EMOCIONES CONFUSAS.

En ese momento pasaban muchas cosas por mi cabeza. A pesar de todo, resultaba increíblemente fácil enumerarlos. Porque aun siendo tan pocos, hacían de un lío tremendo mi pequeño y frágil cerebro, quien en este momento se estaba encargando arduamente de no perder por completo la razón. No creo que sea difícil adivinar una de las razones, vamos, ustedes me conocen más de lo que yo podría hacerlo en toda mi vaga existencia. Si, no había duda de que se trataba del joven azabache, quien siempre me sacaba de mis casillas de manera inexplicable.

Los pequeños ataques del Uchiha me desconcertaban cada vez más. Podría jurar que aun sentía firmemente el tacto de sus dedos en las mías, y eso me llenaba de algo que podría identificar como leves escalofríos. Su cercanía provocaba algo en mí que me era muy difícil descifrar, ¿Me disgustaba? No lo sé. ¿Quería que terminara? Tal vez, considerando lo gélido que había sido los primeros días que lo conocí. Sé bien que las personas pueden cambiar, o mostrar su verdadera naturaleza con el paso del tiempo, pero, ¿Sera este el caso del pelinegro? De eso me encargaría personalmente de averiguarlo. Si el Uchiha quería probar algo en mi,

Mientras tanto me encargaría lo suficiente para alejarlo de mis escalofriantes pensamientos. Lo que me lleva al segundo tema: Mi madre. Manténganse quietos queridos lectores, esta vez no hay nada malo que decir. En realidad, es una noticia bastante buena, muy buena, a decir verdad. Así que no habrá necesidad de otorgarle bastante vuelta: Ella vendrá. A la casa, aun me cuesta asimilarlo. Pero ayer por la noche los doctores nos dieron la enhorabuena y tienen la seguridad de que ya podrá a regocijarse tranquilamente en la comodidad de su hogar. Escuchar eso hizo que mi corazón se avivara descolocadamente, hacia bastante tiempo que mi cuerpo no producía tanta felicidad, y vaya que era satisfactorio. Se sentía bastante bien. Yo como toda hija llore desconsoladamente, pero no lo puedo evitar, solo imaginen mi situación, definitivamente es una reacción normal.

Con más ganas que nunca, la blanquecina pelirosa arreglo felizmente su pequeña casa. No podía ocultar la emoción que se asomaba en sus suaves facciones, estaba feliz. Demasiado. Tanto era su felicidad, que de vez en cuando dejaba a relucir pequeñas gotas cristalinas cayendo lentamente de sus ojos aguamarina.

«El momento ha llegado...»

Era lo único en que podía pensar, solo minutos faltaban para reunirse con el amor de su vida. Para poder entregarse completamente como cuando lo hizo desde el minuto en que llego al mundo. Sin saber porque, se detuvo, en blanco. Y se sentó en el sofá, dispuesta a repasar el desastre que emanaba de su corazón. Hacía bastante tiempo que no se sentía así. No quería que terminara nunca, de solo imaginar que podría ser efímero se le arrugaba el corazón. Así que decidió hacerle una petición al mundo de los cielos, a un ser todo poderoso que gobernaba este mundo. En el silencio de las paredes de su hogar le pidió a un ser que cuidara de lo que era todo su razón de ser.

Aun con sus dedos entrelazados armoniosamente escucho el crujir de la puerta principal. Crispo sus ojos ante la repentina e inesperada sorpresa, ¿Quién sería? Se preguntaba, sin respuestas. ¿Su madre...? Si se suponía que ella tendría que buscarla. Comenzaba a emanar una palpable tensión en el ambiente cuando logro divisar la silueta familiar que comenzaba a asomarse notoriamente por el portón. Al comprender de quien se trataba sin rodeos se levanto del sofá, aun sin poder creer lo que veía.

«Bienvenida a casa...» pensó con los sentimientos a flor de piel, mientras se dirigía sin vacilo hacia la ojimiel. Al fin su vida se encontraba completa.

Los pasillos del palacio parecían haber perdido el toque fantasioso que los caracterizaba, ahora en lugar de eso, sus antiguas paredes y finas cerámicas daban la sensación de haberse sumido en un eterno y lúgubre sueño. Muy a pesar de encontrarse rodeado constantemente de personas, el palacio se sentía más vacio que nunca. No había manera coherente de describir tales abrumadoras emociones, simplemente se sentían en el momento en que optabas por adentrarte a esas inquietantes paredes.

El eco de la suela de los zapatos del Uchiha menor resonaba por las salas de lo que se suponía que era su hogar. Se escuchaban y sentían con bastante lucidez, solo para perderse por completo en sus borrascosas habitaciones desoladas. Nunca lo admitiría, pero por dentro, se sentía solo. A pesar de que siempre se mantenía en constante pelea con su hermano mayor, lo extrañaba. Pero este todavía no se encontraba recuperado por lo ocurrido. Y necesitaba hablar con él, después de todo era su familia, la única que le quedaba. Y mientras Nii-san recuperaba la compostura, el solo se dedicaba a mantener serenidad con sus empleados, y a la vez cumplía con sus obligaciones de noble.

Con disimulo miraba a esas personas, las que se encargaban de mantener vivo la memoria de este castillo: Sus empleados. Y de vez en cuando se le escapaba una pequeña sonrisa al darse cuenta de que aunque muchos no los conozca, los quería. Eran su gente, su pueblo y quería protegerlos a toda costa. Se lamentaba por las muertes ocurridas, nada le afectaba más que verlos sufrir. Pero estaba completamente seguro de que pronto encontrarían la manera de defenderse. Pronto hallarían una solución y volverían esbozar confianza en su gente. Solo había que ser pacientes, y eso representaba un problema: el odiaba esperar.

«La espera la mayoría de las veces nada bueno trae, y si trae, son solo lamentaciones...»

Creía firmemente el ónix negro. Teoría que había construido en su niñez, cuando recibió la noticia de la muerte de sus padres. Los había estado esperando más de 72 horas. Su madre le había jurado que al volver, pasarían tiempo juntos. Ella sabía cuánto el la quería. Sin embargo ella nunca regreso. Y esperar fue la parte más dolorosa. Todavía lo podía recordar bastante bien. La incertidumbre que te invade en momentos de agonía es algo de lo que te acordaras toda la vida, pensaba. Mientras trataba de opacar el creciente dolor en su pecho que amenazaba con expandirse por todo su cuerpo. Más de 10 años transcurridos y seguía siendo una herida muy reciente.

Su interesante teoría la pudo confirmar la noche de las mascaras. Que aunque era fanático de tener siempre la razón, esa velada deseo no haberla tenido. Los Hyugas llevaban más de 3 meses con su padre desaparecido, y cuando finalmente lo vieron, no fue en las condiciones que ellos habían deseado. Sabía muy bien cuanto habían luchado los hermanos por encontrarlo, cuantas expediciones de búsqueda y dinero habían invertido, que al final de nada sirvieron. Ahora solo podían tener fe en que su padre ya se encontraba descansando en alguna parte del mundo.

« ¿Sera la fe realmente buena? ¿O es solo una delgada cortina que nos oculta de la realidad? ...»

Realmente tenía que dejarse de ser tan pesimista. Sabía que si su hermano lo escuchase le diría exactamente lo mismo. Pero era inevitable no pensar así, no cuando todo a tu alrededor parecía conspirar contra ti. Saliendo a duras penas de su ensimismamiento, se percato de que había llegado a lo que había sido el punto de encuentro para las concursantes, la sala principal del lado este. Al principio parecía encontrarse totalmente sola, pero cuando se fijo mas en el área noto fibras de cabello azul oscuro, oscuro y profundo como el mismo océano. No había duda de quién se trataba. Al principio dudo en acercarse, después de toda la joven aun podía encontrarse sensible por el brusco fallecimiento de su padre. Pero finalmente se decidió por ir, después de todo, parecía encontrarse totalmente sola, y el mas que nadie sabía lo bueno que era tener algo de compañía en este tipo de situaciones.

La oji perla parecía no haberse percatado de la presencia del azabache, situación que lo incomodo inmediatamente, el no era muy bueno en ese tipo de momentos, en ningún momento en realidad. Así que para llamar su atención se propuso posar su mano derecha en la de la peli azul, que para su interés se encontraba muy fría y pálida, justa como la de él. Sensación que le hizo escapar una sonrisa ladina. Eran muy parecidos físicamente. La mujer de rasgos asiáticos lo miro sorprendida, evidentemente no tenía en mente encontrarse con el menor de los hermanos. Rápidamente aflojo sus exóticas facciones por una pequeña y tímida sonrisa. Era agradable ver como el ónix negro se mostraba atento hacia sus emociones, por mas desastrosas que fueran.

El azabache al ver el gesto de la oji perla, rápidamente lo tomo como una invitación a quedarse. La conocía muy bien, considerando el poco tiempo que se conocían. Sentado a su lado compartieron miradas y sonrisas cómplices. Parecían hacer un buen equipo, un fugaz pensamiento que paso de él a ella, y de ella hacia las personas que merodeaban por allí. A pesar de que ellos no se dieron cuenta, la gente comenzaba a hacerse una ilusión, una que los involucraba a ambos.

Una fantasía, que sin saberlo, los llegaría a comprometer en el futuro.

Siempre solían hablar de sus mutuos intereses, pero esa vez, y solo esa, permanecieron en un armonioso y delicioso silencio, las palabras sobraban. Solo se gozaba de la placentera paz que emanaba del lugar, junto con los últimos rayos de sol que transmitían calidez a esa tarde particular.

Por otro lado, la tarde del hermano mayor estaba resultando sumamente renovadora. Con mucha paciencia y auto convicción, el azabache estaba mostrando mejorías más que satisfactorias. Dentro de poco todo volvería a ser como era, o eso es lo que trataba de hacer, porque muy en el fondo sabía que ya nada podría ser como era antes.

La noche de la velada había marcado un antes y un después en el. Era otra persona, aunque no lo admitiese. Antes podría haber sido un sujeto lleno de bondad en su corazón, pero ahora, ahora era consciente de todo lo que era capaz, sabía que su ser estaba construido de lo bueno y lo malo, y evidentemente, poseía una buena dosis de oscuridad. Estaba condenado a la desgracia, y se encontraba al tanto de ello. Lo único que podía desear era que esa oscuridad que yacía dentro de el, no salpicase hacia sus seres querido, y eso incluía a su tonto hermano, y a esa mujer.

Se prometía mantenerla lo más lejos posible. Aunque estaba resultando una tarea un tanto complicada, quizás porque conocía sus triviales intenciones, y no tenía intención de permitírselas. Esta acción no lo había privado de proseguir con sus distinguidas actividades artísticas, que continuaba elaborando con fervor todas las noches, ahora era lo único que le quedaba, esconderse detrás de lienzos y colores. Era de las pocas cosas que lograba disipar su tormentosa realidad, eso y las elaboradas sonatas de pianoforte que creaba cuando los tonos del cielo se tornaban naranjas y rosas.

Innumerables veces se cuestionó el porqué de su decisión, de permanecer en las sombras para proteger lo que ama. Y se reafirmaba siempre en esa noche trágica. Que lo había cambiado todo para siempre, el estaba consciente de no ser un hombre común, y era esa cualidad distintiva que poseía, que podía amenazar con la felicidad y bien de quienes lo rodeaban. A pesar del traspasar de los años, siempre se acordaría del momento en que su vida cambio, no cuando mato aquel hombre a sangre fría, no cuando murieron sus padres, sino cuando todo lo que conocía careció de total interés, aquel suceso que termino de manera inmediata con su niñez.

Si, el momento en que sintió por primera vez al Mangekyou Sharingan.

Sabia de manera exacta, como un sujeto conoce su identidad, que el momento en que sus ojos cambiaron y se tornaron de eterna miseria fue una fría y solitaria noche de noviembre. Las lluvias y relámpagos se apoderaban y cubrían todo el firmamento, era imposible salir a realizar ningún tipo de actividad, pero Itachi Uchiha no tenía intenciones de salir a jugar esa noche, simplemente su objetivo era algo más sencillo: Encontrar a su amigo, Shisui. Quien había estado desaparecido todo el transcurso del día, y necesitaba hablar con él, porque después de la muerte de sus queridos padres, el pequeño Uchiha busco cobijo al lado de su mejor amigo, quien lo animaba cada vez que podía, reconfortándolo ante la desdicha.

A pesar del violento frio que se enterraba entre su cuerpo, el pequeño Itachi se dirigió sin vacilo hacia los invernaderos del castillo, donde sabía con certeza que encontraría a su amigo, pues era su lugar preferido de todo el palacio. Al llegar al susodicho lo primero que observo es que las puertas se encontraban abiertas, el viento las empujaba con furia hacia adentro. Se adentro inmediatamente, en busca de algo de calor, pero en el momento en que entro, rápidamente deseo no haberlo hecho, porque lo que encontraría en ese lugar lo marcaria hasta la muerte.

Después de eso su memoria se torno borrosa, solo mantenía en su mente la imagen joven y arruinada de él, mientras llevaba en sus brazos el cuerpo de quien había sido su mejor amigo, el cual tenía indicios de haber cometido suicidio. Mientras sollozaba a gritos, el color rojo no tardo en cubrirlo por completo, incluyendo en el iris de sus ojos.

Caminaba como alma errante por el castillo, su vida había sido una línea de escenas traumáticas. Una tras otra. ¿Qué acaso estaba maldito?

Solo podría prometerse no dejar que esa desgracia rebotara en alguien más, aunque, parecía ser ya bastante tarde para eso. Pensaba mientras mantenía su mirada en una mujer de ojos azules, quien se acercaba cada vez más hacia él. Con una mirada de ¿Consuelo? No tuvo siquiera que saludar, porque inmediatamente la fémina lo cubrió con sus brazos, acción que lo tomo completamente desprevenido. Realmente no esperaba ese tipo de gestos. Para su curiosidad, la oji azul se encontraba bastante cálida, no importaba cuando, ella siempre se sentía muy cálida.

— Haz agarrado como mucha confianza, ¿No? —Pregunto curioso.

— Disculpa, pero es que parecía que lo necesitabas. —Respondió la oji azul con timidez, mientras se alejaba por centímetros del azabache.

— Deberías de mantenerte alejada de mí. —Confeso tratando de mostrarse irritado, pero no le funciono, ya habían tenido esa conversación antes y la rubia no le había creído ni un poco.

— Lo haría si no sintiera que me sigues todo el día. —Contraataco, saliendo rápidamente victoriosa al ver el estado del Uchiha, quien parecía estar avergonzado.

— Creo que no vale la pena seguir discutiendo. —Respondió, derrotado. Y dispuesto a irse. Pero en sus planos no contó con que fuera retenido por los brazos de esa mujer de ojos zafiros.

— Y yo creo que no vale la pena pasar todo esto solo. —Menciono sorprendiendo al Uchiha mayor, le resultaba tan fácil a esa mujer ablandarlo...

Al principio se mantuvo un pequeño silencio, que pareció eterno a los ojos del azabache, quien se encontraba memorizando en su memoria la divertida escena. Ella no quería que estuviera solo... ¡Si solo supiera que lo hace por ella! No quería hundirla en un agujero de incertidumbre, pero esa mujer no lo sabía, por supuesto que no. Sus orbes negros bajaron hacia las manos de la fémina, que seguían sujetando la de él. Sus manos eran tan blancas, tan suaves, y sus dedos tan delgados, se entrelazaban perfectamente con la de él, como si fuese predestinado, resultaba casi doloroso tener que separarse. Pero al final tuvo que terminar cediendo.

Con un semblante melancólico asomándose en sus facciones, se retiro del lugar.

1 después

Dichosa pelirosa se encontraba caminando por los pasillos del lugar donde trabajaba, más alegre y energética que nunca. No hacía mucho que había llegado, pero ganas no le faltaban para laborar satisfactoriamente, eran días de gloria. Y estaba dispuesta a saborearlos lo más que pueda. Tenía en cuenta que hoy sería un día sumamente agotador, esperaba encontrarse con habitaciones abarrotadas de suciedad y mugre, pero eso no la haría apagar la evidente sonrisa que cargaba en su blanquecino rostro. Se encontraba más completa que nunca.

Pasar tiempo con su madre la rejuvenecía de maneras inimaginables, todo estaba marchando exactamente como quería. Y lo que más deseaba en ese momento, era terminar lo más pronto posible para volverla a ver, nunca sería suficiente tiempo a su lado. Había mucho que contar, que confesar, tantos secretos que profesar, y tantas risas que soltar, que el mismo minuto que terminase su jornada se marcharía inmediatamente, la felicidad no puede esperar.

Estaba dispuesta a comenzar inmediatamente con sus labores, pero termino distrayéndose con la silueta de alguien familiar, un hombre de radiante cabellos rubios y tez morena, que se encontraba profundamente concentrado en lo que parecía ser un libro. No tardo mucho en saludar.

— ¡Naruto...! —Exclamo llamando la atención del oji azul, quien se encontraba sorprendido, y a la vez contento de ver a la pequeña pelirosa.

— ¡Sakura-chan! ¡Tiempo sin verte..! —Menciono abrazándola con sus fuertes brazos. Había extrañado a ese pequeña oji azul.

— ¿Qué estás haciendo? ¿Te han encargado mas labores? —Pregunto señalando el libro que aun llevaba el moreno.

—E-esto... Bueno, si, digamos que sí. —Respondió con un notorio nervio en su voz. Realmente no sabía porque continuaba mintiendo, si lo que menos quería era engañar a la oji jade.

—Yo también tengo bastante que hacer, y lamentablemente tengo que comenzar ahora. —Confeso, encogiéndose de hombros. —Pero podemos vernos mañana temprano, y pasar tiempo juntos. —Propuso la pelirosa evidenciando en su rostro un leve color carmesí.

— ¿Cómo una cita? —Se le escapo al rubio. Palabras de las que se arrepintió de inmediato, al ver el estado de la mujer, quien se había llenado de vibrantes colores rojizos en su rostro. ¡Es tan hermosa! —G-gomen, no es una cita si no quieres, solo digo...

—Si, como una cita. —Fue lo único que pudo articular la fémina, quien se encontraba muerta de vergüenza. Siempre había sido invitada a salir, pero ella nunca se le había propuesto a alguien, y mucho menos a un hombre tan apuesto y risueño.

—B-bien, te veré en las puertas del palacio, Saku. —Respondió finalmente el moreno, que se encontraba dispuesto a irse, pero parecía estar debatiéndose en su mente, la fémina se encontraba a punto de preguntar qué ocurría cuando este se volteo y le planto un rápido y ligero beso en la frente de la pelirosa. Acción que termino por desmoronarla.

A simple vista parecía algo que pudiese funcionar, el claramente era un buen hombre, y se manifestaba con sentimientos puros y sinceros, y como un plus, también era bastante divertido, el tipo de hombre con quien siempre terminarías en risas. Desde lejos era un buen partido.

Tanto como el almuerzo, y las habitaciones, terminaron en lo que pudiese haber sido cuestiones de segundos. El día transcurría con bastante rapidez, como si estuviese al tanto de su situación y la estuviese usando a su favor. Ya casi nada faltaba por hacer, solo limpiar la habitación del señor Uchiha y seria libre de irse, vanaglorio en sus pensamientos al azabache por siempre tener su alcoba lo más cercano a lo pulcro.

Estaba a punto de hacer girar la manilla dorada cuando esta de manera brusca se abrió. Dejando a la vista cabellos azabaches y unos orbes negros tan sorprendidos como los de ella. Qué casualidad. El Uchiha, que estaba vestido de traje y corbata se hizo a un lado para dejarla pasar, como si la estuviese invitando. Ella paso sin vacilaciones, dispuesta a hacer su trabajo lo más rápido posible. En cambio, por parte del azabache, que solo se limito a mirar. Tenía tiempo sin verla, y ahora que la tenía frente a él... No sabía realmente que pensar, o que sentir. La dejo hacer sus labores lo más tranquila posible, sabía que si decía una palabra, iniciaría una disputa de la que probablemente saldría huyendo. Acción que lo irritaba, no estaba acostumbrado a que lo sacaran tan fácil de sus casillas.

Con un paso suave y muy característico de él, se dirigió a su cuarto. Había elaborado planes para salir, pero consideraba que podían esperar un rato más. Se dejo adentrar en su cuarto solo para acostarse en su cama, tomo su teléfono y se dispuso a escuchar algo de música, algo suave, y relajante, que lo reconfortara y le alimentara la imaginación, definitivamente una música clásica.

Con Lake in the Moonlight de Tchaikovsky como fondo, se permitió descansar. Pero la paz le fue efímera, porque estaba seguro que no llevaba en su cama relajándose más de 15 minutos cuando escucho el crujir de su puerta. Molesto por la situación, se escondió dentro de sus almohadas y sabanas, como si se tratase de un niño malcriado.

Ese gesto a la pelirosa le resulto sumamente divertido, tanto que no pudo dejar escapar una estruendosa risa.

— ¿De qué te ríes? —Pregunto el azabache saliendo de su escondite de seda.

— De ti —Respondió la pelirosa toda risueña, tratando de contenerse. —A veces puedes resultar tan infantil. —Menciono, prosiguiendo con sus actividades.

— ¿Disculpa? No soy yo quien lleva una melena rosada. Eso si es infantil. ¿Cuánto gastaras mensual por teñírtelo? —Respondió con todas las ganas de ofenderla.

— Eso ni siquiera viene al caso. —Menciono indignada dándole la espalda al joven azabache.

— No aguantas nada, Sa-ku-ra. —Critico el Uchiha cruzándose de brazos en su cama. —Y eso que todavía no hemos hablado de tus ataques de furia, aun me duele el pinchazo que me hiciste con aquel trapo que tienes en tus rusticas manos.

— ¿¡Mis que!? —Exclamo echa una furia dirigiendo sus pasos hacia el pelinegro, ¿Sus rusticas manos? Ya va a conocer lo que es dolor.

Al acercarse al oji negro su primer instinto fue abalanzarse hacia él, ¿Cómo se atrevía a hablar de ella de esa manera? No podía salir victorioso de algo así. Con uno de sus pañuelos aun en la mano, trato de pincharlo como en el pasado, pero este ni se inmuto. Solo sonreía socarronamente, como si la acción de esa mujer era exactamente lo que esperaba. Lo estaba disfrutando, y eso le enfurecía más.

— ¿Eso es todo lo que tienes? —Reto el azabache sonriendo descaradamente.

—Ni siquiera he comenzando. —Menciono con malicia para después jalar de la corbata del pelinegro. Si guerra era lo que quería, guerra es lo que obtendrá. Pero en cuestiones de fuerza el Uchiha le ganaba notoriamente, así que su vago intento de estrangulamiento no sirvió de nada. ¡Oh, por dios, por esto podría ir hasta presa...!

— Sa-ku-ra... No sabes lo que haces. —Afirmo jalando su corbata, trayendo consigo a la oji jade, posicionándose casi encima del azabache.

Si bien la posición era bastante comprometedora, pero ambos parecieron no darse cuenta de la situación. Simplemente sus ojos brillaban de excitación, estaban jugando y ninguno llevaba las de perder. Habían cruzado una línea, y no retrocederían.

—Eres un completo idiota, ¿Lo sabes? —Confeso la pelirosa, con aires de superioridad.

—Me alegra que ahora puedas hablar sin tartamudear, S-sa-k-ku-ra... —Desafío con una gran sonrisa maliciosa.

—Te odio.

—Lo sé.

Y con un movimiento el Uchiha se cambio de posición, quedando encima de esa mujer, dejando caer todo su peso en ella. La oji jade parecía encontrarse incomoda de tener todo el cuerpo del azabache encima de ella, realmente pesaba. Quiso levantarse pero este se lo impidió, sujetando las blanquecinas manos de la fémina con las de él, impidiéndole huir.

— ¿Desde esta vista también me odias? —Gruño divertido.

— Te detesto. —Soltó a secas.

— Odiarme tanto te tiene que tener loca. —Confeso posicionando su rostro con el de Sakura, esta vez estaban realmente cerca, escuchaba con claridad los acelerados latidos de la pelirosa, ¿Se encontraba nerviosa? Ya no importaba. —Pero no te preocupes, yo también te detesto, Sa-ku-ra. —Fue lo último que artículo, antes de rozar sus labios con los de ella.

Al principio resulto extraño, el tiempo pareció haberse detenido, como esperando una respuesta de parte ambos, pero nada sucedió. Simplemente se quedaron viéndose por unos segundos, tratando de adivinar los pensamientos del otro, pero no lo lograron. Pero el instinto y el momento resultaron ser más fuertes que la razón, porque rápidamente se rozaron otra vez, esta vez, dándose un beso de verdad.

No tardaron mucho en profundizarlo, todo resultaba tan irreal, como un sueño. Eran enemigos profesándose un raro y prohibido amor, aunque no lo admitiesen. Solo se besaban una y otra vez como si lo esperaban de años, pronto le agregaron caricias, el azabache mantenía sus frías manos en la espalda de la pelirosa, tratando de llegar a su suave piel, mientras que la pelirosa llevaba enredaba sus dedos en los largos cabellos del mismo, atrayéndolo hacia ella.

Los labios del Uchiha terminaron por ser más embriagadores de lo que pensaba, para ser una persona considerablemente gélida, sus labios se sentían increíblemente irresistibles. Sabían muy bien, y quedaban perfectos con los de ella, podían besarse con una envidiable sincronía.

La pelirosa no tardo en desabrocharle la corbata, buscando encontrar el pecho del pelinegro, sonrió cuando logro su cometido, gesto que no paso desapercibido del Uchiha.

—Ya no me odias ¿Eh? —Se burlo el pelinegro, con un leve ¿Sonrojo? En su rostro.

Las palabras tienen poder, y esas, parecieron haber despertado a la oji jade de su sueño encantador. Pronto se encontró abriendo los ojos como platos, sin poder creer lo que se encontraba a su alrededor, y lo que tenia ocupando todo su frente, ese hombre sin corbata y camisa de mangas medio desabotonada que sonreía descaradamente, todo pareció haber perdido su encanto. La razón la había comenzando a consumir. Bruscamente se levanto de la cama, con un semblante de quien acaba de cometer pecado, se encontró con su blusa medio levantada y eso detono todo lo demás. Rápidamente se acomodo la ropa lo más rápido posible, y huyo del lugar, esta vez, ni siquiera se tomo la molestia de terminar el trabajo.

Entre sabanas de seda oscuras, y almohadas cubiertas de suave terciopelo negro, yacía el pelinegro, confundido. Quien comenzaba a creer que debió haberse guardado sus palabras, y tan solo así, quizás hubiese cometido uno de sus delitos más preciados.

Se arrepintió inmediatamente de lo sucedido, no era propio de él perder el control de esa manera, y menos con una de sus empleadas, esto solo podría traerle problemas a largo plazo, pero se sintió tan bien... Que juraba que nunca se hubiese cansando de besarla. Pero entre los dos el adulto era él, y tenía que comportarse, se trataba de convencer mientras en el fondo sabía perfectamente que volvería a pecar dos veces sin preguntárselo.

Al final opto por no salir, decidió quedarse en su silenciosa y lúgubre habitación.