INUYASHA NO ME PERTENECE, PERO LA TRAMA SI, SÓLO HAGO ESTO DE DIVERSIÓN

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LA REINA DEL NORTE

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CAPITULO 21

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Naraku, además de perverso, era pragmático y calculador.

Sólo por eso, luego de conocer el rechazo de Kikyo a su oferta matrimonial, es que no perdió los papeles. Respiró hondo y pensó en las posibilidades.

La culpa la tenia Varra, quien comprometió la palabra de Kikyo y al final no tenía suficiente ascendiente sobre ella.

Le enfadaba, pero tampoco suponía una perdida terrible para sus aspiraciones expansionistas de dominar el Oriente por completo. Con su alianza con los temibles barbaros había alcanzado lo que nadie en siglos: derrocar a la poderosa casa Taisho y hundir al Norte casi a su merced.

Nada le impediría tomar el Este. Recientemente sus emisarios habían vuelto con interesantes noticias del Concilio, quienes resultaron aún más patéticos de lo que Naraku pensaba.

El rey del Sur tenía la firme convicción de que el ejército norteño disperso que marchó con el rey Inuyasha en su momento debía ser aniquilado. Y cualquier alianza que le permitiera aquella empresa sería más que suficiente.

Con respecto a Kikyo, las cosas no iban a quedarse así. Ella era reina, gracias a él.

Y como pago, rechazaba su mano. Eso no podía perdonarle, por más obsesión que le tuviera. O era suya o nada.

En eso, Byakuja, uno de sus comandantes trajo la información de que un contingente nutrido de hombres acababa de zarpar para el gran Peñasco del Este, que los permisos ya fueron otorgados y que las fuerzas de Naraku tenían libre pase por los caminos del Este.

Naraku sonrió.

Al menos, uno de sus deseos que era la de aniquilar al maltrecho ejercito de Inuyasha se cumpliría. Le hubiera gustado utilizar sus alianzas bárbaras para ello, pero en este caso, sería abusar de la coalición que acababa de sufragar con el Concilio.

Se sirvió una copa de hidromiel.

Estaba cada vez más cerca de lograr su objetivo de dominar gran parte del Oriente de una sola estocada.

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Kagome hizo uso de su educación de reina consorte para poder resistir su nueva situación en la isla de Terma. No tenía la misma fuerza ni el poder que tenían aquellas quinientas guerreras, pero a sus ojos, era su actual reina y sólo porque Granne la escogió hace casi dos semanas.

Aquel magnifico ejemplar con alas la eligió por una razón y Kagome se daba cuenta que era por el mismo motivo por el cual ella emprendió la campaña de recuperar al Norte: por la amenaza bárbara y sureña que se hacía cada vez más patente y peligrosa.

La primera decisión que Kagome tomó como líder amazona fue algo que no gustó mucho a las guerreras.

Que debían liberar al remanente del ejercito norteño que aún estaba en el gran Peñasco y atraer a los que desertaron y estaban en peligro de ser colgados en cualquier momento.

—Son hombres que se abandonaron ellos mismos a su suerte ¿Por qué salvarlos? —cuestionó Sango, parada en la sala de reuniones que Kagome presidia en el sillón que antes ocupaba Midoriko

—Desde antes de ser nombrada líder por ustedes, Midoriko ya había sentado las bases para intentar detener o pelear la guerra que se viene. Necesitamos a esos hombres, necesitamos a ese ejército, porque la civilización se enfrenta a la aniquilación —Kagome hizo una pausa—. Soy la legitima reina del Norte, no puedo dejar a esos hombres a merced de los enemigos. Mi media hermana y actual reina usurpadora los ha abandonado. Vosotras jurasteis seguirme ¿no?

Sango ya no pudo replicar ante aplastante lógica y asintió con la cabeza.

Ellas juraron lealtad a Kagome porque el corcel alado de Brunilda la escogió por ser suficientemente digna para ayudar a liberarlos de la maldición de la época.

Midoriko con suficiente experiencia práctica se adelantó: —Si marchamos, necesitamos suministros suficientes, así que preparad lo necesario, porque en caso de salir victoriosos, tendremos miles de hombres que alimentar y equipar. La isla podrá proveer lo suficiente, pero no por siempre.

Kagome la miró y entendió. El asunto debía ser rápido y los planes debían ser eficaces. No tenían como alimentar indefinidamente a un recuperado ejercito con los recursos de Terma.

Esos hombres debían volver a casa.

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Bankotsu afilaba su alabarda, en silencio y acompañado de las retahílas de Jakotsu, su extrovertido amigo, y del callado Kohaku.

Ambos hombres eran sus compañeros de aventuras desde hace años, cuando se lanzó al salvaje mundo de los mercenarios. Se habían conocido en circunstancias apremiantes.

En síntesis, les había salvado la vida a ambos, y por ellos ambos sujetos le guardaban cierta devoción a Bankotsu.

Cuando él vino a por ellos y que lo acompañaran a la isla de Terma, no lo dudaron y vinieron con él. Aunque ambos hombres eran muy diferentes entre sí, eran muy leales y fieles.

Eran del Este, de las Montañas Altas como Bankotsu. Jakotsu era muy alto como delgado, pero su aspecto físico era engañoso, porque era endemoniadamente hábil y ágil tanto en movimientos como en manejo de armas cortas. Era un gran espadachín.

Kohaku, el callado del grupo era un joven moreno, de tez atractiva y cabello largo atado en una coleta. Siempre vestido con usanzas oscuras para pasar desapercibido. Era muy listo y era capaz de infiltrarse en cualquier sitio gracias a su ingenio y sigilo. Era el mejor arquero que Bankotsu conocía.

Ambos acudieron al llamado de Bankotsu y vinieron a Terma, no porque pretendiesen jurar lealtad a Kagome. No se lo debían, como hombres del Este que eran, pero seguían a Bankotsu, y él les advirtió que pronto se libraría una guerra, que debían estar listos para ayudar a proteger su tierra en caso que el Concilio o la reina actual del Norte poco o nada hicieran por defender al Oriente.

Kohaku perdió a su familia completa en manos de una horda bárbara, así que les tenía un odio particular a esos salvajes. Cualquier cosa que implicaba exterminarlos, no dudaría en participar.

Al llegar a Terma, se sorprendieron con la visión de Kagome, montada sobre el caballo alado, cuestión que le valió la lealtad de las amazonas. Lo cual era bueno, porque con ellas se formaba el primer ejercito de la joven pretendiente al trono norteño, porque antes de eso, estaba con las manos vacías.

Pocas, pero aguerridas.

—Entonces está decidido que marchemos por los caminos del Este al Gran Peñasco —advirtió Jakotsu

Bankotsu asintió.

—Kagome está determinada a salvar a esos pobres diablos. Son su ejército después de todo.

—¿Por qué no nos permiten estar en su asamblea? ¿acaso esas mujeres temen que le robemos algo? —aguijoneó Jakotsu

—¡Tonto! Los hombres no pueden entrar en las asambleas de las amazonas. Si pescaran hurgando a uno, lo desollarían vivo —replicó Bankotsu

—Pues a mí no me pillarían. Puedo ser perfectamente capaz de colarme y no ser descubierto —mencionó Kohaku

—Pues te recomiendo no probar. Además, madre y Kagome pronto nos dirán lo que decidieron.

Jakotsu clavó su espada al suelo.

—Pues a mí me da igual quien sea ella, nosotros estamos aquí por tu llamado, no por ella. Somos hombres del Este, Bankotsu, pero aun así te has convertido en su espada juramentada.

—Mi hermano fue Justicia del último rey del Norte, así que no es novedoso que yo me convierta en el primer caballero de la reina.

—No digo que no puedas, sólo que en caso que se desaten los problemas, tú tienes al Clan Macfarlane y será difícil que lo ejerzas, sirviendo a la reina de otro país.

Bankotsu ya estaba perdiendo la paciencia con tantas preguntas y observaciones, pero en el fondo Jakotsu tenía razón. Igual era una posibilidad lejana e impensable. En cien años, su familia y su clan nunca utilizaron su derecho de sangre.

¿Por qué tenían que recordárselo ahora?

Jakotsu tenía razón en tener miedo. Con las guerras venideras y el Oriente tan indefenso, era natural que pensara en aquellas antiguas posibilidades.

Igual sus pensamientos se disiparon cuando vio que Kagome aparecía en su horizonte. Desde que regresara con Jakotsu y Kohaku, y ella fuere escogida como la reina de las amazonas, no había tenido tiempo de conversar, así que pasaba su tiempo, reparando sus armas con sus compañeros.

Así que verla siempre era una pequeña conmoción para él.

No estaba vestida como siempre, sino que por primera vez lucía la particular armadura que le forjaron las amazonas. Tenía el mismo talante corto que emulaba a las faldas de lucha, pero estaba hecho completamente de hierro, finamente esculpido.

Ella se le acercó con una sonrisa.

Bankotsu giró hacia donde estaban sus compañeros y no los encontró. Se escabulleron en algún momento al verla.

Bribones, se aseguraron de dejarlo sólo con ella.

—¿Qué opinas? —preguntó ella, girando frente a él

—Es magnífico —tartamudeó él, no estando seguro de que si lo que más admiraba era la armadura reluciente o a ella.

—Kagura es una gran maestra de la herrería. Ella lo hizo para mí.

En el pecho de la armadura se veían dos figuras perfectamente notables. En el derecho dos delfines casi superpuestos y del otro un caballo con árbol detrás.

Kagome notó su interés y se apresuró a aclararlo.

—Estos delfines representan a mis hijos asesinados —su rostro se contrajo al recordar a los dos niños y luego posando una mano en su lado izquierdo, señaló—. La figura del caballo fue emblema de los Taisho desde hace siglos, tanto que ahora se la conoce como la bandera que identifica al Norte. Pues bien, los Taisho están extintos, pero su legado es el Norte, por eso decidí usarlos como mi emblema personal en esta cruzada.

—La figura del árbol es el emblema de los Higurashi ¿no?

—Así es, pero Kikyo la ha mancillado, haciéndolo sinónimo del nepotismo. Soy una Higurashi, pero no usaré ese emblema, sino que creé uno para mí.

—Pienso que tu difunto esposo hubiera estado orgulloso de ti —mencionó Bankotsu casi sin pensar. De algún modo, se sentía estúpido, por tener celos de un hombre muerto y que Kagome portase su emblema.

Ella sonrió irónicamente.

—No podría contestar eso, supongo que mi esposo era feliz solo viendo a Kikyo, no a mí.

—Hay cuestiones que no se olvidan y donde esté tu esposo ahora, es capaz de ver lo que se perdió contigo. Quizá fue un gran guerrero, pero también un gran tonto.

Al decir esas palabras, Bankotsu le sostenía la mirada sin soltarla. Kagome en igual sincronía tampoco podía dejarlo.

¿Qué pasaba allí?

Bankotsu se sentía un necio, incluso le sudaban las manos y su corazón latía algo más fuerte de lo normal.

¿Por qué el amor convertía a los hombres en unos ridículos?

Igual decidió ser valiente y cortar la tensión.

—¿Qué decidió vuestra asamblea?

—Ideamos dos planes. Una en caso de que la toma del Gran Peñasco sea pacífica y podamos salvar a esos hombres sin contratiempos —informó Kagome, también intentando aparentar normalidad

—¿Y la otra?

—Si el asunto se pone mal, también estaremos cubiertos. La verdad esto debemos agradecerle a tu madre, es una gran estratega. Solo una cosa he decidido yo.

Al ver el rostro inquisitivo de Bankotsu, se lo aclaró.

—En ambos casos, implica que yo me adelante y me presente en el Gran Peñasco. Quiero ver a esos hombres o los que quedan, ver si puedo darle esa esperanza de volver a casa sin miedo.

—No irás sola…—advirtió Bankotsu

—Claro que no, ¿olvidas acaso que tengo a un magnifico corcel con alas capaz de surcar el cielo del Oriente? —mencionó ella, sonriendo al recordar la sensación de montar a Granne

Pero la imagen que se revelaba en el aire se cortó con la exaltación de Bankotsu.

—Tú y el caballo alado ése no irán solos. Solo basta con que un arquero de puntería os acierte con una de sus flechas para aniquilaros a ambos, o al menos a ti. Yo iré contigo, e iremos sobre tierra, así que tu amigo con alas deberá aguantarse las ganas de volar.

—Yo soy la reina ¿recuerdas? —aseveró ella, intentando ganar suficiencia

—Pero el que tiene experiencia soy yo. Haremos tu parte del plan, pero el viaje se hará a mi modo ¿de acuerdo? Jakotsu y Kohaku se adelantarán para explorar la zona.

Kagome no deseaba dar su brazo a torcer, más a causa de toda la autosuficiencia que ganó estos meses, desde aprender a sobrevivir, pelear y finalmente ser alguien respetado por un grupo como las amazonas.

Pero Bankotsu poseía toda su confianza. Le confiaría su vida. Y él tenía razón.

—De acuerdo, lo haremos a tu modo.

Él asintió. Sus instintos le decían que el asunto allí era peligroso y que el rescate de esos hombres no sería un asunto pacifico.

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Luego de la emboscada y masacre hace meses contra el diezmado ejercito de Inuyasha en el Gran Peñasco, un cuarto de aquel ejercito pereció por la disentería provocada, que también causó la muerte del propio monarca.

El Gran Peñasco era el más grande arrecife del Oriente, tan grande que era capaz de albergar un campamento como el que tenían los sobrevivientes de aquella emboscada. Y también alto, ya que el único modo de acceder a ella era subiendo con cuerdas.

Justamente su interesante locación hizo que Inuyasha lo escogiera en su momento, pensando que sería impenetrable. No contaba con que Varra envenenaría el agua y que además los barbaros los estuvieran esperando para emboscar.

De los orgullosos diez mil hombres, sólo sobrevivieron siete mil de la masacre bárbara. Otros tantos cayeron por la disentería provocada. Al conocerse la muerte del rey, pidieron ayuda a la recién coronada Kikyo.

Pero fueron rechazados por ella, aduciendo que ellos eran los culpables de la muerte del rey.

Abandonados a su suerte, muchos se dispersaron y alcanzaron a huir para regresar al Norte, pero eran encarcelados por órdenes de la reina, con el cargo de traición. Los que marcharon a otras tierras como el Oeste, tenían la imputación encima de sus cabezas, con el emblema de fugitivos del Norte, lo que ocasionó que el Lord del Oeste los hiciera coger y los terminara ejecutando.

Así que el único sitio seguro para ellos seguía siendo el Gran Peñasco, donde yacían enfermos, agotados y desahuciados unos cinco mil hombres.

Y además de eso, descreídos y desconfiados, porque además de ser traicionados por la nueva reina, perdieron sus hogares y la posibilidad de regresar al Norte.

Subsistían en base a los pocos alimentos que aún tenían en el sitio y se aventuraban a cazar y pescar un poco, pero el asunto tendría en algún momento un final deprimente, porque los barbaros podían regresar a rematarlos.

Las fuerzas del Este no movieron un dedo por ayudarlos. Esa fue la orden del Concilio. Aducían que no podían estar en malos términos con la actual soberana norteña.

Así que fue llamativo, cuando dos personas luego de haber escalado, alcanzaran la cima y se materializaron a la vista de los raídos y desmoronados campamentos donde ya no se erigían las otroras orgullosas banderas con la imagen de los Caballos, que eran el Emblema de los Taisho.

Uno era un hombre alto, vestido con una armadura oscura y portando un arma inusualmente grande por la espalda.

La otra era una figura más pequeña y menuda que estaba completamente cubierta con una cofia. Un hombre pequeño quizá.

Los antiguos soldados norteños, temerosos y desconfiados, a causa del abandono y la traición, liderados por Koga, quien fuera portaestandarte del difunto rey, se pusieron en guardia al ver a los inesperados visitantes que caminaban entre ellos.

Koga cogió su vieja espada. Si eran emisarios enemigos ya sean barbaros, mercenarios o enviados de la propia reina norteña, no se dejarían matar fácilmente.

Habían sobrevivido calamidades. Y lucharían por sobrevivir.

Otro grupo apuntaban sus desgastados arcos con flechas hacia las dos figuras que avanzaban pese a que se daban cuenta que sus presencias ya fueron detectadas.

Koga era partidario de golpear y luego preguntar. Su reciente y dolorosa experiencia así se lo dictaba, pero tuvo un atisbo de curiosidad, así que por única vez decidió acercarse, a sabiendas de estar cubierto por sus hombres, a esas dos personas que se atrevían a entrar en su campamento.

—¿Quién anda por aquí? ¿Quién osa acercarse? —blandiendo su espada.

El hombre alto se adelantó primero, trayendo la luz a su rostro y al verlo, Koga creyó reconocerlo de algún sitio, aunque no estaba seguro, pero luego al ver su arma tan distintiva, lo reconoció.

—Bankotsu, el mercenario —observó Koga, sin bajar el arma—. Hermano de Hiten.

—Mi hermano está muerto, así como los hermanos de muchos de ustedes —respondió Bankotsu, sin sacar su arma como señal de que venía en son paz

—Te reconozco, claro que lo hago, pero eso no responde el que haces aquí ¿te han enviado a por nosotros?; imagino que estas detrás de la recompensa por nuestras cabezas. No te lo haremos fácil, es una advertencia que te hago, por tu hermano —amenazó Koga.

—Tranquilo, norteño, sólo he venido acompañando a alguien que desea veros.

En eso, la joven de la cofia se descubrió, perfilando su cabello rojo. Vestida con aquella particular armadura que tenían símbolos de los Taisho y de los Higurashi, así como dos delfines que Koga no reconoció.

Pero el rostro de la mujer era bien reconocible para él.

Esa mujer era la reina consorte del rey Inuyasha y estaba viva.

Koga no pudo evitar hacer una corta reverencia sin arrodillarse.

—Su Alteza Real está viva…—aun sin dar crédito a lo que veían sus ojos, porque aún era reciente el dolor en el campamento al saberse la emboscada que sufrió la familia real.

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Kagome y Bankotsu se embarcaron en este viaje que fue relativamente rápido, porque ambos tenían prisa. Jakotsu y Kohaku se habían adelantado y no estaban lejos, vigilando.

La joven sabía que aquellos hombres corrían peligro y cada minuto que pasaban abandonados en aquel lugar era uno más cerca de la muerte.

Con un precio por sus cabezas, podrían ser objeto de cualquier mercenario, pero a tenor del último informe de Kohaku, un contingente de hombres se acercaba al lugar. Como el joven sólo pudo vislumbrarlos desde lo alto de una colina, no podía saber con certeza de quienes eran, pero no eran soldados del Este, eso lo tenía claro.

Podían ser barbaros, norteños enviados por Kikyo, sureños o incluso algún despliegue del lord del Oeste.

Tenían tantos enemigos, como peligros acechaban. Kagome estaba agradecida por el apoyo brindado por las amazonas, que juraron ante ella, por su habilidad de montar a Granne.

El viaje junto a Bankotsu fue silencioso, en parte por la gran preocupación de la misión que se venía, sino también porque la joven ya era consciente de los peligrosos sentimientos que Bankotsu le inspiraba.

Él tenía razón, sin su ayuda no hubiera podido llegar. Además del viaje, su apoyo para poder escalar el risco fue fundamental. Aunque Kagome ya no era la muchacha desvalida de antes, no tenía suficiente experiencia aún.

Pero a pesar de todo lo que había vivido, visto y experimentado, nada la preparó para lo que vio.

Raídos, mustios y sucios campamentos, con hombres igual de demacrados. En su mente, Kagome aun los recordaba como un orgulloso ejército, que incluso tenía un batallón especial de guerreros entrenados como el Regimiento Dorado, escolta personal del rey Inuyasha.

En este lamentable grupo, que, aunque eran muchos, sólo podía verse desolación y tristeza.

Cuando descubrió su rostro, primero notó sorpresa, porque la imaginaban muerta y hasta nostalgia, porque la imagen de la reina consorte era parte de recuerdos de épocas mejores, cuando la casa Taisho reinaba.

También suma desconfianza, a pesar de que Koga, el hombre que se adelantó la saludó como podía, pero veía en sus ojos que no bajaría el arma.

—Estoy viva y ustedes también —refirió ella

—Tenéis nuestro pésame, su alteza. Hemos llorado vuestra perdida durante meses —espetó Koga, bajando la mirada, en abierta alusión a los príncipes muertos.

A la mención de sus hijos, Kagome casi perdió la compostura, pero se contuvo.

—La casa Taisho ha desaparecido —aseveró ella—. Pero yo sigo aquí.

—No entendemos que queréis, es la dama Kikyo quien ocupa el trono ahora y nos ha sentenciado a muerte, prohibiendo nuestra entrada al Norte, no podemos volver a nuestros hogares y familias —Koga alzó un poco el tono de su voz

—Cuidado —intervino Bankotsu —. Estáis ante la legitima reina, así que cuidad vuestro tono.

Koga conocía a Kagome y sabia aquello, ya que si una legitima Antigua Sangre seguía con vida, Kikyo como bastarda no tenía derecho al trono.

Pero luego de tantas penalidades, a Koga y sus compañeros esto le iba igual.

—Tenéis nuestra simpatía, su alteza. Recuerdo vuestra amabilidad, pero los tiempos cambiaron, y es Kikyo quien reina en vuestro lugar, y tiene al Norte y otros tantos hombres que le juraron lealtad —aseveró Koga, con la mirada celeste triste —. En este momento, lo único que nos importa es sobrevivir y usted también debería procurar lo mismo, ya que seréis perseguida por Kikyo y sus aliados por siempre.

Kagome se adelantó unos pasos. Quería exhortarlos a cumplir con su deber, pero veía en los ojos de aquellos hombres el cansancio y la decepción.

—Uníos a mí y juntos recuperaremos nuestro hogar.

Koga sonrió irónicamente.

—¿Qué puede una mujer sola acompañada de un mercenario ante tan aciago destino?

—La diferencia es que yo nunca os abandonaré. Sois norteños, hijos de mi tierra con el deseo de recuperar vuestro hogar y vuestras familias. Todo aquello que nos fue arrebatado —arengó Kagome.

Koga iba a volver a replicar aquello, pero el grito de Kohaku, quien fungía como vigía desde un árbol, y cuya presencia no había sido detectada por nadie, lo alertó.

—¡Se acercan! ¡Tienen catapultas!

—¡¿Quién se acerca?! —gritaron unos hombres

—Nuestros enemigos vienen a por ustedes —completó Kagome

Koga sostuvo con fuerza su espada. Lo único que quedaba era tomar algún escondite y ocultarse. Si arrojaban saetas o piedras desde las catapultas lo mejor era esconderse.

Pero cualquier atisbo de esperanza de sobrevivir de aquello se le borró cuando oyeron crujidos de que estaban arrojando hacia la cima, escalerillas de cuerdas para trepar el risco y llegar a ellos.

Bankotsu hizo una seña a Kohaku que siguiera con el plan trazado y el joven se alistó con su arco y flecha. Tenía la mejor puntería del Oriente y no pensaba desperdiciar su talento.

Kagome y Bankotsu se acercaron al borde para ver mejor a lo que se enfrentaban y confirmar lo que Kohaku les había avisado por el camino.

El contingente de aproximadamente tres mil hombres era un batallón del Sur.

Y venían armados, con la única finalidad de exterminar a la compañía norteña expatriada.

Enviados por Naraku con alguna sangrienta finalidad. No estaban seguros de que su alianza con Kikyo siguiese, pero el deseo de exterminar norteños siempre fue el deseo del rey sureño, así que había mandado a una fuerza potente para acabar con aquellos pobres hombres.

—Hombres del sur …—murmuró Kagome

Bankotsu apretó los puños.

—El Concilio permite el paso de este ejército, sólo porque está aliado a Naraku —siseó el ex mercenario—. Esos malditos son capaces de vender el Este, sólo por sobrevivir ellos.

—No podemos pelear contra tantos frentes, Bankotsu.

Bankotsu frunció los labios.

—Y te prometo que no lo haremos —garantizó él —. Ahora salvemos a estos hombres, que luego veré como arreglar eso.

Kagome asintió con la cabeza, aunque no podía evitar sentirse temerosa por el aspecto enojado y determinado de Bankotsu. Como si alguna idea peligrosa se le hubiera metido por la cabeza.

—Da la señal cuando sea propicio —pidió ella, antes de girarse hacia Koga y varios otros de los hombres que miraban aterrorizados su destino.

—Hijos del Norte, mis hermanos…yo soy Kagome, la auténtica reina y heredera de los Taisho, por el derecho divino de la casa Higurashi —proclamó la mujer —. Yo nunca os abandonaré, tenéis mi palabra.

Y antes de que nadie dijese nada más, Kagome empezó a correr hacia el precipicio desde donde se arrojó, ante la estupefacción general de los hombres, menos de Bankotsu, quien sabia para donde iba aquello.

—¿! ¿¡Se ha matado!? —gritaron algunos

Pero enseguida un poderoso relincho se hizo eco en el lugar, y se materializó desde abajo un enorme caballo blanco con alas con Kagome a bordo de ella.

El equino la recogió de su salto y volvió a alzarla.

Los hombres estaban sorprendidos y conmocionados.

¿Qué rayos era aquello?

Kagome, sobre la grupa de Granne, quitó su espada de Antigua Sangre que llevaba en la espalda, blandiéndola y sin dejar de mirar a los hombres.

—Dije que nunca os abandonaría, soy vuestra reina y es mi deber sagrado, ponerlos a salvo —antes de volver a despegar con Granne.

Volando en círculos, Kagome apuntó su espada hacia los seguros de las escalerillas de cuerda que habían arrojado los sureños para subir al peñasco.

Con un certero movimiento, sincronizado en vuelo con su corcel, Kagome los fue cortando con espadazos.

Le tomó varios minutos bordear el acantilado, pero su filo pudo cercenar todas las cuerdas enemigas, y con aquella acción impedir que los sureños treparan.

También desde su altura, Kagome vislumbró a las fuerzas enemigas que avanzaban abajo, y por, sobre todo, la enorme catapulta que tenían.

La joven tragó saliva, pero se juró a sí misma, que no temería dar incluso su vida, por salvar a aquellos pobres hombres sin esperanza.

Voló nuevamente hacia arriba, donde todos observaban atónitos y patidifusos.

—Dad la señal ahora —ordenó Kagome a bordo de Granne en el aire.

Bankotsu hizo un gesto a Kohaku, quien arrojó una flecha cargada con fuego hacia la otra colina.

Ese era el indicador para que un batallón de amazonas que estaban ocultas atacaran por detrás al ejercito enemigo.

—¡Lluvia de flechas! —gritó Midoriko, para que las arqueras allanasen el camino de la caballería amazona que venía armada y lista.

Midoriko lideraba el ataque de las mujeres sobre caballo.

El efecto sorpresa más el letal ataque de arquería eran su mejor carta.

El ejército sureño, tomado de golpe, giró para dar batalla y luchar contra aquellas inesperadas intrusas.

Kagome observaba la batalla, aun algo cansada por el esfuerzo hecho en bordear para cortar las sogas.

—Esas catapultas podrían costarnos el día —advirtió Bankotsu

—¿Y qué sugieres? —preguntó ella

Bankotsu clavó su enorme alabarda en el suelo.

—Conozco un arma que podría cortar en dos ese artilugio.

—Entonces te llevaré allí —manifestó ella

—No te acercarás tanto, lo haré a mi modo —declaró Bankotsu

Ella meneó la cabeza.

—¿No eres mi espada juramentada?, si he dicho que puedo llevarte en la grupa de Granne, se hará así. Es el único modo de acercarse tanto y poder huir enseguida.

—¿Cómo pretendes que suba sobre ese caballo? Apenas permite subirte a ti.

—Si subes como mi acompañante, se podrá hacer. Ven —pidió ella—. Además, si no lo haces, tendré que ir sola a intentar hacer algo con esas catapultas.

Bankotsu no la dejaría ir sola, y más cuando él tenía la fuerza y el arma perfecta para destruir aquel artefacto, así que el joven se acercó, algo precavido a Granne, pero éste no se inmutó, lo que significaba que aceptaba que subiera como acompañante de Kagome.

El hombre subió encaramándose al lomo del equino, tras Kagome quien manejaba las riendas de aquel portentoso y mitológico animal.

Bankotsu sostuvo fuerte su arma y la preparó, mientras Granne bajaba a una velocidad elevada como si fuera a impactar ante la formación enemiga, quien estaba sorprendida de la presencia de aquel enorme caballo con alas que surcaba los cielos y cuya jinete había cortado todas las cuerdas de subida a la montaña.

El enorme corcel blanco se acercó rápidamente, bajando al nivel suficiente para mostrar a sus dos ocupantes: una mujer y un hombre.

El hombre portaba un arma enorme, una alabarda que empuñó directamente hacia la catapulta que se estaba alistando con piedras.

Ante la mirada impotente de los sureños, Bankotsu con un certero golpe y un grito de guerra potente, cortó en pedazos la mejor arma que trajo consigo el contingente sureño.

Y no sólo eso, en vez de marcharse, aprovechando la altura dada por Granne, Bankotsu volvió a blandear su poderosa alabarda para atacar por arriba a los sureños, asestando severos daños y pérdidas, cortando cabezas en su paso.

Fue allí que Midoriko hizo una señal, para que apareciera la infantería amazona, bordeando al ejercito enemigo.

Acorralados por la caballería y la infantería amazona, sumado al ataque desde los aires de aquel caballo con alas que portaba a ese peligroso sujeto de arma contundente.

—¡Repliéguense! —ordenó uno de los capitanes sureños —. ¡Retirada!

Aquel grito que indicaba el inicio de la reculada de los atacantes sureños era lo que Bankotsu y los demás esperaban oír.

Siempre fue su finalidad aquello.

El ataque diestro y hábil, fue ideado por Midoriko y secundado por Bankotsu.

Si no podían matar a los tres mil atacantes, sino solo a una parte, lo ideal era echarlos de allí.

Kagome, en vuelo, sonreía al ver que el plan había salido tal como habían proyectado.

Las amazonas resultaron ser aún mejores guerreras de lo que pensaba, peleando coordinadamente y fieramente. Hubo bajas entre ellas, pero como Midoriko le había dicho.

Era un honor para esas mujeres pelear por la elegida del corcel de Brunilda, aquella gran valquiria. Además, no había nada que lamentar, porque esa misma noche, aquellas caídas estarían sentadas en una mesa del Valhalla junto a otros guerreros de leyenda.

—Lo conseguiste, Kagome…has salvado a esos hombres —le susurró Bankotsu a Kagome, quien aún estaba impresionada por el curso de la batalla.

Habían ganado.

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Cuando Kagome a bordo de Granne se acercó de nuevo al Gran Peñasco, prácticamente todos los hombres del campamento habían salido a mirar la batalla.

Bankotsu desmontó enseguida, saltando desde cierta altura, dejando a Kagome sola a bordo de Granne. Era un momento crucial para ella y aquellos hombres que acababan de salvar.

La joven había roto parte de su capa, y ensuciado su armadura. Sudaba y lucia cansada.

Granne tocó el suelo, y fue sólo allí que Kagome bajó con cuidado casi al borde del risco, porque no había otro sitio. El lugar estaba atestado de hombres asombrados con Koga a la cabeza.

Antes de que Kagome se volviese a dirigir a ellos, de forma espontánea fue que ocurrió algo en el corazón de aquellos sufridos norteños, que la vieron pelear por ellos.

La mujer arriesgó su vida por salvarlos de una muerte segura.

El sonido de un cuerno viejo empezó a resonar en el lugar. Uno de los hombres estaba haciendo sonar uno de los Cuernos del Norte, con todo el rugido de sus pulmones.

Koga fue el primero en arrodillarse, seguido automáticamente por los casi cinco mil hombres que estaban en el risco y que fueron testigos de lo que su auténtica reina era capaz por ellos.

—Sangre de nuestra sangre, os juramos lealtad, mi reina — fue el voto en masa que se oyó como eco en el Gran Peñasco.

Kagome se emocionó profundamente ante aquella muestra y mentalmente juraba que haría cuanto sea posible por devolver a esas personas a su patria.

—Y yo os juro que volveremos a casa —murmuró Kagome.

Bankotsu, sonreía con satisfacción. Orgulloso de Kagome y de cómo había logrado la lealtad de aquel descreído grupo de norteños.

CONTINUARÁ.


Ya no volveré a tardarme, lo juro.

Parece que muy fáciles les están saliendo las cosas a Kagome.

¿Dónde diablos está el delicioso y el romance?

El fic está en su fase final, asi que puede pasar muchas cosas aún. Ya está bosquejado el capítulo 22, que ya he dicho que quiero finalizar este fic en diciembre.

Muchas gracias a mis bellas KARLA YUMAIKA, FRAN GARRIDO, ISADI, Y JOH CHAN.

Por cierto, para la escena de cuando los norteños se arrodillan ante Kagome me gusta el Victory Theme de Gladiador.

Nos leemos pronto y muchas gracias.

Paola.