INUYASHA NO ME PERTENECE, PERO LA TRAMA SI, SÓLO HAGO ESTO DE DIVERSIÓN

.

.

.

.

.

.

LA REINA DEL NORTE

.

.

.

.

.

CAPITULO 15

.

.

.

.

.

Las sombras que azotaban sus ojos eran como una advertencia a cualquier persona, acerca de su macabro carácter.

Sin embargo, resultaba ser un hombre de gran atractivo físico gracias a su altura, su cabellera oscura y larga. Poseía unas facciones agudas y una mirada rasgada.

Sus ojos eran de un tinte marrón rojizo

Su reputación lo precedía, aunque nadie se atrevería a reprochárselo. Se rumoreaba que asesinó a su tío y a su primo, para quedarse con el trono del Sur.

Naraku era un hombre temido y pragmático. Carecía de la impulsividad de muchos monarcas jóvenes, como lo fuera su rival Inuyasha.

La particular guerra fría entre el Norte y el Sur zanjada hace décadas con los sucesivos tratados de paz era un punto que chocaba con sus ideales expansionistas y deseos de devolver al Sur al pedestal de la gloria.

Por eso, esperó los aliados adecuados y el plan oportuno para hacerse con su más grande proyecto.

Naraku, un joven educado con ideas más liberales y que pugnaba que el honor sureño fue tocado al dejarse vencer por el Norte.

Su tío lo terminó expulsando del consejo, por sus ideas pro belicistas y sus continuos intentos de socavar la autoridad real.

La ratificación de paz con el Norte fue revalidada durante su corto exilio. Con las prematuras muertes de sus parientes, y por el ser heredero más próximo, fue convocado y coronado como rey del Sur. Volvió a certificar la paz con el Norte como fachada, pero lo cierto es que Naraku tenía otros planes.

El Sur nunca había tenido la misma gloria y tradición que el Norte. Era hora que alguien se lo devolviera, así que comenzó a conspirar de forma lenta y planificada para deshacerse de la familia real norteña y todos los potables herederos de la Antigua Sangre.

Ocasionarle un poderoso golpe moral al Norte.

Hizo un tratado con los Barbaros de la Planicie para permitirles el paso por sus fronteras para marchar al Norte y financió los equipamientos militares de estos.

Su complejo megalomaníaco lo llevó a transcender esta conspiración a una de gran escala en miras a expandir sus dominios: tenía en objetivo al Norte y al Este. Convertirse en el más grande de los monarcas orientales.

El Norte, con la cabeza cortada era actualmente reinado por la hija de su principal aliada. Naraku despreciaba a Varra, pero encontró en ella una hábil intrigante de muchos recursos.

El Este, era gobernado por un grupo de ineptos, sin orgullo. Las imponentes tierras altas del Este merecían un gobernante a su altura.

Con respecto al primero tenía una solución que además ayudaría a satisfacer un deseo muy íntimo y obsesivo: unirse en matrimonio a Kikyo, la hija de Varra, ungida actualmente soberana del Norte.

La quiso para él, desde la primera vez que trató con ella y su madre. Su gran defecto: era el amor estúpido que parecía sentir por Inuyasha.

Así que Naraku confabuló con Varra la muerte de Inuyasha sin que Kikyo tuviera voto en ello, porque ella nunca aprobaría aquello.

Al casarse con la joven reina, además de tenerla a ella, obtendría a su vez, el control del Norte.

Él sería el esposo y ella estaba obligada a obedecerlo.

La propuesta matrimonial sería enviada transcurrido un periodo prudencial, atendiendo el duelo que vivía el Norte por la masacre en el país.

Al Este pensaba invadirlo con mecanismos de fuerza y persuasión. El gran aliado del Este siempre fue el Norte, pero Kikyo nunca movería un dedo por estas personas, así que Naraku estaba seguro de la anexión del Este a sus dominios.

Naraku ya fantaseaba en convertirse en el primer gran Emperador del Oriente al dominar el Sur, Norte y Este.

Y no le estaba yendo mal a juzgar por los últimos acontecimientos. Todos lo creían el gran salvador del Norte, al enviar sus tropas a ayudar a despejar el Norte de los invasores.

Ayuda enviada convenientemente tarde, una vez confirmada la muerte de la familia real norteña.

También implicó una doble traición contra sus propios aliados barbaros, ya que los masacró en aquel ataque. Naraku era un hombre frio y sin escrúpulos, a quien no le temblaba la mano para ordenar un genocidio si aquello servía a sus intereses.

Extendió el enorme mapa sobre la mesada.

Pronto gran parte del Oriente seria suyo, con poco esfuerzo.

Sonrió de modo infernal y los ojos le brillaron como si fueran de rubíes diabólicos.

Su próximo paso sería tomar a Kikyo.

.

.

.

.

.

.

Vestida de negro de pies a cabeza, Kikyo presidia la audiencia en el Gran Salón, sentada en el gran trono del Norte.

La terrible desolación que sentía por haber perdido a Inuyasha la tenía en un estado mental que la llevaba a despegar una gratuita crueldad sin miramientos.

Mandó azotar a varios mercaderes que osaron poner su mercancía cerca del mercado, sin haber pagado un canon especial. Lugo dirimió un caso de adulterio que le fuera presentado, haciendo que apedrearan al cónyuge infiel.

Incluso Varra se descolocó al sentir que no podía controlarla.

En las únicas cosas que permitió a su madre aconsejarle fue sobre el nombramiento de Onigumo como Justicia de la Reina.

A Kikyo le desagradaba su servilismo, pero Varra tenía razón. Onigumo era leal como un perro y conocía los detalles de su conspiración.

El otro decreto tuvo que ver con el nombramiento del joven Miroku como primer comandante de la Guardia del Castillo.

Ese hombre no era afín a lo suyo, pero como Varra le explicó, tenían que tener a un norteño de notable honorabilidad en un puesto de consideración.

Además, Miroku tenía la confianza de mucha gente. Habia servido al difunto rey y en un arranque de lealtad y deseo de servir, fue el primero que se arrodilló frente a Kikyo para jurarle fidelidad y devoción.

El joven lo hizo porque se sentía pésimo por no haber participado de la defensa de la ciudad y de la familia real.

Lo otro que Kikyo decidió, pero en conjunto con su madre fue ignorar los pedidos de ayuda desde el Gran Peñasco donde estaba lo que quedó del Gran Ejercito Norteño.

Las huestes, al no recibir apoyo se dispersaron, otros murieron, desertaron. Ésta fue una condición que Naraku les impuso como condición a su apoyo a su pretensión a la corona norteña.

La nueva reina accedió, porque el apoyo de ese hombre era vital. Además, Onigumo se encargó de interceptar los pedidos de auxilio y que nadie más los viera.

Al saber de la dispersión y deserción, impuso órdenes de arresto contra éstos, como castigo, quedando estos otroras valerosos soldados como desertores y cobardes. También encargó castigos para las familias que dejaron en el Norte, firmando su expulsión del País.

La mayoría huyó al Este o cruzó al Oeste.

Nunca encontraron el cuerpo de Kagome, y aunque no creía que pudiere estar viva, igual extendió recompensas para quien hallara a una mujer de cabello rojo. Cuando justificó aquella acción, sólo dirimió que había tenido noticias de probables impostoras, que tal vez quisiesen tomar el lugar de su más querida media hermana.

Por supuesto una falacia total, pero debía mantener las apariencias.

Era reina, eso era cierto ¿pero a qué precio?

No tenía a Inuyasha con ella. Así que no le quedaba más que reinar con mano dura, para que todos sufrieran como ella de algún modo.

.

.

.

.

.

.

Bankotsu cortaba leña y lo hacía con furia desmedida. Cortó tantos troncos en tan poco tiempo que con eso ya tenían para dos inviernos.

Sólo cuando su padre fue a llevarle algo de té, paró su trabajo.

Tiró el hacha y se llevó el tazón a la boca, pero lo acabó escupiendo al primer trago.

—No beberé esto, padre —masculló el mercenario —. Prefiero el hidromiel.

Suikotsu se sentó sobre la piedra.

—Ella está determinada a marcharse. Hoy me pidió un tónico especial para colorear su cabello y hacerla menos reconocible por los caminos.

—¡Es que su marido no se encargó de darle unas buenas zurras en su tiempo! Eso de marchar al Oeste como si fuera un paseo por su jardín. Creo que ella no entiende el peligro. Además, al patán que rige esas tierras le importa bien poco lo que ocurra aquí —escupió Bankotsu, recordando lo que Kagome le informó hace unos días, lo de marchar al Oeste.

—¿No habló de sus planes? —preguntó el medico

Bankotsu meneó la cabeza.

—Pero aparentemente por haber tomado aquella decisión, acertada o no, ha insuflado muchos ánimos a su cuerpo y eso la ha llevado a sanar mas rápido. Como si el deseo de morir que tenía estuviera en suspenso, por la idea que se le ha metido a la cabeza —informó Suikotsu reflexivo —. Opino que deberías hablarle, que te detalle sus planes. Al menos, escúchala, antes de juzgar sus acciones.

Bankotsu se apretó el puente de la nariz.

Esa mujer era un problema y lo peor es que estaba atado a ella, por un juramento hecho a Hiten. Habia jurado protegerla.

Hiten murió en cumplimiento de su deber. Murió como mueren los hombres de verdad.

Pero, aun así, Bankotsu la culpaba de aquella muerte.

Finalmente decidió que oiría lo que ella podría decirle de su estúpida campaña de ir al Oeste.

.

.

.

.

.

.

Kagome sacó su cabeza del enorme baldón de agua fría que Suikotsu le preparó. Habia puesto el tónico especial que éste le proporcionó para cambiar el color de su cabello.

El rojo de la casa Higurashi.

Reconocible y único. No podía lucirlo si era cierto que Kikyo tenía desplegados mercenarios para cazar pelirrojas. Como debía estar temblando su media hermana aun ahora.

Kikyo siempre la despreció por su posición en el mundo y porque ella poseía todo lo que la joven bastarda aspiraba.

Kagome frunció los labios.

Kikyo terminó quitándoselo todo al final.

Un par de lágrimas cayeron de sus ojos, pero se los limpió de inmediato. Se había jurado no volver a llorar, no hasta tener sus planes en marcha.

Se acercó al pequeño espejo para mirar su rostro y el reflejo que éste le devolvió la impactó por el cambio.

De la suave mujer pelirroja, de facciones cuidadas, ahora era una mujer de cabello oscuro, con la piel tostada y bolsas bajo los ojos. Parecía haber envejecido cinco años en esas semanas.

Con lo que había sufrido, estaba casi irreconocible, aunque seguía siendo una mujer bella, pero los ojos traslucían toda su experiencia y dolor. Aquello no podía disimularse.

En eso, una sombra se materializó a su lado.

Kagome giró y se encontró con Bankotsu quien la miraba entre asombrado y desconfiado.

Ese hombre parecía tener un tino especial para hacerla sentir culpable, pero la joven no era tonta y había tenido tiempo de analizarle. Ese tal Bankotsu era casi como Hiten, un hombre que consideraba las palabras de honor, como deudas hasta la muerte.

—Señor MacFarlane

Él tenía el rostro rígido y lleno de recelo hacia ella.

Cruzó sus brazos sobre su pecho.

—Va a explicarme aquí y ahora sobre su plan.

Kagome se levantó y caminó hacia el lago. Parecía estar embebida en aquel proyecto.

—Pienso vengar a mi casa y a la casa de mi difunto esposo. Me niego a pensar que mis hijos quedarán sin su venganza —Kagome apretó los puños y prosiguió —. Soy la legitima heredera del Norte; mi familia fue masacrada y yo soy la última Antigua Sangre legitima que queda. Kikyo es una bastarda. Yo soy quien tiene derecho al Norte. Eso se lo haré saber al Gran Lord de las Tierras del Oeste.

Bankotsu no era idiota, creía entender por dónde iba ella. Soltó sus brazos y dejó que la mujer siguiera con su exposición.

—Como reina legitima del Norte, él aceptará desposarse conmigo.

Bankotsu rió.

—El lord de esas tierras no es alguien que se deje llevar por caras bonitas.

—No sólo por la perspectiva de casarse con una Antigua Sangre —replicó Kagome —. Sino porque me arrodillaré ante él, ofreciéndole el Norte como dote. Sólo así, él no dudará en ayudarme a vengar de mis enemigos. Él tomará el Norte, como mi legitimo señor y yo obtendré mi venganza.

Bankotsu esperaba cualquier cosa, pero no aquello.

—Usted está desvariando, señora.

Kagome giró a verlo desafiante.

—No, y usted señor McFarlane me acompañará. El juramento que hizo a su hermano no la va a romper ¿o sí? Usted me ayudará en mi cruce al Oeste, y una vez que tenga el apoyo del Gran Lord, yo misma lo liberaré de esa palabra.

El hombre apretó los puños. El hecho de que ella lo manipulara apelando aquel juramento sagrado lo enervaba.

—Sólo eso me detiene de matarla aquí y ahora —escupió él, mirándola fijo desde su altura, porque ella era muy pequeña, frente a la imponente altura del mercenario.

Kagome regresó a sentarse para peinar su cabellera.

—Todavía quiero saber algo

—No sé qué pueda decirle más que pueda satisfacer su curiosidad, señora.

—¿Cómo supieron lo de la conspiración de Kikyo con el Sur? ¿Cómo están seguros? Las conjuras se suponen secretas. ¿Cómo un campesino de las Tierras Altas del Este pudo acceder a ello? —cuestionó la mujer, no importándole ser insoportable y severa en sus preguntas.

Bankotsu cogió una piedrecilla y la arrojó al agua.

—Tan idiotas nos cree, ¿verdad? ¿usted piensa que mientras usted reposaba yo no saldría a investigar? Mi hermano murió y no en una simple invasión bárbara. Eso fue ideado y planeado. Busqué respuestas, investigué. Incluso torturé y asesiné para obtener mis respuestas —reveló él —. Así que cuando usted despertó de su reposo, le serví lo que sabía ¿satisfecha?

Kagome notaba que al hombre le brillaban los ojos de la rabia al decirlo. Con ello, comprendió que estaba diciendo la verdad.

Sentía un poco de lastima de volver a atarlo con la promesa a Hiten.

Pero Kagome estaba presta a todo, por obtener la justicia que tanto ansiaba para su familia.

Si estaba dispuesta ofrendar su legítimo derecho al Norte a un desconocido con fama de taimado, como oyó que describían al Gran Lord del Oeste, entonces se permitiría usar y abusar del honorable pedido de Hiten.

—Le creo —afirmó Kagome, volteándose a mirarlo —. Por ello requiero que me acompañe en mi travesía al Oeste. Tendré mi venganza…y usted también.

Bankotsu no estaba en nada convencido. El plan que ella le esgrimió no era algo que él hubiera imaginado.

Si fuera por él, no apoyaría un proyecto así. ¿Y esta era la reina por la cual Hiten dio su vida?

Una mujer que regalaría al Norte, por vengarse.

Aunque comprendía su tormento. Sólo hace unos días, ella pidió morir y sólo por este plan, había recobrado un soplo de vida.

Pero también pensaba que ella sólo le pedía acompañamiento, que lo absolvería de su juramento de honor a Hiten apenas cumpliera con su cometido de unirse con el líder del Oeste.

Bankotsu quería sentirse libre de ella.

—Marcharemos en una semana. Es el tiempo suficiente para que se consiga ropas y otras cosas —le anunció él, ante la sorpresa de ella.

Kagome lo miró. Tenía que levantar algo la cabeza para poder mirarlo a los ojos. Por unos cortos segundos, no pudo evitar quedarse pegada al intenso azul de la mirada de ese hombre.

No solo por el color, sino porque parecía transmitir algo más.

Le intrigó.

La mujer bajó la mirada, un poco azorada.

—¿Qué le hizo cambiar de idea tan pronto? —preguntó Kagome, aunque intuía la respuesta.

—¿Cuál es el valor de la palabra de un hombre? Usted nos cree unos zarrapastrosos, pero créame que le damos un profundo significado a los juramentos. Hago esto por mi hermano, no por usted y su idea de vender su propio país.

Kagome tuvo que tragarse el deseo de recriminarle su grosería. Eso no era asunto suyo.

Decidió contenerse y ser diplomática.

—Que así sea, entonces.

CONTINUARÁ


Antes que nada, mis disculpas por la tardanza, estaba viendo una serie de escoceces y quedé prendada de un hombre con Kilt.

Esta corta actualización donde vimos en que consiste la idea de Kagome. Muchos podrian decir que es deshonroso, pero ella quiere vengarse aún si aquello implica vender a los suyos y entregar a su patria. Yo creo que aún no desiste de querer morir luego de esto. Sufre demasiado.

Veremos si ocurre algo en el viaje, que pudiere cambiar algo o no.

Por de momento, Bankotsu la detesta y además la cree peligrosa por sus ideas de venderse al Lord del Oeste.

El capitulo 16 será de transición, pero en el 17 aparecerá un personaje principal nuevo que me encanta.

Les agradezco mucho mis queridas FRAN GARRIDO, JOH CHAN, AR TENDO Y NUESTRA YUMAIKA.

El sigte capi sale enseguida, lo juro.

Gracias.

Paola.