INUYASHA NO ME PERTENECE, PERO LA TRAMA SI

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LA REINA DEL NORTE

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CAPITULO 6

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Los dos médicos reales se arrodillaron ante Kagome, con la revelación de la noticia.

—Su Majestad, el reino está de fiesta. Lleva usted en su vientre al heredero del Norte

Cuando Kagome recibió la noticia, casi se cae de espaldas. Sólo la sostuvieron sus emocionadas damas de compañía.

Kagome entendía que, con esto, su propia posición en la Corte cambiaba, porque al estar embarazada de un heredero, eso implicaba librarse de Kikyo y la reina madre al menos por un tiempo.

Porque las mujeres embarazadas, al tercer mes aproximadamente entraban en confinamiento en uno de los castillos secundarios que estaban detrás del principal.

La finalidad era cuidar el nacimiento del heredero real.

Por eso entendía que sus damas también estuvieran eufóricas con la noticia. Ya que, con el mejoramiento de la posición de su señora, ellas también escalaban.

Igual Kagome deseaba estar sola, así que les ordenó que se marcharan. La noticia no tardaría en ser informada al rey, así que esperaba que él viniera a verla.

La joven se sentó y se sirvió un poco de té de jazmines.

No acababa de digerir la noticia. Iba a ser madre, cumpliendo el mandamiento de que ella venia al norte a convertirse en progenitora de reyes, al cual había sido educada.

Además, era una prueba a su propia fertilidad, ya que su esposo venía a sus aposentos al menos dos veces a la semana, desde hace dos meses, cuando se decidió a romper el alejamiento y cumplir con su deber de marido.

Kagome se había entregado con docilidad, le dolía cuando él se marchaba arduamente al terminar sus deberes y al día siguiente, era lo mismo: aparente indiferencia y notoria preferencia a la querida oficial.

En eso no había cambiado nada. Pero Kagome tenía que reconocer que el rey, en privado no era cruel ni duro con ella. Era un amante cuidadoso y amable, lo cual era inesperado proveniente de un hombre que pasaba los días ignorándola.

Kagome había aprendido a apreciarle. No podía decir que lo amaba, pero era un monarca firme y justo, y eso ella lo había presenciado de primera mano en las audiencias públicas, así como las conversaciones en las cenas de estado.

No sería difícil enamorarse de él. Era un hombre muy guapo y de una estampa varonil intensa. Dentro de todo, entendía porque su media hermana estuviera tan enamorada de él.

Ese era otro detalle que Kagome pudo entender en el tiempo que llevaba allí.

Al inicio siempre creyó que las motivaciones de Kikyo eran la lujuria y el deseo de mostrarse como una furcia. Pero en verdad, estaba locamente enamorada de Inuyasha, rayando a lo obsesivo.

Recordaba con una media sonrisa, cuando la mañana siguiente de que Inuyasha pasara la noche por primera vez con su mujer, que Kikyo vino a sus aposentos, con aspecto de haber dormido bien poco.

—¡Inuyasha es mío! —le había gritado en aquella ocasión.

Suponía que ahora que se enterara de su nuevo estado, vendrían más recriminaciones.

Sonrió.

Por un lado, de placer al pensar en aquello y segundo, por la felicidad de saber que pronto tendría alguien más con ella.

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Kikyo arrojó todo el contenido de su tocador, al volcarlo de la rabia.

El guardia Onigumo, uno de los encargados de custodiar la puerta de la reina consorte se había convertido en su informante, y fue aquel hombre infiel quien le notificó que Kagome recibió la noticia de un embarazo, ya que el ayudante del médico real era un amigo suyo y Onigumo tuvo acceso a la primicia.

Que seguro en estos momentos estaba siendo informado al rey.

Varra, quien también estaba en la habitación, hizo una seña al guardia que se marchara.

—Retiraos. Cualquier novedad, no dudéis en informar.

El hombre hizo una reverencia y se marchó.

Varra se acercó a su hija e intentó arroparla.

—¡He dicho que no me toques! —gritó Kikyo

—Pues no evitará que te aconseje. Es natural que Kagome tenga hijos con el rey, eso lo sabias desde antes ¿Por qué tanta molestia de tu parte?

Kikyo no respondió, pero Varra sabía que su hija amaba a su amante y eran los celos lo que la impulsaban a estos arranques de rabia.

—Yo debería de poder darle esos hijos. No ella.

Varra meneó la cabeza.

—No podéis. Vuestros hijos serian bastardos, la posición que tanto odias. Nunca heredaran nada, y si por si acaso, el rey muriera, tú y tus hijos serian echados por la reina viuda. Además que la propia reina Margaret tampoco desaprovecharía la oportunidad de aliarse con su nuera ¿entiendes eso, verdad?

En eso, Varra se aseguraba que su hija no concibiera, ya que ella misma le echaba al té de su hija las hierbas especiales para evitar un embarazo. Lo hacía sin que Kikyo lo supiera, porque además de ser una experta en hierbas, era una mujer calculadora y fría.

Parte de esas características los había heredado su hija y que demostraba cuando no estaba frente a su gran punto débil: ese amor estúpido hacia Inuyasha.

Finalmente, Varra, temiendo que Kikyo cometiera alguna indiscreción, arrojó unas pócimas calmantes al té rojo de su hija, para que durmiera y no perdiera el control con una pataleta pública.

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Inuyasha recibió la noticia y no pudo evitar sentirse profundamente emocionado. Despachó al médico y ordenó que lo dejaran solo.

Iba a ser padre. Kagome estaba cumpliendo con su deber de esposa. No podía decir de ella que lo estaba defraudando.

Además, los sentimientos que ella le inspiraba eran tan contradictorios.

Recordaba la repulsión y rabia inicial que sintió hacia ella, que luego acabó transformándose en sorpresa y admiración, cuando Kagome empezó a descubrir su verdadero carácter, que ocultaba bajo una capa de aparente sumisión. Era una mujer interesante, y además de eso, muy hermosa.

Eso podía saberlo, ahora que la había estudiado con detalle. Además, las noches que pasó con ella, fueron verdaderamente satisfactorias, y no tenían el manto de deber que pretendía darle a ella.

Es que, en eso, Inuyasha seguía siendo inflexible. No tenía intención de mostrar sus auténticos sentimientos a su mujer, por temor a entrar a una espiral toxica, como en la que estuvo envuelto su padre. Así que, en público, seguía mostrándose frio e intransigente.

Aunque en esta ocasión, podía romper con esa regla, atendiendo el estado de ella.

Decidió que le regalaría algo, que llevaba tiempo postergando su entrega: las joyas de la Reina.

Movería el avispero con Kikyo, que estaba profundamente celosa, pero pese a todo, Kagome era la reina y ahora la madre del futuro de su casa. Era una mujer fértil, porque necesitó tantas visitas para que eso se concretara.

Decidió que le enviaría las joyas de la reina, como un detalle, antes de ir a saludarla y congratularla por su estado.

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Kagome estaba sentada en el sillón de su habitación, abanicada por sus damas, cuando el heraldo le avisó de que la reina madre Margaret venia.

La joven entornó sus ojos. No era tonta, y se esperaba que muchas visitas como ésa la atosigaran por varios días, antes de ir al confinamiento.

Era evidente que la reina madre siempre tenía una segunda intención cuando la visitaba. Recordaba los primeros días, cuando intentó manipularla y crear discordia.

Kagome agradecía no haber entrado en su juego, pero igual no pudo librarse de las infamias de su media hermana.

—Me congratulo, querida. Enhorabuena, lleváis al heredero del Norte en vuestro vientre. Mi nieto —entró Margaret, saludando y con dos de sus damas detrás de ella.

—Os agradezco vuestro detalle, querida tía. He enviado cartas al Bosque Negro y según entiendo ya el rey ha sido notificado. Esperamos su visita en cualquier momento —respondió Kagome, fingiendo una sonrisa.

Es que Margaret era una persona de cuidado. Era su tia de sangre, ya que era hermana de su padre, pero siempre estuvo tocada por la maldad y el amor intrínseco por las intrigas. Además, que no tenía afecto alguno por el Bosque Negro, su patria de nacimiento.

La reina madre paseó por la estancia observando y estudiando el lugar.

—Pronto os confinareis y desde ya pongo a vuestra disposición a dos de mis damas para que os sirvan.

—No sería digno despojaros de parte de vuestro servicio, tía —adujo Kagome, ya que no tenía ningún interés de tener más espías entre sus huestes.

Margaret estaba pensando cómo seguir con su retahíla, cuando las puertas se abrieron y el heraldo entró apresuradamente, como si también le hubieran sorprendido.

—¡Su Majestad, el Rey!

Todos se inclinaron, incluso Kagome se levantó presurosa para hacerle una reverencia a su marido que entraba solo. Sin comitiva. Y con una sonrisa, que no podía disimular.

Enorme, poderoso y alegre.

—No hagáis reverencias, tenéis mi permiso para no hacerlo más. Enhorabuena, me he enterado de vuestro estado. He ordenado que toquen los cuernos y ordenado que preparen el palacio de adjunto para vos y vuestra comitiva para el confinamiento de vuestro embarazo.

—Gracias, mi señor —replicó Kagome, incorporándose, aunque algo decepcionada de que el rey quisiera mandarla casi de inmediato al reclusorio.

No sabía si alegrarse o no.

En eso, la reina madre intervino acercándose a abrazar a su hijo.

—Felicidades, hijo mío.

El rey se dejó abrazar por su madre, pero al separarse, Margaret disparó su primer dardo.

—Hijo, he visto que habéis mandado a vuestro sirviente para que trajeran las joyas de la reina a vuestra esposa. Bien hecho, ahora sólo falta que le deis los aposentos que le corresponden como vuestra consorte y más ahora, que lleva en el seno al futuro de nuestra casa.

Kagome se sintió incomoda con el petitorio de su suegra. Inuyasha era muy permisivo e inflexible en lo que respecta a Kikyo y difícilmente le quitaría los dulces a su querida amante.

Decidió intervenir.

—Su Majestad, de todos modos, no pasaré mucho tiempo por aquí. Usted mismo ya ordenó los arreglos para nuestra mudanza al otro castillo.

Inuyasha pareció aliviado de no verse forzado a tomar una decisión.

—Me parece bien. Si necesitáis algo, no dudéis en pedirlo. Y recordad que en un par de días tendremos la sesión de audiencias formales, y será vuestra última presentación en público antes de recluiros hasta el alumbramiento.

Kagome asintió.

—Os agradezco por las joyas que me enviasteis —refirió ella con una sonrisa, procurando mantener los ojos hacia él.

Él carraspeó y cortó el instante. Su esposa le parecía casa vez más hermosa y atrayente, y eso le parecía muy peligroso.

Decidió hacer un último saludo, marchándose raudamente, sin siquiera despedirse de su madre.

En la habitación, quedaron la reina madre que estudiaba al detalle lo ocurrido, Kagome quien volvió a sentarse y sus dos damas.

La joven no pudo evitar sentirse decaída. Por un instante creyó ver en los ojos de su marido, un cierto interés, pero aparentemente sólo fue algo ilusorio para ella.

Ahora solo faltaba que Kikyo viniera a darle la tarambana.

—Preparad mi baño y buscad el vestido azul. Voy a lucir esa para la cena de esta noche—ordenó a las damas.

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Un par de días después, Bankotsu hacía una triunfal entrada.

Los portones del Castillo del Norte se abrieron en par en par para recibirlo a él y a su ultima caza.

Logró capturar, luego de semanas de acecho a dos peligrosos bárbaros, que de algún modo lograban escabullirse y asolaban los pueblos ribereños y fronterizos entre el Este y el Norte. Incluso habían cruzado el Oeste para algunas fechorías. El Rey del Norte puso una alta recompensa por la captura de sus cabezas. Los quería vivos o muertos.

Prefería de momento dejar aquella tarea a los mercenarios, porque tampoco pensaba movilizar a su Regimiento Dorado por estos bandidos.

Afortunadamente para él, el más peligroso y duro de los caza recompensas cogió la tarea a pecho y fue a por ello.

Bankotsu los trajo vivos, arrastrándolos con un caballo, cuando bien podía matarlos y traer sus cadáveres que el rey del Norte iba a pagarle igual.

Pero Bankotsu sabía que la recompensa seria mayor ante el placer de poder ejecutar a estos dos salvajes que tantos desmanes habían causado. Eran hombres que merecían morir, por sus actos bestiales de saqueos, asesinatos y abusos sexuales.

Así que Bankotsu fue recibido con gran algarabía, como una especia de héroe trayendo un apreciado botín.

En medio de la pasarela, Bankotsu fue interceptado por algunos jinetes, en cuya cabeza iba su propio hermano.

—La Corona os agradece el servicio prestado. El rey os recibirá en audiencia —saludó Hiten en voz alta, para que le oyeran todos.

En eso Hiten hizo una seña a sus hombres que tomaran a los cautivos y los llevaran a las mazmorras.

Bankotsu sonrió de lado y bajó de su caballo. En su espalda tenía su enorme espada-alabarda, se sacó los guantes y se acercó a su hermano, quien seguía aun arriba del caballo.

—¿El propio rey va a recibirme?

Hiten bajó la voz, para que sólo lo oyera su hermano —. Ve a darte una ducha, que hay muchas damas estarán presentes y procura no ser grosero.

Los ojos del mercenario brillaron de suspicacia.

—¿Mujeres bonitas?

—Eso no tiene nada que ver. Son damas, y la primera de ellas es nuestra reina, a quien ya una vez le faltaste el respeto. Si haces un solo gesto para ofenderla, juro que yo mismo te ejecuto.

Bankotsu sonrió, divertido ante la preocupación de Hiten por su ligera y feliz actitud.

—Nuestra reina lleva en su vientre al heredero de la corona. Así que intenta controlar tu lengua ¿me oyes?

Bankotsu volvió a colocarse los guantes y llevó a su caballo hacia las caballerizas, dando la espalda a Hiten y no respondiéndole, salvo con rosas irónicas, a fin de ponerlo nervioso.

—Sea, hermanito. Afloja un poco tanta severidad que yo si te conozco.

Bankotsu se adentró hacia los establos para dejar él mismo su caballo. Luego de un viaje como el que había tenido, su compañero merecía que su mismo jinete lo pusiera descansar. Ya ordenaría al mozo que le pusiera agua fresca y heno.

Aunque lo notable de todo el encuentro con su hermano, no fue el saber que el propio rey lo recibiría, sino saber que aquella mujer tan bella, esa jinete tan impetuosa, la que se presentó como reina en aquella ocasión estaría presente en la audiencia.

La había olvidado, pero con su mención, el ligero recuerdo que tenia de la joven le volvió a aparecer.

Bankotsu no solía recordar mucho los rostros de las mujeres que conocía, y que eran muchas.

Y tampoco rememoraba la de ésta, sólo tenía claro que era muy bella y de naturaleza aguerrida a pesar de los pocos minutos de interacción que había tenido con ella.

Sonrió con picardía.

Le parecía algo divertido volver a contemplar a aquella belleza. Al menos viéndola, no se aburriría en la audiencia. No había cosa que detestare más que las reuniones políticas, y en eso era muy parecido a su padre Suikotsu, un hombre tan ajeno a la vida pública diplomática, que incluso renunció a su derecho a sentarse en el Concilio de Gobierno del Este, pese a tener el linaje de la última casa reinante de ese país. Con más derecho que cualquiera de los otros charlatanes.

Bankotsu giró a buscar algo de agua. No sabía porque, pero iba a hacerle caso a su hermano y lavarse un poco para tener un buen aspecto ante todos esos mequetrefes de la corte norteña.

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Kagome estaba aburrida sentada en el trono, junto al rey y la Corte, pero le llamó su atención cuando el heraldo anunció un nombre tan particular, que lo reconoció enseguida.

—Bankotsu, el cazar recompensas del Este

Era el nombre del hermano del Justicia del Rey, Hiten. Ese caballero tan amable que siempre la ayudaba.

Kagome recordaba perfectamente a Bankotsu, por ese detalle, pero por, sobre todo, por su grosería y la poca deferencia con que la había tratado esa vez en el Bosque.

Finalmente, la impactante presencia del mercenario marcó el lugar.

Muy alto y caminando seguro, confiado, como si supiera que el mundo era suyo.

Venia sonriendo sardónicamente y Kagome giró a mirar a su esposo, a ver si tomaba a mal el porte sardónico del sujeto, pero Inuyasha parecía complacido con aquel sujeto.

Al llegar a ellos, el tal Bankotsu se limitó a hacer una reverencia simple con la cabeza.

El heraldo, un viejo tradicionalista se escandalizó.

—¿Pero que hacéis, señor? Estáis en presencia del Rey del Norte, mostradle vuestros respetos.

Pero Inuyasha alzó una mano.

—No es necesario. Guardemos las ceremonias por hoy. Este hombre ha traído un regalo para la Corona, a esos dos barbaros que llevaban tiempo sin poder ser capturados.

Bankotsu sonrió, y fue en ese momento que su mirada se cruzó con la de la reina consorte.

Por todos los demonios que era más bonita de lo que recordaba.

Mientras el rey miraba a otro sitio, decidió ser atrevido y guiñarle un ojo con picardía.

Tuvo tentación de reír a carcajadas al ver el rostro rojo y furioso de la joven beldad.

¡Esa mujer era fuego y no lo sabía!

El rey seguía hablando, pero Bankotsu no le oía, ocupado en observar a la dama en el trono.

Él único que pareció darse cuenta de su jueguito a la reina, fue su hermano Hiten, quien le hacía gestos desesperados de que cesara y que lo miraba con ojos de que deseaba ejecutarlo allí mismo.

Kagome intentó apartar la mirada, pero lo cierto es que no podía. No entendía el motivo.

Finalmente, Bankotsu cesó, cuando el rey le habló mencionando a su hermano.

—Tengo entendido que sois el hermano de la justicia de esta corona, el caballero Hiten. Eso puedo adivinarlo incluso, porque sois muy parecidos.

—Puede ser su majestad, aunque yo soy más guapo —replicó Bankotsu, con una sonrisilla que no se le borraba en el rostro —. ¿Y cuándo me pagareis por haber traído a esos dos?, esta audiencia es divertida, pero no tengo tiempo que perder y prefiero gastarme lo que me paguen en una taberna, me entendéis, ¿verdad?

Kagome tragó saliva, y miró a su esposo, pero inesperadamente éste no estaba enojado ni enfadado, sino que estaba divertido.

Kagome entendió allí mismo que probablemente el rey tenía un arranque de envidia por el estilo de vida libre y salvaje de aquel hombre. Sin obligaciones ni ataduras. Sin una esposa impuesta yendo a por libre en la vida. Admiración por un estilo de vida, independiente de obligaciones.

—Tendréis lo que ofrecíamos por la captura de esos dos y más —habló Inuyasha, y luego mirando a uno de sus ministros que tomaban nota —. Dadle el doble de lo estipulado.

Bankotsu sonrió. Eso sí que le gustaba. Volvió a posar sus ojos en la reina, que se veía incomoda. Decidió que quería molestarla un poco más.

—Si Vuestra Majestad lo permite, me gustaría ofrecer una ofrenda a la reina. Nunca tuve el honor de traeros un regalo por su investidura y presentarle mi respeto a su noble anillo.

—Concedido —asintió Inuyasha. Además, era normal que vasallos y caballeros replegaren regalos u ofrendas a las esposas de los reyes como señal de respeto y que besaran su anillo.

Bankotsu se acercó, sacando de su traje un pequeño cofre, subiendo los pares de escalones que lo separaban de Kagome, y se arrodilló ante la joven que se levantó para recibir el saludo.

Bankotsu le extendió el cofre y ella lo tomó.

La joven reina tendió su mano, y él se acercó a besar su anillo.

Solo fueron pocos segundos, pero bastó para que Bankotsu susurrase unas palabras, sólo para que ella oyera.

—En ese cofre hay unas riendas baratas. Os servirán para practiquéis aprender a montar.

Ella enrojeció de indignación y él desplegó una sonrisita mordaz.

Se alejó como si nada hubiera pasado, y nadie más que ellos, se percató de la broma del mercenario a la reina.

Unos minutos después, la corta audiencia acabó, y mientras el rey se levantaba para retirarse, Bankotsu volvió a girarse para hacerle otro guiño con un ojo a la joven que también se marchaba.

Eso hizo que ella se irritara aún más y apresuró su ida, seguida de sus damas.

Bankotsu se quedó unos segundos viéndola irse y sin mirar atrás.

Lo mejor era irse a buscar alguna complaciente amiga de las tabernas.

No sabía porque se le antojaba tanta urgencia, sólo por haber vuelto a ver a la particular reina de este país.

CONTINUARÁ

MUCHAS GRACIAS A TODOS POR SU ATENCIÓN.

NO SE ASUSTEN CON LO OCURRIDO AQUÍ, LA HISTORIA ES BANKAG, A PESAR DE QUE HAYA UNA ESPECIE DE INUKAG AQUÍ, ES LENTA ESO SÍ.

AÚN TIENEN QUE PASAR DEMASIADAS COSAS.

LOS QUIERO MUCHO Y QUIERO DEJAR UN BESO ESPECIAL A MIS COMENTARISTAS.

KARLA YUMAIKA, FRAN GARRIDO Y AR TENDO.

Nos leemos dentro de poco.

Un beso.

Paola