Pt 1: Dudas.

—¿Alguien me puede explicar porque Kagome y la mocosa estaban abrazadas llorando a moco suelto en cuanto entramos a la cabaña? — Exclamó aún aturdido Inuyâsha en medio de la madrugada recibiendo tan solo el silencio de los presentes, el frío era más que evidente debido a la ausencia de alguna fogata y el arrullo del viento movía los árboles de forma casi violenta.

El mitad Inô-Yokâi tras recorrer por tercera vez consecutiva el rostro de sus acompañantes decidió que nunca lo sabría, que nunca desenmantelaría el asunto aún cuando por obvias razones le quemara la curiosidad.

— Rin lo dijo, pulgoso. No pasa nada, cosas de chicas quizás –Señaló Shippô con obviedad al apiadarse mientras colocaba, poco después, los ojos en blanco por la insistencia. Permanecía apoyado en un árbol junto a Kirara casi mezclándose con las sombras.

—Tal vez mañana Sanguito tenga la amabilidad y dicha de alivianar ligeramente tu poco manejable curiosidad, Inuyâsha. –Ofreció directamente Miroku desviando con facilidad la atención del mestizo Inô del propio Shippô hasta sí mismo y la aludida, quién gesticuló una mueca divertida sin estar por completo de acuerdo con las palabras del monje.

—Fhe, no sé qué que se traen ustedes tres que viven atacándome cada vez que pueden. Sucio complot el suyo déjenme decirles. Yo solo tengo curiosidad, no tiene nada de malo: ¿Acaso no les preocupa que haya sucedido algo entre ellas? Sé que Kagome es demasiado tonta a veces pero no se la pasa llorando abrazando a la gente cada que puede… –Declaró mientras gesticulaba con sus brazos y Shippô clavaba sus ojos con preocupante fijeza en él, hecho que por supuesto Inuyâsha ignoró.

—No hay que ser un genio, perro tonto, para entenderlo: Rin se irá, Kagome la quiere tanto como a mí. Ella se puso igual cuando me fuí. –Habló Shippô con soltura y superioridad. Era casi sorprendente la nula capacidad empática de Inuyâsha, eso lo hastiaba de sobremanera. —Y mí mamá no es tonta, tu si. –Devolvió tras un segundo generando un gruñido y aura asesina en el susodicho.

Inuyâsha fulminó al chico mientras se acercaba pero Miroku se ofreció en medio y Sango se acercó al propio Shippô, colocando una mano en su hombro de manera reconfortante. Más que ser una señal de apoyo, pretendía alivianar un poco las tensiones en el Kitsūne.

—No vinimos aquí en medio del frío y la noche para verlos discutir como niños pequeños, Shippô e Inuyâsha.– Apremió Miroku mientras observaba de manera intermitente los semblantes de sus pares con sus pacientes ojos violáceos.

A veces, el joven monje creía tener más la responsabilidad de padre responsable que de amigo al ver la evidente falta de madurez en los varones de su pequeño grupo.

Ya tendrían razón las mujeres al decir que nosotros los hombres somos lentos a la hora de responsabilizarnos y hasta madurar. Suspiró en su mente mientras detallaba a Inuyâsha, tantos años concedidos gracias a sus dotes de nacimiento y era incapaz de ver algunas cosas con referente a la propia Kagome y al pequeño Shippô en realidad.

Era como que cuando Inuyâsha los veía, su propio mundo daba un vuelco: dejaba cualquier estratema social y cualquier manto de reserva para ser de nuevo el niño mestizo revoltoso sin miedo de no ser aceptado por la opinión externa.

El joven monje tenía bastante en claro de que si Inuyâsha había cambiado no había sido un aporte de sí mismo, sí él, Shippô y la señorita Kagome no hubieran coincidido tal vez Inuyâsha no habría entablado conexión con aquella parte de sí mismo que había sacado a relucir hacía lo demás, no habría ofrecido ese temple actual para con las personas de su entorno.

—...Él la observaba muy ensimismado, muy fijo. Apartaba sus ojos de ella solo para mirar a Rin y ella por su parte, antes de que llegara había estado más tensa que un arco. –Explicaba Sango sentada en la maleza al lado de Shippô y Kirara, llevaba un rato hablando probablemente y sus ojos castaños veían con fijeza un punto en el vacío mientras sacaba de sí misma una de sus tantas preocupaciones. —Algo en Lord Sesshômaru la perturba como nunca antes lo había notado y esa certeza, la exactitud con la que hablaba de sus acciones, de su presencia, fue como si permaneciera en alerta constante sobre un conflicto usual, si no fuera porque… porque Kikyô dejó hace tantos años este mundo habría jurado de que era su presencia la que ensombrecía su semblante pero de una forma más potente aún cuando lo ocultaba.

— La señorita Kagome es una adulta y además, una sacerdotisa capacitada. Creo que deberíamos confiar más en sus habilidades y esperar a que transcurran los hechos, si fuera algo relevante o peligroso ella se habría abierto y mencionado. –Tomé la palabra mirando a Sango cálidamente y ella asintió pacientemente pero sabía que aún no la había convencido.

— Mí mamá suele tragarse las cosas hasta que se salen de sus manos, no quiero que llegue a ese punto a pesar de que son sus asuntos. –Murmuró Shippô. —Si bien sabemos que no se trata de algo de inminente peligro, el aparente interés de este demonio en ella me parece sospechoso. No sé me olvida que antes no solía determinar su presencia ni dos veces y ahora parece, según mi entendimiento de lo que ha dicho Sango (y me fío en su instinto), que está demasiado consciente de su presencia, para mí ella ha pasado por pruebas para una apresurada aceptación. Sesshômaru debe tramar algo, no sé si sea bueno o malo pero lo hace. –Señaló el Kitsune sombríamente.

— Tal vez estamos cayendo en paranoia, no creo que…- Hablé y fui cortado casi de tajo por Inuyâsha, quién clavó sus dorados ojos en el cielo.

—Fhe, no Miroku. El enano tiene un punto, ¿Qué podría interesarle a ese imbécil de Kagome tan de pronto? ¿Qué lo ha hecho venir por la pequeña tan apresuradamente? –Inuyâsha estaba guardando algo para sí, lo presentía.

— Y a Kagome no le gusta, no ha hecho algo directamente para resolverlo pero él la pone nerviosa evidentemente y ama a Rin tal como tú dices, Shippô. –Agregó Sango.

—Sí Kagome no ha hecho algo ¿Por qué deberíamos nosotros entrometernos? –Señalé con un poco de sentido común.

— ¡Porque ella es una tonta conforme a la mocosa y él un bastardo clasista, Miroku! ¡Ella no tomará las cosas en serio de lleno! Pero el maldito tiene mí sangre, lo conozco aunque no quiera. A él no le interesa nada que no pueda utilizar o dominar y Kagome no es uno de sus juguetes. –Alzó la voz con rencor Inuyâsha mientras apretaba sus puños. —Puede que él cambiara un poco con la mocosa y eso le haya infundido un poco de tolerancia, pero eso no aplica a Kagome. Ella peligra con él. –Rugió y el ambiente se torno en silencio.

— Seguimos sacando solo simples conjeturas… –Hablé.

— Y yo no entiendo porque lo sigues defendiendo: ¡Es un yôkai! No lo olvides. – Puntualizó con furia y lo mire pesadamente hacía los ojos.

—Y tu tienes mitad de ello y Shippô también lo es. –señalé y su rostro enmudeció. —No reniegues de lo que eres.

— Khe, no lo hago, pero él no es más que una patada en el culo, no es como nosotros.

— ¿Y por qué no le damos momentáneamente la duda? – Cedió Shippô luego de un silencio e Inuyâsha lo fulminó.

— Estoy de acuerdo, después de todo Rin se irá y el ya no tendrá razones para venir aún cuando ésto sea legalmente su territorio, Inuyâsha manda aquí. –Señaló Sango y un color rojizo coloreó las mejillas del aludido.

— No voy a bajar la guardia. –Sentenció Inuyâsha.

— Y no estamos diciendo que lo hagas, solo que necesitamos precaución: no un espectáculo. Claro, sí no quieres terminar dentro de una silueta bañada en tierra hecha a tu medida por uno de los Osuwari de Kagome. – Añadió soscarrona Sango y todos soltamos una risa al ver la cara de terror de Inuyâsha. Dando por finalizado la conversación.

—Volvamos a dormir. –Dijo Shippô con un bostezo y Sango me tomó de la mano.