INUYASHA NO ME PERTENECE, PERO LA TRAMA SI, SÓLO HAGO ESTO DE DIVERSIÓN
.
.
.
.
.
.
LA REINA DEL NORTE
.
.
.
.
.
CAPITULO 18
.
.
.
.
.
Kagome estaba tan sorprendida que apenas notó el galope veloz y tampoco la corta travesía en la pequeña barca, que tuvo como pasajeros a ella, la tal Midoriko que seguían cubierta con la cofia y a Bankotsu quien manejaba el remo.
Su salvadora no cruzó palabras con ella y estuvo bien, porque Kagome no tenía la menor idea de que hablar con ella. Desde que Bankotsu revelara de que la dama era su madre, estaba más preocupada por ver su apariencia. Por la forma en la que se movió frente a la cueva, debía de ser alguien de físico admirable.
Cuando finalmente desembarcaron en una isleta, Kagome se sintió perdida. Además, ya había oscurecido.
La mujer murmuró algunas palabras en gaélico a Bankotsu y bajó rápidamente de la barca, quedando sólo ella y Bankotsu.
—Vamos, le llevaré a un sitio donde pueda asearse y comer. Y dormir, por supuesto —tendiéndole una mano a la joven.
Un gesto espontaneo, pero a Kagome aún se le figuraba extraño, pero le pareció natural darle su mano. Ese hombre fue su guía y salvador todo este tiempo. Al menos le daría la confianza.
—¿Podría decirme dónde estamos? —preguntó la mujer
—La isla de Terma.
Kagome estaba agotada y cansada del trajín del viaje, pero estaba lo suficientemente despierta para reconocer aquel nombre. Lo había visto en los libros de historia de su tutor.
La isla de Terma era el arrecife donde vivía la legendaria tribu de las Amazonas, temibles mujeres guerreras, bastante parecidas a las valquirias, sólo que las Amazonas se erigían para proteger Terma y otros lugares emblemáticos cercanos que consideraban parte de su legado. Barbaros, salvajes ni orientales jamás intentaron incursionar en sus tierras, porque se decía que podían eliminar a un ejército si así lo deseaban.
Kagome pensó en ello mientras se lavaba y comía el pan y queso que Bankotsu le trajo. La acomodó en una especie de cabaña.
—¿No cenará aquí? —preguntó Kagome, extrañada de que él no se quedara a comer. Debía estar famélico.
Él meneó la cabeza.
Fue allí que Kagome se atrevió a preguntar.
—¿Por qué me dejó pensar que su madre estaba muerta?
—Yo nunca le dije eso —retrucó él
—Su madre es una amazona, ¿verdad?
Él asintió.
—Eso me hace tener aún más preguntas —anunció Kagome.
Bankotsu se incorporó, cogió su espada y tomó camino para marcharse.
—Pues se quedará con la curiosidad, que no soy un centro de chismes. Duérmase, que mañana será un largo día.
Eso cortó cualquier animo de charla. A pesar de que Kagome se acostó con cierta adrenalina por la curiosidad, alcanzó a dormirse enseguida. Hasta había olvidado su misión en el Oeste. Ni siquiera tuvo tiempo de pensar en aquello.
.
.
.
.
.
Ya era de madrugada, cuando un débil sonido volvió a despertar a Kagome. Le habían dado un camastro y una manta, y Bankotsu tuvo la gentileza de calentar el hogar.
El rumor que despertó a Kagome era musical y era un sonido que ella ya había oído antes.
Acordes de gaitas.
A Kagome le removió algo al recordarlo. Ella vio como Bankotsu solía tocarlo en memoria de su hermano. La joven se levantó y salió de la cabaña, caminó un poco, pero se escondió rápido cuando vio dos sombras sobre una de las lomadas. Identificó a una como la de Bankotsu, a estas alturas ya se había memorizado su porte y junto a él, estaba una mujer. Ambos tenían gaitas y las entonaban.
Era claro que eran el mercenario y su madre.
La mujer se metió a la cabaña y no volvió a salir. Era evidente que aquello era algo íntimo y privado de madre e hijo. Y además Kagome sabía lo que significaba: estaban recordando a Hiten.
Como consecuencia ella misma empezó a recordar a su propia familia perdida. Los hijos que perdió. El hermano que murió por una causa tonta. Su padre que se fue demasiado pronto. Incluso en Inuyasha, quien nunca llegó para salvarlos a ella y los niños.
Era una herida abierta la que aún tenía con su fallecido marido. No por los años de infidelidad y abandono, sino porque también fue víctima de su propia sandez y lujuria.
Al recordar a sus pequeños, un escalofrío le recorrió el cuerpo y tuvo que taparse los oídos, porque sentía como si pudiera percibir el terror de su familia en el más allá.
¿Qué podría ser aquello?
¿Acaso aquellas voces lastimeras solo callarían cuando la venganza de ella se materialice?
Es decir, al tener las cabezas de Kikyo, Varra y Naraku en picas.
Debía guardar fuerzas y pedir regresar al Oeste. Tenía un plan que seguir.
.
.
.
.
.
En la mañana, Bankotsu apareció con un cazo con el desayuno.
Kagome ya se había lavado y vestido, así que le pareció cómodo comer afuera. El hombre se sentó cerca para acompañarla.
Avena, pan y leche. Y algo de hidromiel.
Kagome ya no pudo con la curiosidad.
—¿Cómo es que te permiten estar aquí? Eres un hombre. Los libros hablan de que las amazonas no permitían la presencia de personas del otro sexo. Los matan o mutilan.
Bankotsu siguió comiendo, sin mirarla.
—Mi madre es la mujer más fuerte de este lugar. Soy su hijo, así que nadie se atreverá a ponerse en contra mía. Además, les caigo bien a esas mujeres.
—Pero ¿y tu padre?
—¿Qué hay con él?
—¿Cómo dejaron que se casaran? —preguntó Kagome
—Nadie dijo que estuvieran casados. No es necesario hacerlo para tener hijos con alguien.
A Kagome le carcomía la curiosidad seguir indagando, pero los certeros pasos de alguien que se apareció, cortaron sus ganas.
Se materializó allí una mujer alta, y de aspecto atlético. Sumamente hermosa, con su cabellera larga oscura, piel blanca como la leche y los ojos marrones más intensos que Kagome haya visto.
Su de por sí poderosa presencia se veía coronada por las particulares prendas que lucía.
Era como una falda corta con ribetes de armadura que dejaban relucir partes de su torneada anatomía.
Bankotsu no hizo gesto de dejar de comer.
—Madre —le saludó él.
Kagome casi se atraganta. Aquella mujer bellísima ¿era madre de Hiten y Bankotsu?
No parecía ser la madre de nadie. Ni siquiera podía pensar en alguna probable edad, porque se la veía muy joven, activa y muy fuerte.
Y tenía una voz autoritaria.
—Con que ella es…—aseveró Midoriko, estudiando fijamente a la joven que estaba sentada, desayunando la avena.
Kagome se sentía terriblemente incomoda y expuesta.
—Soy Kagome, es un placer conocerla señora.
—Se quién eres —adujo la mujer bruscamente —. Así como tus brillantes planes.
Kagome se sintió descolocada y miró a Bankotsu, quien encogió sus hombros.
—Suikotsu me reveló lo que planeas hacer, muchacha. Un plan atrevido ¿no te parece? —Midoriko se sentó para observar a Kagome.
Pero a pesar de la presencia intimidante de Midoriko, Kagome no deseaba verse apabullada.
—Vuestro consejo no es necesario, señora. Haré lo que deba de hacer.
—Aunque eso implique venderte a un loco —Midoriko se sirvió algo de hidromiel y comenzó a beber —. La guerra se aproxima y los principales bastiones del Oriente, tanto el Norte como el Este están hechas un caos. Morirán cientos y algunos pueblos desaparecerán. Los barbaros vendrán y no lo harán solos. Tienen el apoyo del rey del Sur.
Kagome levantó la cabeza. Odiaba tanto a ese hombre sin conocerlo. Él que fuera uno de los autores morales de la muerte de su familia.
—Es por eso que hice ese viaje al Oeste y recorrí disfrazada varios campos del Este y del Norte. Si la guerra que desangra al mundo civilizado llega al Oriente, me temo que no sobrevivirán. El concilio del Este no va a proteger a su pueblo y la reina norteña tampoco lo hará con los norteños ¿Qué creen que ocurrirá? —se preguntó Midoriko
—¿Qué se supone que haga yo sola? Solo soy una mujer que perdió a sus hijos, su marido y a su hermano por causa de la ambición. No me queda nada, salvo vengar a mi familia. Ellos no descansan en paz, eso puedo sentirlo —replicó Kagome, algo molesta de ser objeto de reclamo por parte de una mujer que no la conocía y tampoco sus motivaciones.
Bankotsu oía sin intervenir. Él pensaba igual que su fiera madre.
—Salvo doblar la rodilla frente a un demente, que hará todo menos proteger a tu gente —agregó Midoriko, vaciando su vaso y arrojando el cazo vacío por ahí.
Kagome se sintió indignada. Así que se levantó bruscamente.
—¡No se atreva a hablarme de ese modo!, sigo siendo la reina del Norte y merezco respeto. ¡Usted no sabe nada de mí y de mis motivaciones! ¡No se atreva a juzgarme!
La joven se marchó raudamente de allí. No había mucho en el lugar, salvo bordear la isla de Terma.
Pero no iba a quedarse donde aquella mujer pudiera humillarla o hacerla sentir culpable por sus decisiones. ¿Qué podría saber ella?
Imaginaba que, por sus deberes de amazona, prefirió abandonar a sus hijos y venir a esta Isla, en pos de algún supuesto deber.
Y lo que Kagome daría por estar con los suyos. Nunca los hubiera abandonado.
Sacrificaría honor, deber, seguridad, lo que fuera con tal de que ellos al fin descansaran en paz. Por eso no toleraba que una mujer que vestía paños menores viniera a sermonearla.
.
.
.
.
.
—Creo que tuvo suerte que no la haya abofeteado, mujer.
La voz burlona de Bankotsu que se había acercado a la orilla del mar a donde Kagome fue a refugiarse.
—No tenía derecho a traerme aquí —aseveró Kagome —. No renunciaré a mis planes trazados. Me rehúso a permanecer aquí, si quería realizar una visita a su madre, lo hubiera hecho cuando yo lo hubiera liberado de su promesa.
Bankotsu enarcó una ceja.
—Los Mctavish son muchos. Si los hubiéramos vencido, enseguida vendría el doble de hombres a atraparnos. No lo digo por mí, que puedo escabullirme fácilmente, pero usted es presa fácil.
Kagome apretó los labios. Se sintió ofendida y se levantó bruscamente.
—¿Dónde va?
—Buscaré la forma de escapar de este sitio. No me quedaré aquí a recibir sermones.
Dicho esto, la joven se marchó a caminar por la orilla, dejando al joven boquiabierto, aunque tampoco atinó a seguirla. Él conocía la isla de Terma y era imposible de escapar.
A lo lejos, Midoriko también los observaba fijamente.
.
.
.
.
.
Bankotsu sabía que ella estaría molesta. Pero Midoriko tenía razón en que debían ocultarse de los Mctavish. Además, a Bankotsu le inquietaba las noticias de su madre.
Esos aires de guerra y esa sensación de inseguridad que se respiraba en el Norte y el Este. Si las amazonas de Terma temían, significaba que era algo serio.
Si el Sur estaba financiando a los barbaros podría suscitarse una catástrofe sin precedentes en los anales del mundo civilizado, desde la época de la colonización por la Antigua Sangre.
Los barbaros y salvajes no vendrían simplemente como un paseo, vendrían a invadir, destruir, saquear, matar y violar. No dejarían nada con vida. Querrían construir un nuevo reino sobre las cenizas de otro.
Bankotsu conocía a estos hombres brutales y temerarios, que se mantenían en tribus, alejados de los reinos orientales, pero que invadían al menor descuido. No querían paz ni términos amistosos, como ya muchos soberanos antes ya les ofrecieron. Ellos querían estas tierras para sí, pero antes por supuesto, pasarían a cuchillo a todo otro ser viviente que no fueran ellos.
Eran peligrosos y no merecían misericordia. Era una cuestión de supervivencia.
Siempre fueron bestiales, crueles y sanguinarios. Además de fieros guerreros, pero si además tenían un apoyo financiero de una potencia oriental, su peligrosidad se triplicaba, porque el Sur podía abrirle sus fronteras y libre paso.
¿Qué endemoniado trato pudo haber hecho el rey del Sur con gente como ésa?
Ojalá pudiera entender aquello.
Bankotsu se sentó sobre una piedra.
Kagome.
Que contradictorios eran sus sentimientos y afecciones hacia ella.
Al inicio, era mera obligación, por la promesa y palabra a su hermano.
Luego atracción, porque seguía siendo un hombre, y no era de piedra.
Luego compasión por su dolor y cierta admiración por su valentía por hacer este viaje, aunque los motivos no le agradaban a él.
Era una mujer impulsiva, enérgica, pero a la vez tierna y delicada. Que hacía florecer en él, esos deseos intensos de protegerla con todo lo que tenía: ya sea con su familia, involucrando los talentos de Suikotsu y Midoriko, con sus tierras, ocultándola en las montañas del Este y hasta con su propio cuerpo, para que ella estuviera a salvo.
No lo comprendía y tampoco iría a pedirle consejo a su madre sobre eso, porque le daba cierta vergüenza consultar algo tan íntimo con su progenitora, aunque fuera la única amiga mujer que tenía.
Aunque le gustaba pensar que Kagome también era otra.
.
.
.
.
.
Kagome estuvo largo rato recorriendo las orillas en Terma. No había visto mucho, salvo vegetación. La única vez que vio otras personas, es cuando se cruzó con un grupo de mujeres que venían cabalgando por la orilla, y que vestían el mismo estilo diminuto de ropajes como Midoriko.
Las mujeres apenas la notaron y Kagome temió por un momento que le pasaran por encima.
Finalmente encontró una cabaña puesta a lo alto de un pequeño risco. La joven no entendió, pero tuvo el impulso de subir a ella. Como si algo la llamara a ello.
Kagome subió a través de las piedras y se encontró con la puerta de la pequeña cabaña. Cuando iba a golpear, la puerta se abrió repentinamente. Una mujer de cabello completamente plateado le abrió. Una anciana, aunque en buen estado físico. Estaba vestida con una túnica con los colores de las amazonas jóvenes.
—Entra muchacha —observó la anciana
—Lo siento, no quería molestar. Me voy de inmediato —tartamudeó Kagome
—Nada de eso. Te estuve esperando —la mujer le hizo un gesto que pasara
—¿A mí? Pero si no la conozco.
—Tengo un mensaje para ti. Los dioses me lo dijeron.
Kagome ya no pudo negarse y entró. La vieja cerró la puerta, señalando un rincón para que la joven se sentara.
—¿Quieres un poco de agua?
Kagome agradeció aquello. Justo que deseaba pedírselo, así que cuando la mujer le pasó el cuenco de agua, Kagome lo bebió con avidez.
—Sabía que tenías sed, Kagome
—¿Cómo sabe mi nombre?
—Yo lo sé casi todo —refirió la mujer, acomodándose frente a Kagome
—No sé su nombre —observó Kagome
—Soy Pitonisa, la oráculo de los Dioses. Cuando los dioses envían mensajes, lo hacen a través de mí. Tengo la bendición de Odín en mi sangre. Puedo ver el pasado, el presente y el futuro. También puedo conocer cosas que ocurren fuera de nuestro ángulo astral y que jamás veremos.
—Pero fue una amazona —advirtió Kagome —. Vive en Terma.
—Hace mucho tiempo, cuando era joven y aun no conocía el destino que los dioses me dieron. Cuando lo supe, abandoné las armas.
Kagome se sentía algo incomoda. No entendía que podría querer informarle aquella mujer. Si era detallarle la masacre de su familia, no deseaba más datos, porque ya los conocía. No quería reabrir heridas que aun sangraban con fuerza.
La anciana parecía examinarla.
—Sé que sientes el dolor de tus hijos, como si sus muertes fueran del presente.
Kagome tragó saliva, y apretó los puños. ¿Cómo podía saber esa mujer algo tan íntimo?
—Sus almas no fueron al Hellheim como podría esperarse. Y tampoco tu esposo fue al Valhalla como debió haber ido.
A Kagome le temblaron las manos al oír aquello. Quiso levantarse y huir, pero la mujer le cogió fuertemente un brazo.
—Quédate a oír el mensaje de Frigga, la diosa madre de Asgard.
A su pesar, la joven se quedó y la anciana le sirvió otro cuenco de agua.
—Sus almas están atrapadas en el Niflheim, el reino del terror, la oscuridad y las tinieblas. Su desgraciada forma de morir impidió su ascensión. Sus espíritus están sufriendo en aquella oscuridad, por eso es que puedes sentirlos en carne viva. Claman ayuda.
Kagome se miró las manos.
¿Qué rayos era eso?
¿Una revelación?
Las lágrimas empezaron a brotar de sus ojos.
—Sabes que es verdad —añadió la anciana
Kagome sollozó con aquella horrible perspectiva.
Habia oído leyendas de almas condenadas en el Niflheim, que sufrían eternamente. ¿Pero cómo podía imaginar que algún día sus propios hijos e incluso Inuyasha caerían en eso?
Deseaba mostrar incredulidad ante la Oráculo, pero Kagome percibía en su fuero intimo que la mujer no mentía. Además, esto justificaba sus pesadillas y terrores nocturnos.
La Oráculo se compadeció de ella y la abrazó. Kagome se dejó acoger en los brazos cálidos de aquella mujer, que podría ser su madre, quien la consoló.
Mientras le acariciaba el cabello, la anciana siguió con su mensaje.
—Sólo otra alma dispuesta a ellos, con el deseo profundo de salvarlos, puede rescatar sus almas de ese oscuro lugar para sacarlos y liberarlos a su lugar de descanso original.
—Alguien que se sacrifique por ellos —concluyó Kagome, limpiándose una lagrima —. Pero no cualquier persona, sino alguien verdaderamente dispuesto. Eso solo puede hacerlo alguien que los ame.
La anciana asintió con la cabeza.
—Es todo lo que los dioses tienen para ti. Debías saber que ocurrió con ellos. Eres toda la familia que dejaron en este mundo y la única, que en algún momento hará ese sacrificio. En su debido momento.
—¿En su debido momento?!puedo hacerlo ahora mismo! —gruñó Kagome, poniéndose de pie
—No, todavía no. Odín me ha dado este regalo de la videncia y a ti te ha encomendado un deber, algo que está por encima de ti.
—No tengo ningún deber, salvo con mi familia —replicó Kagome duramente, conteniendo como podía sus lagrimas
—Eso sólo podrás descubrirlo tú misma. No puedo hacer nada al respecto.
La joven respiró hondo, se limpió la cara y alzó la cabeza.
—Creo que hemos terminado aquí. Le agradezco su hospitalidad, pero creo que irá a buscar al hombre que me está ayudando en este viaje.
La anciana sonrió.
—Habláis de Bankotsu —sorprendiendo a Kagome con aquella revelación —. Es un buen chico, cuando era más joven, yo también les revelé los mensajes que los dioses tenían para él y para Hiten, a quien Odín guarda su alma en el Valhalla.
Eso le hizo recordar a Kagome, que Bankotsu le había comentado una vez que un Oráculo les vaticinó algo a él y a su hermano. El de Hiten ya se cumplió, pero que él no acababa de entender el suyo.
Finalmente, ambas se despidieron. Kagome tenía prisa por marcharse de allí. Aún estaba turbada y sobrecogida con la videncia de la anciana. Era como si un nuevo peso viniera a colocarse por encima de sus hombros.
Ya cargaba con el deseo oscuro de la venganza.
Y ya sufría todos los días con ello.
.
.
.
.
.
Al final terminó extraviándose, al salirse de la orilla y adentrarse al bosque, Kagome encontró una pequeña laguna interna, lo cual implicó un alivio, porque era agua apta para beber.
Se arrepentía de haber dejado la cabaña de la Oráculo y de haber sido grosera, pero estaba muy dolorida aun y deseaba estar sola.
Y seguir pensando ya no sólo en su venganza sino en el deseo de salvar a su familia de ese mundo oscuro. Después de muertos, seguían sufriendo.
Apretó los puños con rabia. Una razón más para desear vengarse de sus enemigos.
En eso, algo increíble se materializó del otro lado del lago. Kagome se quedó paralizada al notarlo.
Un enorme caballo blanco con alas se había puesto beber tranquilamente del otro lado.
Nunca había visto un caballo alado, solo sabía de ellos, por las leyendas que contaba a sus hijos. Que se decía que uno perteneció a la gran valquiria Brunilda, la escanciadora de los Dioses y conductora de almas valientes al Valhalla. Que cada tanto, ese caballo solía pasear por el mundo en busca de un jinete digno de subir al corcel de la valquiria Brunilda.
Kagome estaba asombrada ante la belleza del jamelgo, era un impresionante ejemplar.
—Es Granne, el legendario caballo con alas de la gran Brunilda —una voz a su espalda, la quitó de su ensoñación.
Era Midoriko.
—¿Cómo me encontró? —preguntó Kagome, sin levantarse
—Es mi isla, puedo hallar a quien sea. Y más a ti, que no sabes cubrir rastros. Además, imagino que deseabas volver a la cabaña y no sabías como —contestó Midoriko
—¿Cómo es que Granne viene aquí? ¿acaso busca un jinete entre las amazonas?
—Ninguna ha sido digna. Todos quisieron atraparlo y montarlo, incluida yo. Hemos fallado —reveló la amazona.
Kagome se sorprendió al notar que Midoriko se sentaba junto a ella.
También estaba asombrada que aquella mujer que tan orgullosa le parecía le hablara de un fracaso como su imposibilidad de atrapar al caballo alado.
El imponente y hermoso ejemplar permaneció bebiendo un poco más, hasta que desplegó sus alas y voló de allí.
—Pero no es de eso de lo que quería hablarte —reveló Midoriko
—Mire, le agradezco su ayuda en la cueva, pero creo que usted no puede detenerme aquí. Además, he tenido un encuentro con su Oráculo, lo que refuerza mi deseo de vengarme —informó Kagome
—Yo sé exactamente cómo te sientes —reveló Midoriko, con una voz más suave, como si estuviera haciendo esfuerzo enorme por contener la pena —. Yo también he perdido a un hijo, y no dejaré de añorarlo hasta el fin de mis días.
Kagome se sintió culpable. Midoriko era la madre de Hiten.
—Lo amaré y soñaré con él siempre. Al principio estaba como tú, deseando vengarme y empuñar mi espada contra quienes participaron y ayudaron en su muerte. Lo único que me detuvo es el deber, el que tengo como guerrera de Terma.
Kagome giró a mirarla.
El dolor en los ojos de Midoriko era desoladoramente real.
—Tengo un deber, una responsabilidad y un compromiso por encima de mi amor filial —continuó Midoriko —. Los dioses me hicieron una amazona y una defensora contra el mal de la época, que azota a los pueblos de paz. Habrá una guerra y algo me dice que será terrible y determinante. No puedo vivir para vengarme, hay gente que me necesita.
—Pero quizá vengándome pueda encontrar algo de paz —añadió Kagome
—¿Y qué pensáis que recuperareis con eso? Vuestra familia murió y no hay nada que hacer con ello. Lo mismo yo, perdí a mi hijo y vengándolo no volverá a mí.
—Si no puedo vengarme, ¿qué puedo hacer? —preguntó Kagome
Midoriko se acercó un poco más a Kagome, estrechando el espacio.
—Quieres saber si la venganza será suficiente para enmendar los males que cometieron contra ti y tu familia —Midoriko estaba seria pero segura —. Te aconsejo que no busques eso, por el bien de tu alma y tu propia vida, debes encontrar una forma de perdonar —Kagome quiso decir algo allí, pero la mujer siguió con su consejo —. No creas que esas personas que te hicieron daño escaparan de la venganza, ya que llevan consigo la semilla de la destrucción. Alguien los matará, pero no seas tú. Debes perdonar y seguir tu camino. Tu como yo tienes un deber. Odín quiso que nacieras descendiente de una gran casa y con ello, una gran responsabilidad. Vuestro pueblo sufrirá con la guerra que se viene y os necesita. No puedes desampararlos vendiendo vuestra consciencia a un tirano como el Lord del Oeste.
—Pero ¿qué puedo hacer yo?, sólo soy una mujer con manos desnudas. Los enemigos tienen ejércitos y yo no tengo a nadie.
Midoriko meneó la cabeza.
—Eso no es cierto. Tienes esa espada que sólo puedes coger tú, como descendiente de la Ultima Sangre.
—Ni siquiera puedo empuñarla. Y aunque supiera, ni siquiera llegaría ni a la entrada de las puertas del Norte, ya que me matarían antes de entrar. Ellos son muchos.
Midoriko se levantó y le pasó la mano a Kagome, para que se levantara.
—Nadie nace sabiendo blandir y empuñar una espada
—¿Me enseñará? —preguntó Kagome
—Bankotsu también podrá darte algunas lecciones. Yo misma le enseñé todo lo que sabe.
Kagome estaba impresionada y estupefacta con el giro de las cosas.
Fue allí, que le pasó su mano a Midoriko, como consentimiento a su propuesta.
Aunque tenía dudas, quizá más que antes.
Ya tendría tiempo mientras practicaba con la espada, en reflexionar sobre el consejo espiritual de Midoriko.
CONTINUARÁ.
Hola amigos y hermanas, perdón por los errores gramaticales y ortógraficos.
Seguro quieren ver ya romance y también que pasa con los villanos. Decidí no meterlos aqui porque deseaba desarrollar más de la relación de estos personajes.
Como estan evolucionando Bankotsu y Kagome.
Bankotsu era un joven despreocupado, y notamos que ha cambiado mucho luego de la tragedia. Tambien vimos la mención a Granne, el caballo alado, alguien a quien ya mencioné en el capitulo 9 cuando Kagome le narraba su leyenda a sus hijos.
Hemos visto que las almas de la familia de Kagome estan atrapadas en un mundo del terror ( si buscan info del Nifteim en mundo nordicos sabrán que es un mundo oscuro y horrible donde van a parar algunas almas)asi que nos presenta el primer gran problema de Kagome. A esto me referia con que aun no hemos terminado con Inuyasha y sus consecuencias.
Y eso choca con el consejo de Midoriko que le ruega que no busque vengarse, sino perdonar y atenerse a un deber mucho más grande. Por supuesto Kagome no lo entiende del todo aún. Supongo que yo tampoco entenderia si me dijeran que deberia olvidar la venganza.
Aquí es bien copiado del consejo del Tio Ben a Spider Man " un gran poder conlleva una gran responsabilidad"
Facil de decir, dificil de cumplir.
El sigte capitulo creo que les gustará. Espero no se hayan aburrido con este.
besos.
Abrazos a mis bellas comentaristas KARLA YUMAIKA, FRAN GARRIDO, AR TENDO Y JOH CHAN
Paola
