Pt 3: Historias regresivas.
El sol siquiera se había mostrado cuando Inuyâsha encontró al monje Miroku. Sentado con posición estoica el moreno miraba al vacío, sus ojos violáceos perdidos en la oscura inmensidad, su silueta desprendiendo un aroma a serenidad, pero también, al mismo tiempo, a tensión, a ligera preocupación y entereza.
En cuanto la antigua figura sagrada otorgó señales de consciencia de su presencia entornó sus pesadas pupilas hacia el Hanyô, murmurando casi instantáneamente.
— ¿Qué es lo que te inquieta, querido amigo?– Sonaba casi como sí estuviera saliendo de un turbio ensueño, de alguna clase de epifanía, pero aún con ello, su rostro permaneció íntegro, incluso impasible. Justo antes de modular y no antes, sus rasgos adquirieron más suavidad, tal como si se doblacen, aún con el hecho de que su voz compartía atributos con las lijas.
Miroku sin duda era una caja de sorpresas, tuvo que resaltar Inuyâsha antes de esbozar una ligera sonrisa interna, casi como sí anotara dicho hecho para meditarse con más calma y no en su presencia. Para la posteridad.
Bufó ante sus palabras de igual manera. — No soy yo quién está levantándose antes del alba y sentándose a reflexionar en medio de la nada, Miroku. –Recalcó con pedantería y el monje casi le dió una suave sonrisa, casi. Aunque si brilló en sus distraídos ojos el reconocimiento.
— Estoy pensando en lo que viene, en lo que soy y en lo que seré. ¿Lo has estado haciendo últimamente, Inuyâsha? – Preguntó casi retóricamente, antes de seguir hablando. —Mi abuelo, que en paz descanse en compañía de mi padre, solía decir que hay que fijar una mira para no perderse ni en el presente ni el futuro, que el hábito de reflexionar era un gran ejercicio para todos, sean quienes sean, a cualquier edad y en cualquier circunstancia.
Un suspiro entrecortado salió de Inuyâsha antes que una de sus orejas hiciera un movimiento agudo y este se sentara en la maleza junto al antiguo monje. El sonido de la hierba al ser aplastada bajo su peso y la pesada tela de su traje rozar contra el viento fue casi característico. — Eso quiere decir que por supuesto, no vas a contarme aquello que te pasa entre ceja y ceja. –Señaló el mitad bestia casi con desdén, arrugando la nariz.
Un pequeño gruñido brotó de sus labios, incluso se le escapó una mirada al monje de los colmillos al descubierto de su Hanyô amigo antes de que sus ojos ambarinos se pusieran cálidos, tristes y pesumbrosos, incluso melancólicos. Para Miroku era una faceta nueva en su comportamiento, una de tantas, le sorprendió notar.
— Respondiendo a tu pregunta, lo he hecho más veces de las que debería. El ejercicio de la mente no es un buen hábito para aquellos que suelen vivir a paso apresurado el ritmo de los acontecimientos por decisión propia y no tienen que preocuparse por ello, tampoco para quienes profesan tendencia a una larga existencia por derecho propio. – Murmuró entre dientes antes de cerrar los ojos, regodeando cada palabra simple antes de volver la mirada a él y posteriormente, a su elegido y lejano punto en la inmensidad forestal. —Tu abuelo tenía un punto acertado pero sinceramente, la reflexión no es algo que ayude a alguien como yo: cada que cierro los ojos no puedo evitar ver sangre, lucha, odio y desprecio. Si fijara mi vista en eso, en cualquier hecho de mí pasado y no viviera en búsqueda del instante tal vez me volvería loco y no sería, ni viviría lo que hoy en día.
Inuyâsha sonrió abierta y tristemente, luciendo drásticamente mayor y cansado, dedicando tanto dicha sonrisa, como su pasado y pensamientos a Kagome y sus amigos en común por un momento. Miroku, por su parte, puso una mano en su mentón y examinó a su amigo, no esperaba eso sinceramente.
Fue grato, tuvo que señalar el antiguo monje, antes de cerrar los ojos también y analizar las palabras de Inuyâsha desde todo punto de vista referente y no referente a su persona, y volverlos a abrir.
Miroku siempre había sido consciente, a pesar de todo, que la vida de Inuyâsha indudablemente había sido difícil, pero la consciencia o entereza de un hecho no aplica bien del todo a la hora de la confirmación circunstancial de lo propio.
Solía olvidar todo cuanto tropezaba con la oscuridad de su híbrido amigo con demasiada frecuencia al verlo convertido en un manojo de acciones joviales y ridículas, pero las apariencias siempre engañan. A veces, Inuyâsha lograba confundirlo incluso. Era un individuo complejo en su sencillez.
— Todo depende. Si ves tus experiencias desde el foco negativo, lo más seguro es que si te vuelvas loco. –Dijo el monje memorando sus propias experiencias. —No es, después de todo, el objetivo de esto, hacer un memorándum de todos los malos episodios de tu vida sino al contrario, ver los aspectos positivos implícitos en ello. ¿No lo crees?
Algo en la mirada oscura que tornó y atravesó el rostro de Inuyâsha no le gustó, era casi como terreno minado. — Tu no lo sabes, Miroku probablemente nunca lo sabrías pero fuera de Kagome siempre he estado solo. Es casi imposible para mí el mirar hacia atrás y no tropezarme con dicha realidad y, por supuesto, es algo que me gusta dejar de lado. –Habló Inuyâsha mientras lo veía con intensidad justo antes de calmarse así mismo y desviar la mirada hacia otro lugar. Dolor y sinceridad habían brotado desde cada trozo de su fisonomía, se habían fragmentado cada una de esas emociones a través de su rostro y con fuerza, las garras habían escarbado nerviosas la tierra. Como si quisiera sujetarse de algo, de cualquier cosa.
En la mente del Inô Hanyô solo pasaban trozos de un niño destrozado, sentado en la oscuridad, mirando hacia todo el que se le acerque con curiosidad, miedo y desdén.
— La única ilusión que tuve alguna vez de acabar con esa estúpida sensación de vacío fue Kikyô. Justo cuando creí que nada podría dejarme más desdichado y volverme con renovada fuerza a la búsqueda de poder, Kikyô fue asesinada por alguien más. Un codicioso desdichado, aliado con artimañas. – Empezó a decir, su voz velada por el recuerdo. — Luego despierto años después con una cicatriz nueva en el pecho, aún perdido, y me encuentro con el espectro de su imagen con una nueva mentalidad, quién incluso viene de un lejano futuro, con una ganas increíbles de comprenderme y brindarme paz. Algo que nadie me había ofrecido sin intentarme cambiar, algo que no simplemente pude tomar por ser demasiado bueno para ser verdad. Porque fui antes de forma idéntica timado –Gruñó con furia ardiendo en sus ambarinos ojos, Miroku sabía que más furia, lo que Inuyâsha sentía era frustración. Estaba siendo honesto, Inuyâsha estaba siéndolo.
Él antes Monje nunca había visto los hechos de ese modo, sabía que su híbrido amigo estaba dañado, incluso que tenía problemas de confianza y carácter pero nada más. No sabía que había trasfondo.
Era de esperarse, después de todo, Miroku no tenía ni idea de las luchas internas que más allá de lo previsible, evocaban toda clase de conflictos en Inuyâsha. De las veces en que se acobardaba, era vulnerable e incluso, increíblemente humano. Sesshômaru estaría satisfecho, si no es que ya lo estaba de señalar dicho hecho, pero no es como sí careciese de problemas semejantes su persona.
—¿Qué se suponía que debía hacer? – Se preguntó el mitad bestia para si mismo. — ¡Estuve destrozado desde antes y ella simplemente trató de repararlo como pudo sin siquiera detenerse ante las consecuencias! Era indeciso, iba a paso limpio. Y eso, eso terminó alejándola de mí, Miroku. –Brotó en susurró lastimero de sus labios sin darse cuenta, a Miroku le recordó a uno de sus animales lesionados en el bosque.
Algo en Inuyâsha rugía herido cada que lo recordaba, cada en que caía en cuenta y lo llenaba de un odio mal sano.
Un gemido corto de dolor salió de su boca, antes de hablar.— ¿Hablamos de reflexión? Cada que lo hago, recuerdo lo estúpido que he sido al rechazar la oportunidad que se me ofreció. –Exclamó con furia de nuevo Inuyâsha y Miroku casi sintió lástima de su amigo, aún cuando permaneció en silencio. —No he tenido a nadie más fuera de ello, y mí sueño siempre ha sido el reconocimiento por gastes propios y la familia. Sinceramente, creo que ninguno de ellos ha sido favorecido hasta el momento, pero de eso está hecho este mundo.
Todo quedó en silencio luego de aquella perorata y posteriormente, el pecho de Miroku se hinchó y brotó un largo y pesado suspiro antes de poner una de sus manos sobre el hombro de su amigo, Inuyâsha frunció el ceño ante el toque pero no lo alejó. No pudo. — Kagome te ama aún sin llegar a ese punto de su relación, daría su vida por ti. No presumas tanto los hechos. Sin lugar a dudas puedo decir que la camaradería y la philia, es mucho más que lo que cualquiera puede admitir en tener. Vivimos en un mundo de conflictos y guerras ¿No es así? –Consoló. El silencio brotó de nuevo y el rostro de Inuyâsha se relajó ante sus palabras por un momento. El músculo curioso en su mandíbula se escondió y fue así como el mestizo empezaba a dejar la incomodidad de su discurso interno un tanto atrás.
O lo intentó, justo antes que un vestigio de última honestidad lo tomara y de sus labios saliera una infame verdad. Algo que deseaba en el fondo, algo más.
— Entiendo lo que dices, pero ¿Cuando pasa de ti el deseo de más? – Preguntó. Miroku no tenía respuesta para eso y se lo dijo con la mirada en cuanto sus ojos se cruzaron, dando gracias en silencio a todos los dioses por tener a Sango de entre todo y sintiéndose mal por sentirse tan afortunado y su amigo miserable en éste instante.
Un tema en particular cruzó por la mente de Miroku al ver en la cintura de Inuyâsha a Colmillo de Acero, Inuyâsha nunca hablaba de su padre ni de su madre. Sabía de la señorita Kagome que era una historia complicada pero Miroku quería saber que tanto. Tal vez la historia brindará un poco de luz a Inuyâsha o incluso su hermano, a las circunstancias.
— Inuyâsha. –Llamó con firmeza y el movimiento de una oreja y su cabeza inclinada a un lado con atención fue la respuesta de su amigo. — ¿Qué hay de tus padres? –Preguntó y el cuerpo del Mestizo se tensó como un arco de nuevo. Tema delicado, volvió a torcer una mueca el monje.
— ¿No es obvio? Están muertos ambos. –Casi escupió la respuesta, como restándole importancia, Miroku casi quiso levantar las manos en
muestra de inocencia. Eso no hacía más que apuntar afirmativamente a lo que acaba de cavilar.
— Tu… ¿Sabes su historia? –Preguntó finalmente e Inuyâsha gruñó en afirmación.
— Mí padre casi no lo recuerdo, murió el día en que nací. Fue el Gran General del Oeste, su Lord y uno de los cuatro Guardianes Cardinales. –Dijo al momento. —Cuándo mi madre me dijo quien fue y luego averigüé de verdad de quién se trataba, no cupe en el miedo y la emoción he de decir, hasta que supe siendo tan solo un niño que tenía un hermano que me quería muerto y que mi padre, estaba casado por leyes Yôkai, también supe que mi madre había sido la otra, por supuesto: Una concubina para él.
Miroku frunció el ceño y luego lo relajó en entendimiento, ya entendía el porqué de la actitud de Lord Sesshômaru hacía ciertos puntos. —En ese instante, lo odié. También a Sesshômaru, que fue un imbécil desde que yo era chico, hasta que supe que por ley, él tenía derecho a batirse en duelo conmigo y matarme si precisaba, ya que era el segundo a la cabeza del Oeste y no solo eso, era impuro. –Mencionó y Miroku asintió, lo sabía. Hachi le había hablado de cómo funcionaba un poco la aristocracia Daiyôkai.
— Aún así, al crecer y entender otras cosas, no pude odiar a mí padre. Él había dado su vida por mi y mi madre y aún recuerdo lo mucho en que ella se empeñaba en decirme lo buen hombre que era aún cuando estuviese sola conmigo y toda la carga que eso significaba, soportando todo de quienes nos rodeaban. Básicamente, ella era una paria. – Dijo. —Mi madre fue una princesa hace muchos años, no sé cómo ni cuando se conocieron pero sé que todo fue muy difícil para ambos. Su relación, por supuesto, no era socialmente bienvenida en ninguno de sus círculos, fue por ello que mi padre murió defendiéndonos y mi madre recibió tanto rechazo.
Miroku lo meditó un poco antes de decir. — ¿No has pensado en preguntarle algo de ello a Sesshômaru? –Casi se preparó mentalmente para recibir una reprimienda pero al contrario, está nunca llegó e Inuyâsha lo meditó seriamente por un instante.
— Me iré con Culo-sama al Oeste, me iré con él, Rin y Kagome. –Le soltó sin más sus planes. Antes de alzar la mirada y posar sus áureos ojos en el monje con seriedad. —Necesito que te hagas cargo aquí.
Miroku sabía que esta noche, tampoco dormiría.
Nota: ¡Hola! he visto que tengo un montón de comentarios o RW y ¡No tenía ni idea!. Siento no haberlos contestado, sinceramente, los ví de casualidad.
Cómo podrán darse cuenta fácilmente, no estoy acostumbraba del todo a escribir en esta plataforma. Y desconozco aún el como contestarlos de manera apropiada (espero ir averiguándolo sobre la marcha), pero, por sobre todo, me alegra mucho la atención y apoyo que le están brindando a mi historia, me hace muy feliz.
Honestamente, creí que nadie la estaba leyendo jajaja, pero me alegra saber que hay alguien por ahí que vistea las actualizaciones y desde hoy los leo
Athenea.
