INUYASHA NO ME PERTENECE, PERO LA TRAMA SI, SÓLO HAGO ESTO DE DIVERSIÓN

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LA REINA DEL NORTE

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CAPITULO 17

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—¿Acaso perdió el juicio? —cuestionó Bankotsu, ante la orden de Kagome

—Estoy hablando en serio —replicó Kagome, bebiendo una taza, que contenía té.

Habia ido a verla en la posada donde se estaba quedando la muchacha. Llegaron al Oeste luego de casi tres meses de iniciada su travesía desde el Este, cabalgando durante semanas, hasta finalmente conseguir un barco en el Puerto que los trajo a este país.

Fue la primera vez que Kagome navegó y tuvo un horrible descubrimiento con eso: el viaje le daba nauseas, así que pasó gran parte con una cubeta a su lado.

Lo peor no era eso, sino que se les agotó el dinero que trajeron para el viaje. Bankotsu se tuvo que emplear a las órdenes del capitán de barco, haciendo tareas de marinero para ganarse algunas monedas, y gracias a eso, pudieron bajar contando con algo de dinero, que se usó principalmente para buscarle alojamiento a ella.

El Oeste era un país muy diferente a los otros orientales. La ciudad era como un gran mercado, llena de comerciantes, tiendas y puestos callejeros.

Los mejores tejidos y enseres sólo podían conseguirse en este lugar. También las personas eran muy diferentes, más sueltas y hasta modernas en comparación a los otros países orientales más conservadores como el Norte.

El modo de vestir también era notable. Notorias pelucas, zapatos con tacón y ropas con librea.

Kagome y Bankotsu llevaban una semana en la ciudad. Él se aseguró de mantenerla asegurada dentro de la posada, y que no llamara la atención. Él si salía a rastrear y explorar, en especial buscando la locación del mapa donde estaban las coordenadas de la cueva.

Kagome quiso ir con él, pero Bankotsu fue bastante inflexible.

Por eso le irritó tanto cuando ella anunció que deseaba ir a la Corte del Lord del Oeste.

—¿Qué no era su plan sacar esa dichosa espada primero, para ir a enseñárselo? —reclamó Bankotsu malhumorado.

Kagome se sentó.

—Quiero conocer al Lord del Oeste —y ante la mirada inquisitiva de Bankotsu, se apresuró en añadir —. Por supuesto sin que se entere, quiero ver alguna de las audiencias que preside en su Corte —su mirada se dirigió hacia el ventanal—, al menos quiero saber a qué atenerme cuando vaya a presentarme oficialmente con la espada a hacerle mi propuesta.

El mercenario se apretó el puente de la nariz.

—Si promete comportarse, quizá podremos infiltrarnos —finalmente anunció él

—¿Sabe usted cuando son sus audiencias?

Bankotsu parecía más preocupado por otra cosa.

—¿Qué ocurre? —insistió ella

—Ese hombre, ese Lord del Oeste es un sujeto algo estrafalario.

—¿Lo conoce?

—No, pero he oído algo de él, que es un hombre algo tocado. Las personas así son peligrosas.

Kagome pestañeó.

—De todos no tengo elección ¿Qué podría hacerme que no me haya hecho ya mi primer esposo? Además, si resulta un sádico violento, tampoco me importa. Es el precio que pagaré si con eso, alcanzo vengar a mis hijos.

Bankotsu decidió no tocar más el tema, ante la firmeza de ella en algo que ya se había discutido.

Igual le daba pena. Al comienzo era lastima, por saberla en un segundo matrimonio que podría ser aún más desdichado que el anterior. Aunque el mercenario no comprendía porque le pesaba aquella información. Habia convivido en este viaje con ella, durante meses y luego de tantos roces, convivían en paz y en respeto, algo impensable al inicio de todo.

Se obligó a pensar que era la lastima creciente que sentía hacia ella.

Además, pronto se libraría de ella. Cumplida la promesa de mantenerla a salvo, ella lo liberaría de su palabra a Hiten.

—Está bien, iremos a ver a ese lunático. Asegúrese de buscar una cofia y por el amor del Odín, vuelva a colocarse las pociones de mi padre, que desde aquí puedo ver reflejos rojos. Mala hora podrían esos Mctavish aparecer y no nos saldría fácil.

Kagome asintió y Bankotsu salió.

El mercenario iba a preparar la estrategia para poder presenciar alguna de las audiencias del Lord del Oeste. Además, tendría que ocultar su alabarda. Esa arma era demasiado llamativa. Además, vería de conseguir ropas parecidas a los que usaban en la ridícula corte del Oeste. Su porte tan vistoso llamaría la atención.

Aunque en otros tiempos esto hubiera sido más impensable para él. Nunca hubiera accedido al pedido de ella. Pero quizá eran los tiempos y las circunstancias que lo estaban cambiando.

Además, debía preocuparse por situaciones más prácticas, como la falta de fondos que los apremiaba. El viaje había sido costoso y Kagome no tenía ni idea. Era natural que no supiera ni entendiera esas cosas.

Era probable que la condenada mujer creyera que el dinero caía del cielo.

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Kagome empezó a prepararse con lo que Bankotsu le consiguió. La posadera accedió prestarle, a precio de alquiler unas ropas típicas de esas tierras.

Kagome se horrorizaba de tener que usar prendas ajenas y tan usadas como esas, pero fue su decisión hacer aquella incursión a la corte del que se suponía podría ser su marido.

Obviamente lo seria.

Ningún líder podría ser tan tonto de rechazar lo que ella ofrecía. Según lo que Bankotsu le informó, él no tenía esposa ni hijos.

Suponía que eso haría puntos a su favor. Ella ya había tenido hijos y probado su capacidad reproductiva.

En el instante en que recordó a Narvel y Valiant, una mano empezó a temblarle. Se había dado a la tarea de bloquear los recuerdos y aprender a vivir, hasta conseguir el objetivo de vengarse, pero ella fue una madre y hubo una época en su vida, precisamente los años que Inuyasha la desterró, que sus pequeños hijos fue todo cuando ella tenía.

Repentinamente aquel ardor que venía atormentándole le regresó. Como si tuviera fiebre. La noche anterior había soñado con ellos, pero no como algo dulce y tierno, sino como una pesadilla. Kagome no sabía cómo interpretar aquello. De todos modos, pensaba guardárselo para ella sola, no pensaba compartir aquella carga con nadie más y eso que quizá Bankotsu podría ser un buen oyente, en razón de que había aprendido a tolerarla.

Kagome tenía que reconocer, que tuvo muchos prejuicios infundados hacia él. Cuando lo conoció hace años atrás, en la corte de su marido, su porte sardónico y burlón no daba pie a que fuera un hombre serio.

Ahora, luego de haber compartido dolor y una significativa aventura en este viaje, comprendió que era un hombre de honor y sumamente leal cuando se entregaba a una promesa. Y además era alguien practico y confiable.

Al acabarse los fondos de su viaje, él buscó la manera de ganarse el dinero para proseguir. Él creía que ella no notaba eso, pero Kagome se daba cuenta.

Habia hecho algo, pero no estaba segura de que fuera correcto. El hombre no tenía mucha ropa y siempre lo estaba lavando. Kagome era hábil con la aguja, la habían educado para ello. De hecho, ella tejió la mayoría de las camisas de Inuyasha. Era su deber de esposa fiel, aunque fuera ignorada por su marido.

Irónico, Inuyasha las consideraba sus prendas preferidas y siempre estaba pidiendo más. Ella los tejía porque era su deber y además la tarea no le molestaba. Así que pidió agujas y enseres a la posadera y le cosió una camisa blanca fuerte a su compañero de viaje.

No estaba segura de cómo dárselo, sin sentir que podría herir su orgullo.

Más tarde, él vino a traerle algunas provisiones. Era evidente que fue a trabajar para poder ganárselo.

—Ten esto, la señora de la tienda del otro lado de la calle dijo que las damas necesitan esto.

Era evidente que eran toallas y telas femeninas, así que el hombre se lo dio con cierto sonrojo.

Kagome lo tomó, y mientras él ya estaba girando para marcharse, ella lo detuvo.

—Quiero decirle algo —Bankotsu volteó extrañado —. Mi agradecimiento por lo que hace por mí. La promesa no lo obliga a esos detalles, pero usted se ha esmerado por mi bienestar.

Kagome y Bankotsu se miraron por unos largos diez segundos. La joven no pudo evitarlo y no comprendía porque sentía que podía reflejarse en los enormes ojos azules del señor MacFarlane.

Pero sólo por el reflejo, había algo más.

Finalmente, ella misma se vio obligada a cortar aquello, girando para traer lo que quería darle.

Cuando se lo extendió, él se sorprendió.

Era una hermosa camisa blanca, bordada y tejida, como no recordaba haber tenido nunca.

Siempre había comprado para sus enseres, y era la primera vez, desde que era un hombre adulto que alguien le daba un obsequio personalizado.

Los dedos de Bankotsu acariciaron aquella prenda.

Se sentía un tonto por no saber qué decir, así que se limitó a hacer un gesto con la cabeza como gratitud.

—Mañana partimos a la ciudad. Está como 8 kilómetros de aquí, y es donde el Lord preside sus audiencias o parecido a eso. Será su oportunidad de ver el manejo con sus súbditos.

—Dormiré temprano —respondió la joven, dudó un poco en girar y añadir —. Buenas noches, señor MacFarlane.

—Buenas noches, señora —replicó él, ligeramente nervioso antes de huir a toda prisa.

Kagome notó aquel cambio. Siempre la había llamado muchacha, mujer o algo así. Pero nunca le había dicho aquello.

Decidió echarse bajo las mantas y dejar de estar pensando en cosas inadecuadas. En lo único que debía estar concentrada era en su misión en el Oeste. Nada más debería importar.

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La corte del Lord del Oeste era suntuosa y enorme. No estaba dentro de un gran salón, como otras cortes orientales, sino que se situaba en una especie de plaza con tarima con trono, donde se sentaba el tal gran señor.

Lo que convertía las audiencias en públicas, porque podían ser presenciadas por todos lo que se acercasen. Mucho oro, plata y ribetes de adornos.

El trono del Oeste era un enorme sillón hecho de oro macizo, lo que daba cuenta de la ostentosidad y riqueza. El particular estilo "dandy" de vestir con pelucas y trajes de dos piezas brillantes con zapatos de tacón predominaban en el lugar.

A Kagome y a Bankotsu aquellos disfraces de loco, como los llamó el mercenario, les vinieron de maravilla. Se harían pasar por matrimonio, estratagema que ya venían usando desde que bajaran por las Tierras Altas y cruzaron en el barco. Funcionaba y no era llamativo.

La peluca de color blanco fue una bendición para Kagome en su lucha por cubrir los reflejos rojos de su cabello, que siempre amenazaban con salir.

—Me siento uno de esos bufones —masculló Bankotsu, quien se horrorizó al ver su reflejo en uno de los espejos esquineros. Espejos que estaban en todas las esquinas de la plaza, como norma especial de su señor, que era un vanidoso y que le encantaba ver su propia imagen.

—Es un reino muy rico —observó Kagome

Bankotsu bufó.

—El Lord sí que lo es. Y no es raro, con los altos impuestos que se pagan aquí.

Kagome enarcó una ceja e iba a preguntar más cosas cuando el ruido de una trompeta chillona anunciaba la llegada de alguien importante.

Kagome alzó la cabeza para ver el pequeño hombre que se acercaba con pasos ceremoniosos.

Era un hombre canijo, rechoncho y moreno, vestido con ropas ostentosas y cargando un báculo para caminar. Kagome no podía creer que aquel sujeto fuera el Lord, no lo creía tan mayor y con un aspecto así.

—Que sujeto tan pintoresco —observó Kagome, aun con la boca abierta viendo a aquel espécimen. En su fuero interno le asqueaba pensar que tendría que casarse con aquel pigmeo.

—Querrá decir ridículo —rió Bankotsu, quien se percató de la expresión de Kagome —. Ese no es el Lord, es su mano derecha, el ministro Jaken o algo así. Es uno de los gobernantes de facto de esta tierra, ya que su Lord pierde mucho tiempo entre cremas, maquillajes o en el taller de sastrería de su palacio, porque siempre está haciéndose confeccionar ropa.

Cierto alivio se apoderó de Kagome.

Finalmente, el sonido de una trompeta aún más apremiante hizo anuncio del hombre más importante de este lugar.

—Su Poderosa Majestad, Lord de las Tierras del Oeste, ¡el gran Sesshomarou!

E hizo su caminata un hombre alto, muy rubio y de aspecto imponente. Vestido enteramente con un traje ceremonial dorado, hecho con hilos de oro. La corona de su cabeza era de diamantes.

Su larga cabellera la tenía suelta y se movía de forma tan ceremonial, formal y munido de una etiqueta exquisita que rivalizaría con reinas. Además, muy bien parecido, con unos ojos del color de la miel, intensa, dulce, pero con la amarga impronta de un sujeto terriblemente frio y con fama de autócrata tirano.

Un hombre de tal prestancia y porte, al cual se le notaba la sangre monárquica y absolutista. Un hombre que usaba su poder para transformar vidas con el solo chasquido de sus dedos. Además, era el monarca más rico del Oriente. Su situación geográfica privilegiada ponía un mar entre ellos y los Barbaros, lo que implicó una gran prosperidad en el país.

El hombre acabó su pasarela y tomó posesión de su trono adornado.

Kagome lo observaba, realmente fascinada del aspecto de aquel individuo. Nunca había visto alguien tan preocupado por su apariencia personal.

Al cabo de un rato, iniciaron las audiencias. No diferían mucho de las que Kagome presenció en el Norte.

Vecinos con disputas de tierras, animales o hombres que pedían permiso para batirse a duelo.

Eso fue llamativo para Kagome, y allí Bankotsu le informó que los duelos estaban prohibidos en el Oeste, salvo permiso especial del Lord.

La mayoría de los problemas eran resueltos por Jaken, el ministro y el Lord asentía. Probablemente consideraba aquellos problemas de muy poca monta como para intervenir con su sagrada palabra.

Finalmente, algo llamó la atención.

Se presentaron tres hombres presentando una disputa sobre unas joyas. La discusión se puso acalorada en algún momento.

Jaken parecía que iba a intervenir, pero en cambio fue el Lord quien cogió la palabra.

Parecía disgustado de que le hubieran faltado el respeto en su corte.

La orden que emitió fue sangrienta y concisa, como forma eficaz de acabar con aquel problema.

—Coged a estos hombres. Colgadlos a los tres —ante la sorpresa de Kagome por tamaño castigo, desproporcionado —. Y como adicional, confiscad a sus familias parte de sus cosechas.

Nadie se atrevió a defender a aquellos sujetos por temor a sufrir represalias. Los ruegos de los condenados no se hicieron esperar, así que el Lord ordenó que les golpearan para silenciarlos y que los quitaran rápidamente de su vista.

—La orden debe cumplirse inmediatamente —agregó Jaken, sabedor de los deseos de su señor.

Kagome estaba estupefacta y aterrorizada, ante tanta crueldad gratuita.

—¿Los matará solo porque discutieron frente al Lord? —preguntó Kagome

Bankotsu asintió.

—Así es, y además les quitará el sustento a la familia que dejan, embargando sus cosechas —observó Bankotsu, quien no estaba sorprendido, ya que la fama del frío Lord era bien conocido, en eso aprovechó para agregar —. Vaya rey le espera al Norte si dobla usted su rodilla ante este hombre. Imagino que sus desmanes allí serán peor, ya que no creo que tenga cariño alguno por los norteños. No son su gente, después de todo.

La joven tragó saliva. No existía falla en aquella lógica.

Pero, sin embargo, este hombre rico y poderoso era la única llave para su necesitada venganza.

La muchacha lo pensó. ¿Qué pesaba más?

¿El honor de los norteños y de sus reyes o la seguridad del pueblo?

Narvel y Valiant e incluso su propio marido y hermano, murieron a causa de una conjura. Necesitaba su venganza y ahora más que nunca.

Aquellas horribles pesadillas con sus hijos no eran algo tan simple. Kagome había descubierto que aquellos terrores nocturnos de sentir a sus hijos cerca, sufriendo en pleno tormento infernal le hizo caer en cuenta de que sus almas no descansaban en paz.

Así que Kagome debía obtener su venganza, para que los espíritus de ellos pudieran ir a su sitio de reposo eterno. Eran niños, no debían seguir en martirio aun después de muertos.

—Vámonos de aquí —ordenó Kagome —. Iremos a la cueva a buscar la dichosa espada. Tienes la ubicación correcta, ¿verdad?

Bankotsu asintió, aunque no pudo ocultar su gesto algo decepcionado, ya que esperaba que ella cambiara de opinión al ver al déspota de marido que se iba a cargar.

—Vamos por los caballos. La cueva está a dos horas de aquí. Si salimos ahora, llegaremos al atardecer, para regresar con bien mañana al pueblo.

La mujer aceptó y se marcharon.

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La cueva de Lancastre era una gruta que, en tiempos de subida, solía quedar bajo agua. Sus constantes sumergimientos, a veces por años, lo impedían de convertirse en una zona habitable. Recientemente con la sequía, el interior de la caverna quedó al descubierto. Igual no tenía visitantes, por la cantidad de alimañas presentes.

El único atractivo que podría tener era la leyenda acerca de las espadas encastradas allí. Armas sin valor ni utilidad a personas que no fueran descendientes de la Antigua Sangre.

Así que aparentemente cierta casualidad estaba ayudando en el plan de Kagome de obtenerlas y con ello probar su identidad al Lord del Oeste.

Una sutil forma de comprar su venganza a cambio de su legítimo derecho de nacimiento.

El viaje a la cueva lo realizaron en un incómodo silencio. Kagome entendía que Bankotsu no estaba de acuerdo con su unión con ese Lord brutal, pero ella subsumía que él no tenía que opinar al respecto. Además, que pronto estaría librado de ella.

Él bajó del caballo y le conminó a ella a hacerlo, pero le advirtió que primero entraría a revisar el terreno de la madriguera, para sacar serpientes y otros bichos del camino, para asegurar la entrada de la muchacha.

Él había localizado dos herrumbradas espadas. Se notaba que estuvieron bajo agua demasiado tiempo, además la arena, el barro y las malezas hicieron lo suyo.

—Quédese aquí —preceptuó el hombre, entrando al lugar cargando su alabarda por la espalda.

La joven quedó allí, de brazos cruzados en tensa espera.

Bankotsu desapareció dentro de la gruta. Al cabo de casi veinte minutos salió a hacerle una seña, indicándole que era seguro entrar.

Kagome siguió al mercenario.

El lugar era húmedo y acuoso, así que Kagome ensució bastante de sus débiles zapatos a causa del barro. Incluso en una parte, el hombre la cogió por la cintura para alzarla, porque sería incapaz de saltar una zona lodosa y resbaladiza.

—Procure no tocar nada. Estando aquí tuve que espantar como a tres serpientes venenosas —advirtió él.

Finalmente, tanta caminata dio sus frutos.

Encastrados en rocas descoloridas y antiguas, se hallaban encajadas dos espadas que parecían oxidadas.

La joven sintió algo en el cuerpo cuando las sintió. No sabía que era ni cómo explicarlo, pero era como si la llamara a cogerlas.

La muchacha cerró sus ojos y tocó el mango de una de ellas. Lo quitó con una facilidad pasmosa, deslizándolo desde su encastre original. La espada respondía a su sangre.

Fue la primera vez que Bankotsu vio algo parecido y eso que poco antes él intentó sacarlas, solo por curiosidad. No se movieron ni un centímetro, como si estuvieran pegadas a la tierra.

Lo otro llamativo fue que cuando Kagome lo cogió, la espada volvió a adquirir color, como si fuera nueva y no hubieran pasados años bajo condiciones terribles.

La otra espada siguió el mismo camino de la otra. La joven lo quitó en un santiamén.

También recuperó vigor, perdiendo el aspecto herrumbroso, ganado luminosidad como si fuera nueva.

Bankotsu no quería admitirlo, pero estaba ciertamente maravillado con aquella demostración. La sangre no era agua y la habilidad mítica tampoco.

Igual seguía siendo pesado para ella, así que Bankotsu los cogió para llevarlos. Lo notable es que, al hacerlo, las espadas volvieron a su estado lamentable.

—Mi padre me dijo que estas armas se oxidaban si otros que no fueran de la Antigua Sangre lo portaban.

—Pues que conveniente —observó Bankotsu —. Igual, saldremos de aquí para llegar al pueblo a la hora de la cena, al menos.

Ambos salieron a pasos veloces, y estaban aún enfrascados por lo sucedido que a Bankotsu le tomó por sorpresa cuando al salir de la caverna, fueron sorprendidos con que sus caballos estaban apresados y una partida de diez hombres rodeaban el lugar. Una emboscada.

Bankotsu retrocedió unos pasos, intentando cubrir el cuerpo de la mujer.

—Son los McTavish, que trajeron unos amigos con ellos.

Esos malditos mercenarios los habían rastreado, no dispuestos a perder las monedas de Kikyo. Bankotsu le pasó las espadas a Kagome y enfundó su alabarda. Debía tener cuidado, ya que además de pelear con estos locos, debía asegurarse de que ella estuviera a salvo.

—¡Aquí los espero, cobardes! —incitó él

Lo rodearon enseguida, y Bankotsu luchó con ellos, portando su pesada alabarda en una mano y su puñal largo en la otra, moviéndose como podía, esquivando y golpeando.

Lo cierto es que los atacantes eran demasiados y algunos de los Mctavish no eran malos espadachines. Eran capaces de dar una pelea interesante.

—¡Cúbrase! —le gritó Bankotsu a ella en un momento dado al ver que dos de aquellos asaltantes se acercaban a la joven mujer.

Intentó ir hacia ella para defenderla, pero los hombres se le abalanzaban a tropel, sin dejarle respiro. Hizo varias acrobacias y volteretas para procurar derrotar a más hombres, pero tampoco era infalible. El líder de los Mctavish le hizo un corte en un brazo.

—¡Ya ríndete y entrega a la mujer! Te daremos un porcentaje de lo ganado. No quiero matarte aquí —ofreció el sujeto —. Estas rodeado y sólo.

Bankotsu parecía pensar en su siguiente jugada, cuando el sonido irrefrenable del casco de varios caballos irrumpiendo y una lluvia de flechas que dispersaron a los Mctavish.

Incluso aquellas flechas acertaron en los hombres que tenían acorralada a Kagome.

Bankotsu hizo lo propio dándole un certero golpe al líder Mctavish, dejándolo fuera de combate, ya que aquella ayuda que recibió se le hizo muy familiar.

Enseguida tuvo respuesta a su sospecha, cuando un jinete con una cofia que le cubría el cuerpo apareció sobre un caballo blanco con armadura negra. Bankotsu sonrió cuando el salvador se incorporó por encima de su caballo, cogiendo su enorme arco que era capaz de arrojar varias flechas a la vez.

—¡Subid en los caballos! —ordenó una voz de mujer.

Bankotsu cogió en brazos a Kagome para saltar por encima de uno de los caballos que trajo la jinete enmascarada.

La joven reina estaba pasmada, por lo rápido que pasaron las cosas. La misteriosa mujer que apareció salvó la situación, con una estampida y un ataque de lluvia de flechas.

Ahora marchaban a todo galope, rumbo a un sitio que desconocía, galopando a la par de la salvadora.

Kagome intentaba mirarla mientras se sostenía con fuerza a la cintura del mercenario, quien conducía las riendas con toda la fuerza y velocidad posible.

Como si lo único que fuera importante era huir, tomando toda la distancia posible entre aquellos hombres y ellos.

—Cabalgaremos sin parar. Los Mactavish vendrán por nosotros. Han muerto varios, pero no dudaran en cazarnos.

—¿¡Pero donde iremos!? —preguntó Kagome

—Iremos a un sitio donde no podrán encontrarnos —respondió él

Kagome miró sus espadas que colgaban seguras en la grupa del caballo y luego miró a la misteriosa salvadora.

—¡¿Podrías decirme quien es ella?!

Bankotsu esbozó una sonrisa.

—Es Midoriko —contestó Bankotsu —. Mi madre.

CONTINUARÁ


MUCHAS GRACIAS POR SU AMABLE ESPERA.

AQUI APARECE MIDORIKO, QUE ME GUSTA MUCHO. A VER QUE OCURRE AQUI. ESTOY INTENTANDO ACTUALIZAR MÁS PRONTO.

BESOS A MIS COMENTARISTAS DEL 16: KARLA YUMAIKA, FRAN GARRIDO Y NUESTRA JOH CHAN.

Nos leemos pronto

Besos

Paola.