INUYASHA NO ME PERTENECE, PERO LA TRAMA SI, SÓLO HAGO ESTO DE DIVERSIÓN
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LA REINA DEL NORTE
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CAPITULO 22
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Todo este tiempo había temido hacer algo así y aunque pasaron muchos meses, esto era reencontrarse con su pasado reciente, con un dolor que la perseguiría siempre.
Estaba en medio de una peligrosa cruzada, pero aun así Kagome decidió hacerse tiempo y visitar el memorial que el ejército de Inuyasha erigió en su honor al saberse la caída del rey norteño.
Era humilde porque se construyó con los materiales que tenían a mano en el Gran Peñasco donde estaban atrapados. Era un pedazo de madera que emulaba a una lápida honorifica en recuerdo del ultimo Taisho.
Kagome llevaba en sus manos las únicas flores que pudo encontrar y recortar para traer a depositar en aquel humilde memorial: Un puño de No me olvides de color azul como el cielo.
Acarició la madera mojada con sus dedos y depositó sus flores. Como sintiéndose transportada al pasado muchos años atrás, cuando la carroza del Bosque Negro que la transportaba para casarse con el apuesto rey norteño.
Una muchacha inmersa en sueños románticos que chocaron con la cruel realidad de la infidelidad y la traición. Aun así, Kagome no estaba arrepentida, a su manera, ella había querido a su marido.
Su primer hombre y padre de sus hijos. Unas lágrimas empezaron a caer de sus ojos.
Por la visión del Oráculo, ella sabía que el alma de Inuyasha y de sus dos hijos estaban atrapados en el Niflheim, que nunca lograron cruzar a su lugar de descanso eterno. Algo que la atormentaba y que, en algún momento, luego de lograr llevar a los norteños a casa, debía arreglar, aunque fuere lo último que hiciera. Ella se debía a su familia.
—Inuyasha…—murmuró la joven, rozando la madera—. Sólo dos personas en el mundo podrían sentir el dolor de perder a Narvel y a Valiant, y esos somos tu y yo…nadie más. No estuviste conmigo y necesité tu hombro en ese momento.
Kagome se limpiaba las lágrimas, pero seguían viniendo.
—Nunca llegaste a por nosotros, Inuyasha…no pudiste protegernos —Kagome empezó a recordar los horribles detalles de aquel ataque al Norte, cuando estaban tan esperanzados con la llegada de Inuyasha que nunca se produjo.
—A pesar de todo lo que pasó entre nosotros, te perdono y te prometo que haré lo que esté en mi mano, para que tu alma y el de nuestros pequeños vayan donde debe ser—Kagome cerró los ojos, para luego abrirlos—. Después de todo, fuiste mi primer amor, aunque tú nunca supiste verlo…
Cuando Kagome volteó para marcharse, una intensa brisa rodeó el sitio y la mujer sintió un ligero escalofrío, como si alguien más estuviera allí y se manifestara de esa forma.
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Bankotsu observaba el levantamiento de los campamentos en compañía de Kohaku.
Finalmente decidieron erigirlos cerca del Gran Peñasco, aunque el Concilio del Este no dio muestras de autorizarlo, pese a que toma del Risco a manos de Kagome y las amazonas se produjo hace ya casi una semana.
Como Midoriko previó, la isla de Terma proveyó suministros entre comida y armas, pero no serviría por mucho tiempo, ya que eran cinco mil hombres rescatados del Gran Peñasco, más otro grupo que fueron llegando, llamados por la esperanza que proveía aquella reina que prometió regresarlos a casa. Casi mil hombres se sumaron a la cruzada, jurando lealtad a Kagome, munidos de una nueva esperanza.
Soldados que se dispersaron y que huyeron, y por cuyas cabezas pesaba una sentencia de muerte emanada por Kikyo.
Igual urgía volver a casa, no solo por la limitación de suministros, sino porque en cualquier momento el Concilio podría enviar un ejército para expulsarlos, por estar aliados a Naraku.
Bankotsu retrasó su idea primigenia, hasta terminar de organizar a los hombres en el campamento, pero pasada la semana y ante la premura del tiempo, decidió que debía marcharse a buscar a su padre.
El Concilio estaba colocando en peligro a todo el Este con su oscura alianza con Naraku. La supervivencia de los esteños y su forma de vida estaba en juego.
El único modo que tenía era levantarse contra aquello y adelantarse, aunque significare un golpe de estado contra el Concilio.
Bankotsu pensaba encender el Fuego de las Almenaras de McFarlane, sin uso hace un siglo.
Encenderlas tenía un mítico significado: era el llamado a la Leva del clan de los McFarlane, donde los montañeses acudían ante el llamado de su señor. Y no solo montañeses, sino a todos los esteños.
Que el momento de la batalla había vuelto y que el Este los necesitaba.
Bankotsu no sabía si acudirían personas, pero él, como todos los esteños, había crecido con la leyenda de respeto a la sangre de McFarlane, que era también suya. Por derecho de nacimiento, su padre Suikotsu era el heredero legítimo de clan McFarlane, ultima familia reinante del Este.
Sería un golpe de estado total, pero también una prueba al valor de los juramentos al Clan. Pero su patria peligraba y esperaba que sus compatriotas comprendieran que no hacían esto, por sed de poder, sino por salvar a su país de la tiranía y la invasión.
Necesitaban ponerse fuertes para enfrentar las amenazas. Anteriormente nunca hicieron esto, porque el fuerte gobierno del país vecino del Norte ayudaba a mantener la tranquilidad en la región.
Pero con una mujer cruel como Kikyo manejando el Norte, no podían esperar nada. Además, por orgullo montañés, era hora de cuidar su propio país.
—Entonces ¿te vas hoy? —la pregunta de Midoriko lo quitó de su ensoñación
Él asintió.
—Iré con Jakotsu y con Kohaku, me ayudaran a encender las almenaras y organizar —refirió Bankotsu
—¿Qué te preocupa, hijo? —preguntó la amazona, la ver el gesto de su hijo
—A padre no le gustará esto, él nunca quiso que lo mezclaran con política, a pesar de la fuerza de su sangre y lo sabes.
Midoriko miró el cielo.
—Te equivocas al tener miedo, hijo. Tu padre hará lo que sea correcto, por ti y por todos los hombres del Este y eso te lo garantizo, que lo conozco mejor que tú.
Bankotsu no pudo replicar aquello. Nunca entendería la forma de amor entre sus padres y esa confianza, que la distancia no había hecho más que estrechar.
—Se lo informaré a Kagome, apenas regrese a su tienda.
—¿Dónde fue? —preguntó Midoriko
—Usó a Granne para subir al Gran Peñasco. Creo que necesitaba un momento a solas con la lápida de su esposo.
Al ver la expresión de Bankotsu cuando nombraba al marido de Kagome, Midoriko puntualizó: —Él ya está muerto, hijo.
—Nunca sabremos el alcance del daño que le ha causado a ella ¿no?
Bankotsu temía que Kagome volviese a un estado mental lamentable, y más ahora cuando los objetivos eran tan cercanos. Visitar aquel memorial le recordaría a su familia destruida y podría bajar su moral, y más porque él conocía la confidencia de ella, acerca de la visión revelada por el Oráculo de Terma sobre el oscuro destino de sus hijos y de su marido.
Prefirió sacar el tema de sus pensamientos y enfocarse en su próximo viaje.
Kagome no quedaría sola. Además de Midoriko y las amazonas, tenía a otros seis mil soldados a su mando que acababan de jurarle lealtad.
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Kagome desmontó a Granne luego de haber bajado del risco. Aún estaba muy afectada por aquel encuentro. Pero era algo que se debía a sí misma. Lo mismo aquello no hacía más que recordarle el otro compromiso que tenía con su familia: la de salvarlos.
Distraída no se percató que Bankotsu se había materializado en su tienda.
Kagome se quitó la espada y se aflojó la capa.
—Te agradezco mucho lo que estás haciendo por mis hombres. Sé que tú y las amazonas organizaron las cuadrillas y dispusieron el orden en el campamento —mencionó la mujer sentándose, aun pensativa, por su reciente experiencia.
Bankotsu lucía un poco tenso.
—Sin embargo, no pueden quedarse aquí por siempre y lo sabes.
—Me carcome la consciencia de que tengamos que atacar el Norte, nuestro propio hogar, para recuperarlo —replicó Kagome.
—Tengo una idea —anunció él y habiéndose ganado el interés de la reina, él siguió hablando: —Marchad primero al Bosque Negro, ese es tu hogar ancestral. El pueblo de allí te conoce y con los rumores de tu aparición por todo el Oriente, sólo basta con que te vean para jurarte lealtad. Si bien el Bosque Negro es ahora feudo de la usurpadora, no tiene suficientes guardias aun, y si los tiene, nada que no podáis tomar con los soldados que están contigo.
Los ojos de Kagome se iluminaron con aquel plan.
—Además de un sitio, allí tendréis comida y tiempo de abastecer, sin miedo a ser emboscados por enemigos tan pronto —prosiguió Bankotsu
Kagome sonrió y se incorporó, esperanzada. Encantada con el plan. Es por eso que necesitaba a su lado a alguien con la mente tan estratégica como la suya.
—Entonces eso haremos, deberíamos preparar a las fuerzas, que no se pongan tan cómodos, así marcharemos cuanto antes, una vez ideado el plan.
—Me parece bien que lo hagáis —respondió él—. Por nuestra cuenta, pondré en marcha lo de llamar a la leva a mi clan, con mi padre a la cabeza. Es el único modo que veo que podríamos salvar a mi país, ya que el Concilio se ha vendido a Naraku, no tenemos otra opción que intentar derrocarlos
—¿Mandareis a encender las almenaras de McFarlane? —preguntó Kagome, quien conocía la historia de las atalayas ubicadas a lo largo de las Montañas Altas, que se encendían una tras otra cuando la primera Almenara era prendida como señal de aviso de la llamada del clan de los McFarlane. Una señal para leva.
Hace más de cien años que no se encendían, desde el cambio de sistema de gobierno y desplazamiento de aquel legendario Clan.
—No estoy seguro si vendrá gente, pero debemos intentarlo. Además, son juramentos que jamás fueron rotos.
—Tus hombres podrán hacerlo, he visto probado el valor de Jakotsu y de Kohaku en batalla y además creen en ti —adujo Kagome al tiempo que se volvía a mirar unos papiros sobre la mesa.
—No es algo que vaya a delegar, yo mismo iré con ellos —Kagome se volteó sorprendida al oír aquello —. Es mi familia, mi clan, mi país, y soy hijo del hombre con el derecho legítimo y por ello, soy yo quien debe ir.
Kagome meneó la cabeza.
—No puedes ir, tu deber está conmigo, a mi lado —siseó Kagome, ciertamente sobresaltada al saber que él podría dejarla.
De pensar que él no estaría con ella en estos días cruciales, cuando siempre fue parte fundamental en su vida en los últimos meses la desolaba.
Y más al ser consciente de los sentimientos que él le inspiraba y de los cuales intentaba huir.
¡No iba a permitir que se fuera!
—Tengo un deber con mi patria también —refirió Bankotsu
—Eres mi espada juramentada ¿acaso lo olvidaste? —desafió ella, intentando ganar autosuficiencia acercándose a Bankotsu, quien no se había movido un ápice.
—Podréis sitiar el Bosque Negro sin mi ayuda. Tenéis seis mil hombres más a las amazonas y la dirección de mi madre, que es la mujer que me enseñó todo lo que sé de estrategia —argumentó Bankotsu, intentando contener su impaciencia.
—¡Pues no lo permito! —gritó Kagome, perdiendo los papeles—. Manda a tus hombres que hagan el aviso y que hablen con tu padre, pero tu deber es quedarte conmigo, a mi lado porque lo juraste ¿recuerdas?
—Sabes que eso no rompe mi promesa, mujer —reclamó él, también enfadado.
—¡No me llames así! ¡soy tu reina!
—Soy un hombre del Este y también tengo un juramento de sangre hacia mi propio país. No soy un norteño para que puedas obligarme. Y no eres mi reina, mujer, sólo alguien que he protegido a pesar de que, por tu causa, muriera mi hermano —bramó Bankotsu, fuera de si
Kagome enrojeció de ira.
—¡Maldito bastardo! ¡habéis jurado ante mí!, parece que eres el único de tu familia que no cumple sus promesas ¡tu hermano debe estar revolcándose en su tumba y tu madre se avergonzaría de ti!
Bankotsu apretó los puños y Kagome sintió por un momento algo de miedo de su reacción, porque sus palabras fueron demasiado crueles. Pero debía serlo, sentía que debía ser lacerante e hiriente con ese hombre, para al menos mascarar sus reales sentimientos de desamparo ante su inminente marcha.
El rebote de Bankotsu fue contundente. Se quitó del cinto el broche con el recientemente creado emblema de ella: Los símbolos con los Delfines y el Caballo bajo el Árbol. Una que ella le entregó cuando las amazonas le dieron la armadura que Kagome portaba orgullosa.
El joven arrojó la misma sobre la mesa, preso de ira contenida, para luego marcharse rauda y violentamente.
En la tienda, quedó sola Kagome, aun incrédula por la horrible discusión que acababa de tener con Bankotsu. Y lo peor es que no creía en ninguno de los insultos que le había proferido.
Pero tanto que no deseaba que se fuera, que iba a ser capaz de eso, e incluso de cosas peores para retenerlo.
Ver su espalda desaparecer fuera de su tienda fue horrible y desgarrador. Como si le arrancaran las entrañas. De solo pensar que no volviera a verlo, hizo que sus piernas empezaran a flaquear y que cayera de rodillas, comenzando a sollozar, sintiéndose culpable por las repelentes cosas que le había gritado. Quería salir y buscarlo a los gritos por todo el campamento, pero se contuvo, porque su investidura se vería menoscabada si hiciera una escena en ese momento, cuando tantos hombres estaban fuera.
Unos que apenas pudo ganarse, pulso a pulso arriesgando su vida.
Se quedó llorando en su carpa.
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—Una falsa reina, usurpando el lugar de mi difunta hermana. Y que se ha aliado con otros traidores a la patria —anunció Kikyo, sentada en su trono.
La bella mujer, con la corona a cuestas, tenía el rostro serio mientras anunciaba esto ante la Corte.
Miroku, quien estaba arrodillado oyendo las directivas de la reina Kikyo, oía atentamente el anuncio. El joven comandante había sido convocado.
Junto a Kikyo, también estaba Onigumo.
—Es por eso, que es vuestro deber, convocar al ejército y a todos los hombres leales al reino a que estén atentos ante cualquier iniciativa, promovida por la falsa reina. El Norte no volverá a vivir un ataque igual, como él que hizo desaparecer a la casa Taisho. Nuestro orgullo norteño no debería permitirlo —siguió diciendo Kikyo, aparentando frialdad, aunque por dentro bullía de furia y además usando como argumento el doloroso ataque bárbaro que además de cercenar a su ancestral casa de gobierno, causó una profunda cicatriz en el orgullo de los norteños.
Cuando la noticia de la mujer de pelo rojo que se movía sobre un caballo con alas, portando una espada que parecía ser de la Antigua Sangre y que además había liberado a esos miserables del ejercito de Inuyasha, Kikyo entendió que los rumores y sospechas que oyeron eran ciertos: Kagome alcanzó a sobrevivir a la masacre y ahora lideraba una rebelión peligrosa.
Antes de convocar a la Corte para hacer el anuncio de la supuesta reina falsa y de ordenar al comandante del ejército que estuviera alerta, Kikyo ya había tomado la decisión de reclutar mercenarios pagos. Envió a Onigumo a negociar con los Mctavish. Una buena suma del tesoro norteño a cambio de la cabeza de la falsa reina.
Por supuesto, este detalle se guardó de revelar a Miroku y a la Corte.
Al oír el pedido de su soberana, Miroku hizo una reverencia.
—Se hará como ordene, Majestad.
Cuando finalizó la audiencia, Kikyo se retiró a sus habitaciones. Varra no tardó en unírsele.
—Obraste bien y rápido. No esperaba que tomaras la decisión de cazar a la falsa reina tan pronto.
Kikyo no giró a ver a su madre.
—Es ella, es Kagome…la muy desgraciada siguió viva.
—Pero no por mucho tiempo, si ella muere ahora, sus seguidores se dispersarán. Son simples ovejas, y allí tendréis vía libre para matarlos a todos, para cumplir el pedido de Naraku —observó la mujer mayor
—¡No hago esto por ese imbécil de Naraku!, sabes bien que por justicia a mi amado Inuyasha.
—Sabes que la única opción para sobrevivir ahora es tener un aliado fuerte. Naraku no ha retirado la oferta matrimonial y con la amenaza de la falsa reina, necesitamos algo de ayuda.
—Naraku fue uno de los culpables de la muerte de Inuyasha. Si tanto precisamos apoyos, podemos acudir ante el imbécil del Oeste, es el hombre más rico del Oriente y menos repelente que Naraku —siseó Kikyo, mientas se quitaba la corona para ponerla sobre la mesa.
—Naraku es vengativo y peligroso, pero lo peor son sus alianzas con los salvajes. Los lleva a todos de calle y es capaz de manejar a esos barbaros ¿Qué podría impedir que vuelva a atacar el Norte? —insistió Varra
—Pues si sois mi consejera ¡aconséjame algo que valga la pena!, todo he tenido que pensarlo yo y no quiero ideas que impliquen casarme con Naraku —refunfuñó Kikyo.
Varra pareció pensarlo un poco.
—Podemos hacer creer a Naraku que no estas ajena a sus pretensiones matrimoniales, para evitar ser atacados por él. Mientras, negociamos una alianza con el Lord del Oeste, si no te disgusta.
Kikyo asintió con la cabeza.
—Haz los preparativos y no quiero oír una palabra, ya suficiente dolor de cabeza tengo con saber que esa mujer amenaza mi trono —siseó la reina—. Que las órdenes de búsqueda y captura contra la mujer de pelo rojo, la falsa reina, sean renovadas con el doble de recompensa inicial. Eso tentará a cualquiera a matarla.
Varra hizo una reverencia antes de salir de la estancia. Además, aliviada de haber logrado de nuevo poder influir y aconsejar a Kikyo, quien aparentemente estaba aceptando sus consejos por necesidad.
Cuando la mujer ya se estaba yendo a cumplir con aquellas ordenes, decidió tener una parada en las habitaciones de la antigua reina madre enferma, recluida en las habitaciones.
Era vox populi en todo el Norte, que la reina Margaret había perdido el juicio luego de la masacre de su familia. Por supuesto, esto era lo que Varra hizo creer, la verdad es que mujer no podía hablar ni expresarse por estar presa de las pociones de la madre de Kikyo, quien disfrutaba torturarla contándole de sus planes, sabiendo que la otra no podía hablar.
Ahora la atormentaría con gusto, dándole una vana esperanza acerca de la supervivencia de su sobrina Kagome, a quien no tardarían en hacer asesinar.
Crearle una ilusión para después quitársela.
Varra sonreía de solo pensarlo.
Empujó la puerta de su prisionera, para regodearse de ella.
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Kagome despidió a Koga, Midoriko, Sango y otros generales suyos de la reunión que había tenido lugar en su tienda, donde estuvieron hablando sobre el plan de marchar al Bosque Negro.
La joven reina procuraba mantener compostura y mantener atención. Afortunadamente nadie le preguntó sobre la ausencia de Bankotsu. Suponía que él mismo informó que se marchaba a las Montañas Altas a ejecutar su propio plan para el Este.
Además, si Bankotsu se sumaba a aquella iniciativa junto a su padre, quien era el heredero de los Mcfarlane y llegaban a triunfar, probablemente él abandonaría sus huestes.
Kagome sospechaba que aquello ya se produjo. Era improbable que luego de una discusión como la que tuvieron, él quisiera volver.
Sólo Midoriko, quien fue la última en irse, se quedó unos segundos más.
—¿Segura que está todo bien?
Pero Kagome no planeaba mostrarse débil, así que fingió lo mejor que pudo, aunque no engañaba a Midoriko.
—Voy a descansar, mañana nos espera una larga cabalgata.
Midoriko se quedó unos segundos viéndola y Kagome se percató que no le creía una sola palabra, pero la mujer era tan reservada que nunca le increparía acerca de que su estado era a causa de la ausencia de Bankotsu, quien se había marchado en compañía de Jakotsu y de Kohaku.
Cuando Midoriko se marchó, Kagome se acercó al tazón para refrescarse las manos y la cara. pensaba que quizá un poco de té aliviaría su nerviosismo y ayudaría a dormirla.
Se quitó las botas, la capa y la armadura, para disponerse a dormir. Se arropó con las sabanas. Tenía que dormir porque mañana le aguardaba un viaje, y no sólo eso, ya al final del mismo le esperaba reencontrarse con su hogar, aquel que abandonó hace seis años para casarse con Inuyasha.
Si la toma del lugar resultaba como esperaba, podrían abastecerse allí y asegurarla como su nuevo punto de partida. Se daría el tiempo de visitar los memoriales a su familia: su madre, que murió hace mucho tiempo. Su padre adorado que se fue cuando ella aun lo necesitaba y finalmente Sota, quien la había traicionado, pero a quien Kagome en su corazón ya perdonó, porque entendía que los oscuros motivos de su hermano fueron manipulados y guiados, aprovechando su alma endeble y que nunca fue su verdadero deseo el saberla muerta.
Reencontrarse con sus raíces le haría mucho bien. Esperaba encontrar a salvo a las personas que conocía del Bosque Negro. Que Kikyo no hubiera arrojado su ira sobre ellos, porque siempre la consideraron una bastarda.
Aunque enseguida aquellas ideas eran sustituidas por el clamor de su mente en Bankotsu y de cómo habían roto sus relaciones de forma tan violenta y que ella no pudo medir sus palabras.
—Espero que estés bien…—murmuraba la joven, desde la cama.
Habiendo bajado todas sus defensas e inmersa en aquella tristeza personal que había venido a azotarla junto a todo el dolor que ya padecía, no pudo prever, aun con sus sentidos mejorados de guerrera, cuando varios pares de manos le cogieron las piernas, otras le apresaban las manos y le tapaban la boca, arrastrándola para sacarla de la cama.
Kagome intentó defenderse, haciendo uso de todos sus conocimientos, pero su fuerza no podía compararse con tantos oponentes.
Cuando finalmente la luz de la luna se reflejó en la tienda, pudo distinguirlos en la penumbra.
Era los Mctavish.
Los ojos azules de Kagome se ensancharon, horrorizada. Esa facción de personas eran mercenarios y no sólo eso, sino que venían desde hace tiempo persiguiéndolos a ella y a Bankotsu.
De algún modo y camuflados con ropas de la nueva guardia de Kagome, alcanzaron a entrar e infiltrarse en el campamento.
Kagome intentó pelear. Qué manera ridícula de perder, rodeada de todos sus seguidores, y cuando aún tenía que cumplir la promesa a esos norteños de regresarlos a casa. Y no sólo eso, morir sin salvar las almas de su familia.
—La reina Kikyo ha dado una recompensa muy alta por la falsa reina, viva o muerta —y al notar el horror en los ojos de Kagome—. Pero os mataremos en otro sitio, no queremos que escuchen aquí.
El Mctavish que había hablado era el jefe, lo sabía porque Bankotsu se lo había dicho en aquel largo viaje.
¡Que lejano resultaba todo ahora!
Moriría en manos de estos mercenarios o por acciones de Kikyo, en caso de que la llevaran con vida.
Cerró sus ojos y ni siquiera oía lo que decían esos hombres. Habia contabilizado como seis, pero eran muy fuertes. Probablemente los mejores de aquel grupo.
Lo último que oyó.
—¿No será mejor cortarle el cuello aquí mismo?
Kagome, con su cuerpo apresado y sus labios sellados, cerraba fuertemente los ojos y oraba internamente a Odín.
—Mi señor Odín, protégelo a él y a todos lo que confiaron en mí…
Luego todo fue tan rápido, porque de repente sintió un líquido caliente sobre la cara y las manos que la sostenían perdían fuerza.
Kagome abrió los ojos y lo que siguieron fueron gritos de pelea.
Ella terminó en el suelo, mientras un charco de sangre se mecía en el lugar. No sangre de ella, sino de sus captores.
—¿Qué rayos? —oyó decir a un Mctavish
Cuando la corta confusión en la mente de Kagome se aclaró, fue que lo vio.
Bankotsu se había materializado en el lugar y esgrimido su alabarda para decapitar a tres de ellos.
Todo fue tan rápido, que los otros tres siguieron el mismo destino que los demás. Bankotsu no los dejó hablar. Ni siquiera se presentó o echó algunas palabras jactándose, sino que prefirió matarlos sin más.
Mercenarios que siquiera tuvieron tiempo de gritar.
Al cabo de unos segundos, sólo estaban ella en el suelo y él parado, cargando su arma ensangrentada.
La conmoción del momento, así como la adrenalina descargada por los sucesos, impidieron que Kagome reaccionara. Él se quedó justo donde estaba, ocupado en observar los cuerpos llenos de sangre.
Finalmente, Kagome pudo sacudirse el aturdimiento.
—Eres tu…
Bankotsu la miró con sus enormes ojos azules, y parecía que iba a contestarle, cuando en ese momento el ruido de varios pasos que corrían hacia allí los interrumpieron.
Eran Midoriko, Sango, Koga y otros cuatro soldados norteños, que vinieron alertados por el ruido de la tienda.
Solo encontraron a Bankotsu limpiando su alabarda, a Kagome sentada sobre la cama y llena de sangre ajena.
Y seis cuerpos decapitados. El sitio estaba inhabitable por la voraz carnicería de Bankotsu.
—¿Por las barbas de Odín? ¿Qué ha ocurrido aquí? —increpó Sango
—Pues algo intolerable, se ha violado las estancias de la reina a quien se supone debéis proteger ¿Quién está de guardia?, que merecen ser azotados —escupió Bankotsu
Midoriko miraba el horrible espectáculo. Era cierto, su reina estuvo a punto de morir y se suponía que había miles de hombre fuera y no pudieron protegerla.
—¡Cambiad la guardia y encarceladlos! —ordenó Koga a los hombres que venían con él—. ¿Cómo se infiltraron?
—Los Mctavish son muy hábiles, o lo eran. Incluso Kohaku, con sus habilidades de sigilo tan desarrolladas los tenía como adversarios de temer —esgrimió Bankotsu, mirando los cuerpos
Siguieron hablando unos segundos, pero Kagome realmente no los oía, sólo estaba pendiente del rostro de Bankotsu, en los gestos de su cara y su altivez natural. Sólo cuando Midoriko le preguntó cómo es que había vuelto, fue que prestó atención.
—Se me olvidó algo en el campamento —fue toda su respuesta.
Kagome finalmente se incorporó, recuperando un poco de su dignidad real.
—Ordenad que se deshagan de estos cuerpos y que limpien este basural. No dormiré en este lugar y tenéis razón, el descuido en la guardia es intolerable, así que relevadlos, pero no los azotéis. En este momento necesitamos a todos los hombres frescos para la marcha de mañana, pero que sepan, que cuando lleguemos al Bosque Negro y tengamos las instalaciones, cumplirán un arresto disciplinario —decretó Kagome, antes de colocarse por encima una capa y salir del lugar —. Y no me sigáis, buscaré yo misma un sitio para dormir esta noche.
Lo cierto es que más que molestarle el sitio lleno de sangre, lo que deseaba era poder huir. Le avergonzaba sobremanera mirar los ojos de Bankotsu, que además llegó a tiempo para salvarla.
Le dolió el modo en que dijo que sólo volvió porque olvidó un objeto cualquiera en su tienda. A Kagome le hubiera gustado oír que él dijera que había vuelto por ella.
Luego de recoger lo que sea que hubiera venido a buscar, se marcharía.
Granne estaba pastando cerca de su maltrecha tienda, y Kagome no dudó en subirse encima para alejarse de allí. Buscaría una cueva alta o la inalcanzable copa de un árbol frondoso para descansar. Donde no la encontrasen nunca.
O quizá la orilla de algún lago perdido en el bosque.
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Encontrar un lago subrepticio no fue algo utópico, pero los Bosques del Este siempre serian sorpresivos para la joven. Luego de desmontar, dejó que Granne fuera a pastar por allí, pero ella sabía que no se alejaría mucho, porque estaría alerta a su jinete.
La cercanía del agua ocasionaba un frescor en el aire agradable y Kagome extendió la manta que trajo. Podría aprovechar y lavarse en el lago, todavía tenía sangre seca de esos cazas recompensas en la cara. Pero cuando iba a bajarse el camisón, unos pasos la alertaron y llevó su mano bajo la manta, donde tenía su espada Antigua Sangre.
—Aunque cubras tus huellas, igual puedo encontrarte —las palabras de Bankotsu con su voz aterciopelada, hicieron eco en el lugar.
La persona que nunca pensó iría a encontrarla o buscarla.
Las manos de Kagome empezaron a temblar irremediablemente. Su pulso perdió el control y los latidos de su corazón enloquecieron.
Las horas que pasó desde su marcha, no había hecho más que añorarlo.
¿Por qué seguir privándose?
Si era rechazada, que sea porque lo haya intentado y no morir sin saberlo. Además, tenía que decirle tantas cosas. Así que soltó su espada y corrió hacia él, arrojándose a esos brazos fuertes, que por un momento temió no se abrieran, pero que, sin embargo, la acogieron con fuerza.
Kagome escondió su cabeza en aquel pecho fornido, mientras sentía que las manos de él acariciaban su cabello. El aroma masculino de Bankotsu se le metió por las narices, dándole un halito de aliento y fuerza.
—¡Perdóname! ¡No quise gritarte todas esas cosas horribles esta mañana! Es que saber que te ibas me hizo perder los papeles y estallé ¡No quiero que te vayas!
Él tardó un par de segundos en responder, pero seguía acariciando su cabello.
—¿Sabes que fue lo que olvidé en el campamento? —preguntó él— y como ella meneó la cabeza, agregó—. Olvidé esto—y la tomó del mentón para acercar sus labios a los suyos a su altura y besarla.
El inesperado contacto insufló vida en Kagome, quien alzó sus manos hacia el cuello de Bankotsu para atraerlo y profundizar el toque.
El mundo podría arder, pero ella ya no negaría que lo amaba. Se besaron con desesperación, anhelo, y deseo, aquellas poderosas sensaciones que venían ocultando hace tanto tiempo y que producía una tensión latente en el aire.
Solo se cortaba el beso, cuando él también mascullaba palabras de disculpa.
—Perdóname tu a mi también, no quise decir las cosas que te grité—recorrió sus labios por la cara y las mejillas de Kagome—. Por eso volví, porque no podía irme en esos términos contigo y debía volver a por ti.
En eso, cortaron el beso.
—¿Me amas? —preguntó ella, anhelante y directa. Y ansiosa.
La luz de la luna se reflejaba en el oscuro cabello de Bankotsu y sus ojos tenían un matiz azul aún más poderoso de lo usual. Él sonrió, acariciando la mejilla de la muchacha.
—Con toda mi alma —confesó él, antes de volver a atraerla hacia él y besarla con más fruición.
El amor puesto sobre la mesa, mecido de ansia no hizo más que embravecer el mar henchido de deseo que los embriagaba.
Cayeron sobre la hierba, como dos antiguos amantes que se balanceaban juntos luego de una larga separación.
—Yo también te amo, con toda mi alma —confesó la joven, mientras sentía que la calidez de esos labios amados bajaba por su pecho descubierto y unas manos iban a por el cordoncillo de su camisón para desatarlo. La joven cerró sus ojos, entregada totalmente a ello.
Habia tenido relaciones en múltiples ocasiones con su difunto marido, pero nunca había sentido algo como esto. Se sentía como una muchacha virgen, deseosa de explorar lo que el amor podía ofrecerle.
Cuando él finalmente le quitó la ropa, se quedó quieto, sin aliento, estudiando los detalles de su cuerpo desnudo.
Kagome no tenía vergüenza de aquella examinación tan patente. Él la estaba descubriendo y admirando como si se tratase de una obra de arte delicada.
Muy despacio, él comenzó a deslizar su mano por el vientre desnudo de la joven, acariciándola en sitios que ella no sabía que se podían.
Kagome gimió ante la delicia de sensaciones, pero Bankotsu seguía con su ropa puesta, pese a estar en medio de las piernas de la joven, sin ropa y en todo su esplendor.
—Es mi turno —pidió ella, llevando sus manos al cinto del joven.
Sentir las pequeñas y suaves manos de Kagome rozando sus ropas, fue demasiado para el autocontrol de Bankotsu, quien esperaba que su primera experiencia fuera pausada y calmada, pero aquel toque le hizo perder la cabeza en ese instante.
Él mismo completó la tarea, incorporándose un instante para sacarse los pantalones y la camisa, arrojándolos en cualquier parte, preso de un acuciante deseo.
Ella, desde el suelo, estaba embelesada ante la visión sin ropa de él, con esa piel y esos músculos marcados con cicatrices, que le parecieron hermosos bajo el brillo de la luna que era testigo de su arrebato de amor.
Bankotsu no despegaba su mirada de los ojos de la joven, y su contacto fortificaba la profunda intimidad de lo que estaban viviendo. Él bajó hacia ella, acomodándose suavemente entre sus muslos y hundirse en la gloria.
Ella lo recibió y fue algo maravilloso desde ambas perspectivas. Ambos estaban haciendo el amor con la persona que amaban y que más le importaban.
¿Cómo no sentirse feliz y a salvo?
No hubo parte del cuerpo de ella, que él no besara o acariciara.
Y, aun así, sentía que le faltaría vida para darles la atención apropiada.
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—Debo irme, pero juro que volveré, me crees, ¿verdad? —preguntó él, mientras besaba la frente de Kagome.
Ambos estaban en su improvisado lecho de hierbas, desnudos y abrazados bajo la manta.
Él le besaba la cara y acariciaba su cabello. Ella se perdía en el olor de su pecho.
En medio de un alivio intenso luego de haber consumado su amor.
Ella asintió con la cabeza.
—Te creo y sé que es tu deber. Aún debes perdonar mi egoísmo en no querer dejarte ir —susurró ella.
—Aunque deba pelear contra todo un ejército bárbaro, las fuerzas de Naraku o contra el mismo ejercito esteño del Concilio, te prometo que volveré a ti —juró él, besando los nudillos de la mano de la mujer.
—Los únicos juramentos que creo son los tuyos, Bankotsu McFarlane —declaró Kagome
Él volvió a besarla, antes de apartar la manta, para volver a subirse sobre ella.
El único modo que tenía su alma de calmarse, era volviéndola a tomar.
Pero el juramento estaba hecho y aunque él se fuera, ella sabía que regresaría.
CONTINUARÁ.
Muchas gracias por vuestra lectura, el cap 23 ya está en marcha y veremos a Suikotsu, y el golpe de estado que planean para proteger su país.
Al fin Bankag, ustedes saben que el lemon no es lo mio, aun me cuesta, asi que salió esta fragmento levemente erótico, porque la idea era transmitir amor de momento.
Erotismo más caliente ya saldria en otro momento, estamos a poco de terminar, yo les habia dicho que eran 30 capitulos, pero parece que sólo seran 29 y antes de terminar noviembre saldrá otro episodio.
Muchas gracias a mis dulces comentaristas FRAN GARRIDO, ISADI Y JOH CHAN.
Nos leemos pronto.
Paola
