Pt 1: Tentativa curiosidad.
El invierno había llegado, el cielo se había teñido de gris y la figura de un alto daiyôkai —en compañía de su inolvidable y demoníaca presencia— se avistaba por los límites lejanos y pocos concurridos de la aldea.
El momento de partir había llegado, Kagome lo sabía: lo había visto venir desde antes. Fue por ello que no dudó ni un segundo en darle una mirada significativa a Inuyâsha — quién asintió tras un momento de duda—y sumergirse en el bosque en dirección al señor demonio.
Los árboles se contonearon a su paso, las hojas caídas los habían dejado desprovistos de cobijo y sus filosas ramas parecían amenazantes, casi como salidas de una obra de teatro dramática, exagerada, increíble y oscura. La sacerdotisa casi podría escuchar L'Inverno de Vivaldi a violín o piano de fondo, o incluso al conocido Tchaikovsky.
En una obra trágica, pensó la Miko, ella ya habría muerto en el camino tras toda su historia o al menos, los autores del guión teatral habrían alargado todo para dejar su muerte justo cuando llegara a los pies del estoico señor yôkai.
Quizás su hipotético deceso habría sido a causa de un orgullo desmedido o la sobrevaloración malsana de sus propias habilidades, quizás hasta de los mismos acontecimientos a manos de la terrible bestia —o Daiyôkai en este caso—. Pero al contrario, a Kagome no le apetecía morir. Tenía mucho por lo que luchar.
Por eso, casi en una puesta en escena inesperada y un golpe dramático y vespertino en la trama, en cuanto Kagome entró al claro y unió su sombra con la alta silueta de frente —que vislumbró su espalda ancha y su largo y platinado cabello, y justo después que este se volteó a verla— un paquete en un envoltorio simple pero colorido fue extendido con cautela casi de inmediato. Una mano cubierta de garras se disponía así pues, hacía su persona, topándose al completo en su rango de visión.
La sorpresa y el desconcierto golpeó a Kagome fuertemente, mientras alzaba su rostro para posar sus castaños ojos en los de la bestia en forma humanoide frente a ella. Las rayadas pupilas del demonio eran incluso más doradas que en su sueño, incluso más ambarinas que las de Inuyâsha. — ¿Qué es? –Fue lo único que preguntó, lo único que pudo gesticular. Él no respondió, pasó la mirada de ella al lejano horizonte. Como si la respuesta ella ya la supiera, como sí no hubiera razón para dignificar la pregunta.
Con facilidad, la chica tiró del envoltorio y encontró una tela cálida y suave. Perfecta en obvias maneras para todo tipo de ocación, elegante pero sin demasía, con el ojo de un experto ciñéndose por cualquier base interpretativa. La voz de Naomi Higurashi riñendo a sus espaldas riñendo en su consciencia, su mal gusto y mal comportamiento obvio al abrir el obsequio frente al remitente. Frente a un protocolar señor feudal.
— Gracias. – Salió en un susurro de sus labios y le hizo una suave reverencia. Su voz había sido tan solo un murmullo pero él asintió mientras ella sentía un cosquilleo extraño en su pecho al acariciar la hermosa tela.
Su corazón no tardó en palpitar de una forma extraña al pensar que el real señor, el lord de una larga lista de poderosos yôkai, eligiera de algún modo algo para un humano. Para ella. Para alguien que no fuera Rin. Casi haciéndola olvidar de una cuestión quizás, más o menos, importante como es el porqué.
— Necesito un favor de tu parte, sacerdotisa. – Con frialdad cruzaron las salientes palabras de los labios del Daiyôkai, cruzando la distancia de unos pasos y tropezándose hasta caer a sus ordinarios oídos. Haciéndola salir del confuso ensueño en qué de algún modo se había embebido.
Haciéndola volver a la realidad y no a la posibilidad, a los hechos actuales.
— ¿Acaso es por ello el obsequio? –Se escuchó a ella misma preguntar casi a la defensiva tras un momento, colocando el paquete cerca de su pecho. No obstante, él tan solo le otorgó una mirada en blanco. Casi tan potente como su posible irritación, un pensamiento se apresuró en pasar por su mente.
'La señorita Kagome es muy hermosa, merece ropa tan bonita como ella.' Recordó a Rin con calidez aquel día y un suspiro envolvió los labios fríos de la sacerdotisa. Sesshômaru ciertamente haría cualquier cosa por Rin, tenía que aceptar. Algo en ella se sintió un poco mal y bien con ello.
— No pretendo comprar tu favor. –El dijo con obviedad, posteriormente. Kagome lo sabía, lo había entendido tras meditarlo un segundo. Captando en el aire que el podría recurrir a otros modos, el kimono sin duda, tan solo era un obsequio inmerecido. La prueba de la influencia de la pequeña niña humana en la bestia.
Una parte de ella se sintió desestimada con él, el considerar comprar su favor habría sido un movimiento brusco pero de valía, quizás de consideración. Ella quería ser considerada. Aceptada, cayó en cuenta.
— Tenía que confírmarlo. – Ella soltó con paciencia, guardando las vestiduras entre las aberturas de su vieja yucata con facilidad. Hacía frío.
El rostro tallado en piedra de Sesshômaru ante cualquier cosa de algún modo le evocó a ella con dureza el helado recuerdo. Su muerte, ella memoró.
No sabía porqué aquello lograba causarle tanto pánico, ella no lo conocía realmente. Pero de alguna manera, la pequeña dosis de amabilidad la hacía sentir en este momento poco ajena, casi culpable. Él tenía un corazón duro, pero fuertes voluntades, fuertes deberes. No merecía morir si ella podía evitarlo.
Todo el asunto la presionaba cada vez más para lograr sus cometidos dispuestos, para hacer a sus planes futuros competentes. No podría mirarle el rostro de nuevo a pesar de todo, si no lograba hacer a sus ideas a prueba de fallos. Tampoco podría tener en sus manos aquellas ropas nunca más. Eran casi un recordatorio.
— ¿Acaso no me temes? ¿A caso no deseas el favor de un Señor? –Escuchó que él interrogó, nunca alzando el tono, nunca exaltado y nunca forzando su masculina, aterciopelada y curiosa voz.
Muy al contrario, su armadura titineó mientras él hacia un rápido movimiento y le ofrecía el perfil de su rostro a la vista y partes de su cuerpo a toda luz.
Kagome nunca se había detenido a pensarlo, pero Sesshômaru era indudablemente apuesto en rasgos suaves y macizos. Era como si poseyera lo mejor de todo, como un infinito contraste.
Mortal y hermoso sobre todas las cosas. Un depredador divino. Un Daiyôkai. Un ser que abrazaba por derecho propio su naturaleza mítica y sobrenatural, fuera de este mundo. Y fuera de cualquier concepto humano más allá de lo impreso y cultural.
— ¿Acaso debería olvidar quien eres, que hiciste y arrodillarme ante tu papel y corona? –Aún así, ella pronunció sin darse cuenta. Él la observó con frialdad, como indignado fuera de todo, ella advirtió como un pequeño músculo en su fuerte maldibula se tensó.
Curioso. No era tan sublime y estoico. Si se podía atravesar.
Algo en ese pensamiento, le causó satisfacción a la sacerdotisa y le permitió relajarse y pensar en sus propias declaraciones. Ella le estaba dejando en claro que no pretendía olvidar, que no iba a dejar nada atrás aún existiendo el consenso que existiera.
El tendría que aceptarlo sea como sea, aceptar lo que había hecho y dicho, todo lo que fue y era y con ello, ella le brindaría ayuda pero no en una estúpida pantomima, no en razón de un olvido conveniente o prematuro desconocimiento. Ella era directa, leal a su gente e ideales —No tan tosca como Inuyâsha, pero si lo era.
— Deberías. –Dijo él seriamente, y la propiedad en ello sonó más a una advertencia gentil que a una amenaza. Kagome valoró su sutileza, su diplomacia fría y dura, sus palabras.
Sería sensato, pensó ella de acuerdo en silencio. Pero no, no lo haría, ni daría su brazo a torcer. Ella no quería arrodillarse como un plebeyo, ella era su igual, ese era uno de sus conceptos. Debía demostrarle que a pesar de todo, podía llegar a ser su aliado. Él tenía que dejar sus prejuicios y pasar su mortalidad. Debía apreciar su carácter, su poder y utilidad.
— No quiero tu favor, quiero el bienestar de Rin. Quiero que me permitas protegerla y estar a su lado, es más fácil de esa manera. – Se escuchó puntualizar, su voz firme, pero su rostro relajado.
Tal vez y solo tal vez, era buena para ésto. Él la observó fijamente antes de romper sus frágiles esperanzas en miles de pedacitos.
— ¿Subestimas, entonces, el que pueda cuidar de mi protegida, mujer? – El 'mujer' casi la hizo refutar, pero luces rojas se encendieron casi al instante en la cabeza de Kagome, impidiéndolo. Tenía que tener sumo cuidado con sus manifiestos ahora mismo.
Sesshômaru no era idiota, tampoco era Inuyâsha, el demonio no era grandilocuente pero conocía el don de la palabra. Casi podía palpar la ahora más evidente amenaza-advertencia. Él era casi jodidamente bueno en todo esto.
Experiencia, ella reflexionó por instantes con pesar.
— Planeabas adentrarla en la boca del lobo sin detenerte a pensarlo del todo... –Alegó. En cierto modo, rugió su temperamento frente a su propia y realista afirmación, frente al ataque de él.
Esa espina nadie se la sacaba, después de todo. Él podría decir cualquier cosa pero no podía eludir ese irrefutable hecho. – No te estoy juzgando. Sinceramente, habla en mí la preocupación por ella, Sesshômaru.
Se apresuró en decir la sacerdotisa.
Luego, ella esperó.
Había soltado algo grande sin su debida anestesia. Una parte de ella quería golpearse, había pasado por sobre la advertencia, le había tanteado indudablemente. Había arriesgado la construcción.
Él podría fácilmente en cualquier modo advertirlo abiertamente y ofenderse. Tomar la banderita de Ares y colocarla al viento, en son de optar cualquier cosa.
Así que ella esperó, esperó tanto un ataque por invasiva como un chueco entendimiento. La primera nunca llegó.
— Rin es la razón, sacerdotisa, de que esté aquí. – Él dijo simplemente, casi haciendo de lado su pasmo. El parecía tener sus cuestiones a tomar en cuenta también, sus estratemas. El parecía en praxis, todo imperturbable y medido. Todo estructurado.— El Shiro es peligroso. Por ello estamos teniendo esta conversación.
Algo en su última afirmación le dejó a ella un mal sabor. ¿Es por ello que eres como eres frente a todos? ¿Es por ello que todo el tiempo debes de vigilar? No pudo evitar pensar.
— No me quejo, pero si eres tan capaz de protegerla como has resaltado notablemente, ¿Por qué tomarse estás molestias del todo? ¿Por qué dejarla aquí en un principio, si desconfiabas de nosotros, pero también de ellos? ¿Somos mejor controlados?– Ella preguntó directamente, los ambarinos ojos del Yôkai se entornaron hacía su persona.
La recorrieron toda fijamente en un micro segundo, era como si estuviera de pronto frente a toda su vena animal. Como un nuevo y perdido enfoque en sus pupilas, en su accionar. Como si él fuera un lobo veterano y ella un conejito inocente.
— Cuida tus palabras, sacerdotisa. – El amonestó con una última mirada gélida. Su tono de voz era casi como sí hubiera ladrado una orden. Él era aquí la autoridad. Kagome recordó la primaria. – No pretendas entender mis propósitos, cuestiones que van más allá de tu entendimiento.
Eso la molestó, ¿Acaso la desdeñaba tanto?. Tuvo que serenarse.
— Entonces, ilumíneme, Lord, para matar de raíz esta incertidumbre fulana. Tal vez así en mí corto entendimiento pueda hallar una diminuta luz en sus propósitos. – Se mofó. Sarcasmo duro y envenado, salpicando su tono. — ¿En qué está usted pensando del todo? ¿Qué planea hacer? ¿Por qué como tal Rin corre peligro? Inuyâsha lo sabe, me ha comentado algo y he estado percibiendo algunas pistas, pero hay ciertos hechos y cuestiones que escapan de todo. — No pudo controlarse. Él permaneció imperturbable. No sé movió. Me dejó hablar. ¿Desde cuándo era tan paciente?
— Sé que tus tierras están en peligro. ¿Las pondrás a ellas sobre Rin acaso? – Finalmente, puse la cereza del pastel. Volteé el cuchillo para hacer más daño con la hoja al salir.
Rápido como un rayo, la figura del yôkai se alzó hacia mi y me arrinconó contra un árbol, sus manos cubierta de garras a la altura de mi cuello. Su rostro demasiado cerca, tan cerca que incluso ella con sus ordinarios ojos pudo ver los pequeños detalles cruciales en su fisonomía.
La mueca indiferente de Sesshômaru había sido dejada por fin atrás, mutando ahora a una agravada pero aún así algo estoica. Ésta si era la amenaza, sintió el roce, sus manos e incluso la cortina que se había vuelto su platinado cabello.
A Kagome le agradó y fastidió notar, que aún cuando lucía aún su fracturada máscara, el asunto le importaba lo suficiente como para dejar filtrar algo entre diminutas líneas ley y puntuales fisuras.
Los ojos de él la intimidaban, eran intensos. Potentes. Todo el lo era.
Él estaba muy cerca.
El corazón de Kagome dió un vuelco y volvió a palpitar con renovada fuerza. Sabía que el podía escucharlo, sus latidos. Ella maldijo.— Llegué a este punto por Rin. – Siseó Sesshômaru cerca de ella cada palabra gradualmente, a la sacerdotisa le costó un mundo no seguir el hilo de como articulaba y salía cada palabra de sus labios. Cómo su rostro se suavizaba, él ocupaba todo su rango de visión.
La sorpresa la aturdió un poco cuando se despejó un poco y despertó con sus palabras. — Como ya sabe, los humanos no son aceptados en mi sociedad a altas voces. Son usados, tienen su propósito, pero nunca se mantienen. Viven tan poco que una cuestión u otra hace líneas de ruptura. – Había algo más allí, ella lo notó en la forma en que la miró. Le estaba diciendo algo importante.
Su boca se secó. Algo cruzó por los ojos dorados de Sesshômaru antes darle una verdadera mirada, antes de apartarse y separarse de ella. Kagome sentía que se había perdido algo. Que se estaba perdiendo algo importante.
— Como podrás entender, Rin ha permanecido más de lo que se espera. –Pronunció con obviedad, confiando en que atara los puntos. Él me dejó respirar, me dejó pensar y yo le entendí, debía ser difícil para él.
¿Cómo podía mantenerse así mismo sin desboronarse ante el querer y el deber? Hablaba de otro tipo de fortaleza, voluntad y carácter. En el fondo, le admiré. Ganó puntos, ella desconocía tanto.
— ¿Y que hay de tus viajes? ¿Por qué has estado aquí si tú posición corría peligro?– Una mirada fuerte bastó para darme cuenta. Él había eligido a Rin, Sesshômaru había elegido a la pequeña antes de sus tierras.
— Has estado vigilándonos, ¿Por qué dejar a Rin aquí si desconfiabas, por qué imponerte ese estado?
— Rin peligra aún bajo tu ala, Sacerdotisa, también en la de Inuyâsha, incluso la de ambos. Él se ha estado encargando de unos cuantos enemigos aleatorios, pero son completos y no escatiman en cantidad. ¿Acaso piensas que debo arriesgarme?
— Pero tendrías que haber sido movido por algo más, no solo su protección. Porque si confías (y sé que lo haces) en tus propias capacidades no te habrías permitido involucrarnos. Lo hiciste porque te viste forzado o algo más. Mi instinto me señala la segunda opción.. –El alzó una ceja más no habló. Eso me invitó a seguir.
— ¿Por qué me estabas vigilando? ¿Porqué Rin pasaba tiempo conmigo? ¿Por nuestra relación? – No supe de dónde salió, el no respondió. Hasta después.
— Curiosidad. –Brotó con fuerza la palabra, y algo en mí se agitó. Lo demás importaba, pero ya no más.
Nota: He estado leyendo algunos comentarios, lamentablemente no sé que sucede pero no puedo responderlos directamente, pero algun@s de ustedes le están atinando a lo que sucede y sucederá. Lo que terminaron siendo estos capítulos.
Solo les advertiré que en los siguientes ajusten un tanto sus cinturones, viene una montaña rusa. Espero estén tan emocionados cómo yo. Por cierto, no los he felicitado: ¡Feliz y bienvenido 2021!
Espero estén bien. ¡Nos leemos luego!
