Capítulo 3: Pesadillas

Transcurrió un poco más de tiempo y Lucy despertó frenéticamente ante una nueva pesadilla. Sus manos temblaban y su cuerpo sudaba mucho, sentía una fiebre inexplicable, el cual no hacía más que incrementar el tormento que se presentaba en su ser; sus pulsaciones eran apresuradas y sentía más miedo del que no creía llegar a sentir, era extraño, era inusual; no era de sí misma en el sentido de que ella adoraba lo aterrador y lo sombrío, mas lo que ella había soñado era destructivo y mortal. Nuevamente soñaba con una fractura formándose sobre la tierra, expandiéndose rápidamente hasta el horizonte. La realidad se distorsionaba a sobre manera y lo único que pudo observar antes de que todo terminara en caos y destrucción, fue el rostro de ambas personas cuyo odio era incontenible y realmente exasperante viéndola fijamente a los ojos mientras emitían una sonrisa llena de satisfacción y orgullo; era una sonrisa tan impropia por parte de ambos que la dejó consternada y con un sentimiento de confusión bastante desagradable, además de sentir escalofríos por toda su alma.

Lucy respiraba agitadamente, posó su mano sobre su pecho. Pocas veces experimentaba el miedo, sino es que nunca. Había veces en que disfrutaba de otras pesadillas o sueños que eran inclusive más turbios del que había soñado, pero…, ese sueño simplemente era distinto a todos los demás, tenía algo que las pesadillas y los sueños de su vida diaria no tenían y era el hecho de que ahí se presentaban dos miembros de su familia y, además, con una naturaleza bastante transformada…, ¡no! ¡Deformada! Sus personalidades habían sido deformadas, no eran así…, aunque…, simplemente la cosa pintaba muy mal. Se sentó en la orilla de su cama y frotó sus ojos, las noches se habían vuelto insoportables y mucho más con las pesadillas que había estado teniendo últimamente. Sus ojos no eran visibles, pero estaban ojerosos de lo mal que dormía, había veces en que despertaba en las madrugadas y, no queriendo volver a ese horrible sitio de su subconsciente, simplemente se la pasaba divagando en la casa; tampoco se sentía con el valor de decirle a alguien que si le ayudaba a dormir porque temía que alguien le juzgara a partir de que no molestara si ella misma amaba las cosas demoniacas y atemorizantes. Podrían tener razón, pero ahí estaba la cuestión: ella no soñaba demonios o cosas que resultasen terroríficas, o al menos sus temas favoritos como los vampiros y animales fantásticos que sólo residían en sus libros, no: ella había tenido presente a esas dos personas que no dejaban de irradiar esa energía tan pesada y destructiva; ambas estaban acechándola a cada momento y la situación se volvía cada vez peor.

La chica suspiró. Se levantó de su cama y se agachó, sacando algo debajo de la misma: era su ataúd. Pasó su mano sobre el objeto, extrañaba dormir ahí; sin embargo, las pesadillas hacían de su sitio preferido una prisión asfixiante. Cada vez que veía el final de su sueño, todo se tornaba oscuro, todo desaparecía, todo se iba al infinito del vacío, pero no era un vacío pacífico y tranquilo…, era un vacío tétrico y desolador, no había más que tiniebla y oscuridad envolviéndola. Aquello hacía que despertara finalmente de lo que ella creía era la muerte, pero cuando veía más oscuridad al despertar, temía grandemente que todo fuera verdad. Así que extendía sus manos rápidamente y, cuando salía, sentía un alivio indescriptible. A veces, Lynn se preocupaba por ella y le preguntaba si estaba bien, pero ella queriendo mantener su postura monótona asentía con la cabeza, mientras que su respiración era pesada y su corazón latía y latía a una velocidad considerable. Hablando de Lynn, volteó a ver a su cama; ella no estaba. Se acercó y se preguntó a dónde habría ido, de hecho, se dio cuenta de una cosa, ella y Lynn no convivían ya desde hacía unos días. Estos días, cuando despertaba, nunca estaba del otro lado de la habitación; aunque siempre volvía comiendo un submarino en la cocina, así que seguramente estaría ahí.

Trató de respirar un poco y calmarse, miró hacia su puerta. Estaba insegura de querer salir, pues tenía cierto miedo de toparse con uno de esos seres que emanaba odio, incluso, por los poros. Decidió quedarse parada un momento en el centro de su habitación mientras la oscuridad la abrazaba, era extraño, pero quien creía que era su amiga era también su enemiga: la oscuridad era reconfortante, pero también era el recuerdo constante de sus incesantes pesadillas. Había noches que incluso no quería dormir, pues temía volver a encontrarse con el mismo sueño; cerrar los ojos significaba para ella el inicio de una nueva tortura, una tortura en la que, sin querer, Lucy se veía entrometida; un ciclo sin fin que comenzaba cada vez que viajaba a la realidad alterna de su subconsciente. Entre todos sus pensamientos, por fin surgía una pregunta.

¿Por qué yo? ¿Por qué sueño esto? —se cuestionó dentro de sus pensamientos.

La frustración se hizo notable en su cuerpo, además de que no dejaba de sentir un súbito escalofrío cada vez que pensaba en el significado que podría tener esa pesadilla. Comprendería el hecho de que lo soñase una sola vez, pero era repetitivo, era como un recordatorio…, una advertencia. Sin embargo, ella no lo entendía totalmente, lo único que podría deducir es que tenía que ver con su familia. Se sentó en el suelo, recargándose en el guardarropa, y abrazó sus piernas. Una parte de ella quería salir y hablar con alguien, quería desenvolver su situación con quien fuera, pero temía ser juzgada y las únicas personas que podrían comprenderla ya no estaban…, al menos pensaba eso, porque aquello que tenía ya no era hermandad, eran dos monstruos en los cuerpos de sus seres queridos.

Suspiró nuevamente en lo que una ligera ansiedad hacía presencia en su alma. Quizá la fractura de la tierra sea símbolo de que todo se iba a desmoronar si no hacía nada al respecto conforme a lo que les había pasado a quienes estimaba; aunque, ¿qué podría hacer ella? ¿Qué don podría tener ella para recuperarlos? ¿Por qué ella necesariamente? Todo sería más fácil si los afectados fueran otras de sus hermanas, pero como son justo esas personas las afectadas, todo parecía imposible. Ella no contaba con esos dones que poseían: esa compasión, esa bondad, esa gentileza…, aquello era único de ambos. Nadie en la familia tenía la capacidad para regresarlos al camino en el que estaban, nunca se preocuparon porque se pudiesen desviar para empezar, pero, tal vez, fue su ignorancia de la mayoría de las cosas que nunca se percataron de los leves cambios que se estaban efectuando en su hermana… y su hermano.

Su semblante se hizo más deprimente y ya no podía procesar más pensamientos positivos. Se sentía totalmente vacía por dentro, además de incapaz y cobarde.

¿Cuándo acabará esto? —murmuró con simpleza, pero con un sentimiento bastante afligido.

Ella siempre se tomaba el tiempo para observar a su familia e inspirarse en la creación de sus poemas, sobre todo cuando ella podía notar la gran soledad que podría llegar a tener, irónicamente, en una inmensa casa en la que sólo tres personas eran capaces de saber que existía; aunque no negaba que a veces no notaban que no estaba, pero no los culpaba…, ella prefería, en algunas ocasiones, estar sola y quedar aislada para tener su tiempo de recreación, su tiempo encerrada en las palabras de sus hojas y una eventual visita con la Bisabuela. Mas ahora que observaba su nuevo entorno, pudo ver con claridad que la cantidad de personas que velaban por ella se redujo radicalmente a cero. Lynn…, con quien se suponía convivía más y de vez en cuando le leía sus poemas, la cara opuesta de la deportista, siendo ella enérgica y activa y muy social, mientras que ella era tímida, con una energía bastante desalentadora y para nada activa (a menos de que se trataran de sus fechas favoritas); había perdido contacto con ella desde los últimos días, parecía que también estaba afectándole el cambio de sus hermanos…, lo más triste era que sus dos hermanos eran también parte de su lista.

La pelinegra se abrazó a sí misma por un momento, un frío había recorrido todo el cuarto y eso le provocó un ligero temblor. Deseaba que lo que estaba pasando no fuera más que una de sus tantas pesadillas, pero, para su infortunio, todo era real; estaba sola…, completamente sola. Aquel pensamiento no hizo más que quebrarla por completo, se sentía abandonada y sin compañía. Esas personas con las que podía contar ya no estaban y ahora tendría que afrontar a sus propios demonios…, aunque…, todavía podría hablar con su padre. Igual era domingo y él estaría en casa todo el día. No se sentía totalmente segura al respecto, sobre todo porque sus padres se esfuerzan por prestarle atención a todos; hablaría con su madre, pero Lily a veces era algo exigente y necesitaba más atención que ella. Dejando aquello para después, seguía confrontándose a sí misma.

¿Qué demonios acechan mi cabeza? ¿Por qué me mantienen en este bucle? ¿Acaso me quieren probar? —se preguntó.

Ante el sepulcral silenció de su cuarto, sólo emitió un último suspiro. Su mente trató de procesar soluciones, quizá invocar algún espíritu podría ser de utilidad o, solamente, pedirle el favor a su Bisabuela…, o quizás tampoco. A estas alturas ya temía que incluso ella fuera parte de todo, ¿qué tal si al invocar otro espíritu la situación se volvía más complicada y asfixiante? Prefirió no arriesgarse, si tan sólo Lincoln fuese Lincoln…, entonces hablaría con él y hasta le pediría tomarse unas noches con él. Era el único que comprendía esas fases tan inusuales de ella en la que algo raramente le daba miedo, pero ahora que había cambiado tanto, ya ni siquiera se atrevía a acercársele.

¿Qué se supone que haga? ¿Qué puedo hacer yo? —se abrazó con mayor fuerza.

Sin duda alguna, la circunstancia se tornaba cada vez más asfixiante. Si tan sólo supiera lo que les pasó, entonces podría hallar una manera…, quizás…, pero ella no sabía cómo hacerlo… necesitaba ayuda…

Lincoln…, por favor…, tan sólo vuelve… —de esta manera, temiendo encontrar lo que había afuera, optó solamente por quedarse encerrada en su cuarto. Le daba más miedo salir y observarlos que verse envuelta en aquella que no dejaba de recordarle sus más infames pesadillas.