INUYASHA NO ME PERTENECE, PERO LA TRAMA SI
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LA REINA DEL NORTE
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CAPITULO 11
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—Es la mejor táctica, Su Majestad. Tomarlos en el Gran Peñasco para rodearlos y matarlos, o de lo contrario estaremos acampados aquí por siempre, esperando alguna emboscada. El factor sorpresa será determinante.
Inuyasha recibió la recomendación algo cansado. Llevaban dos semanas de campaña, dos semanas desde que dejaran el Norte y se adentraran con permiso del Concilio a los caminos del Este, donde establecieron su campamento.
Tuvieron varios encuentros armados pero la confrontación no tenía un desenlace, porque ayudados por la intensa bruma, los barbaros inusualmente armados, huían luego de asestar los golpes.
Habían perdido muchos hombres en el Ejercito del Norte, así que Inuyasha envió vigías y estos trajeron la información que el grueso de las fuerzas bárbaras estaban apostadas en el Gran peñasco, aquel gran arrecife, tan alto, que podía ser impenetrable.
Además de las fuerzas norteñas, se les unió parte del ejercito del Este, pero este particular grupo no era de mucha ayuda, por la desorganización.
Ningún miembro del Concilio su Gobierno los lideraba. No tenían suficiente preparación, aunque Inuyasha reconocía que los jóvenes soldados esteños eran valientes.
Siempre creyó que el Este merecía algo más que el mediocre gobierno que tenían. Era un país con mucha potencia de crecimiento, atascado por causa de la mala administración.
No había ciudades destacables, solo pueblos atascados en sistemas de vida atrasados, las construcciones y las mejoras viales eran escasas. Además, el clima del Este era siempre lluvioso y frio. Lo hermoso eran los paisajes, tenían los Bosques más nutridos y tupidos del Oriente, justamente gracias al poco avance.
A diferencia de los otros reinos orientales, el Este era el más pobre.
Inuyasha ideaba mentalmente, que una vez sorteado este problema con los barbaros, debería pensar en anexar esta hermosa tierra al Norte.
Tenían un gobierno inepto, así que eso no le venía mal a sus planes expansionistas. Inuyasha sonrió ante la posibilidad.
—¿Su Majestad? —preguntó uno de los generales.
Eso lo hizo volver a la realidad.
—Preparad la subida, usaremos la ventaja de la noche para subir al risco. Haremos una barricada allí para deshacernos de estos barbaros. Irán todos, salvo yo y el Regimiento Dorado que nos quedaremos acampados aquí en espera de noticias ¿entendéis?
Los tres generales hicieron una reverencia.
—Su Majestad ha hablado, preparemos la salida esta misma noche —asintió uno de ellos y salieron los tres.
Inuyasha se quedó en la tienda junto a dos escuderos y al comandante del Regimiento Dorado.
Esta especial guarnición era la tropa que Inuyasha fundó desde que era príncipe heredero. Un grupo de cien de los mejores soldados del Norte, los más valientes, aguerridos y preparados. Y por ello, permanecían bajo el mando directo del rey.
Ellos permanecerían con su Majestad en los campamentos, mientras el grueso de los Ejércitos marchaba a tender la celada a estos barbaros.
Un asunto muy particular que le había ocurrido a las fuerzas norteñas en estas dos semanas es que mientras marchaban a los caminos del Este, se les apareció por el camino el joven soldado que había sido herido en aquel ataque: Miroku, el vigía de Hiten, quien casi recuperado de sus heridas y al saber de qué propio rey norteño marchaba por el Este, decidió unírsele.
Inuyasha le tuvo inmediata estima, como siempre que se trataren de hombres valientes. Lo nombró escudero suyo así que uno de sus acompañantes en la tienda era el joven Miroku.
Quizá en algún momento, si seguía mostrando su valía, sería un gran miembro del Regimiento Dorado.
—Miroku, ven aquí —ordenó el rey
—Su Majestad —se arrodilló el joven Miroku.
—Llevareis una carta a la reina regente. Deseo que se tome por enterada de los hechos ocurridos aquí, y con esto sabrá que pronto volveremos al Norte, con la victoria a cuestas.
Miroku, quien hubiera preferido quedarse con su señor, no tuvo más remedio que obedecer.
Pero entendía que probablemente el monarca lo enviaba porque sabía que su herida no estaba completamente curada.
Marcharía en la madrugada, así que fue a prepararse.
—Los demás, marchaos. Deseo estar solo, para escribir —fue su orden final.
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—Una vez terminadas estas firmas, ordenad que preparen mi carruaje. Deseo que me lleven al Palacio de los Delfines —pidió una cansada Kagome, luego de terminar de sellar algunos papiros.
Los días de regencia eran complicados y la reina consorte procuraba no cruzarse mucho con Kikyo, así que apenas terminaba sus deberes, se marchaba al castillo de sus hijos.
Su gran alivio era la Justicia del Rey, Hiten, un avezado caballero leal que la ayudaba en todo. Percibía que podía tener un aliado confiable en él, ya que llevaba años conociéndolo. No se sentía en suficiente confianza con su propia espada juramentada Onigumo.
Advertía que más que protegerla, la vigilaba.
Ese día le tocaba firmar algunos edictos, la mayoría reglamentaciones en base a instrucciones del rey y que tenían que ver con distribución de granos, impuestos y permisos. Kagome, en teoría era la reina regente, pero solo se limitaba a refrendar ordenes dejadas por su esposo.
—Como usted desee, Alteza —repuso Hiten, saliendo del despacho.
Al hacerlo se cruzó con Kikyo, quien también entraba.
Kagome la miró con aburrimiento.
—El rey no ha enviado carta, si es lo que vienes a buscar —advirtió la consorte
Kikyo sonrió.
—Eres ilusa, ¿verdad?, el rey me escribiría directamente a mí, no a la mandadera.
Kagome se acomodó el vestido y se levantó.
—Si no tenéis nada para decirme, me marcho. No tengo ánimos de cruzar palabras contigo.
Kikyo se le acercó y le cogió un brazo.
—Cuando Inuyasha vuelva, él ya será completamente mío. Me aseguraré que te despoje.
Kagome entornó lo ojos.
En los últimos años, lo que ocurriera con su marido ya había dejado de importarle. Por lo otro, vivió mucho tiempo enclaustrada con sus hijos, así que no sería novedoso para ella.
Igual, desgraciadamente para ella, a diferencia de países más progresistas como el Oeste, en el Norte no existía la figura del divorcio.
Si algo así existiera, ya lo hubiera utilizado.
—Pues te deseo suerte, querida —replicó Kagome, antes de marcharse ella también.
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Varra enrolló el pergamino que acababa de leer y luego lo arrojó al fuego.
Onigumo, quien seguía arrodillado junto a la mujer que estaba sentada al fuego, como si esperara ordenes de la madre de la amante del rey, aguardaba paciente.
—Entonces ya está todo listo —convino la mujer
—Mi señora, ya todo fue preparado. Vuestro amigo, además de mandar estas cartas, fue explícito al solicitar que el plan sea hecho tal como se acordó.
Varra suspiró y miró a Onigumo.
—Sé que estáis en esto, por lo que sentís por mi hija —Onigumo empezó a incomodarse al verse descubierto, pero Varra lo tranquilizó —. Descuida, no me importa eso, lo que si me interesa es saber si mantendréis la boca cerrada sobre el último detalle. Kikyo nunca debe enterarse de esa parte, lo arrogaremos a un accidente. Mi hija no piensa con claridad, cuando se trata de eso.
—Estoy a vuestro servicio, señora. Mis sentimientos no hablaran por mí. Mantendré discreción sobre ese asunto —aseguró Onigumo
Varra sonrió.
Le hizo una seña con la mano.
—Ahora retiraos, imagino que debéis hacer vuestras rondas junto a la reina regente.
El guardia hizo un gesto respetuoso con la cabeza y salió.
Margaret, quien justo venía con sus damas, lo vio salir de los aposentos de la madre de la favorita del rey.
Como la puerta estaba abierta, Margaret entró acompañada de sus dos mujeres, sin ningún tipo de recato o respeto.
No creía deberle nada a la madre de una bastarda.
Decidió que podía ser insidiosa. Aunque la reina madre reconocía que Varra tenía un aire lóbrego que le disipaba las ganas de molestarla.
—¿Tan cómoda os sentís que os permitís echaros un amante?
Varra se levantó e hizo una falsa reverencia ante la reina viuda.
—Su Alteza ¿en que puedo serviros?
Varra procuraba no verla a los ojos, para que no trasluciera todo el desprecio que sentía por aquella mujer que siempre había tratado con displicencia a Kikyo, y además que no deseaba que, por causa de alguna escaramuza, se vinieran abajo los planes que estaban en marcha.
—Vos no podéis servirme en nada, madame. Salvo que vos y vuestra horrible hija se marchen de aquí. El rey no está para protegerla, y la regente no tiene interés en vosotras ¿Quién creéis que gobierna en realidad?
—No me atrevo a formular suposiciones, su Alteza —repuso Varra, haciendo alarde de toda su sangre fría.
Margaret la observó con completo menosprecio, como esperando la menor señal de rebeldía en Varra para tener una excusa y hacerla azotar, pero aquella maldita había sido muy lista escapando de su ira.
La reina viuda no tuvo más remedio que marcharse presurosa y furiosa.
Varra no se levantó del lugar hasta que Margaret hubo desaparecido por completo de aquella ala.
Lo mejor sería cerrar la puerta y esperar noticias de la confabulación que había tramado con su hija y sus nuevos amigos.
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Casi dos días después, el joven Miroku quien fuera enviado por el rey como mensajero a la reina regente finalmente llegó al Norte.
Trajo las noticias y luego Hiten lo mandó a descansar, porque sus heridas se reabrieron.
—Eres un hombre muy valiente, Miroku —le había dicho la Justicia del Rey
Luego comunicó las novedades a la regente, quien recibió la misma con estoicismo.
—No entiendo nada de batallas, lord Hiten, pero ¿Qué opinión os da esto?
—Su Majestad, no me atrevería a calificar una decisión de mi rey.
Kagome hizo una mueca. Hiten era demasiado leal como para cuestionar. De todo esto, lo único que entendió es que, si la batalla final ya se estaba desarrollando, es que pronto el rey y las tropas regresarían, luego de haber coronado una victoria.
Imaginaba que su esposo estaría muy eufórico de poder estrenar en batalla a su Regimiento Dorado. Como el soldado que trajo el mensaje salió del Este hace dos días, suponía que la misma ya acabó y solo tocaba esperar recibir otro mensaje con la victoria.
Hiten hizo una respetuosa reverencia y salió. Si no había nada más, tenía pensada hacer una visita a Miroku, el soldado herido, y asegurarse que recibiese una buena atención medica. Era evidente que el rey lo envió por eso.
Hiten era capaz de descifrar los auténticos deseos de su señor.
Iba a subir al despacho que le correspondía, cuando un gran alboroto cerca de las puertas del Castillo le llamó la atención.
Fue a mirar por el ventanal y reconoció a su propio hermano Bankotsu, ensangrentado, cabalgando en medio del gentío sorprendido y trayendo a cuestas a un herido.
Por las barbas de Odín ¿Qué rayos era eso?
Por las ropas del sujeto inconsciente, supo que era un soldado norteño.
—¡Guardias, ayudad a esos hombres! —ordenó Hiten desde su sitial.
Arrojó sobre la mesa los guantes que tenía en la mano y se apresuró a ver qué demonios pasaba.
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—La fiebre no ha mermado, mi señor. No tiene muchas chances —anunció el anciano, que fungía como médico de campaña del Castillo.
Estaban examinando al hombre herido que Bankotsu había traído a cuestas.
Habia perdido mucha sangre.
Hiten recibió la noticia con pena, porque le dolía cada vez que caía un soldado de la causa.
Bankotsu, sentado, acababa de cambiarse la ropa y terminaba el relato.
La sangre que lo cubría no era suya, sino del soldado que alcanzó a salvar de un infierno.
La justicia del Rey caminaba en la habitación, de un lado a otro, pensando en las posibilidades.
Bankotsu le había contado algo espeluznante e inesperado.
El mercenario se encontraba de forma casual en el pueblo de Begga, una de esas aldeas que colindaban con las fronteras sureñas. Estaba bebiendo en una de las tabernas, cuando de repente fueron atacados, de modo imprevisto e inesperado.
La guardia de Frontera fue aniquilada y los Barbaros penetraron al pueblo, arrasando con lo que veían. Bankotsu dio pelea, y no tuvo más remedio que huir, llevando consigo a uno de los pocos sobrevivientes.
Además, alguien debía venir a dar aviso de que Hordas de Barbaros de la Planicie habían invadido y arrasado con Begga.
—Entraron por el Sur, hermano. Juro por mi maldita espada que esos salvajes entraron por allí. Yo pude huir, pero están viniendo y a menos de un día de camino, si no es antes —narró Bankotsu serio, aun conmovido luego de haber presenciado tantas muertes de inocentes.
—No tenemos al Ejercito ni al Regimiento Dorado para contenerlos. Solo tenemos una pequeña guarnición —repuso Hiten, horrorizado.
—¿Dónde están?
—El rey marchó con ellos a los Caminos del Este, por una invasión bárbara en esa zona.
A Bankotsu aquellas coincidencias le parecieron extrañas.
Que salvajes invadieran por tantos frentes a la vez. Por el este y por el Sur. Lo último era totalmente discutible, es como si supieran que no había nadie en casa que pudiere defender al Norte.
¿Pero por donde entraron los invasores de Begga?
A Hiten y a Bankotsu lo único que les ocurría es que solo pudieron haber entrado por los Caminos del Sur, como si alguien les hubiera permitido paso por sus tierras.
Hiten decidió no esperar más e hizo llamar a un soldado.
—Preparad caballos frescos. Deben llevar un mensaje urgente al rey, que debe enviar refuerzos. No resistiremos un ataque en la posición actual que tenemos. También llamad a los guardias principales de los castillos, para que estén preparados —ordenó Hiten, notoriamente nervioso
—¿Es que ahora te permiten decidir solo? —increpó Bankotsu
—No, me debo a mi rey. Comunicaré esto a la regente, y estoy seguro que entenderá que he obrado bien, pidiendo estos refuerzos.
Bankotsu enarcó una ceja.
—¿Quién es la regente?
—La reina consorte —replicó Hiten —, Dicho esto, debo llamar a Onigumo y comunicarle las medidas de protección de la familia real.
Hiten salió rápidamente. Si lo que Bankotsu vino a decir era cierto, se les venía la catástrofe encima y debían prepararse.
En la habitación, sólo quedó el mercenario, algo sorprendido de saber de qué aquella joven que casi se parte el cuello montando a caballo una vez, era nada menos que la reina regente del Norte.
Las vueltas de la vida eran sorprendentes. Hace años que no la veía. Lo último que supo es que había tenido dos hijos y que vivía recluida en el Palacio de los Delfines.
Le daba cierta curiosidad verla y no entendía el auténtico motivo.
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Sota estaba cenando sólo en la gran mesa real cuando uno de sus comandantes vino presuroso a traer una nota.
El joven señor del Bosque Negro no se inmutó siquiera un poco, cuando su asesor entró de modo intempestivo.
—Mi señor, ha llegado una carta urgente desde los Caminos del Este, fechada por el rey Inuyasha. Ya he ordenado que le den de beber y comer al mensajero, ya que cabalgado día y noche para traerlo.
Sota siguió comiendo, totalmente apartado de la desesperación de su joven comandante.
Finalmente tomó la carta y lo dejó en la mesa.
—¿Sabes lo que dice?
—No, mi señor. Pero si ha sido enviado con tanta premura por el propio rey, es algo urgente.
—Puedes irte —cortó Sota
—Pero, mi señor —quiso decir el hombre
—Si es importante, os lo haré saber. Soy vuestro señor y el rey del Norte se ha dirigido a mí. Si es algo importante, os mandaré llamar.
Ante tamaña orden de su señor, el comandante de la guardia del Bosque Negro no tuvo más remedio que obedecer y marcharse. Saldría a esperar la resolución de su señor.
Sota volvió a quedar solo.
Sólo por mantener cierto placer, abrió la carta y lo leyó. Él ya sabía lo que contenía.
Era una llamada del Rey del Norte que lo compelía a acudir con su ejército a ayudarlo en el sitio de los Caminos del Este.
Inuyasha y sus fuerzas requerían ayuda.
Sota tomó la carta y lo arrojó al fuego de la chimenea.
Agradecía que su comandante no hubiera leído la misiva o de lo contrario, tendría que haberlo matado también, para que no quedasen pruebas de su traición al llamado a la leva.
Claro que Inuyasha y sus hombres estaban en problemas. Era lo que cuidadosamente se planeó durante todo este tiempo y Sota acordó su traición a cambio de un jugoso premio con los aliados de la conspiración.
Sota sonrió. Al fin alguien pondría en su lugar a ese maldito primo suyo que siempre se burló de él y que mantenía como una reina cautiva a su querida hermana Kagome.
Al fin, tanta arrogancia seria cobrada.
Decidió acabar la cena y luego echarse a dormir. Imaginaba que dentro de no mucho, le vendrían noticias que lo pondrían de muy buen humor.
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Inuyasha tosió sangre, para su horror.
Llevaban varios días de complicaciones. Y ahora venía a sumarse esto.
Primero, el ejercito del Norte que atracó el Gran Peñasco, sufrió una gran emboscada, porque en vez de atrapar a los barbaros, fueron ellos los acorralados, con provisiones escasas y con la poca colaboración de las brumas que los mantenían sitiados en ese lugar.
Muchos murieron en batalla y otros resistían en el viejo castillo de piedra del Gran Peñasco.
Pero lo peor no fue eso, porque cuando Inuyasha recibió la noticia del desastre quiso alistar al Regimiento Dorado para contraatacar y salvar a sus hombres.
Entonces ocurrió lo inesperado. Una horrible enfermedad se dispersó entre el campamento norteño: la letal disentería.
Hombres fuertes y honorables se debatían entre horribles fiebres, dolores abdominales, vómitos con sangre y diarrea. El medico de campaña también cayó enfermo, pero antes de morir, dilucidó al rey que la probable causa de la diseminación masiva de esta enfermedad había sido el agua del arroyo cercano que utilizó el Regimiento Dorado para beber.
Muchos cayeron antes de acabar la noche en medio de un horrible bochorno, por los síntomas bestiales de la enfermedad. Otroras grandes guerreros sucumbían ante el irrefrenable poder de le epidemia.
Inuyasha envió entonces una llamada a su principal vasallo: el señor del Bosque Negro, quien, por juramento, estaba obligado a acudir a auxiliarlo.
Pero esa mañana, en vez de despertar con buenas noticias, lo que apareció fue un vomito de sangre.
Uno de los síntomas de la disentería.
¿Es que Odín pensaba poner a prueba su temple?
El todopoderoso Rey del Norte, dueño del ejército más grande del Oriente, señor de la guerra y los caballos había caído enfermo.
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—Preparad la barricada. Quiero hombres en cada punto y procurad la entrada a todo norteño al refugio. Es nuestro deber protegerlos hasta que llegue el rey con el gran ejercito —ordenó Hiten
Además de eso había bastante alboroto, porque la regente ordenó que se abrieran las puertas para dar cobijo a todos los súbditos que así lo desearen. No podían dejar desamparadas a las personas y a merced de los barbaros.
Hiten, los comandantes del castillo y Onigumo verificaban los mapas y las estrategias.
—Sugiero salvaguardar a la reina y a los príncipes en el Palacio de los Delfines. Si hay un ataque, el primer objetivo será el Castillo principal y no podemos arriesgar a la familia real —sugirió Onigumo
Hiten no le tenía confianza a ese hombre, pero estuvo de acuerdo con su idea.
—No hemos recibido aún respuesta del Rey —adujo otro
—Esa no es excusa para no estar alerta —zanjó Hiten
Bankotsu, quien estaba parado, un poco alejado, pero oyendo la conversación decidió intervenir.
—Atrincheraros aquí hará que esos salvajes os achicharren.
Onigumo levantó la mirada.
—Vos no sois miembro de esta guardia, de hecho, ni siquiera sois norteño ¿que hacéis aquí? No tenéis voto para hablar.
Bankotsu enarcó una ceja. Ese Onigumo siempre le cayó tan mal, pero ahora con ese enarbole de aires de gran caballero le caía aun peor.
—Porque puedo ser de más ayuda que vos, por ejemplo. Sois un inútil.
Bankotsu y Onigumo se hubieran enfrascado en una pelea, pero fueron separados por Hiten.
—No tenéis tiempo para esto. Dejad de lado las tonterías —replicó Hiten —. He dado venía a mi hermano que nos ayude porque estamos escasos de hombres. Además, no olvidéis, que fue él quien trajo el aviso.
Ambos contendientes se alejaron, pero era claro que ambos se odiaban a muerte.
En eso, el piqueteo de unos zapatos, anunciaron la llegada de la reina, seguida de sus dos damas.
No se supone que la reina consorte viniera, así que su aparición causó algo de tumulto.
Apenas Hiten y los demás la vieron, se apresuraron en arrodillarse.
—Mi reina.
Salvo Bankotsu, por supuesto.
—Levantaos —autorizó Kagome, aunque al hacerlo, sus ojos se toparon con las del atrevido sujeto que permaneció parado mientras los demás la saludaban con respeto.
El joven mercenario, se quedó por un momento casi sin aliento. Esa no era la muchacha flacucha que recordaba. Evidentemente la maternidad y la vida matrimonial le habían sentado más que bien.
Lo interesante es que la mujer no le quitaba los ojos de encima.
—¿Qué hace este sujeto aquí? No es miembro de la guardia norteña.
—Su Majestad, ante la escasez de hombres, mi hermano se ha ofrecido a ayudarnos. Usted me conoce y tiene mi palabra de que será de ayuda en estas horas tan difíciles —explicó Hiten y señalando hacia Bankotsu, agregó —. Fue él quien trajo la alerta.
La joven reina finalmente le soltó la mirada al mercenario.
—Quiero asegurar a la mayor parte de la gente. Que entren dentro de los muros del castillo, allí podremos protegerlos mientras llega el rey ¿ya hay noticias?
—No, su Majestad.
Bankotsu tuvo la tentación de ser algo picante. Esa mujer se lo merecía.
—Lo mejor que podéis hacer, es ir a enterraros con vuestros hijos y vuestra adorable suegra al Palacio cerca de aquí. Si los barbaros asedian, será un desastre.
Kagome giró, sorprendida de oír semejante orden. Parecía que ese hombre no tenía la mínima idea de quien era ella.
—Y vos tenéis suerte que estamos en mala hora, o de lo contrario mandaría a azotaros ¿Qué os parece?
—Será interesante de ver aquello. No ha nacido hombre capaz de prenderme, menos una mujer.
Kagome iba a replicarle de vuelta, cuando el sonido inequívoco de los cuernos del Castillo empezó a sonar.
—¡Cerrad las puertas! —oyeron decir.
Eran voces de soldados vigías indistintos.
Hiten sabía lo que eso significaba.
Hordas bárbaras fueron avistadas a pocos kilómetros del Castillo. Los cuernos avisaban de esto.
—Onigumo, llevad a la reina al Palacio de los Delfines. Asegurad a los príncipes —ordenó Hiten, quien luego se dirigió a Kagome —. Su Majestad, os lo ruego, marchaos con Onigumo. Yo tengo fé en que el rey vendrá con el mensaje que he enviado. Mientras debemos proteger la plaza y a nuestra gente, tanto como podamos.
Onigumo salió con la reina para resguardarla en el palacio de los delfines y los otros marcharon a cumplir con su parte.
En el salón solo quedaron Hiten y su hermano.
—¿Tanto crees en tu rey?
—Mi rey ha cometido errores, en especial con la reina. Pero nunca dejaría sufrir a su pueblo, él vendrá, ya lo verás —respondió Hiten.
Pronto serian asediados y tendrían que resistir como podían. Proteger a la reina y los príncipes.
Proteger al pueblo.
Bankotsu cogió su enorme espada. Él no estaba allí para pelear por ningún rey.
Se había quedado por su hermano, sólo por él. O al menos eso creía.
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Inuyasha había estado con malestares durante toda la tarde. Diezmado por la preocupación hacia los hombres que estaban atrapados en el Gran Peñasco y por lo que estaban enfermos en su campamento.
También lamentaba que la mayoría de los soldados prestados por el Concilio del Este estuvieran en igual situación: muertos o enfermos.
Lo llenaba de ansiedad la falta de llegada de la ayuda del Bosque Negro. Ya deberían haber llegado ¿Qué los retrasaba?
Él y su otrora floreciente Regimiento Dorado no podían ir solos. De hecho, no cuando la mitad ya había perecido a causa de la enfermedad, y el resto estaba en malas condiciones.
Él mismo había enfermado, pero procuraba fuerzas desde donde no tenía para mantenerse en pie.
Su alma pareció tranquilizarse cuando le anunciaron que un caballo con jinete y que portaba las libreas del Norte entró al campamento. Pero era sólo un hombre y traía otras pésimas noticias.
Los barbaros invadieron por el Sur y se esperaba que llegaran pronto a la Capital. Pedían auxilio del Rey y del Ejercito del Norte.
Ese mensaje fue suficiente para derrumbar a Inuyasha.
Estaba demasiado débil para caminar o cabalgar.
Ordenó levantar el campamento y marchar al Norte. Algunos apenas podían cabalgar, pero no deseaban desobedecer a su rey, que no estaba mejor.
Debían llegar al Norte, y pasarían por el Bosque Negro, para pedir ayuda a Sota.
Inuyasha aducía que la única explicación que tenia de todo esto es que el mensaje pudo haberse perdido y por ello el señor del Bosque Negro no acudió a la leva.
No podía dejar al Norte solo, aunque le dolía en el alma dejar sitiado al Gran Ejercito en el Gran Peñasco, pero debía marchar y ordenar a su cuñado que se plegara a él.
Para su gran vergüenza, tendría que ser llevado en litera, porque no podía subir al caballo. Marcharían con él, la mitad de lo que fuera el Regimiento Dorado, pero una mitad débil y castigada por la enfermedad.
Contrariamente a todo lo que podía pensarse, la única preocupación de Inuyasha en ese momento eran la reina y sus hijos.
Sólo por ellos, era capaz de hacer este viaje, débil como estaba para procurar rescatarlos.
Inuyasha no se iba a rendir.
Por su tierra, por su familia y por su pasaje al Valhalla.
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Cuando Onigumo la dejó asegurada en el Palacio de Los Delfines, lo primero que hizo Kagome fue a ver a sus hijos que ya estaban dormidos.
De algún modo, no tenía miedo, pero era a causa de la ignorancia de su propia situación actual.
Ella no sabía de batallas ni de estrategias, pero sí que creció oyendo las grandes hazañas del ejercito norteño. Además, el Norte nunca había caído y no caería ahora.
Sólo por eso estaba tranquila. Inuyasha vendría con su gran Ejercito a poner de rodillas a estos invasores. No quería ni imaginar los castigos que su marido les impondría a esos salvajes.
Sólo por el sosiego de sus pensamientos acerca de la situación es que se permitió pensar en aquel aguerrido joven, a quien encontró hoy sorpresivamente en la cámara de guerra.
El hermano de Hiten, la justicia del rey del Norte.
Kagome recordaba muy bien la mayoría de las pocas escenas que compartió con aquel hombre tan irreverente, sin ningún respeto por las investiduras.
Pero Hiten confiaba en él. Y ella confiaba en ese caballero.
Así que esperaría el final de esta batalla para cruzar algunas palabras con ese mercenario.
La joven reina se acercó a mirar por los ventanales, ya que estaba en la parte más alta del Palacio de los delfines y desde allí podía ver lo que ocurría a pocos kilómetros en el Castillo principal.
Los cuernos no dejaban de sonar. Una débil lluvia empezó a caer desde el cielo, como si fueran lágrimas.
Grandes antorchas iluminaban el paso de la horda que se acercaba, como un negro preludio de calamidad.
Los barbaros de la Planicie acababan de llegar a las Puertas del Castillo del Norte.
CONTINUARÁ
MUCHAS GRACIAS POR LA ESPERA, ME DEMORÉ UN POCO, por culpa de que este episodio y el otro son algo complicados por cosas de batallas y esas cosas, además en el otro episodio veremos quien es el amigo de Varra que la esta ayudando, asi también la develación de la conspiración que se armó aqui y parte de sus consecuencias.
Inuyasha podrá ser un imbecil, pero ama al Norte. Veremos como llegan para ayudar. Además creo que estan viendo el castigo a Inu, creo que no hay peor cosa que siendo un gran guerrero, enfermar y sucumbir tanto que tienes que ir en litera. Es humillante supongo.
El sigte capitulo veremos las consecuencias de todo esto.
MI besos a FRAN GARRIDO, KARLA YUMAIKA, JOH CHAN, AR TENDO, ASAMI SATO, CECI TXP, mis bellas comentaristas.
Y por ultimo al perfil cobarde que me deja mensajes pelotudos cada tanto, por favor, ya largo de aquí.
Sin más, me retiro a fabricar el otro episodio sigte.
Paola
