INUYASHA NO ME PERTENECE, LA TRAMA SI Y HAGO ESTO DE DIVERSIÓN

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LA REINA DEL NORTE

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CAPITULO 26

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Aunque en este mismo momento la agobiaban los problemas e incluso se enfrentaba a la propia destrucción. Con una enorme responsabilidad sobre los hombros, Kagome estaba decidida a hacer justicia.

Al final, Bankotsu terminó marchando al Este a todo galope para agrupar a las fuerzas del Este. Él le dijo que volvería a encender las almenaras de las montañas altas. La joven no quería que se vaya, pero ante la imposibilidad de Suikotsu, pues Bankotsu debía hacerse cargo.

Su reinado era demasiado reciente y debían cuidar los detalles, así que Bankotsu no se encontraba.

Midoriko también marchó a Terma y en tanto Koga como Miroku reclutaban y organizaban en la capital del Norte.

Le dolía que su pueblo se viera inmerso en una batalla, cuando apenas y ella recuperaba su trono, pero era consciente que sólo con esta situación de poder podría ayudar a proteger a la región. Su cruzada por la corona siempre tuvo como motivación aquello.

A pesar del poderoso consejo que alguna le diera Midoriko sobre la venganza, Kagome entendía que había cuestiones que requerían justicia. Y en este caso, justicia por la desaparición de su familia.

Cuando Midoriko y su grupo cumplió con su parte de capturar a Kikyo y a su madre, ordenó que las encerraran en las mazmorras más seguras, para evitar que escaparan, como si lo hizo Onigumo que alcanzó escabullirse.

Sólo después de que Bankotsu y Midoriko se marcharan, fue que Kagome decidió bajar a las mazmorras para ver a sus cautivas. Y tardó varios días en hacerlo.

No es fácil hacer frente con las mujeres que fraguaron la muerte de Narvel y Valiant.

Nunca les perdonaría sus acciones. Además, mantuvieron engañados a todos sobre la verdad de la filiación de Kikyo.

Justamente por aquel detalle es que Kagome entendía que no podía condenarle sin juicio previo. Ella se sentó en el trono norteño y hasta hace poco era la reina temida. Debía desenmascararla ante todos.

Kagome se presentó, acompañada de Koga y Miroku. Sango también formaba parte de la comitiva. Midoriko le había encomendado proteger a Kagome y no despegársele, así que allí estaba, pese a la reticencia de Miroku, quien consideraba que la escolta norteña era suficiente para custodiar a la reina.

Del otro lado de los barrotes redoblados, yacía sentada Kikyo junto a Varra.

La primera se levantó al ver a Kagome aparecer.

—La falsa reina…—comentó Kikyo

Kagome apretó los puños e hizo uso de todo su autocontrol.

Si se guiaba por sus instintos, querría abofetearla hasta la muerte.

Y sabía que Kikyo intentaría manipular haciéndose oír. Además, Kikyo sonreía y observaba de reojo a Miroku, quien se removió incómodo.

Hace pocas semanas, aquel leal caballero norteño aún estaba bajo juramento de lealtad hacia Kikyo.

—Así que no vienes sola, sino que traes a la panda de traidores —observó la prisionera, arrugando desprecio contra los caballeros que acompañaban a Kagome. Luego volvió la mirada a la reina y agregó —. Te sientas en mi trono.

Kagome hizo silencio unos segundos, analizando que palabras sacar de sus labios.

—Se te juzgará en un juicio público, a ti y a tu madre —clamó Kagome —. Deberías arrodillarte y agradecerme mi benevolencia de concederte aquello, porque no te lo mereces. No eres hija de mi padre. No eres más que una usurpadora y una asesina que conspiró contra mi familia y el Norte, aliándote contra un gran enemigo como es Naraku.

—No te atreverías, ¿Qué precedente causará que mandes a juicio a una reina ungida y coronada? —picó Kikyo, intentando manipular.

Pero Kagome no pensaba arredrarse y fijó su mirada acusadora en Varra, la mujer que se sentaba en cuclillas en el suelo.

Si era por Kagome, la haría ejecutar allí mismo.

—Usted también debe considerarse afortunada de que aun la espera un juicio, porque si era por mí, os haría ejecutar a ambas en una sola orden. Juro que pagareis por haber mentido a mi padre y haber creado discordia con mi madre con vuestra bastarda. Y que os aliasteis con el enemigo para traicionar al Norte y a mi familia. Mis hijos murieron por vuestra orden. Mi esposo cayó por vuestras tretas, mantuvisteis envenenada a mi tía Margaret e impusisteis un régimen del terror en mi país.

Varra le respondió con una mirada amenazante.

—No cantéis victoria tan pronto, que aun estáis a poco de ser arrasados por los ejércitos barbaros. Ustedes se aniquilarán entre sí y nosotras prevaleceremos —desafió la madre de Kikyo.

Ese último comentario hizo que Kagome casi perdiera los papeles, pero se contuvo.

En eso uno de los soldados vino a avisar que el comandante Koga la necesitaba.

Solo por eso, Kagome dejó a sus prisioneras, marchándose con su comitiva.

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—Tenemos 20.000 soldados, es todo cuanto tenemos, y las armerías trabajan día y noche para proveer el armamento suficiente —informó Koga, quien venia de un arduo día de reclutamiento y organización.

El clima de guerra que imperaba el ambiente era deprimente. Es como si la gran guerra, que venían años pensando finalmente iba a desatarse.

Kagome asintió.

—Las fuerzas del Este que traiga Bankotsu son fundamentales y también esperamos que el contingente de Terma se nos una aquí. Porque seguiremos el plan de agruparnos aquí por entero y marchar juntos a las puertas de Rottson.

Rottson era la capital del Sur, sitio que fue indicado por los exploradores norteños que era el punto a donde marchaban las fuerzas salvajes, que venían a por todo.

Los informes eran desgarradores. Cuarenta mil barbaros y una dotación de mamuts salvajes.

Atacaron varias villas sureñas y Naraku no movió un dedo por ayudar a su gente y prefirió esperar a sus atacantes en Rottson con el grueso de su ejército.

Con la reciente derrota en el Norte, era claro que no podrían luchar ni hacer frente a una fuerza descomunal como las de esos salvajes que aspiraban venganza.

Naraku los había traicionado y mentido tantas veces, que decidieron aprovechar el armamento que él mismo les proporcionó para venir a por todo.

Ella observaba los mapas desplegados y atendía las explicaciones, pero, aun así, ciertas palabras de Varra le seguían picando.

Era probable que muriera en esta batalla.

Moriría sin impartir justicia a Kikyo y Varra, por falta de tiempo. Y lo peor, sin haber ideado algo para salvar las almas de sus hijos e Inuyasha.

Ahora debía pensar únicamente en que el Oriente sobreviviera.

—El Lord del Oeste no mandará ayuda —informó Miroku, quien acababa de leer una misiva que le entregaron.

Kagome meneó la cabeza.

—No me extraña que no le importe. El Oeste está más allá del Mar y él se siente a salvo. Sabe que nosotros no dejaremos que los salvajes crucen.

—Es una maldita gallina —observó Sango, quien también era parte del concilio —. Pero estoy de acuerdo con las sugerencias de aquí, además una amazona pelea como si fuera cuatro hombres.

Kagome sonrió a Sango.

Atrás había quedado el tiempo, donde la valerosa y poderosa amazona intentaba matarla. Ahora era una de sus consejeras más valiosas.

Además, Sango apoyaba a Kagome, por considerarla el nexo que unió a los pueblos en pos de la defensa ante esta guerra.

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Bankotsu cabalgaba con Jakotsu y Kohaku a su lado. Estaba muy serio pensando en la batalla que se avecinaba.

Pero al menos podía decir que no iba a fallar a Kagome en cumplir con su parte de defensa del Oriente.

Tras Bankotsu, venían catorce mil hombres.

Apenas llegó al Este, Bankotsu había ido a ver a su padre. Como temía, él no podría dirigir nada, así que ordenó que todas las almenaras de las montañas del Este fueran encendidas para convocar a los clanes. Jakotsu y Kohaku, por otro lado, tenían la misión de iniciar el reagrupamiento del ejército y unirlas con los clanes que se unían.

—¿Qué clase de rey soy? Si no puedo unirme a ustedes a esto —esgrimió Suikotsu, desde la cama, donde cumplía su reposo.

—Si no fuera por ti, no tendríamos estos hombres a disposición siquiera. Eres el hombre, por cuya figura se unieron y vendrán conmigo porque saben que soy tu hijo —observó Bankotsu

—¿Tu madre estará en la batalla?

Bankotsu asintió.

—Kagome le pidió que reagrupe a todas las amazonas en Terma, y puede que, como yo, también se pongan camino al Norte pronto.

—Nunca pensé que tocaría a mi hijo pelear contra esto, yo debería estar contigo o al menos ser yo quien marche en tu lugar —dijo Suikotsu, en ese momento colocó una mano sobre la del ex mercenario y se lo apretó —. Promete que harás los posible por regresar, sin ti, nada de lo que estoy haciendo tendría sentido. Eres el único hijo que me queda.

A Bankotsu se le cristalizó la mirada y correspondió el toque de su padre. Él menos que nadie querría darle otro dolor a su padre cuando aún tenían vigente la perdida de Hiten.

—Prometo hacer lo posible, padre, pero si Odín decide que es mi hora de reencontrarme con mi hermano, no puedo hacer nada contra eso.

Suikotsu asintió, intentando contener las lágrimas al despedirse de su hijo bien amado.

Quien marchaba a la cabeza a de los ejércitos del Este enarbolando la bandera de las runas de Odín del clan Mcfarlane era su hijo, que también era su heredero y el futuro de su clan.

Es por eso, que Bankotsu marchaba callado al frente de todos aquellos valerosos hombres, que vinieron a la convocatoria de su señor.

Durante la ruta iba pensando en las estrategias y tácticas que mejor conocía a utilizar cuando llegaran al Norte. Porque tampoco se engañaba. Aun uniendo al Norte con el Este, las recientes batallas desangraron a ambos pueblos y se encontraban en inferioridad numérica para enfrentar a los peligrosos salvajes.

También pensaba en Kagome, quien con estaba batalla entraría en franco peligro, aunque surcara los cielos a bordo de un caballo alado.

El ex mercenario y actual príncipe del Este se horrorizaba de solo pensar en que le pasara algo a ella. Además de ser su amante y amiga, ella era la gran figura base de todo esto.

—Deberías cambiar esa cara tuya. Sé que vamos rumbo al infierno, pero con tu aspecto asustarás a las tropas —la mención de Jakotsu lo quitó de su ensoñación.

Bankotsu no quería empezar a sembrar la semilla de la duda en sus fuerzas y era evidente que si Jakotsu se percató de su ansiedad ¿Por qué no los demás hombres?

Decidió que debería cortar aquello, así que alzó una mano en señal de que el grupo parase.

El gesto ordenado por el joven líder sorprendió a todos, porque se suponía que llevaban prisa.

Bankotsu apeó su caballo, para girar y dirigirse a sus hombres, quienes lo veían expectantes.

—¡Yo soy Bankotsu Mcfarlane, del clan Mcfarlane!, por la gracia de Odín —gritó Bankotsu, paseando su caballo frente a las tropas —. Y veo frente a mí, a miles de compatriotas que están marchando para desafiar a quienes desean quitarnos las libertad y la vida. No sabemos con certeza si regresaremos con vida, pero al menos entraremos al Valhalla por la puerta grande y Odín mismo nos recibirá ¡porque nos ata una promesa milenaria! Juramos dar nuestra vida por el Este ¡y es hora de cumplirlo! ¡Valor, guerreros del Este!

Gritos desaforados de apoyo se oyeron con las voces de catorce mil esteños, cuyos pechos se vieron inflamados por el discurso de Bankotsu.

El ex mercenario tenía razón. Era necesaria una alocución para que estos valerosos hombres del Este no perdieran el valor y quedara zanjada cualquier certeza sobre el ánimo de su príncipe.

Incluso empezaron a marchar con más prisa, al verse henchidos de coraje y valentía. Y que podía confiar en aquel joven, que los guiaba como su príncipe.

Durante lo que quedó del viaje, Jakotsu ya no se atrevió a hacer ningún comentario.

Ahora ya no le cabía ninguna duda sobre el auténtico espíritu de Bankotsu.

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Kagome estaba en su despacho, expectante, cuando los sonidos poderosos de unos cuernos le anunciaban que lo que ella estaba esperando, al fin había llegado.

Ella reconocía esos cuernos como del Este.

La joven sonrió porque sabía que eso también significaba que Bankotsu volvía a ella, y no lo estaba haciendo solo, sino traía a sus ejércitos con él.

Estaba demasiado ansiosa, pero decidió calmarse y esperar en el despacho, temía que si salía afuera hiciera algo indecoroso en forma pública arrojándose a los brazos de Bankotsu.

Decidió sentarse y dejar que esperaran los minutos.

Cerró los ojos y recordaba cada momento pasado junto a Bankotsu, ese hombre que la había protegido y cuidado como nadie. Que cumplía cada promesa y juramento a rajatabla, pese que al inicio la odió por considerarla culpable de la muerte de Hiten.

Fue el primero en creer en ella y darle fuerzas para hacer lo que debía hacer. Le temblaba el pulso del deseo de correr a verlo, pero se contuvo.

Cuando vinieron sus damas a anunciarle que Koga venía con él, Kagome casi salta del sillón.

El primero en entrar fue Koga, haciendo una profunda reverencia.

—Mi reina

Detrás de él, y llenando toda la habitación con su presencia, entró Bankotsu, luciendo impecable con sus ropas de hombre del Este.

Ambos amantes se miraron y él le hizo un gesto con la cabeza, con una sonrisita cómplice de lado.

Tuvieron que cortar el contacto visual cuando Koga anunció lo suyo.

—Majestad, se han unido a nosotros catorce mil hombres enviados por el rey Suikotsu, quien, en su imposibilidad física, ha enviado al príncipe Bankotsu.

—Y estamos agradecidos que pudiera hacerlo con tanta premura —añadió ella

—Aun me cuesta que me llamen príncipe, comandante Koga ¿recuerda que cuando nos conocimos yo era aún un mercenario? —replicó Bankotsu al fiel norteño

Koga sonrió. Eso era cierto.

—Os dejo solos, majestad. Yo volveré con nuestras huestes, esperando solo que Midoriko se una a nosotros.

Cuando Koga se fue, Kagome ya pudo contenerse y corrió a arrojarse en los brazos de su amado, besando sus labios, sus mejillas y su cuello.

Él le correspondió con fuerza.

—¿Por qué tardaste tanto? —reclamó la joven, sin dejar de dar besitos por toda la cara de Bankotsu y colocando sus brazos alrededor de su cuello.

—Si es que puedo, siempre volveré a por ti —murmuró él, correspondiendo las caricias de su querida amante.

—Sé que tenemos mucho que discutir antes de marchar a la guerra, pero este momento, pasémoslo juntos…por favor —pidió ella, con ansiedad.

Él la besó, pero cuando soltó el toque, dijo algo que hizo que Kagome se paralizara.

—Tu no irás, Kagome.

Ella parpadeó confusa y se alejó unos metros.

—Creo que estas confundido, por supuesto que voy a ir. Soy la reina del Norte, y voy a dirigir a los 18 mil hombres que irán conmigo.

—No puedes ponerte bajo peligro de ese modo. Lo que vamos a librar no es como ninguna de las batallas anteriores. Ésta será la definitiva —Bankotsu habló serio y sin ánimo de negociar

Kagome se indignó, y se acomodó el vestido.

—¿Qué clase de reina seré si no dirijo mis propias fuerzas? Granne me acompaña y estoy segura que nuestra presencia es fundamental para nuestras tropas. Además, eres una fuerza extranjera, no puedes osar decirme lo que puedo o no hacer ¡el hecho que seas mi amante no te da derechos! —esto último Kagome lo dijo gritando y con todo el deseo de ser hiriente.

Esperaba que él tuviera un arranque y tuvieran una buena pelea, por eso la provocación, pero él no se inmutó. Ella frunció el ceño. Eso era extraño.

Él se acercó a ella, y aunque Kagome quiso alejarse del contacto, él no la dejó. Tenía la mirada cristalizada.

—Tienes razón en decir que un amante no tiene por qué decidir en las acciones de una reina ungida —Bankotsu le apretó los brazos —. Pero no sabemos lo que vaya a depararnos estaba batalla, no sabemos si vayamos a sobrevivir y justamente por eso tú debes quedarte aquí, no sólo por tu pueblo sino también por los otros pueblos orientales libres.

Ella no entendía lo que él quería decirle e intentó desasirse del agarre.

—¡Te ordeno que me sueltes!

—¡Claro que te voy a soltar!, pero antes debes prometerme que permanecerás aquí. No tienes por qué ponerte en peligro.

—¿Y porque no? —desafió ella

—Debes sobrevivir, porque de ti depende que el Oriente vuelva a levantarse en caso que nosotros caigamos en esta batalla ¿Qué no te has dado cuenta?, fuiste tú quien nos dio un ideal por el cual esforzarnos, corrimos tras de ti, nos tropezamos, caímos, pero finalmente nos unimos por ti. Mi padre nunca hubiera reclamado su legítimo derecho de no por ser por tu causa. Las amazonas dejaron Terma para ayudarnos. Nos has ayudado a lograr cosas maravillosas porque uniste a los pueblos, devolviendo la esperanza —afirmó Bankotsu y luego acariciando suavemente la mejilla de ella, añadió —. Eres la única que podría devolvernos la fe siempre, y por eso debes sobrevivir para guiar a los pueblos en caso de que caigamos y …—el hombre hizo una pausa —. Te amo, y mi parte egoísta también desea que te quedes lejos del peligro.

Ante tamaña declaración, Kagome quedó completamente desarmada al tiempo que también se le cristalizaban los ojos.

De algún modo la emoción por aquellas palabras provocó un impacto profundo en la joven, porque antes de poder reaccionar ante la declaración de Bankotsu, ella se desvaneció en los brazos de Bankotsu, quien la sostuvo entre sus brazos.

—¡Ayuda! ¡Llamad a los sanadores! —gritó Bankotsu a los guardias en la puerta

Él se horrorizó de haber sido causante de que ella cayera en algún trance y sólo atinó a cogerla entre sus brazos a una Kagome completamente desmayada.

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Además de Bankotsu, también Koga, Miroku y Sango se apersonaron en las habitaciones de la reina mientras el sanador le pasaba unas sales aromáticas a Kagome.

La joven despertó de un tirón al sentir el olor.

—Sólo es un desvanecimiento, producto del cansancio —diagnosticó el galeno, llevando las bolsitas de sales sobre la mesada.

Kagome lucia agotada sobre la cama, pero lucida y bien.

—Me dirás aquí y ahora que le dijisteis a mi reina para que le pasara eso —preguntó Miroku en voz baja a Bankotsu

Bankotsu iba a responderle en malos términos, pero Koga intercedió.

—No es lugar para peleas. Yo concuerdo que esto es solo agotamiento. Por favor, dejad las rencillas.

Pero finalmente lo que zanjó cualquier disputa fue la voz de Kagome.

—Comandante Koga, preparad las huestes. Iréis vos como mi comandante general de mis fuerzas, pero responderéis ante una sola persona en campo de batalla.

Todos giraron a ver a la mujer que se acomodaba en la cama. Bankotsu, en particular, quien aún se sentía culpable por haber ocasionado que ella se desvaneciera.

—Responderéis ante el príncipe Bankotsu, nuestro aliado más firme y mi primer amigo en esta cruzada.

Lo decidido por la soberana tampoco era tan extraordinario. Koga y Miroku no esperaban que ella se sumara a una batalla tan complicada. La cuestión solo quedaba en decidir quién sería el líder conductor.

—Ahora marchaos, menos el príncipe Bankotsu, con quien deseo hablar unas palabras —ordenó Kagome —. Vos también, sanador —agregó la joven mirando al médico.

Los soldados hicieron una reverencia, seguidos de Sango y el sanador que también se apresuró en salir de la habitación.

Una vez que quedaron solos, Bankotsu fue directamente a Kagome.

—Perdona si fue imprudente y que con eso te haya hecho perder la consciencia por los nervios. Aún sigo pensando igual ¿Cómo cambiaste de idea? —preguntó Bankotsu, apretando la mano de Kagome.

—Olvida los nervios, era natural que me desmaye del cansancio, así que no te sientas culpable —zanjó Kagome devolviendo la caricia —. Igual, tienes razón, debo quedarme con mi pueblo y ayudar a sitiarlo. Vosotros podréis arreglaros mejor sin mí. Sólo conservaré a algunas amazonas conmigo, y luego deseo que vayan todos, porque necesitareis todos los guerreros posibles.

Bankotsu sonrió cariñosamente, llevando una mano en la mejilla de Kagome.

—Sabía que luego de tu explosión, serias capaz de entender los motivos.

Ella se incorporó un poco en la cama.

—Solo promete que volverás a mí. Que, si algo sale mal, al estar juntos, podremos hallar una solución y volver a pelear contra esto —pidió ella.

Él se acercó a besarla, por toda respuesta.

—Te amo, Kagome

—¿Crees que no lo sé? —rió ella entre los labios de su amado

Era como el momento de calma que precedía a la tormenta. Era una despedida, aunque no le hubieran puesto un nombre. Sólo por eso la joven reina decidió mantenerse fuerte y no llorar frente a Bankotsu, para no desmoralizarlo.

Sólo cuando Bankotsu se enfundó con la capa y salió de la habitación, ella se largó a sollozar.

Bankotsu marchaba a la guerra y no sabía si volvería con vida.

Una batalla donde se decidiría la maldición de los tiempos.

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Cuando el viejo sanador advirtió que la reina quedó sola, se apresuró a entrar de nuevo en la habitación. Llevaba unos brebajes naturales a base de manzanilla y flor de azahar.

También hizo una seña a las damas de la reina que esperaran aun afuera.

Al entrar, se encontró con la reina que lloraba por la partida de su amante.

El sanador, que era uno de los médicos que ella había traído desde el Bosque Negro y que concia a Kagome desde siempre, se apresuró a llevarle el té.

—Majestad, os ruego que os tranquilicéis —pidió el médico, acercando el brebaje en los labios de Kagome —. Pensad en vuestro bebé.

—No sé si sentirme horrible, porque acabo de mandar a su padre a una guerra infernal y además lo dejé ir sin saber de esta noticia.

—Majestad, sabéis que yo no revelaré vuestro estado, salvo que vos me autoricéis.

Kagome se limpió una lagrima.

—Sé que puedo confiar en vos…

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Naraku estaba en los altos balcones de su inmenso castillo observando el crudo panorama. Desolador.

A su lado estaba su Justicia, Byakuja y del otro, Onigumo, a quien el rey del Sur acogió luego de que huyera del Norte.

Cuarenta mil barbaros en las puertas de su castillo asolaban las entradas.

Naraku estaba furioso, pero fiel a su sangre fría procuraba mantener la compostura.

Habia ordenado a sus comandantes defender la ciudad, en particular la zona donde se erigía el castillo de Rottson.

—El Sur jamás cayó y no va a caer ahora.

—Su Majestad, todas las fuerzas del reino han recibido la orden de protegerlo. Morirán por usted —replicó majestuoso Byakuja

Onigumo quien veía el avance de los salvajes, sudaba frio. Naraku lo había recibido porque Onigumo había sido aliado del monarca sureño y además porque Onigumo insistió en que siempre sólo cumplía ordenes de Kikyo y solo ahora pudo salirse de ella.

—Además he recibido noticias de que la dama Kikyo fue capturada y que está encerrada en las mazmorras con su madre, a la espera del juicio en su contra. Además, que la falsa reina es realmente la viuda de Inuyasha y ultima heredera legitima de la casa Higurashi —informó Byakuja

—¡Ni me recuerdes que fuimos derrotados por esa desgraciada!, nosotros debimos estar en el bando ganador y ahora estamos en desventaja traicionados por estos estúpidos salvajes —silenció Naraku, apretando los puños.

¿Cómo fue que tantos magníficos planes que lo vislumbraban como el próximo gran emperador del Oriente se hicieron añicos?

—Todavía tenemos posibilidad de huir, su Majestad —sugirió Onigumo

—¡Nada de huir! ¿acaso no recuerdas que por hacer algo así, Kikyo perdió su trono? —retrucó Naraku

—La fortaleza podrá resistir, su Majestad —agregó Byakuja

Pero cuando las primeras piedras arrojadas desde la catapulta impactaron contra los enormes muros de Rottson, Naraku comenzó a temblar por primera vez en su vida. Oía gritos indistintos de soldados sureños que arrojaban flechas con fuego desde lo alto, pero los salvajes eran tantos, que las perdidas parecían no mermar la fuerza del ataque.

Onigumo estaba arrepentido de haber venido, porque si huía al Oeste no se hubiera visto en medio de esto. Pero su objetivo había sido la de conseguir apoyo para su amada Kikyo. Iba a apelar a lo que fuera necesario ante Naraku, pero no esperaba que sus planes se vieran truncados por la invasión salvaje.

Le dolía en el corazón pensar en que su dama estuviera cautiva. Apenas saliera de esto, se juraba a si mismo que él mismo se encargaría de matar a la falsa reina. Si ella no existiera, Kikyo habría podido seguido seguir reinando.

Cuando un gran trozo de muralla cedió ante las rocas arrojadas por las catapultas, y empezaron a entrar los barbaros, el hombre comenzó a temblar.

Apenas oyó las ordenes de Byakuja que gritaba.

—¡Marchad a asegurar los niveles del castillo! ¡proteged a vuestro rey! — a los soldados que estaban con ellos.

El balcón donde ellos estaban estaba puesto en el último nivel y sólo podía llegarse pasando los cinco pisos de Rottson. No llegarían tan fácil al rey, porque Rottson estaba repleto de soldados con órdenes de defender al rey y así mismo, muchos civiles que andaban de aquí y allá que podrían servir de escudo como el mismo Naraku había afirmado.

—Os lo ruego, su Majestad…poneos a salvo —volvió a pedir Onigumo

Pero justo en aquel instante como un designio del destino, se oyeron con fuerza el sonido de unos cuernos.

—Esos no son cuernos salvajes …—observó Byakuja, tan sorprendido como su rey y como el asustado Onigumo.

Cuando posaron la mirada desde los balcones se confirmó lo que sus oídos habían informado.

Miles de tropas portando banderas del Este y del Norte llegaban al campo de batalla.

—No puede ser …—murmuró Naraku al ver a miles de jinetes que marchaban y hacían sonar sus cuernos anticipando su llegada desde lejos.

Onigumo, quien estaba desconcertado por aquello, fue quien reconoció de inmediato al jinete sobre el caballo blanco que estaba al frente de todas aquellas tropas.

¡El desgraciado infeliz de Bankotsu!

—Son los ejércitos del Norte y del Este —observó Byakuja, sobrecogido de ver a aquellos recién llegados

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El clamor de los cuernos norteños y esteños tuvo el efecto primigenio que ellos esperaban.

Los barbaros que estaban atacando, voltearon sorprendidos por aquella llegada.

Bankotsu, quien estaba en primera línea, frente a todas las tropas paseó su mirada por las formaciones salvajes. Su mente estratégica empezó a trabajar de prisa.

A su lado, Koga, Midoriko, Miroku, Kohaku y Jakotsu, equipados con armaduras de guerra observaban con él.

Bankotsu tomó su decisión allí mismo.

Eran inferiores numéricamente, pero contaban con hombres valientes y las mujeres más poderosas del mundo entre sus fuerzas.

—¡Koga! Preparad vuestro flanco y guiad los pendones de la reina al frente —gritó y luego añadió —.! Miroku! Formad el vuestro y seguid a Koga.

Luego miró a su madre, quien la veía orgullosa.

—Madre, guía a vuestras guerreras por el flanco derecho. Usad a vuestras arqueras mientras corramos. No debemos detenernos por nada del mundo —y luego mirando a Jakotsu y a Kohaku, sus viejos amigos, agregó —. Vosotros conmigo, por el flanco principal, que demostraremos a estos salvajes de que estamos hechos los clanes del Este

Los aludidos asintieron con la cabeza.

Todos corrieron a sus respectivos flancos y Bankotsu, como líder de la batalla entendió que era su hora de hablar e infundir ánimo y valor

Probablemente después ya no podría hacerlo.

Así que se posicionó enfrente a las tropas que, pese a todo, estaban a un toque de perder el valor frente al horror.

—¡Hijos del Norte y del Este! ¡Amazonas!¡En este día lucharemos, hombres del Oriente, por todo aquello que nos es preciado y amado! Podríamos morir en el día de hoy e iríamos al Valhalla como sueña todo soldado ¡pero no iremos sin antes matar a nuestros enemigos y mandarlos al Niflheim! Son los mismos que vienen a arrebatarnos nuestra libertad, nuestras vidas y a nuestros seres amados ¡no lo permitamos! —gritó Bankotsu, sacando su enorme alabarda, haciendo que los soldados entraran en algarabía, se munieran de valor y sacaran todas sus lanzas, ondeando sus banderas a su vez.

Bankotsu giró, señalando a los salvajes.

—¡A la carga!

El eco inconmensurable de los gritos de guerra se oyó por todos los campos de Rottson como señal inequívoca de la llamarada de guerra.

Bankotsu se confió en su corcel de batalla, para tomar en una mano su alabarda y en otra a su espada.

Los barbaros al ver la incursión giraron, acomodando sus arqueros a fulminar a aquellos soldados casi salidos de la nada, para aniquilarlos en su acalorada marcha.

Cientos de flechas impactaron contra las tropas orientales. Muchos cayeron, pero el grito nunca decayó y siguieron marchando, opacando con su fiero valor a los invasores.

Ya tendrían tiempo de llorar a aquellos gloriosos muertos.

No debían detener la cabalgata.

—¡Muerte! ¡Valhalla! —fue el grito al unísono, bajo la voz líder de Bankotsu.

La batalla más grande y decisiva de todos los tiempos iba a ser librada en una cruenta lucha de supervivencia.

CONTINUARÁ.


Lloré como vaquiña al darme cuenta que estamos acabando pórque este fic tendrá sólo 29 episodios. Procuraré actualizar lo más pronto que pueda.

¿Quién caerá en la batalla de Rottson?

Kagome tiene novedades. Bankotsu emerge como él más grande de los comandantes de batalla.

¿podrá volver a Kagome y a las buenas nuevas?

Agradezco los comentarios del ultimo chapter a doña CHECHY14, CONEJA, MONSE E ISADI.

Perdón por los errores y besos.

Paola.