INUYASHA NO ME PERTENECE, LA TRAMA Si Y HAGO ESTO DE DIVERSIÓN
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LA REINA DEL NORTE
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CAPITULO 29 final
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17 años después
Una de sus aficiones era poder escabullirse de sus guardias y cabalgar a cualquier parte, en compañía de su fiel amigo Hisui, un muchacho de su misma edad que se había criado cerca de él y era casi como un hermano.
Aunque en niveles fueran muy diferentes.
James Mcfalarne, era príncipe heredero de dos reinos y por su delicada e importante posición, debía estar constantemente custodiado por su guardia personal, un contingente formado por los mejores soldados norteños y del Este.
Nunca sería suficiente para proteger al príncipe más importante del Oriente, pero Jamie no se los ponía fácil, porque era un hábil escurridizo.
Como hoy, que venían desde el Este, donde el príncipe estuvo recorriendo tierras de los clanes, en representación de su abuelo, para acompañar tareas de magistrados locales. Y Jamie, pese a sus ansias de libertad era bastante capaz de sortearlos.
Acabada aquella misión, debía cabalgar de regreso al Norte, porque su madre lo había hecho llamar.
Seguro para darle otra misión o encomendarle alguna tarea y eso ponía de mal humor a Jamie, pero es que su madre era muy severa y seria en ocasiones. La quería, pero siempre sintió que entre ambos existía una distancia insorteable, lo que produjo que Jamie se recostase mucho más por su familia paterna: su abuelo Suikotsu, que era el hombre más sabio que conocía y su admirable abuela, que le había enseñado a pelear y se encargaba de su entrenamiento de guerrero.
Su aspecto físico era impecable. Con una altura heredada de sus genes paternos, el cabello oscuro que llevaba largo y los ojos azules también eran legado de su padre. El gran parecido que tenía con su madre era en algunos rasgos físicos y el color de la piel. En síntesis, un muchacho sumamente atractivo.
Jamie era un joven feliz y con sus abuelos se sentía libre, pero las cosas cambiaban cuando venía al Norte, porque su madre era mucho exigente y eso agobiaba al muchacho.
Otro asunto que producía el decantamiento de Jamie hacia su familia paterna era la nostalgia reverencial por el padre que nunca conoció. Creció con su leyenda. ¿Cómo no admirarlo?
Fue el gran héroe que cercenó a los salvajes y eso nunca saldría de la memoria popular. Incluso la leyenda de Bankotsu era aún más poderosa que la de la propia Kagome, que años atrás cabalgó un caballo alado como Brunilda y peleó varias batallas.
Jamie admiraba a su madre, pero se sentía completamente obnubilado por las historias de su padre.
Como todos, Jamie solo sabía que su legendario padre desapareció luego de salvar a su madre embarazada. Que desapareció en Padmei y es claro que nadie podía regresar de un sitio así.
Jamie quería ser como ese hombre que en su primera juventud fue un mercenario libre que no daba explicaciones a nadie, pero que aun así se forjó su propio nombre.
Por eso le gustaba escapar de su guardia, junto con Hisui, que era sobrino del General Miroku, Justicia de la Reina del Norte y que se había criado cerca del príncipe.
Así que, junto a su amigo, hicieron una treta y cabalgaron hacia las montañas altas, engañando a Jakotsu, quien era su espada juramentada.
Los jóvenes reían con su travesura deseosa de aventura.
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―Seguid el rastro de los caballos hacia arriba ―ordenó Jakotsu contrariado, a los soldados de su compañía. El custodiar a un príncipe como Jamie podría ser una ardua tarea, pero Jakotsu no pensaba darle un ápice de oportunidad al joven, ya que tenía claro que nunca la quitaría los ojos de encima al hijo de Bankotsu.
Lo quería como a un hijo, y fue uno de los que ayudó a que Jamie creciera con la imagen de su padre tan latente. Le enseñó arquería y tácticas de combate y sus enseñanzas se unieron a las de Midoriko, la ex amazona, quien ahora vivía en el Este junto a Suikotsu.
Y lo hacía, no sólo porque era el futuro rey, sino porque era el hijo póstumo de su querido amigo y Jakotsu había jurado protegerlo con su vida si era necesario, por eso tomó la posta y fue nombrado espada juramentada del príncipe.
Kohaku también quiso hacer lo mismo, pero acordaron que él permaneciese junto al rey Suikotsu, haciendo de espada juramentada y Justicia del Rey.
En su momento ambos le habían prometido a Bankotsu permanecer con su padre, así que estaban siguiendo sus promesas.
― ¡Las huellas conducen al pico suroeste! ―anunció uno de los soldados, que seguían el rastro del príncipe y de Hisui.
―Enfilad para allá, que ese chico me va a oír ―ordenó finalmente Jakotsu, ordenando a su montura marchar hacia arriba para traer a su protegido.
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Ya no era la tierna adolescente que pisara una vez el Norte hace casi veinte años. tímida, comedida y miedosa. Ahora era una mujer de belleza esplendorosa y muchos la veían como una especie de diosa, con sus cabellos rojos y con todo ese misticismo de Antigua Sangre que corría por sus venas.
Era la venerada y respetada reina del Norte, la que sobrevivió la masacre a la casa Taisho y que regresó de entre los muertos para rescatar a su patria a bordo de un caballo alado. ¿Cómo no temer y amar alguien así?
Kagome estaba más hermosa que nunca y difícilmente podría pasar por madre de un chico de 17 años.
Bajo su gobierno, el Norte terminó de reconstruirse luego de las invasiones salvajes e inició un proceso de levantamiento.
Kagome se empecinó en dedicar su alma y cuerpo en el manejo del reino. Toda esta pasión en el trabajo llevaba escondida un doloroso secreto: fue en esta encomienda que Kagome encontró un hueco para llenar sus días, que se sintieron vacíos luego de la desaparición de Bankotsu.
Aun luego de nacido Jamie, la mujer intentó volcarse en él, pero cierta culpabilidad la arrastraba a mantener parte de distancia con su propio hijo.
A Kagome le retorcía la consciencia de que estuvo a punto a sacrificarlo por salvar a sus otros hijos. Sólo Bankotsu puso un doloroso remedio a aquello, pero Kagome nunca dejaría de sentir remordimiento.
―Majestad, la comitiva del príncipe acaba de ser vista en las entradas ―informó Miroku, de regio aspecto.
Kagome salió de sus ensoñaciones.
―Han tardado demasiado, porque hasta el mensaje de su abuelo ha llegado antes que ellos, eso quiere decir que Jamie mantuvo entretenido al contingente con sus travesuras ―observó Kagome, limpiándose la lagrima furtiva que le cayó, para que Miroku no lo viera.
La reina se levantó e hizo una seña a Miroku para que iniciar el protocolo para recibir a su hijo, ausente hace más de tres meses del reino.
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La corte se llenó tanto por fuera como dentro, y se estableció una especie de alfombra para el príncipe que regresaba luego de una ausencia de tres meses.
Jamie recibía las muestras de cariño y algarabía desplegando una de las irresistibles sonrisas heredadas de su padre. En su espalda portaba dos espadas, una de Antigua Sangre que fuera aquella que su madre obtuvo de la cueva del Oeste y la espada de su padre, que Jakotsu le entregara cuando empezó a practicar esgrima.
Junto a él, detrás caminaba su amigo Hisui y Jakotsu, quien horas antes había estado enfadado con el príncipe, pero como siempre no tardó en perdonarle el ultimo desaire.
Las personas vitoreaban a Jamie, quien recibía orgulloso las muestras de cariño mientas avanzaba hacia el trono donde Kagome estaba sentada.
Y no lo miraba con buenos ojos, parecía estar algo enfadada y Jamie supuso que su madre lo había hecho espiar y sabia de su última aventura.
―James Macfarlane, príncipe heredero de su Majestad la Reina ―anunció uno de los heraldos.
Jamie miró hacia su madre e hizo una reverencia con la cabeza.
―Madre
La ceremonia continuó normalmente, pero a deducir por las miradas de Kagome, algo no le había gustado.
Más tarde en el despacho, en el encuentro privado de madre e hijo, aquello acabó por explotar
―Habéis tardado ―fue la primera replica de Kagome―. Los informes de tus acompañantes dan cuenta de una nueva travesura, Jamie.
Jamie sonrió, recordando aquella ultima broma, donde se escabulleron de los guardias junto a Hisui.
―Pues con ello también doy cuenta que soy lo suficientemente listo para burlar a mi propia guardia y por ende no los necesito. El abuelo me ha dado bastante libertad en mi gira por el Este.
Kagome meneó la cabeza.
―Tu abuelo y yo somos diferentes.
Jamie frunció la boca.
―Pues eso lo tengo claro, que insistes en ponerme niñeras como si fuera un niñito.
Kagome no quería regañar a su hijo, pero decidió castigar la rebeldía de Jamie.
―Entonces ya que insistes en que debes ser tratado como un hombre, entonces te impondré un castigo no como tu madre, sino como tu reina a quien debes lealtad y respeto ―Kagome se levantó de su sillón―. Permanecerás en el castillo, hasta nuevo aviso. No marchareis al Este junto a tus abuelos, sino que te quedaras aquí hasta que tu reina se dé por satisfecha de tu castigo ¿ha quedado claro?
Jamie no podía creer aquel castigo. Tenía planes con Hisui e incluía un viaje al Este y ahora resultaba que su madre lo obligaba a guarecerse bajo sus faldas. Esa parte impulsiva, de la que Kagome tanto sufrió en su Juventus y que Jamie heredó, afloró en él como gen rebelde.
―Si mi padre estuviera aquí, él no haría que me escondiera bajo las faldas tuyas. A mi edad, él ya era el azote de los mercenarios del Oriente.
Que Jamie le dijera eso, le dolió a Kagome y tuvo que girarse para que su hijo no viera el profundo dolor que le ocasionó sus palabras.
Jamie se marchó ofuscado y cerró la puerta con violencia.
Kagome quedó sola y sólo cuando Jamie se marchó, se echó a llorar.
Luego de unos minutos, el característico ruido de un bastón y la puerta que se abría, anunciaban que la reina viuda Margaret, tía suya y otrora suegra suya entraba al despacho.
En los últimos 17 años, Margaret había cambiado totalmente, entregándose a la culpa y el dolor por la pérdida de su familia. Acabó aferrada emocionalmente a la familia que le quedaba: su sobrina Kagome, que llevaba su sangre y por extensión, acabó volcando un profundo amor hacia el hijo de ella: Jamie.
Eran todo cuanto tenía en el mundo, en esta penitencia en la cual vivía, donde había perdido a su hijo y a sus nietos.
Jamie le tenía un gran cariño y la respetaba como la tía abuela que era. Cuando Jamie se hizo mayor, Margaret le confesó sus crímenes de juventud cuando reina consorte y el dolor que causó en el Norte. Y que ahora vivía en expiación, intentando subsanar parte de sus culpas.
Así que Margaret se hizo muy unida a Kagome en estos años. Era otra de las que conocía la auténtica verdad acerca de la desaparición de Bankotsu.
Arrastrando su bastón, Margaret quizá había perdido habilidades físicas, pero seguía manteniendo la fortaleza de los Higurashi.
―No podéis seguir viviendo así, Kagome.
―No quiero hablar de esto, tía ―replicó la reina sirviéndose un vaso de hidromiel.
Margaret meneó la cabeza.
―Debéis decirle la verdad, o de lo contrario, siempre habrá un abismo que los separará. Los he visto en los últimos meses, y la distancia se hace cada vez mayor ¿acaso queréis perder también a Jamie?
Los ojos de Kagome se cristalizaron.
―Sólo protejo a mi hijo, justamente porque no quiero perderlo ―aseguró Kagome, y volteándose a su tía, agregó―. ¿Cómo podría revelarle la verdad a Jamie? Me odiará aún más.
― ¡Pues mejor que eso ocurra antes que después!
―Tía, pues te recuerdo que soy la reina y no recibo ordenes ―Kagome intentó escudarse en la autosuficiencia.
―Seréis toda la reina que quieras, pero yo soy una anciana que ha vivido de todo ―alegó la mujer, haciendo una pausa en sus recuerdos tristes―. En cambio, tú tienes a uno de tus hijos con vida y con tu actitud lo estás perdiendo.
Kagome no contestó.
―He dicho lo que vine a decir ―dijo por ultimo Margaret, volteándose para marchar por donde había venido.
Kagome quedó sola en la penumbra del despacho, con las palabras de su tía en sus oídos. Golpeándole y doliéndole por la certeza.
Y su tía tenía razón, la distancia con Jamie era cada vez más latente.
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Habia esperado años, escudándose en la sombra, pero ganando conocimiento y valía. La estupidez de su juventud le costó caro, pero había aprendido de los mejores villanos.
Onigumo nunca olvidó el dolor horrible que sintió cuando conoció el destino final de Kikyo, su amada. Intentó varias veces escabullirse en el castillo norteño, pero era imposible matar a la reina.
Tenía demasiados guardias y además ella misma era alguien fuerte. Cuando Sango, la amazona guardiana de la reina estuvo a punto de descubrirlo una vez, fue que Onigumo decidió finalmente marcharse al único lugar seguro para él: el Oeste.
Pero había jurado que vengaría a Kikyo y dejó pasar los años mientras esgrimía sus oscuros planes y aguardando una oportunidad. Habia ideado que también podría matar al hijo bastardo de esa mujer, pero el joven poseía demasiada escolta y era imposible acercarse, sin que una flecha de Jakotsu no descubriera a algún intruso indeseado.
Así que Onigumo decidió esperar y buscar el momento adecuado de asestar la venganza contra Kagome, por la memoria de Kikyo.
Luego de matar a Kagome, podría volver a ver a Kikyo luego de sólo vislumbrarla en sueños lejanos.
Luego de muchos años, finalmente la oportunidad vino a él.
Se había hecho amante de la hija de un proveedor de hidromiel que había ganado un contrato para proveer de mercancía el interior del castillo norteño. Aprovechando su relación con la incauta hija de aquel hombre, podría escabullirse en algún tonel de hidromiel o bajo las pajas. Sólo debía esperar el momento adecuado.
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Granne venía cada vez que ella requería su servicio y el mítico caballo de Brunilda siempre bajaba a ella. El solo portar a este equino le valía la lealtad de las amazonas.
Ya las guerras habían acabado y vivían en paz.
Una paz que ella nunca encontró completa para sí misma. Pero luego de las duras palabras de su tía Margaret, Kagome sabía que ella tenía razón.
El abismo en la relación con su hijo era cada vez mayor. Y todo tenia raíz en el secreto y la mentira. Si aquello se liberaba, quedarían dos alternativas: que empezara a limar asperezas con su único y amado hijo o que él la odiara por completo.
Kagome sentía que no podía encontrar la respuesta por sí sola, así que decidió llamar a Granne y hacer un viaje corto, por sobre las nubes, para que nadie la detectara porque su travesía era privada.
Se subió sobre Granne y volaron en dirección al Este, hacia las montañas altas.
Hace años que Kagome no salía del Norte, dedicándose por entero a su hijo y a su reino. Puso especial énfasis en cumplir el último deseo de Bankotsu: de vivir por su hijo para convertirlo en el inicio de una dinastía que subsistiría mil años.
Bankotsu le había pedido que ella viviera, y eso es lo que estaba haciendo. Por eso en todos esos años hubo sitios a los cuales nunca más volvió, como las montañas altas del Este y menos a la isla del volcán Padmei.
Los años mitigaron el temible desconsuelo de Kagome y vivía a medias, con su hijo como único sostén de vida.
Vivía consumida por la melancolía y ocultaba esa nostalgia con el fiero porte de la gran soberana temida y respetada como reina y como guerrera.
―Diecisiete años, mi amor… ―murmuró Kagome, mientras sobrevolaba el lugar que había venido a visitar.
Pero necesitaba respuestas y creía que visitar un sitio como éste podría darle algo de luz a su mente.
El lago seguía siendo azul como la última vez que lo vio, pero la cabaña se veía más vieja y descuidada, y se notaba que nadie habitó en ella por muchos años.
Se veía como una tumba, por el silencio y por la sensación fantasmal de recuerdos que le daban a Kagome.
La cabaña de los Mcfarlane, donde Bankotsu vivió con su padre y con Hiten en tiempos más felices. Donde ella fue llevaba luego de que Bankotsu la salvara de morir en la masacre y donde pasó semanas curando sus heridas.
Kagome caminó por los alrededores, muniendóse de la añoranza que le causaba el lugar.
Se sentó sobre la misma piedra en cual lloró por Narvel y Valiant mientras Suikotsu la curaba.
Podía oír la voz de Bankotsu por la casa, reprochándole que estaba allí sólo por una promesa hecha a Hiten.
Recordaba como esa noche quiso matarse arrojándose al rio, luego de que Bankotsu se negara a matarla por pedido de ella, cuando se encontraba en pleno tormento luego del asesinato de sus hijos.
Recordaba el oloroso tónico que Suikotsu le dio para cambiar el color de su cabello.
La voz de Bankotsu cuando le reprochaba en gaélico, aquel idioma de las montañas altas que Kagome nunca aprendió, pero que Jamie ahora dominaba.
Incluso creía ver como una dolorosa alucinación que Bankotsu estaba allí mismo, vestido con las ropas que usaba en aquella época. Cuando vestía como un mercenario.
Y por último el suave sonido de la gaita que Bankotsu ejecutaba por las noches, azotado por la pena hacia Hiten.
¡Como amaba Bankotsu a su hermano!
Recuerdos que nunca se llevó el viento.
Lo único que consolaba a Kagome era creer que se habían reencontrado en el Valhala. Lo peor es que nunca podría estar segura.
La Pitonisa le reveló mucho tiempo después del funeral simbólico que el sacrificio hecho por Bankotsu implicó que su alma fue la que quedó dentro del remolino oscuro del Niflheim, luego de elevar las otras tres almas.
Lo más fuerte es que Kagome nunca oyó sus gritos de ayuda, y Pitonisa le advirtió que era obra de la voluntad de Bankotsu que no deseaba volverse una pesadilla para nadie, porque este sacrificio fue voluntario para que ella y Jamie pudieran vivir.
Por eso Pitonisa no podía saber si Bankotsu alcanzó a irse al Valhala.
Era desolador que a propia mujer que traía mensajes de los dioses como un Oráculo no tuviera respuestas para ella.
Kagome corrió a Padmei luego de esto, pero no se encontró con nada. Solo oscuridad. Ninguna manifestación del Niflheim.
Fue allí que Pitonisa le reveló, luego de que Kagome prácticamente la zarandeara de que el único modo de elevar a Bankotsu si es que acaso seguía allí, era que un alma que llevara su sangre y de la persona que más amaba fuera la que hiciera el sacrificio.
Era claro que se trataba de Jamie.
Que terrible encrucijada. Perder al hijo que tanto amaba por salvar al hombre que tanto adoraba.
Fue por eso que Kagome no volvió a Padmei ni a salir del Norte. Le había jurado a Bankotsu que viviría y que además debía hacerlo por Jamie
Durante años sintió que no podía ver el rostro de su hijo sin sentir el peso de su promesa a su padre.
Kagome se limpió las lágrimas.
Margaret tenía razón. Jamie debía saber la verdad de la muerte de su padre. Que todos los demás vivieran en la ignorancia, pero esa verdad también le pertenecía a Jamie.
Volteó sobre sus pasos y subió a la grupa de Granne para emprender vuelo al Norte.
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Jamie estaba practicando con la espada de su padre junto a Hisui. Afortunadamente su tío Miroku lo había castigado haciendo que permaneciera junto al príncipe con prohibición de salir de palacio.
De creciente mal humor, Jamie estaba enfadado y no veía la hora de ir a las tierras de su abuelo, lejos de la vigilancia férrea de su madre.
Cuando iba a asestar un golpe a la espada de practica de Hisui, el sonido de unos tacones le anunciaba que ya no estaban solos, y además por la aparición de un par de guardias que venían.
La reina Kagome había aparecido repentinamente en las habitaciones.
Hisui se apresuró en hacerle una reverencia. Jamie en cambio, sólo se volteó a mirarla, pero no hizo igual gesto.
Pero a Kagome no le importaban aquellos detalles. Regresó de su expedición secreta con una determinación.
―Dejadnos solos y que nadie nos moleste ―ordenó Kagome, seria.
Hisui tomó sus cosas y salió de prisa, lanzando una mirada lastimera a Jamie, porque suponía que su madre venía a regañarlo. Junto al joven también salieron los dos soldados que vinieron con la reina.
Luego de que la gruesa puerta se cerrara, solo quedaron Kagome y Jamie en el lugar.
La mujer no sabía cómo empezar, pero sacó valor y empezó a hablar.
―Hijo mío, necesito hablarte de algo y lo único que te pediré es que me escuches con el corazón abierto ―la mujer caminó hacia su hijo, quien siguió parado donde estaba y sorprendido de ver aquel gesto en su madre―. Tengo que contarte una verdad, escúchalo y luego reacciona ¿sí?
Jamie asintió con la cabeza, aunque cada vez entendía menos.
Kagome suspiró y comenzó a relatar pausadamente desde el momento en que supo que estaba embarazada y que deliberadamente lo ocultó de Bankotsu, porque no pensaba que el bebé naciera porque ella sabía que debía sacrificarse para salvar las almas de sus otros hijos y de su marido.
Al oír eso los ojos de Jamie se ensancharon. Él sabía que su madre había tenido otros dos hijos de su matrimonio con el rey, que murieron en la masacre. El recordatorio a ellos siempre estuvo presente en los emblemas del reinado de su madre, con los dos delfines que formaban parte de ella y que representaban a los desgraciados príncipes.
Pero era la primera vez que se enteraba que aquella familia de su madre nunca pudo descansar en paz y que quedaron atrapados en el Niflheim.
―Iba a hacerlo, pero tu padre tomó mi lugar para salvarme a mí y sobre todo a ti, porque te amaba aun antes que nacieras y porque había soñado contigo, con el Jamie que vio en sus sueños ―recordó Kagome, sumergiéndose en aquellos recuerdos.
En ese momento Jamie casi lloró. Si siempre tuvo nostalgia por aquel padre, ahora lo amaba aún más.
―Entonces sólo por él estoy vivo ―murmuró Jamie
―No es así, mi amor ―quiso decirle Kagome, pero el joven se desasió de su agarre
― ¡Cuéntame toda la verdad ahora mismo!, ya me has dicho que habías decretado que yo no naciera y de no ser por mi padre jamás hubiera visto la luz ¿amabas más a tus otros hijos? ¿con ellos también eras fría y dura?
Kagome, quien no esperaba aquella reacción y esa vuelta de tuerca en las sensaciones de Jamie quiso seguir explicándose sin ocultar nada.
―Es cierto que los primeros meses del embarazo, luego de la muerte de tu padre me sentía tan sola y furiosa y maldecía a los dioses por las pruebas que me daban, que incluso estuve enfadada con ese embarazo, porque lo consideraba el causante por el cual Bankotsu se sacrificara.
Los ojos de Jamie se cristalizaron con la revelación.
― ¿Entonces me odiabas? Me creías culpable de tu dolor porque padre dio su vida por mí y porque te arrancó la promesa de que vivirías por su hijo.
Kagome meneó la cabeza.
―Aquel enfado acabó en el mismo momento en que te tuve entre en mis brazos, cuando la comadrona te entregó a mi luego de que nacieras ―la mujer sonrió brevemente con la dulce imagen―. Supe que te amaba como nada en este mundo, porque aprendí a sobrevivir sin tus hermanos, pero si me faltaras tú es algo que no podría soportar. Solo por amor a ti, y no por la promesa a tu padre. Siempre fuiste tú, Jamie…―Kagome se quiso acercar, pero Jamie retrocedió.
―No te creo ―expresó duramente él y con los ojos cristalizados
―El oráculo me dijo una vez que lo más triste es que nunca sabría si Bankotsu realmente cruzó al Valhala o quedó atrapado en el Niflheim, cosa que nunca sentí las veces que fui a Padmei en mi desesperación. Es que tu padre es un gran hombre y nunca me hizo sentir la congoja que su alma estaría sintiendo, porque sabía que el único modo que tendría de salir de allí es que otra alma con mi sangre y la suya lo ayudara a elevarse. Y el único que tiene esa sangre eres tú y yo jamás te sacrificaría, no solo porque tu padre no querría, sino porque yo no dejaría que lo hicieras ¡porque te amo, hijo mío! Y que, si te he contado todo esto, es porque no deseo que haya más secretos entre ambos ―Kagome iba a seguir, pero Jamie empezó a caminar hacia la puerta, luego de coger su espada―. ¿Dónde vas, Jamie?
―Estoy más enfadado de que se me ve ¿Cómo crees que deba tomar la noticia de que mi propia madre quiso matarme antes de nacer? Y que si no fuera por mi padre ¡Yo no estaría aquí!
― ¡Por favor, Jamie! ―pidió Kagome, pero no pudo detener al joven que salió dando un portazo y lanzando una dura advertencia.
― ¡No me sigáis o juro que arrasaré con quien venga!
En el salón quedó una solitaria Kagome, hecha un mar de lágrimas. Nunca había visto a su hijo tan enojado y herido. Quería seguirlo y pedirle perdón, pero Jamie no le escucharía y era mejor dejarlo sólo de momento.
Cayó sobre sus rodillas, derrotada por la aflicción hacia su hijo. Todos estos años de aparente distancia con él, y donde siempre instauró un muro por protegerlo de la verdad que sabía que le dolería.
Al verlo irse tan irritado y furioso, su corazón de madre se sintió tan adolorido.
Jamie era todo cuanto tenía en el mundo.
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El príncipe estaba tan exacerbado y colérico, que nadie lo siguió cuando ordenó que nadie lo hiciera. Quería estar solo. Hizo que le prepararan el caballo para salir a toda prisa de allí.
―Y os ordeno que no me sigáis, que yo mismo os ejecutaré si osáis desobedecerme ―conminó irritado antes de apear a su caballo y salir a todo galope de allí.
Jakotsu nunca vio a un Jamie tan encrespado y cuando fue a ver a Kagome y confirmar su deprimente aspecto lloroso, entendió que le había contado la verdad y que, con eso, quebró la relación con su propio hijo.
Jamie cabalgó toda la tarde hasta llegar a un claro, cercano a la zona donde estaban los límites con el Este. Como estaba sin escolta y cubierto con una capa nadie lo reconoció como el príncipe y además él mismo no tenía ganas de ser identificado por nadie. Quería estar solo.
Luego de un largo trote, finalmente alcanzó el lugar que vino a buscar y donde su madre también estuvo de visita poco antes.
La cabaña del abuelo Suikotsu.
Jamie no tenía recuerdos creados con ese lugar, pero sabía que fue hogar de su abuelo, su padre y el tío Hiten, a quien nunca conoció, pero del que había oído tanto hablar de boca de Miroku.
Pero quería empaparse de ese lugar.
En este momento era un muchacho confundido pero decidido. Porque antes de marchar del Norte a toda prisa rompió una caja lacrada donde guardaba uno de sus tesoros más preciados y que nunca había abierto.
Dentro del mismo, quitó un antiguo papiro lacrado y bien conservado llevándolo a uno de sus bolsillos internos.
Jamie se sentó sobre la misma roca donde antes estuvo sentada su madre y palpó la vieja carta que llevaba en el bolsillo.
Hace un año antes, en ocasión de su decimosexto cumpleaños, su abuela Midoriko le había entregado aquella carta. Y le recomendó que lo abriera sólo cuando creyera que el momento fuera el adecuado, porque allí estaban plasmadas las últimas palabras de su padre.
Bankotsu le entregó un cofre a su madre antes de marchar tras de Kagome, que había ido a Padmei. Clarividente, él sabía lo que se venía y anticipó su despedida, dejando cartas para su madre, su padre, Kagome y una precintada que debía entregarse a Jamie cuando fuera mayor.
El joven guardaba esa carta desde hace un año. Algo lo llamó a romper el cofre y traerla con él.
Necesitaba desesperadamente aquellas palabras de ese hombre, bajo cuya poderosa sombra se había criado y al que daría la vida por conocer.
Con cuidado rompió el lacre y extendió el papiro bien conservado.
Hijo mío.
No estaré contigo físicamente, pero que sepas que has vivido en mis sueños desde antes.
Mi vida fue tan vacía y sin objetivos hasta que conocí a tu madre. Saber que venias en camino me hizo aún más feliz.
Estaba prisionero y tu madre me ha liberado.
Las decisiones que tomé y que me impidieron conocerte eran necesarias. Tu madre ha sufrido mucho y quería salvarla, así como ella me salvó a mí, volviéndome un mejor hombre.
La familia lo es todo, ese es mi credo y quiero que sea la tuya también.
El miedo, la valentía, las mentiras, la verdad, el castigo y finalmente la redención formaron parte de mi vida y serán parte de la tuya, porque es imposible escapar de ellas.
Pero tú lo harás mejor que yo, porque serás diferente y estás bendecido por los Dioses.
Nos volveremos a ver, Jamie.
Bankotsu, tu padre.
Jamie derramó varias lagrimas sobre el viejo papel, antes de que su consciencia pudiera frenarlas.
Su padre se había anticipado tanto y tal como su madre le contó una vez, fue él quien le dio el nombre que tenía.
Y no solo eso, parecía saber que algún día él se enfrentaría a una verdad que le costaba asimilar y lo animaba.
¿Cómo unas palabras escritas hace diecisiete años eran certeras y vigentes?
Jamie volvió a guardar la carta ya leída. Fue cosa de un segundo, porque había decidido poner a prueba las sospechas que su madre nunca quiso comprobar.
Giró y marchó hacia su caballo que estaba pastando. Ya tenía decidido cuál era su próximo destino.
Iba a ir a la isla donde estaba el volcán de Padmei y encarar al fantasma de la duda al cual nadie quería enfrentarse.
Por las palabras de su padre, estaba un poco menos cabreado con su madre, porque empezaba a verla del modo en la cual la veía su padre.
Esas letras no sólo eran de amor, sino de una profunda admiración.
Y Jamie estaba decidido a conocer más. Iría al fondo del asunto.
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Kagome caminaba de un lugar a otro. Aunque al principio dejó que Jamie se fuera, empezó a preocuparse que no regresara.
Luego cuando vio a Hisui, el fiel compañero de su hijo que nunca se separaba de él, comenzó a desesperarse.
Jakotsu y la guardia personal del príncipe salieron en su busca.
Kagome misma hubiera montada sobre Granne para buscarlo, pero como Miroku le hizo ver, estaba demasiado turbada y no era ideal que hiciera eso.
―Majestad, os lo ruego, permaneced en el castillo. Yo mismo comandaré otro grupo e iremos directamente a los dominios del rey del Este, abuelo del príncipe ―refirió Miroku
Kagome finalmente asintió.
Su Justicia tenía razón, era mejor permanecer quieta porque en este momento no veía claro nada.
Cuando Miroku salió del despecho de la reina, la puerta había quedado entreabierta y quedó visible una Kagome de perfil y con aspecto triste.
Y pudo ser perfectamente por el hombre disfrazado como un sirviente del castillo. Llevaba un par de días camuflado con ropas de un criado, luego de haber podido entrar en barriles de hidromiel.
Era la primera vez que estaba tan cerca del despacho de la reina que había venido a matar. Onigumo aspiró profundo. Habia esperado tantos años, que podía esperar un poco más para no arruinar sus planes.
Para calmar las ansias homicidas contra aquella mujer, podía ir hacia el área de las mazmorras donde aún permanecían las estatuas de piedra de Kikyo y de su madre.
Viéndolas quizá apagaría parte de sus impulsos.
Luego de asesinada Kagome, mataría también a su hijo.
Y encontraría el modo de liberar a Kikyo de su prisión de piedra. Él estaba seguro de que ella seguía con vida allí dentro. Hace muchos años, en casa de un hechicero del Oeste, éste le había asegurado que era posible revertir el poder que convirtió en piedra a las víctimas de ese escudo.
Así que Onigumo estaba seguro de que su plan tendría éxito. Y luego de tantos años, Kikyo, al sentirse liberada, como agradecimiento se casaría con él.
Onigumo, con sus ojos de loco obsesivo sonreía de sólo pensar en aquello.
Finalmente, Kikyo sería para él solo.
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Luego de bajar de la barca que lo trajo a aquella isla tenebrosa, Jamie caminó sin miedo a la única entrada que halló a Padmei.
El enorme y tétrico volcán estaba inactivo, pero a diferencia de cuando Kagome vino a ver de encontrar pistas sobre Bankotsu, a Jamie si se le aparecieron sombras lúgubres que seguían sus pasos, hasta llegar finalmente al abismo.
Según su madre, éste fue el lugar donde su padre se despidió de su madre. Que cuando ellos estuvieron aquí, había un enorme remolino que salía del fondo del abismo.
Cuando Kagome regresó nunca volvió a ver aparecer aquel ciclón.
Pero cuando Jamie se acercó a la orilla, un torbellino oscuro surgió de las profundidades.
El joven no retrocedió un ápice al ver aquello. No tenía miedo. Quería saber que se ocultaba detrás de todo esto. Apretó el mango de su espada, que fuera de Bankotsu, aspiró profundo e hizo un salto directo hacia aquel tifón, sin miedo alguno.
En caso de estar cometiendo suicidio, rogaba mentalmente perdón a su madre y sus abuelos.
Pero aquella bola de energía sólo había aparecido cuando él vino. Quizá era cierto que Bankotsu seguía atrapado allí.
Una ola de energía y luz cegó los ojos de Jamie y pareció estar suspendido en una oscuridad hasta que pareció tocar una superficie.
El joven abrió los ojos y se encontró con un sitio inhóspito de rocas y montañas de piedra.
Árido y desolado, donde solo pululaba el viento, pero no cualquier viento, sino uno pesado y triste.
Era el Niflheim.
Jamie se levantó y caminó dando pasos inseguros de hacia dónde ir, tanto que no vio, por causa de la niebla dando un mal paso, por cuál hubiera caído por un abismo desconocido, de no ser porque una mano salió de algún sitio y lo sostuvo fuerte.
Mismo que hizo un movimiento, haciendo subir a Jamie a la superficie.
Cuando el joven tocó tierra, se encontró frente a frente con quien lo había salvado.
Un gigante de cabellos negros, con barba y con una especie de armadura vieja y ropas rasgadas.
Pero detrás de toda esa barba, se vislumbraban unos enormes ojos azules idénticos a los de Jamie. En la espada, cargaba una enorme alabarda.
Jamie observaba al hombre sin poderlo creer.
Habia visto tantos retratos suyos y además esa enorme arma que portaba en la espalda coincidía con la descripción que había oído tantas veces.
Ambos hombres se miraron.
Jamie finalmente pudo sacar un hilo de voz.
―Eres Bankotsu Macfarlane…
El hombre no respondió porque seguía mirando el rostro de Jamie como si quisiera bebérselo.
Jamie tragó saliva y decidió seguir.
―Mi nombre es James y tú eres mi padre
El hombre se adelantó hacia donde estaba Jamie y finalmente pudo hablar, asintiendo con la cabeza.
―Sí, eres mi hijo Jamie ―colocando una mano en uno de los hombros del muchacho, como si aún estuviera sorprendido de encontrarlo allí―. Soy tu padre.
― ¿Entonces es verdad? ―refirió Jamie con los ojos cristalizados
A Bankotsu también se le cristalizaron los ojos, y acariciando el rostro de Jamie siguió: ― Aunque en mi mente y en mi corazón, aun te seguía viendo como un niñito, como un bebé y no como el joven que eres ahora ¡Odín, que te pareces mucho a tu madre!
Finalmente, ambos hombres no pudieron seguir resistiéndose y se fundieron en un abrazo fuerte.
Jamie sintió aquellos brazos cálidos y vivos. Aquel olor y ese toque no eran la de un espectro. No podía ser la de alguien muerto.
Fundido en aquel abrazo, Jamie lloró en el hombro de aquel padre que ahora conocía, pero cuya leyenda le era tan familiar.
Antes de separar el agarre, del abismo donde Jamie estuvo a punto de caer volvió a surgir aquel remolino oscuro.
El joven sonrió.
Al fin entendía el designio de los dioses y mirando hacia su padre, le pasó la mano.
Iba a sacar a su padre de aquel encierro, donde todos estos años estuvo con vida y atrapado. Nunca fue al Valhala, porque jamás murió, sino que permaneció en aquel árido lugar.
―Tenemos la vida para seguir conociéndonos, padre ―afirmó Jamie―Dame tu mano y salgamos de aquí.
Bankotsu sonrió lleno de orgullo paternal pasándole la mano a aquel hijo que acababa de conocer y juntos saltaron al remolino oscuro.
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―Todos estos años en la oscuridad, podía ver tu rostro, hijo mío ―murmuró Bankotsu
Estaban ambos recostados en una piedra, en la isla.
Luego de salir del remolino, ambos acabaron afuera y caminaron hacia la luz de afuera.
Quedaron a descansar en el sitio mientras conversaban.
―Todo esto será increíble para todos ¡los abuelos se volverán locos de felicidad! ―exclamó Jamie
―Yo sabía que el único modo que tendría de salir donde quedé varado luego de ayudar a elevar las almas de tus hermanos y su padre, era que tú lo hicieras, pero nunca permitiría que te sacrificaras de ese modo, porque aún no acabo de entender cómo funciona, y cómo fue que pudimos salir ambos, pero sin embargo lo hiciste ―susurró Bankotsu
― ¿Podías vernos, padre?
―En mis sueños, os veía a tu madre, a ti, a tus abuelos. Pensé que mi destino final sería morir solo en aquel paramo.
― ¿Cómo sobreviviste? ―preguntó Jamie
―Ni siquiera ahora lo tengo en claro, pero no fueron vacaciones, porque tuve que pelear por mi vida.
Padre e hijo siguieron hablando por unas horas. Bankotsu acabó vaciando los galones de agua que Jamie tenía entre el morral que llevaba consigo.
Su padre aun tendría muchas aventuras que contarle. Que un hombre hubiera sobrevivido durante diecisiete años sólo en aquel paramo era una proeza.
Pero Bankotsu siempre tuvo una familia que lo añoró por años y era justo que volviera para reencontrarse con sus seres queridos. Jamie quería seguir conociéndolo, más allá de todos los relatos.
―Nunca me perdonaré si te presentas ante madre con ese aspecto y conozco el lugar correcto donde puedes ir y que además te resultará familiar ―resolvió Jamie
Bankotsu siguió a su hijo a coger la barca por donde él mismo había venido antes. Jamie esperaba que su caballo aún siguiera por la zona de desembarque.
Pensaba que lo mejor era que fueran a la antigua cabaña de los Mcfarlane. Él mismo ayudaría a su padre a afeitarse y asearse para reencontrar a su madre.
¡Que alboroto y asombro para todos!
Bankotsu aún no estaba seguro de que todo no fuera uno de los tantos sueños que solía tener. Pero no, todo era real, su hijo lo había salvado y no quedó prisionero como él años antes.
Y ahora lo conducía de vuelta a esos otros seres queridos que quedaron atrás.
Pero cuando la barca fue acercándose a la orilla, aquel destello de alegría se sintió amenazado cuando en el sitio donde debía estar la montura de Jamie estaban varios hombres a caballo y que parecían estudiar la zona.
Bankotsu, instintivamente se llevó la mano a la alabarda que tenía en la espalda y se puso en guardia. Tantos de sobrevivir en un mundo donde debía pelear por su vida con otras extrañas bestias nunca antes vistas.
Además, era una carrera a la supervivencia porque el único modo de alimentarse era con la carne de esas bestias. O él se los comía o ellos a él. La primera vez estuvo tentado a dejarse matar, porque una vez cumplida su misión de salvar esas desdichadas almas, no tenía razón el quedarse vivo en aquella prisión.
Pero él que le salvó en uno de los tantos sueños en la oscuridad fue Hiten, su propio hermano, quien bajó de algún modo del Valhala y le dio una mano para que se levantara luego de haberse encontrado con la primera bestia.
Así que siguió con vida, nutriéndose de recuerdos, lleno de nostalgia hacia Kagome. Y soñando con aquel hijo que ahora vivía feliz.
Fueron diecisiete años de soledad y supervivencia.
Por eso cuando vio a esos hombres, su instinto de supervivencia y protección afloró hacia su hijo, pero Jamie parecía conocer a los hombres que estaban allí.
Era claro eran de la guardia del Norte por sus emblemas, que Bankotsu conocía el estandarte de Kagome. Era obvio que la reina norteña había mandado a rastrillar el paradero de Jamie.
Hicieron reverencias al príncipe y cuando Bankotsu apareció caminando detrás con su aspecto sucio, algunos soldados jóvenes quisieron apartarlo de su príncipe.
―Deteneos allí mismo, no oséis acercaros al príncipe ―amenazó un joven soldado apuntando con su espada a Bankotsu.
Y antes de que Jamie reaccione, apareció Miroku quien observaba perplejo sobre el caballo.
Saltó de su montura y caminó hacia el hombre de ojos azules que portaba la alabarda en la espalda.
Hizo una seña al soldado que encañonaba hacia Bankotsu para que bajara su espada.
Estaba incrédulo pero sus ojos no lo engañaban.
Finalmente se rindió ante lo que sus ojos veían. Se arrodilló ante Bankotsu.
―Sangre de nuestra sangre, que has vuelto de la muerte.
Los demás soldados imitaron el gesto de Miroku y se arrodillaron a su vez.
Habían pasado muchos años, pero Miroku tenía un profundo respeto por el gran héroe de Rottson que desapareció un día, que incluso tuvo un funeral simbólico, pero aquí estaba.
Vivo.
―Mi padre ha vuelto ―informó Jamie, emocionado―. Buscaremos una posada para que mi padre pueda asearse antes de marchar al Norte de nuevo.
Bankotsu sonrió con aquella consideración de Jamie.
Pero él no era tonto. Habían pasado demasiados años y estos no pasaban en vano. Él estaba seguro de su amor por Kagome, pero no podía obligarla a quedarse con él.
Él ya no era el hombre que fuera una vez y era obvio que ella tampoco. Con solo verla, su corazón estaría en paz.
Y Jamie tenía razón, no podía entrar junto a ella, pareciendo un palurdo.
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Kagome se cansó de ir y venir, de beberse todo el hidromiel de su salón y de regañar a quien pasare por enfrente.
Ordenó que le trajeran más hidromiel y así pasar las ansias. Se acomodó en el balcón a ver si veía a Jamie llegar.
De repente un grito hizo que Kagome girara. El criado que le había traído la bebida parecía sentirse mal y Kagome como buena reina entró preocupada a ver que ocurría.
― ¿Qué sucede?
Pero cuando Kagome se agachó para revisar al hombre en el suelo, éste se giró de repente sacando una daga de sus botas y le clavó en el brazo.
Fue ahí que se giró y Kagome lo reconoció.
Era Onigumo, aquel prófugo de la justicia que llevaba años evadiendo su justicia y que aprovechó que su recuerdo no era reciente para reaparecer.
― ¡Tu!
Como sea, Kagome no se pudo defender por estar mareada por el hidromiel y Onigumo aprovechó para apretar su cuello e intentar estrangularla.
―La reina más poderosa del mundo tendrá lo que se merece ¡venganza por mi amada Kikyo! Y luego de liquidarte, iré a por vuestro hijo hasta que no quede nada de vosotros. Es el juramento que hice a mi amada a quien pienso salvar de esa prisión de piedra ¿me oyes?
Onigumo apretó el cuello de Kagome, quien intentaba con todas sus fuerzas sacar esas manos
― ¡Aunque te salgas con la tuya, los norteños no dejaran pasar esto! ¡me vengaran! ―Kagome gritó, pero era claro que estaba en desventaja porque no tenía condiciones para dar batalla y era claro que Onigumo venia planeando este ataque.
Cuando empezó a perder aire, Kagome cerró los ojos y la oscuridad apareció.
¿Entonces moriría a manos de este cobarde?
Moriría del modo más ridículo y sin siquiera haber hecho las paces con su hijo. Pedía a los dioses como último deseo que lo protegieran.
Y rogaba que, si moría, le permitieran ir donde estuviera su amado Bankotsu.
De repente sintió su cuerpo lleno de un líquido caliente y el agarre de Onigumo se soltó, y cuando Kagome abrió sus ojos respirando apenas, se llevó las manos al cuello y abrió los ojos.
El cuerpo decapitado de Onigumo yacía en el suelo bajo un charco de sangre. La habían salvado, pero lo que llamó su atención fue el arma que estaba clavada cerca y que fuera lo que mató a ese hombre.
Una alabarda ensangrentada.
La última vez que había visto esa arma fue aquel terrible día que le tocó despedirse del hombre que tanto había amado.
Kagome giró la cabeza, muchas voces indistintas hablaban, pero ella sólo fijó la mirada en aquel hombre parado cerca de la puerta.
¿Era un sueño o una alucinación?
Sus manos comenzaron a temblar y nadie más que ellos existieron en ese momento.
Solo la voz de Jamie la trajo de vuelta de su ensoñación quien corrió a alzar a su madre del suelo.
― ¡¿Madre?! ¿estás bien?
Ella tenía los labios secos y temblaba. También asentía con la cabeza a las preguntas de Jamie, pero sin dejar de ver a ese hombre, quien caminó hacia ella.
―He traído a padre de vuelta ―le informó Jamie mientras la ayudaba a incorporarse.
Kagome miraba a Jamie y a Bankotsu sin comprender del todo y dejándose llevar ella también por el corazón, se acercó hacia el hombre que caminaba a ella.
Finalmente, ya no pudo resistir y se arrojó a sus brazos. Ese aroma. Esa calidez. Sólo pertenecían a una sola persona.
El mundo había dejado de existir para ellos dos y Jamie, emocionado, aunque ansiaba quedarse y verlo, entendía que ese mundo sólo pertenecía a sus padres, así que hizo un gesto a todos que salieran, y que sacaran el cuerpo de Onigumo de inmediato.
Él mismo se encargó de cerrar la puerta al salir e hizo traer papel y tinta.
Debía mandar un mensajero con urgencia a Luxur. Sus abuelos debían saber de esto para reencontrarse con el hijo que creían muerto.
―Que nadie se atreva a molestar a la reina ―fue su última orden
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Kagome acarició aquel rostro, que seguía teniendo el mismo atractivo de hace casi veinte años, pero con el atrayente de un toque maduro.
Sus cabellos seguían siendo oscuros y los ojos tan azules como retenía en su memoria.
―Eres tu…
―Soy yo ―afirmó él, devolviendo la caricia en el rostro de Kagome, como si la estudiara
―Entonces era cierto que todo este tiempo estuviste en el Niflheim ―susurró ella con los ojos cristalizados y apenados por todo lo que él tuvo que sufrir.
―Nuestro hijo me rescató. Se parece tanto a ti ―murmuró él
―Es nuestro Jamie y creció con tu leyenda ―Kagome miró hacia la alabarda ensangrentada―. Me salvaron la vida, llegaron justo a tiempo.
Bankotsu sonrió, acariciando el cabello rojo de la mujer en un gesto que fuera tan propio de él.
―Estoy aquí, mientras yo esté con vida, no volverás a caer nunca más ¿recuerdas eso?
Claro que Kagome recordaba aquel juramento que él esbozaba cada vez que tenía oportunidad. Se limpió las lágrimas y se acercó a Bankotsu.
― ¿Puedes besarme? Sólo así podría saber si esto es tan real como lo siento ―pidió ella
Esa fue toda la autorización que Bankotsu necesitó para tomarla de la cintura y besarla.
Tantos años separados, pero los besos seguían sintiéndose iguales. Tocó aquellos nostálgicos labios con cautela, antes de embarcarse en algo más profundo, para sentir aquel tacto y calor añorado por años.
Los años pasaron, la vida los marcó y los cambió, pero en esencia seguían siendo los mismos, y cada vez que Kagome sentía el toque de Bankotsu en ella iba rememorando más cosas.
Como si todo este tiempo hubiera pasado en un pestañeo. Porque para Bankotsu se le había acabado la vida en el momento en que quedó prisionero y a Kagome le faltaba la mitad de su alma desde que él desapareció.
Pero ahora estaban juntos al fin. Nunca creyeron que tal cosa sea posible.
Cuando separaron los labios, él no dejaba de acariciar el rostro de Kagome, maravillado de ver su rostro. Y analizar los detalles de cuanto seguía siendo la misma y cuando había cambiado.
Se le antojaba que se veía aún mucho más hermosa que en sus sueños y recuerdos.
Y ella pensó algo parecido.
Podría creerse que la extraña vida que él llevó podría haberle restado atractivo, pero no fue así. Incluso estaba algo más fornido y musculoso por la vida de cacería que llevó en aquella celda árida.
La lucha por sobrevivir fue ardua, pero él había ganado.
Él sonrió.
―Los muchachos me consiguieron una navaja, si hubieras visto la barba que tenía.
Kagome comenzó a lagrimear.
―Todos estos años estuviste sólo en ese lugar… ―horrorizada de sólo pensar en lo que él vivió.
Él meneó la cabeza.
―Nunca estuve solo, tú y Jamie siempre estuvieron conmigo ―sonrió él― ¿Recuerdas que te dije que volveríamos a ver aunque tuviera que pasar por encima de Odín?
Claro que Kagome recordaba.
Siempre evocaba esas dulces memorias. Y siempre creyó que algún día se encontrarían en el Valhala.
―Hay tantas cosas que aun no entiendo, y los dioses fueron duros con nosotros al ponernos esta prueba…
Pero él puso una mano sobre la boca de ella.
―Ya no importa, estoy aquí ahora.
Volvieron a besarse con el frenesí anterior del reencuentro.
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Meses después.
Por todo Oriente aun corría como pólvora el asombro general por la reaparición de Bankotsu, el héroe de Rottson.
El hombre que había vuelto de la muerte porque ni los dioses quisieron matarlo.
Ese era el mote que le pusieron.
Suikotsu y Midoriko casi enloquecieron de alegría al saberlo de vuelta. Aun no podían creerlo luego de haberlo llorado por años. Pero su hijo al fin había vuelto a casa.
Kohaku y Jakotsu, sus hermanos de armas. Fue inexplicable el ardor de felicidad que los embargó.
Con respecto a Kagome y a Jamie, aunque el amor estaba presente, Bankotsu era consciente que debía ganárselos.
Reencontrarse de nuevo con Kagome y reafirmar aquel poderoso amor que persistió intenso aun luego de su supuesta muerte.
Y conocer a Jamie, su hijo. Aunque lamentaba haber perdido tantos años y de ver su transformación de niño al hombre que era ahora. Forjar ese vínculo de padre e hijo que era irreemplazable.
Gracias a este conocimiento fue que Jamie acabó por comprender a su madre y la dureza de sus decisiones pasadas que él quiso condenar al inicio.
Jamie le pidió perdón a su madre, luego de aquello. Y él mismo acabó por sentir cariño por aquellos dos hermanos que nunca conoció. Una de sus primeras decisiones que fue que reforzaran su armadura con los dos delfines, como homenaje a Narvel y Valiant.
Con la muerte de Onigumo se discutió finalmente que debía cortarse de raíz cualquier atisbo de intentos de supuestos rescates a las estatuas de Kikyo y de Varra.
Fue así que Kagome ordenó su destrucción y estuvo presente para verlo. Como bien le aconsejó Bankotsu, aquellas dos mujeres ya pagaron con creces en aquella horrible prisión de piedra, estando aun vivas sin poder moverse. Mejor entregarlas a la muerte.
Hecho aquello, es como si Kagome acabara rompiendo con una parte de su pasado, que, aunque ya estaba cicatrizada, siempre le dolería.
Pero los dioses, luego de todas las pruebas del mundo, le habían devuelto a Bankotsu, así que se consideraba afortunada.
Fue un día caluroso cuando Jamie quiso devolverle la espada a su padre, pero Bankotsu no se lo aceptó.
―Tú has sido su portador por años, así que eres el auténtico dueño ahora ―le había dicho Bankotsu.
Aquella entrega reforzó aún más la nueva relación filial.
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Kagome y Bankotsu finalmente se casaron, teniendo a Jamie de padrino, casi un año después de su regreso al mundo.
Luego de la fiesta de bodas que se hizo en el Norte, acompañados de amigos y de los padres de Bankotsu, la pareja subió junta a bordo de Granne y desapareció sobre las nubes rumbo a una desconocida luna de miel.
Luego de tanto sufrimiento, finalmente el viaje frenético que comenzaron hace tantos atrás y que se vio cruelmente interrumpido, volvía a reiniciarse.
Al fin estaban juntos de nuevo.
Por siempre y para siempre.
FINAL.
Tengo que confesarles que mi primer final Bankotsu estaba muerto, y que Jamie entró y lo ayudó a elevarse al Valhala nada más.
Pero luego de leer sus comentarios y ver mi propia consciencia fue que decidí cambiar ese final tan horrendo y triste.
SOLO ME QUEDA DECIRLES MUCHAS GRACIAS, MIL GRACIAS POR HABERME ACOMPAÑADO EN ESTOS SEIS MESES. ESPERO NO HABER QUEDADO TAN MAL.
DISCULPEN LOS ERRORES O PALABRAS FALTANTES, INTENTO CORREGIR, PERO SIEMPRE SE CUELAN ERRORES.
PRONTO, LUEGO DE UNA PAUSA ESTARÉ INICIANDO UN NUEVO PROYECTO BANKAG, Y 99% SERÁ DE LA ERA REGENCIA Y QUIZÁ HAGA OTRO DE LINEA CONTEMPORANEA, O QUIZÁ TRAIGA A UN HIGHLANDER. VEREMOS QUE SURGE.
De pronto, besos a todos mis bellos comentaristas que no me dejaron:
KARLA YUMAIKA, FRAN GARRIDO, ISADI, AR TENDO, CHECHY14, MONSE, CONEJA, MUNDOFANFICSRYI, GUEST
Y para CONEJA, recuerdo que ella fue la primera persona que comentó un fic mio de Sailor MOON allá en el 2013, y me quedé sorprendida de reencontrarla acá.
Que emocionante que nuestra comunidad fanficker siga tan vigente como siempre.
Besos mil y nos vemos en el grupo de Facebook del Circulo Mercenario, antes de sacar otro fic.
Los quiero.
Paola.
