Pt 2: Travesías.

Las nubes tormentosas surcaban el cielo una tras otra, mientras Kagome se atrevía a alzar la mirada y maravillarse con la inmensidad a sus pies, y no tan solo con la extraordinaria sucesión del celaje en el altivo firmamento.

En el lomo de una criatura exótica pero inverosímilmente tierna, la sacerdotisa escuchaba los largos saltos que hacia Inuyâsha tras de sí, sintiendo el calor de Rin más adelante y manteniendo su cabeza de una manera uniforme, temiendo así mismo, que si le permitía dar rienda suelta le diera dolor a la dulce jovencita que se mantenía sumerja en un plácido sueño.

Decir que estaba aburrida era poco, en un principio, el súbito susto que era estar tan arriba y su manceba desacostumbre le había infundido una extraña adrenalina, alguna clase de emoción. Pero a medida que veía al paisaje cambiar pero al mismo tiempo, al horizonte moverse lentamente, sus párpados pesaron y el frío se adentró en su inusualmente prístina piel.

La espalda de Sesshômaru estaba por completo ante su vista, dirigiendo nuestro inusual equipo hasta su propiedad. Sus hombros eran exquisitamente anchos, notó en cuanto sus castaños ojos revolotearon en su figura. Su cabello corría al invernal viento, una cortina suave y sedosa de múltiples hilos de plata. Un cabello tan simbólicamente organizado como su persona, como todo en él.

Rin murmuró un algo extraño en medio de sus sueños.

Este sería un viaje largo. Se hundió una vez más en el silencio.

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Inuyâsha estaba agotado, mi trasero dolía indudablemente pero aún con ello la pintoresca caravana proseguía por cielo y tierra, viajando de día y parte por la noche, con buen y uno que otro mal clima.

Bufé, si alguien no le decía algo al Daiyôkai lo haría yo de una vez por todas, así tuviera que resaltar lo obvio, incluso mostrarme vulnerable.

Inuyâsha me dió una mirada lúcida en advertencia, que por supuesto, ignoré. Su ridículo orgullo podría recuperarse después, él podría recoger los pedazos. El mío también.- Sesshômaru, necesitamos descansar. -Emití con firmeza, mi tono de voz forzándose contra la cuchillas invisibles de viento.

Recordé a Kagura, la difunta Kagura, la tan aclamada Dama de los vientos, parte de los seguidores de Naraku, aquella que quería su libertad, tan solo y únicamente su libertad. Era casi literario todo aquello, en sumo dramático.

A Kagome no le gustaban del todo esa clase de hipérboles, aquella tragedia, pero se lo concedía a la yôkai, no podía intentar negarlo siquiera.

¿Alguien recordará algo de mi cuando muera? Surgió el imprudente pensamiento de imprevisto a medida que memoraba los hechos. La sacerdotisa lo sacudió con firmeza de su cabeza. No había tiempo para pensar en otra muerte hipotética, ni siquiera para planteárselo fantásticamente. Había que vivir el ahora. Situarse en el momento.

El rostro de Sesshômaru de apoco se enmarcó y con ello, nos dió una mirada mínimamente subjetiva, descendiendo. No asintió, tampoco enunció nada. Tan solo escuchó, caviló para si mismo y actuó en reflejo.

Y aunque me era poco ajena su forma general de actuar, había algo indudablemente retorcido en ser así, en parecer casi una máquina, en querer serlo. En creer en la debilidad en cosas tan simples, en buscar una escala tan alta de perfección. ¿Acaso eso al final no te rompe?

Sí suprimes partes tan propias de ti al modo de que parezcan inexistentes, en busca de proyectar el ser un nuevo epítome de fortaleza, ¿No terminas fracturándote al velar lo que hay más allá, a ti mismo? Le di una mirada nueva a la fornida espalda del yôkai.

Sesshômaru no era lo que aparentaba, de eso estaba segura, las circunstancias me habían orillado a caer en cuenta de ello en muchos modos y sentidos. Miremos sin más, la larga lista de situaciones a poco de una brutal catarsis que llevaba solo en su espalda, el como protege a Rin, su curiosidad, lo que iba más allá de sus acciones iniciales, su larga lista de previsiones, caución y dura practicidad. Todo era fruto indudable de la experiencia, y la experiencia, de una larga lista de errores y caídas. De un duro auto entrenamiento, formación propia, auto entendimiento. Era casi obvio, pero del mismo modo velable, imperceptible.

¿Así como veo ahora lo que realmente es Inuyâsha, podría ver alguna vez quién era Sesshômaru? ¿Me gustaría aquello, lo que encontraría? ¿O acaso lo odiaría? Tocamos tierra.

Un claro cercado por árboles huecos y desprovistos de hojas se mostró frente a nosotros, Inuyâsha se sentó en un grueso tronco tras nosotras fulminándome y Rin se acercó más a Ah-un en busca de calor. Hacía frío, pero aún con ello, el Daiyôkai se perdió sin ni una palabra entre las sombras. No miró atrás jamás.

Parece su lugar predilecto, elegido. Camuflarse en ellas, ser una. Pensé en un momento y tal vez, solo tal vez no estaba tan lejos de la tan ansiada verdad.

-Uh, que cansancio. -Suspiró Inuyâsha más relajado, me acerqué a él con una sonrisa amplia. Estaba completamente dispuesta a molestarlo. Tocarle las narices y burlarme.

Me era casi necesario.

- Viajarás con este Sesshômaru, sacerdotisa. - Me sacó de en medio de un ensueño una voz helada, era temprano. Abrí los ojos, y me encontré con una pupilas ambarinas y distantes. Sesshômaru.

- ¿Qué... has dicho? -Pregunté aún adormecida. Mi cabeza latía.

- Viajarás con este Sesshomaru. Hay que empezar a partir con mayor velocidad o nos atrapará lo peor del invierno. - Fruncí el ceño. ¿Qué tenía que ver irnos y la velocidad con que yo viajará con él?

- ¿Por qué viajaríamos con mayor velocidad si tú me llevaras en vez de Ah...?- Un haz de luz iluminó mi mente somnolienta. -Es eso, o que Inuyâsha sea sostenido por ti. ¿Y por qué no mejor llevas a Rin? -Ofrecí. Sonando incluso suplicante.

Sí lo conociera mejor, todo su carácter y realmente quien era, probablemente habría dicho que el Gran Daiyôkai, Señor de Señores y Lord del Oeste había puesto los ojos en blanco. En cambio, siguió con su mirada permanentemente en mi rostro, como esperando otro rastro de una reiterada iluminación. No llegó.

- Sería mucho peso para Ah-un. - En otro momento, cualquier alusión al peso femenino sería acusada de descortés, irrespetuosa pero en este, no era más que una propuesta seria. Una medida pensada, razonable incluso, no obstante, la idea de viajar en sus brazos no me atraía ni un poco. Siquiera la de viajar en brazos de Inuyasha.

- ¿Estás seguro que no hay ninguna otra opción? - Me obligué a preguntar, él hizo una casi imperceptible negación y siguió mirándome. ¿Por qué esperaba tanto mi consentimiento? Inuyâsha simplemente me habría tomado como un saco de papas y llevado a rastras.

¿Caballerosidad, decoro o tan solo tenía tan pocas ganas como mi persona en ésta nueva estrategia a mitad de nuestra travesía? - No viajaré en tu espalda como Inuyâsha, ¿Verdad?

Él me miró un momento con intensidad y se reincorporó para acercarse a la pequeña jovencita que descansaba a unos pasos de mi, rodeada con una gran cantidad de mantas de piel cortesía del mismo yôkai. La silueta de Inuyâsha se hizo presente dejando el bosque atrás, una mirada hacía mi y supo que algo había sido decidido en su ausencia.

Maldijo entre dientes y con facilidad, cruzó los pasos que hacían falta hacía mi. Lo puse al día, observando como a medida que caían las palabras en sus oídos su poca serenidad se perdía. -¡No voy a viajar en esa vieja bestia, Sesshômaru está loco!

Las nubes danzaban a nuestro alrededor volviéndose tan solo humo intenso y haces vespertinos de viento, algo de color, sombras y luz, transformando el cielo en algo más pristino a pesar de la época, algo cristalino e incluso vigorizante, menos impío. Una dulce y dura bocanada de vida. Oxígeno.

Podría perderse ahí, Kagome cayó en cuenta de momento mientras dejaba a su mente vagar.

El mundo se las había arreglado para que millones de personas de una u otra manera vieran en sincronía aquel mismo pedazo cielo, la misma temporada, del mismo modo y se consoló con la certeza, sabiendo que, millones de otros lo harían en un futuro, incluso más el día de mañana que hoy. Era un poco abrumador a decir verdad, si lo pensaba de esa forma.

¿Cuál era su hoy? Se había cuestionado meditante, dudosa. Queriendo y al mismo tiempo no la respuesta.

No obstante, fuera de todo, para ella, aquella perspectiva, aquel instante: era suyo. Suyo tan solo. Porque ella había sido - entre un conteo mínimo de diminutas excepciones, tal como lo era Inuyâsha- capaz de dicernir en vivo y directo entre este cielo helado y critalino y el compuesto, corrupto y afectado de su metropolitano Tokio.

Totalmente opuesto pero aún con ello, se trataba de una muestra diferente de gloria, de majestad, una maravilla elemental. Viva, parte de su ahora, de su quizás, de su momento. ¿No era eso lo que todos en algún modo buscamos? ¿pertenecer? ¿hallarnos?

Kagome sabía que poseía mucho más que algunos solo por ser.

¿Era triste o reconfortante?

Convertidos en una singular cúpula de luz y energía parecía como si por un breve ápice de tiempo también fueran parte del infinito manto estrellado. Como si en ese preciso y exacto instante hubieran desafiado el orden natural de las cosas que los hacían ser mínimos, nada, y con ello, le perteneciéramos. Tuviéramos la oportunidad de convertirnos en otro astro luminoso en él.

Sin embargo, muy a pesar del esplendor que venía con verse convertido en una esfera luminiscente y de la fragantes comodidades en su viaje, Kagome estaba nerviosa. No cabía en sí incluso. Aturdida por la revolución constante de absurdas sensaciones.

Y es que ella llevaba demasiado consciente, meditando pero más que cualquier otra cosa, percibiendo que las manos cubiertas de garras del señor demonio habían básicamente invadido su obligatorio espacio personal, instalándose -y casi encadenándose- con la fuerza necesaria en su cintura. ¡A petición suya incluso!.

Su espalda colicionaba con la armadura y el amplio pecho recubierto de Sesshômaru, confundiendo así mismo las hebras de sus contrarios cabellos. Volviéndose un baile salteado de motas desde sedoso plata hasta indomable azabache, conformando una proyección hasta ambivalente.

Kagome estaba posicionada en un hueco especial entre la picosa armadura del daiyôkai en el que casi no podía moverse, y por su salud mental, permanecía estática, como si fuera una reproducción exacta de sí misma. En medio de su aturdido y perenne silencio, en su cercanía, la chica podía percibir incluso su suave respiración, la respiración de Sesshômaru. Discernir el ritmo constante de su vibrante corazón y despejar las dudas conforme a su existencia en la anatomía daiyôkai.

La mujer, la chica, la humana, la sacerdotisa, estaba volviéndose un estropajo con él tan cerca, con su presencia. Con aquella extraña tensión e intimidad salida de quien sabe dónde.

Rin, Inuyâsha y Ah-un, los seguían con más lentitud. Kagome en un espacio relevado en su mente temía con constancia que se quedaran demasiado atrás, pero al mismo tiempo consideraba al persistente e inmenso yôkai de dos cabezas.

Rin e Inuyâsha no eran una carga sencilla, y no es que ella tampoco lo fuera de cualquier manera, pero Sesshômaru no había dado indicio alguno de que fuera molestia o tuviera algún problema de cualquier índole. Eso tendría que significar algo.

La chica suspiró profundamente, y justo cuando lo hizo, hubo un tirón, un movimiento casi imperceptible en su cintura que la hizo paralizarse de miedo. El lugar justo en dónde mantenía su agarre el daiyôkai.

Tranquila, Sesshômaru no te dejará caer. Se tranquilizó, pero aún con ello afirmó el agarre con sus propias manos, las cuales fueron a parar a las amplias y callosas de Sesshômaru. Casi las soltó al tiro, estaban frías pero del mismo modo ella temía horriblemente el ofenderlo, ganarse su desprecio.

Más si era posible, se recordó. Temía intensamente al caerse a tanta distancia del suelo, sea pues sí debía serlo lo que había sido la causa directa de su mayor pecado, su mayor indiscreción. Ella, una humana, había tocado más de lo explícitamente necesario al señor yôkai.

- Manifestaste ser temeraria. - La voz helada del demonio emitió casi de inmediato, sin atreverse a quejarse ni una vez de su invasivo pero razonable toque sobre su piel.

Kagome intentó en vano de alzar la mirada hacia él, incluso girarse, pero la armadura y el fuerte agarre la detuvieron. El miedo a la altura en la que se encontraban también volvió a hacer de perfecto aliciente.

Las palabras de él parecían broma, incluso percibió un poco de saludable burla. Él podría estar fácilmente tanteando terreno, pero era Sesshômaru. ¿Él hacia esa clase de cosas? ¿Tan normales, ordinarias y comunes? Le costaba creerlo. Era casi cómica la imagen mental de él intentándolo.

- Nunca afirmé tal cosa, siquiera algo como eso. Tan solo evidencié el hecho de que no te temo, si hasta ello se dispusieron tus propias conclusiones, no es cosa mía. - Se removió incómoda en su puesto hasta volver a su postura incómoda y original. Había calor en sus mejillas, pero frío entre sus dedos, incluso sosteniendo las manos del yôkai entre las suyas. Amaba esta clase de climas, pero un resfriado sería poco conveniente.

Al menos no sudan. Bromeó para sí misma mientras bajaba la vista a sus manos y se encontraba con la hilarante imagen de ellas sobre las del daiyôkai. Eran pequeñas, mínimas a comparación.

Su timidez le obligó a ver su broma como de mal gusto, tampoco era como si le orgulleciera que sus dedos tratarán de hacer una reproducción exacta de un témpano de hielo, a decir verdad. Menos sobre las de alguien más. Mucho menos sobre las de él. Sus mejillas volvieron a arder.

- No puedes acusar a este Sesshômaru de llevar su determinio lejos, sacerdotisa.

Sacerdotisa, sacerdotisa, sacerdotisa. Le disgustaba que la llamaran así siempre, pero con tanto tiempo en esta época, casi se había acostumbrado. Empezó a conformarse, a identificarse con ello. Como una característica propia.

La voz del demonio parecía jugar con cada palabra, quizás en un tono un tanto más suave, más bajo. Frío, limpio, indicativo, pero sumamente neutral. Cuando había dicho 'sacerdotisa', una oleada de aire caliente había corrido cerca de su rostro mínimamente.

En su oído. ¿Se lo había imaginado o él de verdad se había inclinado para ella? - Hablas en demasía, no temes por ti misma. Por tu vida. ¿Vale para ti toda esta pena dicho propósito? - Preguntó el daiyôkai directamente, si estaba cerca.

Más de la cuenta.

Kagome tembló un poco ante sus palabras, ante la forma en que lo dijo más bien y maldijo en su interior ser tan niña, tan vulnerable, tan accesible. Tan estúpidamente intimidable.

Deseó copiarle su máscara, tan solo por un momento, devolvérselo. - Y sin embargo, aún te empequeñeces en la presencia de este Sesshômaru. - Se burló el osado yôkai con claridad.

'Entre tus brazos' terminó Kagome en su interno por él, y se irritó. Había sido eso lo que le había faltado decir para ser la cereza del pastel, casi era poético como se lo había devuelto. Y lo peor es que no podía negarlo sin caer en la hipocresía. Sin exponerse.

Luz iluminó sus neuronas. Se aclaró la garganta y mojó sus labios antes de formar una sonrisa corta y responder. El juego se daba de a dos, no debía olvidarlo. - ¿Ahora quién está hablando demasiado?

Se burló también, pero al contrario de lo que predijo no obtuvo respuesta, el daiyôkai se mantuvo a la expectativa, calmo. Recordó en dónde estaba, cómo estaba y se propuso seriedad. No era hora de juegos de valía.- ¿Crees que todo esto va de ello? ¿De lo que quiero lograr, me consideras tan poco? He manifestado varias veces mi preocupación por Rin ya. -Frunció el ceño.

Amargura, pura e indudable amargura en su tono. Pensaba que él ya lo había entendido. ¿O acaso que quería que le dijera? ¿Trataba de convertirse en su confesionario?

- Pero como tal, sí la pregunta es amplia, quiero que los que me importan estén bien. Deseó que por fin podamos vivir en paz habiendo sorteado todas las vicisitudes. Que ellos tengan una buena vida. -Sonrió.

- A veces me pregunto tal como tú lo dices: ¿En verdad lo vale? Pero me reitero, que sí la moneda de cambio para obtener lo que quiero es mi vida o sencillamente romper algo preestablecido, es un precio muy bajo, muy pobre. Sencillamente, no es algo que me importe, y tampoco me va a hacer titubear jamás. - Soltó con abrupta sinceridad. Eso era lo que quería ¿No? Que le dijera. Que fuera honesta.

Y ahora va creer que en definitiva tengo instintos suicidas, se dijo mientras un silencio extraño brotaba entre ambos.

Largos instantes transcurrieron, momentos en los que Kagome se evaluó y preguntó sí había dicho algo mal. Si había hablado de más tal como suponía. Tal vez él sí había llegado a su conclusión original. - Yo... - Trató de hablar, de explicarse.

- Eres demasiado humana, demasiado libre. - Él la cortó prontamente, evitando que se corrigiera o que agregara algo más.

El daiyôkai parecía haber entendido, ver a lo que quería llegar, pero al mismo tiempo, sus palabras la confundían ¿acaso esa era una nueva clase de insulto a su raza, su reiterado racismo? Descartó la idea de lleno, aún siendo completamente razonable.

No, no parecía aquello. Era algo más.

¿Libertad? Se cuestionó dudosa, intrigada. Frunció con reiterada fuerza el ceño hacia el vacío y persistió.

El tono de voz de Sesshômaru había sido serio, profundo. No era una broma,y tampoco lo había soltado a la ligera. Le había costado incluso.

- ¿Y acaso tú no lo eres? Eres un Gran Señor, Daiyôkai entre los daiyôkai. ¿No es así? Deberías de ser incluso más libre que yo - Él se tensó, lo supo por cómo trabajó su caja torácica, cómo se volvieron de marfil sus brazos. Jamás respondió, pero para ella eso era un ineludible negación. No estaba tan fuera del aro.

Kagome se encontraba más confusa que al principio con esta nueva puesta en escena. Las preguntas burbujeando en el crisol que se había vuelto su lecho mental.

¿Por qué Sesshômaru no se consideraba libre, o acaso se refería a algo más? ¿Era sobre sus deberes, o acerca de otra atadura de distinta índole? Un nudo que supo a ácido se instó en su garganta con fuerza.

Se suponía que en aquella clase de época, en medio de tanta anarquía y la constante mudanza de poder, algunas personas privilegiadas podían comprar su libertad. Ser libres. Tener esa clase de dotes, la golpeó la fría realidad. Los hechos constantemente dejaban en ridículo las deducciones del mundo moderno.

Kagome entendía del mismo modo, que en múltiples ocasiones había cuestiones más allá de ella que no permitían al señor demonio proteger cuánto quisiera, obrar con lo suyo como le viniera en gana -mantener cerca a cuánto podía, y sin siquiera obtar por opinar en el ámbito emocional: querer, demostrar afecto -, principalmente para mantener su propia postura política y social ante el ojo público.

Entendía el que no podía arriesgarse tanto -a si mismo-, por razones de momento, perecederas. El que debía ser implacable, inamovible, e incluso algunas veces inaccesible. Un pilar frío, un témpano de hielo, para mantener lo que deseara seguro, lo que decidiera. Restringiéndose así mismo por pura deducción lógica, pero ¿No era aquella demasiado trágico, martirizante? ¿Desafortunado?

Fue instantáneo, la mujer humana se mostró más que empática hacia el demonio sin poder evitarlo. Triste por él incluso.

Se sintió tonta por ello, pero al mismo tiempo, Kagome tomó impulso y abrió su bocota. Ya había tomado una decisión antes, solo quedaba seguir con ella. Igual no se iba a echar para atrás.

- La libertad no se trata de cuánta atadura personal o externa poseas. La libertad es una decisión propia, incluso individual. Se que ya sabes esto, pero te recuerdo que es parte de valorar tanto cuánto quieres y dejar el resto de lado, velar por tus propios intereses y conducir razonablemente tus propias acciones. -Fijó sus ojos castaños en el paisaje y las cuchillas de viento suave a su alrededor. - Es tal vez por ello que dicen que nadie te obliga nunca a hacer nada, aún cuando las circunstancias puedan ser apremiantes, ya que se trata de tu determinación. Tus acciones, tu vida y tus designios. Eres quien eres y eso nunca va a cambiar ¿No es así?

El silencio persistió, pero aún así Kagome siguió hablando, dejando fuera el instinto de ponerse nerviosa. Enclareciendo sus propias ideas. - Puede que por todo aquello, yo sea un poco más libre, espiritualmente más que física, tal como mencionas. Porque yo elijo mis ataduras siempre, nadie me las impone. No obstante, perdóname si estoy equivocada y no es adecuado, pero tu también. - Dulzura brotó de su tono sin disipación en la última parte de su discurso, no hubo chance ni de refrenarla.

Sesshômaru espero un poco, un corto instante, antes de responder. Un par de respiraciones se marcaron en su movimiento abdominal. Suave pero constante, hasta que retumbó su masculina voz en sus oídos.

- ¿Por qué lo dices? - La pregunta sonó meditativa, para ella, lo estaba considerando. Su voz sonaba aterciopelada, como nublada por algo más, Kagome estimó optimistamente que se trataba de sanos pensamientos conforme a sus propias reflexiones expuestas.

- Sé que no soy nadie, que tú has vivido muchas cosas, luchado en demasía. Ni siquiera sé qué edad tengas realmente, pero eso no hace que dejes de ser un guerrero. - Señaló con calma, algo dudosa al comenzar. -Solo soy humana, una sacerdotisa. No tengo nada especial, siquiera una responsabilidad tal y como las tuyas y mucho menos me imagino la inmensidad que llevas en tu espalda, pero aún con ello, llevo conmigo cada día que transcurre mis decisiones, mis convicciones, y las personas que se fían de mi, tal cual como tú.

- Temo constantemente al arrepentimiento, el no haber hecho algo desde temprano. Intento continuamente no defraudar a las personas, sin hacerlo conmigo misma, sin llevarme al máximo. -Suspiré pesadamente desde el fondo de mi interior. -Mentiría si dijera que es tarea fácil, pero soy un poco libre con ello. Todo es muy amplio, la verdad, y jamás lo habría propuesto en palabras de no ser por hoy, pero haciendo acopio de ésta extraña honestidad, yo nunca me he rendido. Nunca he sabido cómo hacerlo, y tú tampoco. Jamás lo has hecho Sesshômaru y tampoco te imagino haciéndolo. - Nerviosismo la tomó, mientras apartaba las imágenes de su sueño. Su fatídico sueño.

- Lo... que quiero decir, fuera de este balbuceo impulsivo, es que prestaré apoyo a tu empresa si es lo que necesitas. Desde hace un tiempo me he estado cuestionando, si desearías un aliado, si lo encontrarías en alguien como yo, en cualquier medida. -Pasó la lengua entre sus labios. -No es mi intención ofenderte, sé que eres el gran Lord Sesshômaru, pero todos en algún momento de nuestra existencia necesitamos a alguien más y eso no está mal, no es vulnerabilidad. No te hace menos fuerte. Y si alguna vez lo necesitas, puedo serlo. Si eres capaz de considerarme, por supuesto. Te ofrezco mi lealtad llegado al caso, mi amistad.

Aguardé hecha un manojo de nervios por su respuesta, contando los segundos. El silencio perenne siguió acaeciendo con naturalidad, y se instó entre ambos con más fuerza. Asfixiándome. -O no. -Susurré cohibida. Me removí en mi lugar preestablecido entre su armadura, sintiéndome expuesta, ridícula, inferior, vulnerable.

Me azotaba la vergüenza con su látigo inmisericorde desde adentro, haciendo trizas todo. Derrumbando mi mundo.

Del tiro, casi suelto sus manos heladas, sus largos dedos y nudillos. No deseaba escuchar su negativa, la humillación. Había corrido demasiado riesgo.

De repente, su toque fue del todo mucho más que impropio, indigno. Sin embargo, muy al contrario a mis pensamientos mi cuerpo sorprendiéndome a mi misma, hizo algo un tanto diferente, sujetando así y con más fuerza la piel entre mis dedos.

Me acerqué más a su armadura, aferrándome a Sesshômaru, a su cuerpo y con ello, el mismo pareció volver a la vida resurgiendo de su extraña letanía.

- ¿Por qué me ofreces esto, Sacerdotisa? - Cuestionó el demonio de momento. Algo en mi interno se agitó ante su respuesta, casi alivio ante los resultados.

Él podría estarlo considerando, no me había rechazado, susurró una cantarina voz.

Me sorprendió notar mi profundo alivio, lo mucho que me importaba, casi dejando fuera de mi mente el pequeño detalle de que la voz del alto daiyôkai había sonado cerca, infinitamente cerca. Mucho más que antes.

- Mi nombre es Kagome, Higurashi Kagome. - Ella no pudo evitar decir, provocando que el demonio se moviera con sigilo a sus espaldas e incluso una cortina de delicados hilos de plata cayera cómo agua de cascada por su hombro.

- ¿Por qué me propones tal cercanía, Kagome? ¿Por qué querrías volverte algo así para este Sesshômaru? - Un escalofrío la recorrió entera, y calor se instó en la boca de su estómago.

Él había dicho su nombre de una forma extraña, tanto que había provocado impacto en su persona y de tal súbito, el aliento se había escapado entre sus labios, y tal como si fuera un androide, en una respuesta automática, se giró hacia donde provenía su voz, hacía él.

Rozando su oído caliente contra sus labios suaves, los labios del demonio. Él no se removió, no se alejó ni tampoco acercó, solo permaneció. Casi podía palpar su ojos penetrantes en su nuca.

La sacerdotisa volvió a su posición original con un suave rubor en los pómulos de su rostro, pero aún con ello, se espabiló y alzó una ceja aunque él no pudiera verla.

- Por Rin, por los que quiero. -Silencio absoluto. - Porque tengo la leve impresión de que lo necesitas. Porque quiero.

El tiempo transcurrió antes de que la mujer sintiera al señor demonio asentir, y alejarse, enderezándose. Parecía haber vuelto de nuevo a dónde estaban abruptamente, incluso el ambiente había cambiado de lleno. Cómo sí Sesshômaru hubiera tenido una dosis de agua fría, de realidad.

Algo había pasado, intuyó Kagome, y tanto como pudo alzó la mirada y el perfil del Daiyôkai se ofreció ante su vista. Justo antes de que sus depredadores ojos se instalaran en los oscuros de ella.

Las pupilas de él relucieron por un momento, el rastro de ya una ajena emoción extingiéndose hasta volverse imperceptible, ahogándose en ese mar dorado. Él había vuelto en sí de alguna manera, la mujer se dió cuenta, había vuelto a conformar la ajena fachada, y con ese pensamiento, él alejó los ojos de los propios de la chica y permitió que revolotearan en la inmensidad forzadamente.

Sesshômaru había llegado a algo, Kagome supo, había decidido algo. Sus fracciones lo habían descrito tan solo por un momento, y ella ignorante no lo había percibido, había sido tan solo un corto ápice de tiempo pero lo habían hecho.

- Lo acepto. -Fue lo que emitió el demonio de forma escueta, para luego cerrarse en sus propios pensamientos, dejando a la sacerdotisa de cabellos oscuros por fuera. A la deriva. Ésta frunció el ceño, insatisfecha.

- ¿Sesshômaru? - Llamé. Esperó que respondiera, más él no lo hizo. Cerró su boca también, había hablado suficiente. Simplemente, suficiente.

Un temor suave escaló hacia ella, se había expuesto. La sacerdotisa había sido sí misma, honesta, y el en cierto modo la había rechazado.

¿Había esperado en alguna medida que fuera distinto? Que grandiosa broma.

El sueño, la somnolencia más bien habían vencido luego de una larga lucha a la mujer sagrada. No supo cuándo, en que momento o en qué lugar sus párpados empezaron a pesar, solo que entre el inmutable silencio, empezó a cerrar los ojos mientras aún permanecía entre los brazos del gran demonio de quiméricos ojos dorados, y mirada pensativa.

Mientras este permitía a su mente vagar y volver mientras se conducía con velocidad hasta el Oeste, en su decisión de respetar los motivos de la sagrada mujer, en su próximo accionar. En atar sus instintos con razones comprensibles, a una voz animal e insidiosa que le clamaba actuar de inmediato, irracional.

Entre sueños, la humana sacerdotisa de cabellos como la tinta, percibió nubladamente cómo las manos en su cintura escalaron, para luego afirmarse sin hacerle daño alguno. Como una calidez inesperada la invadió en compañía de un peculiar olor.

Era natural, casi puro, pero no era del todo desconocido, lo había percibido antes pero no lo identificaba. Entre los brazos no solo del demonio, sino también de los dioses occidentales Hipnos y Morfeo, aspiró con fuerza sin ser del todo consciente.

La fragancia era masculina, pero de algún modo entrañable. Era leve a sus sentidos y heterogénea, pero también, indudable, característica. Suspiró tranquila.

Sin saber que un daiyôkai poderoso velaba su sueño encarecidamente, tatuando en su mente así mismo de la imagen mental de la sacerdotisa descansando plácida entre sus brazos. Anhelando en cierto modo compartir internamente su serenidad.