Pt 1: Inhibiciones.

P.O.V Kagome:

Los días para la partida de Rin se acercaban cada vez con más prisa, el tiempo iba cambiando de a poco y parecía como si las noches con cada que transcurría se hicieran más perennes, espesas y heladas, incrementando del mismo modo, el extraño aire reflexivo en el actual ambiente.

A Kagome le gustaba el Sol, le gustaba su amable -e incluso simultáneamente invasiva- calidez desde siempre. Fue por ello que con el sabor del presentimiento entre la lengua organizó que todos disfrutarán y compartieran un momento al aire libre fuera de cualquiera de sus responsabilidades antes de que el cambio climático fuera definitivo e incluso, irreversible.

No fue sencillo, reflexionó tardíamente ella. Inuyâsha y Miroku estaban cada vez más pesumbrosos a su parecer, como si una nube de miasma se hubiera cernido sobre sus masculinas siluetas, y Sango, con todo, intentaba cuánto estaba a su alcance de alejar aquella misma bruma del rostro de Miroku.

Aún, incluso, sí eso significaba aparentar una falsa ignorancia de su parte hacía los hechos próximos a ojos de su prometido. Aún, incluso, si eso significaba ocultar que cada cuanto la preocupación la carcomía sin perdida en la ineludible soledad de cada de noche. Si eso no era amor, Kagome no sabía que lo era entonces.

Por lo que tras pensarlo un poco y con pequeñas dosis de extorsión e insistencia, la idea de Kagome les pareció sumamente acertada, más a la exterminadora que a cualquier otro: reunirse, de alguna manera, les había caído como anillo al dedo. Disfrutarían y harían caso omiso a todo por un corto instante, como siempre que intentaban ser dichosos y felices.

Cortos resplandores de agradable luz solar se filtraban sobre el dulce rostro de Kagome mientras reposaba entre las entrañables raíces de un viejo sauce en la plena compañía de Sango y Rin, la chicas sonreían hablando entre ellas con el cabello suelto al viento en cuanto por fin llegaron Miroku e Inuyâsha tras finalizar sus deberes habituales, y prontamente se acercaron.

Una sonrisa más profunda de lo habitual tiró de los labios de la sacerdotisa al observar detenidamente cómo Miroku se inclinaba sobre si mismo con toda la intención de llegar a la altura de Sango y cuando ésta menos se lo esperaba, depositar un suave y casto beso en sus rosados labios.

Miroku recientemente era poco demostrativo, aún cuando en su pasado las muestras de interés a diversas señoritas en público era su marca, actualmente disfrutaba de la privacidad con Sango, disfrutaba de conocerla cada vez más con mayor profundidad, grabar cada una de sus expresiones y reacciones para si mismo. Él la quería tan solo para él.

Por lo que momentos como éste, de besarla en compañía de alguien más era casi único, y Kagome lo notó con facilidad, percibió lo importante y verdaderamente genuino que había en ese gesto, -entre los dos -al vislumbrar su manifiesto y eso por sobretodo la emocionó, su amiga debía ser feliz.

Aún con sus deseos altruistas para con la pareja, una voz chillona en lo profundo de si misma resonó ante la puesta en escena de felicidad, de familia, de parejas. Cuando Kagome lo pensó con su debido detenimiento se dió cuenta que, en cierto modo, ella callaba una tristeza ciega, un poco de soledad. De alguna forma, en el fondo ella seguía deseando algo así para si misma, algo único y real.

Una exclamación ahogada brotó tanto de la propia Sango como de Inuyâsha y Rin, él primero se había quedado de piedra al ver las acciones del monje y la última había volteado su rostro hacía un punto vacío y lejano con un encantador arrebol instado en sus joviales mejillas, tal como sí la hubiesen pillado viendo algo que no debía. Un cosquilleo de ternura brotó del pecho de Kagome mientras la sonrisa en su rostro se extendía al ver las reacciones de los presentes. Eran casi niños, de nuevo.

Sus ojos castaños tontearon y examinaron con precaución al mitad bestia y su grandilocuente expresión, incluso un poco más de lo debido luego de un momento, pero él por supuesto no lo percibió. Kagome estaba a salvo del maso de su crítica, grabando dicha expresión para la posteridad.

- ¿Es que no tienes vergüenza, monje exhibicionista?- Tiró salvajemente Inuyâsha de Miroku, separándolo poco ortodoxamente de Sango, mientras un sonrojo aún era evidente en su rostro y su entrecejo se encontraba aún más fruncido. Rin, en cambio, más atrás lucía unos ojos de lechuza soñadora, tratando en vano de esconder una expresión levemente sorprendida.

Ver al Inô Hanyô desde esa perspectiva y en esas circunstancias, de alguna manera, hacía a Kagome viajar en el tiempo, pensar en lo joven e inexperto que podía llegar a ser. No es que ella realmente no lo fuera pero Inuyâsha lograba ser incluso más sensible ante esa clase de posibles circunstancias. Ella, en comparación, venía de otra época, de otro tiempo y otro mundo en el que eran, en la medida de lo que cabe, más permisivos. Más abiertos al afecto y las muestras públicas, aún con todo y sus propias normas sociales.

Mientras el furioso arrebol aún se extendía por los rasgos de Inuyâsha y Miroku sonreía como el que tira una piedra y esconde la mano, las expresiones más aniñadas conformaron el rostro del mitad bestia y Kagome admiró su atractivo y pudo imaginárselo muchos años atrás, incluso antes de conocer a Kikyô, su encarnación. Podía casi palpar la imagen -de aquel joven niño de dulce rostro, pelota roja y orejas caninas-y la facilidad con la que vino ese espisodio a su cabeza la hizo casi reír y llorar por lo mucho que le habría gustado ver esas facetas y por lo mucho que tuvo alguna vez que pasar. Por lo increíble que habría sido conocer todas aquellas circunstancias.

Porque el Inuyâsha que ahora presenciaba, tan solo era resultado del temple que había sobrevivido de un pequeño niño, de un joven intréprido con orejas adorables que se había enfrentado al mundo feudal, a una época llena de guerrillas y violencia. Una época que en algún punto de su vida, ella empezó a entender y amar, incluso al extremo de renunciar a muchas comodidades y a su propia familia por estas personas, por este lugar único. Por ese algo que esperaba pacientemente y la intuición- y el destino- le decía que existía en aquel lugar y no en el mundo actual.

- Ya déjalos, Inuyâsha. ¡No tienes derecho a entrometerme! -Obligó Kagome a que su voz emergiera firme y decidida, que no temblara mientras le daba todo el peso de su mirada al nombrado y sujeto de sus pensamientos

Inuyâsha gruñó y frunció su ceño de lleno hacía ella. - ¡¿Qué no tengo derecho, dices?! ¡El monje libidinoso le está comiendo el rostro a Sango como si fuera de lo más normal en frente de nosotros y Rin con el permiso de Sango! Si eso hacen con público no me quiero ni imaginar después. -Exageró con el tono de un niño pequeño, diciendo cosas que no debía atropelladamente

Una exclamación indignada brotó de Sango mientras Miroku le asestaba un golpe certero al terminar de escuchar su explicación. Kagome salió de golpe de su ensoñación mientras sentía la furia empezar a formarse.

- ¡Eso no es de tu incumbencia, Inuyâsha! Sango y Miroku son adultos. Deberías aprender de ellos mejor y notar "tal vez" que debes tomar una posición más madura frente a ésta clase de hechos. ¡Es lo más normal de mundo! ¿En qué clase de mundo vives? -En la época feudal al igual que tú, chilló su subconsciente, mientras intentaba de razonar. Inuyâsha estaba simplemente siendo ridículo.

- Maldito monje... -Recitó Inuyâsha mientras la ignoraba y lanzaba dagas con los ojos a Miroku por el golpe recibido, para luego volver su mirada hacía mí. -¡No es de lo más normal, Kagome! Ellos simplemente no pueden exponerse así frente a todos y esperar que nadie diga nada al respecto. Más frente a Rin.

- Pero, señor Inuyâsha, cuando usted y la señorita Kagome se abrazaban, a Rin tampoco le importó. Creo que es bonito que el señor Miroku y la señorita Sango se quieran así, solo no estoy acostumbrada. -Habló Rin por fin mientras cubría un poco su rostro y le daba una sonrisa casi angelical.

El rostro del Hanyô enmudeció y cualquier protesta que incluso hubiera elaborado fue tacleada justo antes de hacer siquiera el amago de tratar decirla, para que luego su rostro en compañía del de Kagome se encendieran con furiosa verguenza. Kagome juraría que incluso su rostro era idéntico al tono vivaz de las luces en festival.

Una risa brotó de los labios de Sango y Miroku y cuando menos lo esperó, Kagome sintió incluso que todos los males que cargaba encima sin darse cuenta habían sido levantados de su espalda al reírse con ellos, aún avergonzada frente a la expresión de sus amigos, hija e Inuyâsha. Tratando de evitarlo, las esquinas de la boca de Inuyâsha se levantaron a regañadientes ante nuestras sonoras carcajadas frente al comentario de Rin.

De alguna manera y Kagome no supo del todo el porqué, pero sintió en ese preciso momento, riéndose con todos que podía dar todo de si. Enfrentarse a todo por ellos, por volver a reírse así, por sentirse así de satisfecha. Por estas personas, Sesshômaru y su pequeño.

- Jaja, bueno entonces, a Rin no le importa pero de todas formas no me gusta a mí. -Dijo finalmente Inuyâsha en tono amargo tras unos momentos. Y lo miré casi con picardía mientras recuperaba el aliento.

- Inuyâsha, ¿cariño? ¡SIÉNTATE! -El estruendo hizo eco mientras las risas volvían, e Inuyâsha vocalizaba palabras no aptas hacía nosotros y específicamente mi persona, una sonrisa tildó de mi boca sin poder evitarlo. -¿Alguien quiere algo de comer?