Pt 3: Trajes, máscaras y vestidos de teatro.

— ¡Tú! Maldito, ¿Quién diablos te crees que eres? – Rugió Inuyâsha enardecido, pasando justo al lado de Rin —quién lo observaba en silencio, totalmente perdida en tiempo y espacio—, y le plantaba frente a su distante medio hermano.

Un dedo índice cubierto de garras se alzó con reverencia y fue hacerle compañía a la severa acusación.

— ¿Crees que todo gira entorno a ti? ¡Yo no soy alguno de tus sirvientes o el maldito de Jaken! No puedes simplemente decirme que hacer, y esperar que obedezca todo cuánto dices. Humillarme de ésta forma, imbécil. –Continuó el Inô-Hanyō con su perorata, mientras casi unía sus pobladas cejas oscuras en una sola y mostraba los colmillos ante cada palabra, y exclamación. Cuadrando su mandíbula y pronunciando el gesto indignado en su rostro.

Permaneciendo siempre y a pesar de todo, atento. A la expectativa, moviendo sus simpáticas orejas ante cualquier mínimo y pseudo movimiento por parte del demonio mayor, y su tacto igualmente poco lejano de Colmillo de Acero, su arma. Siempre listo para la contienda, para luchar.

— Estas son mis vestiduras, mi traje. ¿Crees que todo es fácilmente reemplazable, que puedes imponerte ante cualquier cosa? ¡Pues no, maldito! No puedes meter tus narices en esto también. Este traje me lo dió mi padre, no para que estuviera en un cajón llenándose de polvo y mugre, sino para que lo usara, para que me protegiera. – Escapó de Inuyâsha un rastro de sentimiento en la última parte. Inu no Taisho era un tema delicado para él.

Kagome se sintió de cierto modo ajena mientras Rin procuraba hacerse invisible, camuflarse con el entorno. La jovencita no servía para esa clase de situaciones y prefería hacerse a un lado siempre, más con Sesshômaru implícito, indudablemente involucrado.

Algunas veces Rin era simplemente demasiado servil.

Fue con ese justo y mínimo detalle, que la sacerdotisa diluyó sus propias apreciones y tal como un aparato motorizado al que le dan cuerda, fue acercándose sigilosamente al punto rojo vivo que resultaba ser el fúrico mitad bestia. No obstante, en medio del trayecto se giró y vió al altivo daiyôkai, en sus ojos oscuros reluciendo la cautela, pero también la expresa duda.

Incluso en un margen inequívoca improbabilidad, decidió atravesarse en su campo de visión directo y alzó una ceja en demostrativa queja, en dura acusación. Quería saber que tenía que decir el daiyôkai al respecto. Sí podía excusarse del embrollo.

Sin embargo, ante cualquier expectativa lord Sesshômaru permaneció ajeno, inmutable, completamente lejano, como sí a él no llegarán sus palabras inmediatas, acciones o sentimientos. Definitivamente, el demonio los había ignorado.

La había ignorado.

¡Ni siquiera la había notado, más bien!. Esa tenía que ser una nueva forma de ofensa, ¡Le había aplicado la ley del hielo, por todos los cielos! pero aún así, Kagome permaneció decididamente imperturbable también, serena—como mujer adulta que es—, armándose de paciencia, e ignorando aquella irrefutable burla. Al menos hasta que el demonio se dignara a hacer algo.

Hasta que su voz resonó con reserva e inexpresividad y sucesivamente cayó con efectividad en sus oídos y en los de los presentes.

— Este Sesshômaru no señala la necesidad de conseguir otro atuendo debido a vergüenza, sino a decoro. Protocolo simple.

Los ojos dorados del daiyôkai se entornaron e impeccionaron al joven mitad bestia, pasando con facilidad sobre su protegida y la antigua sacerdotisa de la perla frente a él mismo, como si no existieran. Cómo si no fueran más que un mínimo adorno dispuesto. — Se deben llevar las vestiduras que simbolicen el orgullo de nuestra casa al ser miembro.

¿Quién obedecería las órdenes de un segundo que no siga el protocolo, que a simple vista no proyecte su poder? Kagome se mentalizó. Los implacables ojos de Sesshômaru cedieron, se relajaron y se alejaron de la silueta de Inuyâsha hasta un punto lejano entre la precoz caída de la delicada nieve.

Kagome intuyó que el daiyôkai no hablaría más. Esa había sido su aclaratoria, su declaración. Para él había sido más que suficiente.

La sacerdotisa se irritó más con ello de lo que jamás se habría imaginado, y en su fuero interno empezó a odiar la facilidad con que el demonio se desentendía de las palabras. Simplemente le era por completo innecesaria en aquella dura cabezota la grandilocuencia.

Kagome bufó sonoramente tratando de sacudirse el enfado, y así mismo, terminó de dar la media vuelta y cerró el paso hacia el alterado hanyô de cabellos platinados, colocando una de sus manos en conforte, apoyo. Sin siquiera voltear y vislumbrar por última vez al daiyôkai. Sesshōmaru simplemente no lo merecía.

Los dedos cubiertos de garras de Inuyâsha se cerraron sobre la femenina y pequeña mano de ella, y con ese gesto, Kagome sonrió para él, haciendo que la mirada de Inuyâsha se dulcificara por un instante en agradecimiento hacia ella. Su apoyo lo significaba todo. ¡No era el único al que esto le parecía una desfachatez!

Con una intensidad sobrehumana, las pupilas doradas del gran demonio también se situaron en la silueta de Kagome, buscando los ojos oscuros de la muchacha, reposando peligrosamente por un ápice de momento en el fraternal agarre.

Él estaba viéndola por fin, se dijo Kagome. Había estado evitando fijarse en ella desde su conversación, habían llegado a una especie de punto muerto. Y ahora la estaba observando, nublado por quién sabe que pensamientos. Por quién sabe que motivos.

Se había dignado de una vez por todas. Ella no tuvo que girarse y desatender a Inuyâsha para saberlo. Lo sentía.

Frunciendo el ceño marcadamente Kagome lo ignoró, acercándose más a Inuyâsha. No obstante, aún con ello habló. Mantener la armonía entre los integrantes de su variopinto grupo como propósito.

— Creo que Sesshômaru no está tratando de desestimar lo que eres, tampoco tu símbolo o lo que representas, Inuyâsha. Al contrario intenta que representes junto a él todo lo que el Oeste es. Ambos son hermanos, hijos del gran general. Y deben estar a la altura, interpretar su papel ante cualquier circunstancia y eso va más allá del cómo actuar, pero aún haciéndolo, tú y él conocen quiénes son. Qué es lo importante. –Habló con dulzura, mientras se permitía analizar a los nombrados hermanos, deteniéndose tan solo para analizar con énfasis al menor de ellos, evitando observar más de lo debido al yokai. Un nuevo apretón tuvo destino en el hombro de Inuyâsha.

El hanyô la vió con intensidad, reflexionando antes de levantar la vista y fijarla en su medio hermano. — Padre habría deseado que llevaras dichos colores. –Manifestó Sesshômaru con entereza, siguiendo el hilo de cordialidad que había tendido la sacerdotisa.

Los ojos de Kagome se juntaron accidentalmente con los de él justo antes de que este volviera la vista al infinito horizonte. Ignorándola de nuevo, Kagome maldijo tal como un marinero dentro de sí misma. ¿Por qué debía ser tan jodidamente obtuso?

— ¿Cómo sabes que habría querido padre? ¿Cómo estás tan seguro? –Inuyâsha vió al demonio con sospecha. Kagome suspiró, iba a decir algo cuando Sesshômaru se adelantó.

— Él mandó a confeccionar este traje inicialmente. –Reveló.

— ¿Y nunca pensaste...? – El rostro de Inuyâsha se crispó con indignación, mientras apretaba la mandíbula con reiterada fuerza. – ¿Nunca pensaste que tal vez me gustaría saberlo?

— Habías decidido no tomar parte, era innecesario el señalarlo.

— ¡Yo decido que es necesario, no tú! – Explotó Inuyâsha, Rin se acercó hacía él también, tratando de calmarlo. Mientras Kagome intentaba que el hanyô la mirara para mantener su temperamento a raya.

— ¡Lo importante no es lo que antes pudieron decir o hacer, sino que ahora están unidos, señor Inuyâsha! ¡Eso habría deseado su padre y del señor Sesshômaru! –La suave voz de Rin se interpuso antes de que todo se volviera una brutal pelea.

Inuyâsha gruñó pero se calmó un poco, Sesshômaru permaneció impune. Rin tenía razón. Kagome volvió a suspirar pero ésta vez con alivio, Inuyâsha se separó con brusquedad del agarre femenino y en un par de saltos pesados por la nieve se alejó de ellos, cruzando el círculo de árboles desnudos y perdiéndose.

Él quería estar solo, hallarse a sí mismo antes de cometer una estupidez.

Justo cuando el silencio se estableció, fuera de la pesada respiración de Ah-un, Kagome se permitió observar directamente a Sesshômaru, y posteriormente, fulminarlo con la mirada, antes de dirigirse a la dirección contraria de Inuyâsha, y del gran demonio. También quería estar sola.

O simplemente se volvería loca.


Luego del enfrentamiento el viaje prosiguió como sí nada. Inuyâsha había vuelto aquel día llegada la noche, con el rostro limpio de preocupaciones, y Kagome lo había hecho muchísimo antes. Tal como se dice el tiempo acalló todas sus preguntas, reclamos y protestas hasta guiar y centrarlos en lo importante, llegar al Oeste cuánto antes.

— 'Fuera de todo, tu padre siempre te vió como miembro del Oeste, Inuyâsha. Nunca lo dudó, creía en tu valía.' – Le susurró Kagome frente al bramor de las ardientes llamas. La luz del fuego brillando sobre su lustroso cabello negro azulado y las paredes de la amplia cueva. — '¿Acaso no te pone feliz?'

Inuyâsha la vió con ojos centellantes pero no respondió, no hizo falta. Su mirada había sido más que elocuente, pero aún con ello, tomó la mano de la chica entre las suyas, sintiendo su dulce calor.

Kagome le dió una suave sonrisa conciliadora antes de correrse un poco hacia la derecha y cederle un espacio para recostarse junto a ella. ¿Hace cuánto no hacían algo como aquello?

Inuyâsha vivía de momentos así junto a ella sin temer jamás las consecuencias, eran instantes sencillos pero de cierta manera intensos en el fondo para él. Por lo que no dudó en seguir el ademán de la chica y acercarse.

Inuyâsha la quería, para él era lo único que importaba. Nada más. Nunca lo demás.

Aún cuando en un punto más alejado de la cueva en la que habían decidido resguardarse del frío, un daiyôkai, el medio hermano del mismo, no perdía detalle de ninguno de los gestos o acciones de los nombrados. Cambiando sus ojos de carmín a cobre y luego a un intenso dorado mixto, permanecía distante pero consciente, con vista de águila. Clavando con frustración sus punzantes garras en las palmas de sus claras manos.

En medio de la tardía noche, el olor de la sangre afloró hasta el mitad bestia y en medio de las sombras, este observó al yōkai con la más fija sospecha y puro detenimiento, el mismo que el mayor le había dirigido. Decidido, fue acercándose más con prisa a la humana sacerdotisa que se había quedado dormida a su lado, afirmando su lugar. Alzando la cabeza y clavando sus ojos en definitivo reto en los fríos y nublados de su medio hermano.

El juego estaba comenzando e Inuyâsha estaba decidido a no ser el perdedor está vez.

Se quedó dormido.


El palacio de Sesshômaru no era algo como lo que Kagome había visto, aún con todo su conocimiento futurista, con su cultura general y sus avanzados estudios sobre la época le sorprendió notar la inventiva y creatividad en el mismo. Dónde los demás castillos eran frágiles la estructura del Shiro era maciza, tan imperturbable como su dueño.

Alzado en la cima de una alta montaña y resguardado por una inmensa barrera de energía demoníaca proveniente del mismo señor yôkai, representaba no solo una maravilla arquitectónica avanzada, sino también un nuevo paradigma de esplendor cultural, de belleza y del mismo modo, con cualidades estratégicas.

Kagome no era un experta, pero la fortaleza estaba en el punto exacto para que su altura y estructura permitiera una ventaja. Vislumbrar desde lejos al enemigo y anteponerse, debía de ser un aspecto significativo para cualquier guerrero.

Sesshômaru definitivamente se lo había pensado en lo que respectaba a su opinión, su casa no solo era hermosa o grandiosa, sino que también poseía cualidades tácticas. Nunca habría sido fácil viéndose de dónde sea, el conquistarla. El vencerla o al mismo, siendo el centro de su poder. O, más bien, parte de sus integrantes.

Lo malo, para Kagome, resultaba ser lo terrorífico del detalle de que la fortaleza era la misma de su sueño. No cabía duda.

Era el mismo lugar, incluso cercanamente y a través del camino estaban los mismos árboles y arbustos con los que se había hecho daño, y sí se permitía una perspectiva más pragmática, menos afectada e implícita en su propio contexto, tenía sentido que los enemigos de Sesshomaru tratarán de derrumbar todo desde el interior. Incinerar todo desde adentro.

Se le vinieron a la mente la fichas de dominó al caer, aunque a diferencia de otras veces, bañados con luz rojiza y anaranjada.

Alzó la mirada lentamente y la posó en Sesshômaru. Ya no estaba tan molesta, tal vez lo había disculpado. No obstante, al contrario de lo que creyó, el daiyokai estaba más lejano y brusco con ella que nunca, más implacable incluso. Esquivo.

Kagome se preguntó sí realmente había cometido un grave error de juicio, incluso llegó a cuestionarse sí toda aquella accesibilidad momentánea de su parte no había sido más que una vil tetra para conseguir sus propósitos.

No lo sabía aún. Tenía que resolverlo a la brevedad, andarse con cautela ante cualquiera de los pronósticos.

Algo en el fondo de ella se derrumbó al sentirse tan insegura, pisando en falso. Arriesgándose.


En cuanto Sesshômaru y ella habían pisado tierra, Inuyâsha ya nos había alcanzado totalmente, cabalgando a Ah-un con firmeza junto a Rin.

Tal parecía que Sesshômaru había previsto todo, y había maniobrado para nivelarse al paso del robusto dragón de dos cabezas incluso. Preparándose ante cualquier vicisitud.

Vestido con el blanco y sus flores en un modelo quizás completamente diferente del de Sesshômaru y con su cabello sujetado en una alta coleta, Inuyâsha parecía casi otra persona. Alguien diferente, un alto señor feudal de rostro agraciado, pero sencillo. Varonil y jovial, pero también firme.

Kagome respiró profundamente antes de alzar sus castañas pupilas y observar los rostros temblorosos, sorpresivos y desprolijos de la cercana guardia receptora del Oeste, captando lo agitado de sus presencias así mismo. Lo arítmicas que se contoneaban una junto a la otra, en un baile inconexo y anárquico apabullando la suya propia a momentos.

Recogidas dentro de sí misma y selladas, su poder y esencia habían sido vueltas casi imperceptibles, mínimas y ordinarias a niveles y sentidos significativos por obvia precaución.

Ella estuvo segura al instante. Cuando sintió las energías demoníacas acercándose y restregándose contra la de ella, no lo dudó. A partir de ahí no había retorno, no lo hubo desde el momento en que Sesshômaru había aceptado y ella había vocalizado sus pensamientos en voz alta, mal que bien.

Y cuando los altos y delgados yôkai de presencias volátiles, vestidos con uniformes acordes empezaron a susurrar entre ellos por primera vez, mientras se reincorporaban para hacer una torpe formación pseudo defensiva y al mismo tiempo, una reverencia a su señor, ignorando de sobre manera al ataviado hanyô, Kagome entendió la duro que serían sus próximas faenas. Lo cruda de su tarea.


— El debido reconocimiento al segundo heredero del gran perro demonio: Inuyâsha. – La voz helada hasta los huesos de Sesshômaru resonó, más potente que nunca.Más poderosa. — Y compañía. Entre ellas, la Shikon no Miko.

Inuyâsha lo vió sorprendido, obviamente no esperaba tal presentación, para mí no fue algo ajeno, pero no me sentí ni bien, ni mal, pero tampoco a gusto. Estaba claro que Sesshômaru no nos iba a mantener como un sucio secreto propio si entrábamos por la puerta directa, por la principal. No había que darle muchas vueltas.

Ambos dimos un paso al frente a cada costado de Sesshômaru, descubriéndonos. A la luz. Éramos ambos guerreros, velaba en cierto modo mi género y me posicionaba casi fuera de los paréntesis machistas actuales en aquella sociedad.

No, ella era una sacerdotisa, no una mujer ordinaria. Así que se condució hasta su lugar adecuadamente inducido.

Inuyâsha estaba a la izquierda del gran demonio y yo a su derecha, unos pasos de lejanía dispuestos también, para ocupar cualquier perspectiva conforme a Rin, mi dulce pequeña. Era absurdo y reconfortante a la vez mostramos de esa manera. Los cuatro.

Los soldados tardaron en hacer una reverencia, en reaccionar. Aturdidos habían doblado la mitad de sí mismos por inercia.

La determinación se traslució aún con aquel hecho, en el semblante de Inuyâsha mientras observaba el resultado del pomposo gesto de Sesshômaru, su hermano. Seriedad adornó pronto sus fracciones compuestas, y cuando dirigió su mirada hacía mi, caí en cuenta abruptamente.

Ahora Inuyâsha portaba una máscara, su propia máscara y estaba vestido, naturalmente, para la gran obra.

Kagome sintió un extraño miedo por primera vez, inducido por sus acciones, por sus decisiones y no por algo que escapara de su juicio y su accionar directo.

Ella sintió temor inmediato de que de alguna manera las responsabilidades y lo que empezaba a cernirse sobre Inuyâsha, su querido mejor amigo, se lo llevarán lejos de ella.

Kagome temía quedarse sola, que este mundo lo apartara de su lado.


Su habitación estaba justo al lado de la de Rin. Dedujo que era la única opción que podría otorgarle Sesshômaru para mantenerlas cerca, después que había protestado continuamente un par seguido de días en el singular despacho del demonio a voces callas, por supuesto. No había cabida para el escándalo en aquel lugar.

Todo era una fría y dura pomposidad y etiqueta para con todo. Gélida apariencia.

Pero bien sea dicha su insistencia, Sesshômaru se había negado a qué ambas compartieran un solo espacio en el pabellón más apartado de la fortaleza, a pesar de sus claros argumentos y constantes réfutas.

El daiyôkai se acorazó en la certeza inverosímil y poco alentadora de que mientras se mantuvieran en aquella justa ala estarían bien, seguras. Y ella no pudo más que fiarse de su palabra, de su aprecio por Rin. Sembrando un poquitín de honesta confianza.

Después de todo, el gran demonio también tuvo a su favor en la discusión el hecho de que ella debió si o si tener en cuenta de que el lugar era el más apartado, y además, el más cercano y real posible a los sagrados aposentos del mismísimo señor yôkai, e incluso de su ausente harem. El lugar en donde podría alguna vez guardar de una o varias concubinas.

Kagome había escuchado entre los pasillos y las malas lenguas, interpretando pequeñas frases entre lenguajes primitivos — tratando de hallarse en medio de todo—que el demonio se negaba a mantener a cualquier mujer tan solo por favores sexuales, que para éste no valía la pena luego de ser saciados sus apetitos boraces.

Lo terminal y vacío en aquella puesta en escena era enclarecedor conforme a los hábitos y conductas dados en el daiyôkai. No pudo apartarlo de su mente aunque quisiera. Era honesto pero simplemente gélido, retorcido.

Rin había sonreído de una forma única al llegar, honesta, justo cuando tuvieron un momento de soledad. Hacía mucho que la jovencita no había venido, y aquello le emocionaba, pero Kagome, Kagome no pudo hacerlo.

Ella no podía sonreír del todo, no podía pretender ser la representación física de la felicidad cuando se vería constantemente apabullada de intriga. Presintiendo que entre dichas paredes, sus amigos iban a estar más lejanos que nunca, que de algún modo iba a arrancar su esencia de su lado.

No obstante, la sacerdotisa poseía la virtud de ser alguien fuerte. No era quien era por nada, así que se vistió con una amplia sonrisa hecha de goma espuma y de algo de poder.

Ella era fuerte, tenía que serlo. Lo sería. Era, a fin de cuentas, Kagome.

Tan solo Kagome.


Los sirvientes hablan a medida que Rin y yo nos acercamos, el decoro parece perdido y las luces parecen traslucir la intenciones y la verdadera identidad de cada quién. Ellos temen, pero dejan a sus lenguas ponzoñozas ser largas, llegar a lugares inimaginados. Intrigar.

Es por ello que he estado escuchando con atención, entre las mentiras siempre hay pequeñas dosis de verdad y he estado aprendiendo como funcionan aquí ciertas cosas.

Me mantengo en constante alerta, incluso con las personas que Sesshômaru ha adjudicado a mi cuidado y el de Rin. Era cansado todo el asunto, la verdad.

No es que fuera hostil, o grosera, pero siempre había una sana distancia, reserva entre todos y mi persona. Siempre me encuentro analizando, siempre midiendo, siempre comprendiendo.

Entendí, del mismo modo, el gran riesgo que significa para Sesshômaru el traernos, el de ser quien es y compaginarlo con sus actos, aunque es difícil conciliarlo todo ya que aún me quedan una gran multitud de encadenadas dudas. Simplemente, Rin, Inuyâsha y mi persona éramos un riesgo para él ahora.

O tal vez, una arriesgada apuesta.

Pero con ello, soy consciente además, de que el poder de ese concepto está en mis manos, que todos me temen, a lo que puedo ser. Lo que significa mi apoyo, tan solo mi presencia. Pero Sesshômaru es tan increíblemente necio que no me quiere arriesgar, no me quiere dejar entrar.

¿Debía rendirme o conducir mis preocupados esfuerzos a otra parte?


Todos me miran.

Incluso cuando Rin trabaja tranquila con sus propias manos entre las flores siento una multitud de miradas, una multitud de presencias, pero me mantengo en calma. Dejándolos a todos de lado.

La dulce jovencita de cabellos oscuros que resulta ser mi hija, permanece sonriente, revoloteando sin ataduras entre las flores. Regocijándose como si fuera parte de ellas, dándose un gusto, mientras la vigilo y a nuestro externo.

A veces permito a mi mente vagar y conformar ideas tontas, absurdas, fuera de estás hermosas paredes y sus absurdos integrantes. A veces imagino a Rin como una flor dorada, creciendo a gusto en el pastizal de un hermoso vallecito que de quién sabe dónde mi mente sacó y sonrío con esa metáfora tan platónica.

A veces creo que me vuelvo un poco loca, riéndome yo sola de dichos pensamientos, de maquinaciones tan poco cuerdas e ordinarias. Eso, hasta que me descubro atenta con afinidad a la mirada de Sesshômaru, a cómo sus ambarinos ojos me siguen. Fuera de los distintivos otros yôkai.

No tardé demasiado en enterarme que una de las ventanas de este hermoso patio, y lo más lejano de este jardín concidía al completo con su despacho.

Que cada que veníamos él no escatimaba en su atención para con nosotras.

Empezamos a venir con regularidad, porque de solo percibir su atención, su brillante presencia, esto no resultaba tan difícilmente raro, me otorgaba un propósito. Un porqué.

¿Es suficiente? Me pregunté. '¿Lo vale?' Escuché su extraña voz, de hace largos días.

Lo hacía, siempre lo hacía para ella.


Casi no he visto a Inuyâsha, sí bien he permitido a mis instintos vagar por la instalación, la única presencia de Sesshômaru ha sido la que he podido identificar. Hay demasiados focos demoníacos, podía ser cualquiera. Inuyâsha no era llamativo en aquel aspecto.

Él ha asumido bien su puesto por cómo hablan de él. Está en boca de todos y ha funcionado todo tan bien como en el pueblo.

Todos empiezan o a despreciarlo totalmente o aceptarlo, mientras que a mi me temen o me desprecian sin siquiera conocerme. No obstante, Rin está a salvo.

Es lo que importa.


Estaba cansada de todo, simplemente quería verlos.

Por lo que rápidamente había caminado hacia las cocinas, preparado té y acercado al increíble despacho de Sesshômaru, dónde debía de estar Inuyâsha también. Había memorizado las diferencias de todo el lugar casi de por vida.

Las paredes estaban pintadas de colores claro oscuros, y las puertas cubiertas de madera oscura o simplemente shoji, le daban algo sobriedad.

Cada que me encontraba con otro ser vivo, sus rostros se crispaban y me veían de reojo, temiendo que fuera una ilusión, algún extraño holograma. Me abrí fácilmente espacio y por fin puede sentir la suave presencia de Inuyâsha aunque muy lejana a la de Sesshômaru. Por supuesto, este ya había advertido mi presencia, incluso antesde llegar. ¿Aún no quería verme? ¿Después de todo este tiempo?

— ¿Kagome, que haces aquí? –Susurro Inuyâsha cuándo crucé por la puerta del despacho. Una larga mesa cubierta de pergaminos y figuras inconexas cirniéndose entre nosotros.

Alcé el costoso juego de té prestado y sonreí, Inuyâsha asintió como sí estuviera concediéndome permiso. Apreté mis labios. –No es seguro que permanezcas fuerade tu ala y mucho más, el que dejes a Rin– dijo con sigilo en un escueto susurró, asentí. Lo sabía, lo entendía.

—No lo haría si te dignáras a darme señales de vida, o proporcionarme algo que hacer. Puedo ayudar ¿sabes?. Podemos traer a Rin aquí. Compartir también. – Ofrecí, guiñándole un ojo. Volví a sonreír.

— Kagome, no. No debes salir jamás de tu ala, y mucho menos 'ayudar'. – Soltó con amargura y seriedad, mientras la sacerdotisa servía el té y su mano temblaba un poco al alzar la taza hasta el mitad bestia. Su temperamento haciendo acto de presencia. Frunció el ceño.

— ¿Por qué? ¿qué me lo impide, más bien? –Preguntó ella.

— Yo. –Se señaló a sí mismo con semblante serio. — Debes estar a salvo. Así que no vas a salir de ahí por ninguna circunstancia.

Sus ojos dorados resplandecieron. — No te voy a poner en riesgo.

El rostro de Kagome fue perdiendo de a poco color a medida que las palabras del hanyô caían en sus oídos, para luego crisparse y sus pómulos definidos sonrojarse ligeramente en enfado. — Quiero pensar que tal vez todo este asunto de mandar e imponer se te esté subiendo a la cabeza, convirtiéndose en un mal hábito. No cometas ese error otra vez, Inuyâsha. –Trató de mostrarse comprensiva en última instancia.

— Ya pasamos por esto en la aldea, y sabes que termina mal. Así que también deseo creer que no eres tan necio, y te daré la oportunidad de que reflexiones por un momento lo que estás diciendo. Que te retractes. – Gesticuló en un tono bajo y peligroso. Sutil. — Sé que te preocupas, pero ésta no es la manera.

Inuyâsha también frunció el ceño gravemente, sus pobladas cejas uniéndose en una y sus ojos fijos, imposibles. Casi pareciéndose a los de su hermano, de no ser por el evidente rastro de enfado.

— Vete a tus habitaciones Kagome. – Volvió a decir Inuyâsha, con reiterada fuerza. Sospesando con cuidado cada palabra y sílaba. Reafirmando.

Intento tomar la mano de Kagome, sentirla, ésta se removió y se apartó de él. De su tacto.

La furia golpeando sus sentidos, sus pensamientos aireados. Fijando sus oscuros ojos en los ambarinos del mitad bestia.

Inuyâsha lo entendió tarde, había cometido un error garrafal. Las palabras próximas de Kagome actuaron en confirmación.

—Entiendo que tus responsabilidades te estresen pero no tienes derecho. Jamás tienes derecho a mandarme e imponer tu voluntad ante mi. Ni tú, ni nadie. ¿Queda claro? – Las palabras fueron soltadas con frialdad.

Kagome soltó la tasa de té y la dejo ahí. No iba molestarse en ser educada. Así que se marchó se a dedicar una mirada al confuso Inuyâsha. —La próxima vez que procures mandarme mantén tu boca cerrada o mejor... No me hables.—Pequeñas chispas de energía espiritual brotaron.


El mitad bestia había discutido con la sacerdotisa.

La había sentido desde el momento exacto en el que había visto conversar en una bola máxima de reiki, marchándose de ahí hasta ir a las cocinas.

No había querido verla, en cuanto notó su viaje para llegar a su despacho, dió media vuelta y se marchó. Sesshômaru se negaba a estár en su presencia más de lo necesario.

'Eso es un idiotez, lo sabes' gruñó una vez en su cabeza, eran varios sonidos inconexos en uno, varias vocesentre gruñidos, que al final lograban vocalizar a través de la lengua nativa de su ancestral pueblo frases entendibles.

Bestial, irracional, instintiva. Así era aquella parte de el mismo y aún con ese hecho, osaba creer tener las potestades y buenas razones para criticarle, llevarle la contraria. Aún más, sobre uno de sus más arraigados dilemas como la sacerdotisa.

'Mas estúpido sería arrojarme sobre ello como un animal y esperar que ese alguien inadecuado y con altas probabilidades de terminar con el hanyô, acepte' Pasó una mano cubierta de garras entre su sedoso cabello platinado. 'Cuando ha evidenciado una vez tras otra, sus intenciones.'

'Eso dicen sus palabras, observa sus acciones, su olor. Determina a través de ello.'

Sesshômaru frunció el ceño, no tanto por las palabras de su contra parte, no era estúpido. Sino que había estado tan inmerso en su conflicto que no había notado como el sujeto de sus confusas cavilaciones se dirigía hasta el.

Ya no había forma de no toparse con ella, de dejarla atrás.


Una gran puerta shoji revestida con lustrosa madera oscura se alzaba a unos pasos de mi. Mis manos vacías eran un constante recordatorio de mi discusión con Inuyâsha.

Ya no había té, ni tampoco impías intenciones de complacer.Su humor estaba llanamente alterado.

No sabía que la había llevado hasta ahí, los últimos vestigios de su algo apaciguado carácter aún se resguardaban en lo recóndito de su interno, mientras permanecía frente a la habitación, dudosa.

Con un movimiento certero, Kagome abrió la intimidante puerta y entró con paso seguro a través de ella. Una amplia estancia llena de acomodados y anchos tomos y tomos de pergaminos y paredes claras la recibió.

Nunca había entrado en aquel lugar, pero más que un archivero tenía la apariencia de una descuidada biblioteca antigua. Una de carácter personal. Sintió vergüenza, bochorno.

— ¿Sesshômaru? – brotó su voz femenina, insegura.

— ¿Qué deseas?— se escuchó la lejana voz del demonio, y Kagome trató de buscarla. Rastreando el perímetro.

—Hablar contigo.

Un movimiento sigiloso entre las innumerables sombras y diminutos pasadizos, entre los estantes altos y oscuros. Kagome lo siguió con la mirada y pronto lo encontró.

Su vista, sus ambarinos ojos rayados, se encontraban sobre un largo y amarillento rollo de pergamino y su largo cabello caía tal como una cascada platinada por sobre sus hombres sueltos, libres de armadura formal. —Puedes exponerte sí así lo deseas.

Soltó el con suavidad, invitándola. Acostumbrado a dar el permiso de palabra a cualquiera que requiriera su atención o presencia. Antes de alzar su perfilado rostro hacia el de ella y escanear con sus sobrenaturales pupilas su femenina silueta en un instante. Había algo extraño en sus brillantes ojos.

Kagome trató de percibirlo mejor, achinó la mirada un tanto por el esfuerzo, pero el demonio fue más rápido y había volteado su vista a otro lugar. Fuera de ella.

—¿Estas ocupado?– Notó mientras examinaba la larga lista de rollos a su alrededor. –Puedo ayudarte sí lo precisas...

Emoción en su tono. Qué tonta.

— No es necesario.

Kagome tragó saliva y dió dos pasos hacia atrás, escogiendo la mano extendida hacia el papel y colocándola contra su pecho. Dolor filtrándose a través de ese lugar de adentro hacia afuera.

¿Por qué todos la estaban rechazando ahora? ¿Qué sentido tenía hacerlo?

Sesshōmaru estaba siendo más que difícil, pero de algún modo era lo común, lo esperado. Lo que solía hacer. Inuyâsha por otra parte había tomado demasiado en serio eso de volverse también la cabeza, una pieza central. Ser el que proclama le estaba llenando de humo la inflada cabezota.

Su ceño se frunció con intensidad. Ella no estaba ahí para ser un adorno y tejer flores, para ser desestimada o infravalorada. ¿Acaso no podían ver más allá en ella? Le ardieron los ojos. Sabía que tenía que calmarse.

Así que ocultó su rostro, bajó la cabeza por fin para que su cabello hiciera de tapadera. — Me retiro entonces, perdona la intromisión.

Su voz había temblado, pidió a los cielos que él por una vez no lo notara y sí lo hacia, hiciera caso omiso. Que no la humillaran más.

Que duro había sido soltar las últimas palabras que salieron de su boca. Incluso más que las que habían cruzado por su mente.

— ¿Kagome? – Sesshōmaru llamó con tono suave, Kagome esperó unos segundos, que él dijera algo. Cualquier cosa. No lo hizo. Y ella se hartó.

Él jamás haría nada, estaba lleno de tantos miedos como ella y fuera de ello, de prejuicios. Kagome había cometido un error. Siempre un error.

Supo porqué lo hizo, porqué lo dijo. ¿Acaso eso significaba que estaba bien?

— No sé a quién culpo más, a mi por ser tan impulsiva y tonta al ofrecerte las palabras de antes con tantas expectativas. O a ti por no ser lo que esperaba, no escapar de lo que te condena. –Su voz temblororosa. Honestidad filtrándose.— Pensé que había acabado con los karmas pasados cuando cerré mi corazón a Inuyâsha. ¿Quién lo diría?

Se rió secamente, mientras el aire escapaba de su pecho. Estaba loca, era un desastre y sus palabras no tenían ningún sentido, al menos para ella sí, pero ¿Para él lo habría?

'Tonta' Resonó en su mente la respuesta.