Pt 2: Justo Medio.

P.O.V Shippô:

La tarde estaba culminando, los rayos de sol se habían vuelto una variopinta mezcla de delicados matices entre amarillo y un sonriente naranja mientras observaba como el perfil de mí madre absorbía impugne la esencia de esa ancestral combinación, volviendo los trazos de su dulce rostro incluso más definidos. Dejando alzarse a través de todo cada predominante característica facial, permitiendo que sus cabellos oscuros nadaran en medio de un mar de oro y que esa misma adorable luz, de alguna manera, la evidenciara: zizagueaba entre sus pupilas y las llenaba de una bondad absoluta y casi angelical, de la cual siempre he sido alto reconocedor. La escena parecía dar paso a una forma más apropiada de lo que es, la fisonomía de lo que ella realmente era.

Permití a mi mente vagar al recuerdo de cuando nos conocimos, memorar la torpeza de mis acciones y las de Inuyâsha, mis propias ambiciones en busca de la ansiada retribución conforme a la muerte de mi padre. La ansia de venganza que hizo que cualquier deje de niñez corriera disperso, la oscuridad que vespertinamente palpitó en mi nueva esencia, en lo que soy y probablemente en lo que siempre seré.

Viéndolo desde otro punto de vista, probablemente si yo no la hubiera conocido cualquier deje de bondad actualmente existente hacia los seres humanos se hubiera consumido o quizás nunca habría estado en primer lugar. Simplemente sería un yôkai más, reflexionando entre la superioridad de su existencia, hegemonía y poderío pero, al mismo tiempo, de la inminente amenaza que son los seres humanos actuales, su rápida y volátil reproducción y aún más, su propia falta de respeto por los demás seres que conviven en su entorno, por las otras culturas en este mundo.

Los yôkai éramos poderosos, de eso no cabía duda. Superiores en fuerza pero, infinitamente orgullosos y cegados: he allí nuestra debilidad. No aceptábamos el cómo de a poco, ésta ya no era la época de los yôkai y daiyôkai, sino la de los seres humanos. Que desde abajo ellos se habían estado preparando, habían estado contruyéndose hasta constituir las bases de una civilización un tanto joven pero, así mismo, completamente distinta a la nuestra en praxis y edificación.

En cuanto había entrado por primera vez en la academia y sumergido en el mundo de los yôkai y así mismo de los Kitsunē, había caído en cuenta de los grandes prejuicios de mi raza. De sus desprecio por los humanos y me había sentido dividido, dividido por la lealtad hacía lo que era por naturaleza y la lealtad hacía lo que amaba a conciencia.

Escuchar a Inuyâsha, su fé en nuestro estilo de vida a pesar de su obvia estupidez, me había brindado paz. Me había hecho ver qué amar más a esta sacerdotisa que a cualquier otro de mis compañeros yôkai no estaba mal, pero no siempre había sido así.

Hubo una época en donde me había dejado llevar, había sido influido por los susurros de otros y sus propias ideas, y la había hecho llorar: fue ahí cuando decidí que le otorgaría a ella el título madre. Porque eso era ella era para él, Kagome era su hogar: la luz de su propia existencia. La causa de que no se hubiera convertido en un frígido prejuicioso como los demás, aún cuando muchos habían sido los que se habían alejado.

Con la caída de Naraku, todos los Kitsunē cercanos a su edad e incluso adultos se habían acercado, habían deseado ser parte de su vida porque era célebre. Era parte del extraño grupo que había vencido al arácnido y liberado del yugo a todos los yôkai sumergidos en una venganza personal de un tarado con dotes de grandeza y un corazón mortal despreciable y egoísta. Pero al saber que aún trataba con dicho grupo y que se juntaba aún más con un mitad demonio paria de los suyos y la propia Sacerdotisa de la Perla de los cuatro Espíritus había ayudado a hacerse de poca popularidad, por lo que se había aislado, prefería estar solo y entrenar de la misma manera.

Pocos después se habían acercado, la corte de ancianos —eso sí— lo habían vigilado, poniendo sus zorrunos y sensatos ojos por sobre él y él se había acercado y habían hablado, contándole ellos historias de su pueblo. Incluso contándole historias del mitad bestia con el que convivía y del hermano de éste, de como dicha tribu era lejana —pero aún así— liderada por el Perro Demonio del Oeste. Los problemas que se estaban presentando en los territorios de este y como de a poco, se veía pronta la caída de dicho Lord según las malas lenguas.

No sabía de qué se trataba el que el Oeste se estuviera oponiendo al mismo Sesshômaru pero si sabía que era lo que habría de ser una posiblidad del que el estuviera accionando de esta manera y sí sus sospechas eran ciertas, intentaría coaccionar a su madre para que le ayudará y al mismo Inuyâsha, Lord Sesshômaru necesitaba aliados ahora más que nunca pero no llegaría a discutir de ello como sí nada y abrirles con dulzura las puertas de sus tierras. Quizás por ello esa nueva atención en Kagome, ella era temida después de todo. Una heroína conocida por los yôkai, una sacerdotisa venerada por yôkai y mestizos.

La caída de Sesshômaru más allá de todo era algo preocupante, si bien este era un déspota témpano de hielo, actualmente gozaba de atributos bien estimados como gobernante y hasta el momento sus fallas o prejucios internos no habían nublado su juicio por sobre su pueblo y era bien conocido que —si bien era tácito y frío en sus decisiones— también era justo y pensaba sobre los pueblos que regía y respetaba los límites y jurisdicciones, impartiendo así un sistema que beneficiaba por mucho a los pueblos Kitsunē e incluso aquellos lugares en donde solían mezclarse no solo humanos sino también mestizos y yôkai. Tal parecía que su rencilla y odio era solo hacia el perro tonto y eso apuntaba bien, ya que era bien sabido que actualmente ellos habían llegado a un acuerdo hasta el momento con sus pleitos tras la llegada de Rin ¿Cambiaría eso tras su partida? ¿Qué estaba sucediendo en el Oeste?

Había oído susurros que decían que el Lord del Este quería hacerse con el poder de todo y había estado plantándole la cara al genio de Lord Sesshômaru, y muchos temían, muchos estaban aterrorizados por los nuevos cambios ya que este Lord era un imbécil de primera que solía regocijarse en una matanza y anarquía total, matando a cuanto estuviera en su contra y ganándose el odio y venganza jurada de no solo yôkai sino también humanos. Por lo que, ¿Que era lo que estaba haciendo a Sesshômaru retroceder? ¿Qué lo estaba distrayendo? Había decido aclarar eso ahora con el puesto en escena de Kagome, y no solo cuidarla sino al mismo tiempo cuidar sus intereses yôkai. Porque aún ahora, estaba tan dividido como antes.


El viento me tenía helado el rostro mientras mantenía los ojos en un punto lejano y solo los alcé para encontrarme con las oscuras y cálidas pupilas de mi madre y sus dedos enredados en mis cabellos cobrizos.

— ¿Qué te preocupa, cariño? —Preguntó suavemente y débiles náuseas brotaron de mi estómago al hacer un recorrido mental de todo lo que le ocultaba, todo lo que estaba pasando.

— Que las cosas se escapen de mis manos. –Dije sinceramente, tras un momento. —Incluso, en que no pueda protegerte, mamá. –Mis ojos trataron de transmitirle todo este nudo que tenía por dentro.

— Oh, cariño. No te agobies tanto, no hay nada de que preocuparse por el momento. – Sonrió dándome un beso en la frente y casi me convenció con sus palabras.

— ¿Qué sucede con Lord Sesshômaru? –Pregunté directamente y clavé mis ojos en su rostro que se deshizo por un momento, antes de soltar un tremendo suspiro.

— Así que de verdad inquieté a Sango… – Susuró más para ella misma y alcé una ceja expectante. — Por el momento, nada Shippô. Parece como sí me observa de manera detallada, como sí me analizara y eso me perturba un poco pero no es como sí eso fuese mucho de algo, como sí él hubiera hecho algo. Solo sé que está ahí y siento que se me escapa algo, y no entiendo muy bien las razones de su repentino interés. –Soltó por fin y lo encajé con mis cavilaciones.

— Rin se irá, tal vez con ello su extraña atención también. Puedo manejarlo. –Me sonrió y asentí, sintiendo tristeza al mismo tiempo con lo dicho. También quería a Rin.

— ¿No crees que a él le interese algún servicio de tu parte, mamá? –Pregunté y ella negó.

— No es que simplemente pueda descartarlo porque no es como sí hemos hablado abiertamente pero, creo que no. Es decir, ¡es Sesshômaru! Lo más probable es que si ese fuera el caso, simplemente se hubiera presentado exigiéndome ¿No lo crees? – Dijo y yo sonreí, tenía sentido realmente.

— Pero siendo así mismo como es él, ¿No hay también la posibilidad de que su orgullo esté haciendo mella en su necesidad? Solo quiero que estés bien, mamá.

— Y lo estoy, actualmente lo estoy.

—¿Cómo llevas lo de Rin? –Pregunté finalmente.

— Mejor de lo que pensé sinceramente. — Rió nerviosa mientras acariciaba mi cabello.

— Estás hecha un desastre ¿Cierto? – Pregunté burlonamente al notar su mentira.

— Ella y yo hablamos, me iluminó con sus razones y creo que estoy en mediana paz con ello.

— Eso es bueno, o perderás horas de sueño mamá y eso te debilita y te pone de un humor de perros. – Me burlé, ella soltó una carcajada y colocó una de sus manos en su boca mientras asentía y sus ojos se iluminaban.

— ¿Cómo el de Inuyâsha? – rió sonoramente y yo también solté una risita.

— Incluso peor. – Gruñé y ella soltó otra carcajada limpia.

— Lo horrible de todo esto es que siento que todos se están alejando de mi, que todo se está construyendo y yo estoy fuera de ello, que no avanzo hacía ningún lado. Rin se irá, Sango, Miroku e incluso Inuyâsha tendrán una vida y yo solo me siento dividida, aún. No soy del todo normal.

— Mamá, tu nunca has sido normal: ¡Eres la sacerdotisa protectora de la perla de los cuatro Espíritus, por todos los dioses! Vienes de otro tiempo con sus propias costumbres y circunstancias, y ya que siempre has llevado tus propias reglas conforme a todo, no tienes por qué preocuparte. Quizás deberías relajarte solo un poco y dejar de pensar. – Le dije suavemente y ella me miró como sí no me reconociera.

— ¿Desde cuándo creciste tanto y maduraste tan rápido? Hace solo unos años eran aún mí dulce y astuto niñito. – Me dijo y me tomó entre sus manos.

— No solo tu te sientes dividida, mamá. Solo que yo ya tengo entendido cuál es mí pilar y las reglas del juego. – Dije más para mí mismo y me hundí en sus tibios brazos.

— Tu también deberías dejar de pensar. –Ella reflexionó tras un momento.

— Lo intentaré. –Fue un gran mentira, he de admitir.