INUYASHA NO ME PERTENECE, LA TRAMA Si Y HAGO ESTO DE DIVERSIÓN
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LA REINA DEL NORTE
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CAPITULO 28
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EL SIGUIENTE CAPITULO SERÁ EL FINAL.
El viaje de un alma perdida.
La canción de justicia que ha sido cantada.
Pero que no fueron suficientes para aplacar a la oscuridad.
Las risas de Narvel y Valiant que se apagaron fatídicamente aquel negro día de traición le pesaban a Kagome como si hubiera sido ayer.
Acababa de llegar de un viaje corto a bordo de Granne. Fue a la isla de Terma, sin decirle a nadie. Debía hablar con Pitonisa, la Oráculo de la isla y pedirle consejo.
Kagome sabía que única manera de salvar las almas de su familia era un sacrificio por parte de alguien dispuesto. Que tuviera el deseo profundo de rescatarlos de la horrible oscuridad del Niflheim.
Pero en los últimos días Kagome se sintió apremiada. Por eso vino junto a Pitonisa.
La joven reina quería ganar tiempo, que el hijo de Bankotsu naciera, pero las palabras de condena de Pitonisa le cambiaron el panorama.
—Si dejas pasar más tiempo, ya luego sus almas no podrán ser salvadas y quedarán por la eternidad de los tiempos enterradas en el Niflheim
Aquella revelación de Pitonisa, además de tenebrosa le parecía un injusto castigo de los Dioses.
Granne la bajó en el balcón de su habitación y Kagome entró.
Ella solo quería un poco más de tiempo y ni siquiera tendría eso. Caminó por los pasillos de su castillo. Los que la veían le hacían reverencias y la saludaban, pero Kagome parecía no darse cuenta de ellos, para extrañeza de éstos, acostumbrados a la amabilidad de la reina.
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Midoriko estaba con Sango, despidiendo a las guerreras amazonas que estaban afincadas en Terma y que vinieron con la leva de Kagome a la guerra. Permanecieron estas semanas en el Norte, abasteciéndose y ahora regresaban a casa, a la espera de otra convocatoria de su reina, la mujer que surcaba los cielos a bordo de Granne.
Era un atardecer cálido, poco usual en la temporada.
Mientras miraban marchar a sus compañeras, Sango observó: —El Cielo tiene nubes rojizas, hace tanto tiempo que no veía un cielo así ¿no crees, Midoriko?
La madre de Bankotsu asintió y tuvo un escalofrío al verlo. Sus ojos azules temblaron ligeramente.
—Se avecina una tragedia. Sangre importante se derramará, Sango.
Sango no respondió, pero tuvo el mismo sentimiento al ver aquel atardecer. No entendían, pero aún se estremecían.
¿Qué podría ir mal?
Y más ahora que al fin estaban en paz.
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Kagome procuraba mantener la cabeza fría en algunos asuntos y pidió a Miroku, que trajera bastante papel y tinta, junto a los sellos reales.
El joven guerrero acababa de ser nombrado Justicia de la Reina.
La joven había tomado una decisión, pero antes de hacer aquello, debía cumplir ciertas formalidades, como dejar organizado a su país.
Miroku se extrañó de ver tantos documentos firmados y además fechados por la propia reina.
—Majestad, perdonad mi osadía ¿pero porque decide tomar el tema de la sucesión?
Kagome no deseaba explayarse, pero debía una explicación a quien se suponía su mano derecha administrativa.
—Porque no tengo herederos, Miroku. Y aunque aprecio que hayamos recuperado a mi tia Margaret, vos y yo sabemos que ella no debe reinar, así que he decidido que mi sucesión pase a manos de Suikotsu del clan Macfarlane del Este —decretó Kagome
—¿Un rey extranjero?
Kagome meneó la cabeza.
—Porque es un hombre honorable y practico. Los norteños lo respetan y él será capaz de organizar un nuevo gobierno, excluyendo a mi tía Margaret. Imagino que se convocaran asambleas y concilios para escoger al nuevo gobernante, que sólo asumirá con la venia de Suikotsu.
Miroku ya no tuvo nada que objetar ante los argumentos de su reina, quien además poseía razón. Ella no tenía heredero y era inteligente en establecer mecanismos para decretar que Margaret no entrase. Aunque pareció extrañado que su reina tomase estas decisiones, no le pareció incoherente.
—Cuando acabemos, ordenad que cierren el ala de mis aposentos, que deseo privacidad y haced llamar al príncipe Bankotsu —fue la última orden de Kagome.
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Bankotsu estaba leyendo unas cartas de su padre en uno de los salones, cuando llegó el propio Miroku a decirle que la reina lo necesitaba.
Cuando el ex mercenario pasó junto a Miroku, éste le murmuró.
—La reina está muy extraña, espero podáis calmarla.
Bankotsu asintió y marchó a las habitaciones de Kagome. A estas alturas ya todos sabían de su relación con ella, así que los guardias reales le abrían directamente paso cuando pasaba.
Además, Bankotsu poseía tratamiento de alteza real, por ser el heredero del rey del Este.
El ex mercenario aún no se sentía completamente cómodo con aquello, pero Kagome le había dicho es que ninguno estuvo preparado para asumir las tareas que la providencia les dio. Como ella misma, que nació para ser esposa y madre, sólo eso. Y en su caso, aun peor, porque Inuyasha nunca le dio su lugar y prefirió serle infiel con una mujer que luego fue causante de la caída de su casa.
Así que Bankotsu tomaba ahora el asunto con filosofía. Estaba preocupado por Kagome, quien no dormía bien desde hace días y él estaba seguro que tenía que ver con su familia, que ella no dejaba de oírlo y tenía el presentimiento que la escapada secreta que hizo más temprano estaba conectado con eso.
Kagome pensó que él no se percataría, pero sí que lo hizo, así que ahora que lo hizo llamar, aprovecharía para sonsacarle la verdad. Además, Miroku mismo había informado de su estado.
Cuando pasó a la guardia apostada y cruzó a los aposentos de Kagome, esperaba encontrarla sobre la cama, pero la vio en el balcón, entre el viento norte que hendía entre las cortinas de los ventanales.
De espaldas lucía bellísima con un sencillo vestido blanco, muy parecido a aquellos ropajes que utilizó cuando viajaban juntos al Oeste, cuando empezaban a conocerse.
Le parecía que había pasado un siglo desde aquello.
― ¿Kagome?
― ¿Recuerdas la última vez que hicimos un viaje a solas?
Aquella pregunta tomó por sorpresa a Bankotsu.
―Puedo recordar a la perfección la odisea que pasamos juntos hasta ahora.
―Nunca pudimos hacer otro viaje a solas, como cuando iniciamos este camino ―replicó Kagome
Bankotsu no entendía porque Kagome estaba así, pero decidió seguirle la corriente.
―Pues nunca es tarde. Gracias a ti, el Oriente está en paz. Las amenazas salvajes se acabaron y el tirano del Sur está muerto, nadie más que tú se merece una travesía privada y los asuntos de reino pueden esperar unos días.
Kagome sonrió y le señaló a Granne que se erguía expectante en la terraza.
―Ven conmigo a un paseo por los aires.
El ex mercenario sonrió y la siguió, subiendo tras ella sobre la montura del legendario caballo de Brunilda. Aquel no iba a ser un paseo de batalla, la previa de una guerra sino una simple travesía a solas.
― ¿Dónde quieres ir? ―preguntó él
―Las montañas altas del Este, porque allí me enamoré de ti
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Fue un crucero largo, atravesando el Norte en todo su esplendor por encima de las nubes y luego bajando por sobre las verdes montañas del Este, aquellos que fueron testigos del inicio de su enamoramiento,
Fue imposible para ambos amantes no empaparse de aquella nostalgia, cuando él aún estaba receloso de ella y Kagome no terminaba de descubrir su auténtica personalidad.
―Gracias a ti, soy la mujer que soy ahora ―le murmuró ella
Finalmente, luego de varias horas, ambos volvieron al castillo del Norte cuando ya caía la noche y el frio, cansados, pero con la sensación de haber hecho algo que les hacía falta en su relación.
Esa noche durmieron abrazados y él volvió a reiterarle sus promesas. Recordarle lo mucho que significaba para él.
Kagome intentaba que él no se diera cuenta, pero en su interior sollozaba porque era la última vez que vería al amor de su vida. Que el hijo de ambos nunca vería la luz.
Cuando despuntó el alba, Kagome volvió a vestirse con un sencillo vestido, y asegurándose que Bankotsu dormía salió al balcón subrepticiamente, abordó a Granne y salió volando del lugar sin mirar atrás.
Cuando ella hubo desaparecido, Bankotsu abrió los ojos y se levantó de un salto, comenzando a vestirse de prisa.
Se calzó las botas y rebuscó algo entre su capa que estaba tendida sobre una silla. Era una cajita, lo miró y lo puso en el bolsillo, luego salió para afuera, saludando a los guardias apostados en la puerta. Tenía que encontrarse con alguien de prisa.
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A Midoriko le gustaba entrenar al alba. Ella decía que eso mantenía su cuerpo y mente sanos, además de conservar sus reflejos.
Sango solía hacerle compañía a veces, pero en esta ocasión la joven amazona no estaba con ella.
Midoriko estaba practicando algunos ejercicios, cuando la voz de su hijo la quitó de su concentración.
―Madre
La mujer volteó y se encontró con su hijo vestido y listo como para una jornada.
La mujer quiso hacerle unas bromas, pero Bankotsu tenía el aspecto serio y además le tendió la mano para que Midoriko cogiera un objeto.
Era una caja lacrada.
― ¿Qué es esto, hijo?
―Promete que lo abrirás cuando el momento sea oportuno
Midoriko frunció el ceño ¿Qué significaba aquello?
―Júramelo, madre
Finalmente, la mujer asintió.
Ambos, madre e hijo se miraron largo y tendido, hasta que finalmente él no pudo aguantar y se acercó a abrazar a su madre.
―Si volviera a nacer, no querría a otra como madre. Tú me hiciste nacer y junto a mi padre hicieron el hombre que soy ahora. Si Hiten estuviera aquí también diría lo mismo ―dijo Bankotsu y luego apretando a su madre pidió ―. Por favor, no me sigáis.
El recordar a su hijo fallecido, hizo que se le cristalizaran los ojos a Midoriko.
Finalmente, ambos se soltaron y Bankotsu se marchó.
Midoriko quedó plantada tal como estaba, con la cajita lacrada en la mano, viendo como su hijo subía al caballo listo que le trajeron.
Quería decir mil cosas y las palabras no le salían. No entendía, pero a la vez sí.
Y a su vez estaba atada a la promesa que acababa de hacer.
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En la parte septentrional del Norte, en la isla de Cabos se alzaba tenebrosa el famoso volcán de Padmei.
Lúgubre y tétrico, ningún ser que preciaba su vida visitaba jamás la isla, y es porque contaba la leyenda que dentro de Padmei se erigía la entrada al Hellheim, el mundo de los muertos.
Era el punto de unión entre el mundo de los vivos y los muertos. Se decía que Hellheim estaba una vez pasada la parte más profunda del volcán, pero para llegar a ella necesariamente debía pasarse por el Niflheim, el mundo de la oscuridad y el terror, que era un punto intermedio donde yacían las almas que no alcanzaban a franquear y quedaban como en pena sin acabar de irse.
El destino de los grandes guerreros era el Valhalla junto a los dioses y además de otros privilegiados. El resto de los muertos iban al Hellheim.
Pero quedarse en el Niflheim era una condena terrible.
Cuando Pitonisa le dijo a Kagome que tanto Narvel como Valiant seguían allí, y que además el propio Inuyasha seguía atrapado con ellos y que además su penitencia estaba a punto de volverse eterna, fue que Kagome decidió apresurarse.
El día anterior se despidió de Bankotsu, que era la persona que más le importaba. Le atormentaba saber que nunca sabría sobre su paternidad. Aunque tuviera derecho a saberlo, Kagome no quería atormentarlo con ese conocimiento. Ese bebé nunca nacería.
Kagome bajó de Granne. Luego de abrazarlo y darle unas palmaditas amistosas, el susurró algunas palabras.
―Has sido un gran compañero de batallas, pero debemos despedirnos, hasta que Brunilda escoja un nuevo jinete. Pero el Oriente está en paz, así que tú también podrás descansar.
Granne hizo un relincho lastimero dando cuenta que no deseaba marcharse.
―Pero debes marcharte ¡por favor, vete!, que de aquí no saldrá nadie ―rogó Kagome, procurando controlar las lágrimas que se avecinaban.
Granne no se fue del lugar, pero Kagome sabía que Granne no era lo único que dejaba atrás, así que luego de darle una última caricia, Kagome emprendió la entrada al volcán, a través de una de las cavernas. Apretó la espada que tenía en la espalda. Porque no pensaba morir de forma ridícula antes de hacer a lo que había venido. Su gran determinación vencía al miedo y pavor que aquel lugar tétrico producía.
Sabía que estaba entrando para tentar a la misma muerte en sus narices. Se armó de valor y siguió caminando.
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Kagome caminó tanto, que por un momento olvidó la noción del tiempo. Era oscuro y el aire viciante, pero la joven no paró su marcha. Ni siquiera reparaba en las sombras que parecían seguirla.
Ella sabía que sólo eran lastimosos resquicios de almas en pena que aún quedaban en el lugar como muy pronto estarían sus hijos. Perdidos en el tiempo y en el espacio, porque no pertenecían ni al mundo de los vivos ni de los muertos.
Apresuró la marcha y finalmente se encontró con una especie de playa, donde emanaba un viento con sonido sepulcral y unos pasos adelante, un abismo desde donde provenía aquella corriente lúgubre y triste.
Kagome se tuvo que sostener a una roca, para resistir y que aquella ventisca no la succionara. Dejó su espada Antigua Sangre en el suelo y se acercó a la orilla, imprimiendo fuerza a su planta para aspirada.
Pitonisa sólo le había dicho que no había fórmula para hacer esto. Que ella sabría cómo hacerlo.
Que las almas que ella deseaba salvar se presentarían de algún modo, llamados por su deseo de salvarlos. Que Kagome sólo debía estar allí.
Y tal como dijo profetizara la Oráculo de Terma, un torbellino de rayos oscuros salió del abismo.
Kagome no retrocedió ante la visión y más cuando notó que dentro del remolino que se erguía frente a ella, se notaban tres luces doradas. A Kagome comenzó a temblarle el cuerpo.
Esas luces escondidas bajo aquel espectral ciclón eran las almas atrapadas en el Niflheim. Su conexión espiritual percibía que eran los espectros de Inuyasha, Narvel y Valiant.
Y se presentaron frente a ella, tal como dijo Pitonisa, por el vínculo que tenían y por, sobre todo, el deseo de Kagome de salvarlos.
Kagome lagrimeó. Su mano derecha quedó sobre su vientre, que aún era plano, pero que ella ya sabía que albergaba a un ser inocente, que ahora pagaría con la vida que nunca tendría por salvar a los hermanos que jamás conoció.
Cayó sobre sus rodillas, sin dejar de acariciarse el vientre, pidiéndole perdón a su hijo no nacido. Y también a Bankotsu, porque ese bebé también era suyo.
―Nos conoceremos, y juro que sabré reconocerte en el mundo de los muertos o donde sea que me depare esto. ¿Podrás perdonarme, hijo mío?
Porque Kagome ya deducía que el único modo de hacer esto era arrojarse dentro del torbellino.
Siguió arrullándole a su hijito y haciéndole carantoñas. Cerró los ojos, que la hora había llegado y se levantó lentamente para caminar un poco hacia atrás, para hacer el impulso para saltar dentro del ciclón que la llamaba al sacrificio.
Sólo un alma podía sacar a otra alma del Niflheim.
Pero cuando iba a hacer el primer empuje, una flecha sorpresiva cayó cerca de sus pies, deteniéndola.
Kagome giró sorprendida y se encontró con un Bankotsu serio que apuntaba con un arco.
― ¿Qué haces aquí? ―reclamó Kagome, desconcertada de verlo allí
Antes de que ella pudiera hacer otro intento de saltar, él ya se había materializado a su lado y le cogió fuertemente del brazo. Arrojó su arco y las flechas.
― ¿Crees que no me di cuenta que lo tuyo ayer fue una despedida?
Los ojos de él estaban cristalizados.
― ¡Por favor!, la única que puede salvarlos soy yo. Soy su madre y nunca podría dejarlos ―rogó ella
Él no le reprochó. Sabía que ella amaba a Narvel y a Valiant, que les fueron cruelmente arrebatados y toda la lucha hasta hora en parte fue por ellos.
Él entendía, pero no la soltó.
―Entiéndeme por favor ―volvió a pedir ella ―. Te amo como nunca amé a nadie, pero esto va más allá de eso. Son mis hijos y ellos sólo me tienen a mí para hacer este sacrificio.
Él le limpió unas lágrimas.
―Entiendo, te juro por Odín que lo hago ―proclamó él―. Pero no puedo dejar que hagas eso, no cuando sé que estás embarazada.
Kagome quedó estupefacta. Él sabía.
― ¿Cómo te diste cuenta? No quise decirlo porque de sólo pensarlo me rompía el corazón.
Bankotsu le acarició el rostro.
―Es mi hijo y estamos unidos espiritualmente desde antes que fuera concebido. Pude sentirlo.
La mujer tragó un sollozo.
―Entonces sabes que soy una horrible persona por no dejarlo vivir, pero es que no tengo opción ¿me odias?
Él negó con la cabeza.
―Nunca pensaría eso de ti. Eres la madre de mi hijo y sólo por eso te debo mi alma.
Luego de unos segundos Kagome entendió.
Bankotsu pensaba tomar su lugar y sacrificarse en vez de ella.
Ella quiso desasirse del agarre de él, pero él la sostuvo muy fuerte, mientras besaba sus mejillas húmedas.
―Kagome, yo soy reemplazable, pero tú no ―besando su rostro con fruición―. Eres insustituible ―le susurró al oído mientras la sujetaba con fuerza ―. Cuida a nuestro Jamie
― ¿Jamie? ―preguntó la joven, extrañada.
―Será un muchacho testarudo como tú ―los ojos de Bankotsu denotaban tristeza, pero eso no mermaba la resolución que tenía.
―¡No! ¡No te dejaré que hagas eso!
―Yo quiero a tus hijos, porque son los hermanos de Jamie, y sólo por eso surge el profundo deseo de mi corazón de salvarlos ―clamó él
Iba a salvar la preciada vida de la mujer que amaba y a su hijo.
La noche anterior había soñado con él y con su nombre.
La besó con todo el ímpetu del que era capaz, aseguró la alabarda que tenía en la espalda y quitó la espada que tenía en la cintura.
―Dáselo al bebé cuando crezca ―pasándole el arma a la joven, quien aún seguía en shock por lo que veía―. No llores, amor mío y ahora promete que vivirás por nuestro hijo ¡júramelo!
Kagome estaba hecha un mar de lágrimas, pero el apremio de aquel ultimo juramento que su amado le exigía hizo que asintiera con la cabeza.
―Por nuestro hijo…
Un último beso y Bankotsu la soltó lentamente, sin dejar de mirarla y empezó a caminar.
―Kagome, volveremos a vernos ¡te lo juro! ¿acaso he roto yo alguna promesa. Aunque deba pasar por encima de Odín, juro que te volveré a encontrar.
Dijo eso antes de hacer un impulso y un salto hacia el remolino oscuro.
La mano de Kagome quedó en lo alto, mirando como su amado se perdía en aquel ciclón oscuro que al poco pareció explotar en varias lucecitas blancas y brillantes que llenaron el lugar.
Sólo quedando tres luces doradas que eran impulsadas por una luz blanca, hacia el cielo.
Era Bankotsu, el poder de su alma la que propulsaba a las tres almas perdidas.
Kagome vio como se elevaba para perderse finalmente entre las estrellas.
El hombre que amaba.
El primero que creyó en ella.
Él que hizo lo que ella era ahora.
Su amigo, su amante, el padre de su hijo.
Habia sido él quien ofrendó su alma para salvar a las otras personas que Kagome amó como fueron Valiant y Narvel. Y también Inuyasha, que, aunque no fuera el marido que ella soñó, fue el padre de sus hijos y, por tanto, era su familia.
Bankotsu le acababa de dar una poderosa muestra de amor infinito.
Por ella, y por el hijo en camino.
Desaparecidos el remolino y las luces, en la caverna sólo quedaron el silencio y el corazón adolorido de Kagome.
Y en el viento, una promesa que iba hasta las estrellas.
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Sólo sé que nos volveremos a ver en el Valhalla, en el Salón de Odín donde seremos jóvenes de nuevo y a ser lo que siempre estuvimos destinados a ser.
Kagome procuraba mantenerse erguida, pese a que las fuerzas amenazaban con abandonarla. Junto a ella, Sango y Miroku estaban con ella como su guardia más cercana.
El muelle de Tarles nunca había estado tan atestado. Y es que todos querían estar en los funerales simbólicos del héroe de Rottson. El gran líder que condujo la victoria contra los barbaros.
Se habían congregado miembros de todos clanes del Este, el ejercito del reino y también importantes contingentes del Norte, que pelearon bajo el mando de Bankotsu en Rottson.
Presidía el ritual Suikotsu en el centro, y a su lado Midoriko.
Era natural que esta despedida se hiciera en el Este, por ser la patria de Bankotsu.
Kagome aún no se atrevía a mirarlos con detenimiento desde que les trajera la noticia de que Bankotsu había desaparecido en el interior de Padmei, salvándola.
Esa fue la noticia publica que se informó. En privado, Kagome les narró a los desconsolados padres de Bankotsu, la verdad. Que él se había sacrificado para salvar las almas de sus hijos y de Inuyasha.
Al principio eso dio cierta esperanza a Midoriko y junto a Kagome regresaron a Padmei a intentar hacer conexión, si Bankotsu seguía vivo en algún punto de todo. Pero nunca hubo un atisbo de nada. Hasta las ventiscas de miedo habían desaparecido.
Bankotsu acabó entregando su propia alma para elevar a las otras y no había podido regresar. Es que es imposible regresar del mundo de los muertos, como les reveló Pitonisa, quien tampoco tenía una respuesta. Sólo que en efecto las almas perdidas fueron elevadas y rescatadas del Niflheim
No había un cuerpo que venerar, pero aun así prepararon la ceremonia y una barca vacía.
Kagome observó a Jakotsu y Kohaku, quienes también eran conocedores de la verdad y la observaban con recelo. No le perdonaban y no lo harían nunca. Jakotsu llevaba a sus espaldas la espada de Bankotsu, que Kagome le entregó al darle la noticia.
Midoriko y Suikotsu empujaron la barca y en eso Kohaku sacó una flecha posándola en el fuego para apuntar directamente a la barcaza que ardió ante el contacto.
―De tu sangre surgirán los más grandes reyes del Oriente, amor mío. Nuestro hijo será el inicio de todo y se verá cumplido lo que una vez te profetizó la Pitonisa: Dinastía ―la joven se limpió las lágrimas, al ver que el barquillo terminaba de consumirse―. Aunque en mis sueños, siempre estaremos juntos.
Kagome cerró sus ojos luego jurar aquello.
En eso el sonido de una gaita ejecutada por Midoriko, con el corazón partido de una madre que ahora ya no tenía hijos vivos le llegó a los oídos.
Kagome tuvo la visión de un Bankotsu que caminaba seguro empujando las puertas de varios salones, hasta que llegó donde estaba una larga mesa y alguien que venía a recibirlo.
Hiten, quien le guardaba un lugar en el Valhalla a su hermano.
Veía sonreír a Bankotsu y cogiendo la mano amistosa de aquel hermano que tanto añoró.
Al fin estaban juntos de nuevo, en un sitial privilegiado donde sólo residen los guerreros.
Él había cumplido todas sus promesas, ahora sólo tocaba cumplir a ella.
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Nueves meses después.
Suikotsu había convocado a los clanes.
La convocatoria no decía nada más, pero la palabra de un Mcfarlane siempre era suficiente para que todos se congregaran en la Corte.
Se erigió una especie de corte en las afueras de Luxur, para que pudieran caber los miembros de todos los clanes, así como el propio ejército. El Este aun no terminaba de recuperarse de la pérdida de su héroe, pero tal como dijo su madre, los bardos cantarían canciones de él que llegarían a toda la posteridad.
―Esperamos una visita ―anunció Suikotsu, quien ya estaba al tanto, pero sabía que esta reunión era necesaria para reconciliar los ánimos tristes de los clanes.
Jakotsu y Kohaku estaban parados junto a Suikotsu. Kohaku se había vuelto la Justicia del rey del Este y Jakotsu la espada juramentada del monarca, así que ambos mantenían sendas posiciones junto al padre de su querido amigo desaparecido.
A diferencia de Suikotsu, ellos no conocían el motivo de esta llamada.
Luego de unos minutos, vieron materializarse a unos jinetes portando las banderas del Norte y el emblema de Kagome Higurashi.
Midoriko, Sango y Miroku eran de la partida.
Jakotsu aún se preguntaba que podía ser aquello tan importante que hiciera que el primer anillo de la reina norteña viniera en persona a esta visita. Hace meses que no sabían nada de ella, luego del funeral simbólico de Bankotsu, tanto Kohaku como Jakotsu se alejaron de cualquier cuestión que tuviera que ver con el Norte. Se sentían aprensivos con Kagome, pese a ser la mujer que su amigo amó tanto.
No necesitaron pensar demasiado cuando vieron desde lo alto el distintivo caballo alado de la reina norteña.
La mujer aterrizó junto a su montura en el centro mismo, frente al trono del Este y teniendo a su alrededor a los clanes y los ejércitos de ese país. Sólo estaba franqueada con la escasa comitiva que había venido con ella.
Kagome tenía un aspecto cansado, alejado de los trajes de batalla de amazona que luciera antes. Una cofia la cubría por completo.
Un silencio sepulcral se extendió por el lugar, mientras ella giraba y miraba a todos en silencio.
Todos las observaban desconfiados y con recelo. Y Kagome los entendía. Por su causa, los esteños perdieron a su gran héroe y su rey perdió a sus dos hijos.
Hizo un movimiento con sus manos y dejó caer la enorme cofia gris, descubriendo un bebé entre sus brazos.
Eso sí fue inesperado, porque no sabían de aquello.
Kagome se adelantó unos pasos, cogiendo a su hijo para que todos lo vieran. El niño ya estaba despierto, y se mantenía en solemne silencio como si entendiera.
― ¡Todos vosotros habéis jurado una vez por Bankotsu, vuestro príncipe! ―gritó Kagome, con toda la fuerza de sus pulmones para que el eco de su voz llegase a todos―. Jurad ahora por su hijo.
Jakotsu y Kohaku estaban literalmente con la boca abierta ante aquella revelación inesperada. Pero Midoriko acompañaba la comitiva, así que debía ser cierto.
Jakotsu sonrió levemente y sacó la enorme espada que tenía en la espalda.
La espada de Bankotsu, que Kagome le había entregado.
Imprimió toda la fuerza que pudo en su brazo para arrojarla en el centro mismo del campo, como señal de que así como habían jurado una vez por Bankotsu Mcfarlane, ahora lo harían también por su hijo.
La espada se incrustó en el centro, ondeando con el viento y esa fue la señal para que todos empezaran a vitorear el nombre de su héroe.
―!Bankotsu! ¡!Bankotsu!
Kagome sonrió con orgullo.
El pequeño que llevaba entre sus brazos, acababa de ser nombrado heredero del trono del Este, por el clan Mcfarlane.
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―James del clan Macfarlane y de la casa Higurashi, heredero del Norte y del Este, por la gracia de Odín ―declaró un orgulloso Suikotsu mientras cargaba a su pequeño nieto, quien lo miraba con ojitos que parecían ser celestes.
Pero en efecto serian azules como las de Bankotsu, aún era muy pequeño para que los tuviera del color definitivo.
Luego del juramento de los clanes y el reconocimiento de James Jamie como heredero del clan Mcfarlane, Suikotsu arregló una cena privada con Midoriko y Kagome, para pasar un momento a solas con su nieto.
Él siempre estuvo al tanto del progreso de embarazo de Kagome, que ella misma se lo contó luego del funeral de Bankotsu. Decidieron mantener aquel asunto en secreto, mientras nacía el niño, por una cuestión política.
Midoriko, pese a su inconmensurable dolor hizo honor a su juramento y permaneció junto a Kagome. Cuando Jamie nació, fue la primera vez que la orgullosa amazona volvió a sonreír luego de perder a su ultimo hijo.
Kagome caminó hacia los padres de Bankotsu, quienes sostenían a Jamie.
Tenía que comunicarles algo que su corazón le urgía hacer.
―Vuestro nieto es ahora el heredero también del Este ―Kagome acarició la cabecita de Jamie―. Es el príncipe más preciado del Oriente, pero por sobre es vuestro nieto y es por ello que he decidido liberaros de vuestra promesa ―Kagome miró a Midoriko, quien estaba más que estupefacta―. Así podréis ayudarme a criarlo y sé que vosotros queréis estar juntos, porque os une el dolor por vuestros hijos, que perdisteis por mi causa.
―No es necesario, Kagome ―quiso intervenir Suikotsu
―Dejadme terminar, os lo ruego ―pidió Kagome―. Sólo vosotros dos entendéis el dolor de no tener a vuestros hijos y debéis estar cerca para consolaros mutuamente. Yo más que nadie entiendo de ese tormento ―Kagome tuvo una pausa recordando a sus hijos fallecidos ―. Y justamente por ello, he decidido que mi hijo sea criado por vosotros la mitad de cada año, y además es lo que corresponde, porque Jamie será alguna vez rey de vuestras tierras. Debe aprender a criarse en ambas patrias.
― ¿Renunciarás a tu hijo por seis meses cada año? ―preguntó Suikotsu
―Además os lo debo, por mi causa perdisteis a todos vuestros hijos, así que es lo justo que Jamie aprenda de vosotros también. Es un Mcfarlane después de todo ―refirió Kagome.
Fue una decisión difícil, pero luego de pensarlo mucho, Kagome decidió hacerlo.
Así como la de liberar a Midoriko de su juramento de sangre, para que pudiera ser libre de poder refugiarse en Suikotsu en su mutuo congoja, y ayudar a criar a Jamie.
A ausencia de Bankotsu, era justo que sus padres se encargaran del niño y Kagome se los debía.
Además, Kagome había aprendido a sobrevivir medianamente la perdida de Narvel y Valiant, pero nunca aguantaría el perder al único hijo que Bankotsu le dejó.
Además, le había hecho una promesa a su amado.
Y pensaba cumplirla hasta el fin de sus días.
CONTINUARÁ.
Ya son libres de odiarme y abandonarme. Perdón por los errores de ortografía. Alguna vez tendré beta.
Aún falta un capitulo, ojalá no me abandonen todos luego de lo que hice aquí. Kagome no deja de sufrir, y aquí yo lo lamenté mucho porque tuvo que elegir entre los hijos muertos que ella conoció o su bebito que venía en camino. Ella es una gran madre, por eso le rompía el corazón el tener que sacrificar al no nacido.
Pero Bankotsu no iba a dejar que hiciera algo así y más cuando él considera que Kagome es irreemplazable.
Además, quería que Jamie viviera.
Esta capitulo siempre fue pensado de esta forma, y casi lo cambié, viendo sus comentarios, pero no encontraba el modo de resolverlo, así que dejé el plan original, así también tendría un poco más de sentido lo que va a pasar en el capítulo final.
Por cierto, el nombre del bebé es James, y su diminutivo es Jamie (sí como el hermano de Cersei Lannister) o como Jamie Fraser de Outlander.
En todos los fics con hijo del Bankag siempre escojo a Ranma para representarlo, pero esta vez decidí que no, porque el carácter de Jamie no será alocado como Ranma y como verán en el capítulo final, donde presentaré un último drama que debe resolverse.
La representación física de Jamie es Saito del animé Hakuoki.
BESUQUE A MIS ULTIMAS COMENTARISTAS: AR TENDO, ISADI, MONSE, CONEJA Y GUEST.
UN ABRAZO ESPECIAL PARA CHECHY14 QUE ESTUVO DEJANDOME RWS EN TODAS MIS HISTORIAS, ME SONROJA Y FIJATE QUE NO ME DISGUSTA EL INUKAG, TAMBIÉN ME AGRADA, SÓLO QUE LE TOMÉ GUSTO AL BANKAG NADA MÁS.
El capítulo final ya está en el horno.
Paola.
