su puño en el abdomen del ciborg de ojos cosidos y lo lanzó lejos.

—Tsukki, ¿estás bien? —cuestionó con preocupación.

Ácido Lunar tosió, sus anteojos estaban llenos de polvo y sus brazos estaban envueltos en gasa.

—No… me… llames Tsukki —dijo.

—¿Dónde está Kuroo?

Koutarou le ayudó a incorporarse, utilizó una katana, apoyándola en el piso y apoyando todo su peso en Revólver. Ácido meneó la cabeza y su corazón se hundió.

—Fue llevado a la enfermería… no he… no he hablado con Ennoshita, pero no se veía bien.

Su cabeza comenzaba a calentarse, a él podían hacerle daño, pero moriría antes de quedarse de brazos cruzados ante los enemigos que lastimaran a sus hermanos. Tsukishima lo sacó de su mente cuando atravesó con su katana la garganta de un draculoide atrás de él.

—¿Tú estás bien? —le preguntó, debía saber que ahí afuera esperaban los peores S.C.A.R.E.C.R.O.W. Bokuto podía cubrirlo al momento que Kei buscara ayuda médica.

—Perfectamente —dijo, sacudiendo el polvo de su camisa—, si me voy sólo me quedaré inquieto en esa camilla.

Bokuto esbozó una sonrisa desafiante, él podía respetar sus deseos; de hecho, al ver el estado de su nuevo líder: las vendas en todo su brazo, dedos, algunas quemaduras que habían olvidado ser curadas en su rostro, servían para encender más la llama de querer aplastar a sus enemigos.

—¡Tsukishima! —saludó con una sonrisa Amanecer Tóxico—. ¡Bienvenido a la Vanguardia! —le entregó una AK 47 y un par de granadas, el rebelde tenía todo su pecho revestido con más.

A lo lejos, Aone asintió.

—¡Cúbranse! —gritó Bokuto, todos buscaron refugio cuando la lluvia de espinas oscureció la manzana.

Tsukishima había alcanzado a llegar detrás de una roca gigante; Bokuto maldijo cuando notó que una espina se había colado para darle a su brazo metálico, aparentemente estaban diseñadas para atravesar metal también; se acercó el brazo y sacó la púa con sus dientes. Asahi estaba cerca, se acercó detrás de la pared y comenzó a disparar.

—¿Alguien tiene en la mira al S.C.A.R.E.C.R.O.W. golem? —quiso saber Koutarou.

Aone gruñó un sonido de negación.

—No —contestaron Asahi y Kei a la vez.

—¿Dónde diablos se metió? —se preguntó en voz alta hasta que comenzó a sentir pequeñas vibraciones en el piso.

—Eso… —comenzó Tsukki.

—¿Dónde…? —dejó al aire Asahi.

Para ese entonces el edificio ya había comenzado a caer; Bokuto comenzó a correr, pero notó al killjoy de anteojos tener dificultades; aparentemente las quemaduras llegaban hasta sus piernas. Así que Koutarou lo sujetó de su costado y lo ayudó a darse prisa.

En ese momento perdió de vista a sus hermanos, el estruendo y la nube de polvo que le siguió fue insoportable. Lo único que Koutarou sentía era como si sus pulmones estuvieran repletos de grava.

—Gracias —murmuró Tsukishima—, debemos tener cuidado, el S.C.A.R.E.C.R.O.W. de los ojos cosidos escupe ácido, es muy corrosivo.

Revólver concordó con él.

Chicos —Asahi se comunicó—, los S.C.A.R.E.C.R.O.W. me tienen rodeado, necesito refuerzos.

Su sangre corrió fría, habían sido separados por el edificio, no había manera de recorrerlo de inmediato. Ambos killjoys se miraron y entendieron que debían correr; Koutarou esperaba que lo encontraran con bien.


Azumane dejó el comunicador en el bolsillo trasero de su pantalón con movimientos lentos. No sabía si los S.C.A.R.E.C.R.O.W. podían planear alguna táctica maestra y todo eso del edificio colapsando había sido una estrategia para separarlos e irlos eliminando uno a uno, eso le aterraba más.

Los tres lo miraban, a excepción del nuevo ciborg, tenía cabello peinado hacia un lado y la mitad de su rostro era el de una calavera metálica, él tenía sus ojos cosidos; pero algo le decía que podía claramente saber todo de lo que le rodeaba. Si hacía algún movimiento brusco, todos atacarían; pero era imposible saber si no lo harían en el siguiente segundo, o en el siguiente.

Tres perros rabiosos y mortíferos esperando cualquier movimiento.

El primero en embestirlo fue el ciborg como golem; Asahi estaba en un callejón, atrapado, pero pudo esquivar el golpe. Para lo que no estuvo preparado fue para las espinas que atraparon su mano izquierda en la pared detrás de él; atravesaron los huesos y tendones de su palma con facilidad. Fue tan rápido que no sintió dolor de inmediato.

El de los ojos cosidos arrojó ácido, cubrió su rostro y las gotas cayeron en su antebrazo derecho.

No gritó, no lloró.

Porque Nishinoya estaba ahí debajo, luchando dentro del corazón del dictador, donde ningún rebelde había entrado jamás. El lugar más custodiado de toda la ciudad.

Asahi nunca había entrado a Ciudad Batería hasta ese día; el cambio de clima fue extraño, si a él le preguntaran, diría que prefería el ardiente calor del sol cualquier día, porque lo conocía desde que era niño, porque él así era.

Preferiría lo aburrido ya conocido, siempre lo había hecho.

Hasta que Daichi lo invitó a ser parte de la resistencia, en donde no había dos días iguales, y la monotonía no era un lujo que podían darse. Disparó la .45 hacia el ciborg de lunares, pero fácilmente los esquivó. El trío de S.C.A.R.E.C.R.O.W. se acercaban más.

Nicotina siempre lo había regañado por ser tan débil, tan miedoso; lo curioso fue -sonrió Asahi aún dentro del predicamento en el que se encontraba- qué desde que había muerto uno de sus mejores amigos, no volvió a tener miedo otra vez.

Aun cuando tuvieron que iniciar desde cero en un lugar extraño como la Colmena, aunque tuvo que fundir y hacer nuevas armas, aun cuando marchó hacia Ciudad Batería con un robot colosal cuidando sus espaldas, aun cuando él fue uno de los elegidos de mantenerse siempre en la vanguardia.

Aun estando rodeado de tres bestias rabiosas, no tenía miedo.

El ciborg volvió a lanzar espinas, esta vez dieron en sus piernas.

El único arrepentimiento que le quedaba era el de no decirle a Nishinoya lo mucho que lo quería. Estaba seguro de que el chico lo sabía, así de perspicaz era Chispa; pero nunca fue capaz de ponerlo en palabras, no sin que su voz se cortara y sus palmas sudaran como si hubiera estado trabajando todo el día fundiendo metales.

Yuu nunca titubeaba, aun si se enfrentara a sus peores pesadillas.

Los S.C.A.R.E.C.R.O.W. seguían acercándose.

Así que sólo tomó de una fracción de la valentía de Chispa para tomar una de las granadas en su pecho, removiendo el pasador de seguridad. Esperaba que bastara con las cuatro que colgaban en su pecho.

Si él ya estaba terminado, entonces se llevaría a cuantas bestias pudiera.

Cerró los ojos antes de escuchar la explosión.


La explosión sucedió antes que ellos pudieran encontrar a Azumane.

—¡Asahi! —gritó Tsukishima—. ¡Asahi!

Koutarou siguió corriendo detrás del rubio aun cuando sabía exactamente lo que había pasado, demonios, de estar en su lugar, él habría hecho lo mismo. Llevándose a cuantos S.C.A.R.E.C.R.O.W. pudiera. El estallido hizo bastante daño a la ciudad, debían haber sido cuatro o cinco granadas activadas por la misma explosión.

Llegaron al epicentro, había extremidades metálicas desperdigadas por la zona; reconoció dos cuerpos, los S.C.A.R.E.C.R.O.W. de ojos cosidos y el golem.

Aone saltó desde un trozo de pared remanente; golpeó el muro con sus guantes, reduciéndolo a polvo.

—No logré… venir a tiempo —se lamentó, sus ojos parecían vidriosos.

—Maldita sea —gruñó Kei—, lo siento… yo… lo siento —le estaba pidiendo perdón a un cadáver, pero Bokuto no lo detuvo—. Los traje a su tumba, traje a todos los killjoys a su tumba, ¿cómo podrían perdonarme? ¿Fue correcto? ¡¿Cómo lo podría saber?! ¡Nadie me dijo cómo hacer esto!

—Oye… Tsukki… —Koutarou no sabía qué decir exactamente—. Lo de hoy fue una apuesta… apostamos todo y… tú no nos drogaste, Ácido, con pastillas, no nos lavaste el cerebro. Nosotros elegimos seguirte porque confiamos que nos guiarías a la victoria…

—Yui también —alegó el gigante de cabello blanco—. Las abejas… también.

—¿Esto te parece una victoria? —preguntó con amarga ironía, abriendo sus brazos, señalando todo el caos y destrucción dentro de la ciudad.

—No es una derrota —refutó—, si lo fuera, nosotros ya estaríamos muertos.

—¿Hay una diferencia? —su voz se quebraba con cada palabra—. No… —guardó silencio por unos segundos, Bokuto notó una lágrima caer por su mejilla—… No puedo ver a otro killjoy ser asesinado frente a mí…

—Aún nos falta una última carta qué jugar.

Cómo si Bokuto lo hubiera planeado, se escuchó una alarma en cada metro de la ciudad, era la misma alarma que sonaban en el Nido cuando estaban por realizar un simulacro. Él la conocía bien y lo que podía significar ahora…

La bomba ya había sido activada.

Tenían los minutos contados para salir.

Los tres se miraron, todos pensando lo mismo; comenzaron a correr.

Cuando avanzaron la primera manzana, Bokuto fue arrojado al piso, y media tonelada amenazaba con aplastarlo.

—¡Revólver! —exclamó Tsukishima quien se había adelantado unos cuantos pasos.

Aone fue el primero en retroceder para ayudarlo.

—¡NO! —dijo Koutarou, el S.C.A.R.E.C.R.O.W. había caído y lo aprisionaba con sus patas de insecto—. ¡Yo lo detendré, ahora váyanse! ¡AHORA!

Su brazo tomó la forma de una metralleta y apuntó a la pata que tenía sobre su cuello; el enjambre de balas logró cortar el metal y destruirle una pierna al S.C.A.R.E.C.R.O.W. Logró darle espacio para respirar y se puso de pie.

—Estás equivocado si crees que cometeré el mismo error —Tsukishima se negaba a irse.

—Ácido, soy el único que puede darle pelea —regresó, esto iba más allá de ser un duro de cabeza, o tener un deseo suicida; por la maldita Bruja, era un recién casado, lo único que deseaba era tener una vida aburrida y larga con Akaashi. Pero sabía cuál era el trabajo de un killjoy—. ¡Soy un S.C.A.R.E.C.R.O.W.!

Esa declaración le había dado mucho temor al inicio, pero la verdad era que él no era el mismo Bokuto. Nunca lo fue, y ahora las pesadillas y los horrores serían parte de él para siempre. Algo en su ADN había cambiado, y estos enemigos ahora eran sus hermanos.

—No… no puedo irme —regresó el otro.

—¡Y los killjoys necesitamos un líder! No podemos perderte —eso quizás era lo más inteligente que había dicho hasta el momento, estaba seguro.

Los minutos pasaban, pero esa bomba sería lo necesario para matar a ese molesto S.C.A.R.E.C.R.O.W. de lunares. Bokuto miró a Aone y asintió, si alguien podía pensar fríamente en ese momento era la abeja.

Y tomar la decisión más lógica.

De nada servía que los tres murieran.

Aone levantó a Tsukishima del piso y lo colocó en su hombro; Ácido comenzó a moverse, luchando por liberarse, pero no solamente luchaba contra la fuerza del enorme chico, también con sus guanteletes de energía dirigida.

—Dile a Akaashi… dile a Akaashi… —las palabras se atoraban en su tráquea, nada dolía como imaginar el rostro de Keiji en ese momento—… que lamento dejarlo otra vez… prometo recompensarlo.

Corrió hasta el S.C.A.R.E.C.R.O.W. y apretó su cuello, él flexionó su pierna y saltó, alto en el aire, llevando a Bokuto con él. Prefirió no ver a Kei maldiciendo por todos los dioses, ante la impotencia que llevaba de ver a un killjoy más que había llevado a su muerte.


Lo había matado.

Oikawa lo había matado.

Kageyama se quedó ahí parado sin saber qué hacer; la probabilidad de ese desenlace nunca se había presentado en su mente, porque Hinata no tenía por qué separarse nunca de él… Se… se suponía que Shouyou permanecería a salvo en Destroya… y el centinela lo cubriría con su titánico esqueleto.

No escuchó cuando sus rodillas golpearon el piso.

Tampoco escuchó el grito que salió de su boca.

Su cuerpo tembló; como si cada músculo, cada partícula de metal, cada cable necesitara explotar. Sus manos no podían quedarse quietas; no escuchó cuánto tiempo gritó, ni qué tan fuerte; tampoco estuvo consciente cuando llegó al lado de Oikawa y se lanzó contra él.

Su figura impactó con un golpe sordo con el del dictador y ambos dieron contra el pavimento, creando una zanja profunda que recorrió una manzana. El rostro de su creador comenzó a cambiar, sus poros como escamas negras; pero Tobio golpeó su mejilla derecha con su puño metálico.

La fuerza fue lo suficiente para hundir el rostro de Oikawa en el pavimento; Kageyama causó una abolladura en su mandíbula; luego golpeó su torso con su otra mano, una, otra y otra vez. Él no se reconocía, no escuchaba nada.

Pero no era suficiente.

No era suficiente dolor para Tooru.

Lo arrojó hacia una pared de concreto y se lanzó para hacerlo atravesar la estructura; su creador intentaba pararlo, detenerlo de alguna manera… pero Tobio estaba cegado. No dejaba que Oikawa se defendiera, el dictador se movía con cada puñetazo encestado.

Y aun así un agujero comenzó a erosionar su núcleo; corroyendo todo a su paso. El agujero lo hizo querer estremecerse, pero no podía, porque algo amenazaba con drenarlo si pensaba en él.

«Lo hice porque desde el primer beso que nos dimos, no dejo de pensar en eso»

La voz de Hinata se escuchaba tan clara como un manantial, como si lo susurrara entre sábanas y caricias; el vacío comenzó a llenarlo, drenándolo en el camino.

Volvió a golpear a su creador.

«Porque me gustó demasiado tenerte de esa manera y quería volver a repetirlo.»

Podía sentir su cálido aliento en su cuello, el fuego de sus ojos color roble; la criatura más perfecta y hermosa que había conocido.

'Había'

«Porque no puedo pasar más de cinco minutos sin pensar en tu rostro o en ti»

La resonancia retorcida del metal impactando contra metal se escuchaba sorda; cada golpe estallaba como un lucero, y de sus nudillos rebosaba la energía dirigida.

Estaba desgastándose mientras mataba a Oikawa.

«Porque, demonios Roboyama, no sé qué magia negra me has lanzado que me has hecho enamorarme.»

Kageyama golpeó su ojo, quebrando el orbe luminoso. El globo ocular de Tooru regresó a su apariencia normal de humano, sin embargo, líneas sinuosas minúsculas salían de su pupila; como un vidrio roto.

Oikawa encestó un rotundo golpe con su cabeza en la de Kageyama; lo suficiente para lanzarlo hacia atrás unos pasos. La violenta acción causó que la piel se desgarrara en la línea de su cabello y en la frente de Tooru también.

Su creador comenzó a caminar hacia él; rayos neones salían crepitando por cada resquicio de su cuerpo, por cada poro que había perdido la piel sintética, la energía dirigida lo llenaba hasta el límite y luego un poco más.

El suelo se estremecía; el núcleo de la Ciudad Batería se estaba volviendo inestable.

Inestable, de la misma manera que ambos androides. Hundidos en el mismo vacío, gélido y sin esperanza; sin inhibiciones. Una pelea entre dioses; en donde el único factor común entre ambos…

Era un corazón roto.

Nadie hubiera tenido alguna idea que todo se resumiría a esto. El dolor y el sufrimiento no era una ocurrencia rara en el mundo. El mundo en el que Kageyama había sido creado sin desearlo era tan cruel y doloroso…

Hinata nació como una rata del desierto, su padre había sido un rebelde sin nombre que murió en las guerras de Helio, su madre y su hermana de ocho años habían sido asesinadas frente a él.

Hajime y Tooru fueron torturados, escupidos y desechados a un lado por creer en lo que creían.

Tsukishima…

Bokuto…

Akaashi…

Semi…

Todos tenían la inmunda marca de «miseria» tallada en su piel.

Y Tobio… su único error fue el de pensar por sí mismo.

Como un retorcido efecto de dómino, donde una serie de eventos insignificantes sumados unos encima de otros tenían consecuencia y formaban todo su futuro. Los del desierto le llamaban Bruja Fénix, otros, destino… si existía un dios, este debía ser más retorcido y diabólico que Oikawa.

Volvió en sí; Tooru ya no estaba aprisionado en su agarre y su alrededor… ¿su alrededor? ¿Dónde estaba? Un cráter yacía bajo sus pies ahora.

Reconoció a varios metros un escombro de tronco y cayó en la realización que se encontraba en el parque principal de la ciudad, donde se habían encontrado a Iwaizumi al principio de la batalla; pero ahora lo que quedaba era tierra y ceniza. Tobio miró al moribundo cielo oscuro sin energías… sin deseos; entumecido hasta los huesos. La llovizna caía en su rostro, pero no podía sentirla.

Llevó sus manos y cubrió su rostro, ahí se dio cuenta que había perdido más de su piel sintética. El androide miró abajo, al pequeño charco que se había acumulado en la parte más profunda y central del cono invertido del cráter; a partir de la ceniza y las gotas extraviadas que buscaban perecer en el suelo.

Su esqueleto metálico se extendía desde una oreja a la otra, cruzando por la punta de su nariz; había perdido sus labios y mejillas.

Los labios que tanto le gustaban a Hinata; las mejillas que memorizaron cada beso de su boca, cada caricia de sus callosos dedos.

Cayó de rodillas y llevó una mano a su rostro; tiritaba como si tuviera frío, su mano era solo su esqueleto también, tan gélido y repulsivo como su rostro. Distraídamente pasó sus dedos, tocando sus dientes expuestos… la ilusión había desaparecido y él era un androide. Una máquina sin razón.

Sin libre albedrío.

Y el chico al que había amado con todo su ser… Shouyou Hinata.

No quedaba nada de él.

«¿Te he dicho lo mucho que me gustan tus ojos?»

Ahí estaba otra vez su recuerdo; una cálida mano. Una mano real, sangre rugiendo por sus venas; una mano humana. Ambos acostados sobre su cama en La Colmena; Tobio no recordaba qué había salido de su boca, seguramente algo como:

«Debes agradecerle a Oikawa; él los creó para mí.»

«Eres un idiota.»

Pero las palabras de Hinata… las recordaba todas.

«No sólo el color. ¡Duh! La expresión en ellos»

Sus mejillas se colorearon de un carmín vivo. Tobio podía oler su melena de cabellos enredados color naranja; olía al sol.

«Como si estuvieras dispuesto a quemar todo lo que se interpusiera entre nosotros.»

«Lo estoy» devolvió. «¿Tengo algún defecto en mi programación? ¿Debería pedirle a Lev por un chequeo de mantenimiento?»

«Tonto robot.» Dejó salir una burbujeante carcajada «Eso es estar loco de amor.» Luego continuó. «No creo que haya algún problema, es más…»

Mordió su labio inferior y lo miró a los ojos.

«Me parece muy humano.»

Su dedo continuó recorriendo el arco cigomático de su cara; no importaba cuánto se viera en el sucio charco, nada iba a cambiar. Delineó la esquina inferior de su mandíbula; no tenía idea qué expresión tuvo cuando Hinata dijo esas cosas, pero sabía que debía ser diferente a la que usaba en ese momento.

Ya no había nada en ellos.

Sus ojos estaban vacíos.

Una piedrecilla se deslizó hacia el centro del cráter, pero para Kageyama fue tan sonoro como un trueno. Levantó la mirada cuando más piedrecillas comenzaron a caer.

Garras metálicas y una mano emergieron de inmediato; le siguió un brazo; hasta que finalmente la silueta de Oikawa salió. Su extremidad extra parecía haber sido violentamente arrancada de su esqueleto; y las escamas negras se levantaban, pero no tomaba ninguna forma; solo pulsaban como choques nerviosos inestables.

El daño que había recibido era sumamente sustancial.

Kageyama miró sus alrededores para descubrir que, además del cráter, había edificios cortados diagonalmente; otros estaban cerca de ceder.

Ése era el poder de Destroya.

Un poder cuyo propósito siempre fue el de aniquilar; el de reducir una civilización a polvo. Su núcleo fue armado con sed de venganza. Tooru lo creó con el único fin de destruir un imperio, el deseo de sangre recorría cada fragmento de su esqueleto.

Oh, Hinata.

Kageyama cubrió su rostro con su mano otra vez. Si pudiera llorar lo hubiera hecho en ese momento.

Oh, Hinata…

En aquella vieja pelea, en medio de la Zona 43; cuando él quiso terminar lo que tenían; Tobio acusó al chico de estropear todo lo que tocaba.

Se había equivocado, Tobio nunca estuvo en lo correcto… quién siempre fue destinado a crear algo no había sido él… sino Shouyou. El humano lo había hecho enamorarse, creó un corazón donde había un núcleo; creó un hogar de sus dos brazos.

Creó otro propósito para una máquina destructora.

Tobio se río amargo y venenoso al pensar que… él siempre fue quien lo estropeaba todo.

Pero sólo necesitaba destruir una vez más.

Así que sus extremidades rechinaron como bisagras oxidadas y sin aceite, y se lanzó con fuerza hacia Oikawa. Cuando golpeó su pecho, su esqueleto reverberó y el ojo que le había quebrado a Tooru titilaba como luciérnaga. Cuando Kageyama pausó, sólo por unos momentos, notó que la tierra bajo sus pies comenzó a moverse. Subió su mirada hasta el rostro de su creador; confundido, notó que él no se movía; pero su orbe ocular seguía oscilando.

Uno.

Dos.

Tres.

Cuatro.

Tardó cuatro segundos en notar que los tremores y pulsaciones en su ojo tenían el mismo compás que los seísmos. Kageyama irguió su cabeza súbitamente y dio un salto hacia atrás logrando colocar varios metros entre ellos. El seísmo cobró más fuerza hasta que un pilar de luz cegadora irrumpió desde el abismo de concreto y tuberías.

Estaban sobre su núcleo, supo Tobio.

Sobre su calamitoso, destructivo e inestable núcleo.

La tierra y los firmes cimientos de Ciudad Batería se partieron en dos. La energía pura desintegraba todo a su camino; la luz llegaba hasta el cielo. Nacía desde adentro del pavimento por un resquicio como el borde afilado de una espada. Él último intento del dictador para crear un escudo, con la energía de su núcleo.

Pero detrás de la luz, Tobio podía verlo; podía ver a Tooru Oikawa de pie con dificultad. Las siguientes palabras hicieron nido en su cerebro como una bandada de cuervos: La profecía que una vez escuchó a una pila de fragmentos que una vez fue un androide.

«Al final, a través de fuego y ceniza, un salvador se levantará de la tierra. Él caminará a través de la furia del infierno y le pondrá fin a la noche.

El sol verá la ciudad una vez más, y caminaremos por todo el mundo.

Seremos libres.

Su nombre es Destroya y reducirá Ciudad Batería a cenizas.»

Cruzó el letal umbral, la cascada invertida de energía cruda e imparable, sin estremecerse; aun cuando sus oídos se ensordecieron por el momento que fue golpeado por el poder despiadado del núcleo. Algunos fragmentos de la coraza de su esqueleto cayeron a sus pies.

Oikawa estaba al otro lado, claramente había sido tomado por sorpresa; debido al hecho que su «hijo pródigo» había podido contener todo su poder o por cómo lucía ahora que había recibido tal descarga.

Por lo que fuera, Kageyama lo utilizó para contraatacar, tomando su cuello y saltando al siguiente microsegundo. Lo apisonó contra un rascacielos con un sonoro golpe, debía estar al menos ocho pisos sobre el suelo; y una nueva oleada de nauseabunda energía lo recorrió, no podía salir de sus manos pues seguía sosteniendo a Tooru; por inercia abrió su boca y el disparo salió de su esófago sin poder controlarlo. El cuerpo del dictador convulsionó del impacto.

Paró y de inmediato supo que el rayo de energía dirigida había quemado su garganta.

No estaba diseñado para soportarlo, sin embargo, su núcleo lo había encontrado como única salida; sus cuerdas vocales estaban completamente destruidas.

Tooru no se veía mejor, las convulsiones se convirtieron en estremecimientos; le pareció escucharlo emitir sonidos que en un par de segundos comprendió que se trataban de risillas.

Y luego se transformaron en carcajadas.


¿Qué les pareció?

Siempre lo digo, pero espero que la espera haya valido la pena.

Sus comentarios me alegran mi vida.

Nos leemos luego~