INUYASHA NO ME PERTENECE, PERO LA TRAMA SI

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LA REINA DEL NORTE

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CAPITULO 8

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La esperada renovación del tratado de paz entre los reinos del Norte y el Sur fue firmada en un evento diplomático, unas semanas después de la coronación del nuevo monarca: Naraku.

Por tradición, la misma fue realizada en la capital del Sur, con emisarios del Norte que trajeron los papiros firmados y sellados por Inuyasha.

Hiten, en su calidad de Justicia del Rey acompañó la comitiva y tuvo oportunidad de saludar al joven rey sureño.

Tenia sólo un par de años más que Inuyasha y fue bastante rápido en hacer los cambios de gobierno, ya que destituyó a todos los ministros de su tío. Incluso hizo ejecutar con juicios sumarios, acusados de corrupción a varios funcionarios del tesoro y del concilio privado.

Estas ejecuciones fueron tan rápidas, que ni siquiera hubo tiempo de cuestionar los arrestos. Hiten intuyó que esa no era la verdad completa.

El nuevo rey le pareció bastante belicoso y de un carácter muy diferente al anterior, quien era bastante modesto y muy propenso a la paz.

Naraku tenia todo el aspecto de guardar otras intenciones. Hiten era bueno descifrando personas y dedujo que el soberano era alguien de cuidado.

Le recordaba un poco a Inuyasha, pero con un aire más tétrico y analista. Más racional y frio.

Culminada la reunión, Hiten y la comitiva regresaron al Norte, portando los nuevos rollos firmados que estampaban una aparente paz y calma.

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El bosque negro era como una gran ciudadela. No era un país grande, era pequeño y sus límites se encontraban entre el Norte y el Sur.

Una patria independiente que era vasalla del Norte, con quien además tenía un poderoso vinculo de sangre, renovado con cada matrimonio concertado entre los reyes que se sentaron en el trono del Norte y una infanta del Bosque Negro.

Solo los miembros de ambas ancestrales casas tenían el poder de sacar las famosas espadas clavadas. Justamente por ello, y para no perder la pureza de sangre familiar que tuvieron durante cientos de años, es que ambas casas siempre renovaban su vínculo matrimonial.

Además, era bien sabido, que en caso de catástrofe y si desapareciera la casa Taisho, los herederos del Norte serían los Higurashi, la casa que controlaba el Bosque Negro.

Hasta el nacimiento de Narvel, el hijo de Kagome y de Inuyasha, su heredero natural fue Sota.

Su padre lo quería mucho, así como amaba a Kagome, y apreció a Kikyo, pese a su bastardía.

Pero era consciente de las limitaciones de Sota.

Era un joven confundido, inseguro y egoísta.

Era un peligro, pero el señor del Bosque Negro no tenía más herederos y rogaba a los dioses que le otorgaran vida suficiente para regir todo lo que pudiera.

Le tranquilizó mucho el saber del nacimiento de su nieto Narvel hace un año atrás, lo cual implicaba que su querida Kagome estaba cumpliendo la misión para la cual había sido criada.

Intuía que no era del todo feliz en la corte norteña.

Por sus cartas, pese a los correctas que eran, él vislumbraba que la reina viuda y su propia hermanastra Kikyo no se lo estaban poniendo fácil.

Pero Kagome resistía, y daba muestras de toda la educación y temple que recibió en el Bosque Negro. Esa hija suya le daba mucho orgullo.

El viejo señor del Bosque sonrió paternalmente recordando a su hija.

Aunque en ese momento, un profundo e intenso dolor en el pecho, hizo que se llevara las manos a ese sitio.

No entendía, pero tampoco podía gritar por ayuda. Logró ver que algunos guardias corrían hacia él, antes de caer al suelo.

Todo se volvió oscuro.

Negro.

Sólo podía ver algunas imágenes de sus hijos que se diluían frente suyo.

Antes de caer en la nada profunda.

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—¡El señor ha muerto!

El grito de los heraldos que anunciaban en todos los rincones del pueblo acerca de la trágica novedad, retumbó en el Bosque Negro.

Sota derramó lagrimas por su afectuoso padre, cuando dos ministros vinieron a proclamarlo nuevo señor del Bosque Negro.

Siempre supo que heredaría esas tierras, pero no imaginaba como sería el momento. Además, amaba a su padre y nunca estuvo preparado para perderlo.

Desde que su madre murió, sólo tenía a su padre, a su querida Kagome…y a Kikyo.

Kikyo, aquella hermanastra a la que no podía de modo filial. Y por quien se perdía en pensamientos. También era el motivo por el cual odiaba al rey del Norte, de quien era vasallo.

—Traedme papel y pluma. Debo avisar esto a mi hermana, la reina consorte del Norte. Que sean palabras escritas por mí y no frías palabras de un mensajero.

También escribiría otra misiva a Kikyo. Aunque a ella le escribiría con un tinte diferente.

Fue su primera orden como señor del Bosque Negro.

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Narvel aprendía sus primeros pasos.

Kagome estaba muy orgullosa de pasar con su hijo, estos pequeños momentos.

El niño era vigoroso y muy parecido físicamente a Inuyasha, el rey.

La reina consorte podía estar muy orgullosa de este logro dada a la patria, pero este sentimiento no le venía de ello, sino por el amor hacia su hijo y la sensación de que ya no estaba sola en este reino.

Tenía un aliado en su hijo.

Las relaciones con el rey no habían mejorado. Inuyasha venía a sus aposentos a cumplir con su deber de marido cada tanto, pero no había ocurrido más que eso.

Seguía manteniéndose distante y Kikyo seguía siendo la favorita del monarca, quien le acompañaba en cacerías y a quien siempre colmaba de regalos.

Era cierto que pudo obtener la Cámara de la reina, pero fuera de la exquisita y fría cortesía de su marido no había obtenido nada más.

—El niño ha tardado bastante en dar los primeros pasos. Sin duda, es culpa vuestra —observó la reina madre, quien estaba sentada en las habitaciones.

Su suegra había venido a visitarla y de paso, sermonearla.

Kagome aprendió a moderar la lengua con los ataques de la reina viuda. Al inicio de su matrimonio tuvo el impulso de querer desafiarla con dialéctica, pero aquellas victorias no importaban en una Corte donde una amante tenia precedencia sobre ella.

—Asumo mi error, reina viuda —replicó Kagome, con calma. Aunque no prestaba atención a los dichos de la venenosa Margaret.

La reina madre asintió y tragó un poco de té que le habían traído las criadas.

—Esto es horrible, el té esta frio.

Kagome suspiró, pero decidió no darle contraria.

—Traed otro tazón de té caliente para la reina viuda. Si descubro que esta frio, os haré azotar —ordenó la joven, a sabiendas que esas pequeñas tiranías eran lo que más le gustaban a su suegra.

Las criadas se apresuraron en cambiarle el té a la malvada mujer.

—¿Os gusta ahora, tía? —preguntó Kagome, quien cargó a su hijo en brazos, quien había dado pasos para llegar a ella.

—Mucho mejor, querida —luego de beberlo, bajó la taza —. Aunque no he venido por té, sino para ver qué medidas tomarás por la estadía de esa mujerzuela, la madre de vuestra hermanastra. Esa tal Varra se pasea por el palacio con vestidos de dama, como si no conociéramos su pasado de bruja. Se suponía que sólo era una visita, pero ya lleva años aquí.

Kagome escuchaba, pero estaba más embebida en darle besos a su pequeño Narvel.

Aunque también reconocía que la presencia de aquella mujer tan tétrica también le molestaba. Tenía fama de bruja y hechicera y no la quería cerca.

Pero era la madre de la favorita de su marido y vivía en el palacio, cumpliendo el papel de dama de compañía de su hija Kikyo.

No tenía el poder para echarla y se metería en problemas si lo intentaba. Y ahora no tenía ánimos de enfrentar una pelea, porque prefería disfrutar de su hijito y tratar de vivir en paz.

—Me temo, tía, que sobre ese particular nada se puede hacer. El rey aprecia mucho a mi hermanastra y además no quisiera traerle estos menesteres, cuando tan ocupado está con los asuntos de la Corte.

—Eres la madre del heredero, puedes exigir incluso si así lo deseas. Soy tu tía de sangre y tu madre política, yo también fui de la casa Higurashi, y por ende debemos estar unidas —replicó Margaret, cambiando ligeramente su discurso, intentando manipular la situación.

Kagome ideaba mentalmente su respuesta, cuando su dama vino a anunciarle que Hiten, la justicia del Rey precisaba una audiencia con ella.

—Hacedlo pasar —permitió la joven reina, entregando el bebé a la aya que estaba cerca.

La reina le tenía estima a la Justicia del Rey. Parecía ser un hombre muy honorable y leal, y la joven reina apreciaba esas cualidades.

Hiten entró al salón, y se arrodilló inmediatamente antes ambas reinas.

—Mis respetos a la reina consorte y a la reina madre viuda.

—Levantaos —autorizó Kagome

Pero Hiten siguió en su posición, y tampoco levantaba la cara. Parecía estar nervioso.

—¡Pero hablad, hombre! —requirió la reina viuda, impaciente.

Hiten levantó la cabeza, ofreciendo un rostro apenado a Kagome.

—Su Majestad, el rey me ha enviado a entregaros su condolencia porque me temo que vengo a entregar una triste noticia —refirió Hiten, procurando tener tacto —. Vuestro padre, el excelentísimo señor del Bosque Negro murió de forma inesperada. Las noticias acaban de llegar. El nuevo señor de las tierras es Lord Sota, quien ha enviado emisarios que galoparon toda la noche, para traeros este mensaje.

Hiten se mantuvo arrodillado mientras Kagome recibía la información.

La joven no daba crédito a lo oído, sus manos empezaron a temblar y su rostro empezó a perder color.

Una desolación punzante empezó a apoderarse de ella.

—Mi padre ha muerto…

La reina viuda Margaret frunció la boca. El que había muerto era su hermano, pero a ella no podía importarle menos.

—Contened vuestro dolor, y no hagáis bochornos. Mantened la compostura —reprendió la mujer a la pobre Kagome, quien no daba oídos a las críticas de su suegra e hizo ademan de levantarse, pero antes de dar un paso, se desvaneció perdiendo el conocimiento.

No cayó al suelo, porque Hiten se apresuró en sostenerla.

—¡Mi reina!

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Kikyo recibió la noticia de la muerte del señor del Bosque Negro y sintió aflicción. Aquel hombre había sido bondadoso con ella y la cuidó como una hija más, pese a las protestas de su esposa legitima.

Pero a sus ojos cometió algo imperdonable al no legitimarla nunca y por eso cargaba el sello de bastardía sobre su cabeza.

Por eso no podía llorar su muerte, porque no podía excusar aquello. Tampoco pensaba ir a sus funerales, pero luego cambió de idea. Podría ser buena ocasión de ir a inquietar a Sota, consciente de su poder de seducción sobre él.

Sota ya no era un simple infante, ahora era el señor que se sentaba en el trono del Bosque Negro.

Enclenque o no, tenía una posición ahora.

Así que decidió que iría a presenciar los ritos funerarios de su padre.

—¿Tu también irás —preguntó a su madre

Varra, se mostraba impasible. Como si la noticia de la muerte de quien fuera su amante no le importara.

—Para acompañarte, pero no tengo interés en ofrecer mis respetos a nada.

Kikyo no repuso aquella contestación. Eso era asunto de su madre, e imaginaba que, así como ella estaba enfadada por no haber conseguido su legitimación, Varra tampoco le perdonaba que nunca le diera espacio para convertirse en su esposa.

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El intenso olor de los clavos de aromas fue lo primero que Kagome sintió al despertar en su cama.

Reconoció inmediatamente que estaba en la Cámara de la Reina y reconoció enseguida a sus damas que la rodeaban y al médico real que le tomaba el pulso. También la reina viuda estaba sentada del otro lado.

Kagome se incorporó, sosteniéndose la cabeza. Se había desvanecido.

En eso, las damas y el medico se arrodillaron.

—Su Majestad, buenas nuevas. Lleva usted en su vientre a otro hijo del Rey.

Kagome no sabía que sentir.

Por un lado, el dolor agudo de saber que su padre se había ido y por el otro la noticia de que sería madre nuevamente.

Una nueva persona que vendría a hacerle compañía en un mundo donde se estaba quedando cada vez más sola.

Ni siquiera los reproches de su tía le enturbiarían esa felicidad.

—¿Cómo podéis ser tan descuidada?, ¿Cómo no sabíais que llevabais a otro nieto mío en vuestro interior? Y os comportaste de tal modo que apeligraste al heredero.

Kagome no le contestó.

Se acarició el vientre.

—¿Dónde está el príncipe Narvel?

—Duerme, Su Alteza —informó una dama

—¿Su Majestad, el rey? —volvió a preguntar la joven

—El rey ya conoce de vuestra condición, mi señora. En este momento se encuentra en el Despacho Real, pero ha enviado la orden de que se os procure el máximo cuidado por vuestro embarazo. También ha enviado gente a preparar el Castillo para vuestro confinamiento —fue el médico, quien informó.

Kagome se quitó las sabanas.

—Mi padre ha muerto, no puedo confinarme aun, porque necesito ir a sus funerales —levantándose con algo de dificultad que suplía con una profunda determinación.

Las damas quisieron detenerla e incluso la reina viuda se expidió, pero Kagome los desoyó.

—¡No me importa!, esto es una orden. Quiero que me ayudéis a vestir, iré al Despacho del Rey para informarle de mi decisión.

Ante tamaña orden directa, las damas no podían atreverse a desobedecer. Incluso Margaret quedó boquiabierta viendo a la joven yendo hacia los vestidores para ser preparada.

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El rey firmaba algunos papiros en el Despacho Real, acompañado de su Justicia Hiten, quien iba tomando lo que firmaba.

Kikyo también estaba sentada cerca. Habia venido junto a su amante luego de haberse enterado del nuevo estado de la reina.

Estos despachos no eran necesarios hacerlos, pero algo debía hacer para distraerse y no mostrar una abierta euforia por el futuro nacimiento de un nuevo hijo.

Estaba auténticamente feliz y hubiera querido estar junto a Kagome cuando le daban la noticia.

Lo mismo había hecho antes, cuando prefirió mandar a Hiten a que informara sobre la muerte de su padre.

Se sentía pésimo siendo tan insensible con ella, pero es lo único que se le ocurría hacer para evitar las sensaciones que ella le producía.

Al inicio, recordaba que, hacia esto, para ponerse a salvo de convertirse en otra versión de su padre: un hombre bajo el hechizo de una esposa dominante.

Pero al irla tratando, viendo cómo se esmeraba en todo, siendo dulce y amable, pero también fuerte y con una voz que delataba su sangre real, no podía evitar sentirse atraído a la joven.

Además, le había dado un hijo hermoso que alguna vez lo sucedería. Y con otro en camino.

¿Cómo no sentirse magnetizado a ella?

Así que decidió emplear estas estratagemas para alejarse, y mantenerla a raya con estas actitudes de aparente insensibilidad.

Además, siempre procuraba cumplir los deseos de Kikyo por sobre los de su esposa. Era una cruel celada, tanto para él, como para Kagome.

Estaba en eso, cuando el guardia vino a anunciarle la presencia de su esposa.

—Su Majestad, la reina.

Kagome entró acompañada de dos de sus damas, vestida de ropas sencillas que denotaban su luto y pena por su padre.

Hizo una reverencia a su marido.

—Mi reina —saludó Inuyasha

Kikyo, quien también estaba presente decidió aguijonear un poco.

—Su Majestad, usted tiene la gracia de llevar a otro heredero del Norte en vuestro vientre. El castillo está siendo preparado para vos, a fin de que cumpláis vuestro confinamiento.

Kagome decidió ignorarla.

—He venido, porque deseo marchar al Bosque Negro. Quiero asistir al funeral de mi padre y despedirme de él.

Inuyasha la miró.

Sentía aflicción por ella, pero estaba decidido no echar marcha atrás.

—Mi señora entenderá que eso es imposible en vuestro estado actual. Además, debéis tener en cuenta que os debéis al Norte, está es vuestra patria. Tened bien de saber que el Castillo de adjunto está siendo preparado para vuestro confinamiento. Podéis orar por el alma de vuestro padre allí, aunque no es necesario. Imagino que las puertas del Valhalla estarán abiertas para él.

Kagome no podía creer tal disposición. Quiso abrir la boca para replicar, pero luego su mirada quedó en el caballero Hiten, quien estaba parado junto al Rey. Le ofrecía una verdadera ojeada de lastima.

Además, ella había sido criada para ser consorte de este hombre desalmado y no podía discutir su orden.

—Iré yo en vuestro lugar, su alteza —repuso Kikyo —. Era mi padre también.

Inuyasha se sintió pésimo por el comentario, pero decidió secundarla.

—La dama Kikyo puede entregar vuestras cartas si lo deseáis.

Kagome hizo una reverencia con la cabeza y salió. No tenía fuerza ni ánimo para seguir con la discusión. El rey no tenía ninguna intención de autorizarle el viaje. Y además no iba a darle el lujo a su marido y a Kikyo de verla llorar.

Su esposo estaba más interesado en adelantar su confinamiento. Suponía que para pasar más noches con su amante.

Algunas lágrimas solitarias empezaron a caer de los ojos de la joven reina.

Ni siquiera tendría oportunidad de despedirse de su padre.

Ya sólo le quedaban los sueños para comunicarse con él.

Nunca más lo vería en esta vida.

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Hiten se quitó los aguantes y entró a las habitaciones donde estaba su despacho de Justicia del Rey

Lo primero que vio fue la enorme espada, tan conocida por él, sobre una de las mesas.

—Espero no te disguste que haya entrado sin avisar. Los guardias ya me conocen.

Hiten giró. Su hermano Bankotsu había venido de improviso.

Estaba sentado en un sillón con los pies en alto, en una de las mesadas.

—No sabía que venias al Norte

—Sólo de paso, estuve de cacería y voy marchando a Sur. Decidí quedarme esta noche aquí —repuso Bankotsu, afilando una cuchilla pequeña

Hiten buscó una de las botellas de hidromiel que tenía en uno de los aparejos.

—¿No es algo temprano para eso? —preguntó Bankotsu, porque nunca había visto a su correcto hermano beber en ese horario.

—Es me disgustan algunas cosas de la Corte —confesó Hiten. El caballero siempre fue reservado en asuntos de esta índole, pero lo que acababa de presenciar le pareció hasta mezquino.

Se reprochaba pensar eso de su rey, pero con su hermano tenía la confianza de poder explayarse.

—Eso te ganas por venir a servir a estos reyes —alegó Bankotsu —. Deberías dejar todo esto y venirte a nuestra patria, con el adorable concilio de gobierno que tenemos, con un grupo de imbéciles que mantienen al Este en un estado de anarquía, porque son incapaces de ponerse de acuerdo. Te crecerán canas en menos de tres meses. Te vas a divertir —rió Bankotsu

Hiten meneó la cabeza y se sentó a beber su hidromiel.

—Ha muerto el señor del Bosque Negro

—¿Y eso que?, era un viejo —replicó Bankotsu, groseramente sin dejar de afilar sus cuchillas

—También era el padre de nuestra reina.

Al oír la mención de la consorte del Norte, Bankotsu dejó el afilador sobre la mesada y bajó los pies de la mesa.

—Pues lo siento por ella.

—Hoy fue mancillada por el Rey. Si vieras como se comportó de forma digna frente a su Majestad y a la dama que acompaña al Rey. Mantuvo su compostura.

—¿Dama que acompaña al rey? Elegante eufemismo el tuyo. Vivir tanto tiempo en una Corte te está ablandando, hermano —agregó el mercenario, levantándose a servirse él también algo de hidromiel —. Deberías aconsejarla, es tu reina.

—El rey es mi señor, por sobre cualquier otra persona.

—Entonces supongo que me estuviste dando todo este cuento de a gratis. No lo creo, lo que tu buscas es una autorización o permiso. Y no necesitas pedirme eso a mí, que sabes que no soy ejemplo de eso, porque cuando yo deseo hacer algo, simplemente lo hago. No debo lealtad alguna, salvo a mi alabarda —argumentó Bankotsu

Hiten enarcó una ceja.

—Nunca estaré seguro si eres el hombre más despreocupado del mundo o el más sabio. Nunca te entenderé.

Ambos hermanos chocaron sus copas repletas de hidromiel.

—Créeme, ni yo mismo lo sé —concluyó Bankotsu.

CONTINUARÁ.


MUCHAS GRACIAS POR LEERME.

PERDÓN POR LOS ERRORES ORTÓGRAFICOS.

Mi idea es poder actualizar dos veces en la semana, veremos si puedo hacerlo.

Esta lenta la cosa, y como les dije al inicio, el BANKAG aun tardará, pero habrá, y será del bueno. Se los juro.

Espero les guste lo que se viene.

Muchas gracias a mis dulces comentaristas: YUMAIKA, FRAN GARRIDO, JOH CHAN, NENA TAISHO Y AR TENDO.

BESOTES.

Paola,