INUYASHA NO ME PERTENECE, PERO LA TRAMA SI

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LA REINA DEL NORTE

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CAPITULO 7

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Hiten frunció el ceño cuando recibió la información.

Hizo un gesto al emisario que trajo la misma, para que se retirara.

La Justicia del Rey del Norte estaba en su despacho cuando llegó uno de sus espías apostados en el Sur, esa nación con la cual mantenía un frágil hilo de paz fraguada. El hombre había galopado toda la noche para traerla.

La Justicia del Rey, hombre leal y metódico era capaz de entender la delicadeza de la situación.

Ya que el informe no era alentador.

Habia un nuevo rey en el Sur, luego de la súbita muerte del viejo rey Arles, y horas después de su único hijo, el heredero natural.

Una sucesión de fallecimientos que llevaron al trono al sobrino del viejo rey, un joven llamado Naraku, un misterioso joven que en los últimos años había sido expulsado del concilio de su tío por sus ideas pro belicistas y por haber votado contra la paz entre el Norte y el Sur.

Cada generación de reyes en ambos bandos, se firmaba un pacto de paz y de no hostilidad. El mismo Inuyasha y el viejo Arles suscribieron uno cuando el rey norteño subió al trono.

La rivalidad natural devenida desde hace cientos de años, por causas de límites, o por la ambición expansionista del rey de una y otra región ocasionaron una fricción permanente de guerra fría.

Por eso, era una tradición que cada generación de reyes que ascendían a los tronos, la de firmar la paz con su par vecino.

Que subiera al trono un nuevo monarca de consabidas ideas agresivas, era peligroso y un detonante para romper la paz entre los pueblos.

El rey se enfadaría bastante también. Así que Hiten esperó un poco antes de salir a entregarle la información.

Inuyasha tenía un carácter combativo y arrollador. Como si sólo necesitara un aliciente para que cogiera al Regimiento Dorado para marchar a una nueva guerra.

Se apretó el puente de la nariz. Y además esto no podía venir en peor momento.

Porque la reina estaba a punto de salir de cuentas.

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Kagome apenas y podía moverse. Estaba enorme y con prescripción médica directa de moverse sólo lo necesario.

La joven reina ya estaba cansada de este retiro, pero en parte estos meses fueron un alivio para ella, ya que el confinamiento implicó un retiro de la vida pública. Además, como el palacio estaba a cuatro kilómetros del Castillo Principal, difícilmente tenia a Kikyo o a la reina madre hurgando o metiendo cizaña. Literalmente podía decir que estaba descansando de ellas.

El confinamiento también implicaba que recibiese pocas noticias del exterior. Sólo se le pasaban aquellos que podrían no afectarle o causarle conmoción.

La noticia de la ascensión de un nuevo monarca en el Sur no le seria comunicado, por ejemplo, por razones de sensibilidad.

Kagome estaba sentada en el tocador, viendo las joyas que su esposo le había mandado. Todas del lote de las joyas de la reina del Norte.

Sonreía de pensar que Kikyo habrá dado varias rabietas por esta causa, porque la joven sabía que su media hermana deseaba que se los regalaran a ella. Aparentemente el rey había tenido el tino de cordura de no dárselos a su amante y sí, enviárselos a su mujer.

—Es lo menos que puede hacer. Después de todo, seré la madre de sus hijos —masculló Kagome entre dientes, recordando que la Cámara de la Reina en el Castillo Principal, seguía siendo utilizado por Kikyo.

—¿Dijisteis algo, Su Majestad? —una de las damas que no la dejaban a sol ni sombra, se acercó pronto a ella.

Pero la joven reina le hizo un gesto.

—No es nada. Preparad mi baño —e hizo además de levantarse, pero en ese momento un inmenso dolor que parecía que la partía en dos se adueñó de su vientre.

Llevó sus manos allí de forma instintiva ante el horror de la dama presente

—Llamad a la comadrona, llamad a todas —ordenó Kagome.

El momento había llegado.

Kagome se encomendó a Frigga, la diosa de la Fertilidad y de los Partos. Estaba aterrada y se sentía sola, pese a la compañía.

Le hubiera gustado tener a su madre para aconsejarla. Incluso su hermano Sota seria de mucha ayuda.

La dama corrió a avisar a todos en el palacio. Además de eso, había que avisar al rey del inminente parto.

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Inuyasha estaba en su despacho, firmando papeles, aburrido y hastiado, cuando su Justicia, vino a ponerle al tanto de las noticias del Sur.

Tal como temía Hiten, los ojos del rey norteño brillaron con aquellas malas nuevas.

—¿Qué sabemos de este Naraku?, creo recordarlo de un par de justas, pero nada más —requirió saber el rey.

—Es el sobrino de línea real más próxima al difunto rey, y primo del que fuera el príncipe heredero. Se crió en el palacio de pequeño, pero luego pasó parte de su juventud recorriendo el Sur y el Oeste. Incluso se rumorea que hizo en alguna expedición en pueblos barbaros. Su tío lo destituyó en sus funciones como miembro del Consejo —informó Hiten

—Que oportunas muertes le granjearon tomar la corona —observó Inuyasha

—¿Su Majestad tiene instrucciones para mí?, he enviado espías por de pronto a estudiar el nuevo caso.

Inuyasha pareció reflexionarlo un poco.

—Envía una comitiva diplomática, será suficiente para sondearlo de momento.

—Se hará como ordene, Su Majestad —Hiten hizo una reverencia con la cabeza e iba a retirarse, cuando uno de los ministros entró apresurado con uno de los guardias reales.

Hiten reconoció al mismo como a Onigumo, uno de los miembros de la guardia de la reina.

El soldado se arrodilló de inmediato.

—La reina ha entrado en trabajo de parto, Su Majestad. Fui enviado por el gobernador del castillo para avisar.

Su inmensa sonrisa se dibujó en el rostro de Inuyasha.

—Preparen la carroza real —ordenó.

Tenía el deseo acuciante de estar en el mismo palacio que su esposa. Iba a ser padre. Y estaba emocionado ante la idea.

Todo este tiempo había logrado mantenerse con una actitud de aparente indiferencia y de correcta distancia con ella, pero de un tiempo a esta parte, le era cada vez más difícil disimular sus auténticas emociones.

Por un lado, tenía claro que no iba a dejarse domar por sensaciones inoportunas por una mujer y dejarse dominar por ella.

Crecer dominado por el recelo hacia su voluntariosa madre era suficiente motivo para ello. Aun ahora, él vivía en una aparente tensa calma con la reina viuda. Pero perfectamente capaz de recordar que los años de régimen de terror que tuvo el Norte fueron por su causa.

Pero también era su progenitora, y por eso se preocupaba que nunca saliera sin una nutrida escolta. El pueblo tenía muchos memoriosos que la detestaban.

La reina Kagome seguía siendo un profundo misterio, atrayente para él. Cuando llegó no le llamó la atención e incluso la despreció, porque su apariencia palidecía frente a la espectacular belleza de Kikyo.

Pero con las semanas y meses, la joven reina fue demostrando una fortaleza de carácter que le deslumbraba. Eso también causó que notara la belleza dulce de su mujer.

Cuando finalmente yació con ella, fue una experiencia gratificante tener entre sus brazos a una mujer tan tierna.

Finalmente, por su propio bien, decidió fingir sus genuinos deseos y mantener una máscara de corrección con ella.

Como ahora.

Que además estaba en camino de conocer a su primer vástago.

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Bankotsu se mojó la cara, con algo de agua que encontró en el aguamanil del cuartucho.

Miró aburrido el suelo donde estaban todas sus ropas desperdigadas.

Se agachó para recogerlas, pero antes giró a ver si la mujer que dormía plácidamente en el camastro desordenado era la rubia o la morena. No estaba seguro. Nunca lo estaba.

Era una de esas exuberantes mozas que encontró en una taberna en el Oeste. Habia cazado un par de forajidos que asolaban a los comerciantes de ese país.

No fue difícil para Bankotsu, un consumado y poderoso mercenario traerlos a los pies de las personas que clamaban por su cabeza.

Cobró una interesante recompensa. Misma que terminó gastando la mitad en la juerga de anoche. No le importaba hacerlo, porque de todos modos no tenía planes, y era consciente que un día podía morir atravesado por alguna flecha a traición.

Se empezó a vestir. Se había divertido con la muchacha de la cual no recordaba su nombre, pero tampoco pensaba quedarse a pernoctar con ella.

En todo caso prefería buscarse otra mujer para la siguiente noche. Porque tampoco le gustaba repetir.

—¿Dónde vas?

—Voy a la posada de la ciudad. Este lugar es una pocilga —respondió él

Bankotsu sintió dos pequeñas manos que bajaban por su cuerpo, pero él la detuvo.

—Ya no, cariño.

La jovencita quedó refunfuñando en la cama, desnuda y alborotada.

Cazar a Bankotsu era tan difícil. Ya atraparlo la noche anterior había sido complicado.

Bankotsu se marchó, luego de arrojar un par de monedas a la mujer.

—Cómprate lo que quieras, dulzura. Yo me largo.

Cogería su caballo y enfilaría hacia la ciudad en la posada de la vieja Kaede.

Allí siempre tenían una habitación preparada para él, comida buena y además nadie lo molestaba porque le temían.

No quería ser molestado y se sentía algo inquieto. Siempre de terminar una caza, solía sentirse eufórico y feliz, pero ahora, la situación le parecía monótona e insuficiente. Tampoco la estadía con aquella muchacha le había parecido lo suficientemente satisfactoria.

Bankotsu meneó la cabeza.

No entendía que bicho le podría haber picado para tener este estado mental.

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Luego de varias horas de doloroso trabajo de parto, al fin llegó al mundo, en una atmosfera de expectativa, el primer hijo del rey del Norte.

Porque para gran algarabía resultó ser un vigoroso varón.

La madre lo vio, pero no pudo tomarse el tiempo de tomarlo entre sus brazos, porque lo llevaron a asear, para que pudiera verlo su padre.

Cuando el rey entró, tenía los ojos iluminados.

La reina había hecho un magnífico trabajo, trayendo al mundo al nuevo príncipe heredero del Norte. Sin duda, que merecía una recompensa.

La nueva madre, descansaba cuando el entró el rey a ver al niño. Lo cogió entre sus brazos y le resultó un varón hermoso.

Kagome estaba cansada, pero feliz. Ya luego tendría tiempo de estar a solas con su bebé, porque imaginaba la felicidad de saber el sexo del niño.

Si hubiera sido una niña no hubiera sido grave. Las princesas siempre eran bienvenidas, pero cuando venía un príncipe, la cosa cambiaba.

En el Norte no existían las leyes sálicas, pero en los cientos años de historia de este reino siempre fueron hombres lo que se sentaron en el trono del Norte.

Así que la venida de este niño era perfecta.

Inuyasha se acercó a la cama, con el pequeño en brazos, sin dejar de verlo.

—Se llamará Narvel, como uno de mis antepasados y de los tuyos también —informó Inuyasha

Kagome asintió.

Nunca había pensado en el nombre para el niño, porque sabía que aquello era restrictiva decisión del rey, al cual ella no podía oponerse.

—Se hará como digáis, mi señor —refirió la agotada madre.

Inuyasha entregó el bebé a una de las damas y volvió a acercarse a la cama de su esposa.

—Escoged algo que deseéis. Como trajisteis al heredero real al mundo, os lo merecéis.

Kagome decidió que era ahora cuando pondría a prueba a su marido.

Lo miró con sus grandes ojos castaños, que transmitían idéntico fuego como el color natural de su cabello.

—Deseo que me deis la Cámara de la Reina, el aposento que por derecho me pertenece.

Inuyasha se sorprendió con tamaño pedido. En un primer impulso quiso denegarle la petición, porque Kikyo había sido muy elocuente en pedirle esas habitaciones.

Pero el rey también sopesaba que acababa de darle su palabra de que le daría lo que quisiese por el favor hecho al reino. No podía desdecirse.

—Hecho, a vuestro regreso al castillo podréis mudaros allí. Ordenaré los arreglos que correspondan.

Kagome sonrió débilmente a su marido.

Inuyasha empezó a verse preso de ciertas emociones de ternura al ver a su esposa en aquella posición. Decidió cortar de raíz cualquier afectación.

—Dejaré que descanséis. En el momento oportuno haremos una gran celebración por el nacimiento de Narvel.

Dicho esto, salió raudamente de las habitaciones.

Kagome lo vio irse.

En su fuero interno se sentía feliz.

Acababa de tener un triunfo sobre Kikyo y sobre el mismísimo rey.

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Onigumo, el joven soldado de la guardia de la reina, devenido en espía de Kikyo, aprovechó una distracción para traer las noticias a Varra y a su hija.

Que el recién nacido había sido varón.

Kikyo no dijo nada, porque ya estaba curada de espanto, pero como Onigumo seguía arrodillado ante ella le preguntó.

—¿Algo más? ¡Hablad!

—He oído una conversación tras la puerta. El rey os pedirá la Cámara de la Reina por petición de ella.

Kikyo cogió una chuchería de la mesa y se lo arrojó en la cabeza a Onigumo.

El guardia permaneció impasible en su sitio, sin pestañear recibiendo el golpe de Kikyo.

—¿Me venís con una broma?

—No me atrevería a engañarla. Esto lo he oído de una de las damas que asistieron al parto y que estaban cerca y oyeron la conversación.

El guardia lucia temeroso, pero finalmente Kikyo se aplacó.

—Retiraos

El joven se marchó a toda prisa, cuidando de no darle la espalda a la joven.

Varra lo observó marcharse.

Tuvieron suerte en hallar un emisario tan fiel entre las filas de la propia guardia de la reina.

Aunque Varra intuía que la fidelidad y devoción de Onigumo no eran por las monedas de oro, sino porque era otro idiotizado por la belleza de su hija.

Un enamorado más de Kikyo.

Se acercó a su hija, quien hervía de indignación.

—No habéis perdido la guerra, hija. El rey os ama a vos. Dadle las dichosas habitaciones a esa muchacha del Bosque. Ya le pediréis al rey unas mejores.

Kikyo no le respondió.

Ella no lo veía tan así.

Ella conocía a Inuyasha, y podría jurar por todos los dioses que vivian en Asgard, que su amado estaba algo cambiado en lo que se refería a Kagome.

Ella no iba a permitirse perderlo.

CONTINUARÁ.


Perdón por la demora, hermanas.

Procuraré hacer mas activo este fic, lo prometo, para que no se pierda la continuidad.

Acaba de nacer Narvel, veremos que nos trae de novedad este bebito.

Como sea, pase lo que vaya a pasar en los 30 capis de este fic, es un Bankag, pese a que primero pase una ensalada de cosas.

No me odien.

También el universo de dioses de esta gente van tomados de la cultura nordica, por eso la mención de Frigga, la esposa del Gran dios Odin. Porque tenia que ponerles religión a esta gente.

Bueno, prometo no espaciar tanta la actualizacion, para no perder hilo

BESOTES A MIS COMENTARISTAS: YUMAIKA, FRANGARRIDO, JOHCHAN Y NUESTRA AR TENDO.

BESOS.

PAOLA.