INUYASHA NO ME PERTENECE, PERO LA TRAMA SI
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LA REINA DEL NORTE
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CAPITULO 10
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Tres años después.
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A duras penas, consiguió subirse al caballo para huir.
Habia recibido dos flechazos en el brazo izquierdo, pero el joven soldado tenía claro que lo ataba el juramento de morir por su tierra y su rey.
Miroku era un joven vigía norteño que solía patrullar de forma incógnita los caminos del Este, que eran uno de los puntos de entrada que comunicaban al Este con el rio Decressis, una desembocadura del Mar Abierto. Un sitio lleno de enormes peñascos y acantilados peligrosos. De algún modo, estas peligrosas deformaciones naturales eran una línea de defensa para el Este, porque era sumamente difícil sortearlas.
Los temibles barbaros de la Planicie que vivían al otro lado del Mar se lo pensarían dos veces para cruzarla.
Aun así, vigías norteños solían apostarse allí sin necesidad de permisos del Concilio de Gobierno del Este.
Esa mañana, mientras los tres vigías bromeaban, fueron emboscados por un grupo de barbaros inusualmente equipados con armaduras, espadas y flechas de alto calibre.
Los dos compañeros de Miroku murieron en el ataque, pero el joven alcanzó escapar, pero muy malherido.
Pero, aun así, su deber lo llamaba a salir con vida y alertar a quien pudiera. Su objetivo era poder alcanzar algún puesto de control de guardias esteñas, para enviar un mensaje a la Justicia del Rey del Norte.
Debían saber y enterarse que barbaros de la planicie estaban alcanzando cruzar el Mar Abierto, y que no lo estaban haciendo en embarcaciones básicas, sino con enormes barcos, porque eso fue lo que Miroku vio en las costas.
Un enorme barco con el símbolo de los cuernos, propio de los Barbaros de la Planicie.
Y los que alcanzó a ver no eran los mismos rufianes vestidos con pieles, sino con armaduras potentes y gruesas, propias de la región Oriental.
La región Oriental del mundo eran el Oeste, Sur, Norte y Este. Fuera de allí, solo existían las Planicies del Occidente, un mundo bárbaro, rudimentario y salvaje. No podían existir ese tipo de armamentos o barcos.
Miroku alcanzó llegar hasta un puesto de guardia del Este, donde logró decir unas palabras.
—Alertad a vuestros señores y al Norte de que los barbaros ya vienen ¡ya vienen!
Dicho eso, el joven Miroku se desvaneció frente a los jóvenes guardias del puesto.
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El palacio de los Delfines tenía un ambiente festivo. El príncipe heredero cumplía 4 años en la fecha y su mismo padre ordenó que se hiciera una cena de estado.
La organización corrió a cuestas de la reina consorte, madre del cumpleañero.
En la Corte muchos estaban ansiosos del festejo, porque sería la primera vez en mucho tiempo que la reina consorte se dejaría ver en una cena oficial, luego de haber sido confinada en el Palacio de sus hijos de forma definitiva.
Tal vez para todos, ver a la joven reina era algo noticioso, pero para la interesada daba lo mismo.
Era más feliz viviendo enclaustrada, lejos de los tejemanejes e intrigas de la Corte lideradas por su suegra y de Kikyo.
El tiempo había mitigado el desconsuelo de saberse una esposa abandonada y una reina humillada por su esposo. Hoy ya le daba igual. Agradecía que su marido nunca más acudiera a ella a exigir sus derechos maritales.
Ya tenía a las dos únicas personas que le importaban en el mundo: sus pequeños Narvel de cuatro años y Valiant de tres.
Por ellos, era capaz de seguir navegando en medio de la turbulencia.
El rey Inuyasha solía visitar el Palacio de los Delfines, pero sólo veía a los príncipes. Alguna vez cenaba allí, pero más que conversación, lo que oía eran ordenes de él.
A la joven reina consorte le daba lo mismo. Ya había superado esos sueños juveniles que tuvo al venir al Norte para casarse con su rey.
La distancia física que la mantenía en el Palacio de los Delfines le permitió estar alejada de Kikyo, al menos, que venía muy poco al castillo de los príncipes, de no ser acompañando al rey.
También sufría poco de las visitas de su suegra. Kagome reía al pensar en la competición que tendrían esas dos en la actualidad. Con Kagome fuera del certamen, ambas mujeres tenían todo el espacio para tramar una contra la otra, pero la reina madre tendría las de perder siempre.
El rey Inuyasha no había mermado el favoritismo hacia su amante en estos años.
Además de sus hijos, el otro entretenimiento de Kagome eran las cartas con su hermano Sota, ahora devenido en el señor del Bosque Negro.
Inuyasha no la dejaba viajar, pero Sota había venido a visitarla dos veces en esos años, lo cual estaba bastante bien, porque tampoco podía dejar acéfalo su reino, ya que no tenía esposa ni hijos.
Kagome no lo decía en voz alta, pero no era tonta con respecto a los insanos sentimientos que su hermanito le tenía a Kikyo.
Demonios, que tenía esa mujer que era tan irresistible a los hombres
—Algo que evidentemente yo no tengo —murmuró en voz baja la reina consorte.
En eso, vinieron dos de sus damas.
—Su Alteza, el carruaje del rey se acerca.
—No lo esperaba tan temprano. Los niños ni siquiera están listos —refunfuñó —. Poneos en posición para recibir a la calesa de Su Majestad —ordenó Kagome.
Ella iría que prepararan su vestido. Era el único esfuerzo que haría ante su marido. No pensaba mentir ninguna sonrisa irreal. Inuyasha no se merecía ninguno.
Además, era seguro que Kikyo venía con él. O peor, seguro también la madre de ésta venía con ellos. Esa mujer tenía más aires que la propia Margaret.
Cuando Kagome salió de las habitaciones, Inuyasha y su comitiva iban entrando, Kagome hizo una reverencia.
—Su Majestad
—Su Alteza —saludó el rey, con un gesto con la cabeza —. ¿Dónde están mis hijos?
—Los príncipes duermen la siesta, su majestad
—Ni que fueran chiquillos del Oeste, remilgados y dormilones ¡traedlos con nosotros! —ordenó Inuyasha
Kagome había aguantado mucho en esos años, pero lo que más poco toleraba ya eran los mecanismos de crianza de su marido para con lo único preciado que ella tenía en esa tierra: sus hijos.
Decidió que podía pelear un poco.
—Pienso que aún podrían seguir con la siesta, su majestad.
Inuyasha, quien estaba sentado, giró a mirarla.
—Parece que hoy tiene mucho que opinar, madame.
Kagome se sentó también.
—Siempre tengo que opinar cuando se trata de mis hijos, su majestad.
Inuyasha la estudió por unos momentos. Podía decirle unas cuantas palabras más, pero se abstuvo y se dedicó a observar los enormes ojos de su esposa.
Aquella esposa que él mismo desdeñó. Inuyasha se sentía tan culpable, que le permitía estas pequeñas rebeldías como forma de opacar su consciencia. La había tratado muy mal y Kagome nunca olvidaría eso.
La tensa reunión entre los monarcas se cortó cuando el heraldo vino con la Justicia del Rey, que había venido de forma urgente a traer noticias.
Si no podían esperar que el rey regresare al castillo principal, es que debía de ser bastante grave.
Hiten entró, arrodillándose frente a los monarcas.
—Mi saludo a sus Majestades.
—Levanta y explica, que debes tener una buena excusa para venir a interrumpir una agradable reunión familiar —aseveró el rey, lo último con tono sarcástico y mirando a su mujer.
—Os pido perdón por la osadía, pero traigo graves noticias.
—Pues habla, hombre —autorizó el rey, impaciente.
Hiten miró hacia la reina, como si pidiera permiso de hablar frente a ella.
Inuyasha se percató del gesto.
—Podéis hablar con total libertad. No se lastimarán los finos oídos de la reina.
Hiten lucia grave y muy serio.
—Hemos recibido noticias de que emboscaron a unos espías nuestros en el Camino del Este, en los peñascos del rio Decressis. Solo sobrevivió unos de los vigías, que permanece grave en una tienda del Este. Pero mandó la información de que la emboscada fue hecha por barbaros, pero que no eran simples rudimentarios, venían armados y tenían un barco. Asolaron un pueblo cercano y dejaron el mensaje de que vendrían más.
Inuyasha se levantó intempestivamente. Esto debía ser una broma macabra.
Era cierto que siempre tenían problemas con barbaros, pero jamás tomaban con sorpresa a nadie y peor, eso de que iban armados y portaban un barco.
El camino del Este, una vez cruzado, y teniendo en cuenta la desorganización del ejercito esteño manejado por aquel concilio del gobierno de tontos no eran de fiar. Franqueado el camino, les sería fácil cruzar al Norte. Inuyasha no quería barbaros en sus tierras, no podía permitirlos. De solo imaginar los desmanes que esos peligrosos forajidos podían hacer, le hervía la sangre.
—Reunid al consejo de Guerra de inmediato. Nos reuniremos en el Castillo en media hora.
Kagome, quien estaba casi boquiabierta escuchando, también recibió instrucciones.
—La celebración se suspende. Vos y los príncipes quedaos aquí, hasta recibir mi decisión, luego de la reunión del Consejo.
—Se hará como usted diga, su Majestad —aceptó Kagome, quien también estaba asustada por lo que había oído.
El rey se marchó raudamente seguido de Hiten, quien antes de salir, hizo una reverencia a la reina.
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—Tus hierbas no me sirvieron. He vuelto a sangrar —reclamó Kikyo, arrojando el té que su madre le había traído —. Ustedes, largo de aquí —ordenó la amante del rey a sus dos doncellas.
Kikyo se había levantado esa mañana y se encontró con la sorpresa de que había sangrado.
Estaba furiosa porque llevaba meses de tratamiento con hierbas y pócimas especiales que Varra le estuvo suministrando para lograr quedar en estado.
Varra se acercó a su hija e intentó masajearle el cuello, y poder hablarle en susurros que nadie más le oyera.
—No pierdas el control, hija. Sabes que mis hierbas funcionaran en algún momento.
—Me prometiste que podría intentar tener un hijo de Inuyasha ¿Por qué diantres no funciona?
La rabia volvió a ganarle y arrojó todas las cosas que estaban el tocador en el suelo, pero Varra intentó calmarla.
—No pierdas los estribos, no cuando estamos tan cerca de lo que hemos trabajado estos años. ¿Recuerdas el juramento que te hice, verdad?
—Que sería reina un día…
—El oráculo me lo dijo una vez. Sólo que teníamos hacer lo necesario para que se cumpla. Una vez que seas reina, no importa el resto —repuso Varra
—Pero debo tener hijos. Si voy a ser la reina de Inuyasha, quiero darle mis propios herederos. No quiero que los hijos de esa mosquita muerta hereden el reino que será mío y de su padre.
Varra acarició el rostro de su hija.
—Solo mantén la calma. No hagas ni digas nada. Estamos en la fase crucial de nuestro plan ¿recuerdas?
Kikyo pareció ganar algo de cordura con aquel recordatorio. No podía perder los estribos justo cuando el objetivo de su vida estaba al alcance de su mano.
Si todo salía como cuidadosamente planearon ella y su madre, cuando todo terminara, la mujer que se sentaría junto a Inuyasha seria ella.
Kagome seria historia.
La joven sonrió ante el prospecto prometido. Su madre tenía razón, cuando fuera reina, tendrían todo el tiempo del mundo para seguir intentando tener hijos.
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Inuyasha miraba los mapas desplegados en la mesa del Consejo de Guerra que fue convocada de forma urgente.
Estaban todos presentes, los tres generales del ejército del Norte, los dos ministros del rey, el comandante del Regimiento Dorado y también Hiten, la justicia del Rey.
Un último se había agregado por pedido del rey.
La espada juramentada del palacio de los Delfines: Onigumo.
Hiten prefirió callar, aunque en su fuero interno no estaba de acuerdo con la presencia de ese pelele, que según su óptica sería el primero en huir en caso de guerra.
—Su Majestad, los informes actualizados hablan de quince barcos. Los vigías y exploradores intentan dilucidar el número de barbaros, pero las brumas han impedido el conteo —informó un general
—Miroku, el joven vigía que mandó la primera alerta, aún sigue inconsciente, recuperándose en una de las cabañas de seguridad que tenemos en ese país —repuso Hiten, quien estaba preocupado por el joven soldado, porque era uno de los hombres bajo su mando.
—Estos bastardos escogieron atracar allí, porque saben que las brumas que rodean los Peñascos impiden una buena visibilidad —agregó otro
Inuyasha golpeó la mesa.
—No permitiré que estos salvajes entren en mi ciudad. El único modo que tenemos es detener su avance en el Camino del Este. No dejarles margen —habló Inuyasha
—Solo deber ordenar, su Majestad —replicó un general
Inuyasha se levantó del sillón.
—Llamad a los hombres. Reunid al Ejercito del Norte, y preparad los suministros para marchar al Este.
Los generales hicieron una reverencia y salieron. Tenían mucho trabajo por delante para reunir a los caballeros del Ejercito.
—Convocad también al Regimiento Dorado —ordenó Inuyasha a Hiten —. Yo marcharé con ellos junto con el grueso del ejército.
Hiten no esperaba que el rey quisiera ponerse el frente de la campaña.
—Su Majestad, vuestros generales son perfectamente capaces de manejar esto.
Pero Inuyasha meneó la cabeza.
—El Regimiento Dorada es mi compañía. Yo debo estar a la cabeza y no se diga más —zanjó Inuyasha y luego mirando a Onigumo, agregó —. Reportaos ante la reina primero y avisad que tendremos una reunión en el Palacio de los Delfines.
Onigumo, quien tenía orden de indagar para Kikyo, cuando el rey hablaba de la reina, decidió preguntar un poco más.
—¿Algo más que deba decir a su Alteza, la reina?
—Comunicaré mi decisión estando allá —acabó Inuyasha.
Onigumo no tuvo más remedio que salir pronto a cumplir con su cometido.
Solo quedaron el rey y Hiten.
El joven monarca se acercó a uno de los ventanales, dándole la espalda a Hiten.
Parecía preocupado.
—Si los barbaros están armados, quiere decir que están recibiendo apoyo
—¿Su Majestad tiene ya una sospecha?
—Ninguna, y por eso es que nos replegaremos a los Caminos del Este, debo cortar esto de inmediato. Tú te quedaras aquí, bajo las órdenes del Regente en mi ausencia.
Hiten frunció el ceño.
—¿Regente? Su Majestad ¿dejareis un regente en vuestra ausencia?
Inuyasha asintió con la cabeza.
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Kagome, quien fue informada por Onigumo que estuviera lista para recibir al rey, estaba ansiosa recorriendo los salones. No era tonta y desde los ventanales podía ver el despliegue de las tropas.
El castillo principal, seguramente hervía de trabajo en estos momentos. Si lo que Onigumo le había dicho era cierto, de que las fuerzas del Norte marcharían al Este para replegar a los invasores, el asunto era serio. Sería la primera campaña norteña en mucho tiempo.
Los príncipes, afortunadamente seguían dormidos.
Se preguntaba si su esposo llamaría a Sota, ya que este era su banderizo y estaba obligado a acudir cada vez que lo llamaba el rey del Norte.
Finalmente, el heraldo anunció al rey.
—¡Su majestad, el rey!
Kagome hizo una reverencia al notar la entrada de su esposo, que venía vestido con su armadura y su capa del Regimiento Dorado.
Onigumo y la justicia del Rey, Hiten venían con él.
—Tenéis que saber que marcharé a los Caminos del Este. Es necesario reprimir esa invasión de los barbaros antes de que se nos pase de las manos. El ejercito del Norte y el Regimiento Dorado marcharan a esta campaña. Yo lideraré la misma.
Kagome abrió mucho sus ojos de la sorpresa.
Eso no se lo esperaba.
—Pero, Majestad, no podéis dejar vuestro reino acéfalo. Os necesitamos aquí.
Inuyasha se acercó un poco más a Kagome.
—No quedará acéfalo. Os nombro regente en mi ausencia. Y por estas atribuciones, tenéis el derecho de salir del Palacio de los Delfines e ir al Castillo Principal a cumplir con vuestro cometido, cada vez que la situación lo amerite —aseveró Inuyasha, y al notar la impávida incredulidad de su esposa añadió—. Es natural que vos seáis la regente, sois la madre del heredero que me sucederá algún día. Y además de nuestros propios hijos, en vos corre también la Antigua Sangre.
Kagome no sabía que decir y se arrodilló ante su esposo. Nunca creyó que oiría tales palabras de él.
—Onigumo es la espada juramentada de vos y de mis hijos. Él quedará para protegeros, porque lo ata ese juramento. También quedará Hiten, mi Justicia. Os ayudará en mantener el orden, porque aquí quedará un destacamento de hombres a su mando. Levantaos.
La joven consorte se levantó. Aún estaba estupefacta.
—¿Os marcháis esta noche?
Inuyasha asintió.
—Nuestra principal defensa será la sorpresa. Así que ya sabéis, madame. Mi reino queda en vuestras manos. A mi regreso, hablaremos ¿ha quedado claro?
—Ha quedado claro, su Majestad —repuso Kagome, recibiendo la corona de manos de su marido, que se lo quitó de la cabeza para dárselo.
Al hacer ese gesto, Hiten se apresuró en arrodillarse ante ella en señal de respeto.
Onigumo lo imitó, pero no por convicción, sino para no desentonar.
Cuando el rey finalmente se fue, en el salón quedaron Onigumo, Hiten y una impávida Kagome, la recientemente nombrada regente.
En sus manos quedó la corona del Norte.
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Mientras el ejército marchaba, en medio de la noche y la luz de las antorchas, alguien más observaba con lágrimas aquella ida.
Inuyasha había venido a despedirse de ella un poco antes, luego de venir del Palacio de los Delfines.
Todo hubiera estado bien, pero las cosas se pusieron mal cuando su amante le informó el nombramiento de Kagome.
—Es mi esposa legitima y mi prima por vinculo sanguíneo. Nadie más podría ser regente aquí —le había explicado Inuyasha
—Pero a quien amas es a mí.
Inuyasha no le respondió y se limitó a abrazarla.
—Cuando vuelva de la campaña, hablaremos ¿te parece bien?
Kikyo se dejó abrazar.
Pero en su fuero interno no dejaba de maldecir a Kagome.
Una maldición que no tardaría en caer sobre la maldita esposa de su amado Inuyasha.
CONTINUARA.
GRACIAS HERMANAS POR SEGUIR CONMIGO.
SE QUE PODRIA ABURRIRLES ESTOS EPISODIOS, Y TODAVIA NO HAY BANKAG, pero es que es necesario para mostrar algunas cosas.
De hecho la acción comenzará desde el sigte capitulo, pero aún no habrá Bankag, aún tomará unos episodios más, porque ellos ni se conocen bien aún, salvo aquel encuentro hace casi cuatro años.
Kagome sufrió mucho ese tiempo, pero como dice el fic, el tiempo mitigó su desconsuelo.
En el sigte episodio ocurrirá algun interesante, podrian odiarme o quererme por ello. Veremos como sale.
La idea de seguir actualizando dos veces en la semana sigue en pie, espero poder cumplir.
BESOTES A MIS QUERIDAS KARLA YUMAIKA, FRAN GARRIDO, JOH CHAN Y AR TENDO, LAS QUIERO MUCHO.
Paola.
