INUYASHA NO ME PERTENECE, PERO LA TRAMA SI, SÓLO HAGO ESTO DE DIVERSIÓN

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LA REINA DEL NORTE

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CAPITULO 25

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Cuando entró a la enorme habitación, Kagome se limpió las lágrimas de los ojos.

Ella tenía muchos recuerdos de ella, pese a lo negativo. Este lugar eran los cuartos de la reina consorte, la que ella ocupó los primeros tiempos de su matrimonio con Inuyasha, antes de ser enviada al desaparecido palacio de los Delfines.

Rememoraba como Kikyo abogó tanto para que nunca las tuviera, cuando era la querida de Inuyasha. El sitio estaba siendo desmantelado. Kagome decidió ir un poco más adelante y cruzar a la gran habitación principal.

La que fuera de su marido Inuyasha, y que en los últimos meses ocupó Kikyo, como reina.

También estaba siendo desmantelado, por orden suya para que fueran cambiados por completo, con nuevos enseres y diseños. De ningún modo quería estar con las mismas cosas que tocara Kikyo. No era un asunto de vanidad, es que le asqueaba profundamente esa mujer.

Kagome no quería que la vieran derramar lágrimas y que vieran aquello como indicio de debilidad y menos en estos momentos cruciales, cuando por fin pudo volver a casa y de modo triunfal.

Decidió buscar cobijo en otras habitaciones, que no tuvieran gente merodeando.

Desde los ventanales podía ver el trabajo arduo en los patios del Castillo y gente que entraba y salía. Muy activos, pese que solo dos días antes se enfrentaron a la invasión.

Eso probaba su punto de que los norteños eran gente maravillosa y que ella estaba orgullosa de pelear por ellos.

Recordaba con detalle su propia llegada cuarenta y ocho horas antes, irrumpiendo con su ejército con ella a la cabeza a bordo de Granne. Nunca antes había peleado de modo tan fiero, aunque los norteños que estaban allí junto a Miroku no podían terminar de creerlo.

Kagome sobrevoló los campos sobre las fuerzas que chocaban. Era cierto que los sureños estaban mejor equipados, pero los norteños no querían perder su hogar y los doce mil soldados de Miroku se vieron revitalizados con la ayuda de sus otros seis mil hermanos norteños que acompañaban a la mujer de cabellos rojos, sobre el caballo con alas y portando una enorme espada Antigua Sangre. La batalla duró menos de media hora, cuando los sureños, sofocados por el deseo ferviente de protección y orgullo de estos norteños unidos, huyeron en retirada.

Murieron muchos sureños en la jornada, otros se dispersaron huyendo y otros tantos prisioneros de guerra.

Cuando el fragor de la batalla se extinguió con una enorme victoria a favor de los norteños, que resistieron ferozmente, Kagome que sobrevolaba por los aires, aterrizó junto a Granne al suelo, en el centro donde Miroku jadeaba cansado, luego de la culminación del encuentro.

Detrás de ella, agrupados los norteños que ya le habían jurado lealtad, liderados por Koga, también resoplaban agotados, pero sin soltar las armas, porque, aunque hubieran derrotado al enemigo, aunque quedaba saber la reacción de los norteños liderados por Miroku.

Kagome rogaba mentalmente a los dioses, que no se diera un confrontamiento, pero tenía fe en que los hombres pudieran reconocerla. Además, la esperanzaba ver a Bankotsu junto a Miroku, también extenuado por el combate, donde luchó codo a codo con los norteños.

Kagome desmontó de Granne y lentamente se encaminó hacia donde estaba Miroku. Un silencio sepulcral se instaló en el campo, pero la mujer siguió avanzando, con su enorme espada en las manos. Se sacó el casco, revelando por completo una larga cabellera roja.

Miroku, quien veía a la mujer caminar hacia él, casi le da algo cuando la reconoce.

Esa mujer no era ninguna falsa o usurpadora. Era Kagome, la reina consorte del rey Inuyasha y descendiente legitima de la casa Higurashi. Era la auténtica heredera.

Las manos de Miroku empezaron a temblar sin control, cayendo de sus manos la espada. Igual sensación se apoderó de los demás hombres que no salían del asombro general al reconocer a la mujer que creían muerta. Porque era imposible no reconocer una Higurashi pura y genuina.

Miroku ya no pudo evitar hacer lo que su alma y corazón de guerrero fiel lo llamaba a hacer. Se arrodilló frente a Kagome.

—Sangre de nuestra sangre —llevando una mano al pecho

Pocos segundos después, todos los demás lo imitaron.

Bankotsu sonrió a Kagome.

La reina legitima había vuelto y salvado a su pueblo en el proceso.

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Kagome abrió sus ojos de la ensoñación. Los hombres la habían reconocido, pero aun así ella deseaba probarse ante todos.

Una de sus primeras acciones fue enfilar hacia el salón del trono norteño, caminar ceremoniosamente a él y sacar ambas espadas Antigua Sangre de un toque.

Que no quedara dudas sobre su identidad.

Luego el siguiente y engorroso asunto fue lo de enterarse de que su tía-suegra Margaret había sobrevivido y parecía haber perdido el juicio.

Kagome no pudo evitar abrazarla, porque después de todo, aquella mujer era su única familia de sangre con vida. Lloró al encontrarla.

—Al fin, tía…estoy en casa —cobijando a una Margaret, que lloraba también en sus brazos, con los ojos desorbitados y con un estado de abstinencia por causa de que Varra no le estaba administrando las pociones que la mantenían enajenada.

Además de que la sangre la tiraba a ella, su tía-suegra era un recordatorio de todo lo que había perdido.

—Sáquenla de aquí, y mandad traer a un sanador que la revise —ordenó Kagome a una de las damas.

Luego de asegurarse de que Margaret fuera revisada, Kagome recorrió las estancias y allí fue que ordenó que se desmantelaran las habitaciones que ahora estaban siendo reacondicionadas.

Kagome aun debía enfrentarse a la situación actual. Si bien los norteños la reconocieron, aun no había sido coronada oficialmente como reina.

La gente del Norte, pese a la crueldad y abandono de Kikyo le había juramentado como reina, y ahora mismo el status de Kagome era la de alguien que tomó el poder de facto ante la huida de Kikyo. Ella sabía que aun debía ser coronada, y hacer llamar a los heraldos para difundir la noticia de su aparición, que nunca fue una invasora, sino alguien cuyos legítimos derechos fueron avasallados.

Paseando por el castillo, parte de su autocontrol casi se desmoronó, porque todo le recordaba a su familia desaparecida. Pero como no deseaba que nadie la viera llorando, procuró mantener la compostura.

Pero finalmente lo perdió, cuando se topó con el memorial hecho en homenaje a Inuyasha y sus hijos.

En el Gran Peñasco había uno parecido, y Kagome perdonó a su difunto marido en aquel altar, pero este monumento tenía más peso porque ésta fue la residencia en vida de él.

Pero antes de caer al suelo por la angustia de recordar la revelación que el Oráculo le dio en Terma, unos fuertes brazos la sostuvieron y evitaron que ella se desplomara.

—Estoy aquí —la consoló Bankotsu—. Mientras yo esté con vida, no volverás a caer nunca más y lo sabes.

—Tu sabes que mientras yo me corono aquí, ellos siguen sufriendo —sollozó Kagome —. Aunque te ame más de lo que nunca amé nada en la vida, no puedo ser completamente feliz sabiendo de su destino.

Bankotsu acarició el cabello de la joven mujer, intentando brindarle consuelo.

—Lo sé, pero nunca te dejaré sola.

Una vez que ella se compuso más, ambos salieron a los jardines, donde aún se estaban cambiando los estandartes del castillo.

Fue allí que ella notó que él, a pesar de su ternura con ella, lucía preocupado.

—Lo siento, ni siquiera he preguntado cómo te encuentras.

—Mi padre sufrió un atentado.

—¡Por las barbas de Odín! ¿pero cómo está?

—Se repondrá, mi padre es fuerte, pero las flechas lo han debilitado de momento —reveló Bankotsu, serio.

—¿Se sabe de los autores? ¿acaso un clan descontento?

Bankotsu meneó la cabeza.

—Fue Naraku, dando un mensaje acerca de lo que piensa por la ascensión de mi padre.

Kagome apretó los labios.

—Pues ahora ha sufrido una derrota, de la que le costará levantarse. Y mientras lo hace, nosotros estaremos preparados para enfrentarlo. He recuperado al Norte, te tengo a ti y el Este es regido por un aliado.

Pero Bankotsu prefería ser cauteloso.

—Sabes que puede unirse a los barbaros, como ya lo hizo en el pasado, así que luego de coronarte, debemos alistarnos, que no nos tomen desprevenidos. Has ganado la batalla por el Norte, pero presiento que tendremos otra aún más peligrosa por nuestra propia supervivencia.

Kagome asintió. Bankotsu estaba en lo cierto.

El joven se acercó a ella, colocando una mano tibia sobre la mejilla de la mujer.

—También sabes que estaré contigo. No me iré de aquí, aunque me lo órdenes.

Ella sonrió, llevando una mano también al pecho del joven, que estaba vestido a la usanza esteña.

—Lo sé...

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Una semana después del salvataje de Kagome, el castillo estaba completamente engalanado con estandartes de ella y Granne sobrevolaba el lugar con aire triunfal y vigilante.

No era para menos, porque era el día que se pactó para la coronación de Kagome. Era un ritual que debía hacerse, pese a que todos tenían en claro que ella era la viuda de Inuyasha y la última hija legitima de los Higurashi, por ende, autentica heredera.

La desaparición de Kikyo fue tomado como símbolo de abandono. Aunque Kagome no pensaba dejárselo fácil y ya había desplegado planes contra ella. Pese a su actitud regia, la mujer no pensaba olvidar las ofensas de Kikyo.

Además, en esos dos últimos días, había ocurrido algo que la espantó. Margaret, luego de haber sido atendida en forma y desintoxicada de los venenos de Varra, se determinó que no perdió el habla y tampoco estaba enajenada. Justamente parecía querer recuperarse de prisa para revelar todo lo que sabía.

Todavía no hablaba mucho, pero lo poco que llegó a esbozar en su recuperación, congeló a Kagome.

—Kikyo…no es vuestra hermana de sangre…no es hija de mi hermano.

Kagome tuvo un acceso de furia sin igual cuando se enteró del engaño. Su tía no mentiría y además ella más que nadie querría justicia por su hijo y nietos muertos.

Toda la vida, Varra engañó a todos, haciendo creer que Kikyo era hija de su padre.

Pero nunca fue nadie. Ni una sola gota de la Antigua Sangre corría por sus venas y usurpó ilegalmente el trono, luego de haber conspirado en su contra.

Pero la joven procuró calma, cuando las damas terminaron de ajustarle el vestido amarillo dorado, el color de las reinas del Norte y que ahora luciría ella como reina titular.

El mismo color que Kikyo le arrebató, cuando Inuyasha la tenía como favorita.

Iba a ser coronada reina del Norte en presencia de su pueblo, las fuerzas del Bosque Negro, su ejército y varios dignatarios amigos del Este, que vinieron a su coronación, en representación de Onigumo, quien aún seguía convaleciente por el reciente atentado.

Incluso Sesshomaru envió una misión diplomática.

Por supuesto, las amazonas en parte estarían también. Ellas no participaron de la batalla por el Norte, por expresa petición de Kagome, pero se mantuvieron alertas por cualquier eventualidad. Midoriko y el grupo más nutrido, no se encontraban porque Kagome les había encargado una misión, y probablemente no llegarían a tiempo.

Habia alcanzado su objetivo y rescatado a su país. ¿Y ahora que quedaba?

Solamente ser reconocida, y como Bankotsu le aconsejó, era primordial ser coronada y que no hubiera dudas que ella era Kagome Higurashi.

Cuando le terminaron de abrochar la capa dorada, alguien entró y por la enorme sombra, ella supo que era Bankotsu. Además, sólo él tenía permiso de hacer aquello, porque al menos el ejercito que acampó con ella desde antes, conocía sobre la relación cercana de ambos.

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Bankotsu casi se quedó helado y con la boca abierta cuando vio aquella visión revelada, vestida tan regiamente. Siempre supo que ella era reina, pero era ahora cuando caía en cuenta de la profunda sangre azul que emanaba de sus venas.

Esperaba poder hablar un momento a solas con ella, antes de que saliera a cumplir con la ceremonia de coronación.

Estaba profundamente orgulloso de ella. No era ni sombra de la triste y mustia mujer de antes, que sólo era tenida en cuenta para ser una yegua de cría.

Su marido, Inuyasha había sido el peor estúpido del mundo al haberla despreciado tanto. Ahora ella era una mujer, que podía pelear y liderar un ejército montada en un caballo alado como las valkyrias, tanto que las amazonas, las guerreras más fieras de la historia le rindieron pleitesía.

Solo Kagome pudo hacerlo.

Bankotsu se acercó a ella, obnubilado ante la belleza de la joven y le pasó la mano.

—¿Estás lista, mo ghaol?

—¿Qué significa esa palabra? —preguntó ella curiosa

Él acarició la mejilla de la mujer, tierno.

—Significa, mi amor.

Ella no pudo resistirse ante aquella propuesta de cariño tan patente. De sentirse amada, valorada y protegida. Porque en los brazos de Bankotsu siempre se sentía de ese modo.

Se arrojó a besarlo con deseo. Y él la recibió con idéntico fulgor. Sólo cuando soltaron el beso, se dieron cuenta que estaban solos.

Las damas se habían retirado discretamente cuando él entró. No era ningún misterio y era una de las cosas que ambos sabían que debían ordenar, atendiendo la nueva situación de ella.

Ella tomó la mano de Bankotsu, quien la conduciría hasta las puertas del salón del trono.

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Un suave viento comenzó a soplar mientras Kagome desfilaba por la pasarela, que la conduciría hacia el trono norteño, presto para ella.

No solo era una caminata triunfal donde obtuvo lo que le correspondía por derecho. Cuando llegó a su destino, el sacerdote dijo unas palabras mientras sostenía la corona que pondría en la cabeza de la reina.

—¡Queda coronada Kagome, de la casa Higurashi, legitima reina del Norte y descendiente de la Antigua Sangre!

Ella recibió la corona, que le quedaba perfecto en la cabeza, y para dar más realce a la imponente ceremonia y aprovechando la presencia de tantos invitados, la joven se acercó a las dos espadas clavadas en el trono y quitó ambas a la vez.

Las dos espadas recobraron color y brillo en sus manos, provocando que recibiera vítores.

Y cuando ella finalmente se sentó en el trono, por el que había peleado tanto, ella pudo observar los rostros de las personas que se arrodillaban ante ella, con certeza plena,.

Koga se adelantó unos pasos y se dirigió a la multitud.

—Este viento que nos envuelve, hermanos norteños, es el mismo que sopló por todo Oriente, trayendo un mensaje de libertad y que escogió a nuestra reina para traerlo. Un viento de libertad, justicia y venganza —esto último Koga lo dijo apretando los labios, en clara referencia a la invasión que meses antes enlutó al Norte, destruyendo a los Taisho y su patria.

Aquel discurso encendido que tocaba fibras intimas de los norteños, produjo un sentimiento masivo de nacionalismo.

—Ella y nadie más es nuestra reina, no solo porque le corresponde por derecho, sino porque ella nunca nos abandonaría —agregó Koga, emocionado.

Miroku, arrodillado frente a Kagome, estaba conmocionado con la ceremonia.

Kagome era la reina a la que debió haber jurado lealtad desde el comienzo, y no Kikyo, quien los traicionó y dejó en cuanto se sintió acorralada.

Una verdadera reina nunca abandonaría a su pueblo como lo hizo ella.

—¡Sangre de nuestra sangre! —fue el grito general que se oyó en todo el salón, aclamando a la digna mujer que se sentaba en el Trono del Norte.

El destino de Kagome siempre había sido ese.

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Kagome estaba acostada en su habitación, ya arreglada y acondicionada con los emblemas de su reinado. No es que quisiera borrar de un plumazo el legado de los Taisho, pero ella sentía que necesitaba ser identificada con algo propio.

Sería su primera noche como reina coronada y aún estaba con las sensaciones a flor de piel, porque la ceremonia de juramentos y la coronación habían sido emocionantes.

Estaba orgullosa de los norteños, hombres fuertes y leales. Y ella creía en ellos, como ellos creían en ella.

En ese momento, percibió un ruido que provenía desde afuera del ventanal y eso alertó a Kagome, y por inercia tomó su espada que estaba junto a la cama y se levantó subrepticiamente a verificar.

¿Quizá algún asesino sigiloso enviado por Naraku?

Pues no le daría el gusto de ser asesinada tan fácilmente por ese maldito. No porque tenía aun que hacerle pagar por ser el autor intelectual del asesinato de sus hijos.

Se acercó hacia la ventana, tocando el seguro lentamente para poder abrirlo y cortarle la cabeza a quien sea que hayan enviado para matarla.

Pero cuando lo hizo, casi se muere de susto, porque al asestar su espada, alguien lo desvió y saltó como pudo hacia dentro. Kagome giró, pero detuvo a tiempo su estocada, cuando para su sorpresa, encontró que su supuesto asesino no era tal, sino que era Bankotsu quien habia escalado desde el ventanal de su habitación de huéspedes, al de ella.

—Pero si eres tú, casi me matas de un susto —reclamó ella, soltando su espada

—Eres tu quien casi me liquida ¿se puede saber porque querrías matarme? —preguntó Bankotsu, aun agitado por la maniobra.

La joven salió de su susto, cogiendo mal humor.

—¿Por qué te deslizas a mi habitación como si fueras un ladrón o un asesino?, con tantos problemas y con el precio que tiene mi cabeza, debo ser una pieza interesante para Naraku.

Él sonrió galante.

—Es que esos guardias en tu puerta…quitaban la sensación de privacidad

—No dirán nada, además todos saben de lo nuestro —esgrimió Kagome, sentándose en la cama

Bankotsu asintió, poco convencido y comenzó por desatarse el cinturón y quitarse las botas.

—La gente que estaba con nosotros desde antes, quizá lo sabe, pero ese Miroku me miraba con ojos escrutadores. No quería mancillar tu reputación la primera noche tuya como reina coronada —se quejó él mientras arrojaba sus botas en una esquina.

—Ya tarde o temprano correrá la voz de que eres el "querido" de la reina —se burló Kagome

Pero Bankotsu no estaba por la labor de reírse.

—Alguna vez tendrás que casarte conmigo, para hacer de ti, una mujer honesta.

Ese comentario hizo que la sonrisa se Kagome desapareciera.

—Ya me casé una vez

—Con un imbécil, eso lo tengo claro. Pero tú y yo no seremos amantes por siempre ¿acaso esperas un mejor prospecto? —recriminó Bankotsu, celoso ante la resistencia de ella de un posible matrimonio con él.

Para él, el asunto era sencillo.

—No es momento de pensar en bodas. Se nos viene la guerra, la gran guerra que ha sido causante que yo iniciara mi cruzada para recuperar el Norte. No podemos distraernos —observó Kagome.

Bankotsu paseaba de un lado a otro por la habitación, nervioso y Kagome tuvo que levantarse a abrazarlo para detener su andar rabioso.

—Por favor, créeme que es solo por eso. Tenemos muchos problemas y por sobre todo la guerra que se nos viene encima —ella se aferró a él con fuerza, empujando su cabeza en la espalda ancha de Bankotsu

Ese gesto posesivo y cariñoso terminó por desarmar a Bankotsu, quien se giró para besarla con toda la fuerza que tenía, con el temor de hacerle daño incluso.

Era la primera vez que estarían juntos desde que ella recuperara su patria. Sentir su boca dulce y anhelante como una pecaminosa invitación le hizo olvidar su desplante inicial.

Ya él le enseñaría a ella lo que era tener un marido de verdad, no un petimetre infiel como ese Inuyasha. Le haría olvidar todos sus temores y traumas.

Terminaron cayendo sobre la cama, en un revoltijo de piernas y brazos, mientras él se apresuraba en aflojarle los cordoncillos de su camisón y ella le rompía la camisa interior que siempre llevaba bajo sus ropas de guerrero.

Sentir el cuerpo tibio y suave de Kagome bajo sus manos era una delicia única para él. Y cuando la poseía y adentraba en el, le daba más rabia aun que hubiera tenido un dueño que no la supiera valorar, porque Kagome era un tesoro invaluable y precioso que se entregaba a él, con toda la fiereza de una mujer sensual, pero con la ternura de la poca experiencia.

Con cada acometida al cuerpo de ella, Bankotsu procuraba borrar las huellas hirientes que aun persistían en ella, y que hicieron trizas su autoestima.

Kagome entendía y era perfectamente capaz de verse con los ojos con los cuales la miraba él.

Bella, segura y única.

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El viento suave que se colaba por los enormes ventanales daban una idea a los amantes de que la madrugada estaba en su esplendor. Pero Kagome y Bankotsu no se daban cuenta de eso, inmersos en hacerse el amor uno al otro.

Aquel lecho de amor le sirvió para estar juntos, como no lo habían estado juntos. Y se sentían tan unidos e íntimos por aquella unidad que formaban.

Bankotsu se aseguraba de besar cada centímetro de piel expuesta y ella se dejaba a todo lo que él quisiera hacerle.

En un momento dado, acabaron ambos exhaustos en la cama.

Desnudos, sudorosos y agotados. Pero felices.

Ella se acurrucó en el pecho de Bankotsu, como siempre que hacía después de haber hecho el amor con él.

La oscuridad siempre me dio miedo. Pero al estar contigo, no temo.

No tienes nada que temer, yo estoy contigo —él acarició su cabello rojo, suave y desordenado por la pasión.

Iban a seguir intimando entre secretos, cuando unos golpes en la puerta, certeros los quitaron de su ensoñación.

—¿Qué sucede? —inquirió Kagome, con mal humor por la interrupción.

La voz de una de sus damas sonaba apremiante.

—El capitán Koga me ha enviado mensaje de que la despertara, que acaba de llegar la dama Midoriko y su contingente, trayendo noticias que no pueden esperar.

Kagome resopló.

—Debe ser grave, para que madre pidiera verte a estas horas —observó Bankotsu

Kagome asintió.

—Pues decidle que me esperen en el despacho, que ya voy en un momento.

Luego de despachar a la mensajera, Bankotsu y Kagome se levantaron para vestirse. Y Kagome en particular estaba callada, porque ella le había encomendado una misión a Midoriko y quería saber sobre su éxito o fracaso.

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Cuando Kagome entró al despacho, seguida de Bankotsu se topó con Midoriko, quien lucía cansada y preocupada.

Además de eso también estaban Koga y Miroku, quienes hicieron una reverencia al ver a su reina.

—Nada de formalismos, mejor decidme las noticias, que por vuestras caras no son buenas —preguntó Kagome.

Bankotsu se acercó tras su madre y le acarició un hombro como saludo.

—He cumplido la encomienda que me hicisteis de capturar a Kikyo hace varios días, cuando estaba a punto de coger un barco al Oeste. Ella y Varra lograron ser atrapadas, pero Onigumo pudo huir. Me han dicho que fue al Sur.

La noticia de que tanto Kikyo y Varra, autoras morales de la masacre de su familia, produjo en Kagome una oscura sensación de desolación por los recuerdos, pero intentaba recobrarse, ante la inminencia de justicia.

—Están en las mazmorras —refirió Koga.

Miroku no dijo nada y Kagome le entendía, porque aún se sentía culpable por haber juramentado por una mujer tan indigna como Kikyo.

Pero Kagome sospechaba que había algo más, o de lo contrario Midoriko no tendría el rostro tan descompuesto.

Las amazonas no habían participado en la batalla por el Norte, pero Kagome les había encomendado que protegieran las fronteras y que capturaran a Kikyo, así como a sus cómplices.

—Hemos visto fuerzas bárbaras movilizándose y marchando para invadir. La batalla por el Oriente ha comenzado mucho antes de lo que pensábamos.

Kagome se sentó, agobiada por aquella noticia que no esperaba oír tan pronto.

—Supongo que Naraku los ayuda.

Pero Midoriko meneó la cabeza, causando sorpresa.

—Es que precisamente el primer país que van a invadir es el Sur. Los salvajes no tomaron a bien aquella traición de Naraku durante la primera invasión al Norte.

—¿Cuántos? —preguntó Bankotsu

—Cuarenta mil barbaros, nunca habíamos visto tantos movilizados. Son sus huestes completas porque vienen a por todo. Los avistamos en su campamento a pocos kilómetros de la frontera con el Sur. Con la derrota reciente de Naraku aquí en el Norte, sus huestes están dispersas y van a arrasar con ese país —explicó Midoriko, aun conmocionada por el número de salvajes

Koga y Miroku también mostraron aprehensión en sus rostros al oír aquello.

Kagome apretó sus puños.

—Naraku es nuestro enemigo, pero el pueblo del Sur no.

Bankotsu asintió.

—No podemos dejarlos solos en estas horas tan oscuras. Además, si el Sur cae, lo que siguen son el Norte y el Este —repitió el ex mercenario mirando a su madre.

La joven reina se levantó.

—No podemos ignorar este eco de guerra y no permitiremos que Oriente caiga —anunció ella y luego mirando a Koga y a Miroku, ordenó—. Convocad al ejército, y alistad a todos los hombres que se puedan.

Al salir ambos hombres, luego de haber hecho una reverencia y salir en pos de aquellos complejos preparativos, fue turno de Midoriko.

—Haré lo mismo con las amazonas, y haré un llamado a las guerreras que siguen en Terma, necesitaremos toda la fuerza posible y aun nos quedamos cortos.

Bankotsu sabía también cuál era su deber.

—Enviaré un mensaje urgente a padre, que se convoque al ejercito del Este y que vengan a reagruparse con nosotros, para marchar al Sur.

Midoriko se acercó a su hijo, tocándole el brazo.

—Me han contado que está herido por una emboscada. Él no podrá dirigirlo.

—Mi padre no participará, pero lo haré yo en su nombre y autoridad. Kagome tiene razón, esta es la gran batalla de nuestra vida y del cual depende que el Oriente permanezca. Y debemos estar unidos —refirió Bankotsu, serio.

—También enviaré un mensaje urgente al Lord del Oeste, aunque sea como sobre aviso.

Midoriko también salió, debía partir cuanto antes a Terma.

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En el despacho quedaron Kagome y Bankotsu solos.

Ambos tenían el rostro preocupado y atribulado. Ninguno acababa de organizar su propio gobierno y ya debían de pelear otra batalla, que era más peligrosa que cualquier otra, porque allí tendrían que dirimir su propia extinción como hombres libres.

Él acarició el cabello de su amada.

Yo estoy contigo, Kagome y no hay nada que temer si estamos juntos. Aun si esto implica nuestro pasaje al Valhalla.

Kagome posó su mano en la que palpaba su pelo rojo.

Pues contigo no tengo miedo.

Aunque debían tenerlo.

El cielo más oscuro empezaba a ceñirse por todo Oriente.

CONTINUARÁ

Muchas gracias y Felices Fiestas.

Que el 2021 traiga mejores noticias para todas.

El fic ya está acabando, sólo son 29 episodios. ¿Qué pasará con Kikyo y la bruja Varra?

¿Morirá alguien importante en esta batalla contra los barbaros salvajes?

¿Dónde esta Onigumo?

Mis besos a mis comentaristas: MONSE, ISADI, CHECHY14 Y KAGOME TAISHO SHIBA, que me dejaron rws en el último episodio.

Actualizaré cuanto antes.

Besos.

Paola.