INUYASHA NO ME PERTENECE, PERO LA TRAMA SI

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LA REINA DEL NORTE

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CAPITULO 9

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Kagome besó en la frente a su bebé.

Valiant era un niñito hermoso y pelirrojo como su madre. A diferencia de Narvel que era de estampa parecida al rey.

Como eran muy pequeños, su madre permanecía casi todo el tiempo en la Nursery real en el castillo principal, haciéndoles compañía.

Una situación que le vino muy bien a Inuyasha porque le dio oportunidad de estar más alejado de su mujer.

Kagome, quien sufría en silencio los abandonos de su marido y su abierta infidelidad, encontró en sus hijos la salida a esas penas. Volcó en ellos todo el amor y el cariño, al cual estaba naturalmente llamada.

Su marido le informó un día, en una humillante cena, que ya no era necesaria su presencia en las audiencias formales. Kagome, luego se enteró que Kikyo era quien lo acompañaba, tal vez no sentada en su trono de reina, pero que el rey había ordenado colocar una butaca especial a la izquierda del trono del Norte para ella.

Kagome, en parte sintió alivio, porque esas presentaciones solían ser agotadoras y además hipócritas, porque el rey había dejado de visitarla por las noches, desde el nacimiento de Valiant.

La joven tenía claro que no amaba a su esposo, pero toda la vida pensó en él como en el hombre de su vida, y estas vejaciones eran humillantes para ella. Toda una ignominia.

Pero había cumplido con su parte, dando a luz a dos vigorosos herederos varones. A un futuro rey y a un futuro duque.

La otra cosa positiva de este embrollo es que Margaret dejó de acosarla, ya que al verse desplazada la reina de las audiencias, peleaba ella por sentarse en aquel sillón.

Inuyasha, por supuesto se lo impidió, pero eso no le cortó las ganas de intrigar sobre su poder en la corte y competir con Kikyo, la querida del Rey.

Gracias a sus hijos, Kagome pudo conseguir un motivo para sostenerse en pie, a pesar de la inmensa desolación que le produjo el deceso de su padre.

Sota, su querido hermano siguió escribiéndole cada que podía y eso también era un alivio.

La tensa relación con el rey era algo con lo que había aprendido a convivir. A veces, tenía la sensación de que quería decirle algo, pero Inuyasha no se acercaba a ella y las cosas terminaban en nada.

Pero el poco vinculo que había entre ellos, acabó por romperse cuando el monarca ordenó que la reina y sus hijos se recluyeran casi de forma permanente en el Castillo donde Kagome solía confinarse en cada embarazo.

Inuyasha lo presentó como un obsequio, pero era una cárcel. Lo bautizaron como el Palacio de los Delfines, la casa de los príncipes del Norte.

Kagome tuvo que tragarse el insulto que tampoco le vino mal, porque esa lejanía de la corte fue balsámica.

Ella era la madre del futuro rey, así que bien, podría tener tiempo de planear para sus hijos.

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La culpabilidad de Inuyasha era acuciante, pero estaba decidido seguir con su treta.

Estar cerca de su esposa era demasiada tentación, así que decidió tomar dos distancias de ella: una física, mandándola a vivir al recientemente inaugurado Palacio de los Delfines, la casa que reformó para sus hijos y por el otro, con una lejanía emocional, siendo frio y a veces hasta antipático con los pedidos de su reina.

Eso sí, procuró que el castillo fuera reformado en su totalidad, para que ellos pudieran vivir sin sobresaltos. Para que Narvel y Valiant terminaran su crianza como hijos del Norte, y en especial Narvel, quien algún día lo sucedería en el trono.

El rey del Norte firmaba algunos papiros cuando su puerta se abrió de forma impetuosa.

No necesitó preguntar para saber de quien se trataba.

La única que podría sortear la guardia real y entrar de ese modo al despacho era Kikyo.

La bella joven hizo una corta reverencia, a modo de juego.

—Su Majestad

—Mi señora —saludó el rey —. No os esperaba tan temprano.

Kikyo batió sus irresistibles pestañas.

—Supe que estaríais solo.

Inuyasha sonrió.

—Imagino que tenéis algo que decir. Adelante, hacedlo —repuso Inuyasha, dejando la pluma.

El placer visual de observar a Kikyo eran tan efervescente, que él difícilmente podía negarse a su presencia.

—Me dijeron que estáis en plan de firmar algunos nombramientos —Kikyo se acercó peligrosamente a rodearlo con sus brazos, por atrás.

—Os informaron bien, pero no sólo estoy en ello. Soy un rey bastante ocupado, pero me doy mi tiempo para vos, querida.

La muchacha sonrió, y desplegaba el irresistible aroma del sándalo que encandilaba a su rey.

—Tengo una sugerencia. Sé que estáis en planes de nombrar a un guerrero juramentado para los príncipes. Os digo que no hay mejor opción que Onigumo, el jefe de la guardia de la compañía de la reina, él velará por el bienestar de los hijos del Norte ¿Qué pensáis de eso?

Inuyasha enarcó una ceja.

—No sabía que estabais al pendiente

—¿Cómo no?, los príncipes son mis sobrinos. Pese a que su madre y yo nunca estaremos de acuerdo, ellos son mi sangre, como si fueran mis propios hijos.

Inuyasha se dejó besar y abrazar, y al final hizo un asentimiento con la cabeza.

—No era mi primera opción, pero ya que habláis tan apasionadamente por su causa, tomaré vuestra idea. Nombraré a Onigumo como espada juramentada de mis hijos ¿satisfecha?

Kikyo sonrió y luego giró, para sentarse en el regazo de su amante.

Pero la sonrisa se le borró con un dicho del rey.

—El castillo secular se renombrará Palacio de los Delfines y será la casa de los príncipes, y de la reina, por supuesto. Ellos vivirán allí y podrán gobernarlo como quieran. Será mi regalo para la reina consorte.

—¿Qué habéis dicho? —preguntó Kikyo, incorporándose.

—La orden real ya fue entregada. La reina ya fue notificada de mi decisión.

Kikyo no esperaba aquella noticia. Si, deseaba que su media hermana se borrara de los asuntos oficiales y ya no apareciera por la corte.

Ella deseaba ese castillo para su casa de veraneo. Y ahora se enteraba que sería un obsequio para Kagome. Eso era intolerable.

—Pero yo deseo ese castillo para mí. Es lo menos que merezco luego de haber perdido la Cámara que usé desde que vine.

A Inuyasha no le cayó bien aquel comentario. Le lanzó una mirada fija.

—Pedid otro castillo, querida. No es el único.

—¡Pero yo deseo éste! ¿también me lo negarás, así como cuando te pedí que nos casáramos?

—Tenéis que entender una cosa, Kikyo, sois mi favorita. Siempre lo serás, te consiento y tendrás todo lo que deseáis casi siempre, pero debéis entender una cosa, tu hermana es la reina legitima y siempre lo será. No me desharé de ella para casarme contigo. Sois una hija ilegítima ¿Cómo se vería que despose una bastarda? —repuso Inuyasha, malhumorado de tanta exigencia de su amante.

La indignación se apoderó de Kikyo.

Era cierto que nunca habían hablado abiertamente de la relación de Inuyasha con su esposa, pero Kikyo estaba segura de que Kagome era una simple yegua de cría de la cual podría deshacerse apenas trajera al mundo a los mentados herederos. En cambio, el rey parecía inclinado en darle un regalo que ella hubiera querido para sí.

Pero lo que en verdad la había irritado es que la hubiera llamado por el modo que más odiaba. Una bastarda.

Una que nunca heredaría nada.

La que no podía casarse con un rey ni ser madre de sus hijos legítimos.

Kikyo se quitó uno de los collares que rodeaban su hermoso cuello y lo arrojó violentamente al suelo, para luego salir precipitadamente.

Inuyasha soltó la pluma y se relajó en el sillón.

Kikyo era fuego andante y aunque hubiera pasado mucho tiempo, ella le seguía gustando mucho, pero allí donde más sentía culpa Inuyasha.

Y todo era culpa de su maldita mujer, que le inspiraba sentimientos contradictorios. Por un lado, deseaba que no estuviera cerca porque la veía como un elemento inflamable que algún día podría estallar como Margaret en una sibilina peligrosidad y por el otro, como una mujer atrayente que merecía ser amada y era acreedora de un espacio junto a él.

Ella quizá veía su nueva reclusión en el Palacio de los Delfines como un desprecio, él lo veía como una forma de alejarse de la tentación ya que lo más anhelaba de forma oculta era poder encontrarse con ella, hacer vida conyugal, y compartir momentos rutinarios como todo matrimonio.

Decidió que los visitaría de modo incognito. No deseaba que ella perdiera la sonrisa al verlo.

Antes de eso, decidió firmar el nombramiento de Onigumo, como espada juramentada de sus hijos.

Quien se encargaría de velar por los príncipes y que daría su vida, de ser necesario por ellos.

Al menos allí, sí que le daría el gusto a su amante.

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—¿Movimiento inusual en las fronteras? —preguntó Hiten, quien montaba junto a su hermano por el pueblo.

Bankotsu estaba de nuevo en la ciudad norteña y visita obligada había ido junto a su hermano a cobrar una recompensa y de paso comentarle lo que había visto en el último viaje.

Bankotsu venía a visitarlo muy seguido en los últimos tiempos. Extraño, porque Bankotsu solía desaparecer por meses, pero ahora tenía una extraña asiduidad en el Norte.

Hiten estaba agradecido con las continuas visitas de su hermano. Aunque en esta ocasión, en medio de las charlas triviales, surgió esta alerta de Bankotsu.

—Tenían caballos con armadura. No eran simples barbaros de la planicie. Venían de alguna parte.

—No querrás insinuar que de los interesantes vecinos del Sur —replicó Hiten

Bankotsu enarcó una ceja.

—Yo que ustedes reforzaría la guardia que tenéis en las aduanas y mandéis espías a cerciorar que el amigable vecino no este albergando de estos bandidos.

—¿Cómo os disteis cuenta de aquello?

—Es que o yo soy un genio o vuestros espías son unas bestias. Como sea, tomad nota de esto, puede que lo sea todo, o como sea nada —repuso Bankotsu con mordacidad

Hiten sonrió.

—Volveré al castillo. Tengo que llevar algo al palacio de los Delfines. Se ha hecho el nombramiento de la espada juramentada de la reina y los príncipes y debo estar allí para una corta ceremonia.

Bankotsu intentó fingir que el asunto no le interesaba.

—¿A quién han nombrado?

Hiten enarcó una ceja.

—Onigumo.

—¿Ese borracho será el guardián de lo más preciado de vuestro reino? —Bankotsu paró a su caballo, sorprendido de oir aquello.

Él conocía a Onigumo como buen juerguista y asiduo a las tabernas.

Era un cobarde, borracho e inepto. El rey Inuyasha estaba loco o no conocía a ese imbécil.

—He sugerido al rey que no tomara aquella recomendación, pero aparentemente la dama Kikyo fue quien instigó el nombramiento —adujo Hiten, decepcionado. Había muchos hombres honorables y valerosos que podrían servir como espadas juramentadas de los príncipes y de la reina.

Al final se había optado por un advenedizo.

—¿La zorra del rey?

Hiten no protestó los calificativos tan denigrantes de Bankotsu, pero se sentía desilusionado con la última decisión de su rey.

Esperaba que las acciones de Onigumo hablaran por si solas y determinaran su aptitud para tan importante puesto.

Ambos hermanos se despidieron en la puerta del Castillo. Hiten debía volver a sus labores y Bankotsu repuso que debía ir a cumplir con unas diligencias antes de tomar algún próximo viaje.

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El palacio de los Delfines había sido reformado totalmente.

Incluso se había instalado una especie de trono donde se sentaría el príncipe heredero Narvel y otra más pequeña para Valiant, donde se sentarían ambos cuando estuvieran más crecidos y pudieran recibir dignatarios.

El sillón de la reina había sido puesto junto al del príncipe heredero.

Inuyasha tenía una gran visión de ellos. Narvel sería un día el gran líder del poderoso ejército del Norte y Valiant comandaría las defensas de la ciudad como un gran duque.

Tenía que ser así, ambos niños eran el futuro de la casa Taisho.

Pensaba esto mientras entraba con su comitiva al renovado palacio. Los sirvientes y guardias, liderados por Onigumo se arrodillaron ante el rey.

—¿Dónde está mi familia?

—Su Majestad, la reina y los príncipes se han retirado a descansar a los aposentos. Si queréis mandaremos a las damas que vayan por la reina —informó Onigumo

Inuyasha se quitó los guantes y se los pasó a uno de los criados.

—No es necesario que informéis que estoy aquí. Hablaré con ellos en privado. No deseo que nadie me anuncie ¿quedó claro? —ordenó el rey

—Se hará como diga, su Majestad —respondieron al unísono los hombres y las damas presentes.

Hecho eso, Inuyasha se adentró en los escalones que conducían a los aposentos.

Sus relaciones con su mujer estaban indiscutiblemente rotas y el rey notaba que cada vez que ella lo veía llegar, se le paraba la sonrisa en el rostro y se volvía una mujer taciturna y triste.

En la Corte el rumor más fuerte es que el rey la había abandonado completamente por la favorita. Lo cual era cierto, pero todo parte de la actuación del rey, decidido a no dejarse manipular por enamorarse de su esposa.

No quería ser otra versión de su padre. Aunque pareciera que Kikyo era capaz de controlarlo, lo cierto es que Inuyasha no era dominado por ella. Le cumplía los caprichos porque le parecía divertido, pero sentía que sus sentimientos hacia ella no eran los mismos de años atrás.

Y era en esa ecuación donde entraba su anulada esposa. Esa mujer le resultaba fascinante, que lo ponía cautivo de un tipo de sentimiento desconocido para él.

El único modo que tenia de huir de él, era con antipatía, frialdad y distancia física, con una buena dosis de humillación.

Por eso le gustaba venir en estos horarios de la siesta, porque sabía que ella descansaba o leía en la habitación. Inuyasha la observaba desde la distancia, y sólo en esos momentos podía percibir y disfrutar sonrisas genuinas suyas.

Sonrisas que portaba porque él no estaba cerca. O al menos eso creía ella.

Esperaba encontrarla dormida, pero cuando escuchó su voz desde la habitación, supo que estaba leyendo.

Evidentemente los niños eran muy pequeños para entender, pero, aun así, su madre les narraba historias con el deseo ferviente de que crecieran para que las comprendieran.

—Brunilda es la gran Valkyria, escanciadora de los Dioses en el Valhalla. Ella conduce las almas de los Guerreros muertos en Batalla para conducirlos en la Eterna Morada, donde algún día servirán junto a Odín, durante el Ragnarok —narraba Kagome con su voz melodiosa.

Conocía muy bien la leyenda de Brunilda, la valquiria escudera que paseaba por esta tierra con su legendario Caballo con Alas, llamado Granne. Su padre se lo había narrado tantas veces, que Kagome lo conocía de memoria.

La joven reina paró un momento su relato ante el nostálgico recuerdo de su padre.

—Dicen que Granne aun suele bajar cada tanto, buscando a alguien que sea digno de ser su jinete. Como un enviado de Brunilda, la gran doncella valquiria que espera en el Valhalla.

En eso, Inuyasha hizo un traspiés y Kagome miró hacia la puerta.

—¿Quién es?

Como nadie respondía, la joven reina intuyó que no era nadie. No podía imaginar que solo a unos pasos estuviera su marido, el rey, quien oía fascinado aquel relato.

Inuyasha, como todos, conocía aquella leyenda, pero escuchada desde la voz de aquella que él mismo se había autoprohibiddo, sonaba como música.

Meneó la cabeza, tenía que encontrar algún método para poder sustraerse del deseo de verla a hurtadillas.

Decidió marcharse de cacería al Bosque con sus hombres.

Un poco de ejercicio le haría olvidar esta sensación profunda de vacío.

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Bankotsu no era un jugador vicioso, pero le gustaba apostar en juegos de mesa, era bastante hábil y casi siempre ganaba, a la par que bebía como cosaco.

Pero ese día no había ordenado hidromiel, para extrañeza de los posaderos y sus compañeros de juego.

Luego en el fragor del juego, lo olvidaron, pero Bankotsu decidió mantenerse lucido, porque deseaba poder encontrarse con alguien.

Una muchacha de voluminosos pechos vino a sentarse en su regazo y Bankotsu le cogió de la cintura.

En eso, la puerta del establecimiento de abrió y tres hombres vestidos muy elegantes con las libreas doradas del palacio entraron.

No era difícil de reconocer al líder como a Onigumo, quien parecía orgulloso de presumir sus ropajes con capas doradas que lo identificaban como importante miembro de la guardia real, y que tenía bordado los estandartes de los Delfines, de la casa de los príncipes.

El otrora amilanado hombrecillo ahora pretendía detentar una autoridad sin precedentes en una rata de alcantarilla como él.

Es por eso que Bankotsu quería verlo. Aún estaba asqueado de su nombramiento, en detrimento de otros caballeros tan importantes y leales. No entendía porque aquel asunto le tenía malhumorado.

Hace mucho tiempo que no volvió a cruzarse con la reina, desde casi el tiempo que fuere confinada para tener al primer niño. Por algún motivo el bastardo de su esposo decidió ocultarla de los ojos de todos.

Onigumo ordenó que trajeran comida y bastante hidromiel. Como la camarera no era rápida, el hombre golpeó las mesas.

La pobre muchacha que vino a servirle se asustó con su brusquedad y en un movimiento derramó accidentalmente parte del hidromiel por las botas de Onigumo.

El hombre se puso furioso y le dio una bofetada a la joven.

—¡Estúpida, ahora verás! —sacando la espada para, probablemente asesinar a la pobre moza.

Ni siquiera pudo tomarla, porque Bankotsu le puso una cuchilla en el cuello.

—Muy valiente lo tuyo, sacar la espada con la que proteges a la familia real norteña para castigar a una chiquilla ¿Qué no te da vergüenza?

Onigumo quiso zafarse, pero la fuerza del mercenario lo sobrepasaba.

—Solo porque eres el hermano de un alto oficial no irás a librarte del castigo por atacar a un miembro de la guardia de alto rango —desafió Onigumo, aunque en el fondo estaba aterrado con la fuerza y la mirada de Bankotsu.

Lo conocía de vista desde hace años, desde que visitaba a Hiten, la justicia del Rey y por supuesto, su terrible fama de caza recompensas que lo precedía desde lejos.

—¡Pues que me prendan!, a ver si pueden conmigo. Como sea, eso será después de cortarte el cuello. Tan cobarde que ibas a matar a una chiquilla por una tontería.

La joven en el suelo, se levantó y se escondió en la cocina. Los demás huéspedes y clientes se quedaron quietos, incluidos los acompañantes de Onigumo, aterrorizados ante la fuerza de Bankotsu.

Finalmente, Bankotsu lo soltó, pero sin despegar la mirada de completo desprecio, que no podía disimular.

Onigumo quedó jadeante, sosteniéndose el cuello, mientras el mercenario guardaba su cuchillo y cogía su enorme alabarda para marcharse.

—Espero esto te sirva de lección, que solo te metas con gente de tu tamaño. Y recuerda, si oigo que causas daño a alguien de aquí, te haré pedazos. Así que mejor deja a esta gente en paz, ¡largo!

Onigumo retrocedió unos pasos, preso de pavor, haciendo que los demás que lo acompañaran lo siguieran.

Ya cuando estuvo seguro desde la puerta, cobró ánimo para gritar a Bankotsu.

—Juro que me las pagaras un día, Bankotsu

Pero el mercenario sonrió de forma sardónica.

—Pues aquí te espero, pedazo de imbécil.

Onigumo y su compañía desaparecieron enseguida.

La mayoría de los clientes se largaron en aplaudir a Bankotsu. Siempre era placentero cuando alguien ponía en su lugar a alguien como Onigumo, un cobarde que inexplicablemente había ascendido meteóricamente.

La muchacha que había sido golpeada por Onigumo se materializó desde las cocinas, trayendo una enorme jarra de hidromiel. Tenía la mejilla roja por el golpe, pero una enorme sonrisa de agradecimiento.

Bankotsu le guiñó un ojo, fiel a su carácter. Por causa de esto, se quedaría más tiempo en aquella taberna, más de lo que ya se había quedado por estar esperando a Onigumo.

No estaba seguro del motivo que lo llamaba a hacer eso. Onigumo nunca le habia importado.

Así que no comprendía del todo las razones suyas para atacar a una basura como ésa.

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Kikyo siempre había sido rencorosa.

Habían transcurrido varios días desde que tuviera aquella gran discusión con su amante Inuyasha. Si bien, él accedió a nombrar caballero de la reina y de los príncipes a su recomendado Onigumo, la charla había acabado muy mal, porque el rey la tildó de lo que más odiaba: que le recordaran que era una bastarda.

Aquella noche, como desde la discusión había rehusado a esperar al rey en sus aposentos y él tampoco había venido.

Kikyo estaba dolida aún.

Habia venido al enorme salón del trono del Norte, que estaba vacío y con las velas apagadas ya por las horas.

Estaba parada en el medio, observando el enorme trono, y por, sobre todo, el sillón adjunto de la reina consorte, que ella hubiera podido ocupar de no ser por aquel error en su nacimiento.

Que la trataran con el mote de una bastarda, solo porque su madre no hubiera sido la esposa legitima del señor del Bosque Negro.

Kikyo frunció la boca.

Por su cuerpo, corría también la Antigua Sangre. La mujer se limpió una lagrima que se coló de forma furtiva y se acercó al trono, y empezó a acariciarlo.

Y pensar que ella hubiera podido darle hijos a Inuyasha, ser su reina y gobernar juntos el Norte.

Ella era perfectamente capaz. Por herencia de sangre, ella también podía coger una de las espadas que estaban enclavadas tras el trono del monarca.

¡Demonios! Ella también era una descendiente de la Antigua Sangre, así que intentó extraer una de las espadas, como había visto que Inuyasha hizo el día de su coronación, y así como una vez, vio que Kagome lo movió por accidente.

Quiso extraer y pujó, pero la espada no se movió un milímetro. Seguía remachada como si fuera parte de la piedra del trono.

Esto no tenía sentido, así que lo intentó con ambas manos. Ella debería poder moverlas.

Pero nada ocurrió. No se corrió ningún milímetro.

Cuando iba a intentar sacarlo de nuevo, la voz de su madre Varra la detuvo.

—La espada nunca se moverá.

Kikyo giró a mirarla estupefacta.

Varra estaba parada, con el rostro sereno y sus manos juntas.

La joven caminó hacia su madre con el semblante atónito.

Pero Varra no se inmutó.

—Hija mía, aun así, esto no impedirá que se cumpla lo que un día me dijo el oráculo.

Kikyo la miró sin entender.

—¿Qué cosa?

—Que un día seríais reina. Y juro por mi vida, que así será.

CONTINUARÁ.


MUCHAS GRACIAS POR SUS COMENTARIOS, VOTOS Y FOLLOWS

SE LOS AGRADEZCO.

BUENO, AQUI SE HA DEVELADO UN SECRETITO DEL ORIGEN DEL KIKYO

Desde el capitulo que viene ya empezaran a haber más movidas y daremos un salto de 3 años en el fic, asi que esten preparados XD

UN BESO INFINITO A FRAN GARRIDO, YUMAIKA, AR TENDO JOH CHAN, ASAMI SATO, CECITXP Y GUEST

LOS QUIERO MUCHO, procuraré que el sigte capi esté cuanto antes

Paola.