INUYASHA NO ME PERTENECE, PERO LA TRAMA SI, SÓLO HAGO ESTO DE DIVERSIÓN
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LA REINA DEL NORTE
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CAPITULO 23
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Nunca creyó que volvería a recorrer las estancias de su niñez.
El Bosque Negro, el lugar donde ella se había criado y que estaba repleto de recuerdos. Kagome no pudo evitar llorar al deslizar sus dedos por los muebles y paredes.
Temió quebrarse cuando le tocó rozar el trono que fuera de su padre, y en donde también se sentó su hermano Sota cuando su progenitor murió.
Pero ahora todos se habían ido, sólo quedaba ella para llorarlos y con una gran responsabilidad a cuestas. Contuvo su llanto, porque no deseaba parecer una indigna frente a toda la gente que le había jurado lealtad y reconocido como reina.
La toma del Bosque Negro afortunadamente no fue sangrienta y no hubo resistencia, salvo al comienzo porque la compañía de soldados que custodiaban la zona, también oyeron de Kikyo acerca de una falsa reina que usurpaba el nombre de su difunta hermana y se mostraron feroces en proteger el feudo.
Koga junto con un contingente fue quien se acercó primero, solicitando la entrega de la plaza a la auténtica reina legitima. Los hombres del Bosque Negro se resistieron, y fue allí que Kagome decidió bajar, a bordo de Granne y presentarse ante esos aturdidos hombres.
Los leales hombres del Bosque Negro, gran vasallo del Norte, habían visto crecer a Kagome, su amada princesa, convertida en reina consorte del Norte y cuya muerte en la masacre bárbara, fue llorada y lamentada.
La reconocieron de inmediato. Además, las pruebas estaban a la vista. Ella portaba una espada Antigua Sangre.
Bajaron las armas para rendirle pleitesía y le abrieron los portones.
También hubo algo de resistencia en el desfile inicial de Kagome ingresando al palacio, pero todas terminaban en el instante en que la reconocían.
Fue rápido como Bankotsu le predijo que seria.
Kagome aún estaba conmocionada por los sucesos de la otra noche, cuando acabó entregándose a Bankotsu. Nunca creyó que podría enamorarse con tanta intensidad de alguien.
A Inuyasha lo había querido con la delicia del primer amor e ilusión. Pero ni por asomo podría parecerse al amor adulto que sentía por Bankotsu.
Y no solo por la intensa atracción física que había sentido por él, incluso cuando estaba casada con Inuyasha, sino por el magnetismo que le producía su persona.
Un hombre al que había llegado a conocer en esos duros meses y que se le mostró como un hombre leal, fiel, carismático, de fiero valor, y con la suficiente sangre fría como para hacer lo que fuera para proteger a los suyos. Además, era inteligente.
Alguien con tanta aptitud para la vida, aunque tenía sus defectos, como su carácter endemoniado cuando perdía la paciencia o que tendía a decir lo primero que pensaba. Pero Kagome sentía que lo amaba aún más por eso.
Esta inesperada felicidad que el destino le proporcionaba le dolía, porque sabía, en el fondo de su corazón, que no sería eterno y tampoco por mucho tiempo.
Aunque las cosas salieran bien, y alcanzaran a sobrevivir a la guerra, ella tenía una misión que nunca abandonaría y que era la salvar las almas de Inuyasha y sus hijos. Tenía un deber para con ellos.
Decidió apartar esos oscuros pensamientos.
—Que las fuerzas descansen, que se lo merecen. Reforzad a los vigías, que, a estas alturas, Kikyo ya debe estar enterada que tomamos la plaza —ordenó Kagome a Koga, quien había venido junto a ella.
Estar en el Bosque Negro, además de proporcionarle un sitio entre amigos, también les permitiría abastecerse y alimentar al ejército, para no seguir mermando los recursos de Terma.
Rogaba que Bankotsu saliera airoso de la misión. Esperaba ansiosa que le llegaran cartas de él, avisándole del estado de sus planes.
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Aún estaba fascinado por la noche de pasión en la que sintió a Kagome, vibrar entre sus brazos.
Llevaba tiempo fantaseando con aquello, desde hace tantos años, cuando la conoció en el Bosque, allá en el Norte. Cuando el esposo de ella aún vivía.
Algo tan lejano, teniendo en cuenta que no quedaba nada de la Kagome de aquella época. Ahora se había revelado como la mujer fuerte y poderosa que estaba llamada a ser.
Ya no esa muchacha miedosa y desvalida de antaño.
Y justo por eso, aprendió a amarla por lo que era, por la evolución que vio en ella en esos meses.
Por eso mismo, deseaba que los planes que tenía salieran bien, para regresar a su lado.
Las montañas altas eran su hogar y Bankotsu sentía una gran paz al recorrerla.
Cuando se despidió de Kagome, para cabalgar a este lugar, sabía que tenía mucho trabajo por delante, por eso cuando llegó a las montañas, le sorprendió ver desde lo alto que todas las almenaras ya estaban encendidas. Kohaku y Jakotsu ya se habían encargado de aquello. Todavía pensaba en las palabras que usaría con su padre, cuando la sorpresa lo ganó.
En la zona boscosa, donde se erigía la casa de su padre era casi imposible subir por la cantidad de caballos y hombres apostados. Vestidos con ropas de batalla. Bankotsu los iba reconociendo de a poco, porque lo saludaban en su paso: eran miembros de los clanes vecinos cercanos: Mckenzie, Mcdougal, Duncan y varios otros.
—¡Al fin llegas muchacho! —uno de los hombres los saludó eufóricamente al verlo llegar.
Bankotsu lo reconoció como el jefe del clan Mckenzie, uno de sus vecinos de las montañas altas.
Y finalmente luego de buscar entre tantos rostros se encontró finalmente con la figura alta de su padre en el centro, mirando algunos papiros y mapas junto a otros hombres.
La impronta de Suikotsu lo sorprendió. No estaba vestido como las ropas de granjero que usaba cuando fungía como médico rural que era el modo por el cual Bankotsu lo recordaba.
Sus ropas, más propias de un hombre que era heredero de un gran clan. Lo más llamativo era el emblema que se translucía en el pecho.
El símbolo de Odín en runas, que también era el estandarte de los Mcfarlane. Bankotsu nunca creyó verlo puesta en su padre.
Además, Suikotsu se veía con cierto aspecto regio que delataba su sangre Mcfarlane.
Bankotsu se acercó a su padre, para hablar un momento apartado del resto.
—Cabalgué pensando que tendría que convencerte, pero en cambio estas aquí, más preparado que yo.
Suikotsu sonrió.
—Sabes que no voy a rehuir de mi deber como Mcfarlane.
El ex mercenario paseó la mirada entre los hombres que vinieron a la leva.
—Todos los clanes de montañas altas vinieron —observó Bankotsu, reconociendo a casi la mayoría.
—No es fácil lo que tenemos por delante, pero si el Concilio ha vendido al Este, no podemos permitirlo, y ninguno de estos buenos hombres lo consentirá —adujo Suikotsu con solemnidad —. Es muy posible que debamos combatir contra el ejército del Este, bajo las órdenes del concilio, pero espero que podamos evitarlo.
—Lo mejor es marchar cuanto antes y exigir la rendición del Concilio, por su traición a la patria —agregó Bankotsu —. Kagome y su ejército han tomado el Bosque Negro de forma pacífica, e igual cosa espero que hagamos nosotros —añadió Bankotsu, que oyó la noticia, en los caminos del Este.
Suikotsu sonrió al recordar a aquella muchacha, que tan desvalida estaba cuando estuvo bajo su cuidado. Parecía que habían pasado mil años de aquello.
—Parece que ustedes ya hicieron las paces.
—Es una buena mujer, padre —admitió Bankotsu y Suikotsu notó como se le iluminaban los ojos al nombrarla.
Era obvio que entre su hijo y Kagome había surgido una relación especial, pero Suikotsu no iba a preguntárselo aun.
Bankotsu hizo ademan de girar.
—Iré a refrescarme un poco, para marchar con vosotros. Y asegurarme que Jakotsu o Kohaku me ayuden con los caballos.
—Entonces asegúrate de ponerte esto —replicó Suikotsu, arrojándole una muda grande de ropa que Bankotsu atrapó —. Las mujeres de los clanes de apoyo cosieron esto para ti.
Eran ropas bordadas con el símbolo de Odín en runas.
Y su padre tenía razón. Si iban a liderar un golpe de estado, debía vestirse para la ocasión.
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Naraku estaba sentado en su trono, mientras leía los alarmantes informantes de sus espías.
Desconfiado, había puesto personas para espiar en el Norte cualquier movimiento inusual contra él y más atendiendo que Kikyo primero lo había rechazado, para luego aparentemente aceptar su ofrecimiento matrimonial.
En la detallada misiva, le informaban que Kikyo estaba negociando un tratado matrimonial con el Lord del Oeste. Además de su mano, el monarca le suministraría tropas para enfrentar a la falsa reina, cuyo eco de marcha se expandía por todo Oriente.
Naraku aún estaba furioso por la derrota sufrida a manos de esa mujer y la turba que lideraba. Habia sido culpa suya por enviar un contingente pequeño, pero él no esperaba que tuvieran que combatir, sino solo a aniquilar a los hombres sitiados en el Gran Peñasco.
El resultado fue desastroso porque los hombres rescatados se unieron al grueso de sus fuerzas marchando al Bosque Negro y tomando la plaza.
También implicaba una derrota para Kikyo, y en estos momentos, Naraku la odiaba por traicionarlo. Él la había puesto en el trono donde se sentaba.
Un trono que también deseaba la falsa reina, que se estaba acercando y que además ahora tenía un ejército numeroso y muchos seguidores. A Naraku le daba igual que fuera una impostora o que la esposa de Inuyasha hubiera sobrevivido. Sea quien sea, iba a morir. Una alta recompensa por su cabeza movilizaría a los mejores mercenarios del Oriente.
Habia oído del fracaso de los Mctavish, siguiendo un premio de Kikyo, pero Naraku se consideraba más astuto que eso.
Se suponía que él tendría el Norte y a Kikyo. Y como ella se rehusaba, entonces no le quedaba más que usar la última carta: invadir el Norte y tomarlo a la fuerza.
Tendría que movilizar su propio ejército, porque Naraku no confiaba en utilizar su alianza con los salvajes en esta tarea de nuevo. Podrían pasarse de listos y tomar el Norte para ellos.
Esos barbaros habían adquirido demasiado autoconfianza en estos meses , bajo su patrocinio y él no pensaba fomentar nada más.
Naraku apretó los puños y ordenó llamar a Byakuja.
—Convocad al ejército del Sur de inmediato. Tomaremos el Norte a la fuerza. Y esta es mi orden: todo hombre, mujer o niño norteño que se rehúse a doblar la rodilla ante su conquistador será ejecutado. Traed a Kikyo con vida. A su madre, matadla.
Además de vengarse, se adelantaría a los pasos de la falsa reina.
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Bankotsu cabalgaba de lado junto a su padre, quien lideraba a los hombres que venían con ellos. Los portaestandartes ondeaban la bandera de Odín en runas, identificándose como miembros fieles a los Mcfarlane. Clanes que respondieron la leva del descendiente de sus antiguos monarcas.
Las ropas y las banderas habían sido gentileza de las mujeres que los bordaron rápidamente para estar acordes con su reclamo.
Con este llamado, Suikotsu llamaba a los clanes a unirse bajo su manto, bajo la consigna de su legítimo derecho y llamaba a la rebelión contra el Concilio, quien había traicionado al Este, vendiéndose a Naraku.
El retorno del Rey decían los hombres del grupo, que iba sumando adeptos en su bajada de la montaña.
Otros tantos lo hicieron de camino, pero la única victoria que importaba seria tomar el Concilio y exigir su rendición. Y conseguir el apoyo del Ejercito del Este, por, sobre todo.
Cuando Bankotsu divisó los picos del castillo de Luxur, sede del Concilio, y que antes de ellos, hace cien años, fuere el hogar de los Mcfarlane, no pudo evitar emocionarse.
Conocía ese lugar, pero nunca había venido para reclamar algo como ahora. Era por eso, que lo veía bajo otra luz.
—Seguid la marcha, no paréis —ordenó Bankotsu, a quien el ruido de los cascos de caballos le indicaba que el Concilio no lo esperaba con los brazos abiertos
Cuando estaban a metros de alcanzar las puertas de Luxur, se vieron rodeados por hombres del ejercito del Este, apuntándolos con flechas.
Arriba, desde los balcones, los seis miembros observaban. Sus alarmas se habían disparado desde que notaron que se encendieran el fuego de las atalayas, que era posible verlas incluso desde allí.
Y vieron llegar a esos dos hombres vestidos con símbolos del clan Mcfarlane, acompañados de casi trescientos hombres que portaban sus emblemas y estaban armados.
Suikotsu Mcfarlane y su hijo lideraban la rebelión.
Nadie se amilanó, pese a estar rodeados y bajo el punto de mira de las flechas.
Suikotsu se adelantó unos pasos, a bordo de su caballo. Debía hablar él. Nadie más que él podía hacerlo.
Lo hizo sin despegar la mirada de los seis hombres del Concilio que observaban desde arriba.
—¡Yo soy Suikotsu Mcfarlane del Clan Mcfarlane! Y soy yo quien ha encendido las almenaras de las montañas altas, llamando a la leva de todos los clanes que juraron lealtad a mi clan hace cientos de años
—¡Bajad las armas y entregaos! —le gritó uno los miembros del Concilio.
Pero Suikotsu había venido listo para dar hacer valer los juramentos dados un día a su clan.
—Vine aquí, en compañía de estos hombres leales a pedir la rendición del Concilio, quien ha traicionado al Este, entregándose a monarcas extranjeros, sólo por beneficio personal —disertó Suikotsu, sin dejar de mirar a los soldados que lo apuntaban —. Sois hombres del Este ¿Cuánto vale vuestra palabra? Los Mcfarlane nunca fallamos a ella y hemos venido a exigir el cumplimiento de vuestros juramentos históricos.
Bankotsu puso su mano en el mango de su alabarda. Y tenía completa atención en los movimientos, en caso de tener que actuar.
Las manos de algunos soldados temblaban ligeramente ante el discurso de aquel hombre que portaba las legendarias alegorías que representaron al Este, a una época más gloriosa. Imposible era no rememorar los cuentos de antaño, que narraban algunos ancianos sobre aquel tiempo, cuando el Castillo de Luxur era ocupado por un gran líder de aquel clan. Cuando no dependían de otros reinos para defenderse y su ejército, su gente, su pueblo emanaban puro orgullo de lo que eran.
—¡Sois hombres del Este! ¿De verdad matareis a vuestro autentico rey? Solo porque he venido aquí a reclamar la mala gestión de los senescales que se sientan en el palacio de Luxur, el hogar ancestral de mi Clan —alegó Suikotsu, y allí decidió ser más duro, al notar el brillo de duda en varios de los soldados —. ¿Es que no tenéis orgullo, esteños? ¿pensáis que el Norte iba a estar siempre para defendernos? ¡No!, estamos solos y rendidos a los que el Concilio quiera hacer con nuestro pueblo, con vuestras mujeres y nuestros recursos.
Notaba que la duda iba subiendo de tono en los hombres.
—Así que os preguntaré una vez más ¿fallareis hoy a vuestra palabra en pos de unos senescales que pretender vender a vuestro reino?
—Ya he perdido la paciencia ¡matadlos a todos! —ordenó a los gritos uno de los nobles del Concilio.
Pero nadie movió un dedo.
Bankotsu y los hombres igual se pusieron en guardia.
Sorpresivamente uno de los nobles que estaban mirando desde el balcón bajó hacia donde estaban las puertas, caminando hacia Suikotsu.
Era del clan Robertson.
Tenía una espada en la mano.
Sin dejar de mirar a Suikotsu, quien seguía sobre el caballo, puso en alto su espada.
—Siempre oí cuentos y leyendas sobre que algún día el rey legitimo regresaría y que los senescales deberíamos devolver el trono. Nunca pensé que volvería a servir a un rey, pero soy consciente de los juramentos que mi clan hizo al vuestro hace cientos de años —la voz de Lord Robertson parecía que se quebraría, pero mantuvo su firmeza para terminar su propio discurso, que sorprendía a sus compañeros senescales que aun miraban desde arriba y a los soldados comunes que rodeaban —. No defraudaré la palabra de mi clan, y os ruego el perdón a Suikotsu ¡el rey del Este! Por el nombre del clan Mcfarlane —arrodillándose y clavando su espada.
Suikotsu le hizo un gesto con la cabeza a Robertson, aceptando sus palabras, pero el movimiento hecho por aquel senescal fue detonante para que los soldados que los rodeaban tomaran la decisión que sus corazones los llamaban a hacer.
Como si fuera una cuerda automática, el ruido de los arcos y flechas cayendo al suelo, el sonido de las espadas clavando el piso y los hombres arrodillándose ante Suikotsu hizo eco en todo el lugar.
Hombres que nunca creyeron encontrar un rey en sus vidas, pero que sus conciencias le compelían a aceptar por las nobles razones prodigadas.
No sólo por los antiguos juramentos y el valor de las palabras.
Sino porque el Concilio había hundido al Este y de ultima, lo estaba traicionando, vendiéndola a un tirano como el señor del Sur, quien era conocido por sus oscuras alianzas con los salvajes.
Además, no podían esperar ser rescatados siempre por su vecino del Norte, ahora liderado por una reina que tampoco traía estabilidad a la región.
El Este recuperaría su orgullo y no se hundiría.
El rey había vuelto.
—¡Por el clan Mcfarlane!
Los miembros del Concilio que aún estaban en el balcón al ver la masiva juramentación de lealtad no tuvieron más remedio que intentar huir.
Fueron detenidos al bajar.
—¡En nombre de nuestro rey del Clan Mcfarlane, quedáis bajo arresto por traición a la patria!
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—Si madre estuviera aquí ¿sería reina del Este? —preguntó juguetonamente Bankotsu al quedarse a solas con su padre, recorriendo las estancias de Luxur.
Hace tres horas se había dado aquel juramento masivo en el patio y Suikotsu fue nombrado rey, recibiendo el voto de todos, con excepción de los senescales que fueron apresados.
—Dudo mucho que tu madre acepte —rió Suikotsu, recordando a Midoriko.
Bankotsu observaba desde los ventanales, como eran enarboladas en las torres las banderas de los Mcfarlane.
—Hoy cuando cabalgábamos juntos, pude sentir a Hiten con nosotros.
Suikotsu, quien estaba observando algunos papiros, los dejó sobre la mesa.
—Y lo estaba, porque yo también lo sentí —el nuevo rey se acercó hacia Bankotsu, colocando una mano sobre el hombro de su hijo
Bankotsu no pudo evitar que sus ojos se cristalizaran al recordar a su hermano fallecido.
—Justamente por su memoria, y por los hombres que hoy me nombraron rey, es que debemos prepararnos para la guerra. Tengo mucho que organizar aquí y mucha gente que recibir.
—Yo estaré contigo, padre.
Suikotsu meneó la cabeza.
—Quiero que vuelvas al campamento de Kagome en el Bosque Negro, nosotros ya logramos lo que queríamos y ahora debes ayudarla a recuperar su hogar. Porque ahora el Este está rodeado de enemigos, pero si el Norte es recuperado por Kagome, tendremos un enemigo menos.
—Necesitas mi ayuda para organizar las cosas aquí —observó Bankotsu
Pero Suikotsu lo detuvo.
—¿Acaso refutarías la palabra de tu rey?
Bankotsu sonrió. Era cierto. Suikotsu ya no era solo su padre, sino su rey y le estaba dando una orden directa.
—Kohaku y Jakotsu estarán felices de alistarse a tus filas. Me iré tranquilo si ambos se quedan aquí, porque tendrás mucho trabajo por delante.
Suikotsu asintió con la cabeza.
—Volveré en cuanto sea seguro. Ya quiero ver la cara de madre, cuando le cuente que el rey del Este ha vuelto.
—Midoriko entenderá mejor que nadie la ventaja estratégica, por sobre todo —comentó Suikotsu, sonriendo y pensando en la particular madre de sus hijos.
—Me marcharé esta misma tarde para llegar lo antes posible. Las noticias de la toma de Luxur por el clan Mcfarlane estará llegando por todo Oriente ya.
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La toma del Este resultó sin sangre y con alto acatamiento. Que volviera a ondear las banderas de Odín en runas implicaban un drástico cambio de la noche a la mañana con la ascensión del rey.
Suikotsu, conocido como médico rural, pese a su vida tranquila y montañés, era un hombre inteligente y cauto. Organizar su nuevo gobierno era algo que le tomaría mucho tiempo, pero era preferible eso que estar supeditados a los mandatos del Concilio, vendido a las estratagemas de un peligroso dictador como Naraku, con ambiciones expansionistas que aterraban a la región, con sus alianzas salvajes.
Los hombres del Este debían recuperar su honor y orgullo.
Suikotsu nunca fue un hombre ambicioso, pero entendía el poder de los juramentos, el valor de la palabra y la responsabilidad de su clan.
Era el heredero legítimo de los Mcfarlane, y luego de él, su propio hijo Bankotsu.
Tamaña responsabilidad para su hijo, pero Suikotsu estaba seguro que Bankotsu aprendería rápido.
Suikotsu añoró la presencia de su hijo Hiten, que falta le hacía.
Probablemente extrañaría su vida tranquila, pero Suikotsu era un hombre de juramentos, como lo eran gran parte de los esteños que le rindieron lealtad, en nombre de la palabra dada hace cientos de años, cuando los primeros Antigua Sangre posaron sus pies en esta región.
Debían rearmarse y estar atentos.
Una guerra se avecinaba y debían estar listos para proteger al Este.
Confiaba que el carisma de Kagome y la valía de su fuerza bélica, finalmente tomara al Norte.
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Las noches en el Bosque Negro eran frías. Tanto vivir por los caminos de otros sitios, Kagome había olvidado las brisas nocturnas de su tierra natal.
La joven estaba en el balcón del castillo que fuera de su familia, con el rostro adusto.
Habían recibido en la mañana cartas desde el Norte donde Kikyo intimaba a la falsa reina a abandonar la casa de su amado padre o de lo contrario, ordenaría una invasión de su ejército.
Las noticias volaban y era obvio que Kikyo sabría de que ella había ganado la plaza. La sangre le hervía cada vez que pensaba en esa mujer, que había ayudado en la destrucción de su familia.
A pesar de que Midoriko una vez le habló de que la venganza no debía ser el leiv motiv de su vida, Kagome sabía que debía cobrarle a Kikyo, sus horribles acciones.
A pesar de la dura carta de Kikyo, no era eso lo que la tenía con desanimo.
Los exploradores trajeron la noticia de que en el Sur convocó a su ejército y se estaban abasteciendo velozmente, preparándose para una campaña. No fueron vistos hordas salvajes en las cercanías, así que lo que fuera que estuviera preparando Naraku seria con su ejército.
¿Qué pensaban atacar?
¿Tomar el Este o el Norte?
Solo sabía que se venía una gran batalla por delante y debía estar preparada, lo mismo que sus efectivos.
Aun no tenía noticias confirmadas del Este y de la rebelión encabezada por el clan Mcfarlane para recuperar el trono del Este.
Kagome se llevó una mano al pecho.
Esperaba que Bankotsu estuviera a salvo.
La joven no podría soportar que algo le ocurriera. Aún tenían tanto que hacer juntos. Él fue el primer hombre que creyó en ella.
Era el hombre que ella amaba y que necesitaba a su lado. Se sentía poderosamente segura y a salvo cuando él estaba cerca.
—Regresa a mí, Bankotsu…—murmuró la joven
Como si la providencia le leyera la mente, el cuerno del Castillo empezó a sonar.
—¡Abrid las puertas! —oyó la voz del capitán de la guardia.
Un solitario jinete entraba al patio del castillo, y porque fue reconocido es que lo dejaron entrar.
Kagome se arrimó al barandal y su corazón se alivió cuando reconoció al hombre que bajaba del caballo.
Bankotsu había vuelto.
El joven volteó la cabeza y su mirada se encontró con la de Kagome. Él le sonrió y ella no pudo evitar que sus piernas se le pusieran a temblar.
Tantos días extrañándolo y deseando su bien, que ahora lo veía llegar a todo galope, fue un gran alivio.
Hizo uso de toda su fuerza de voluntad para evitar salir corriendo a recibirlo.
Sería poco digno que una reina como ella hiciera eso en público.
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Cuando su padre le autorizó a venir, Bankotsu cabalgó de continuo para poder llegar cuanto antes al Bosque Negro. Del hombre con ropas con mercenario que se había ido, ahora regresaba vestido con ropas oscuras y con el emblema del Odín en runas que era el símbolo de los Mcfarlane.
No sabía si Kagome estaba a estas alturas, enterada del éxito de su rebelión, lo cual coadyuvaba a sus propios objetivos, porque el Este pasaba a convertirse en aliado,
Cuando le abrieron las puertas del castillo, lo primero por inercia fue mirar para arriba, buscando inconscientemente a Kagome. Como si estuvieran conectados, ella estaba afuera mirando también.
La profunda emoción que sintió al sentir la conexión en sus miradas hizo que su corazón empezara a latir más de prisa.
Apenas tuvo tiempo de entregar su caballo al mozo, saludar a la guardia y pedir ver a la reina.
En otros casos no lo hubieran dejado entrar a los aposentos de la soberana, pero Koga, quien lo recibió, sabía que su reina y Bankotsu tenían una relación cercana, y que el hombre no precisaba tantos formalismos. Por eso es que Bankotsu fue conducido de inmediato a la cámara de la reina.
Cuando la puerta de abrió, fue como si el resto de las personas dejaran de existir. Los guardias que custodiaban la puerta o las damas de compañía que pasaban por enfrente.
Nadie existía más.
Ella estaba junto a la ventana, vestida con un simple camisón, el rostro sonrojado por el calor de la chimenea, las mejillas arreboladas y aún más hermosa de lo que la recordaba en sus sueños constantes sobre ella. Porque siempre soñaba con Kagome.
No necesitaron más palabras y Kagome corrió a los brazos de él, para ser cobijada en aquellos fuertes brazos que sólo anhelaban volver a tenerla.
Bankotsu tuvo el tino de cerrar la puerta con el talón del pie, antes de recibirla.
Apenas el aroma de ella le entró por las narices, se sintió en paz.
Ver su hermoso cabello rojo y arropar su cuerpo, era más de lo que sentía que merecía.
Y la besó, por toda la cara, recorrió sus labios en ambas mejillas y saboreó el calor de sus labios.
Ella se entregó a aquellas caricias, con todas sus ansias despiertas. Bankotsu se sentía incapaz de esbozar alguna palabra. Y justo por eso, sentía que su cuerpo debía hablar por él, y decir las promesas que no podía vocalizar en este momento.
Ella estaba igual. Así que se dejó llevar por el deseo.
Bankotsu la cargó entre sus brazos, procurando no imprimir brutalidad en sus movimientos. Lo que menos deseaba era asustarla con alguna muestra de escaso autocontrol.
Sin dejar de besarla, la llevó al lecho como si fuera una recién desposada. No tardó en arrojarse sobre la joven, quien lo recibió en todo su esplendor, mientras él desataba los cordoncillos de su camisón y arrojaba sus propias ropas al suelo.
En pocos segundos, descubrió por completo la desnudez de Kagome. Bankotsu se detuvo unos segundos para admirar la hermosa figura de aquella mujer que se le entregaba sin reservas.
Un cuerpo blanco, curvilíneo, iluminado por la luz de las velas, dándole un aspecto tierno y tenue, que hizo que él la deseara aún más.
Ella estaba con las mejillas arreboladas por la examinación, pero no pensaba echarse para atrás, y abrió piernas, descubriendo sus firmes muslos como una invitación para recibirlo.
Él entendió la impaciencia de Kagome y se desabrochó los pantalones de prisa, deshaciéndose de la camisa.
Ella paseó su mano desde el pecho desnudo pasando por el firme y marcado abdomen de Bankotsu. Él ya no pudo resistirlo y se arrojó a ella, para poseerla en ese mismo momento.
Bankotsu hizo el amor con Kagome aquella noche, con el certero convencimiento de que la amaba aún más que antes.
No fueron necesarias palabras ni promesas dichas.
Sus cuerpos se encargaron de modular la voz cantante entre ambos amantes.
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—Sabia, en el fondo de mi corazón, que tendrían éxito —comentó Kagome.
Estaba desnuda, en los brazos de Bankotsu, luego de haber vibrado entre sus brazos durante toda la noche. Cuando se relajaron, él le contó todo sobre la campaña de los Mcfarlane.
Ella también lo puso al tanto del último movimiento informado de Naraku.
Él acariciaba la mejilla de la mujer, como si tratare de una niña pequeña, absorto aun, luego de todo lo que habían compartido esa madrugada.
—Pero prometí que volvería a ti, en cuanto me fuera posible.
—Siempre has cumplido tus promesas conmigo, aun desde la época en la que me odiabas —recordó ella.
—Y ahora que te amo, sabes que no te fallaré —rió él, besando la frente de Kagome.
Pero a pesar del momento intimo que estaban viviendo, Kagome tenía que pedirle algo.
—Probablemente este sea el único momento tranquilo que tengamos.
—Como la calma que precede a la tormenta —completó él —. Se viene una batalla.
Ella asintió, incorporándose un poco para mirarlo a los ojos.
—Por eso mismo, solo puedo pedirte esto a ti.
—Sabes que haría todo por ti —prometió él.
—Si Naraku ataca el Norte con toda su fuerza, el Norte podría no resistir. Es por eso que quería pedirte, que te adelantes e infiltres, para poner de sobre aviso y que el pueblo pueda resguardarse dentro de los castillos. Yo y mi ejercito usaremos el tiempo que tu ganes, en abastecernos en forma, pero te juro por los dioses, que llegaremos.
Bankotsu entendía la petición de Kagome, porque conocía las habilidades de él de infiltración, quizá no tan buenas como Kohaku, pero ella confiaba mucho en él.
Esto implicaba que debía ponerse en marcha cuanto antes, para entrar al Norte donde debía pasar desapercibido y más porque sobre la cabeza de Bankotsu pesaba una orden de busca y captura por ayudar a la falsa reina.
—Estoy segura que Naraku no atacará el Este de momento, ya que querrá tomar el Norte, y le servirá como punto estratégico para otras invasiones. No oímos noticias de que Kikyo se vaya a casar con él, y Naraku estará furioso y despechado. Irá con todo contra el Norte.
El rostro de Kagome se descompuso al pensar en pensar en las acciones de Kikyo.
—Ella no ayudará a nadie, mientras se ponga a salvo.
Él tomó la mano de ella y se lo besó. Más que nadie entendía su preocupación atendiendo la ambición de Naraku y la crueldad de Kikyo.
—Sangre de mi sangre, sabes que estoy contigo.
Bankotsu no precisaba ni quería de explicaciones. Él marcharía solitariamente al Norte para cumplir este deseo de Kagome, que además tenía bastante sentido.
De los detalles logísticos, él ya podría conversar con Koga, quien lo aleccionaría sobre quien o quienes podrían ser las personas a quien él podría dirigirse y mostrarse sin temor a ser ejecutado por Kikyo.
—Podríamos planear —quiso decir ella, pero él la interrumpió.
—Déjame los detalles a mí —susurró él —. Lo que queda de esta madrugada, simplemente pasémoslo juntos, que no sabemos cuándo volveremos a tener tiempo para nosotros antes de la batalla.
Kagome ya no volvió a hablar de la estrategia de guerra.
Bankotsu tenía razón.
Era este corto tiempo que tenían, su único momento para amar.
CONTINUARÁ.
Gracias por haberme esperado, no sé que decir.
Cada que me acerco al final, me pongo en plan de hacerlo más despacio, le contaba que este fic tendrá 29 episodios. Haré lo posible que como compensación, el 24 salga el domingo o lunes cuando mucho.
Besos a mis KARLA YUMAIKA, FRAN GARRIDO, ISADI, CECILIA PONCE Y KAGOME TAISHO SHIBA por sus comments del 22
Las re amo.
Y en el 24 pasará algo definitorio.
Paola.
