INUYASHA NO ME PERTENECE, PERO LA TRAMA SI, SÓLO HAGO ESTO DE DIVERSIÓN
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LA REINA DEL NORTE
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CAPITULO 24
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—Sus ordenes han sido claras, su Majestad —observó la fiel Justicia del Sur, Byakuja a su amo.
Naraku estaba sentado en el despacho, donde acostumbraba firmar los papiros y decretos reales.
La noche anterior fue determinante, porque tomó la transcendental decisión de enviar el grueso de su ejército con veinte mil efectivos a marchar contra el Norte.
Las comandas eran la de tomar el castillo, saquear y matar al pueblo adyacente que vivía cerca del gran Castillo del Norte.
Si sobrevivía alguien, para seguir así debían arrodillarse y jurar lealtad a Naraku, como su nuevo rey conquistador.
Kikyo debía ser traída con vida. Esa maldita mujer quiso jugársela, y él no pensaba perdonarle. También fue claro que la madre de la joven, Varra, debía ser ejecutada allí mismo.
El resto del personal que vivía en el Castillo también seria ejecutado, y eso incluía a la madre loca del difunto rey Inuyasha, quien vivía encerrada en un habitáculo del Castillo.
Ocupada la gran plaza del Norte, tendría un fuerte para detener el ataque de la falsa reina, a quien pensaba hacer colgar en cuanto la atrapara.
Naraku tenía mucha confianza en sus planes, no solo por la inferioridad numérica de los norteños, sino por su desorganización.
El ejército actual no es lo que era antes, serian presa fácil ante la disciplina férrea y fuerza de los sureños.
El orgullo norteño fue pasmado hasta los cimientos, luego de la masacre bárbara, que fue orquestada por él. Le ponía de un humor terrible que los norteños atrapados en el Gran Peñasco pasaron a las huestes de la falsa reina, quien se decía cabalgaba un caballo alado.
En el Bosque Negro, una plaza que él pensaba tomar, ella lo tomó primero y sin sangre. Quizá después de todo, la mujer de Inuyasha y autentica heredera realmente sobrevivió a la masacre. No importaba, apenas la cogiera, la haría ejecutar en el mismo campo de batalla, para no darle oportunidad de escapar y crear un nuevo tumulto, huecos de personas que quisieran reclamar el trono que él tomaría.
Naraku se excitaba de pensar que él regiría casi todo Oriente. Luego del Norte, arrasaría con el nuevo gobierno del Este, que acababa de instalarse luego del golpe de estado que derrocó al Concilio, esa panda de debiluchos. Para el Este, ya tenía planes en marcha, para debilitarlos antes de la batalla. Tres reinos para él solo.
Ya cuando se sintiera invenciblemente poderoso, se encargaría de ese petulante del Oeste, y sobre todo apoderarse de sus riquezas. Con este proyecto, Naraku sería más cuidadoso, porque aquellas tierras estaban pasando el mar y necesitaba barcos, cientos de barcos para invadirla.
Naraku, el conquistador. Así lo conocerían todos.
Y cuando tuviere todos los reinos orientales a sus pies y por sobre a los recursos, arrasaría con los salvajes, esa escoria con la que tuvo que aliarse por cuestiones estratégicas y alcanzar que muchos le temieran.
Su propio pueblo le temía. Los pueblos del Sur le tenían pavor a su propio monarca.
No podía importarle menos.
—Que nadie me moleste, salvo para traer noticias de la victoria en el Norte —ordenó con voz dura —. Y no olvidéis las ordenes que os he dado sobre la escoria trepadora del Este.
Byakuja le hizo una reverencia, asintiendo la orden y lo hizo sonriendo.
Horas oscuras se venían para el Norte, aún más que cuando fueron atacados por barbaros meses antes.
El rey del Sur había ordenado su invasión y genocidio a los que no se rendían ante su poder.
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Miroku pasaba revista a las tropas. A pesar de la fortaleza que aparentaba, se encontraba desesperado. Tenían doce mil efectivos a disposición, pero no acababan de organizarse. Luego de la caída de los principales capitanes durante la masacre, asi como la perdida de los más avezados en el Gran Peñasco, las fuerzas militares del Norte podrían no ser rival para el disciplinado ejercito sureño que fue visto.
Pero Miroku no pensaba traicionar la confianza de su reina.
Así que se esmeraba en preparar las estrategias de batalla, que cuando se las presentó a la reina, ella las aprobó. De todos modos, Kikyo no parecía tener ningún conocimiento militar.
Pero Onigumo, la Justicia de la Reina no se la puso fácil.
—No habrá prisioneros de guerra, todos deben ser ejecutados —observó Onigumo
En el salón del trono, estaban Kikyo sentada, con Varra a su lado. Onigumo y Miroku completaban el cuadro.
Miroku no estaba de acuerdo en las ejecuciones sin juicio, pero era evidente que tendría que obedecer las prerrogativas reales y de Onigumo.
—Sacad a todos de los interiores del castillo, todos deben ser desalojados, para dar lugar al posicionamiento del ejercito —refirió Onigumo
—No os preocupéis, milord, las personas serán reubicadas en las cuevas internas del castillo, he hecho llamar a todos para cobijarlos dentro, y así usaremos los exteriores para el posicionamiento de los arqueros —señaló Miroku.
Pero la respuesta de Onigumo, le heló el corazón.
—¿Y quién se ha creído usted para meter a la chusma a las cuevas internas?, no tiene órdenes para aquello. La reina me ha encomendado la defensa de nuestra ciudad y eso implica principalmente, protegerla a ella de los invasores ¿acaso olvidáis la masacre que acabó con los Taisho? Así que desalojad a todos, que se escondan en los bosques, en donde sea, pero no aquí.
Miroku se horrorizó con la respuesta, así que decidió apelar a Kikyo, quien estaba sentada sin hablar.
—Su Majestad, mantener a vuestros súbditos en las cuevas interna los tendrán a salvo.
La mujer lo observaba curvando sus labios. Sus ojos lucían fríos.
—El Norte no volverá a caer, por proteger a la chusma y meterlos en el interior del castillo, la familia real quedó desprotegida en el pasado ¿acaso queréis cometer el mismo error? La casa Taisho se extinguió por la ineptitud de los soldados, Vuestro deber es protegerme a mí, soy su reina —ordenó Kikyo y conociendo el espíritu leal y culpable de Miroku, añadió —. ¿Acaso no me hicisteis ese juramento?
Miroku se apresuró en arrodillarse ante Kikyo. La verborrea de ella fue certera porque recayó directamente en el sentimiento de culpa que sentía por no haber podido proteger a la familia real y recordaba su apasionado juramento a Kikyo. Pero le horrorizaba la orden de dejar al pueblo atrás.
Cuando Kikyo volvió a dirigirle una feroz mirada, Miroku asintió.
—Se hará como ordenéis, Majestad.
Dicho eso se retiró, pero sentía en su espada la mirada juzgadora de Onigumo, quien no confiaba en él y parecía detestarlo.
Pero no tenía más remedio que obedecer.
Con esta nueva orden, se rompía la idea original de Miroku de salir al encuentro de las fuerzas enemigas y presentar batalla, sino que debían atrincherarse dentro, sin importar que los invasores quemaran los pueblos aledaños y, en consecuencia, mataran a sus pobladores, porque la reina prohibió su entrada en los castillos.
Norteños que quedarían indefensos ante la máquina de guerra sureña invasora.
De nuevo, Miroku ponía en balanza su consciencia y su lealtad.
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Suikotsu acabó de prepararse para salir. Habia sido juramentado, pero un monarca que tomaba el poder, debía mostrar su rostro al pueblo común y, sobre todo, prepararlo para negras horas que se avecinaban. La guerra les pisaba los talones y Suikotsu no quería ser tomado desprevenido. Pero además de organizar la fuerza bélica de su patria, debía concientizar a sus nuevos súbditos. Y por ello organizó una marcha para hacer una gira por las aldeas.
Lo acompañarían un contingente, que lideraban Kohaku y Jakotsu.
No solo por sus habilidades, sino porque Bankotsu les confió la vida de su padre mientras él marchaba a apoyar a Kagome en su cruzada.
En la gira, encontraron apoyo, porque como buenos esteños entendían la ineptitud y corrupción del Concilio. Aunque también hubo diferencias, que Suikotsu oyó atentamente.
El jefe de un clan de una aldea baja si bien aceptó y juramentó por Suikotsu, reclamó la ausencia de Bankotsu, el hijo del nuevo rey y que, en vez de quedarse a preparar a las fuerzas, marchó a ayudar a una mujer extranjera, que además estaba reclamando un trono ya ocupado.
—Debéis tener claro que la mayor parte del Oriente debe estar unido. La extranjera, como le decís, y que reclama el trono norteño es nuestra aliada, como antaño fueron los Taisho. Sin ella, quedaremos solos en la región en el medio de los salvajes y de Naraku del Sur. El Oriente debe estar unido más que nunca, si deseamos que la civilización sobreviva.
Ante tamaño discurso, nadie más volvió a reclamar la ausencia del nuevo príncipe heredero.
La cuadrilla de hombres, lideraba por Suikotsu prosiguió su gira, y cuando se adentraron a una de las zonas boscosas, ocurrió algo, que hubiera sido mortal, de no ser por los sentidos de Kohaku, quien se arrojó sobre Suikotsu para moverlo saltando desde un caballo a otro.
Un par de flechas, lanzadas de algún lugar incognito se dirigieron a la humanidad de Suikotsu, quien acusó un impacto, mientras el otro fue desviado por la habilidad de Kohaku.
—¡Proteged al nuestro monarca! —ordenó Jakotsu, quien, atendiendo la trayectoria de la flecha, hizo una seña a unos soldados que lo siguieran a atrapar a quienes emboscaron a Suikotsu.
Finalmente se determinó que la herida no era mortal, pero el impacto fue en el hombro y además de dolorosa, implicaba la incapacidad de Suikotsu de portar su espada o pelear, por el reposo que él mismo, como médico, entendía que debía hacer.
—Si encontráis a los causantes, ejecutadlos allí mismo. Nuestro reinado acaba de empezar y mala forma si es con un atentado sin consecuencias para los ejecutantes. Antes procurad que revelen a sus contratantes, en caso de ser mercenarios —ordenó Suikotsu, quien acabó la gira en litera.
—Tal vez no quieran revelarlo —adujo Kohaku, quien terminaba de vendar la herida del rey esteño.
—Igual sé de quién podría tratarse y no es alguien del Este. Con la gira que estamos haciendo me ha quedado claro que los clanes son fieles y apoyaran este nuevo gobierno.
Suikotsu ordenó volver a Luxur, para recuperarse de las heridas. Pero era lo suficientemente listo como para entender que aquel intento de asesinato fue un claro mensaje del rey del Sur.
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Bankotsu escondió su enorme alabarda en el Bosque antes de entrar a la capital del Norte, sede del Castillo y gobierno.
Ya por el camino, había visto desesperanza en los aldeanos, desconcertados y con miedo, por la incertidumbre. Ya era de público conocimiento que un ejército sureño marchaba al Norte y los aldeanos no recibieron instrucciones ni llamados a resguardarse. Algunos entendían aquello como estrategia de la reina.
Bankotsu apresuró a su caballo para llegar cuanto antes a la capital.
Además, se enfundó con una capa y una cofia, para que no se viera su rostro. Sabía que, sobre su cabeza, pesaba una orden de busca y captura en el Norte, por estar ayudando a la falsa reina, como bautizaron a Kagome en la campaña que Kikyo instauró para desmeritar la validez de su reclamo.
Aún estaba pensando en sus planes, cuando apenas pisó la capital norteña, un clima desolador lo recibió.
Gente huyendo en carretas, otras gritando pidiendo ayuda en las puertas del Castillo y un desorden general provocado por la desazón.
Bankotsu dejó su caballo y se adentró a oír los gritos.
—¡Dejadnos entrar, por favor!
—¡Esos hombres nos aniquilaran a todos, os los suplicamos!
Bankotsu aprovechó su tamaño, para hacerse camino en medio del gentío.
Y recorriendo la zona, pudo notar lo que era más que claro. Kikyo ordenó cerrar las puertas de los castillos y expulsó a todos lo que estaban en los patios. Alzando un poco más la vista por las atalayas, notó que estaban repletas de soldados.
Bankotsu comprendió enseguida que la estrategia de defensa sería la de atrincherarse dentro, esperando al enemigo. Sin mover tampoco un dedo por ayudar a los pobladores, que, por el camino de los invasores, sufrían sus desmanes.
El joven meneó la cabeza. Kikyo era más cruel de lo que pensaba y aunque así lo fuera, también estaba mal asesorada.
Atrincherarse no les ayudaría. Podrían resistir, eso era cierto, pero no por siempre. Debían mostrarse al frente y presentar batalla.
Pero Bankotsu ya no debía perder tiempo. Tenía que entrar e infiltrarse dentro del castillo.
Koga le había entregado un mapa de los túneles que estaban por debajo del castillo, y que empezaban en la parte donde estaban las ruinas del otrora palacio de los delfines, destruido durante el ataque bárbaro.
Nadie conocía de ellos, salvo un grupo muy reducido de personas, como Koga, a quien el mismo rey Inuyasha le entregó esa información, al nombrarlo uno de los capitanes.
Koga, en su juramento, también prometía jamás revelar aquella estratégica verdad.
Pero el rey estaba muerto ahora y Koga entregó aquella información, por el apremio de la situación. Él había jurado ante Kagome.
En ese momento, un sonido diabólico de un cuerno se hizo eco en el sitio.
Eran cuernos del Sur, y que anunciaban la llegada del ejército.
Bankotsu se cubrió aún más la cabeza y enfiló directamente hacia las ruinas del palacio de los delfines.
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Desde el balcón más alto, Kikyo, acompañada de Varra y Onigumo, observaba el avance de las tropas sureñas.
Kikyo procuraba infringirse toda la frialdad posible, pero lo cierto es que el sonido de los cuernos sureños la aterrorizaban y más cuando los veía acercarse en gran número.
Naraku mandó a toda su fuerza, con decisión de aplastarlos a todos.
Varra tragaba saliva. Sus dotes de bruja no compensaban el miedo que le daba una venganza real y palpable como él que les enviaba Naraku, a quien habían burlado.
La mujer siempre supo que era un enemigo de temer, pero no contaba que Kikyo lo subestimara tanto. Varra era lerda en estrategias, pero era consciente de que ahora mismo, esos hombres del gran Peñasco, de los que Naraku pidió deshacerse, ahora le serían muy útiles.
Si tan solo hubiera podido regir sobre Kikyo, su rebelde hija. Por hacer lo que le vino en gana, ahora estaban atrincheradas.
Onigumo no era tampoco alguien versado, pero era los suficientemente listo para saber que su cobardía no le permitiría permanecer sitiado en este lugar.
El ejército norteño tal vez resistiría dentro, pero estarían acorralados y asediados. Maldijo su decisión de hacer aquello, hubiera permitido que las fuerzas norteñas, los doce mil hombres que tenían ahora mismo, luego de haber hecho alistar obligatoriamente a todos los hombres y muchachos incluso adolescentes que encontraron, salieran a presentar batalla.
Pero una mejor idea le vino.
Podían huir al Oeste.
Aprovechar la lucha y abandonar el lugar. El Lord del Oeste daría asilo a Kikyo, quien se suponía era su prometida.
A Onigumo no le daba gracia que ella se casara, pero si implicaba una ayuda, el sacrificio valdría la pena. Se puso junto a Kikyo, arrodillándose.
—Mi reina, aprovechemos la distracción del asedio, para huir al Oeste. Podríamos permanecer meses aquí, sitiados.
Kikyo, quien lucía descorazonada, apretó los puños.
—Fue vuestra, la estúpida idea de atrincheraros.
—Sí, pero podéis dejarlos aquí y huir al Oeste, y traer la fuerza bélica de allí. El ejército resistirá adentro, aunque el asedio dure meses, pero lo suficiente para traer al ejercito del Oeste.
Varra se impacientó.
—¡Podríamos tardar casi tres meses en volver!
—Dejadlos, mi reina. Por favor, oíd lo que os digo, lo mejor que podéis hacer es huir. Y aunque tardéis tres meses en regresar, al hacerlo, aplastareis a todos esos sureños. No neguemos que morirán muchos norteños, protegiendo durante el sitio, pero eso no es de vuestro interés, ya que lo único que importa es mantener la corona —agregó Onigumo.
Kikyo volvió a mirar allí abajo. El panorama era terrible.
Tenía los labios temblorosos. Pero no abandonaría su trono, aunque fuere momentáneamente.
—La ciudad no caerá, van a defender a su reina.
Onigumo negó con la cabeza.
—No olvidéis que ya Naraku hizo caer la ciudad una vez. Os lo ruegos, poneos a salvo, mi reina.
Los arqueros se estaban preparando en primera línea para iniciar el ataque.
El capitán del ejército sureño había enviado una misiva de Naraku, exigiendo la rendición y estaba esperando la respuesta a la nota.
Tenía órdenes de su señor de invadir, si la rendición no era tomada por Kikyo.
La reina norteña, por supuesto, rechazó aquella exigencia.
El capitán sureño meneó la cabeza. daría la orden a la primera línea de arqueros que iniciaran la lluvia de flechas hacia el castillo.
El Norte, de nuevo, estaba a punto de ser atacado, cuando aún no se recuperaba de las sangrientas secuelas de la primera invasión.
Kikyo vio reflejado en sus retinas, las sombras de las flechas que se arrojaban al Castillo.
El ataque de venganza de Naraku había comenzado.
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Bankotsu alcanzó a sortear los túneles y logrado ingresar al interior del castillo. Como Koga le adelantó, la entrada daba al área de los vestidores de los soldados norteños. Además, le dio oportunidad de cambiarse sus ropas tan reconocibles y oscuras con el emblema de las runas de Odín, que ahora eran tomadas como insignia de la rebelión del Este.
Vestirse con de soldado norteño, le daría oportunidad de estudiar el campo de batalla, y acercarse a Miroku, el capitán de la guardia norteña.
Koga le había hablado bien de aquel caballero. De sus dotes honorables y a quien podría hablársele.
El ataque sureño empezó con un ataque de flechas, que mientras Bankotsu avanzaba tuvo que cubrirse con un escudo. Era un infierno y la estrategia de atrincherarse era terrible, por el terrible asedio que sufrirían. Sin contar los cercos y bloqueos al pueblo común que huía de la guerra.
Finalmente, luego de varias vueltas, finalmente pudo acercarse al tal Miroku, quien lucía francamente desesperado, dirigiendo la defensa.
Lo oyó dar órdenes. No era malo en ello, pero las directivas que recibió lo supeditaban.
—¡Pelead por nuestra tierra y nuestra reina! ¡El Norte no volverá a caer! ¡Escudos al frente! —gritaba Miroku, insuflando animo a los guerreros, e intentar repeler las flechas.
Finalmente, en un momento, Bankotsu decidió acercársele.
—¿Y dejareis a vuestro pueblo morir afuera?
Miroku volteó a mirar al hombre que le hablaba. Equipado con ropas de soldado norteño, y no lo reconoció. Le tenía un aire conocido.
—Si me escucháis por un momento, podré ayudaros.
—¿Quién sois? —increpó Miroku
—Traigo un mensaje de la reina legitima, que no desea que su pueblo sufra, por causa de las malas decisiones de la usurpadora. Abrid las puertas al pueblo.
Con aquella revelación, Miroku entendió, dio un paso atrás y sacó su espada apuntando a Bankotsu.
—Sois Bankotsu de Mcfarlane, hijo del hombre que organizó un golpe de estado en el Este y que apoya a la falsa reina —encañonó Miroku, y junto a él, dos de los soldados que estaban con él, también desenfundaron junto al joven capitán de la guardia.
Pero Bankotsu no pensaba darse por vencido.
—Os entiendo y no hay hombre que entienda más que yo en los juramentos. Pero vuestra palabra no vale el apoyar a una mujer que os puede traicionar, quien no dudó en abandonar a valerosos norteños en el Gran Peñasco y que los dejaría en cualquier momento, si conviene a sus planes y bienestar propio. Mirad como ha cerrado las puertas a su pueblo, dejándolos con el enemigo.
Aquellas palabras hicieron mella en Miroku. Aun le pesaba todas las ordenes que tuvo que cumplir, pero había jurado lealtad con su vida ¿cómo dejar aquel voto?
Ya pesaba en su consciencia que no pudo detener la destrucción de la casa Taisho.
—Arrestad a este hombre —ordenó Miroku, con cierto pesar en sus palabras, ya que le recordaba mucho a su fallecido maestro Hiten.
Sabía que eran hermanos y esto hacía que el arresto le doliera aun el doble a Miroku.
—Sois un soldado norteño ¿acaso vuestra palabra principal no es la de defender a vuestro pueblo? ¿vuestra palabra vale la sangre de tantos norteños que morirán? —arguyó Bankotsu, al tiempo que veía que dos soldados se ponían dispuestos a encerrarlo.
—Os arresto por ayudar a conspirar contra la reina Kikyo.
—En vuestro corazón sabéis que la reina legitima es Kagome, y que ella vive. Y vendrá a ayudarlos, en estas horas tan oscuras. Miradme y sabréis que no miento. La auténtica reina, que cabalga el corcel de la gran Brunilda, ella ha pedido que se abran las puertas del castillo a su pueblo. Ella llegará para defender la ciudad —disertó Bankotsu con voz firme, para que todos pudieran oírlo.
En ese momento, como si la providencia estuviera dando un mensaje, alguien gritó.
—¡Un contingente está huyendo por las puertas traseras!
—¿Quiénes? —preguntó Miroku, quien temía algún motín.
El soldado que vino a informar, temblaba al hacerlo.
—La reina, su madre y la Justicia de la Reina, Onigumo. Abrieron los portones traseros y se marcharon y lo único que dejaron dicho a los hombres que custodiaban esa área, es que debíamos resistir dentro y no dejar entrar a nadie.
Aquella noticia hizo trizas a Miroku, y también a los soldados que oyeron la noticia.
Que una reina abandonara a sus huestes, desmoralizaba terriblemente y las tropas empezaron a desesperanzar.
La desesperación comenzaría a circular ante la marcha de la reina.
—¿Es ella a quien confiáis vuestra vida? —aprovechó Bankotsu para decir —. Si no os uniréis a la reina legitima, al menos cumplid con vuestro voto de soldado norteño y abrid las puertas a vuestro pueblo.
Miroku miró a sus hombres, que aun resistían a base de escudos los ataques de flechas, pero desalentados ante la muestra entregada por Kikyo.
La conciencia de Miroku empezó a picarle. Él y todos tenían un voto como guerrero norteño. Y pensar que estos soldados del Norte siempre fueron conocidos como señores de la guerra y de los caballos.
Y ahora estaban encerrados como galletas dentro del castillo, sin dar batalla o presentar pelea a los invasores. ¿Qué clase de cobardes eran?
¿Y estos los que fueran los otroras más temidos caballeros del Oriente?
No era de extrañar que la casa Taisho desapareciera. El pesar del corazón de Miroku lo atormentaba entre la palabra dada a la reina y por el otro ¿ella realmente merecía esa lealtad extrema?
Miroku ya no pudo más.
—Soltad a ese hombre —ordenó a los soldados que sostenían a Bankotsu y luego girando para gritar —. Abrid los portones a la gente, que vengan a por cobijo a las cuevas internas del Gran Castillo, ínterin, nosotros como hermanos norteños de sacrificio que somos, presentaremos batalla a nuestros enemigos. Y los haremos por la memoria de los Antigua Sangre, la muerte, la gloria y nuestra entrada al Valhala.
Gritos de apoyo, incluso algunos cuernos empezaron a resonar en atención al discurso de ánimo de Miroku.
Bankotsu se enorgulleció de aquel joven.
Los enormes portales empezaron a abrirse y una estampida de personas empezaron a entrar desesperados, aliviados de esta ayuda. A la par que estos entraban, las tropas norteñas también comenzaban a salir.
Miroku se puso su casco y luego se acercó a Bankotsu, quien tomaba su espada.
—¿Uniréis vuestro acero al nuestro?
El ex mercenario sonrió.
—Llegó la hora de empuñar juntos la espada —colocando una mano en el hombro de Miroku
Bankotsu lamentó no tener consigo su alabarda, pero este nuevo animo henchido, daría valor y coraje a los norteños para enfrentar a los sureños.
Además, él confiaba en Kagome, que prometió venir.
Miroku, Bankotsu y tantos otros subieron a los caballos, preparándose para salir junto a los otros soldados que ya habían salido.
Los aldeanos entraban, colocándose a salvo, mientras ellos salían a desafiar a la tiranía.
Bankotsu decidió hablar, aprovechando su posición actual, a la compañía de soldados.
—¡No dejéis que os intimide esto! ¡Que aquí solo veo a un grupo de norteños, dispuestos a no dejarse avasallar por el enemigo, por su juramento de proteger a su pueblo! ¡Resistid y enfrentad al invasor! ¡No permitáis que os quite vuestra libertad! —gritó Bankotsu
Aquellas palabras que inspiraban resolución, resonó en las filas norteñas y en oídos de Miroku. Todos sacaron sus espadas y tomaron lugar para atacar de frente al ejercito sureño, quien había hecho el recambio de inmediato, pasando de los arqueros a la caballería.
—¡Avanzad, norteños! —gritó Miroku, al eco del soplo de los cuernos norteños, que comenzaron a resonar en las filas.
El capitán de la guardia sureña sonrió y también ordenó a sus subordinados.
—El rey Naraku ordenó que tomemos el Norte en su nombre ¡matad a todos!
Pero cuando comenzaban el avance, un poderoso relincho se hizo eco desde la altura.
Con el reflejo del sol a cuestas, un enorme caballo blanco con alas, portando una jinete que se balanceaba con el viento. Un viento convertido en promesa.
Una promesa que Bankotsu sabía que se cumpliría. En medio del eco de guerra de miles de norteños que peleaban hoy por su libertad.
Y no lo estaba haciendo sola.
—Kagome…—murmuró Bankotsu, con orgullo de ver a la mujer que amaba.
Miroku, y todos giraron a ver al portentoso corcel y a la jinete de cabellos rojos, que enfundaba una gran espada brillante de Antigua Sangre.
Y no estaba sola.
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Kagome llegó justo cuando los ejércitos del Sur y el Norte estaban a punto de chocar, con inferioridad numérica por parte de los norteños.
Tantos meses de travesía y dolor, y al fin estaba en su tierra.
Kagome no pensaba abandonarlos, aunque ellos no creyeran en ella y la consideraren una falsa reina.
Puso en su alto su espada y gritó.
—¡Nuestros hermanos están solos!
Koga, a bordo de su caballo, sacó su espada.
—Ya no lo están ¡Norteños! —gritó Koga llamando a sus huestes, aquellas que juramentaron por Kagome, que creían en ella. No solo por su legitimidad, sino porque ella tenía la energía que podría liberarlos a todos —. ¡Con la reina! —bramó Koga a sus hombres, vestidos como soldados norteños y que portaban el emblema de los caballos, el árbol y los delfines, que distinguían a Kagome, la verdadera reina.
La joven, a bordo de Granne se puso a la cabeza del ataque, teniendo detrás de ella a seis mil guerreros, bajando desde la altura con toda la bravura del mundo.
Kagome, brillante y brava, lideraba las huestes de la esperanza, que bajaban para ayudarlos.
CONTINUARÁ.
MUCHAS GRACIAS A TODAS LAS NUEVAS LECTORAS QUE SE UNEN, ESTAMOS EN LA RECTA FINAL.
Aqui parece que puede que recuperen el Norte ¿o no?
EN EL SIGTE CAPITULO VEREMOS QUE ONDA CON LAS AMAZONAS Y QUE LES DEPARA A KIKYO, SU VIEJA Y A ONIGUMO, PERO AÚN QUEDAN MUCHOS PROBLEMAS PARA LOS BUENOS.
PROMETO HACER LOS POSIBLE POR ACTUALIZAR LO MÁS PRONTO QUE PUEDA.
MI ABRAZO VIRTUAL PARA MIS KARLA YUMAIKA, FRAN GARRIDO, ISADI, MONSE, IKST por sus comments del ultimo episodio. Y bienvenidas a las nuevas lectoras.
BESOTES.
PAOLA.
