Pt 2: Aparencias.

La mañana transcurrió, los niños jugaron durante un largo rato a mí lado mientras los cuidaba y secretamente, en la tranquilidad del natural silencio en mí cabeza, extrañaba a Miroku y me destrozaba reviviendo una y mil veces la noticia de Lord Sesshômaru, construyendome y deshaciendome con facilidad a punta de gratos y vívidos recuerdos con la pequeña seguidora del Oeste que se marcharía.

La tarde pasó de igual forma, con una monotonía que no había notado tan enfática y mucho menos a tal punto agobiante: seguí torturandome todo ese tiempo hasta bien llegada la noche cuando de lleno me harté.

La Luna estaba en lo alto y el viento era bastante árido, pellizcaba mí cena —recién servida— sin suficiente apetito como para soportar más de dos bocados, en la entrada de la cabaña sacerdotal mientras Kagome y Rin cocinaban, cuando llegaron Inuyâsha y Miroku, Shippô tras ellos: en cuanto lo ví solté el cuenco lleno y me lancé a los brazos del pequeño —que ya no estaba tan chico— presa de una emoción tan potente que me hizo exagerar un poco con la fuerza al rodearlo con mis brazos.

— Ya quisieras que te recibieran así, ¿No, Miroku? –Murmuró soscarrón Inuyâsha mirándolo con picardía mientras Shippô se separaba de mí y se reía ruidosamente sosteniéndose el estómago. Su risa me llenó de tanta paz que no pude evitar soltar un suspiro.

— No dudes que si, amigo mío. —Dijo el monje con una sonrisa antes de acercarse, mí corazón se llenó de gozo una vez más al verlo. —Hola mí Sango. – Murmuró antes de acercarme y plantar un beso en mis labios, sonriendo más amplia y brillantemente que nunca. ¿Cuando habría de quitarse esa sensación de revoltijo en mi estómago cada vez que dice algo así? ¿Cada vez que se acerca y me habla con ese tono?

— Apuesto a qué nadie te recibe así ¿No, perro tonto? –Dijo burlonamente Shippô devolviéndole el comentario con una ceja alzada, solté una carcajada y Miroku tras de mí, sin sacar su mano de mí cintura. Golpe bajo, Shippô.

El sonido de un golpe al ser evadido rasgó el viento antes de ver como Shippô altivo esquivó un manotazo de Inuyâsha. Reí antes de detenerlos, poniendo a Inuyâsha a un lado y Shippô al otro, quienes se observaban como si fueran némesis jurados, esperando cualquier oportunidad que se diera para arreglar cuentas. Casi podía vislumbrar relámpagos entre ellos, una tormenta en medio de un mar ambarino y esmeralda.

— Entren. Kagome y Rin están terminando la cena y aguardando por ustedes. ¿Qué diría ella sí lo primero que haces al llegar es pelear con Inuyâsha en vez de darle un merecido abrazo, Shippô?– Le dije y él alzó una ceja arrogante antes de sacar el pecho con un orgullo proveniente de quién sabe dónde. —Ella te extraña mucho ¿Sabes?

— Probablemente mamá solo notaría que somos el perro tonto y yo en verdad, nos hemos peleado toda la vida: no es un secreto. —Señaló. — Además, solo él sería tan estúpido como para hacerse un fuego por una broma tan sencilla, probablemente le diga su palabra favorita en corrección. –Se jactó astutamente antes de correr la tela en la entrada e ingresar a la cabaña con el pecho aún hinchado mientras dejaba a Inuyâsha estático, colorado y hecho una furia por su insolencia.

— A ese enano se le está subiendo todo el dichoso entrenamiento a la cabeza, habrá que enseñarle unos cuántos modales. –Murmuró entre dientes Inuyâsha enfadado mientras lo rodeaba un aura oscura y brumosa, apretando así mismo la mandíbula llena de colmillos, los puños y largos dedos sacudiéndolos en el aire. —Mira que decir que nadie me recibe de besos y que Kagome me corrige.

Mentiras no son. Pensé en decir pero eso habría sido muy cruel e innecesario, así que me lo guardé para mí. Con Shippô aquí, Inuyâsha volvía a ser un niño. Yo no podía darme ese lujo, la oportunidad de volver a tener once años implicaba muchas cosas. Con ellos era distinto, ya se veía venir, era lo acostumbrado.

— ¿Modales? ¿Tu le vas a enseñar modales, mí querido amigo? Eso quiero verlo. –Murmuró con una sonrisa Miroku viéndolo con inocencia y yo sonreí burlona en respuesta. Inuyâsha nos miró mal también al notar el total sarcasmo.

— Imagínate ese salvajismo. — Agregué riendo y disipando toda duda del comentario inicial, e Inuyâsha se indignó mientras pasaba de nosotros y caminaba hecho una bestia a la cabaña mirándonos altaneramente. Su ropa hecha de ratas de fuego permanecía aún impecable a pesar de sostener un fargo bastante maloliente, voluminoso y destilante en su espalda con una mano cubierta de garras.

— Inuyasha ha cazado algo mientras estuvimos fuera, fue ahí cuando nos encontramos a Shippô, no queríamos llegar sin nada. –Dijo Miroku casi de manera inmediata en cuanto Inuyâsha entró al ver que observaba fijamente el saco, lentamente se agachó a recoger mi cuenco de comida ya frío. —No has comido nada. –Señaló con los ojos llenos de preocupación manejada.

—¿Cómo estás mí querida Sango? –Pronunció luego de un momento mientras colocaba su mano en mi rostro y paseaba sus ojos claros por mí semblante.

—Estoy bien. –Casi corté de inmediato. — ¿Cómo te fue a ti? –Pregunté mientras lo recorría abiertamente con la mirada, él me observó fijamente antes de sonreír enigmáticamente. Sus pupilas se nublaron un poco aún así.

— Todo estuvo bajo control, aunque hay disturbios en el Este y Oeste según Hachi, complicaciones político-territoriales a según, lo cual ha hecho que los Yôkai se movilicen para evitar el problema. Fue uno de los Yôkai que se dieron a la fuga el que estuvo armando disturbios en el pueblo al que fuimos. –Murmuró mientras se sentaba en dónde yo lo había estado con tranquilidad, también lo hice a su lado, casi rozando nuestras extremidades.

¿Disturbios en el Oeste? Eso me devolvió a la mente a Lord Sesshômaru y su sirviente Yôkai casi al instante, una sensación amarga me instó de la misma manera, al repasar la extraña situación fuera de lo de Rin. —El demonio estaba tomando posesión de algunas baratijas que los aldeanos consideraban sagradas y creyeron que alguna deidad les estaba castigando, fue por eso que llamaron a Kagome pidiendo su asistencia y orientación. De verdad les hace falta una sacerdotisa, pero más allá de ello, un líder fuerte de carácter, experimentado y con suficiencia espiritual. –Siguió hablando Miroku y yo asentí. Desde hace un tiempo no se veía a mujeres sagradas, parecían desaparecer poco a poco a medida que transcurría el tiempo y las pocas que quedaban se habían internado de forma voluntaria en el monte Hakurei.

El nombre de Kagome y su título como Sacerdotisa de la Perla de los Cuatro Espíritus se había hecho de a poco con fama, constantemente llegaban personas de todas partes buscando asilo, protección o asistencia. Sino fuese por la presencia de Inuyâsha y los rumores de hace tanto de que era una sacerdotisa corrupta, no me habría sorprendido de que su presencia en este lugar habría sido increíblemente intermitente. Es bien sabido, después de todo, que ella no se negaría ni aunque quisiera a ayudar a alguien en apuros.

— ¿Segura de que estás bien? –Murmuró Miroku muy cerca al verme perdida en mis cavilaciones y negué con sinceridad mientras veía mi plato aún intacto. —Lo sabía, no pareces estar bien. ¿Qué sucede?

— Lord Sesshômaru estuvo aquí y no solo eso, planea llevarse a Rin y… Hay algo muy tenso entre él y Kagome, de él puntualmente y ella parece reaccionar al respecto. Realmente no lo dice pero es más que evidente que hay algo, pasa algo. —Emití con honestidad. Una mirada oscura pasó por sobre los ojos violetas de Miroku antes de encontrar una de infinita comprensión en ellos. —Me preocupa que ella esté en peligro, él es alguien poderoso a fin de cuentas.

Un breve silencio ocupó el claro antes de que Miroku hablara, yo también me volví parte de ese silencio cubierta de una extraña expectativa hacia su reacción. Casi podía vislumbrar los distintos escenarios de lo que diría.

— Así que la pequeña Rin se irá, era algo de esperarse. –Casi susurró luego Miroku, meditativo, casi diciendo aquellas palabras enteramente para si mismo, mientras colocaba una de sus manos en su barbilla. Alcé una ceja interrogante hacía sus palabras, evidentemente no era lo que esperaba. —Conforme a lo de la señorita Kagome, puede que solo sea rencores pasados, Sanguito. Ya sabes que ella fue la única en ponerlo muy bien en su lugar o asestarle un golpe directo cuando se portó como lo hizo con Inuyâsha en su búsqueda del Colmillo de Acero y luego su breve alianza con Naraku, o puede que tal vez, sea tan solo el hecho de que ella es una sacerdotisa poderosa. Criaturas como él y con sus ideas suelen ser prepotentes al respecto, ofendidos incluso porque un humano así exista.

Su voz estaba tranquila, certera en lo que decía, pero mi inseguridad siguió ahí casi inamovible, latente. La tela de la cabaña se movió una vez más y salió Shippô a través de ella, e Inuyâsha atrás de él, ambos infinitamente serios, Shippô parecía estar midiendo la fuerza con la que apretaba sus puños para no dañarse con sus propias garras.

—Quiero saber sobre eso. –Apuntó. —A propósito, mí mamá los llama y dudo que quiera saber que dejaste así la comida. —Habló el Kitsune con mirada dura mientras señalaba mi plato y alzaba sus ojos esmeraldas antes de sonreír depredadoramente. —Pero no le diré si ustedes me cuentan todo con lujo de detalle.

Me sentí por un momento timada, usada, indignantemente embaucada, pero luego recordé con quién hablaba. Zorro es Zorro, así no tenga esa forma, Sango: Escuché la voz de mi padre entre mis recuerdos. Una de sus primeras enseñanzas, no subestimar ni tener expectativas hacia tu oponente.

"Ser cauto más no arrogante."

— Propongo lo mismo que el enano, Sango. — Afiló el Inuyâsha sus ojos levemente. —Aún cuando, a decir verdad, creo que Miroku tiene razón, aunque de todos formas me gustaría escuchar todo el rollo. ¿Así que la enana del imbécil se va? – Preguntó Inuyâsha y asentí antes de sentirme de alguna manera más estúpidamente manipulada.

—No creo que el Cara e' Culo quiera algo de Kagome, ¿Estás segura que sucede algo? Le romperé la cara sí le hace algo. –Murmuró entre dientes lo último casi como un gruñido, mientras en los ojos ambarinos más cálidos que los de su hermano asomaba un mortal hielo defensivo.

— No actúes así, lo que harás es alarmar todo sin necesidad, peludo amigo.– Advirtió Miroku, haciéndolo entrar en razón. Inuyâsha alzó la mirada y lo midió a él y a la circunstancia por unos segundos, antes de llegar a un leve conclusión por lo visto.

—Tu no planeabas contarnos –Dijo Inuyâsha mirándome tras un momento. — Pero lo harás, Sango. A menos que quieras que sepa que dejaste toda su comida y te obligue a comer tres platos de más. No haré un escándalo, estoy cansado y no quiero un Osuwari de Kagome, pero no sé guarden cosas así para ustedes.

— ¡Shippô, Inuyâsha! —Se escuchó hasta donde estábamos y a Inuyâsha le recorrió un escalofrío al sentir el grito casi de manera inmediata.

— ¿Ven de lo que hablo? Jamás se quita esa sensación cuando escuchas de ella tu nombre… –Dijo y me reí de su cara de espanto de a poco cortando tajo a tajo la seriedad en el aire.

— Tan valiente como siempre. –Dijo Shippô pesumbrosamente, tal como sí estuviera cansado del rollo y me miró, tomando mi cuenco. —Ya están en aviso, solo entren.

Perro es perro, aunque oculte sus colmillos siempre los va a usar en momentos de necesidad. Zorro es Zorro, así no tenga esa forma. No puedes caer jamás en sus trucos, Sango. Recuérdalo siempre: Llegó a mí de nuevo la voz de mi padre.

— Vamos, Sanguito. –Dijo Miroku ofreciéndome su mano.

No estoy cayendo, se trata de mí amiga y no son las mismas circunstancias, he encontrado familia en estos seres sobrenaturales. ¡Oh, padre si supieras cuanto he cambiado y experimentado desde tu muerte al igual que Kohaku!. Pensé y tomé la mano cálida de los dulces y vivaces ojos violetas que me llamaron.