INUYASHA NO ME PERTENECE, LA TRAMA Si Y HAGO ESTO DE DIVERSIÓN
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LA REINA DEL NORTE
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CAPITULO 27
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Bankotsu clavó su enorme alabarda al suelo.
Exhausto, sudoroso y con la ropa ensangrentada. Aunque la sangre no era suya, no toda al menos. Limpió su espada con un trozo de trapo que encontró.
La dura batalla en los campos de Rottson había finalizado, luego de dos horas de jornada en donde el valor de los orientales se puso a prueba y acabó en una victoria por parte de éstos.
La batalla se cobró muchas vidas y en estos momentos, los soldados organizaban a los salvajes que quedaron y que serían tomados prisioneros.
Le desolaba ver el campo de batalla repleto de muertos, pero que dieron su vida por una jornada exitosa.
Jakotsu y Kohaku estaban cerca y vinieron a mostrarse. Lucían peor que él, pero estaban vivos.
—La batalla de Rottson es nuestra. Odín ha hablado —anunció Kohaku clavando su espada en el suelo.
De los generales que venían acercándose, sólo lo hicieron Miroku y Midoriko.
Cuando Bankotsu iba a preguntar por Koga, la mirada cristalizada de Miroku le denotó que el otrora comandante de las fuerzas norteñas había caído en batalla.
Bankotsu cerró sus ojos y al encontrar una piedra se subió en ella, para intentar dar animo a los hombres agotados.
—¡Hermanos de sacrificio! Odín ha hablado. ¡La victoria es nuestra! No lloréis por vuestros compañeros, que ahora están en camino al Valhala, hogar de los grandes héroes.
Todos quitaron fuerzas de donde no tenían para alzar sus espadas en alto.
—¡Bankotsu! ¡Bankotsu!
Midoriko sonrió a su hijo. Bankotsu fue el estratega militar de esta difícil batalla. Ella también sufría, porque muchas compañeras habían caído, como ejemplo Kagura, quien murió valientemente peleando contra dos mamuts salvajes. Aquella poderosa amazona estaría en el Valhala a estas horas, sentándose con Odín en la hora de la cena.
No podía evitar sentir pena, pero todos los caídos estaban ahora en un lugar envidiable.
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—¡Majestad! La alianza ganó la batalla y me informan que están en las afueras, contando sus muertos y descansando. Hay prisioneros, aunque desconozco si Bankotsu el líder, los hará ejecutar o serán llevados para ser juzgados —informó Byakuja, quien vino corriendo junto a Naraku a traerle las buenas nuevas.
Byakuja solo era un esbirro de Naraku, pero no podía evitar sentir empaparse de admiración por aquella alianza que derrotó a los barbaros. Lo mismo sintieron los soldados sureños que se refugiaron en el interior del Rottson, y que no participaron de la batalla por órdenes de Naraku.
El rey prohibió que lo hicieran y tenía sus motivos.
—Como pedisteis, nuestros soldados no intervinieron en la batalla. Permanecieron neutrales.
Naraku también hizo cerrar los portones.
Estaba sentado en su despacho. Lo suyo no fue capricho, sino fruto de una reflexión fría.
Los que estaban peleando afuera eran sus enemigos. Todos.
Entonces que se mataran entre ellos y mejor salvaguardar sus propios ejércitos, para preparar algún contraataque contra el que quedase. Porque el ganador no quedaría en buenas condiciones y sería perfecto para que Naraku aprovechase sus soldados frescos para exterminar al que quede.
Sus sueños de ser emperador volvían a su mente. Sonrió maquiavélicamente.
—Ordenad que los nuestros se alisten y cuando estén preparados, abrid los portones y arrasad de sorpresa con lo que sobren. Traedme la cabeza de Bankotsu, para clavarla en una pica
Byakuja, quien no podía creer tal orden, se quedó unos segundos pensando que su amo se había equivocado. La alianza los había ayudado.
—¿Es que te habéis vuelto sordo? —gritó Naraku, impaciente.
El hombre no tuvo más remedio que salir pronto a cumplir la orden de su señor, pero de modo dubitativo. Una cosa era ser un conquistador, pero otra abogar por traicionar a gente que les salvó el cuello.
Al servidor comenzó a temblarle las manos de sólo pensar en pasar esta orden a los capitanes.
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—Cerraron las puertas de Rottson —anunció Miroku
Bankotsu frunció la boca. Era fácil darse cuenta de que esto significaba que Naraku no estaba por la labor de unirse a ellos o al menos agradecerle.
Ese sujeto era un traidor y un conspirador.
—Traman algo —esgrimió Midoriko, cogiendo su espada
—¿Podríamos procurar una entrada diplomática? —preguntó Miroku
Bankotsu suspiró.
—Es que no estoy seguro que una visita diplomática puede ser suficiente a estas alturas. Naraku es el hombre más tenebroso del Oriente y no le temblará la mano para ordenar lo que convenga a sus intereses.
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Naraku sonreía sentado en su despacho. Las cosas regresaban a su favor, además esos imbéciles le hicieron el favor de arrasar con la escoria salvaje.
Destruidos los ejércitos de la alianza, aprovechando estos momentos de agotamiento, lo siguiente que haría es marchar al Norte y tomarla por la fuerza, aprovechando la aniquilación de sus fuerzas.
Clavaria la cabeza de la viuda de Inuyasha en una pica, como a todos los otros líderes y que sirva de escarmiento.
Y recordaba que Kikyo permanecía en las mazmorras con su madre. Pues haría ejecutar a esa vieja bruja y rescataría a Kikyo, quien ya no podría negarse a casarse con él.
Y reinarían juntos casi todo el Oriente. Y llegando el momento también le daría su merecido al imbécil Lord del Oeste.
El esbirro de Kikyo, huyó del miedo, creyente de que los barbaros los invadirían. Pobre desgraciado.
Cerraba sus ojos y la ensoñación de imaginarse todopoderoso lo llenaba de placer.
En eso, una ligera brisa hizo que su flequillo volara junto a algunos papiros que tenía sobre la mesa. Naraku se extrañó. Los ventanales que llevaban al balcón debían estar cerrados.
Naraku fijó sus ojos claros hacia allí y la luz del sol lo cegó.
El eco de un poderoso relincho denotó que no estaba solo. Un enorme caballo con alas de color blanco habia aparcado en el balcón.
Pestañeó confundido y más cuando el repiqueteo de unos tacones de unas botas de armadura repercutió en el salón. Una capa revoloteaba y el brillo del sol no acababa de descubrir la figura de una mujer de cabellos rojos vestida con una armadura.
Naraku comenzó a temblar al reconocer los emblemas en el pecho de la armadura.
Un árbol con un caballo de un lado. Y del otro, dos delfines.
La que tildaron de falsa reina, la viuda de Inuyasha y actual reina del Norte, la que se decía surcaba los cielos a bordo del caballo de la legendaria Brunilda.
Una hermosa mujer.
—¿Cómo? —bramó Naraku, retrocediendo unos pasos
—No participé de esta batalla, pero estuve observando desde las alturas. Es mi deber como reina —se presentó Kagome, con tranquilidad —. Soy Kagome, de la casa Higurashi, reina del Norte y señora del Bosque Negro. Tened a bien saber mi nombre.
Naraku intentó autosuficiencia.
—¿Y de que me sirve eso? Vos y vuestros ejércitos serán destruidos.
Kagome meneó la cabeza.
—El problema aquí es que se os ha dado mucho tiempo. Y ya no debéis tenerlo —pronunció la mujer, seria llevando su mano al mango de su espada, la Antigua Sangre que había cogido de la cueva del Oeste y lo blandió frente a Naraku, quien no acababa de entender.
—¿Me matareis? ¿pensáis que mi pueblo os perdonará que hayáis osado tocar a su rey?
—Vuestro pueblo os desprecia —dijo Kagome, procurando autocontrol frente al hombre que había ordenado la muerte de sus hijos —. Sois culpable de conspiración y asesinato. Vuestras ordenes mataron a mi familia y enlutaron miles de otras. Habéis tramado con los salvajes traicionando al Oriente —apretando su espada y si dejar de fijar la mirada en Naraku
El rey del Sur paseaba la mirada y estudiaba el modo de huir y sustraerse de aquella desquiciada.
—Por ello, os sentencio a morir de forma inmediata —dictaminó Kagome
Naraku no pensaba dejárselo fácil y cogió un polvo que había en la mesada y se lo arrojó en el rostro a Kagome, quien esquivó aquello.
La mujer decidida a dar punto final a todo esto, recordando a su familia y en la justicia que se merecían, blandió su espada de un modo veloz y haciendo un movimiento que Naraku no vio venir, le cortó la cabeza de un tajo.
La sangre brotó hacia las paredes y en las mejillas de Kagome.
La cabeza cayó a un costado junto al cuerpo inerte.
Kagome respiró profundo. Llevaba tanto tiempo deseando esto. No como venganza, sino como justicia.
En eso, la puerta se abrió y entró un Byakuja que se espantó con la escena. Justo venia para decirle a su amo que las ordenes acababan de ser entregadas, pero que los soldados mostraron cierta reticencia a cumplirlas porque la alianza acababa de ayudarles.
—Decidle a vuestra gente de que Sur volverá a ser lo que era antes. Que la tiranía acaba de ser decapitada de raíz —Kagome le señaló la cabeza ensangrentada de Naraku.
El servidor del difunto rey sureño estaba sorprendido, pero no era tonto. Sólo atinó a hacerle una reverencia con la cabeza a la resplandeciente mujer de cabellos rojos.
El rey Naraku, el que se figuraba el hombre más poderoso de los últimos tiempos acababa de ser ajusticiado.
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Kagome volvió a subir sobre Granne para enfilar hacia abajo, donde estaban Bankotsu y los soldados de la alianza, descansando.
No la habían visto, pero ella siempre estuvo desde las alturas controlando la batalla. Apenas el sanador le dio hierbas suficientes para reponerse, subió sobre su caballo alado y sobrevoló a toda prisa, por sobre las nubes, para que Bankotsu o nadie más notara su presencia.
Cuando acabó la batalla, Kagome entendió que los sospechosos movimientos del rey sureño no eran más que otra traición, así que en ese mismo momento tomó la decisión que creía más justa.
La de extirpar el mal de raíz. Y procurar al fin esa justicia que tanto anhelaba su corazón. Si lo dejaba suelto y vivo, implicaría que muy pronto se verían en problemas por la tendencia maligna de ese sujeto. Debía morir y sería bajo su espada.
También entendía que no habría represalias, porque estaría librando a los sureños del yugo de un hombre cruel que los sometía. Tampoco tenía la idea de apoderarse del Sur. Ese no era el plan de Kagome.
Cuando la joven descendió al campamento de la alianza, todos se sorprendieron al verla y los norteños se apresuraron en prosternarse ante su reina.
Bankotsu estaba estupefacto de verla.
Y él quien la conocía más que nadie notó su rostro compungido. Kagome había aplicado la justicia que su corazón tanto pedía.
—Levantaos todos, olvidad las formalidades en este momento. Acabáis de salir de una batalla complicada —pidió Kagome.
Pero Bankotsu, quien al inicio se enfadó al saber que vino, cambió aquel enojo por preocupación al darse cuenta de donde venía ella y que había hecho.
Kagome vivió odiando y deseando justicia por su familia, y al fin, cuando pudo obtener la sangre de su principal enemigo, no había sido tan satisfactorio.
De pronto, los miles de soldados que aún estaban en el campo dejaron de existir para ambos y él no pudo evitar acercarse para acogerla entre sus brazos.
Porque quizá era la reina que surcaba los cielos, pero también era una mujer que había sufrido lo indecible y necesitaba un abrazo de su ser amado.
—No tienes nada que temer, yo estoy contigo —acariciando su cabello rojo —. Estoy aquí, mientras yo esté con vida, no volverás a caer nunca más y lo sabes.
Ella se dejó consolar con esas palabras que había oído de él más de una vez.
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Midoriko colocó la espada en el pecho del cuerpo inerte de Kagura, aquella gran amazona caída en batalla.
—No me apena tu muerte. Ya vas rumbo al Valhalla.
Fue antes de empujar la barca que contenía el cadáver de la guerrera hacia el Ypacarai, el rio que bordeaba el Norte y sitio de despedida de grandes héroes.
No sólo la barca de Kagura, sino cientos de otras que contenían los cuerpos de otros soldados de la alianza.
Fue una ceremonia imponente, presidida por Kagome y por Suikotsu, quien vino en litera desde el Este para presenciar aquella despedida.
El funeral decidió hacerse en Ypacarai, apenas llegaron del Sur, porque tenían premura de preparar a los caídos para su entrada al Valhalla. Así que las honras a los esteños y norteños se hizo en el Norte.
Miroku fue el encargado de colocar la espada en el pecho del cuerpo de Koga, aquel gran soldado que en los últimos tiempos le había enseñado tanto.
A la señal de Kagome y de Suikotsu se arrojaron cientos de flechas a las embarcaciones de estos soldados valientes que dieron sus vidas para proteger el Oriente.
Hoy ya gozaban de sentarse junto al Gran Odín.
Bankotsu parado junto a Kagome observaba el evento luctuoso.
—Y fue ante las murallas de Rottson donde se decidió el destino de la civilización y hemos ganado a costa de estos héroes que no serán olvidados jamás —murmuró Bankotsu
—Los bardos cantarán canciones que los harán inmortales para todas las generaciones —agregó Kagome.
El eco de los cuernos del Este y del Norte empezaron a resonar, como parte de la despedida a los compañeros caídos en una impresionante liturgia.
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Una semana después de los funerales de los caídos en Rottson, Suikotsu, quien ya estaba mejor y podía cabalgar se despidió, y junto a su ejército marchó al Este.
Bankotsu no fue con ellos. Prefería quedarse junto a Kagome, porque sabía que vendrían días difíciles para ella, porque aún estaba pendiente el juicio a Kikyo y su madre.
—Fue bueno haber estado estos días contigo, Midoriko —se despidió Suikotsu de la madre de sus hijos
Midoriko sonrió. Ambos estaban tan orgullosos de su hijo superviviente.
—Iré a tus huestes en cuanto pueda, a hacerte alguna visita —refirió la mujer
—Kagome se enfrenta ahora a uno de sus peores traumas con esa tal Kikyo, asi que no la dejéis —aconsejó Suikotsu
—Cuando fui a Terma, además de los ejércitos, también traje algo para eso y quiero creer que será excelente para la justicia que tanto anhela Kagome.
Suikotsu frunció el ceño. Algo tramaba Midoriko, pero era mejor no preguntarle.
—Sabes que siempre tendré listo las habitaciones de la reina para ti —murmuró Suikotsu
Midoriko sonrió.
—Lo sé.
Ambos se despidieron amistosamente.
Ambos se amaban a su particular modo y no había forma que nada evitase ese amor mutuo. Suikotsu siempre esperaría por ella y Midoriko siempre querría volver al lugar donde fue feliz.
Pero Suikotsu entendía que Midoriko era demasiado leal a sus juramentos. Y en estos momentos ella tenía uno junto a Kagome.
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Desde que regresaron de Rottson, Kagome no había ido ni una sola vez a visitar a las prisioneras que estaban en sus mazmorras. Si recibió el informe de que intentaron huir pero que fueron repelidas.
El otro avance del cual se le informó es que su tía, la reina viuda Margaret ya esbozaba mejor las palabras y que deseaba verla.
Cuando Kagome visitó a Margaret, la mujer apretó las manos de Kagome y le clamó justicia.
—Eres la reina ahora y por la sangre Higurashi que compartimos, debes vengar a mi hijo y a los tuyos, mis nietos.
—Naraku está muerto, de él ya no tenemos que preocuparnos —informó Kagome
—Kikyo no lleva nuestra sangre ¡no merece un juicio! —pidió Margaret.
La mujer, a pesar de estar en un estado de desintoxicación, tenía los ojos rojos
Eso fue lo que hizo reflexionar a Kagome que ellos no merecían pasar por un juicio largo y tedioso, donde Kikyo y Varra pudieran tener oportunidad de manipular. Decidió que sería más determinante con ese asunto.
Ordenó que las acusadas sean traídas al salón del trono y que convocaran a la corte.
Sus damas la vistieron con un vestido de color amarillo dorado, con la corona sobre la cabeza dejando libres, sin trenzas, sus largos cabellos caoba para que quedare claro en las retinas, de su clara sangre Higurashi.
—¡Su Majestad, La reina!
Hizo el desfile de entrada al trono seguida de Bankotsu, Miroku y Midoriko. Miroku, quien se perfilaba a ocupar el cargo de Koga y Midoriko en representación de las amazonas que Kagome aun lideraba.
Cuando se sentó en el enorme sillón del trono, su comitiva se quedó parada junto a ella.
Kikyo y Varra estaban a un costado. Kagome ordenó que les quitaran las cadenas, y el público estaba expectante por el inicio del juicio, nunca antes visto.
—Te sentáis en mi trono —escupió Kikyo, intentando manipular la situación
—No debe ser más que un truco —acompañó Varra —. Mi hija es la única heredera, luego de la aniquilación de ambas casas, por causa de los salvajes. No podéis culparnos de eso.
Pero Kagome se mantuvo extremadamente tranquila, y eso le pareció extraño a ambas mujeres que esperaban desestabilizarla con sus palabras, en especial con la parte donde le recordaba el asesinato de sus hijos.
—Haremos esto rápido, porque no es de mi interés perder el tiempo con quien no se lo merece —anunció Kagome, tranquila —. Se os acusa de conspiración, traición y asesinato.
—¡Palabras que no podéis probar! —farfulló Kikyo y luego dirigiéndose al público, gritó: — ¿Acaso creeréis la palabra de esta bruja que anda con un corrillo de amazonas que ni siquiera son norteñas?
Pero Kagome no se inmutó.
—Para empezar, conspirasteis para hacer creer a mi padre y familiares de que vuestra hija era de mi padre de la casa Higurashi, y la hicisteis pasar por alguien que detenta nuestra Antigua Sangre —dictaminó Kagome, mirando a Varra —. Conspirasteis con el rey Naraku del Sur, traicionando a nuestra patria para barrer a la casa Taisho y la casa Higurashi —Kagome apretó los puños, pero siguió con su libelo acusatorio—. Matasteis a mis hijos y provocasteis el asesinato del rey, mi esposo contaminando las aguas donde acampaba su ejército. Quisisteis matarme, pero fallasteis; asesinasteis a mi crédulo hermano para apoderaros del Bosque Negro y mantuvisteis envenenada a la reina viuda Margaret —imputó Kagome, manteniendo frialdad, aunque cada palabra renacía en ella, un profundo instinto homicida contra esas dos mujeres que arruinaron su vida.
Bankotsu notaba que Kagome estaba dado todo de ti para mantenerse calmada, mientras la corte y el público que estaba presente oía con horror aquellas acusaciones, porque también revivían con dolor, aquella horrible ocasión cuando el honor y el orgullo norteño fue vulnerado y burlado.
Kagome se levantó del trono.
—Por vuestra causa, cientos de valerosos norteños perdieron su vida —en eso Kagome, quitó las espadas que estaban clavadas en el asiento del trono, con la pasmosa facilidad de poseer Antigua Sangre en sus venas y las arrojó a los pies de Kikyo—. Probad que sois mi hermana y las acusaciones serán retiradas.
Como era natural, las dos espadas adquirieron un tono de piedra. Kikyo, quien no esperaba aquella prueba, comenzó a temblar por primera vez.
Ella sabía que esa prueba no la pasaría. Ella no era la hija del antiguo señor del Bosque Negro.
—¡Cogedla! —ordenó Kagome, quien, aunque creía en las palabras de su tía, siempre era mejor hacer esta dura prueba.
Si resultaba que Kikyo era en verdad su media hermana, no podía matarla, solo encerrarla de por vida.
Kikyo, aunque sabía que nunca pudo coger las espadas y aunque su madre nunca le confirmó su sospecha, decidió que, quizá haciendo la prueba de nuevo, frente a todas esas personas, quizá podía activársele el gen que llevaban las Antigua Sangre.
Pero cuando se acercó a tocar las espadas, no pudo hacerlo, y de hecho estas armas ni siquiera cambiaron su aspecto de piedra.
Kagome cerró los ojos y se sentó en su trono. Allí estaba la prueba.
Se suscitó un asombro general en la Corte. Una advenediza había reinado sobre ellos y los mantuvo engañados.
La reina abrió los ojos, apretando los respaldos de brazos de su trono.
—No me queda más que dictar la sentencia.
—¡Esto no ha sido un juicio justo! ¿no creeréis esa estupidez de las espadas a estas alturas? —escupió Varra
Kikyo seguía en trance. Porque acababa de comprobar certeramente que no era hija de una gran casa como siempre creyó. Ella deducía que su falta de capacidad para quitar aquellas espadas era por alguna cuestión formal.
Pero Kagome no quería seguir perdiendo tiempo con ellas. No con las asesinas de sus hijos y causante de la exterminación de dos casas ancestrales.
—Por vuestros crímenes, no moriréis ejecutadas —dictaminó Kagome, ante la sorpresa de todos—. Sufriréis algo peor que la muerte —repuso la joven reina, haciendo un gesto a Midoriko que trajera algo.
Midoriko se apresuró en traer una caja enorme de plata con ayuda de Sango.
Kagome hizo una seña a los soldados que despejaran la zona detrás de las acusadas, luego se paró para dictaminar su decisión.
—No os merecéis la muerte, porque en apenas un segundo todo habría acabado, así que os doy un destino mucho peor. Os sentencio a recibir la luz de los ojos de la cabeza cercenada de Medusa y recibiréis este castigo, estando con vida. Seréis estatuas de piedra por toda la eternidad. Seguiréis con vida adentro de ese calabozo de piedra y seréis colocadas en el salón subterráneo donde el rey Inuyasha guardaba sus trofeos de guerra. Es lo mínimo que os merecéis por haber hecho del Norte vuestro campo de juegos particular.
Dictada la sentencia, Kagome se sentó.
Un silencio abrasador se instaló en el lugar.
Y antes de que Kikyo o Varra empezaran con sus maldiciones, Midoriko abrió la caja que contenía la cabeza de aquella legendaria bestia y agarrándola de los cabellos lo apuntó directamente en dirección de esas dos mujeres que apenas tuvieron tiempo de gritar ¡No!
Una luz y las dos mujeres quedaron convertidas en piedra con el último aspecto que tenían: que era la de auténtico terror y miedo.
Midoriko guardó la cabeza de Medusa en la caja.
—Por la gracia de Odín, que hoy hemos justicia por todos los hermanos que hemos perdido por esta conspiración que desangró al Norte —resolvió Kagome
Un silencio se había hecho en la sala, porque era la primera vez que veían este tipo de castigos.
Miroku fue el primero en aplaudir.
—¡Por nuestra reina!
Eso fue suficiente para que todos los demás siguieran aquel gesto.
Kagome, la legitima reina del Norte había vengado la masacre al Norte. Habia vengado a la casa Taisho y a la casa Higurashi.
Y por, sobre todo, vengó aquel ultraje al honor de los Norteños.
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Bankotsu corrió los cortinales porque la noche se había presentado fresca y acababa de calentar el hogar.
Kagome sentía sentada frente al fuego, en silencio y pensativa. Él no quería incordiarla, porque fue un día complicado. Hoy aquella violenta espiral de violencia que cercó su vida acabó hoy con la sentencia esgrimida hacia Kikyo y su madre.
No esperaba tal castigo, así que debía darle los créditos a Kagome, que se había esmerado en aplicar la justicia más apta para quienes engañaron a todos por tanto tiempo.
Se sirvió una jarrita de hidromiel y fue a sentarse junto a ella.
—¿Cómo te sientes, Kagome?
Ella salió de su ensimismamiento.
—No sé
—Todos los enemigos están muertos y el Oriente ya no tiene la amenaza bárbara por encima, así que podemos decir que estamos en paz ¿no crees? —puntualizó él
Ella se llevó una mano a la barbilla.
—Una parte de mi alma está en paz por eso, pero la otra siente desesperadamente que está obrando bien y aun así está fallando.
Bankotsu dejó su jarrita y se levantó para acercarse a Kagome, arrodillándose a su altura.
—Has sido la artífice de todo, mi amor.
Kagome meneó la cabeza.
—Puedo huir y temer, pero aun así el destino es inevitable —murmuró Kagome—. Sabes que las almas de mi familia aun gritan, puedo oírlos ahora mismo. Están sufriendo, y aún la justicia que he aplicado no ha bastado para quitarlos de esa pena.
Bankotsu le acarició la mejilla.
—Juntos encontraremos una solución —prometió él—. ¿Recuerdas lo que siempre te digo? Estoy aquí, mientras yo esté con vida, no volverás a caer nunca más y lo sabes.
Ella sonrió y cogió aquella mano cálida que acariciaba su rostro.
—Contigo me siento a salvo —algunas lágrimas salieron del rostro de Kagome, que Bankotsu se apresuró en limpiar.
Y Kagome se arrojó a besarlo, y Bankotsu le correspondió con toda la intensidad que podía.
Se amaban y era todo cuanto importaba en ese momento.
Lo único que quería en ese momento era sentirse plena y segura en los fuertes brazos de Bankotsu, que siempre estarían allí para ella.
Ya mañana seria otro día.
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Varias horas después, la brisa nocturna volvió a colarse por las rendijas de la ventana que Kagome abrió para mirar desde la ventana.
Bankotsu dormía profundamente, luego de haber hecho el amor con ella, así que no se percató de que ella se había levantado.
Los ojos de Kagome estaban cristalizados.
Sentía una culpa enorme por no decirle a Bankotsu de que estaba embarazada. Él creía tanto en ella y la consideraba el eje sobre el cual se unieron los pueblos.
Pero Kagome se escocía en que no podía evitar ser egoísta.
Amaba a Bankotsu de forma desmedida y sentía que le debía todo. Él había hecho de ella la mujer que era ahora, levantándola del suelo donde estaba, luego de tanto sufrimiento.
Se acarició el vientre, aún plano.
Y también amaba a ese bebé que no conocía, fruto de aquel poderoso amor.
—Los amo a ambos, a tu padre y a ti, sin conocerte —murmuró ella, como si hablara con su hijo nonato —. Pero también amo a mis otros hijos, a quienes sí he conocido y ellos sólo me tienen a mí. Por favor, perdóname.
De sus ojos comenzaron a caer lagrimas silenciosas, porque no quería despertar a Bankotsu.
CONTINUARÁ
Muchas gracias, estamos a poquito del final.
El 28 es un capi un poco complicado, pero intentaré que esté listo pronto y luego el final, el 29.
Perdón por los errores, aunque intento corregir siempre se me cuelan.
Besos a mis comentaristas del ultimo capitulo: CHECHY14, MONSE, ISADI, Y AR TENDO QUE SE VOLVIÓ.
Y por favor no me odien.
Paola.
