INUYASHA NO ME PERTENECE, PERO LA TRAMA SI, SÓLO HAGO ESTO DE DIVERSIÓN
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LA REINA DEL NORTE
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CAPITULO 19
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—Siempre se asegura que el arma esté perfectamente balanceada antes de mover y anticipar al rival —señaló Bankotsu
Kagome llevaba semanas practicando con él y con la propia Midoriko, quien la ayudaba a acondicionarse físicamente y le daba lecciones de lucha cuerpo a cuerpo. Las lecciones con armas ya sean espadas, hachas o cualquier objeto cortante lo hizo con Bankotsu.
Al inicio fue difícil, porque Kagome no tenía base de nada y además su estado físico precisaba mucha ayuda.
La madre de Bankotsu resultó una mujer muy paciente, sorprendiendo que a Kagome, quien con su interacción inicial se le figuró que sería alguien irritante. Nadie más se unió a su entrenamiento. Las otras amazonas observaban desde lejos y Kagome notaba que no les gustaba.
Kagome practicaba con una espada que Midoriko le dio, porque la suya de Antigua Sangre era muy pesada para cargarla y Kagome aún no se sentía capaz de blandirla.
Las clases de esgrima con Bankotsu fueron muy interesantes. Él era un espadachín muy hábil y letal, y tolerante con ella.
Le enseñó a mantenerse erguida, maniobrar y girar con ella.
—Repele este ataque con maniobras defensivas. Nunca dejes un hueco abierto. Pueden tomar ese vacío y matarte allí mismo.
Kagome intentó hacer un movimiento y resbaló.
Bankotsu frunció la boca y se acercó, abordándola por el costado.
Mientras le mostraba como sostener el arma para que no se cayera, los dedos de él rozaron la piel de la joven. Suave e inocentemente, pero suficientemente para aturdirla a ella.
Kagome aún no terminaba de acostumbrarse a las ropas tan cortas que le diera Midoriko, y que eran aptas para entrenar. Eran simples y sencillas, sin esas armaduras con ribetes dorados, pero Kagome se sentía expuesta con ellos.
Sentir el toque de los dedos de Bankotsu en ella. El toque de la piel de un hombre.
Ella sólo había sentido a su propio marido, en forma privada en la recamara. Nada más, así que cualquier otro tipo de roce con un hombre era muy nuevo para ella. Intentaba disimular, pero su sonrojo la delataba. También le hacía temblar.
Otra cosa que aprendió que la alteraba era percibir el aroma masculino a bergamota y madera que emanaba de Bankotsu. Aprendió a reconocerlo en estas dos semanas de entrenamiento donde tuvo que tenerlo muy cerca. Aunque ya lo había sentido antes durante el largo viaje que compartieron juntos, conociéndose a regañadientes.
Él hablaba y explicaba la lección, y a veces ella se perdía en su olor.
Por las noches se sentía tremendamente ridícula por tener aquellas sensaciones y deseos.
Y tampoco los entendía. Ella ya había estado con un hombre, su marido. Fuera de lo que él pudo haberle expuesto, no conocía nada. Ni siquiera amigas con referencias.
Así que el contacto con aquel hombre la desconcentraba. Una sensación que surgía además del profundo cambio en la percepción sobre él.
Bankotsu no era el hombre mordaz y grosero que conoció aquella vez, hace años, cuando la salvó de matarse sobre un caballo, o aquellas interacciones irónicas y picantes en el salón del trono del Norte, cuando su marido estaba a sólo metros de ella.
Tampoco el hombre atormentado por el dolor de perder a su hermano y que la odiaba por atarlo a una promesa que no deseaba.
Era un buen hombre. Honorable, justo y orgulloso. Tendía a tener mal carácter, pero la auténtica nobleza de su alma lo disculpaba todo. Desde que se estaban en esta situación, él siempre había arriesgado todo por aflorar el feroz instinto protector que llevaba intrínseco. Recordaba el viaje en barco, sobre el mar. Él no la dejó pasar penurias por falta de dinero, sino que se esforzó por encontrarle acomodo, trabajando duro para que ella estuviera confortable
Y ahora la entrenaba, cuando podía dejarla allí mismo a su suerte. Pero Kagome sabía que él no la abandonaría. Era leal y generoso.
Un hombre que se merecía todo su respeto y su confianza.
—Tomemos un descanso —indicó él —. Podemos sentarnos un momento a beber agua o hidromiel si desea.
La joven asintió y se sentó junto a la roca. Él no tardó en secundarla, trayendo los cazos con agua para ella e hidromiel para él.
También un trapo para que ella se secara el sudor.
—Has tenido buenos avances en el día de hoy. Tu mano derecha no es tan débil como creía —observó él, con una sonrisita en el rostro —. No eres una pésima alumna, como lo sospechaba cuando decidiste entrenar.
—No es cosa mía. Tu madre me hace correr todas las mañanas —bebió agua a trompicones —. Por cierto ¿Cuándo regresa?
—No tengo idea. Con todos estos problemas es difícil saberlo, pero prometió regresar pronto. Además, supongo que te traerá noticias del Oeste, tiene planeado pasar de incognito por allá y ver si los Mctavish nos siguen buscando, así como ver las repercusiones de nuestra ida allá.
Kagome asintió, pero parecía estar en otro lugar. Ida, pensativa, reflexiva.
Bankotsu lo notó.
—¿Qué ocurre? ¿esto de entrenar es demasiado para ti?
—Me encontré con el Oráculo hace unos días —confesó la joven mirando al frente. Bankotsu entendió aquella mirada. Un encuentro con aquella mensajera de los Dioses implicaba siempre algo profundo y confuso a su vez.
—Entonces la vio y ahora me dará la razón sobre lo extraña que es. Yo sigo sin entender sus palabras y no soy tan tonto como podrían pensar —adujo él
Kagome decidió que quería y podía confiar en ese hombre. Si le confiaba su vida ¿Por qué no sus miedos?
Tampoco es como si le estuviera entregando parte de su alma. ¿O quizá sí?
—Me debato entre lo que debo hacer y lo que mi corazón desea —confesó la mujer —. Me ha dicho que las almas de mis hijos e incluso de mi marido han quedado atrapadas en el Niflheim. Requiere un sacrificio de alguien que los ame lo suficiente para poderlos salvar de allí y puedan al fin descansar en paz.
Bankotsu no esperaba aquella revelación tan íntima, fuerte y desgarradora. Si el alma de Hiten hubiera caído en el Niflheim, él no hubiera dudado un segundo en sacrificarse por salvarlo.
Tuvo un acceso intenso de ternura por ella. Tanta fuerza en un cuerpo tan pequeño.
—Y estoy aquí, preparándome para manejar una espada, en una guerra que no tengo idea como pelear. Sólo por ser descendiente de los Antigua Sangre, pero mi corazón está dividido. Estoy preocupada por lo que pueda pasar y por el otro, sólo deseo salvar a mi familia.
Bankotsu encastró la espada que tenía en la mano a su lado.
—Los humanos sólo podemos escoger las batallas que podemos pelear. Sobre ti han puesto demasiadas pruebas.
—¿Podría escoger? —preguntó la joven
—Eso sólo podrás decidirlo cuando sea el momento. Yo no puedo responder por ti —adujo él
Kagome se tragó un sollozo. No pudo evitar echarse a llorar.
Bankotsu la sostuvo entre sus brazos en un gesto espontaneo para abrazarla y que ella pudiera desahogarse allí.
Y ella se dejó sostener. Hace demasiado tiempo que venía parándose sobre sí misma, y evitando sufrir frente a otros. Pero ahora, en este instante, sólo deseaba poder quitarse esa profunda pena en aquellos brazos cálidos y fuertes.
En un gesto inaudito, Bankotsu le acarició el cabello.
Y ella sintió aquella suave caricia, firme como el aroma masculino a bergamota intensa y duradera.
Sentía que podía quedarse a vivir en aquel hueco, que era como un refugio.
Y poder llorar lo que quisiera.
Creía que nadie podía hacerle daño allí.
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Bankotsu nunca tuvo muchas oportunidades de comportarse como un caballero o de ser amable. El estilo de vida que escogió lo tenía en una situación en la que no podía ser sensible todo el tiempo.
Pero la naturaleza de su carácter salió a flote cuando ella se arrojó a sus brazos, buscando calidez y consuelo. Y él no se lo negó.
Podía percibir por sus poros, el dolor de su alma por su familia. Una que jamás se curaría, y menos ahora con el vaticinio de la Oráculo.
Internamente se había sentido orgulloso de ella por decidirse a entrenar y a ser enseñada en el arte de la espada y de la pelea. No la veía aun, auténticamente convencida de la finalidad de todo, pero el paso principal ya estaba dado.
Era una mujer admirable y él hubiera querido no poder contener las ganas que tenia de apretarla aún más entre sus brazos y darle a entender que podía sentirse segura. Que él la cuidaría, guardaría y protegería. Que mientras él estuviera allí, nadie le haría daño.
Acarició suavemente el cabello rojizo de la muchacha, murmurándoles palabras en gaélico.
Que ella no entendería, pero que tenían mucho significado para él.
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A la hora de la cena, Kagome ya estaba más tranquila. Seguía alterada, pero al menos el desahogo le produjo cierta calma.
Bankotsu, en cambio estaba callado. Aún estaba incrédulo del curso que lo llevó a sostener a Kagome entre sus brazos de ese modo. Fue algo tan impropio, que incluso él se sintió como un intruso al violar el espacio personal de la joven.
Como hombre que no fuera ciego, ella siempre le atrajo. Desde que la conoció, cuando él fue a la corte del marido de ella. Pero sus sensaciones no fueron más allá de la superficialidad propia del deseo de cualquier hombre a cualquier mujer.
Pero estos meses a su lado, su óptica y percepción cambiaron a uno más profundo e inhóspito. Bankotsu decidió que tendría cuidado con aquello, más porque era un anhelo desconocido.
Le pasó un tazón a Kagome con la sopa que él mismo preparó y que ella engulló con gusto.
Bankotsu también comió un poco, y fue ahí a la luz de las llamas que decidió sincerarse más con ella, así como Kagome lo hizo con él.
—El Oráculo vaticinó la muerte de mi hermano —dijo de repente, sorprendiendo a Kagome, quien dejó el cazo a un lado para oírlo —. Claro, también predijo que él estaría en el Valhalla esa misma noche. Él y yo nos criamos respetando siempre los vaticinios del Oráculo y por eso yo creo en ellas.
—Pero ¿qué te dijo a ti el Oráculo? —preguntó Kagome.
Lo hizo usando ya un lenguaje muy informal. Pareciera como si el tiempo y las circunstancias obviaran ya para ellos estas formalidades. Luego de todo lo que habían vivido juntos.
—Dinastía —desveló él, fijando sus enormes ojos azules en las llamas de fuego
—¿Dinastía? ¿pero que podría significar? ¿te ha dicho algo más? —preguntó Kagome, intentando armar el rompecabezas del significado de aquella videncia
Bankotsu meneó la cabeza.
—Para mí no tiene significado, porque no la entiendo.
Kagome lo pensó un momento.
—Quizá algo que tenga que ver con el clan al que perteneces.
Bankotsu encogió sus hombros.
—Los McFarlane fuimos defenestrados desde mucho tiempo. Ni siquiera nos permitieron un sitio en el Concilio de Gobierno, lo cual no atacamos, porque no nos interesa.
Kagome intentó recordar algunas lecciones de historia de su tutor.
—Pero no me negaras que tu familia, que tu clan fue la casa reinante del Este antes del cambio de sistema de gobierno. Si fueron defenestrados por el Concilio es porque les temen, temen lo que vuestra sangre tiene.
—Así como temerán la vuestra como legitima heredera del Norte y lo cual no se compara porque ha pasado mucha agua bajo el puente en lo que se refiere a mi clan y el gobierno que tenemos —observó Bankotsu.
Lo cual era cierto. Habia pasado poco más de cien años que el ultimo Mcfarlane reinó en el Este antes de ser sustituido por este Concilio que despedazó al país.
En cambio, la situación de Kagome con el Norte era aún tibia.
No había punto de comparación, según el punto de vista de Bankotsu.
Igual ya se estaba haciendo tarde, y no se veía rastro de Midoriko, quien aún no llegaba de su exploración al Oeste.
—Mejor descansa, Mañana será un largo día. Me gustaría poder fortalecer tu brazo izquierdo con el manejo de puñales cortos.
La joven asintió.
—Gracias —al ver que él se marchaba, ella lo detuvo, pasándole su manta —. Llévate esto contigo, yo tengo dos aquí. Las noches en Terma pueden ser bastante frías.
El cogió el cobertor, con agradecimiento y al hacerlo sus dedos se rozaron con los de ella cuando le pasó la manta.
Se obligó a marcharse más de prisa luego de aquel inocente, pero poderoso contacto.
Las cosas estaban adquiriendo un matiz peligroso y singular, tanto para él, como para ella.
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Ya era casi mediodía del día siguiente, en un descanso del entrenamiento, cuando Kagome notó que había movimiento en el pequeño muelle de Lerma.
No había que ser muy listo para saber que quien volvió era Midoriko, cubierta con una gruesa capa y con el aspecto cansado.
Bankotsu y Kagome se acercaron al recinto principal al saber del regreso de Midoriko, algo que no hubieran hecho en ausencia de la líder de las amazonas.
La joven había notado la frialdad y el desprecio que las otras guerreras parecían tenerle. La veían como un estorbo que enturbiaba su paz en Lerma y además tenía presa a la líder Midoriko.
Ya tenían bastante aguantando la situación con el hijo de ella, pero lo toleraban por ser un digno heredero de la fuerza y agilidad de su madre ¿pero y ella?
La veían con displicencia y apatía.
De no ser porque Bankotsu le cogió una mano para tirarla hacia dentro de la gran cabaña principal, Kagome no se hubiera atrevido a entrar.
Era como una especia de salón de trono de tipo más rustico, pero era un área de mando donde Midoriko se sentaba a decretar y mandar. También allí se cocían las estrategias de defensa de Lerma y se difundían las noticias de avances de población bárbara.
Una gran mesa en el medio con multitud de mapas decoraba el lugar.
Midoriko parecía dar indicaciones y actualización de información.
Bankotsu entró porque sabía que la pesquisa que traía su madre era de interés de Kagome.
El joven hizo un gesto con la cabeza a la mujer, quien lucía cansada y apática.
Unas voces de protesta reclamando la presencia de Bankotsu y por sobre todo de Kagome en el lugar se hizo oír. Era evidente que las amazonas no los querían en su sala de situaciones.
—Dejadnos solos —ordenó Midoriko, haciendo oídos sordos al reclamo.
Además, una orden que no podrían desobedecer. No cumplir un pedido de la líder de las amazonas era la muerte.
En medio de murmullos de disgusto, las mujeres abandonaron el salón quedando solo Kagome, Bankotsu y Midoriko.
La ultima tenia rostro serio.
Se acercó hacia la mesa donde estaban los mapas.
—He presenciado unas ejecuciones en el Oeste. Hombres colgados para morir.
Kagome la miró sin comprender del todo.
—Desertores del ejército norteño, que fueron abandonados por vuestra hermana al subir al trono —completó Midoriko
—¿Desertores? —preguntó Kagome
—El ejército norteño y el regimiento dorado, los que quedaron atrapados en la emboscada que le tendieron al rey Inuyasha. Cuando el rey enfermó y marchó a pedir ayuda, ellos quedaron atrapados en el gran peñasco. Los que lograron salir, desertaron a otras tierras como el Oeste. No sirvió de mucho, porque el Lord del Oeste los hizo capturar y ejecutar. Murieron colgados, como simples ladrones, no como soldados —aseveró Midoriko, visiblemente afectada.
—¿Quiere decir que Kikyo nunca les ayudó? —preguntó Kagome, con un nudo en la garganta.
—Es natural que no lo haga, habrá sido un requisito de su principal aliado, Naraku, el rey del Sur, con la finalidad de minar las fuerzas del Norte —reiteró Midoriko
Kagome se encontraba ostensiblemente conmocionada.
—¿Cuántas ejecuciones presenciaste?
—Eran veintiocho norteños, que solo querían escapar a una nueva tierra, lejos de la reina que los traicionó.
Kagome se dejó caer sobre la silla.
Hombres valientes, buenos y válidos para la defensa del Norte. ¿Era así como les pagaban su lealtad?
¿En que estaría pensando Kikyo al abandonar de ese modo a los norteños?
Seria perfectamente entendible la decisión de esos hombres de desertar y marcharse. Si su reina no les ayudaba, no le debían ninguna lealtad.
—¿Y qué se sabe de Kikyo? —finalmente preguntó Kagome, con la mirada estática
—Tengo entendido que tiene una propuesta matrimonial de Naraku —informó Midoriko
—Entonces Naraku tomará el Norte, como siempre quiso —añadió Bankotsu, quien había estado oyendo, sin intervenir
—Eso no es lo peor —adujo Midoriko
—¿Hay algo peor que una reina malvada o el genocidio ordenado por el loco del Oeste? —preguntó Bankotsu
—Fuerzas bárbaras se preparan. Nunca había oído que estos salvajes se agruparan en estos números y además fuertemente armados. Sin duda, gentileza de Naraku —adujo la jefa de las amazonas —. El grito de guerra que se siente es de la invasión. Tomarán el Este fácilmente porque no tiene una dirección adecuada y si Kikyo decide no casarse con ese hombre, tomaran el Norte por la fuerza. El Bosque Negro, las islas de Tebas y de Lerma también están en su camino. Vienen a por todos.
—Pues no lamentaré si van y decapitan al cretino del Oeste —agregó mordazmente Bankotsu
—La maldición de la época nos cae por encima y justo cuando el Norte y el Este están bajo el mando de personas incapaces. Si al menos el rey Inuyasha hubiera estado vivo, podría organizarse la defensa y las estrategias —mencionó Midoriko antes de coger un vaso y beber su contenido —. Creo que deberíamos dormir. He viajado varios días a caballo, estoy exhausta.
Una vez que Midoriko se marchó, Bankotsu también cogió su alabarda.
—Creo que iré a escribir una nota a un amigo, que se una a nosotros. Lo dejé haciendo guardia en las Tierras Altas. Presiento que necesitaremos toda la ayuda posible.
Kagome tampoco deseaba quedarse allí sola y toparse con alguna amazona malhumorada.
Cogió sus cosas y salió.
Necesitaba pensar y reflexionar en las horribles cosas que Midoriko le reveló.
Y quería estar sola para eso.
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El pequeño acantilado de Terma era hermoso. Al subir allí, uno tenía una vista privilegiada del mar que chocaba contra las rocas. Y una sensación de libertad por el viento implacable.
En el tiempo que Kagome llevaba allí, éste se convirtió en su refugio favorito, primero porque implicaba que podía apreciar el horizonte que alguna vez la llevaría a casa.
Y también era el sitio que solía usar cuando deseaba estar sola y reflexionar. Como ahora, que se sentó al suelo con sus piernas flexionadas y mirando el horizonte, analizando las perspectivas y posibilidades.
Era algo que debía hacer.
Cerraba sus ojos y las posibilidades le venían a la mente.
Siempre supo que su vida no era como la de otras mujeres. Criada para ser esposa y madre de reyes, nunca tuvo otras elecciones fuera de aquello.
Su matrimonio fue una experiencia inolvidable para ella, en el sentido que congregó para ella, cicatrices en el alma que jamás dejaría atrás. Con Inuyasha aún tenía una charla pendiente, suponía que la tendría cuando muriese y pudiese encontrarlo frente a frente de nuevo.
Aunque las cosas no eran tan fáciles, el alma de su difunto esposo estaba atrapado junto al de sus hijos en el mundo de la oscuridad y las tinieblas. Su única opción de rescate era ella, la única familia que tenían en el mundo.
Miró su mano, aquella que podía blandir las espadas de la Antigua Sangre.
Las circunstancias de su nacimiento la obligaban a tomar partido y decidir por encima de sus deseos personales. Podía retrasarlo, porque Kagome no iba a dejar que su familia se hundiera en las tinieblas.
Pero si podía hacer algo por la gente del Norte, su pueblo, debía arriesgarse. Siempre un paso delante, nunca detrás. Los dioses quisieron que ella sobreviviera.
No tenía idea de cómo enfrentar esta responsabilidad, pero sí que debía tomarlo.
Solo ella podía hacerlo.
Midoriko tenía razón. Ser descendiente de una gran casa, traía consigo una gran responsabilidad.
Luego de algunas horas, Bankotsu subió a donde estaba ella. Estaba preocupado porque ya había oscurecido y ella no bajaba.
Kagome sintió su presencia detrás de ella.
—No puedo ser egoísta. No ahora —declaró la joven, girándose hacia el mercenario —. Reclamaré mi derecho de nacimiento, el que me otorga ser una Antigua Sangre legitima. Soy la auténtica heredera del Trono del Norte y por tanto su protectora. Reclamaré lo que me pertenece, por mi pueblo, por mi gente. No los dejaré como hace Kikyo.
Bankotsu abrió mucho los ojos, no esperaba aquella declaración tan apasionada y fuerte.
Kagome bajó la cabeza.
—Aunque es más fácil decirlo, que hacerlo. No sé qué tanto puedo hacer, ya que soy solo una mujer y estoy sola.
Pero Bankotsu se acercó a ella, meneando la cabeza.
—No estás sola —llevando una mano a su espalda donde tenía su alabarda —. Yo estaré contigo —arrodillándose frente a la joven, quien no podía creerlo.
El hombre encastró su alabarda enfrente, besando el filo.
—Juro por mi alabarda, bendecida por Odín, juraros lealtad y fidelidad. Y daré mi vida, si es necesario, por protegeros. Seré vuestra espada juramentada hoy y siempre.
Era el juramento de lealtad que citaban los caballeros cuando se convertían es espadas juramentadas de alguien. Kagome nunca había tenido uno, pero sí que conocía aquellas frases que implicaban un gran compromiso de sangre.
No pudo evitar derramar un par de lágrimas, profundamente conmovida de las palabras y la consideración de aquel hombre, que se convertía en el primero que le prestaba juramento.
En vez de abrazarle como hubiera deseado, tuvo que responderle con las formalidades del caso.
—Acepto vuestro juramento de lealtad y fidelidad. Que, por vuestra devoción, Odín os separe un sitial en el Valhalla.
Bankotsu sonrió.
Acababa de convertirse en la espada juramentada de la reina legitima del Norte.
CONTINUARÁ
Hola hermanas, perdón por la demora. La culpa la tuvo una serie de tv. Igual como compensación quiero alzar otro capitulo el domingo.
Aqui vemos que Bankotsu finalmente le jura lealtad a Kagome, quien finalmente viendo el desastre que se avecina, decide tomar las riendas y reclamará su lugar como reina del Norte, a ver de proteger a los suyos de la guerra que se viene. Además mucho es complicado porque está el tema de su familia que está en el Nitfheim y salvarlas requerirá su sacrificio. Asi que independientemente lo que ocurra, su destino final parece triste e incierto.
Pero aunque no tenga apoyos, al menos decidió que quiere hacer algo.
Bankotsu tiene el caracter más bajado que en otros fics que he hecho. Es que me gusta más pintarlo como alguien honorable, y alguien así no puede ser un malhechor. Además a leguas se nota que ya la ama, por eso el impulso de jurarle lealtad a la primera a ella.
En el sigte capitulo veremos dos cosas, iremos al Norte a ver que pasa por alli y luego regresaremos a Lerma con Kagome.
Recuerden que este fic tendrá 30 episodios, asi que ya falta muy poco.
Un beso especial para mi KARLA YUMAIKA, FRAN GARRIDO, JOH CHAN Y NUESTRA ISADI que dejaron dulces rws.
Las quiero y nos leemos el domingo.
Paola.
