Disclaimers: Todos los personajes pertenecen a Abbi Glines.
CAPÍTULO 2: REGALO
POV PAGAN
Nos sentamos en las mesas de camping del patio de la escuela, ese lugar apartado donde habitualmente no hay nadie en este horario. Es nuestro lugar de encuentro cuando estamos solos, porque aquí podemos hablar de lo que sea sin miedo.
Antes de compartir y comer nuestros almuerzos, me limito a verlo expectante sentado frente a mí. Leif sonríe.
−¡Oh, cierto! Lo que te prometí.
Saca de su mochila una bolsa con manija de cuerda. Cuando veo el interior, noto desde arriba el cabello negro de una cabeza y saco con rapidez el regalo de allí.
Es la muñeca de aquella tienda y también está sosteniendo una rosa negra real, con el tallo bastante cortado.
Estoy acostumbrada a verlas en casa de mi abuela, por lo que no me espanta. La gente suele relacionarlo con la muerte, pero en realidad, tiene muchos significados buenos. En lo espiritual, es sinónimo de estabilidad, paz y tranquilidad; cuando se las regalas a tu pareja, le estás diciendo que la amas de la forma más pura y entregada que existe; es un símbolo de elegancia y también de luto. Por supuesto, en el vudú, las rosas negras también son muy importante, por esa característica mística y espiritual; pero también lo son los demás colores, las rosas blancas o las rosas de colores más vivos y alegres. Todo depende de la ocasión, y a quien se las ofreces.
Dejo la rosa en la mesa y acerco la muñeca para verla en detalle, sonriendo alegre y llevándola a mi pecho abrazándola, hasta que me doy cuenta, que, si Leif me la compró, debió costarle muy cara y no menos importante, me vio esta mañana.
−¡Es la que yo quería! ¿Cómo lo supiste?
−Por casualidad, te vi esta mañana desde el auto del novio de mi madre camino a la escuela frente a la vidriera de ese local. Le pedí a él que se detuviera, porque quería confirmar que eras tú y tal vez acercarlas a ambas a la escuela. Pero se fueron demasiado pronto y no las alcanzamos.
Sin embargo, me di cuenta que algo había llamado tu atención porque pasaste un tiempo señalándolo emocionada y ambos nos acercamos. No creí que nada más te interesara, porque no iba contigo. Pero estaba seguro que la muñeca te había gustado. Entramos y la compramos. La rosa me la dio el vendedor, para ser sincero ni siquiera me di cuenta que la puso junto con la muñeca. No hasta que la vi cuando guardé la bolsa en la mochila antes de bajar del auto.
−Seguro pensó que combinaba.
−Yo creo que pensó que era un regalo para una niña especial. Y el local estaba atestado de flores. Le entregó rosas rojas, violetas y blancas a tres mujeres que fueron atendidas antes que nosotros.
−Leif, ¿no recuerdas que día es hoy?
−¿Debería? –pregunta inocentemente. Se ve tierno cuando tiene esa expresión confusa en su rostro. Yo suelo ser quien le aclara cosas sobre el mundo humano, en un intento que se adapte a nuestras costumbres.
−Es el día internacional de la mujer. Por eso, él le regalaba rosas a todas las clientas y también la incluyó en esta muñeca, ya que no sabía a quién iba dirigida.
−Lo olvidé completamente. Hoy es ocho de marzo, tienes razón.
Leif golpea su frente.
−Está bien. Aún te falta adaptarte un poco más, supongo –estiro mi brazo y alcanzo su mano–. Mi madre dijo que luego la conseguiría, pero gracias, de todas formas. Fuiste más rápido que ella, siempre pareces saber lo que quiero antes que los demás.
−Eso es solo porque nos conocemos hace ¿seis años? Fuiste mi primera amiga.
−Igual no parece que eso de socializar se te dificulte demasiado.
−A diferencia de ti, no. Sin embargo, te seguiría eligiendo por sobre los demás.
Muerdo mi labio inferior y en un impulso cubro mi boca con mi nueva muñeca.
−Eso lo dices porque soy la única que te recuerda cuando no estás y quien te ve cuando estás en tu forma natural. Sé que no eres un alma, porque hablas y puedo tocarte, porque cambias de estado y tienes todos esos poderes. Pero aún trato de descifrarte, descubrir que eres realmente.
−Un ser inmortal, ya te lo dije –responde amable.
−También eres un niño, solo un año mayor que yo.
−Técnicamente, pero no uno normal.
Dejo la muñeca apoyada sobre mi mochila y empezamos a comer.
−¿Y? Yo tampoco soy normal, veo gente muerta y seres como tú, al igual que mi abuela; y no me hagas hablar de mi familia rara, porque no terminaría más.
−La normalidad está sobrevalorada hoy en día. Tú eres perfecta tal como eres. No hay nada malo en ti, solo que eres más sensible que otros.
−Pero tú eres el único que quiero que lo sepa.
−No veo el problema, si yo logro pretender y ser convincente en esto de ser humano; tú también deberías ser capaz de hacerle creer a los demás que no percibes cosas que no son de este mundo.
−Es fácil cuando estás alrededor así, tienes como una especie de repelente, las almas normales no se acercan a mí cuando estamos juntos. Es difícil ignorarlas cuando estoy sola, algunas son muy persistentes.
−Puedo entenderlo. Pero, si te concentras y piensas que las almas no tienen poder alguno para lastimarte y que nadie más puede verlas. Tal vez, sea más fácil que tú no reacciones de forma extraña, ellas no notarán que las ves y de ese modo, no te seguirán donde vayas. Igual no dudo que siga siendo un dolor de cabeza para ti, como no pueden hablar, no pueden decir lo quieren, ese círculo es difícil de romper. Lo mejor que puedes hacer es acostumbrarte, en algún momento tu familia también pasó por lo mismo y aprendió a lidiar con ello.
Los primeros años, no las ignoraba y me asustaban demasiado, porque hasta me seguían por toda la casa. Luego, mágicamente aparecía Leif y se iban, y yo respiraba tranquila, porque sabía que él me protegería, incluso mientras estuviera dormida, estaría a salvo, asíque le pedía que se quedara conmigo parte de la noche. Solo que no puedo pretender que siempre cuide de mí, debo valerme por mi misma, también. En unos años seré una adolescente y para entonces, deseo poderme a acostumbrar a todo esto.
−Haré mi mejor esfuerzo –prometo.
−Sé que lo lograrás.
Leif sonríe abiertamente y yo le devuelvo la sonrisa.
