Pt 2: Oscuras premoniciones.
Podía escuchar mis pasos fuera del zumbar en mis oídos, a mí piel ser arrastrada con premura contra la arisca y picosa maleza, y el calor generado por la fricción del movimiento en mis pies.
Me encontraba corriendo casi con desesperación entre los árboles, tratando de controlar el desconcertante y fútil miedo. Uno de mis brazos sintiéndose húmedo, latía de una extraña manera y ardía al mismo tiempo. Probablemente estaba infectado y yo me encontraba —indudablemente— herida.Con cada paso que daba, podía jurar que la debilidad en mi cuerpo crecía y se asentaba intermitentemente a tal modo que cedía paso al completo a la dura y cansina adrenalina, manifestándose como un zumbido apremiante en mi nuca y un brillo constante entre la palma de mis manos, un calor defensivo que me obligaba a volver la vista más de dos veces a cada lado en cualquier semi descanso.
Esperaba demonios hostiles en cada vuelta, en cada tropiezo y fallo. El corazón me latía con tanta rapidez y fuerza que sí lo hacia en mayor medida o con más prisa, moriría ahí mismo o este saldría en definitiva y súbito de mi fatigado pecho.
La sangre corría agitada por mis oídos y el sudor corría como un río entre mis omoplatos, el pulsar de ello estaba casi dejándome sorda en complot con mi propia respiración, velando con ahínco otro de mis sentidos básicos. Mudando con frenesí mi estado de alerta permanente.
La oscuridad casi acicalaba totalmente mi mirar, se cernía sobre todo, y mí rechazo hacia su presencia no pudo ser más primitivo, más Ningen. No estaba segura de qué había tras mí, pero el temor estaba presente en el ecepticismo, en cada pequeño escalofrío consecuencia de cualquier triste movimiento —o sonido brusco— en las ya de por sí muchas sombras.
Las piernas me quemaban. No sabía el cómo —tampoco— pero no recordaba nada, todo mi conocimiento íntegro estaba en blanco, perdido, no había siquiera un solo por qué.
De lo único que poseía la más absoluta e irrevocable certeza era de que me perseguían, de que querían matarme. Que debía llegar a un lugar costara lo que costara, aún sí la vida se me iba de lleno en ello, en esa sensación. En ese pedazo de instinto.
La Luna había desaparecido detrás de nubes espesas
, notó vagamente. Y con cada paso que daba todo su alrededor había confirmado un despejado claro, los árboles quedaron de momento a otro atrás.
La sacerdotisa sentía como de a poco las fuerzas se le iban, se le escapaban y sus pies dolían por los hirientes toques de las rocas en la piel desnuda y más allá de la sensación de modo supervivencia, una especie de derrota se establecía sobre Kagome al notar como el rostro le ardía, las ramas habían hecho tanto como quisieron con distintas partes de sí misma
A lo lejos brillaba un sesgado resplandor.
Una fortaleza se alzaba frente a mí, tal como el oásis para un vagabundo en el desierto, se veía maravilloso, incluso brillaba en tonos naranjas. De allí provenía el distintivo resplandor.
Una familiaridad desconocida brotó de mi pecho al notar un estandarte, una media Luna en medio se alzaba cercana. Solo le hacía falta recorrer un corto tramo cuando cayó en todo su peso al suelo.
La sensación de calor extendiéndose a sus pantorrillas, el dolor serpenteando por todo su cuerpo en forma de jadeo, aunque quedando abruptamente con velocidad muy atrás al notar como absolutamente todo el lugar era consumido de adentro hacia afuera por el rumor furioso de las hambrientas llamas, por los gritos desesperados.
Se arrastró hasta volver a estar de pie y se sacudió con frío dolor el entumecimiento. Era horrible, se tragó un horrorizado chillido. El brillo carmesí y anaranjado se había tragado todo. El increíblemente amplio espacio, no eran más que un cementerio, una ruina alzada sobre una columna de denso humo negro que se disparaba hasta el cielo. La leña de una hoguera de pesadillas.
Un impulso desasosiego también desconocido se abrió camino hacia mi por dentro y se asentó en mi golpeado estómago, al ver el horror en qué se veía envuelto aquella gloria.
Un nuevo jadeo de horror y sorpresa escaló hacía mi mente y casi lo solté histérica al notar con pánico como quienes me seguían se hicieron presentes: ya no había escapatoria. Alcé con mi poca energía restante una furiosa barrera.
Ellos eran varios, incluso centenares. Me golpearon sus presencias. Eran todo un ejército de demonios conducido uno tras otros en ordenadas tropas, pero más allá de ello, tres demonios macho y una demonesa iban a la cabeza, luciendo trajes de batalla en tonos grises y azules: comandando.
Estaba rodeada, se tragó estoicamente el pulsante miedo.
Ella tenía el cabello como una maraña prudente de hilos de plata. La bella demonio era incluso tan parecida al conocido Sesshômaru que inesperadamente tuve que parpadear a continuación al menos un par de veces para confirmar que aquella mueca diabólica y descarada no era suya.
Que mi mente no me estaba jugando una pesada broma y no era él en una vil y paralelamente extraña figura Daiyôkai pseudo-femenina quién con una de sus manos sostenía a Inuyâsha del cuello, a su hermano. Quien nos observaba con una expresión tan perdida y adormecida que mi corazón se detuvo con aún más de pánico. La barrera a mi alrededor tembló.
Sabía que ellos no se llevaban bien pero Sesshômaru no haría esto, se encontró pensando, defendiéndolo. Sesshômaru tenía algún honor, respondía a alguna especie de feudal código y si decidía asesinar a su medio hermano mitad bestia por fin, lo haría cuando esté mismo estuviera en su máxima consciencia, sabía que humillarlo a él sería semejante a humillarse a sí mismo. Que tuvo miles de oportunidades en la que pudo hacerlo.
Muy por el contrario, Inuyâsha parecía perdido en otro mundo, sus ojos lucían extraños, vacíos: derrotados. Jamás lo había visto así en su vida.
¿Qué sucede? Me pregunté posteriormente con mayor hincapié, luchando por encajar las piezas y absorber cada pequeño detalle y hueco en mi memoria, reemplazando todas mis preguntas por nueva información tal como una máquina. Me estaba perdiendo de tanto.
La duda y el miedo cayeron en mi estómago ante las posibilidades, no me ocurría desde Naraku. ¿Qué le han hecho a Inuyâsha? Casi de la impresión, mis rodillas flaquearon de nuevo y tocaron el suelo. Coloqué una de mis manos en sobre mi boca, pero mantuve la barrera.
En medio de la búsqueda de detalles, volteé a ver al otro demoniaco sujeto, sus ojos eran de un extraño color platinado, este tenía una expresión menos hostil, pero incluso más satisfecha que la que tenía la demonio tan idéntica a Sesshômaru. La sorpresa me aturdió, era él mismo quien estaba siendo retenido por varios yôkai a espaldas del otro demonio, era el Señor del Oeste quién poseía una expresión tan alterada y diferente a la suya que casi me golpeó. Sesshômaru parecía roto.
Una súplica se alzó en mi subconsciente, orando a Kami, invocando todo poder en el cielo y en la tierra como sacerdotisa que dicen que era para que las posibilidades remitentes a Inuyâsha y Sesshômaru no fuera lo que creía, para que todo fuera fruto del desconocimiento. De una fracción de momento.
Cuando seguí observando a Sesshômaru y sus ambarinos ojos cruzaron momentáneamente con los míos, su mirada languindeció por un breve instante, se enterneció casi, como sí estuviera viendo un Tenshi: Su salvación. Eso, justo antes de Rin emitiera un grito aterrado, y él enviara todos sus mermados esfuerzos a liberarse de sus ataduras y quitarse a todos de encima. A mantener su mente.
— ¡Rin! –Llamé aterrada y la fragilidad de mi voz casi me sorprendió. No parecía yo ¿En qué me había convertido? ¿En qué nos habían convertido? El miedo volvió a asotarme con mayor fuerza. Tampoco había notado del todo a Rin, parecía casi una extraña expectadora. Los hechos estaban ahí, pero eran redirigidos, controlados, como si todo ello ya estuviera dispuesto.
Unos soldados me tomaron al tratar de intervenir para ver a Rin, una respuesta casi automática. Sus garras habían traspasado la frágil barrera y la mujer idéntica a Sesshômaru, extendió una espada elegante a mis ojos. Limpia y reluciente, brillaba ante la luz del fuego convirtiéndose en oro, incluso tenía similitud en mí mente con la legendaria Kusanagi.
— Ésto –Señaló la mujer con un ademán hacía los alrededores –como si fuera un espectáculo–, hacía el horror y devastación y luego, hacía Inuyâsha. Como si fuera ornamento, necesario, parte del paisaje y la infinita hoguera. — Es lo que sucede cuando te ablandas, Sesshômaru. Cuando convives con humanos. Es tu fin, Señor del Oeste, Daiyôkai entre los Daiyôkai. Es tu fin y de todos aquellos que busquen confratenizar con el enemigo, con tales aberraciones.
Ella hablaba para Sesshômaru, hablaba para él y solo para él en ese último discurso. Dió una corta señal y el miedo corrió a través de mi espalda cuando ví a Rin siendo retenida con más fuerza y como Sesshômaru era apartado y recorría la distancia restante hacia la fanática loca, espada lista en mano. Era casi un inminente hecho.
Nadie dijo nada, todo pareció teñirse en silencio, la expectación en el rostro de cuánto mirase. Sesshômaru ni siquiera intentó luchar. Parecía aún perdido, derrotado y cuando lo obligaron a arrodillarse ante la demonio, sentí que tan quebrado estaba.
Su mirada se alzó hacia la mujer y luego hacía mí. Vamos Dije en mí mente. Levántate. Rogué al Daiyôkai a poca distancia de mí pero él no lo hizo.
Tan solo siguió mirándome y luego intento decir algo: — Kag...– Murmuró un intento de mi nombre, luché y tiré, sacando todo tras mí. No podía soportarlo, si el decía mi nombre en ese momento no podría soportarlo. Dejando yôkai ardiendos y gritos atrás, convertida en una antorcha de Reiki fui a su rescate. No me importaba, vislumbré la esperanza: lo rescataría.
Pero antes de que pudiera llegar me detuvieron en súbito, uno de los comandantes me arrojó. La espada cayó sobre la cabeza de él y antes de que pudiera darme cuenta un grito horrorizado salió de mí boca y la de Rin, cerré los ojos.
No era posible, chillé. Sesshômaru no podía morir. Pensé. No puede ser, él debía permanecer. Volví a abrirlos y todo seguía tal y como estaba. Maldición, no podía morirse. No así. Así nunca.
— La inmundicia humana y quiénes confraternizan con ellos deben ser limpios. –Dijo el Daiyôkai que encabezaba por fin y en cada gota de su voz veía el fanatismo, tal y como en la jodida demonesa. Este alzó su espada también sucia y cubierta de carmesí hacía Inuyâsha Y supe que cualquier hilo de cordura me abandonaba ante la posibilidad de ambos hermanos muertos.
No. Grité en mí mente. ¡No! Grité cuando la espada se iba acercando pero algo me detuvo, algo me estaba sujetando con más fuerza y no era este otro comando, supe. Y fue ahí cuando desperté.
— ¡Por todos los dioses, despierta Kagome! –Me sacudieron mientras la voz de Inuyâsha resonaba cercana. Podía sentir sus brazos y calor envolverme, pero no lo creía. Todo estaba demasiado vívido y me aferré a él, al momento en qué lo tenía casi con mis uñas. Lágrimas velaron mis ojos una tras otra amargamente, mi nariz goteaba a la par con ellas. Estaba bien, algo me dijo muy adentro con alivio. Inuyâsha estaba bien. — Solo es un maldito sueño, estás bien, Kagome. Es una pesadilla.
El seguía diciendo mientras me acariciaba y abrazaba, mantenimiéndome en un íntimamente cerca, eso había estado haciendo. Inuyâsha alzó mí rostro con seguridad hacia él para confirmar que estaba despierta, que lo veía. — Estoy aquí, no te dejaré sola. — Me aseguró en un susurró cargado de honestidad y sonó a promesa, la consumación de un juramento que años atrás habíamos hecho.
Al notar mi tranquilidad hacía sus palabras Inuyâsha aflojó un poco el agarre sobre mi, más no por completo. Tenía miedo, quise decirle, pero pude. Aún estaba horrorizada. ¿Por qué había sido tan realista?
Este es Inuyâsha, asimilé. Es su olor, aspiré con fuerza guardando su aroma para mí y lo seguí sujetando contra mi. Está es su reconfortante presencia. Lo tomé con más fuerza y sentí que se me iba el mundo en ello, no me importaba, todo había sido demasiado real.
Había cosas incluso que ni siquiera conocía en mi sueño, no creía que fueran una alucinación momentánea. Realmente no lo creía y eso me helaba por completo la sangre. Las posibilidades.
— Oh diablos, Kagome. Te juro que no sabía que hacer… – Susurró Inuyâsha casi con dolor contra mi cabello al dejar de sujetar mi rostro con desesperación. Una mirada hacía sus dorados ojos y vería la fría devastación en él. No quería hacerlo.— No sabía que hacer, estabas retorciéndote en el futón, gritando como si te estuvieran haciendo daño...
— Inu.. yâsha...– Llamé de pronto con la voz seca y forzada, él alzó sus ojos hacía mí con intensidad.
Silencio brotó en el ambiente cuando nuestras miradas se encontraron, cuando el color castaño se fundió en la misma trayectoria que el dorado, y mi corazón volvió a latir con normalidad. En paz.— No es…
Traté de explicar, pero los labios de Inuyâsha tomaron los míos sin previo aviso, mí garganta ardía y su beso era cálido, era húmedo aún mientras la sorpresa brotaba de cada poro de mi rostro. No le correspondí, no pude hacerlo: solo permanecí en espera, en expectativa. ¿Qué haces Inuyâsha?
De algún modo, sus besos era una sensación tan conocida, tan suave. Él me besaba casi como sí fuera divinamente preciada, casi con desesperanza y alivio. Como si hubiera mucho más del todo, como si todo fuera más allá. En medio de esa vorágine de hechos y sentimientos.
Tan inesperadamente como comenzó el beso comenzó también terminó. Él se separó lentamente pero no se alejó, dejó a nuestras narices a la par mientras permanecía. Él no preguntó ni dijo nada, no mostró ningún signo de expectación o aflicción. No preguntó porque no le correspondí tampoco, mucho menos el porque no lo dejé sumergirse más hondo en mí. Porque no le di paso.
Inuyâsha abrió los ojos y sus pupilas y rostro conformaron la expresión más suave y gustosa que jamás le había visto, esa que escondía y que pocos tenían la oportunidad de ver y entender. Era un momento solo nuestro, independientemente.
— Inuyâsha… – Llamé con fuerza. Y con brusquedad el volvió a besarme sin siquiera dejarme terminar. Ésta vez todo fue más despacio, más seductor, como sí me tentara de alguna manera a seguirle el juego, a corresponderle, pero justo antes de que siquiera me moviera, él rompió el beso y me vió con renovada seriedad. No separó su nariz de la mía, su aliento colisionando fríamente con mis hinchados labios.
— Lo sé, Kagome. No digas nada – Dijo con voz gruesa y varonil, casi sexy. Acallando así mis furtivos y dominante a pensamientos, mirándome con infinita comprensión en sus ambarinos cuencas, tan infinitamente distintos a los de su hermano, memoré.
Su mano surcó hacía mi rostro con facilidad y casi fue loco el como sentía ello tan ajeno y cercano. — Se que no está bien, sé todo, pero sentí que te perdía por un momento… Solo déjame...– Dijo finalmente con algo de desesperación, inquieto en su petición. Rindiéndose en hallar las palabras volvió a fundir sus labios con los míos con necesidad. No necesito decir nada, porque entendí. Yoo entendí.
Por lo que esta vez tomé una decisión, tomé su mano entre la mía y lo dejé probarme, hundí mi boca con la misma fiereza y delicadeza que él y también le saborié, lanzando mis éticas y razones a otro lado. Porque Inuyâsha también era consciente, todo estaba claro entre nosotros, entendía que lo de ambos estaba roto, que no funcionaba y no lo haría jamás, pero él aún así lo quería, tenía la necesidad y no fui capaz de negarme a él. No por esta vez.
Inuyâsha tenía la necesidad de tenerme cerca, de tocarme, de palparme y lo dejé. Quizás luego de todo, yo también.
También sentí que lo perdía después de todo. A él y a Sesshômaru y la posibilidad de aquello me aterró como nunca. Me dejó despedazaba.
Nota: Bueno, eso es todo. Estos dos últimos capítulos no me terminan de gustar, pero bueno... :C
Les cuento que me perderé un rato, mañana es navidad y me iré por las fiestas con unos familiares. Volveré después, pero no tendré mucho acceso a internet. No obstante, no sé preocupen seguiré trabajando en ésta historia. Ya tengo unos diez capítulos y contando desde este, pero de todos modos, quería hacerles saber.
Espero les esté gustando, sinceramente no tenía pensado del todo publicar este proyecto pero ya que lo hice me siento bien con él. Espero que ustedes también.
En cuanto tenga la oportunidad seguiré actualizando como de costumbre, pero en este momento, (durante el período decembrino) en cuanto tenga disponibilidad. ¡Felices fiestas!
Athenea.
