INUYASHA NO ME PERTENECE, PERO LA TRAMA SI, SÓLO HAGO ESTO DE DIVERSIÓN
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LA REINA DEL NORTE
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CAPITULO 20
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El gran castillo del Norte, que fuera el primer baluarte de los Antigua Sangre que habitaron y fundaron el Oriente. Hogar ancestral de los Taisho, la última gran casa reinante que desapareció recientemente, tenía como regidora principal ahora a Kikyo Higurashi, una hija bastarda del señor del Bosque Negro, a falta de otros herederos legítimos. La invasión bárbara y la guerra acabaron con ambas casas y ahora, una mujer que ni siquiera era descendiente legitima de la rama secundaria de los Antigua Sangre era quien reinaba.
Kikyo siempre fue una mujer intrigante y peligrosa, pero al perder a Inuyasha afloró en ella un oscuro y macabro lado cruel que ejerció fuertemente en su nuevo papel de reina.
Se alejó de su propia madre, porque tenía la sospecha de que ella y sus otros cómplices tuvieron que ver con la muerte de Inuyasha y eso no podía perdonarlo. Ella debía ser la esposa de él, no lo quería muerto.
Así que el corazón naturalmente mezquino de la mujer se volvió aún más frio, como sumido en un permanente invierno. Llena de rabia, furia, y llena de apetencias que ya no podían satisfacerse por la muerte de su amado.
En los meses que llevaba siendo reina, ejerció con mano de hierro y era temida por ello. A la menor falta, hacia ejecutar o castigaba con severidad.
Al inicio quiso respetar el pacto con Naraku, ya que cumplió con la exigencia de éste de no ayudar a los norteños que quedaron atrapados en el Gran Peñasco del Este. Con estas huestes dispersas, muchos desertaron y otros murieron.
El Lord del Oeste le hizo el favor de ejecutar a los cruzaban sus tierras. También, con ayuda de su Justicia, Onigumo, estableció cortes marciales para que los que alcanzaron a regresar al Norte con sus familias.
Kikyo los acusó de dejar morir al rey Inuyasha e hizo colgar a los que pudo.
Con tal muestra de venganza, los que aún estaban sitiados en el Gran Peñasco lo pensarían dos veces antes de atreverse a regresar.
Varra intentó dominar varias de las situaciones, pero Kikyo se mostró esquiva. Con su última actuación dejaba claro que no iba a someterse.
Habia rehusado casarse con el rey del Sur, Naraku.
Vestida de negro de pies a cabeza, una de sus tareas diarias era visitar el Memorial que estaba en el Acantilado detrás del Palacio Principal.
Cuatro monumentos que emulaban un homenaje a Inuyasha, Kagome y sus hijos. Por supuesto a Kikyo no le importaba ninguno salvo el de Inuyasha.
Le llevaba flores y podía pasar horas hablando con aquella tumba vacía. Desde ardorosas palabras de amor hasta reproches por haberla dejado sola.
Estaba en uno de sus lamentos, cuando unos pasos la alertaron. No podía ser otra que Varra, su madre. Nadie más tendría el atrevimiento de molestarla.
—Necesitamos hablar
Kikyo no giró a verla.
—Yo no necesito hacer nada —replicó la joven reina.
Pero Varra no estaba para miramientos. El ultimo chiste de Kikyo podría costarles su apoyo más importante, así que se acercó y cogió el brazo de su hija.
—Parece que no te das cuenta de lo que nos jugamos. Tu matrimonio con Naraku no puede rechazarse.
—Nunca me casaré con ese hombre.
—Si juegas con ese hombre ¡es peligroso!, con sus vínculos con los barbaros, es capaz de tomar represalias contra nosotras —aseveró Varra, preocupada
—¿No tengo yo a valerosos hombres norteños que pueden protegerme? El Norte tiene un ejército si es necesario y me han jurado lealtad como su reina.
—Pero el ejército del Sur es mayor y ni decir si se alían con esos salvajes ¡estaremos perdidas! Justamente porque se suponía que ibas a casarte con Naraku, es que se ordenó abandonar al ejercito de Inuyasha, porque ya no los necesitaremos.
Pero Kikyo tenía otros planes.
—Yo no lo hice por eso, si yo ordené eso fue por venganza, porque fueron unos inútiles que dejaron morir al mejor hombre del mundo y a mí me han dejado sola —Kikyo se desasió del agarre de su madre —. Ahora, márchate, es una orden de tu reina ¿o acaso te atreveréis a desobedecer?
Varra estaba impávida. Kikyo se había rebelado completamente a ella en este tiempo, mostrando hostilidad continua y negándose a cumplir las directrices de Naraku.
La mujer estaba temerosa de las represalias del rey sureño. Y no era para menos, ya que no acababa de descubrir su carácter.
Naraku era sumamente reservado. Pero Varra podía ver a través de sus ojos, que era un sujeto peligroso, desquiciado, astuto y maquiavélico. Nadie que lo traicionara, podría salir bien parado.
El precio que pedía por su ayuda en sacar a los Taisho y a los Higurashi del mapa era sencillo: deseaba a Kikyo.
La candente belleza de Kikyo de nuevo había atrapado a alguien, como antaño atrapó a Inuyasha, sólo que, en esta ocasión, las consecuencias de una negativa podían ser nefastas.
El rey del Sur era demasiado poderoso ahora, gracias a sus alianzas con los salvajes, aquellas hordas tan temidas por el Oriente y Varra pensaba que si Naraku lo deseaba podía invadir todos los reinos, y apoderarse de todos.
No es que a Varra le importase el destino de las personas, pero si el de ella misma y de Kikyo o la de perder su posición de poder. Seria intolerable.
Además, Kikyo ya sabía que no podía levantar la espada del trono del Norte. Recordaba que en la coronación de ella se obvió esta tradición por duelo, pero Varra sabía que era por la imposibilidad de Kikyo de demostrar su Antigua Sangre. No era hija de quien se suponía era.
Varra había sabido mentir a todos, durante todos estos años. Por estar cerca del poder y por su perenne deseo que su hija algún día fuera reina, fue capaz de mentir, matar y violar la confianza de todos, sin compasión. El secreto de filiación de Kikyo era algo que guardaba en lo profundo de su ser. Nunca debería ser develado.
Ahora debía pensar en un plan de cómo convencer —u obligar a Kikyo—a casarse con Naraku.
Decidió que iría a las habitaciones de la reina madre Margaret, aquella pobre mujer a quien mantenía enferma en base a pociones y permanecía encerrada en sus habitaciones. Le daba cierto placer hablarle de sus planes a su prisionera.
Consideraba que estaba haciendo justicia con la reina madre viuda. Una mujer déspota en su momento de gloria, que fue separada por su propio hijo Inuyasha por temor a sus intrigas.
Debía pensar en el modo de obligar a Kikyo de algún modo. Estaba perdiendo el dominio sobre ella y eso no podía permitirlo. El hecho de que Kikyo fuera reina, implicaba que Varra también gobernara, pero su hija la estaba obviando y limitando.
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Miroku revisaba la información de los libros mayores. El sello que lo identificaba como capitán de la guardia real norteña delataba su nuevo puesto.
Los únicos por encima de él eran Onigumo, Justicia de la Reina y la propia soberana, a quien Miroku le tenía un respeto reverencial.
Gran parte de ese temor era por su propia vergüenza. De no haber estado junto al rey Inuyasha y proteger a la familia real. Consideraba aquello un deshonor y el gran fracaso de su vida como caballero.
Por eso fue de los primeros que se arrodillaron ante Kikyo, reconociendo su autoridad. La reina lo recompensó dándole la capitanía de la guardia real.
Así que Miroku no replicaba ante la dureza de las sanciones impuestas por la reina a los soldados norteños que regresaban de la dispersión del Gran Peñasco. Kikyo los acusó de abandonar a Inuyasha, así que los ejecutaba a todos. El resto de cuidó de volver.
Miroku, con el dolor en el alma, tuvo que firmar aquellas ejecuciones ordenadas por la reina Kikyo.
¿Cómo negarse? Habia roto ya una vez su juramento ante el difunto rey. No rompería éste con la nueva reina.
—¿Por qué tardáis tanto en enviar las ordenes al verdugo? —la voz fuerte y autoritaria de Onigumo hizo eco en el sitio.
Miroku levantó la vista y se encontró con la Justicia de la Reina, con su elegante traje y su imponente capa.
—Quería que los condenados tuvieran tiempo de escribir a sus familias y de despedirse. Fueron soldados norteños —explicó Miroku
Onigumo sonrió de lado.
—Son traidores que no pudieron proteger a la casa Taisho. Decidme una cosa ¿la familia real extinta tuvo tiempo de despedirse? —Miroku meneó la cabeza y Onigumo añadió —. Entonces ya no le daréis esas satisfacciones a esos hombres. Son condenados a muerte, por orden de nuestra misma reina, y que eso no os de la libertad de ir a visitarlos.
—Se hará como ordene. Ya no volverán a repetirse estas pausas —respondió Miroku, procurando no ver a los ojos de Onigumo, ya que temía que viera que aquella orden le causaba profunda pena por esos hombres y sus familias.
Onigumo le volvió a echar una mirada de advertencia y se marchó.
Miroku, soldado honorable y hombre de juramentos, sentía profunda pena por esos hombres, pero tampoco podía desobedecer a la reina a la que había jurado lealtad tan fervientemente.
Al menos vería de poder ayudar de algún modo a las familias que queden de aquellos hombres, procurando el pago de las soldadas atrasadas.
Terminó de sellar las ordenes de ejecuciones que debía enviarse a la prisión, para que el verdugo organizara las mismas. Como no podía ir a ver a los condenados, como Onigumo le ordenó, al menos les mandaría un mensaje tranquilizador.
Que tenían su palabra de que él velaría por las familias que dejaban.
Era horrible sentirse tan mal por esto y debatirse entre el deseo de ayudar a otros soldados como él o romper su voto.
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Tres meses es lo que llevaba Kagome en Terma, entrenando duramente con ayuda de Midoriko y de Bankotsu.
Podía manejar armas y era buena peleando cuerpo a cuerpo. Obviamente no tenía punto de comparación con las otras atléticas mujeres que vivían en la isla y que la miraban con tanto recelo.
Bankotsu intentaba protegerla de ellas, colocando un cerco a su alrededor, al notar que la animosidad iba subiendo.
El ex mercenario sabía que debían prepararse como podían, así que un día fijó para marcharse y traer a dos compañeros de armas que podían ayudarlos en la extraña cruzada que estaban preparando. No iba a obligarlos que juraran lealtad a Kagome, porque no se lo debían. Eran hombres del Este y era personas en quien Bankotsu confiaba ciegamente.
Si venia la guerra, al menos deseaba tener a sus hombres cerca, en el eventual caso de que debieran preparar la defensa de las Tierras Altas. El ejercito del Este, bajo las órdenes del Concilio, nunca protegería los pueblos de esa zona, así que debían ser los mismos moradores quienes debían alistarse a ello.
Por eso necesitaba a Jakotsu y a Kohaku, quienes trabajaron como mercenarios como él, y eran tan habilidosos como fieles.
También estaba su juramento a Kagome, que pensaba cumplir a costa de su vida. La joven había decidido emprender el camino de reclamo de su legítimo derecho al trono. Kagome le dijo que su primera tarea seria reagrupar e intentar ayudar a los soldados norteños dispersos en el Gran Peñasco. Eran su pueblo y necesitaban ayuda, aunque no tenían claro aún como hacerlo, sin apoyos.
Todo sumaba, y no tanto por el camino al trono, sino para proteger al Norte de la guerra que se les venía encima, con la inestabilidad regional que estaba provocando Naraku.
Ese sujeto era un conspirador nato, peligroso y artero. Su llegaba a casarse con Kikyo, esa bruja despechada, podría ser un caos.
El Norte, bajo la batuta de los Taisho, siempre fue aliado del Este. Patrias hermanas, pese al descalabro político sufrido por el Este, a causa de su sistema de gobierno ineficiente y corrupto. Siempre se podía contar con el Norte, para protegerse juntos de las amenazas salvajes o cuando algún otro gobernante oriental ya sea del Sur o del Oeste se ponía en plan conquistador.
Así que un día emprendió viaje desde Lerma hasta el Este, para buscar a sus amigos. No sin antes tener una conversación con su madre, a quien le pidió que cuidara por Kagome por él.
Midoriko había cruzado sus brazos y sonreía.
—Le afirmaste lealtad como su espada juramentada.
Bankotsu asintió.
—Merece tener alguien que no la vaya a traicionar. No debe tener mucha confianza luego de que la espada juramentada de sus propios hijos la traicionó.
Pero Midoriko era capaz de ver tras aquella intención.
—La amas
Bankotsu no se giró ante aquella afirmación, ni tampoco para negarla. Es que no podía refutar lo que era evidente para su progenitora, que lo conocía mejor que nadie en el mundo.
—Entonces sabes que no fue una opción que haya tomado, sino algo que no pude evitar.
Midoriko cruzó los brazos.
—No hay de que avergonzarse, hasta el corazón más duro puede enamorarse. Mírame a mí y a tu padre.
Bankotsu sonrió. Su madre tenía razón. Ella y su padre tenían una extraña historia de amor a cuestas, algo tan solo de ellos dos, donde tanto Bankotsu como Hiten fueron testigos de cómo ella nunca abandonó su deber como amazona, aunque eso implicó que no pudiera estar tan cerca de sus hijos y de su amado como quisiera. Sin embargo, siempre estuvo presente y fue una madre para sus dos hijos, a quienes inculcó todo lo que sabía y conocía.
Su padre se abocó a su gran vocación de ser sanador y compañero fiel, pese a las largas separaciones de su compañera.
De adulto, Bankotsu siempre deseó en su fuero interno encontrar algo así. Alguien que pudiere compartir con él, pero a su vez, nunca le cortare las alas para cumplir con su deber.
Nunca se había enamorado antes, viviendo una vida errática y sin sentar cabeza con las mujeres. Pero el amor que empezó a sentir por Kagome le hizo notar de que quizá su búsqueda había terminado. Aunque no se ilusionaba, porque Kagome era diferente y sufrido mucho. Además, ahora estaba en la cruzada de reclamar su derecho.
Ella era algo imposible. Por eso decidió jurarle lealtad, porque no deseaba separarse de ella nunca y asegurarse de protegerla, aun a costa de su propia vida.
Si ese era el único modo de expresar su amor, pues que así sea.
Bankotsu cogió la barca y prometió volver en menos de dos semanas con sus dos amigos. También le rogó a su madre, que viera el modo de aplacar a las otras amazonas por traer otros dos hombres a la isla.
Midoriko despidió a su hijo con un beso tibio en su mejilla.
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En ausencia de Bankotsu, Kagome practicaba sola con una espada de madera. Cada día se sorprendía de sí misma, nunca se creyó capaz de portar un arma o prever un ataque.
Pero era algo que debía hacer.
Aunque ensayar sola se le hacía aburrido y cuesta abajo en ocasiones. Midoriko llegó a practicar un par de veces con ella, y era una experiencia aleccionadora.
Pese a la admiración que podría tener a esa mujer, Kagome sentía que no se podía comparar cuando los practicaba con Bankotsu.
Aunque sabía que volvería, por las noches le costaba dormir sabiendo que no estaba merodeando cerca, haciendo su patrulla nocturna cerca de la cabaña.
O ver su sonrisa orgullosa, cuando cocinaba el desayuno o el almuerzo presumiendo de sus impecables habilidades culinarias. O cuando arreglaba el equipamiento de los caballos.
Bankotsu le había contado que su padre le enseñó todo sobre el manejo de los equinos y que era capaz de domar hasta lo más salvaje.
De hecho, sentía que extrañaba ver su sonrisa cuando hablaba de cualquier tema que le apasionaba.
Kagome cerraba sus ojos. Añoraba la sola presencia de aquel hombre que había sido su fiel compañía por meses.
Nunca antes había sentido algo así por alguien, y no sabía si sentirse aterrorizada o anhelante.
Era un buen hombre. Las manos de Kagome temblaban de solo imaginarlo con su impecable y alta estampa. Un hermoso rostro masculino, adornado con los ojos más grandes y azules, que eran capaces de emanar hielo cuando estaba enfadado o la luz más cálida, cuando se sentía relajado y en confianza.
Kagome conocía ambas facetas y le había gustado ambas, porque denotaba una autenticidad difícil de hallar. Una nobleza de alma y una profunda honorabilidad.
Dejó la espada de madera en el suelo, para coger la enorme de Antigua Sangre y seguir con su práctica, cuando notó la presencia de dos personas detrás de ella.
Cuando giró se topó con dos mujeres altas y atléticas.
Kagome las conocía de vista.
La de cabello castaño y de ojos azules era Sango, y la otra de mirada afilada y cabello oscuro era Kagura. De vivir en la isla las conocía, porque alguna vez Midoriko le comentó que ambas eran grandes guerreras.
Kagome apretó la espada entre sus manos. Pese a que las mujeres no le hablaban, sabía que no venían con buenas intenciones. Eran de las que más se quejaban de la presencia de Kagome en la isla y habían intentado abogar por su desalojo más de una vez.
Por supuesto, Midoriko se negó y el asunto parecía zanjado. Además, ambas amazonas esperaron la ausencia de Bankotsu para aparecer.
Midoriko no se la veía en ninguna parte, quizá tenia asuntos pendientes al otro lado de la isla.
La joven entendió que sólo se tenía a sí misma. Y veía en los ojos de ambas mujeres que no venían en son de paz.
—¿Puedo serles útil? —preguntó Kagome
—Tú no eres útil aquí y tampoco bienvenida —fue la tal Sango quien habló
—Este circo no puede seguir. No eres una amazona ni tampoco alguien digno para robar el tiempo de Midoriko —amenazó Kagura, empuñando unas cuchillas cortas
Esa fue la confirmación de Kagome de que ellas no venían en son de charla. Venían a por ella.
Respiró hondo. Ella no era rival para esas mujeres, y aunque tenía miedo, tampoco dejaría que ellas lo vieran.
Habia aprendido algo en los entrenamientos, así que cuando notó que Kagura iba a hacer un movimiento con sus cuchillas, Kagome le dio un puntapié echando a su rival.
En eso Sango le propinó una bofetada que no vio venir que la mandó al suelo, haciéndole sangrar el labio. Entonces apretó su espada e intentó defenderse, pero Sango con una certera patada hizo volar al suelo aquella arma, dejándola lejos de Kagome.
—Me divertiré yo primero —declaró Kagura, acercándose —. Me ha tirado las cuchillas al suelo.
Kagura emprendió con golpes de puño y patada. Kagome esquivó algunos, pero otros no. Kagura era demasiado rápida.
Lo peor vino cuando se le unió Sango. Eso ya no pudo detenerlo y uno de los golpes de ella la hizo volar contra las rocas. Este último impacto le rompió la nariz.
No podía pelear contra dos contendientes avezadas como ellas, miró a un costado y vió a su espada tan lejos. Aunque la recuperara, poco es lo que podía hacer.
Tampoco pretendía morir de modo tan absurdo, no cuando había contraído un deber con su patria. Además, debía seguir viviendo para encontrar el modo de salvar las almas de Inuyasha y sus hijos, enterrados en el oscuro Niflheim.
Así que se incorporó, herida como estaba para salir de allí. Tenía buena consistencia física, asi que podía probar correr de ambas agresoras e intentar perderlas. No tenía ningún plan, sólo salvarse como podía.
Quizá probar luchar con sus puños vacíos. Aunque estaba aletargada por los golpes y seguía sangrando, debía salir de allí. Alejarse de las rivales.
De algún modo se levantó, imprimió fuerza en sus pies y salió corriendo.
—Y además la muy cobarde huye —aseveró Kagura
—No se salvará de esto. Nadie la podrá rescatar —observó Sango
Kagome no miró atrás, sino que empezó a trotar como nunca. Como lo que le daban las fuerzas, dando saltos y demostrando una gran fuerza pese a las heridas físicas, porque las dos atacantes la habían golpeado duro. Pero la joven no pensaba dar el brazo a torcer.
La corrida la dirigió hacia el bosque de la isla, quizá allí las oportunidades de esconderse serian superiores. Pero cuando sintió que tanto Kagura como Sango estaban a su espalda y a pocos metros, entendió que sería un milagro si alcanzaba a ocultarse.
—¡Quédate quieta y será menos doloroso! —le gritó Kagura, quien le arrojó una cuchilla, que Kagome esquivó por poco, pero que, sin embargo, le cortó algunas hebras de cabello.
Entre más corría, mas alto subía, y Kagome no se daba cuenta de que había emprendido camino hacia el acantilado de la isla, que irónicamente la joven solía utilizar para sus ejercicios al aire libre.
Qué situación tan diferente en aquellas ocasiones, porque al menos estaba Bankotsu para protegerla.
Llegado a ese punto, no tendría escapatoria porque se vería acorralada frente al abismal barranco.
—No voy a morir ridículamente asesinada por estas dos —se dijo a sí misma.
Fue una decisión de un segundo. Prefería caer más allá.
Cerró sus ojos y llegando a la orilla del precipicio se arrojó, sorprendiendo a las otras mujeres, quienes tuvieron que frenar de golpe para evitar caer también.
—Prefirió matarse —adujo Sango sorprendida.
—Pues mejor para nosotras que su muerte pase por accidente o suicidio —replicó Kagura, mientras el viento, que era muy poderoso en esa parte, hacía ondear su cabello de modo enérgico.
Sacó una de sus cuchillas y junto a Sango se acercaron a la orilla para observar.
Sería difícil que pudieren avistar parte del cuerpo de la mujer, por la altura, pero siempre podía verse el rojo de la sangre por las rocas esparcidas.
—Le daré el crédito de que al menos no se largó a gritar —refirió Sango.
Pero cuando ambas mujeres posaron sus miradas hacia abajo, algo cegador e imponente ocurrió.
Unas inmensas alas blancas desplegadas y un poderoso relincho de caballo inundaron el lugar, que hicieron caer a ambas mujeres al suelo.
Y sobrevoló sobre ellas, colocándose a un lado.
Grande, majestuoso e inmenso. Ellas lo habían visto varias veces, pero nunca tan de cerca.
Sango y Kagura no podía creer lo que estaban viendo sus ojos.
El señor de los corceles, Granne, el mítico caballo alado de la gran valquiria Brunilda se presentaba ante ellas en todo su esplendor.
Lo sorprendente y lo que las mujeres no creían es que alguien lo montaba.
Kagome.
Granne había salvado a la joven de la caída. Y no solo eso, sino que la portaba como su jinete.
Kagome observó unos segundos a sus dos atacantes, antes de que las enormes alas de Granne volvieran a tenderse y emprendiera vuelo, pasando por encima de las estupefactas de Sango y Kagura.
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Kagome no supo cómo ocurrió, sólo que, al sentir el vacío de la caída, de repente se había visto arropada por aquel mágico equino, quien la cargó.
Tampoco entendía, porque sentía que podía manejar las riendas de aquel mítico ser.
Luego de mostrarse ante Kagura y Sango en todo su esplendor, Kagome a bordo de Granne se elevó por la isla, surcando el cielo de la misma.
Era una poderosa imagen e inolvidable, y pese al reguero de sangre que aún le manaba de ciertas partes del cuerpo, Kagome las olvidó, para deleitarse con el espléndido paisaje.
Poco a poco, las amazonas de diferentes puntos de la isla, salían asombradas a mirar el espectáculo del caballo alado que tenía a bordo a una mujer.
Nada menos que a la extranjera.
Kagome notaba la conmoción general en los ojos de aquellas mujeres. Y en un momento, se sintió transportada en los cuentos que ella les leía a sus hijos.
¿Cuántas veces les había narrado la leyenda de Granne a Narvel y a Valiant?
Desde esta altura podía verlo todo. Cosas que usualmente el ojo humano no veía.
Se sentía tan segura y resguardada a lomos de este magnífico ejemplar.
Finalmente, cuando divisó el área donde estaba el salón del trono de la isla, fue que decidió bajar y más cuando notó que allí estaba Midoriko y observaba también incrédula.
Todas las amazonas corrían en masa a acercarse a ver lo que sus ojos aún se negaban a creer.
Midoriko observó con orgullo el descenso de Granne, quien paró en el centro del sitio, justo al lado de la líder de las amazonas.
Kagome bajó del corcel alado lentamente y luego de acariciar al caballo, se acercó hacia Midoriko.
Pero la mujer ni siquiera le dio tiempo de explicarse, porque se arrodilló allí mismo.
Y detrás de Midoriko, las otras mujeres que iban llegando también repitieron aquella acción, sin excepción.
Incluidas Sango y Kagura quienes llegaron a saltos al lugar.
Hincando la rodilla ante Kagome.
—Sangre de nuestra sangre —rezó Midoriko —. Quien domina a Granne será respetada por las amazonas de Terma, y la seguiremos donde vaya.
Kagome alzó la mirada y vio a todas las otras mujeres que se habían reunido en tropel, arrodilladas y haciendo el mismo juramento que Midoriko.
Sacando sus espadas de la cintura y recitando aquellas sagradas palabras que cumplían con el designio de las guerreras de Lerma, que quien era capaz de dominar al caballo alado de Brunilda, era alguien digno de ser seguido y de ser nombrado su líder.
Midoriko lo entendió así, porque fue la primera en hincar la rodilla.
Desde su altura y con Granne a su lado, quien lanzaba alaridos de demostración de poder, la visión que tenía Kagome era aun de conmoción, pero, aun así, también de orgullo.
Ella no era rival para estas legendarias guerreras, pero, sin embargo, ellas escogieron rendirle pleitesía al haber sido elegida por Granne.
Una sonrisa de alivio se dibujó en su rostro cuando notó a tres figuras que se acercaban, y en especial al hombre que los lideraba. Venían de la zona del desembarcadero y venían llamados, por el tumulto general.
Bankotsu, seguido de dos hombres llegaban, no exentos del asombro general de ver aquello.
Kagome no reparó en los otros dos, porque sólo tenía ojos llenos de sosiego de volver a ver a Bankotsu, quien luego de dirigirle una sonrisa que denotaba su orgullo en ella, también cogió su alabarda, para hincarse ante ella.
Y renovar su voto como espada juramentada.
Él había descubierto mucho antes que Granne y las otras amazonas, que Kagome era una mujer digna y merecedora de todo su respeto.
CONTINUARÁ.
Parece que al ir terminando el fic, porque hemos entrado en recta final, sólo quedan 10 capítulos incluido epilogo me hago más lenta.
Y muchas nerviosas me preguntan ¿Cuándo el maldito romance y el delicioso?
Habrá y dentro de nada ya.
Es que Kagome tenía tantos problemas primero y además quería que se enamorara primero.
Además, aún quedan por arreglar unos embrollos. Embrollos gordos.
Aquí se acaban de sumar dos personajes nuevos y ya serán casi de los últimos Jakotsu y Kohaku, salvo un último personaje sorpresa que saldrá en el ultimo capitulo.
MIS BESOS a mis comentaristas que me odian ya: KARLA YUMAIKA, FRAN GARRIDO, JOH CHAN, ISADI.
Nos leemos pronto, parece que quedaremos semanal, pero haré el esfuerzo de verlo antes.
Paola
