Disclaimer: el dinero se lo queda el escritor que no ha publicado Vientos de Invierno.
Esta historia participa en el reto de Personajes Olvidados (#110) del foro Alas Negras, Palabras Negras.
Aclaraciones: El Zarzal no existe en las novelas. A mi parecer, está implícito lo que Cersei le hizo a Melara, aunque creo que se maneja a nivel teoría.
Cierra el pico
Anochecía. Lo sentía en los huesos, lo veía por el agujero. Era la hora del murciélago.
Ese día, uno de los últimos días del año, había sido particularmente espléndido. Por primera vez en semanas, había amanecido dejando atrás los malos sueños. Era muy difícil dormir sola en la cama tras habituarse a la compañía. Era difícil no pensar en los monstruos cuando se sabía que eran reales. Pero ese día, uno del año en el que cumplió once días del nombre, Melara se despertó en paz.
Siguió su propio consejo y olvidó aquello que no quería recordar. ¿Qué sentido tenía, de todos modos, darle más vueltas a aquellos falsos augurios? Para hacer del miedo un proscrito, ocupó su mente con algo feliz.
Cerraba los ojos y le veía a él. Su mirada verde y limpia y su cabello rubio y desordenado, y esa sonrisa de medio lado que denotaba altivez. Se esforzó en pensar en ese rostro noche tras noche, hasta que el de Maggy la Rana desapareció. La bruja del bosque se convirtió en el tipo de recuerdo del que se pone en duda su autenticidad.
La luna se alzó sobre el agujero, pálida y llena. Sus bordes se desdibujaban, como si fuese la luna la que estuviese hundida en el agua.
Ya no podía cerrar los ojos.
Qué ingenua había sido Melara. Maggy las había maldecido aquella noche, en aquella tienda, y ellas no habían querido marcharse. Eran estúpidas e imprudentes y creían que su magia no podía alcanzarlas. Tendría que haber echado a correr tras la medrosa de Jeyne Farman. La cobarde, inteligente y viva de Jeyne Farman.
Maggy la había advertido, pero ella no había comprendido qué quería decirle.
Quizá, si Melara hubiese sido capaz de guardar su propio secreto, no estaría flotando en el pozo.
Se había alegrado mucho cuando Cersei la volvió a buscar. Melara sabía que, tarde o temprano, las aguas volverían a su cauce; solo tenía que dejarle a su amiga un poco de espacio. Cersei tenía un carácter muy vivo, de leona, y necesitaba lamerse las heridas. Ella lo comprendía perfectamente: no podía imaginar a nadie capaz de ser mejor princesa y mejor reina que Cersei Lannister y, aún así, el Rey Loco la había rechazo a ella y despreciado a su padre.
«Por algo lo llaman el Rey Loco», la había consolado tontamente, como si la Muerte necesitase consuelo.
Se lo había confiado todo, con lujo de detalles. Le había dado la historia que contar en veinte años, en alguna reunión familiar, a quien quisiera escuchar. Tan colmada de esperanza estaba, que ni siquiera se había percatado de lo poco que le gustaba su secreto a Cersei.
Melara planeaba regresar a su casa, a El Zarzal, y era un acto de amor. Se marcharía con la siguiente luna, igual que Jaime, aunque este lo hiciese a Refugio Quebrado. Pero desde El Zarzal, solo los separaría medio día de caballo. Melara lo sabía bien, porque los Hetherspoon y los Crakehall eran buenos amigos. Y ella no podía perder a Jaime, como Cersei había perdido a su príncipe.
¡Los tres serían familia! ¿Cómo podía ser la vida tan maravillosa?
Pero, obviamente, su amiga no pensaba lo mismo.
―Cierra el pico, Melara ―siseó justo antes de empujarla por el agujero del pozo.
Se había quedado allí un segundo, o un minuto, o una hora; para asegurarse de que se le encharcaban los pulmones. No había expresión alguna en su rostro, o puede que sí: puede que la viese satisfecha, en paz. Como ella, cuando se había levantado por la mañana.
Melara se alegraba de que no hubiese peces. Al menos, cuando la encontrasen, no le faltaría nada. Y, si los dioses eran misericordiosos, verían cuánto había luchado, cómo se había revuelto en el agua. Verían sus manos destrozadas, las uñas rotas, la sangre que la manchaba y cómo había tratado de agarrarse a la piedra y salir. Fue cuando la abandonaron las fuerzas cuando se hundió.
Le hubiese gustado saber por qué.
―Tu muerte está aquí esta noche, niña. ¿No la hueles? ―le había dicho Maggy la Rana.
«Ojalá me hubieses contado cuál era su nombre.»
