Si no estábamos en el infierno... nos faltaba poco para llegar.

«Si no estábamos en el infierno poco nos faltaba para llegar... » Pensó el azabache mientras los flashes de las cámaras lo encandilaban. Los reporteros no paraban de hacerles preguntas, bastante incomodas de contestar. Estaban en una posición complicada y poco podían decir.

« ¿Quién mato al hombre encapuchado? »

« ¿Qué medidas tomaran en vista de que el castillo ya no es un lugar seguro? »

« ¿Continuaran con el concurso? »

¡Joder, no tengo ni la más puta idea. Estoy tan confundido como ustedes! Quería gritarles. Sin embargo no podía, no le quedaba más opción que reprimir sus impulsos. Sabía perfectamente que un movimiento en falso y esto no terminaría nunca. La noticia de los políticos colgados junto con él cuerpo del señor del clan Hyuga en el jardín del palacio, y la misteriosa y horrorosa muerte del raptor le habían dado la vuelta a la nación entera, quizás hasta en el mundo. Era de eso lo único de que se hablaba. Las personas lo mencionan en las calles, en sus trabajos, en sus casas. Y hasta el mismísimo personal del castillo no paraba de lanzarse susurros de aquí y de allá, tratando de disimular lo más que podían. Pero todo era en vano. No existía manera de borrar lo que había ocurrido. Solo podíamos lamernos las heridas lo mas silenciosamente, mientras el emperador se encargaba de limpiar toda esta mierda. Pero le estaba costando bastante.

No era algo que se pudiese tapar con un dedo. Se tenían que tomar inmediatamente acciones, sino las consecuencias podrían ser catastróficas. ¿Pero como erradicar un enemigo que ataca sigilosamente sin dejar rastros? Era imposible. El dúo de hermanos se hallaba saliendo de lo que fácilmente podría haber sido su décima entrevista en tan solo dos días. Habían sido unas 48 horas muy agitadas, desde que les dejaron de regalos a los políticos muertos podría jurar que no había pegado el ojo ni 5 minutos. Estaba agotado, sentía que en cualquier momento perdería totalmente la consciencia para sumirse en un agonizante pero satisfactorio sueño. La idea resultaba vigorizante, pero nada cambiaría su realidad en el momento en que despertara. Además, estaba el pequeño detalle de que era él quien tenía que encargarse de las conferencias. Itachi no se encontraba en condiciones para decir absolutamente nada. Se hallaba en una especie de trance, perdido y desolado del cual no había indicios de que volvería pronto.

Aun no había tenido la plática con Madara sobre lo que realmente sucedió esa noche. Pero era inminente que pronto la tendrían. Esta tarde se había ajustado una pequeña conferencia con el parlamento y el resto de los políticos para discutir la situación. Y se necesitaba saber absolutamente todo para saber que opciones tomar. Se estaban esparciendo rumores de que Itachi era quien lo había matado y tenían que tomar acciones inmediatamente. No se podían permitir manchar el linaje Uchiha. Y mucho menos cuando se trataba del probable sucesor del emperador, esto tenía que aclararse de inmediato.

Sasuke conocía muy bien a su hermano, nunca había sido capaz de lastimar a nadie. Era un alma bondadosa, pero viéndolo en ese estado, tan hundido en la miseria. Casi podía confirmar sus sospechas. Nunca había visto al moreno de esa manera. Y no podía evitar sentir compasión por él. Para tratar de reconfortarlo se acerco a él, pero este no se inmuto en lo absoluto. Así que posiciono su mano en la de Itachi, logrando que lo mirara, y lo que vio en sus ojos lo destrozo.

« ¿En donde tendrás la mente, Nii-san? » Se pregunto el azabache, mirando con pesar a su hermano.

En otro lugar del estado se encontraba una pelirosa con sentimientos encontrados. Haciendo el máximo esfuerzo para borrar de su memoria todo lo vivido de hace dos días. Buscaba la manera de relajarse viendo televisión, pero sorpresa, todos los canales se encontraban en largas y tediosas cadenas. Cambiaba con el control remoto una y otra vez, pero siempre terminaba viendo al azabache en pantalla. Quien trataba de aparentar cierta serenidad, pero vamos, ¿A quién estas engañando señor Uchiha? A absolutamente a nadie, puedes dejar de actuar. El pueblo ya había hecho sus teorías, y nada se acercaba a lo que querían transmitir en los medios.

Pero eso no era realmente lo que ella quería olvidar. Sino de algo mucho más ambiguo, y simple. Como la velada que había tenido con el pelinegro antes de que todo se fuera por la borda y los reporteros llenasen la sala de color blanco con sus cámaras. Si, parecía tan sencillo recordarlo... Pero no era así, en primer lugar, todavía no podía creer que había bailado con él, y lo peor, que lo había disfrutado. Aunque se trataba de convencer que eso no había significado nada. Por dentro quería esconderse en el rincón más cercano si lo viese de nuevo. Que seguramente pronto lo haría, después de todo, era su empleada.

Todo lo que estaba sucediendo a la oji jade le parecía muy confuso. Lo último que recordaba de esa noche es haberse quedado dormida en la habitación de su mejor amiga, quien recientemente había terminado con una herida en uno de sus hombros. No le quiso explicar cómo se la había hecho. Ni siquiera converso mucho con ella como siempre lo hacía. Simplemente se limito a echarse en los brazos de la pelirosa, acompañándolo con un estruendoso llanto, llenando de inmediato la habitación de dolor. Aunque Sakura al principio quiso que tuviera la confianza para contarle lo que había sucedido, nada hizo hablar a la rubia. Que mirándola de cerca parecía encontrarse ensimismada, como si acabase de vivir un trauma, incluso sus brillantes ojos azules parecían apagados esa noche, tildando a grises.

Con la mano en el corazón no le quedo más que apoyarla, como siempre solían hacer en su niñez y juventud, pero por primera vez no funciono.

Esa noche no pudo dormir.

« ¿Alguien realmente lo habrá hecho? »

En su memoria trataba de recordar todo lo vivido, las escenas de baile con Sasuke, los momentos con Ino, la pasada de copas que se había echado, como se traumo para siempre cuando vio los cuerpos de los políticos, que aparentemente, habían muerto en un rango de 20 horas antes de colocarlos cruelmente allí según el forense.

El llanto de la hija de uno de los fallecidos... No podía ni siquiera llegar a imaginarse el nivel de dolor que habían sentido los hermanos Hyuga en ese momento. Perder a tu padre... Simplemente es algo que quisieras que nunca sucediera. El azabache parecía conocer muy bien a la joven, porque en cuanto la vio en ese estado se abalanzo a consolarla. Sabía que no conocía al Uchiha lo suficiente, pero podría jurar que eso no era algo normal en el. La pelirosa se sentía levemente impresionada por ver al azabache tener un vínculo tan fuerte con alguien que sin duda no era de su familia.

Comenzaba a asomarse el alba cuando ya estaba preparada para marcharse. No quería seguir un segundo más en ese castillo, se fue lo más rápido que pudo, no sin antes dirigirle una última mirada al lugar, y comprobar que la oji azul seguía ahí, y así era, podía distinguir su rostro entre las sabanas de seda, parecía encontrarse en una especia de sueño profundo, así que no la molesto. Algo le decía que apenas había podido conciliar el sueño.

El resto del día transcurrió con bastante pesadez, se podía sentir en al ambiente la gran tensión que reinaba. El castillo parecía haberse sumido en un interminable silencio. Nadie decía nada, nadie hacia nada. Todos trataban de terminar sus obligaciones lo antes posible para retirarse, no valía la pena quedarse demasiado. No cuando sabían que sus vidas podían encontrarse en riesgo. Incluso muchos se estaban cuestionando si debían continuar trabajando allí.

Y en cuanto se refiere al linaje Uchiha, el menor se terminaba de alistar para asistir al entierro de los políticos, que sería dentro de una hora. No podía faltarles, era lo menos que podía hacer, además, se lo había prometido a la peliazul, no pensaba decepcionarla. Habían sido unos días muy duros para ella, y lo que más necesitaba era estar rodeada de gente que la apoyara. Pero inmediatamente al terminar el velorio tenía que dirigirse hacia el tribunal, iba a ser una tarde bastante reñida, al parecer. A penas estábamos comenzando. El verdadero infierno nos aguarda con deliciosa paciencia.

Y en cuanto respecta al Uchiha mayor, mucho había para decir. Ganas no tenia de salir. En realidad no tenía ganas de nada. Apenas había pisado el castillo y se había encerrado en su habitación. Estaba cansado, quería poder descansar, realmente le habría confortado la idea, poder escapar un momento de esta tormentosa realidad... Resultaba tentador. Pero, cada vez que cerraba los ojos, cada vez que lo intentaba, podía escuchar perfectamente los gritos de dolor de aquel hombre. Tan claramente, como si se encontrase justo a él. Vivía una pesadilla en carne viva y lo estaba volviendo loco. Lo había matado, realmente lo había hecho. Y no se lo perdonaba.

« ¿Por qué de tantas opciones tuve que elegir Amaterasu? »

En su memoria quedarían grabados eternamente esos chillidos de agonía. Era un monstruo, se decía. Siempre se había vanagloriado de ser un espíritu amable, pero esa noche demostró ser totalmente lo ía sacado a relucir la parte más oscura de su alma, era un demonio. Capaz de hacer las cosas más retorcidas que se pudiesen imaginar, y ahora lo sabía. Y ella también. Tampoco olvidaría su cara de horror, esos ojos que lo miraban como si fuese a lastimarla en cualquier momento.

No solo había matado a alguien, sino que también había obligado a alguien a presenciarlo, a ver como dejaba que ese abominable hombre se fundiera en las cenizas del fuego que nunca se apaga. Eso seguro no era la vida que había pensado, creía. Ella se merecía algo mejor que esto, no podía permitir que se condenara a una vida llena de sufrimiento y desgracias. Casi podía jurar que se encontraba tan perdida como el, que trataba de borrar de su memoria ese momento y no podía, y eso no se lo perdonaba.

El dolor lo estaba consumiendo, y no sabía muy bien qué hacer al respecto. No era posible sentir tantas emociones a la vez.

Las horas corrían sin contemplaciones, y en un abrir y cerrar de ojos ya tenían que ir dirigiéndose hacia el tribunal, donde los aguardaban más de una docena de políticos dispuestos a recriminarlos y causar escándalo en la sala. Ya sabes, lo habitual. Sasuke estaba nervioso, no lo podía evitar. No faltaba nada para que llamaran a Itachi, y le pidieran explicaciones. Explicaciones que no sabía si iba a poder soportar. Serian las primeras palabras que escucharía de su hermano desde hace dos días. Y realmente no sabía que esperar.

Rápidamente se dejaron adentrar en la sala, que para su sorpresa se encontraba increíblemente callada, una sensación totalmente nueva, ¿Qué estarán tramando? Se preguntaba, mientras ayudaba a orientar a su hermano, que pareciese que fuese la primera vez que iba allí. Rápidamente buscaron asientos en la tercera fila, donde los esperaban Sasori Akasuna, y Neji Hyuga. Demonios. ¿Por qué cada vez que se encontraban al borde de la desgracia estaban esos dos?

Tiempo no hubo para conversar, porque uno de los políticos tomo la palabra, llamando la atención de todos inmediatamente. El azabache se dio la tarea de inspeccionar el área. A la izquierda se encontró con su rubio amigo, quien parecía estar muy interesado en la situación. Nada fuera de lo común, después de todo era el hijo del primer ministro, y quizás continuaría con el legado de su padre. Era su deber.

Giro su cabeza hacia el lado derecho y se sorprendió al ver a su tío allí, sentado con un benévolo aire de autoridad. Evidentemente se pronunciaría en esta sesión, no solía hacerlo muy a menudo, pero supongo que la situación lo ameritaba.

—No hace falta explicar porque se les ha convocado esta tarde. Todos estamos consciente de lo que está ocurriendo. Así que centrémonos rápidamente en lo que de verdad importa. Tratar de resolver esta situación antes de que se nos vaya más de las manos. —Comenzó a explicar la diputada Mei Terumi. —Joven Uchiha, es momento de que pases al frente y nos hagas saber lo ocurrido esa noche.

Sasuke poso su mirada en su hermano, quien parecía no haber escuchado absolutamente nada de lo que había hablado la diputada. Al pelinegro no le quedo de otra más que poner sus manos en los hombros de Itachi, moviéndolo de un lado a otro hasta que se avispase. Y pareció funcionar, porque se paro y se dirigió con paso tranquilo hacia el centro de la habitación. El momento había llegado.

— ¿Puede explicarle al parlamento y a todos los dirigentes políticos que sucedió esa noche, alteza? —Pregunto duramente Mei, mirando al pelinegro.

Pero el no respondió.

Mierda, esto no podría terminar bien.

— Itachi Uchiha, vuelvo a replantearla la pregunta, ¿Qué sucedió esa noche? Le estoy dando la oportunidad de explicarse aquí, ante todos.

Y nada, la mujer de ojos verdes parecía estar perdiendo la paciencia. Itachi no decía nada, su mente se encontraba en otro lugar. Por un momento el azabache creyó en bajar y apoyarlo, eso debía de ser muy duro para él, pero otra voz se hizo presente en sala, sacando de inmediato al Uchiha mayor de su trance.

— Itachi, ¿Qué ocurrió con el hombre? —Pregunto Madara yendo directamente al grano.

— Desde el principio sentí que algo estaba mal. —Comenzó a hablar el pelinegro con la voz entrecortada. —La busque en todas parte y sin embargo no la encontraba, hasta que la vi, la vi con ese hombre, creo que quería llevársela como han hecho con los demás. —Menciono el oji negro con la mirada clavada en el suelo, recordar todo eso otra vez... Le dolía.

— ¿A quien quería llevarse? —Formulo la diputada de cabellos marrones.

— Una mujer del concurso, como sea no tiene importancia. Cuando se dio cuenta que yo era un noble, me propuso un trato: Ella se quedaba, y yo iba con él. Y pensé en aceptar... —Confeso con las manos apretadas, clavándose las uñas contra sus palmas. Se sentía tan impotente y estúpido. —Pero termino por lastimarla, y eso me molesto. Y lo mate. ¡Tío, yo lo mate! —Exclamo con lágrimas en sus ojos, nunca había pensado que fuese capaz de lastimar a nadie, y ahora era un asesino a sangre fría.

— ¿Cómo lo mataste? —Pregunto interesado el emperador, quien diría que al menos uno de sus sobrinos iba a tener tantas agallas.

—Amaterasu... —Agrego, sorprendiendo a toda la sala. Incluso a Sasuke, quien no podía creer lo que su hermano decía, no era algo propio de él y se notaba. Pero lo que no podía entender era como su hermano había logrado usar esa técnica. Se suponía que era bastante avanzada.

— Ya veo. —Dijo el emperador, que no parecía nada molesto para sorpresa de Itachi. —Ven conmigo, hablemos a solas. La reunión ha terminado para ti.

Eso fue todo lo que logro escuchar el azabache antes de perder de vista a su hermano, no podía evitar sentir algo de miedo, conocía muy bien a su tío, siempre era muy estricto. Por dentro esperaba que no volviera mas mierda a Itachi.

—Amaterasu, ¿No es una técnica avanzada para Itachi? —Pregunto el pelirojo sacando al pelinegro de sus pensamientos.

—Sea o no avanzada ha matado a ese hombre. Realmente no me la esperaba de él. —Menciono el oji perla.

—Ese tipo se merecía la muerta de todas maneras. —Confeso el azabache llamando la atención de los hombres. —Solo lamento que haya sido él quien lo haya hecho.

Afuera de la sala estaba el emperador mirando fijamente a su sobrino mayor, quien creía firmemente que estaba a punto de lanzarle una bronca, de tomarlo por insensato e impulsivo, pero lo que escucho lo hizo crispar sus ojos de sorpresa inmediatamente.

— ¿Hace cuanto tienes el mangekyou sharingan? —Indago el emperador, nunca se imagino que uno de sus sobrinas lo obtendría.

—Como aproximadamente 10 años, señor. —Alego el pelinegro con los ojos en el pavimento, era otro recuerdo doloroso que todavía no estaba listo para contar.

— ¿Por qué nunca dijiste nada al respecto?

—Es que no sabía como. —Replico alzando su mirada para encontrarse con la de Madara. Quien lo observaba con... ¿Satisfacción?

—Te entiendo, siempre es un suplicio. Pero aun así, me siento orgulloso de que al menos uno de ustedes lo tenga. No podía esperar menos de ti, Itachi. —Alabó el emperador, sorprendiendo al Uchiha mayor.

« ¿Está orgulloso de mi...? »

—No entiendo, tío. Mate a un hombre de la peor forma posible. No merezco perdón. Ni siquiera sé si merezco ser el siguiente líder de la nación.

—No digas tonterías, Itachi. Ahora más que nunca estás listo. Eres un hombre increíblemente poderoso. Siempre supe que llegarías lejos. —Argumento Madara.

— ¿Cómo puedo ser líder si no soy capaz de garantizar la seguridad de las personas? ¿Cómo alguien podría siquiera tomarme en serio cuando mate a alguien a sangre fría? —Cuestiono el oji negro alterándose cada vez más, no podía comprender como su tío decía esas cosas. Prácticamente estaba felicitándolo por lo más horrible que había hecho en sus 26 años... No lo podía entender.

— Hijo, para garantizar la prosperidad de una nación se requiere más que actos heroicos y de bondad, a veces es necesario ser el malo de la historia si eso conlleva a la paz. Y eso es lo que hiciste esa noche, protegiste esa mujer a un costo bastante alto. Pero lo hiciste.

—Pero...

—Lo que si cuestiono, y espero que me escuches bien, es que parece que tu y Sasuke todavía no saben realmente lo que es ser del linaje Uchiha. Conocen que tienen «Habilidades» sin embargo, su conocimiento es bastante mediocre. Tantas cosas que un Uchiha puede hacer, puede lograr. Y solo conoces el amaterasu. Eso es bastante lamentable, Itachi. Espero que puedas resolver ese problema pronto, porque tú eres el futuro de esta nación, y si tú no estás preparado para ensuciarte las manos, nadie lo hará ¿Entiendes? —Finalizo el emperador dejando al moreno totalmente estupefacto, ¡¿Ensuciarse las manos?! ¿En qué lió se había metido ahora?

Aun confundido abandono la escena por completo, se había quedado totalmente sin habla. El corazón se le oprimía al pensar en las palabras de su benevolente tío, ¿Realmente valía la pena ser el sucesor del emperador si eso conllevaba a una vida cometiendo los peores actos inimaginables? Por supuesto que no. Si eso significaba tener el poder prefería rechazarlo, dejarlo y dárselo a alguien más. Nada era suficientemente tentador como para ser el responsable de tales gestos de iniquidad. Su corazón era puro, y continuaría siéndolo a pesar de las atrocidades cometidas. Nada sería tan denso como para corromperlo, pensó mientras caminaba en dirección hacia algo que sabía muy bien que lo reconfortaría. Lo necesitaba, de verdad lo necesitaba. Tenía que recordarse a si mismo quien era y nada lo lograba más que ese lugar.

Tocar el pianoforte que se hallaba en la sala de música lo alentaba como más nadie lo hacía. Había buscado consuelo en él desde hace mas de 16 años, desde esa noche tormentosa en que le habían informado sobre la muerte de sus padres, supo que siempre pasaría por ahí. En busca de algo de aliento y valentía. Que siempre le solía faltar en las noches venideras. El camino era bastante largo y arduo como para recorrerlo sin una pizca de música. Solía decirse, mientras continuaba tocando en solitario en el más profundo y escrupuloso silencio. Se envolvía completamente con una sonata de Chopin que le encantaba, la recreaba una y otra vez sin cansarse, esa melodía... Era gloriosa, sublime y exquisita. Nunca se cansaría de tocarla.

No llevaba la cuenta de cuánto tiempo llevaba ahí, solo se limitaba a tocar una y otra vez, perdiéndose en su propio mundo, en el que sabía muy bien que nada pasaría. En ese cuarto la carencia de emociones se acentuaban, era como no ser parte de nada, y la vez todo, y eso a él le gustaba. Y le hubiese gustado haber permanecido así, eternamente, tocando hasta convertirse en parte de la propia decoración, sino fuese sido por la interrupción de esa mujer, quien se había adentrado en su universo, sentándose cerca de él.

—Pensaba que te habías ido hace un buen de rato. —Le comento, sin ninguna pizca de emoción. Mientras continuaba tocando tranquilamente.

—Te mentiría si te dijera que no lo pensé. Pero al final decidí permanecer aquí. —Confeso mirando las manos de Itachi, quienes se movían con demasiada elegancia y facilidad por el pianoforte.

—No fue una decisión inteligente, y lo sabes. —Señalo el azabache.

—Estoy consciente, pero irme sería muy cobarde de mi parte. Aun cuando se que quizás necesites ayuda.

— ¿Ayuda de qué? —Cuestiono el pelinegro mirándolo por el rabillo del ojo.

— Para pasar página. Esa noche estabas tan consternado como yo. Y no te culpo.

— Eso suena interesante. Pero si te quedas en este castillo estarías expuesta a pasar por la misma situación una vez más. ¿Estás consciente realmente del peso de tus acciones? —Pregunto el moreno, esta vez había dejado de tocar. Ahora solo se concentraba en observar a la rubia, tratando de encontrar duda en su mirada. Pero no lo consiguió.

—Muy consciente. —Afirmo seriamente. Asombrando al azabache.

—Estas tan cuerda como yo. —Comento, dejando a relucir una pequeña sonrisa de medio lado. Su primera sonrisa en dos días.

—Eso no se pone en duda. Ahora, permíteme. —Agrego, alejando un poco al pelinegro del pianoforte. —Es mi turno, no soy tan buena como tú. Pero algo puedo hacer. —Menciono, comenzando a tocar una pieza que reconoció al instante.

« Pachelbel »

En otra parte del castillo también se sentía una notable tensión.

La pelirosa laboraba tranquilamente cuando escucho el crujir de la puerta. Oh no, el Uchiha. ¿Quién mas podría ser sino? Todavía tenía a flor de piel los sentimientos de la velada. Había rememorizado la escena una y mil veces y no había llegado a ninguna conclusión totalmente sensata y coherente. ¿Sentía rabia al verlo? No estaba segura. Pero de lo que si estaba es que a pesar de todo lo ocurrido no se dejaría llevar por algo que fue pasadero. Era muy probable que hasta el pelinegro ya ni se acordase, así que, ¿Por qué seguir dándole vueltas al asunto? Al fin y al cabo nada ganaba. Era hora de cortar todo ese rollo, o eso pensaba.

—Deberías irte, Sakura. —Fue lo primero que dijo, intrigando a la oji jade. La había llamado Sakura sin ningún trasfondo malvado medianamente conocido por el azabache.

—Aun me faltan tres horas más, no puedo. —Fue lo único que pudo argumentar, manteniendo la mirada en el suelo, que se encontraba limpio gracias a ella. No quería ver los orbes oscuros del Uchiha. Por alguna razón, la ponían nerviosa.

—Soy tu jefe, y te ordeno que termines ya con tu labor. —Ordeno poniéndose de cuclillas en busca de la mirada de la pelirosa, necesitaba ver un momento esos ojos jades... Lo necesitaba.

— ¿Por qué? —Cuestiono, dejando a relucir un leve rubor.

— Por que este lugar no es seguro, y no quiero que te pase nada malo. Hazlo por favor. —Confeso, tomando por sorpresa a la pelirosa, quien había alzado la mirada para observarlo. ¿Está hablando realmente en serio?

—E-está bien. —Fue lo único que pudo soltar de sus labios. El azabache se levanto y le extendió la mano a la oji jade, ayudándola a ponerse de pie.

— ¿Te gusto el disfraz? —Pregunto de la nada.

— Estaba muy hermoso.

— Me alegro, me costó bastante encontrarlo. —Confeso. Esto sí que no se lo esperaba Sakura. No podía imaginarse a su jefe buscando arduamente para ella un vestido, la escena resultaba muy curiosa.

El tiempo parecía haberse congelado por un momento, era como si se encontrasen nuevamente en el baile. El pelinegro no parecía tener intenciones de hacer nada, solo se encargaba de mirarla. Observarla detenidamente para guardarla en su memoria, aunque no entendía realmente para que quisiera hacer eso. Pero era lo que su mente le dictaba.

La pelirosa por su lado sentía que en el cualquier momento se desplomaría, ese hombre le producía una variedad de sentimientos que ni siquiera podía explicar. Cuando estaba cerca de él, las sensaciones parecían volverse mucho más vulnerables. Todo lo sentía más fuerte. Su cuerpo se llenaba de un frió que no sabía realmente como describir. ¿Sera que el Uchiha le estaba transmitiendo su frialdad? No, sonaba tan ridículo como se veía. Quizás podría ser otra cosa, pensó. Y para comprobar su teoría alzo su mano, en busca de la de Sasuke. Este intrigado por el gesto de la fémina le correspondió. Llegando a rozar las palmas de sus manos por un momento, consternados, ¿Que les estaba sucediendo? Ninguno lo comprendía. Para buscar intensificar las emociones sentidas el azabache envolvió su mano con la de la oji jade, entrelazándose. Le hubiese gustado permanecer un momento mas así, pero esa acción parecía haber disgustado a la mujer. Quien se alejo de inmediato, muy bruscamente para el gusto del pelinegro. Quien no entendía que le sucedía. Esta simplemente recogió sus cosas, como si tratara de huir de él. Al terminar simplemente se despidió con bastante formalidad y se fue. Dejando al pelinegro en total confusión.