INUYASHA NO ME PERTENECE, PERO LA TRAMA SI, SÓLO HAGO ESTO DE DIVERSIÓN
.
.
.
.
.
LA REINA DEL NORTE
.
.
.
.
.
DEDICADO A KARLA YUMAIKA POR SU CUMPLEAÑOS
.
.
.
.
CAPITULO 12
.
.
.
.
.
Sota siempre fue un hombre oprimido, desdichado y envidioso. A pesar de que su nacimiento fue muy esperado, su presencia siempre fue opacada por la presencia de un príncipe tan luminoso e imponente como Inuyasha, que era su némesis.
Al contrario de él mismo, Inuyasha era alto, fuerte, poderoso, gallardo y con un gen de guerrero.
Estuvieron destinados a encontrarse desde niños, porque la casa Higurashi y la casa Taisho tenían un poderoso y legendario vinculo sanguíneo, además los Higurashi eran vasallos del rey del Norte.
Le debían obediencia, y sangre. Porque para preservar la pureza mitológica que les permitía levantar las legendarias espadas, ambas casas siempre tenían una unión matrimonial por generación.
Kagome, su amada hermana fue entregada como yegua de cría a ese bastardo. No contento con eso, Inuyasha también se encargó de seducir a Kikyo, su más que querida media hermana.
Sota fue objeto de burlas muchas veces a lo largo de su vida. Pero las chanzas que más lo marcaron y dolieron fueron las de Inuyasha.
Creció admirando su figura, hasta acabar en una desquiciada envidia. Él lo tenía todo y a todos.
Inclusive a los amores de su vida: su fraternal Kagome y a Kikyo, a quien amaba, no como se ama a una hermana. Sino con una peligrosa obsesión.
Por eso, sintió tanto deleite, cuando le informaron que una lastimosa carreta y una pequeña guarnición de hombres de aspecto desgarrador había entrado a las puertas del Bosque Negro.
Sota no necesitaba verlos para saber de qué se trataba de lo que quedaba del otrora orgulloso Regimiento Dorado, los más grandes soldados del mundo, que ahora se debatían entre la bochornosa muerte que traía la disentería y el deber de empujar la carreta que tenía la litera de su rey.
En las puertas, los dejaron entrar, porque los reconocieron, porque Inuyasha seguía siendo el rey, pero dejó a toda la guardia boquiabierta por el aspecto que traían.
Inuyasha demandó ver al señor del Bosque Negro.
Así cuando Sota se presentó al salón de su trono, Inuyasha consiguió acomodarse en el sillón principal, tras mucho esfuerzo.
Estaba solo, con guardias del Bosque Negro, ya los que vinieron con el rey requerían atención medica o al sepulturero.
Sota hizo una reverencia, irónica.
—Mi rey.
Inuyasha estaba muy débil, apenas podía hablar y ciertamente poseía escasa fuerza para mantenerse sentado.
—Requiero una respuesta vuestra.
Sota fingió sorpresa e hizo una seña a los guardias que se marchen.
—Dejadnos al rey y a mí. Tenemos un asunto sin resolver —ordenó Sota y una vez que estos se marcharon, encaró al rey —. Soy un vasallo del Norte, estoy a vuestro servicio.
—Os hice llamar a que acudáis con vuestra fuerza a los caminos del este ¿Por qué no fuisteis? El mensajero tampoco regresó. Asumo que no lo recibisteis. Igual, ahora requiero vuestra inmediata ayuda para desplegar fuerzas y marchar al Norte, que me han notificado de invasiones bárbaras.
Sota paseaba por la habitación, con las manos hacia atrás.
Finalmente, sólo quedó para mirar al rey a sus ojos.
—Por supuesto que lo he recibido. Sólo que decidí ignorar vuestro pedido ¿Cómo veis?
Inuyasha abrió mucho los ojos ante aquella revelación. Si tuviera fuerzas, se levantaría allí mismo a cortarle la cabeza a ese traidor.
—Y ahora que incluso vuestra propia hermana y vuestros sobrinos corren peligro, créeme, que, si pudiera romperos el cuello ahora, lo haría sin que me temblara la mano. ¿Cómo osáis ignorar la leva?
—Mi pobre hermana y mis sobrinos estarán a salvo —sentenció Sota y luego desplegando una sonrisa que a Inuyasha le horrorizó, agregó —. Ese fue el trato en la conspiración contra vos, querido primo. Pero no os preocupéis, yo seré el regente del Norte hasta la mayoría de edad de mi sobrino Narvel, a quien educaré a mi antojo. Vos ya no estaréis en la ecuación.
Las manos de Inuyasha empezaron a temblar y sentía que se le cerraba la garganta por la furia.
—Una conspiración entre madame Varra, este servidor y nuestro poderoso amigo, el rey Naraku del Sur. Él ha financiado el armamento de los barbaros y les abrió paso por los caminos del Sur y del Este. Tuvimos que hacer todo un teatro para aniquilar vuestras fuerzas. Vos y el Regimiento Dorado fueron diezmados por agua contaminada, gracias a pócimas de madame Varra ¡qué mujer tan lúgubre, querido primo! Mi dulce media hermana Kikyo también participó en la conjura, sólo que ignora lo que te ocurrirá. En su ingenuidad piensa que podría ocupar el lugar de mi hermana. Pero tu morirás, y Kagome será libre. Al igual que Kikyo, y allí yo me casaré con ella.
Inuyasha empezó a toser. Lo que estaba oyendo era una atrocidad. Toda una oscura treta para matarlo a él y poner un manto de legitimidad. Sota había traicionado a su gente, aliándose con el Sur y los barbaros. Mucha gente inocente murió. El gran ejercito estaba atrapado en el Gran Peñasco.
Y al repasar los nombres de esos traidores se le revolvía el estómago.
Kikyo también estaba en la lista. Quizá no en matarlo, pero con alguna cosa la habían atraído, probablemente le prometieron que sería la esposa de Inuyasha y convertirla en la nueva reina consorte.
No sabía si lo consolaba el saber o creer que Kagome y los niños seguirían vivos. A pesar de toda de su insania, Sota amaba a su hermana y probablemente se extendiera a sus sobrinos.
Narvel debía ser el próximo rey del Norte. Pero si Sota iba a subir de regente, por razones de sangre, todo podría ser muy peligroso. Y más viendo las inclinaciones de Sota de aliarse con enemigos para cometer la felonía de matar a su rey. Y de paso, diezmar la vida de tantos soldados valerosos.
El ejercito del Norte, sitiado en el Gran Peñasco no sobreviviría demasiado tiempo y él no podía hacer nada, cuando para su vergüenza ni siquiera podía levantarse, por culpa de las pócimas de una maldita bruja.
Además, eso de que hordas salvajes armadas por el Sur marchaban al Norte le horrorizaba. Sota decía que sólo era para disimulo, pero su cuñado era un imbécil.
Y el rey del Sur, Naraku no era ningún improvisado.
Eso le hizo toser de nuevo, y esta vez le salió sangre hasta por la nariz.
—¿Sabes, Inuyasha?, siento un gran placer veros caer de esta forma. Humillante para vos ¿verdad? Y aquí me quedaré hasta que mueras —aseveró Sota, sentándose frente a Inuyasha.
Era claro que no llamaría a ningún servicio médico para ayudarle, como si hizo con la pequeña guarnición que vino con el rey. Después de todo, esos hombres eran soldados norteños y cuando Inuyasha muriera, Sota pretendía volverlos sus hombres, en su ambición de ser regente.
Pero Inuyasha podría estar agotado de cuerpo, pero no de mente. Le dolía lo que podría venirse. Rogaba mentalmente a Odín que no abandonase a su familia.
Y en caso de ser así, lo bendijese con la prometida entrada al Valhalla. El cielo de los grandes guerreros. ¿Acaso ese no era el motivo por el cual todos peleaban?
Pero no podía sostener una espada, y así no podía ir allí. Su alma podría quedar atrapada en el Niflheim, el mundo de las tinieblas y el terror. ¿Ese entonces sería su final?
Sonrió irónicamente. Ni siquiera podría despedirse de Kagome. Esa mujer había sido buena con él. Dulce, tierna pero fuerte. Y fue la madre de sus dos hijos. Sólo por ello, le debía agradecimiento eterno. Y él fue un abusivo e injusto con ella, anulándole por miedo a convertirse en una imagen y semejanza a su padre, controlado por Margaret, su esposa. Una situación que casi destruye al Norte.
Y la ironía es que él le ocurrió lo mismo, pero con Kikyo. Tanto que quiso escapar de Kagome y la posibilidad de un amor sincero, que al final no pudo lograrlo. Se preguntaba si alguna vez volvería a verla.
La bruma de su vida, tanto oscura como luminosa pasaba por sus ojos, como ecos inalcanzables, lleno de arrepentimiento por sus actos y de miedo por lo que ocurriría con su familia, cuando él ya no estuviera.
Así no podía morir un gran guerrero como él.
.
.
.
.
.
—¡Estad listos!, al menor movimiento de esos bastardos, que lluevan las flechas —ordenó Hiten.
Estaba en lo alto de las puertas de Gran Castillo del Norte procurando dar animo a las guarniciones de hombres que tenían.
Aproximadamente quinientos barbaros armados esperaban frente a las puertas. Con arcos, flechas, espadas y armaduras, esperando también a su vez el primer avance para dar inicio a la batalla.
Hiten creía poder defender las puertas. El Norte nunca había caído y las puertas jamás fueron echadas abajo. Además de resistir, Hiten confiaba que el Ejercito del Norte hiciera su gran aparición en cualquier momento.
De todos modos, también se había tomado el atrevimiento de escribirle al señor del Bosque Negro, en el nombre del rey que viniera a ayudar.
Así que Hiten se hallaba confiado y procuraba traspasar esos sentimientos a los hombres.
La familia real estaba asegurada en el Palacio de los Delfines. Era una fortaleza a cuatro kilómetros de allí y donde solo se podía ingresar si bajaban lo puentes. Onigumo, la espada juramentada sabía que no debía bajar los puentes.
En el Castillo permanecían la dama Kikyo, su madre y creía que la reina viuda también.
Hiten nunca pudo seguirle los pasos a aquella dama, así no estaba seguro de su paradero. Podía bien haberse marchado al otro Palacio con su nuera y los nietos.
Bankotsu, quien venia del otro extremo, con su alabarda por la espalda, luego de haber ido a inspeccionar posibles flancos débiles, tenía rostro contrariado.
—Hermano, tu rostro delata tus pensamientos —adujo Hiten
—No me gusta. Algo va mal —expresó el mercenario. Habia recorrido varias áreas buscando zonas que podían ser frágiles o barricadas que pudieran traer problemas, pero no los encontró.
Realmente el Castillo era una autentica fortaleza.
—Resistiremos, hermano. Cuando regrese mi rey y el ejército, va a aplastar a estos barbaros que nos impiden la salida.
Pero cuando vieron que aquellos salvajes preparaban una gran fogata para empezar a arrojar flechas con fuego, Hiten tragó algo de saliva.
Pero aun resistirían.
—¡Escudos! —ordenó a los hombres apostados, cuando la lluvia de flechas de fuego empezó a caer como gotas feroces e infernales.
Bankotsu quitó su enorme alabarda, para bajarla al suelo y tomar el arco con flechas.
Le daría mucho gusto atravesar a esos bastardos hasta descuartizarlos. Era un excelente arquero y no pensaba desperdiciar ni una sola flecha.
La confrontación había iniciado.
Dentro de los muros, se prepararon grupos de contingencia para procurar apagar el fuego y que no corriera por otras partes del pueblo dentro de los patios del Gran castillo.
Los grandes portales empezaron a temblar cuando los invasores trajeron un enorme tronco para golpear la entrada y forzarla.
La mejor jugada aquí eran los arqueros. Bankotsu estaba entre ellos.
—¡Vamos, muchachos! Denles con todo —gritaron antes de empujar aquel gran tronco e intentar romper el portal.
.
.
.
.
.
Kagome no veía lo que ocurría, pero si la llamarada del fuego desde lo alto de Palacio de los Delfines, donde había subido para observar cuanto fuera posible.
Los niños ya estaban dormidos y como Hiten le dijo, podían esperar el apoyo del rey e incluso del señor del Bosque Negro, así que estaba esperanzada.
Además, ella era la reina regente y debía inspirar confianza, que sus damas y otros servidores no perdieran el ánimo
—Descuidad, el Palacio de los Delfines es impenetrable, lo mismo el Gran Castillo. Estaremos a salvo —en eso giró y no vio a su caballero Onigumo —. ¿Dónde está mi espada juramentada? —preguntó a sus damas.
—Fue a verificar que todo estuviera bien —contestó una de ellas —. Dijo que iría a hacer patrullaje.
Kagome sólo asintió.
No tocaba más que esperar que su esposo, el gran rey del Norte o su hermano llegaran.
En eso, un estremecedor sonido se hizo presente, como un cuerno que anunciaba la desgracia.
¡Un cuerno bárbaro!
Y de repente gritos de horror y sorpresa. Los caballeros que estaban con la reina, corrieron a verificar que ocurría en las plantas inferiores, aunque el pánico se hizo presente cuando el sonido chirriante de los puentes colgantes que bajaban como preludio de un infierno, hizo que se congelara allí mismo.
—¿Quién ordenó que bajaran el puente? —gritó Kagome, precipitándose a mirar.
No eran quienes esperaban. Una turba enemiga, iluminada con terroríficas antorchas ingresaba a tropel por la entrada principal.
—¡Protejan a la reina y los príncipes! —fue el grito de uno de los soldados.
.
.
.
.
.
Bankotsu apuntaba certeramente, y si parar puntos descubiertos con el arco, procurando abatir a cuanto pudiera.
Era evidente que los troncos jamás romperían el portal del Gran Castillo. Bankotsu tenía que reconocer que era cierto el cuento de la impenetrabilidad del Norte.
Un momento dado, cuando viró la cabeza para recoger algunas flechas del suelo, notó algo que nadie antes, por estar enfrascados en derribar salvajes.
El palacio de los Delfines estaba a cuatro kilómetros de la fortaleza principal, pero cuando los enormes puentes colgantes bajaban era un espectáculo notorio y la boca del joven mercenario se frunció cuando notó fuego.
El palacio de los Delfines estaba ardiendo.
Llamó a Hiten, quien estaba incrédulo.
Estaban atacando la residencia de la familia real.
¡Todo este ataque al Gran Castillo era sólo una fachada!
Hiten hizo un gesto a todos los hombres que lo siguieran, y aunque queria que Bankotsu se quedara, éste no lo hizo caso.
El mercenario tomó su alabarda.
—Yo voy contigo, no me detendrás.
Es complicado describir las imágenes de tensión y angustia vividas, porque Hiten y la guarnición tuvieron que tomar una puerta trasera, que se suponía secreta para correr al Palacio de los Delfines, pero había un grupo de salvajes, esperándolos allí. Como si supieran donde estaba.
Esa entrada secreta sólo era conocida por las espadas del reino.
Al final, sólo Hiten y Bankotsu con un par de hombres pudieron avanzar. El resto de los soldados quedó allí, dando batalla para que ellos pudieran pasar para salvar a la familia real.
Con la dignidad y fuerza que los conduciría al Valhalla.
Hiten lo lamentaba por esos hombres, que tenían alguien que los esperaba a sus casas, pero ahora estarían en la mesa de los dioses, junto a otros grandes guerreros.
.
.
.
.
.
En lo alto del Palacio, quedaban cuatro barbaros, los primeros que entraron y mientras los demás salvajes neutralizaban a los guardias y a todo aquel que se oponía, ellos se dedicaron a buscar el único objetivo que tenían:
La reina consorte y los dos príncipes.
Habían arrancado a los dos hermanos de sus camas y arrastraron a su madre que se arrojó sobre ellos para protegerlos.
Ahora los tenían bajo su merced. Y debían hacerlo pronto, porque algunas antorchas de los atacantes cayeron e iniciaron un fuego que podría alertar a las fuerzas que peleaban en el Gran Castillo.
Los tres cautivos estaban sentados en el suelo. Los pequeños Narvel y Valiant lloraban, abrazados a su madre. Tenían sus ropas rasgadas por el maltrato.
—Por favor, haced conmigo lo que queráis, pero dejad marchar a los niños, os lo suplico —pidió Kagome, arrodillada ante el bárbaro que parecía ser el líder de los cuatro que allí estaban.
La situación era desesperante, porque Kagome ni siquiera sabía si estos vándalos entendían su idioma.
Pero él que parecía ser el jefe, dio un paso enfrente. Kagome tragó saliva. Si ese sujeto pensaba matarla, a cambio de dejar a sus hijos libres, con gusto daría su vida y alma por ello, así que extendió sus brazos hacia los costados, tapando a sus hijitos y dando a entender que se entregaba.
El horrible hombre sonrió e hizo un gesto a los otros tres.
Fue muy rápido, pero para Kagome fue como si sucediera con una pasmosa lentitud llena de pavor, temor y consternación.
Sintió que la sostenían tan fuerte que apenas podía moverse.
Pero se removió como posesa, cuando los salvajes tomaron a Narvel y Valiant y los llevaban. Tanto, que su captor tuvo que darle un golpe en el estómago para que se quedara quieta.
Y lo vio todo, como una pesadilla viviente. Como esos cuentos de terror del Niflheim que oyó de pequeña, pero aun peor, porque era vivido y lo tenía frente suyo.
Gritó, gritó cuanto pudo y no pudo detenerlos.
Los salvajes arrojaron a los niños desde lo alto del Palacio en medio de un grito desgarrador y doloroso de Kagome, quien perdió la voz.
Sus hermosos y preciosos hijos….
¿Por qué los dioses permitieron el sacrificio de estos niños inocentes y además ni siquiera tenían clara las razones?
La joven ya no oía ni sentía nada. Nada tenía sentido. Como si estuviera en trance.
El líder bárbaro la miraba.
—Teníamos ordenes de matarlos a los tres, pero pueden divertirse un poco con ella antes de que llegue el fuego—autorizó el gigante, en su idioma.
Los otros tres sonrieron ante el permiso, que tomarían con gusto. Nunca antes habían poseído una mujer de piel tan blanca y con cabellos como si fueran tocados por el fuego.
Le fueron arrancando las ropas, y aunque Kagome estaba en el piso, no se resistía ni un mínimo. Estaba paralizada, parecía no importarle el dolor físico, obnubilada por el tormento y calvario de haber visto morir a sus hijos.
Lo único que podía reconfortarla es que pronto se les uniría lejos de esta vida terrenal.
.
.
.
.
.
Inuyasha tosió un último reguero de sangre ante la atenta mirada de su cuñado, quien estaba allí en primera fila, viéndolo agonizar.
No supo cómo ocurrió, pero en ese instante Inuyasha tuvo una visión del horror y calvario que se vivía en su hogar. Se le presentaron como imágenes y entonces ocurrió lo que nunca antes le había pasado, ni siquiera cuando murió su padre.
Inuyasha, el gran rey del Norte. Orgulloso y poderoso, empezó a llorar. Sus lágrimas se perdían con los restos de sangre de su boca y nariz, y por tanto, realmente parecían ser sollozos de sangre.
Acababa de tener una alucinación real del final de su casa.
Ningún padre debería ver la muerte de sus hijos.
Sota sonreía, casi con placer sexual el observar aquella dantesca escena del instante final de su odiado némesis.
Pero Inuyasha sacó una última fuerza para susurrar unas palabras.
—Nos has condenado a la extinción…
Luego de aquel trágico murmullo, Inuyasha quiso buscar su espada para sostenerla y procurarse su entrada al Valhalla, pero no lo alcanzó.
La oscuridad había sido más rápida.
Inuyasha finalmente estaba muerto.
.
.
.
.
.
Cuando Hiten y Bankotsu sortearon los obstáculos hallaron la horrible escena de la magullada reina en el suelo, casi sin ropa, y a punto de ser mancillada por esos sujetos.
Bankotsu le cortó la cabeza de un tajo al hombre que estaba encima de la joven y la levantó con un brazo, mientras Hiten se enroscaba en lucha con los otros tres.
El mercenario había visto mucho dolor en su vida. Y también lo sintió, y era eso lo que se respiraba en el aire. No era necesario ser muy listo para saber que allí acababa de ocurrir una masacre.
Habían llegado muy tarde.
La pobre mujer tenía los ojos abiertos, pero no parecían ver ni notar nada. Parecía una muerta en vida.
—¡Protégela, hermano! —gritó Hiten mientras esquivaba mazazos y golpes de espada.
Bankotsu quería dejar a la joven e ir a ayudar a su hermano quien estaba en clara desventaja de un tres a uno. En eso, uno de los salvajes pareció percatarse y lo atacó. Bankotsu detuvo el golpe con su alabarda, con la fuerza de un brazo, porque en el otro sostenía a Kagome.
Finalmente Hiten desde atrás, atravesó con su espada al agresor, liberando a su hermano y tuvo tiempo suficiente de susurrar un pedido.
Una petición de honor y lealtad.
—Aquí atrás hay un salto de agua. Tu sabes nadar, arrójate por allí y salva a la reina. Debes jurarme que la vas a proteger.
—¡Iremos juntos! —refirió Bankotsu
Hiten meneó la cabeza.
—Sólo uno de nosotros podrá irse hoy. Hemos caído en una trampa y será difícil que huyamos los tres. Me quedaré a detener a estos sujetos y tú la salvaras ¡júramelo!
Bankotsu no podía quedarse a pensar, porque su hermano se lo pedía de forma apremiante.
Pero lo único que tenía era su palabra y su hermano era lo único que le importaba en el mundo. No iba a fallarle.
—Lo juro, hermano —antes de levantarse rápidamente, coger a Kagome que se había desmayado y correr hacia la parte de atrás, donde el Palacio de los Delfines se orientaba hacia una enorme caída de agua.
Hiten siguió luchando con ferocidad con los dos hombres, que lo atravesaron sin piedad, y sólo viró un instante la cabeza para encontrarse con los ojos de su hermano.
Un gesto con la cabeza marcaba la despedida, como señal inequívoca que volverían a verse en algún momento. En su cultura, la muerte no era el fin, sino un anhelo, un pasaje mítico al Valhalla.
Bankotsu se arrojó a las cataratas, con la mujer en brazos, aunque no pudo evitar derramar unas lágrimas.
Pero acababa de hacer un juramento a su hermano.
—Nos volveremos a ver, hermano…—murmuró para sí, antes de perderse con su preciosa carga en medio de la inmensidad de agua
.
.
.
.
.
Hiten yacía malherido en el suelo. Iba a morir, pero al menos se aseguró de matar a esos dos. Como una venganza tardía por los caídos del día, principalmente los pequeños príncipes, aunque Hiten sabía que todo fue una conspiración política que ya solo las generaciones venideras podrían juzgar. Él ya no podía hacer nada más.
Además, el Palacio de los Delfines estaba ardiendo. Y su cuerpo terrenal también lo haría con él. Sostuvo su espada, esperando aquel honorable final, además con la tranquilidad del juramento de Bankotsu.
Pero una sombra apareció y una voz se delató, y con ello revelando al gran traidor.
Onigumo, seguido de unos hombres del Sur, que Hiten reconoció por sus libreas.
—Encontramos los cuerpos de los príncipes allí abajo ¿Dónde está el cadáver de la reina? Entenderás que lo necesitamos para hacer un interesante espectáculo con su funeral.
—Traidor…—murmuró Hiten, aunque estaba ya a punto de ahogarse con su propia sangre, eso no le impedía escupir estas palabras.
Era evidente que Onigumo, violando todos los juramentos, fue quien abrió los puentes colgantes y permitió la entrada de los salvajes. Aunque Hiten no era tonto. Esos barbaros eran solo instrumentos, y lo comprendió cuando vio a soldados sureños con Onigumo, revelando así, al verdadero instigador e ideólogo.
Decidió que procuraría proteger a la reina, hasta donde pudiese.
—Maldito hombre sin honor…puedes buscar sus cenizas. Estos salvajes la quemaron viva.
Onigumo entonces sacó su espada. En situaciones normales nunca podría derrotar a Hiten, la otrora Justicia del Rey, pero ahora sí.
Así que lo atravesó en el corazón.
Ahora podía decir que logró matar a uno de los mejores espadachines que hubiera existido nunca.
En cierto modo, Onigumo se sentía piadoso, porque acabó con su agonía.
Y quizá, muy en el fondo aún seguía envidiando ese porte de Hiten de un auténtico guerrero.
—Dejen que arda todo —ordenó Onigumo a los sureños que estaban con él —. Asegurad de liquidar a todos los barbaros, se ha acabado la función.
Y no era mentira.
La función se había terminado y con el, la casa Taisho.
CONTINUARÁ.
Hola hermanos/as
No mentiré.
Este duro episodio era necesario para la trama de este fanfic, y por ello me ha costado mucho, porque narré ciertas muertes, que intenté hacer lo menos detallado posible, porque inclusive me duelen a mi. Por ello, me retrasé, y disculpen los errores ortógraficos.
En el sigte capitulo se terminará develar la conspiración y habrá como un cierre de trama.
Les dejaré algunas canciones que me gustaron para musicalizar algunas escenas. Pueden buscar en Youtube:
Vikings - Cáncion de Lagertha contra Pelo Blanco [6x06]
Creo que es la música perfecta para la pelea de Hiten, un hombre honorable hasta el final y uno de los personajes que más me dolió perder.
De sólo pensar que eran tan unidos con Bankotsu, me rompe el corazón.
Recuerdo que este fic tendrá 30 episodios, puede que se acorte en 29.
Besos a mis dulces comentaristas: FRAN GARRIDO, KARLA YUMAIKA ( MI HOMENAJEADA) JOH CHAN, AR TENDO
Volveremos a retomar las actus de dos veces a la semana, si todo sale bien.
Los quiere.
Paola.
