INUYASHA NO ME PERTENECE, PERO LA TRAMA SI, SÓLO HAGO ESTO DE DIVERSIÓN

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LA REINA DEL NORTE

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CAPITULO 14

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Era como si tuviera una pesadilla que no terminaba. Pero a en ésta, el horror revivía para ella, cuando perdía la consciencia, así como cuando la recobraba.

Abría los ojos y percibía un ambiente que nunca antes había sentido.

Voces desconocidas. Sonidos irreconocibles.

¿Estaré muerta?

¿Dónde estoy?

Al abrir los ojos e intentar moverse, sólo oía sonidos de aquella voz de tinte amable pero firme.

—Descansa, muchacha

Ella notaba que le daban de beber algo y volvía a perderse en la oscuridad.

Los gritos de sus hijos inocentes, perdidos para siempre. Nunca más volvería a verlos en esta vida.

Quería poder gritar con todas las fuerzas que no tenía.

La fiebre regresaba con fuerza y con ella, sus delirios.

Además de sentir el terror de sus hijos, podía percibir algo inesperado: los gritos de Inuyasha. Tal vez nunca tuvo mancomunión con su esposo, pero ella reconocía su aire y su voz.

Inuyasha también estaba muerto.

Su sueño se lo vaticinaba, porque sentía que se le erizaba el alma por percibir a su familia.

Como si estuvieran sufriendo, padeciendo dolor aún después de haber fallecido.

Como si el solo hecho de saber que murieron, no era algo consternante para ella.

En otros momentos, la voz, que le daba un aire acogedor y paternal al sonido le susurraba:

—Estarás bien. Solo descansa un poco más

—Bebe esto, muchacha. Es para recobrarte

Luego le pareció oír murmullos en un idioma ininteligible, que creía dilucidar, pero su memoria perdida en congoja, no alcanzaba a reconocer.

Finalmente, un día sintió algo frio por la frente, como si intentara apagar la profunda quemazón que la azotaba. Eso la hizo abrir los ojos.

Lo primero que vio fueron los ojos amables de un hombre que la observaba con porte filial.

Tenía una mirada gris reconfortante.

Kagome se incorporó como pudo. Apenas estaba vestida con una túnica blanca. Recorrió su mirada por la casa. Era una cabaña, como muchas de las que había en los pueblos.

Pero no sabría decir que pueblo ni qué país.

El hombre de la mirada intensa estaba revolviendo un tazón.

—Tranquila, muchacha. Tómalo con calma.

Kagome estaba un poco más delgada, sus cabellos lucían descoloridos y tenía el rostro flemático, como si estuviera sobrepasando una larga enfermedad.

Quiso levantarse, pero no pudo.

—Te ayudaré si deseas levantarte, pero tómalo con calma. Tus músculos deben volver a acostumbrarse —el hombre se acercó. Era un gigante de cabello castaño en coleta con los ojos grises más amables que Kagome hubiera visto nunca. Tenía facciones muy interesantes, que denotaban una interesante madurez, por algún par de canas que se translucía por el cabello. Lo notable es que Kagome, al verlo, tenía la sensación de haberlo visto en algún sitio, pero no sabia como identificarlo.

—¿Dónde estoy? ¿Quién es usted? —preguntó la joven

El hombre se acercó con el tazón y se sentó junto a la cama de la joven.

—Primero tome algo de esta sopa de algas.

La mujer tuvo el primer impulso de rechazarlo, pero luego no pudo evitar cogerlo, porque sentía que le apremiaban las entrañas del hambre que no sabía que tenía, hasta sentir el calor humeante de ese cazo.

Kagome comió con fruición.

—Por favor, dígame donde estoy…

El sujeto adquirió un aire serio.

—Mis condolencias para usted, muchacha.

—Entonces ¿nada fue una pesadilla?

El hombre meneó la cabeza.

—Han pasado cuatro semanas desde que atacaran el Norte y usted fuera traída aquí, Mi nombre es Suikotsu, un médico rural del Este y esta es mi cabaña. Usted ha sido aquejada de fiebres severas durante todo este tiempo, y se ha estado recuperando.

—¿El rey no ha mandado buscarme? —preguntó Kagome, con cautela. Porque tenía la horrible premonición de que los presagios sobre la pena de Inuyasha eran ciertos.

El hombre volvió a menear la cabeza.

—El rey del Norte ha muerto —refirió Suikotsu con suavidad

Kagome dejó el cazo de lado. No sabía cómo, pero en el fondo de su alma sabía que aquello era cierto.

—¿Mi hermano? —volvió a preguntar

—Tampoco sobrevivió —contestó el hombre

A la joven se le cristalizaron los ojos.

—¿Qué hago aquí en el Este?, mi hogar es el Bosque Negro y el Norte. Este no es mi sitio.

Suikotsu iba a responder, cuando la puerta se abrió intempestivamente, y vio alguien que le resultó muy conocido.

Tenia ropas diferentes y entraba hablando en idioma gaélico.

Pero se detuvo en la puerta cuando vio a la joven despierta y conversando.

Kagome batió sus pestañas.

Ese sujeto enorme era el hermano de Hiten, la Justicia del Rey del Norte.

Podía reconocerlo.

—¿Y usted?

—Pero si ya ha despertado —refirió Bankotsu, despreocupado paseando por la habitación sin ningún recato —. Éste hombre es mi padre, Suikotsu —le habló él y luego volviendo a su padre, le preguntó —. ¿Ha bajado la fiebre?

—Finalmente está controlada.

Kagome, no entendió el porqué, pero al ver aquel rostro conocido y además con vínculos sanguíneos con alguien que era de su confianza como Hiten, le llenó el corazón de un poco de calma en medio de tanta desdicha.

—Quiero volver a casa. No debería estar aquí…

Bankotsu miró a su padre y éste asintió.

—Mejor termine su sopa, y hablaremos aquí afuera. Necesita saber algunas cosas y luego ya verá si quiere irse —Bankotsu habló directamente a la joven y luego dirigiéndose a su padre agregó —. Traje un jabalí, pude finalmente cazar a ese desgraciado escurridizo.

Suikotsu susurró unas palabras en gaélico a su hijo.

Kagome se tranquilizó al saber que tendría su explicación. Le daba cierta confianza hablar con alguien que conocía, o que al menos conoció como fue su vida.

Ella sabía que Hiten adoraba a su hermano mellizo.

Y Kagome necesitaba desesperadamente palabra de alguien que pudiere aclararle un par de cosas.

Además, el amable hombre llamado Suikotsu le inspiraba mucha familiaridad por su trato galeno.

Luego de saber que era el padre de Bankotsu y de Hiten, entendió porque su rostro le resultó tan conocido. Sólo los ojos eran grises, pero luego el mismo porte alto y esbelto. El mismo tono castaño de cabello. La otra gran diferencia es que el semblante de este sujeto denotaba madurez y la calma propia de la edad.

Decidió que haría tripas corazón y hablaría con ellos. Necesitaba tanto algunas palabras. Aunque en su corazón sabia ya la verdad de muchas cosas.

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El Este era un país oriental ubicado sobre inmensas praderas, elevaciones y bosques tupidos, con los acantilados o los fiordos que se estrechan hasta encontrarse con la desembocadura de los ríos. Picos escarpados, y cascadas creando una imagen oscura y dramática.

Un clima constantemente lluvioso.

Gente amable y orgullosa. El Este no tenía los mismos avances de los otros países a causa de la nula gestión de sus líderes, ya que su gobierno era a base de un Concilio de Representantes de los ultimas clanes del Este. En la actualidad un nido de corruptos y payasos, que sumieron a esta patria en el retraso.

Pero Kagome no estaba en animo de apreciar ninguno de esos detalles.

Cuando finalmente salió de la cabaña, andando despacio y con ayuda del afable Suikotsu. Éste le había dicho que tomar algo de aire luego de tanto encierro le haría muy bien. Además, lo que debían conversar no eran asuntos fáciles, no eran simples charlas banales.

Kagome se sentó sobre una enorme piedra, asistida por Suikotsu. Vestía una simple y llana túnica blanca y tenía el pelo recogido en una coleta. Tenía el aspecto demacrado, pero ya no el faz cadavérico y catatónico de antes.

Si no tuviera a cuestas una horrible tragedia, podría hasta sentirse feliz en aquel lugar, a la orilla de un hermoso lago azul, como había oído que muchas nodrizas suyas describían los recursos del Este.

—¿Quieres beber algo más, niña? —preguntó Suikotsu, con suavidad.

Kagome negó con la cabeza.

En eso, oyó unos ruidos que venían de detrás de la cabaña.

Bankotsu se materializó desde detrás, dejando su enorme espada, recostada por la pared.

Venia sin camisa y con el torso descubierto. Mojado, como si se hubiera estado lavando.

Tenía puestos los pantalones y sus botas aún.

Kagome apartó la mirada, reprochándose mentalmente haberse quedado unos segundos mirándole. No poseía ánimo para eso, pero sin embargo lo hizo. Le dio vergüenza haberse quedado mirando a un hombre que desvergonzadamente se ponía la camisa por frente suyo, como si no le importara que hubiera una dama cerca.

Miró a Suikotsu, que le devolvió una sonrisa paternalista, y azorado por la procacidad de Bankotsu.

Notó la mirada de aquel joven en ella. Pero Kagome se abstuvo de devolverle otra con ferocidad.

Bankotsu terminó de colocarse la camisa y caminó hacia ellos.

Cuando llegó a ellos, Kagome le levantó la mirada. Quería saberlo todo.

—Contadme todo, por favor.

El joven miró a su padre como si le entregara la palabra. Bankotsu podía ser un hombre sin tacto, así que fue Suikotsu el encargado de narrarle a Kagome los sucesos de aquella horrenda noche de masacre.

La invasión bárbara, la trampa en la que cayó Inuyasha y su posterior muerte. Le habló de la ayuda sureña que ahora tenía Kikyo al ser proclamada reina norteña, al morir Sota que era el heredero putativo del Norte.

No le hablaron de cosas que desconocían, como los pormenores de la conspiración de Kikyo, su madre y el rey del Sur. Pero Suikotsu fue enigmático al mencionar que la epidemia de disentería que se desató en el campamento norteño era extraña y que él, como médico se había puesto a investigar sobre aquello.

Suikotsu decidió guardarle el detalle de la traición de su hermano. La pobre joven ya estaba sufriendo demasiado. Pero si le dijo la verdad acerca de su asesinato en una emboscada.

Kagome derramó varias lágrimas al oír la descripción del funeral. Como si lo estuviera viviendo. La joven no indagó mucho en ese momento, pero era claro que Bankotsu o su padre estuvieron presentes, de forma oculta. Después de todo, Hiten también fue honrado aquella fatídica noche.

—Es por ello que de momento no se puede volver. Su hermana Kikyo, la nueva reina ha hecho un pacto especial con los del Sur para proteger las fronteras. El ejercito del Norte que estaba atascado en el gran peñasco, nunca recibió ayuda de ella. Muchos desertaron y se dispersaron como sea. Otros quedaron sitiados allí, pero viendo como la reina ha decidido tratarlos, no creo que regresen nunca —agregó Suikotsu.

—¿Abandonó a los norteños? —cuestionó Kagome, sorprendida

—Sí, y no me extraña. Su hermana siempre fue una zorra —repuso Bankotsu, quien le daba la espalda a la joven, mirando hacia el agua

Suikotsu miró a su hijo, como indicándole que calmara su temperamento,

—Los sureños, y en especial su rey Naraku quedaron como los grandes salvadores del Norte. No tardarán mucho en anexarlo, estoy seguro —añadió Bankotsu volteándose hacia ella

Suikotsu cogió una mano de la muchacha, quien parecía no terminar de procesar.

—Pero podría pedir ayuda al concilio del Este. Al menos que me ayuden a volver a mi hogar del Bosque Negro ¡no puedo quedarme aquí! La sangre de mis hijos requiere venganza, y juro que lo haré, aunque sea lo último que haga —gritó Kagome, incorporándose.

—El concilio es una turba de imbéciles. No la ayudaran. Como nunca encontraron su cuerpo, Kikyo, a modo de alivianarse la espalda, tiene mercenarios sureños tras la cabeza de cualquier mujer de pelo rojo. Por supuesto, han sido lo bastante listos para amedrentar a miembros del concilio del Este también. La entregaran en cuanto la atrapen. La nueva reina del Norte y señora del Bosque Negro, ha sido bastante implacable, aunque tiene guarniciones de norteños con ella, su guardia principal es del Sur —fue Bankotsu quien se acercó a su vez a ella, haciéndola sentar de nuevo.

—Pero si mi alma y corazón han sido arrancados ¿Cómo se supone que me quede aquí como si nada?

—Porque la matarán en cuanto salga aquí. Algún rastreador notará su cabello y se la llevará frente a Kikyo, donde la asesinaran de una vez por todas —observó Bankotsu

—¡Y eso a usted que le importa! ¡Nadie le llamó a meterse en mis asuntos! Porque es eso o morir aquí mismo —exclamó la viuda de Inuyasha

Bankotsu pareció respirar un poco antes de mirarla a los ojos.

—Usted se quedará aquí. He roto muchas promesas, pero no voy a quebrantar el ultimo pedido de mi hermano.

Kagome se dejó caer en la piedra ante aquella mención.

Bankotsu ni siquiera la miró cuando dijo aquello.

—Pero usted no amaba a su hermano, como yo sí amaba a mis hijos —esgrimió duramente Kagome.

Suikotsu bajó la cabeza y Bankotsu apretó los puños, parecía contener algún tipo de explosión, pero a Kagome no le importaba ser hiriente. El desconsuelo y aflicción que ella sentía era demasiado vasto como para tener delicadezas con nada ni nadie.

En ese momento, volvió a advertir aquella extraña sensación que la hacía sentir tan miserable: oía los gritos de sus hijos o del propio Inuyasha.

Como una visión sin imágenes. Como una quimera o alucinación espeluznantemente real.

¿Qué demonios era aquello?

Se llevó las manos a la cabeza, y comenzó a llorar desconsoladamente, arrojándose al suelo.

Suikotsu miró a su hijo. Podían darle un poco de privacidad a la pobre mujer, así que ambos hombres se alejaron, para darle a la mujer algo de espacio en medio de tanto llanto.

—Pobre muchacha...

Bankotsu curvó los labios. Estaba rabioso por los dichos tan duros de ella, pero verla allí, tan frágil y con tamaño suplicio a cuestas, le dio lastima, así que prefirió alejarse.

—iré a dar una vuelta —anunció el mercenario, cogiendo la espada que estaba junto a la pared.

Suikotsu se quedó a metros de la joven que lloraba. Decidió entrar a la casa a buscar algún té calmante que pudiere darle para cuando acabara con su vagido.

Tantas lagrimas podrían ser capaces de romperle aún más su destrozado corazón.

Kagome quedó sobre el pasto, padeciendo lo indecible, sintiendo que el alma se le fracturaba cada vez que percibía por sus poros, la agonía de su familia.

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Bankotsu se había alejado entre enfadado y nervioso, pero volvió al cabo de una hora a la orilla del lago.

La joven ya no estaba en el suelo, sino sentada sobre la enorme piedra de vuelta. Tenía la mirada perdida en algún punto indeterminado.

El mercenario miró hacia la cabaña. Su padre parecía trabajar, pero tampoco le perdía pisada a la muchacha, cuidándola. Solo le había dado holgura y privacidad para su pena.

El joven se acercó a la muchacha.

No estaba muy seguro aún de lo que iba a decirle, cuando Kagome lo sorprendió con estas palabras: —Mis hijos no sufrieron mucho al morir. Fue una caída rápida. No creo que hayan agonizado. Pero, aun así, siento como si tuviera sus congojas dentro de mi propio espíritu. Incluso puedo sentir a mi esposo; él nunca fue bueno conmigo, pero era el marido que los dioses me proveyeron y yo cumplí.

Bankotsu miró hacia el agua.

Su hermano Hiten estaba muerto y con él se había llevado una parte que Bankotsu nunca recuperaría. Fue su mejor amigo, su confidente. Le había contado cosas que nunca volvería a contárselo a nadie más. Esa mujercita nunca comprendería su pena, pero él juró sobrevivir a Hiten y era eso lo que estaba haciendo.

Ya ajustaría cuentas con el malnacido de Hiten cuando se reencontrara con él en el Valhala y lo abofetearía por el deber que le impuso.

—Tenéis razón en que no debería aventurarme para ningún lado —murmuró la joven —. Le ruego que me ayude.

Bankotsu la miró sin entender.

Kagome se levantó y caminó pausadamente hacia él. Como si hubiera estado meditando sobre algo.

—Se lo suplico, acabe con mi tormento…—pidió la joven, mirando el puñal que Bankotsu detentaba por la cintura.

Bankotsu se indignó. La mujercita quería morir y pedía, como ruego que él la matara.

Tenía una deuda de honor con su hermano, no pensaba romperlo.

— Tha mi airson a marbhadh, ach cha toir sin mo bhràthair beò. Ach ga fàgail beò, bidh mi a 'cumail gealladh —murmuró Bankotsu en idioma gaélico, que era el dialecto de los montañeses del Este.

—No hablo gaélico…

Bankotsu acarició su puñal, pero sin dejar de mirar a la joven, como si la detestara.

—Quiero matarla, pero eso no devolverá la vida a mi hermano. Pero dejándola vivir, estaré cumpliendo una promesa —volvió a murmurar Bankotsu en el idioma que ella entendía.

La mujer tragó saliva, y retrocedió unos pasos, como si le atizara aquel veredicto de que él no pensaba ayudarla a morir.

—Entonces que así sea —balbuceó Kagome —. Entonces, ¡me mataré yo misma! —volteándose con rapidez, como para arrojarse al agua.

Lo que ella no contaba era la agilidad y fuerza de él que la cogió antes de que pudiera materializar su suicidio.

Ella intentó soltarse con violencia.

—¡Soltadme! ¡Os lo ordeno! —magullando con ferocidad e intentó huir.

El mercenario la tenía cogida por atrás, y no tuvo más remedio que sacar el puñal que ella tanto había mirado para golpearla en la cabeza, con la empuñadora, para que perdiera el conocimiento.

La mujer cayó al suelo, desvanecida.

Bankotsu guardó el puñal para luego coger entre sus brazos a la mujer desmayada y llevarla junto a su padre para que le diera algo que la calme.

Entendía su dolor y frustración. Pero no le perdonaba que Hiten muriese por ella y que ahora la misma mujer, quisiese poner en balanza los sufrimientos de ambos, como si el perder a su hermano no le hubiera roto el corazón, como a ella se le rompió con la masacre de su familia.

Acostó a la mujer en la cama y salió afuera. Suikotsu se quedó junto a la dama convaleciente.

Bankotsu prefirió alejarse o de lo contrario temía cometer una locura, como asesinarla allí mismo.

Estas mujeres nobles, criadas en algodones y sedas nunca entenderían a hombres como él.

Él y su hermano eran fieros montañeses del Este. Las circunstancias y el instinto guerrero de Hiten lo condujeron al Norte. Además, no quedaba nada de su clan. Los MacFarlane. Los últimos tres miembros eran él, su padre y hermano. Nada que proteger. Ningún terrateniente que salvaguardar. Tierras expropiadas por el Concilio que veían a lo que quedó de su clan como una amenaza.

La ecuación era sencilla. El último rey que reinó el Este hace 100 años fue un MacFarlane y el Concilio tenia temor que se reinstaurara la monarquía, amparados en aquel vinculo de sangre así que defenestraron a ese Clan hasta que casi no quedara nada de ellos.

Por ello es que a pesar del ilustre pasado de sus ancestros, este proscrito clan nunca obtuvo puestos en los sucesivos concilios de Gobierno y mudaron su residencia a las Montañas.

Hiten y Bankotsu se criaron en estas Tierras Altas y su padre era médico. Hiten marchó al Norte a cumplir con su vocación de soldado, escalando hasta convertirse en la Justicia del ultimo monarca. Bankotsu, de temple algo más relajado, se volvió un cazador de recompensas.

Hiten acabó siendo víctima de las conspiraciones y de las ambiciones políticas que ahora tenían supeditado al Norte.

Bankotsu apretó los puños.

No podía respetar a una mujer así. Alguien tan insensible al dolor ajeno. Una egoísta que creía que sólo sus hijos merecían venganza. Como si los otros norteños o quienes murieron al servicio del Norte no contaran.

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Cuando Kagome abrió los ojos, le dolía la parte superior de la cabeza, producto del golpe que le propinó Bankotsu.

Se masajeó un poco y se incorporó. Vio a Suikotsu sentado, revolviendo algo en un fogón. Imaginaba que, siendo médico, pasaba mucho tiempo elaborando hierbas y brebajes.

El buen hombre le otorgó una amable sonrisa.

Pero lo que a Kagome le había despertado no era el olor de las pócimas, sino unas melodías, que no recordaba haber oído antes, pero que, sin embargo, le era imposible escapar del profundo sentimiento que emanaban de ellas.

Kagome se levantó, ante la atenta mirada de Suikotsu, quien seguía en lo suyo.

La muchacha fue hacia los ventanales, atraída por el sonido.

Era música de un instrumento de viento: una gaita montañesa, una especie de flauta hecha de sacos de viento.

Kagome fue educada por un gran tutor que le guío por el folclore y costumbres de países orientales. Las gaitas montañesas eran utilizadas por los clanes del Este, en la época de oro de ese país. El concilio prohibió su uso, probablemente en un intento de socavar cualquier costumbre que rememoraba a la antigua monarquía del Este.

Así que Kagome sólo conocía de ella por imágenes de los libros y narraciones de los maestros.

Alguien, desafiando la ley, a pocos metros de la cabaña estaba tocando la gaita, emitiendo un nostálgico y melancólico solfeo.

No supo por qué, pero a Kagome se le infló la curiosidad y salió atraída por la música.

Se quedó de piedra al salir hacia el pozo y encontrarse a Bankotsu arrimado a ella y ejecutando aquel instrumento.

Él no la veía, porque estaba de espaldas, pero de todos modos ella no se atrevería a interrumpirlo en su ejercicio.

—Pero ¿qué está haciendo? —preguntó Kagome a Suikotsu, quien había venido detrás de ella.

A Suikotsu se le cristalizó la mirada.

—Se despide de su hermano, tocando gaitas prohibidas como homenaje. Es como si le mandara el mensaje de que se verán algún día en el Valhalla de nuevo. Todas las noches, desde que mi hijo murió, Bankotsu ha tocado la gaita.

Kagome entre sorprendida y extrañada, se quedó allí en silencio observando aquella fraternal demostración de cariño y amor, que iba más allá de la muerte.

Se empezaba a sentir pésimo por haberle dicho cosas tan hirientes y lacerantes a un hombre que amaba tanto a su hermano.

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Bankotsu terminó de lavarse la cara.

Pensaba salir a pescarse su desayuno. Habia pasado la noche, durmiendo en la enorme hamaca que colgaba de unos árboles allí afuera, desde que tenían a la mujer del fallecido rey norteño oculta en la casa.

Así que decidió que no iría a comer allí. No tenía ganas de encontrarse con aquella mujer.

Pero cuando volteó para buscar su espada, se encontró con ella.

Se había materializado allí tan rápido que apenas la pudo detectar.

—¿Qué haces aquí? —preguntó él, desconfiado. Ojalá que no viniera a pedirle de nuevo que la matara, porque ahora sí que se plantearía la conveniencia.

La mujer estaba los ojos rojos, como si estuviera estado despierta toda la noche. Además, tenía cierto aire de culpabilidad.

—Quiero agradeceros.

Bankotsu frunció la frente. Esto era nuevo.

—Sé que sólo cumplisteis la última voluntad de vuestro hermano, a quien amabais. Y por ello, mi agradecimiento. No me debíais nada, pero aún así, honraste vuestra promesa.

—Él juró dar su vida por el Norte y así fue. No la culpo a usted por ello —adujo Bankotsu, aunque ligeramente desconcertado por la aparición de la muchacha.

Ella caminó unos pasos hacia él, con la frente en alto.

—Es por eso que sé que sois el indicado para ayudarme. Juraste a vuestro hermano el protegerme —profirió la muchacha haciendo una pausa antes de añadir —. Deseo que me acompañéis a un lugar. Quiero mi venganza, y la tendré. Vos tendréis la de vuestro hermano.

Bankotsu enarcó una ceja.

—Pero ¿dónde cree que podrá alcanzar eso? —atinó él a preguntar, aunque tenía más cuestionamientos acerca de cuándo cambiaron los deseos de morir a los de una venganza.

Pero ella estaba allí decidida. Como si algo la hubiera empujado a una decisión divina.

—Navegaremos al Oeste en cuanto podamos. Ese país será la llave para mi venganza.

CONTINUARÁ.


NOTAS.

Gracias mis hermanas por vuestra compañía.

Besos a mis bellas comentaristas KARLA YUMAIKA, FRAN GARRIDO, JOH CHAN, AR TENDO.

¡Ah!

Las tierras montañosas del Este, por supuesto son un calco de las míticas Highlands de Escocia.

Incluso la gaita y la melodía que toca Bankotsu.

Les dejo tal cual la buscaran en Youtube.

Outlawed Tunes on Outlawed Pipes️Braveheart️James Horne

La otra canción inspiración es esta de índole vikinga y fue utilizada para reflejar el dolor de Kagome y su deseo de querer morir.

The Last Kingdom Soundtrack -Lívstræðrir Original- HQ

Pueden buscar ambas canciones, tal cual.

Por cierto, ya que estoy robando cosas de Escocia, el idioma gaélico existe y es muy sexy oírla. Esa frase de Bankotsu está en gaélico por ejemplo.

Se los agradezco mucho, vamos por el capitulo 15 en poco tiempo.

Paola.