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Mi Perfecta Vida
Yo no uso un despertador. Soy una de esas personas con un reloj interno que me despierta a la misma hora todos los días, sin importar lo cansado que estoy o lo tarde que me dormí la noche anterior. Yo era esa clase de niño... las madres saben el tipo que quiero decir. El tipo que te hace rogar por unos pocos minutos más de descanso antes de que, finalmente, establezcas la ley de que nadie tiene permitido salir de la cama antes de que el sol aparezca.
Lo que explica por qué, a pesar de que es domingo, mis párpados están abiertos a las cinco en punto. Extiendo mis músculos rígidos y adoloridos quejándome, por la falta de sueño.. y por el entrenamiento vigoroso después de que llegué a casa desde el bar.
Pateo las mantas, salgo de la cama, todavía desnudo, paso por delante de la cabeza de pelo rubio asomándose por debajo de las mantas, y camino al cuarto de baño. Después de una meada satisfactoria, me cepillo los dientes y salpico agua fría en mi cara, sacudiendo mi pelo rubio rebelde. Con un gemido, giro mi cuello y estiro mis brazos.
Me estoy haciendo demasiado viejo para esta mierda.
Pero entonces recuerdo los detalles más finos del segundo acto de la noche. La emoción de una nueva conexión, el coqueteo justo, diciendo sólo las cosas correctas. El juego previo sudoroso, caliente, la follada, las largas piernas sobre mis hombros... y sonrío.
No hay tal cosa como ser demasiado viejo.
Camino hacia mi armario por una camiseta y pantalones de chándal, luego voy en silencio a la cocina. Presiono el botón en la cafetera, olvida los perros; una buena cafetera es el verdadero mejor amigo del hombre. Mientras preparo café, enciendo la pantalla plana pequeña ubicada en el mostrador; poniendo las noticias de la mañana, con los últimos horrores del mundo, estadísticas deportivas, y el clima.
Sasuke, mi compañero de colegio de abogados, se mudó el año pasado a vivir con Sakura, una compañera abogada de mi empresa. Y ademas tienen una hija adolescente, ya se imaginaran el tira y afloje de esos dos.
Sasuke es un infierno de un hombre, Sakura una mujer patea-traseros, y a pesar de que comenzaron follando como amigos solamente(que dejo consecuencias), pude verlos irse domesticando desde kilómetros de distancia.
Tener el apartamento para mí ha sido fantástico. No es que Sasuke fuera un vago, pero él es un ex chico de fraternidad. Soy un tipo organizado; me gustan las cosas de cierta manera, a mi manera. Rutina. Disciplina y cómodo son palabras que me guían sobre cómo vivir. Mi madre siempre dijo que sería un gran militar, si no fuera necesario tener que responder a una autoridad. Las únicas órdenes que sigo son las mías.
Vapor sale de mi taza de café negro mientras salgo a la terraza, bebiendo lentamente, en tanto la calle silenciosa de Konoha que me rodea vuelve a la vida.
Una voz nasal se filtra hacia fuera de la puerta del balcón. "I-495 fue cerrada ayer durante varias horas debido a una colisión que cobró la vida del reconocido ambientalista Neji Hyûga y su esposa. La causa del accidente mortal todavía está bajo investigación. En otras noticias locales..."
Unos brazos delicados se envuelven alrededor de mi cintura por detrás, mientras unas pequeñas manos se pliegan sobre mis abdominales. Una suave mejilla se presiona contra mi espalda.
—Vuelve a la cama —se queja dulcemente—.Es muuuy temprano.
Lo siento, Cenicienta, pero el reloj dio las doce. La carroza se convirtió de nuevo en una calabaza y es el momento de recoger el zapato de cristal. Nunca pretendí ser el príncipe azul.
Algunas mujeres pueden manejar una aventura sin nombre de una noche o una conexión casual. Pero, honestamente, la mayoría no puede. Mientras que entiendan que el sexo es lo único que tengo que ofrecer, lo único que quiero a cambio, estoy bien con que se repita.
Al momento en que sus ojos tienen una mirada suave, sentimental o aún peor, herida, estoy fuera. No tengo tiempo para juegos, no tengo ningún interés en hablar de «a dónde podría ir esto». Salgo de los brazos de la rubia. Me sigue mientras camino a la cocina y pongo mi taza vacía en el fregadero.
—Voy a correr. Hay café en la cafetera y dinero para el taxi en la mesa principal. No necesitas estar aquí cuando vuelva.
Los labios brillantes que se extendieron deliciosamente alrededor de mi polla anoche, forman ahora una mueca triste.
—No tienes que ser un idiota.
Me encojo de hombros.
—No tengo que serlo... es simplemente más fácil de esa manera.
Me coloco mis zapatos para correr y camino por la puerta principal.
Cuatro semanas después
—¡Me trataron como un vulgar delincuente! Fue humillante.
Iwabe Carrington Bradley, es el heredero de un renombrado imperio internacional de hoteles de lujo y un viejo cliente mío. ¿Edad cronológica? Veinte. ¿Edad mental? Cuatro.
—¡Estúpidas empleadas no sabían con quién trataban! Les dije que les quitaría sus puestos de trabajo.
Sí, su nombre en realidad es Iwabe Bradley. Obviamente sus padres son unos imbéciles.
—Especialmente la azafata, era una perra dura. Tú juegas raqueta con el presidente de la línea aérea, ¿verdad, papá? Quiero que la despidan.
Y esta manzana en particular seguro cayó cerca del árbol.
Me recuesto en la silla mientras continúa quejándose con su padre de las injustas reglas de la tripulación de vuelo y todo lo que quiere hacer como represalia. Soy un abogado de defensa criminal en Adams & Shimura, uno de los del grupo selecto de estrellas en ascenso en esta firma. Pero éste es el año que cuenta. Es el momento de separarse de la manada, para demostrarle a los socios que soy uno de los suyos. El elegido. El mejor.
A diferencia de mis compañeros de trabajo, quienes también resultan ser mis amigos más cercanos, no estoy obstaculizado por cosas extras como familia, novias, matrimonio y niños, lo último en el tercer carril para cualquier adulto con una carrera en auge. Mi falta de distracciones externas demuestra mi compromiso con la empresa, muestra mi habilidad, solo es un poco más fácil. Me gusta mi trabajo.
No diría que me encanta, pero soy jodidamente bueno en ello. Es interesante. Desafiante. Me mantiene alerta. La defensa penal no es acerca de defender a los débiles o proteger a los inocentes, es un juego. Tomar la mano que se repartió, los hechos del caso, y girarlos para tu beneficio. Ser más listo, maniobrar mejor a la fiscalía. Ganar cuando todas las probabilidades dicen que no puedes.
¿La desventaja?
Tengo que pasar mi tiempo con idiotas como Iwabe Bradley. Saca un cigarrillo del bolsillo y lo enciende con un movimiento del encendedor. Sacude la cabeza, alejando el pelo oscuro fino de la frente mientras libera una nube de humo tóxico de la nariz. Al igual que un dragón impotente que no sabe cómo soplar fuego.
—No se puede fumar aquí.
—¿Quién dice? —responde con desafío en los ojos.
Moviéndome lentamente, me encuentro fuera de mi silla y frente a él, cerniéndome como una nube negra listo para producir un trueno. Soy consciente de mi talla, un metro noventa y seis centímetros, ciento dos kilos de músculo sólido como una roca, y el efecto que tiene sobre las personas. Soy bastante intimidante, incluso cuando no intento serlo. Pero, ¿en este momento?.
Lo estoy intentando.
— Yo lo digo. —Mi voz es baja y tranquila de manera amenazante. Cuando quieres decir lo que dices y dices exactamente lo que quieres decir, casi nunca se necesita levantar la voz. Gritar es una señal de desesperación, una indicación de que te estás quedando sin opciones, sin nada con que defenderte, excepto alzar el volumen.
Le extiendo una taza de poliestireno con un poco de café frío. Sin una queja, Iwabe deja caer el cigarrillo en el líquido. Se apaga con un siseo, dejando un olor desagradable a su paso.
La mayoría de mis clientes son ricos, otros no tanto. Pero todos encuentran su camino a la puerta de mi oficina porque los rasgos de sus personalidades son similares. Son tramposos, estafadores, piensan que están por encima de las reglas que el resto de nosotros tenemos que seguir, maleantes generales, su naturaleza violenta oculta por una cara sonriente.
La defensa penal en realidad no es tan diferente de proctología. En ambos campos, ves un trasero tras otro. Esta línea de trabajo no es para los débiles de corazón, tienes que tener un estómago fuerte. Y mi estómago es de acero.
—¿Cómo podemos hacer que esto desaparezca, Naruto? —pregunta el Bradley anciano desde la silla al lado de su hijo. Sus ojos, tan negros como su traje, me miran con un nivel aceptable de respeto. Porque entiende lo que su descendiente no: que si bien trabajo para él, me necesita más de lo que alguna vez lo necesitaré.
Regreso detrás del escritorio y miro el informe del arresto en frente de mí.
—Los testigos dijeron que su comportamiento era errático, amenazante.
—Están mintiendo. Idiotas envidiosos —se burla Iwabe.
—La azafata dijo que olía a marihuana cuando salió del cuarto de baño en primera clase.
Por un momento, sus ojos se mueven nerviosamente a su padre, luego de nuevo en mí. Levanta la mandíbula, ofendido.
—También lo olí. Debe haber sido uno de los otros pasajeros.
Hago una nota en el archivo, solo para divertirme. He pasado cálculos renales más grandes que el cerebro de este chico.
Justificaciones y explicaciones. Algunos días siento como si las hubiese escuchado todas. No pude evitarlo. Él me hizo hacerlo. Ella se lo buscó. Estaba dormido. Me encontraba paseando al maldito perro. Sería bueno si ponen al menos un poco de esfuerzo en su mierda. La originalidad solía significar algo.
—¿Un consejo para el futuro? —le digo a Iwabe—. No jodas con la Administración Federal de Aviación. Están muy sensibles en estos días y tienen presupuesto para hacer tu vida miserable. —Entonces me vuelvo hacia el padre—. Y en respuesta a su pregunta, Malcolm, sería más fácil hacer que esto desaparezca si tu hijo pudiese abstenerse de ser arrestado cada pocas semanas. Dos arrestos por manejar bajo la influencia del alcohol, uno por conducta desordenada, y un asalto en una pelea de bar, todo en tan solo los últimos tres meses. Apuesto a que piensas que es algún tipo de récord. No lo es.
—¿Estás diciendo que no podemos ganar? —pregunta Iwabe, con la voz quebrada como si fuera Bobby de La tribu Brady.
Mis labios forman una media sonrisa que se siente fría en mi rostro.
—Por supuesto que vamos a ganar. Tomaste medicación para la ansiedad antes del vuelo. Éste es nuestro punto de vista. Una mala reacción a las pastillas, lo que explica tu comportamiento ofensivo. Una declaración jurada del médico prescriptor debe ser suficiente. Es casi demasiado fácil.
Lo señalo con el dedo.
—Pero por las próximas seis semanas, tienes que quedarte en casa. Mantén tu nombre fuera de los diarios y de las revistas de chismes. No conduzcas, no vayas a clubes, no sueltes gases en un lugar público. ¿Entiendes?
Malcolm sonríe y pone su mano sobre el hombro de su hijo.
—Lo haremos. —Los tres nos ponemos de pie—. Como siempre, gracias, Naruto. Tenemos suerte de tenerte de nuestro lado.
—Vamos a estar en contacto. —Y con un apretón de manos, se van.
Dos horas más tarde estoy colocándome la chaqueta del traje, listo para salir a almorzar. De forma automática enderezo la corbata, ajustando el cuello para asegurarme que el tatuaje que comienza en mi clavícula, se envuelve alrededor de mi hombro derecho, y baja hasta el final de mi muñeca se encuentra cubierto. Es una mierda en el verano, pero la presencia de la tinta tiende a hacer que mis clientes de clase alta se sientan incómodos, y además nunca es bien recibida por los jueces.
Mi secretaria, la señora Chiyo Higgens, entra en mi oficina. Es la clásica anciana pequeña, incluso tiene el collar de perlas y las gafas, es el tipo de abuela que esperas esté sentada en una mecedora tejiendo a ganchillo mantas para docenas de nietos. Es excelente en su trabajo. Me han llamado con precisión un bastardo insensible en varias ocasiones, pero no estoy seguro de si podría reunir el nivel de insensibilidad que se necesitaría para despedirla.
—Hay una señorita aquí para verte, Naruto. No tiene cita.
Jodidamente odio a las personas sin cita. Son inesperados e impredecibles. Entorpecen mi horario y mi horario es sagrado.
—Estoy yéndome.
La señora Higgens me mira de lado y deja caer una pista poco sutil.
—Es muy bonita.
Echo un vistazo a mi reloj.
—Bien. Pero dile que tiene cinco minutos y solo cinco minutos.
Me siento de nuevo y unos momentos más tarde una mujer de cabello oscuro entra en mi oficina. Diría que tiene casi treinta años, es atractiva, con un pequeño cuerpo sexy bajo esos pantalones beige y cárdigan amarillo. Pero sus ojos huidizos y nerviosos movimientos amortiguan su sensualidad. Luce bien, pero la confianza es, de lejos, el accesorio más atractivo que una mujer puede llevar.
La señora Higgens cierra la puerta mientras sale, y la morena camina hasta mi escritorio.
—Hola —dice, brevemente en mi cara antes de mirar de nuevo hacia el suelo, empujando su pelo detrás de las orejas.
—Hola. ¿Puedo ayudarle?
Eso hace que levante la mirada.
—No te acuerdas de mí, ¿verdad? —pregunta, retorciéndose las manos. Estudio su rostro, con más cuidado esta vez. No es ni muy hermosa ni extraordinariamente fea. Solo... común. Olvidable.
—¿Debería?
Sus hombros se encorvan mientras se cubre los ojos, murmurando.
— Por Dios, pensé que esto iba a ser suficiente. —Se hunde en una de las sillas frente al escritorio, sentándose en el borde, lista para correr. Después de un momento, añade—: Nos conocimos el mes pasado ¿en el Angry Inch Saloon? ¿Llevaba un vestido rojo?
No, no me suena. He conocido a un montón de mujeres en ese bar y cuando es posible, voy por las rubias. No son más divertidas, solo más calientes.
Aparta su flequillo oscuro y lo intenta de nuevo.
—Te pedí que me compraras una bebida, y lo hiciste. Un cosmopolita.
Aún nada.
—¿Regresamos a tu casa después de que te conté que vi a mi novio teniendo sexo con mi mejor amigo?
Estoy en un espacio en blanco.
—¿Mientras usaba mi camisón rosa favorito?
Y tenemos un ganador. Ahora recuerdo. Me hizo pensar en Marv Albert, el comentarista deportivo con una inclinación por la ropa interior, asalto y agresión a las mujeres. Y, sin embargo, todavía está en la televisión. Solo en Estados Unidos.
—Sí. Ahora recuerdo. —Entrecierro los ojos, intentando recordar el nombre.
—Lainey.
—Lainey. —Chasqueo los dedos—. Correcto. ¿Qué puedo hacer por ti? — Miro mi reloj, faltan dos minutos y estaré en la puerta.
Parecía nerviosa y alterada.
—Está bien, no hay manera fácil de decir esto, así que solo voy a decirlo.
Suena como un plan sólido.
Toma un gran respiro y dice de corrido.
—No solo tomó a mi mejor amigo y mi mejor lencería, también dejó algo detrás.
Cuán poético.
—Sífilis.
¿Ese sonido que acabas de escuchar? Ese soy yo, pensando: ¿Qué carajo acaba de decir? De hecho, me meto el dedo en el oído, para limpiar el agua que está obviamente atascada allí por la ducha de la mañana, lo que jodidamente distorsiona mi audición.
Pero entonces habla de nuevo. Y suena exactamente igual.
—Sí, sífilis.
Mi estómago se estremece, y hay una muy buena posibilidad de que esté a punto de perder mi desayuno.
—Obtuve el resultado de las pruebas hace unos días. La gente de la clínica dijo que tenía que ponerme en contacto con todos aquellos con quienes he tenido relaciones sexuales. Y ese eres solo tú. Recordé tu nombre y que eras un abogado aquí en Konoha. —Agita sus manos—. Así que... aquí estoy.
Podría querer moverse un poco a la derecha. Definitivamente voy a vomitar. Respira más fácil ahora, luciendo aliviada de haber dicho todo. Cuán malditamente bien por ella.
—¿Tienes alguna pregunta, Naruto? ¿Cualquier cosa que quieras decir?
Jodido infierno, simplemente debería haber ido a almorzar.
.
.
.
No siempre estaba tan comprometido con la estructura, dedicado a la rutina.
En mis años de juventud, era el epítome del chico malo. Entre más malo, mejor. Tengo las cicatrices, los tatuajes, y un expediente penal juvenil sellado para probarlo. En aquellos días tenía un gran temperamento y un resentimiento aún más grande, una combinación peligrosa.
Y dejé que ambos me controlaran en la manera que la droga controla a un drogadicto. Fue sólo después de un gran susto, una falta cercana que casi diezmó mi vida, que me volví legal. Con la orientación de un viejo juez cascarrabias que me tomó bajo su ala y pateó mi culo, fui capaz de encerrar al chico malo y tirar la llave.
Porque vio algo en mí que yo nunca había visto. Potencial. Promesa. La posibilidad de grandeza. Claro, mi madre siempre lo predijo, pero en lo que se refiere a mi jodido cerebro, ella no contaba. Todas las mamás piensan que sus hijos son el próximo Einstein, Mozart o Gates.
Me aceptó por quien era, con errores y todo. Pero se negó a aceptar que eso era todo lo que era. Y cuando alguien cree en ti, se la juega por ti cuando no tiene la obligación de hacer nada, genera un impacto. Me dieron ganas de mirar un espejo y ver al hombre que él sabía que podía ser.
Y hoy, ese es el hijo de puta que me mira de vuelta. Controlado. Poderoso.
En la parte superior de su juego. Claro, de vez en cuando el temperamento sacude la jaula, pero mantengo esa mierda bien asegurada. El chico malo sale a jugar con límites, con una correa corta y gruesa. Las mujeres aman a un chico malo; se ponen todas mojadas y temblorosas por un hombre duro, de modo que ese es su patio de recreo. Porque cuando se trata de follar, como dije entre más malo, mejor.
Es esa practicada moderación que me permite mantener mi cita para el almuerzo en pie, a pesar de que comer es la última cosa que quiero hacer. Pero es un ritual. Sakura, Sai, Sasuke y yo, los actuales cuatro fantásticos de la ley penal.
A veces es en nuestras oficinas, la mayoría de las veces en cualquiera de las tabernas o cafés ubicados a pocas cuadras de nuestra firma. Estamos sentados en uno de esos lugares ahora, en una mesa redonda en la acera con un mantel a cuadros, el aire de marzo y el sol de la tarde apenas lo suficientemente caliente para comer fuera. La sesión matutina en la corte de Sasuke se alargó por lo que está tarde para la fiesta.
Sakura se pone de pie cuando se acerca, alisándose la falda negra y elegante, sus tacones de diez centímetros elevándola a la altura de los ojos con su novio.
La besa, con labios sonrientes y una expresión cursi.
—Hola, cariño.
Ella pasa la mano por su pelo rosa.
—Hola.
Sai se inclina hacia atrás en su silla, su mirada oscura brillando con picardía.
—¿No obtengo un beso?
Sasuke saca la silla de Sakura para ella, luego se sienta en la suya.
—Mi culo está siempre disponible para ti, Sai.
—En realidad, hablaba con Sakura.
—Su culo está fuera de límites —responde Sasuke, escaneando el menú.
Sasuke Uchiha es un buen chico anticuado, en todos los sentidos del término. Originalmente un chico de granja de Mississippi, es honesto, leal, tiene una baja tolerancia a la idiotez y exuda encanto fácil y genuino que las mujeres encuentran irresistible, al igual que los jurados. Nos conocimos en la facultad de derecho y nos convertimos en compañeros de cuarto poco después de eso.
Es un peso pesado alrededor de la firma, su registro es tan impresionante como el mío y tiene su ojo puesto en ser socio. Pero, a diferencia de mí, Sasuke tiene equipaje. Equipaje insoportable, seguro, pero equipaje de todos modos.
No me gustan los niños, demasiado necesitados, demasiado quejosos. La hija de Sasuke, Sarada, es la única excepción. Y aun me pregunto cómo teniendo una hija no se casan, pero eso si, la vemos con mucha frecuencia para que mi amigo tenga más que ganado su apodo de papi. Y lo disfruta. Si el sol tomara forma humana, como un mito griego, sería Sarada Uchiha. Es una chica fantástica.
Después de que ordenamos, hablamos en turnos sobre nuestros últimos casos, las idas y venidas de la firma. Quién está pisando sobre los dedos de alguien, quién tiene un cuchillo listo para realizar una buena puñalada por la espalda. Esto no es chisme; es buena información. Orejas al suelo para recoger la información que necesitamos para hacer nuestro próximo movimiento.
Nuestra comida llega y la conversación se desplaza hacia la política. Konoha puede ser una gran ciudad, pero cuando se trata de estrategia y alianzas, se asemeja a un episodio de Sobrevivientes. Y todo el mundo está salivando por votar a alguien fuera de la isla.
Pero sólo estoy escuchándolos con un oído. Mi otro oído todavía está sonando con la revelación de mi visita inesperada. Lainey. No es probable que olvide su nombre otra vez. Intento mantener la calma sobre ello, pero mis manos sudorosas me traicionan.
Y a menos que esté golpeando la bolsa en el gimnasio o corriendo mis siete kilómetros, jodidamente no sudo. Considero las probabilidades de que en realidad esté infectado y lo que eso significa para mí. Pienso en cómo llegué a este punto, las cosas que debería haber hecho diferentes para evitar la sensación de malestar en el estómago que me hace dejar mi comida sin tocar.
La voz de Sai me saca de mi cabeza.
—¿Qué te pasa hoy?
Encuentro su mirada inquisitiva con una insulsa.
—¿Por qué piensas que algo va mal?
Se encoge de hombros.
—Has ido mucho más allá del silencio temporario y te estás acercando a mutismo selectivo. ¿Qué pasa?
Sai es un hablador. Un partícipe. Viene de una familia de extrema riqueza que se remonta a varias generaciones. Pero sus padres no son los aristócratas silenciosos y fríos que te imaginas. Claro, son algo excéntricos, me parecen bastante divertidos, pero también son cálidos, divertidos, humildes y pasaron esas cualidades a su hijo.
Debido a que en realidad no trabajan, los miembros de la familia de Sai tienen demasiado tiempo en sus manos, por lo que también están demasiado involucrados en la vida personal de cada uno. No hay secretos en el clan Anbu. El mes pasado su prima envió por correo electrónico el boletín de noticias de la familia con su fecha de ovulación adjunta, para que todos pudieran mantener sus dedos cruzados por ella. Y ni siquiera estoy bromeando. Harían un reality show malditamente divertido.
Cuando era un niño Sai tuvo un accidente, fue atropellado por un coche a toda velocidad. Sobrevivió, menos la mitad inferior de una pierna. Pero él es bueno con ello, la autocompasión no está en su vocabulario. Su cara bonita probablemente ayuda en ese sentido, y el hecho de que las mujeres prácticamente ruegan por que las folle no duele, tampoco. También es un gran creyente en la terapia. Sospecho que les ha repartido más dinero a los terapeutas en los últimos años de lo que pagó por su casa.
No soy alguien que comparte o un hablador. Pero nos llevamos bien, una especie de yin-yang y ese tipo de cosas. Sai tiene un don para arrastrarme fuera de mi caparazón de una manera que no me dan ganas de darle un puñetazo.
Pero no hoy.
—No quiero hablar de ello.
Sus ojos se quedan en mí como un piloto de caza en un objetivo. O un hermano más joven molesto.
—Bueno, ahora tienes que hablar de ello.
—En realidad no —digo rotundamente.
—Vamos escúpelo. Dinos. Dinos. Sabes que quieres. Dinos.
Sasuke se ríe.
—Deberías decirlo, Naruto. No va a parar hasta que lo hagas.
Ofrezco una alternativa.
—Podría romper su mandíbula. Tenerla cerrada podrá detenerlo.
Sai acaricia su mandíbula.
—Como si harías cualquier cosa para echar a perder este invaluable trabajo de arte. Eso sería un crimen. Sólo tienes que decirnos. Diiiiiiiiinnoooosss.
Abro la boca. Después hago una pausa, mirando vacilante a Sakura. Me lee alto y claro, y rueda sus ojos color jade.
—Crecí con tres hermanos mayores. Vivo y tengo una hija con él.
—Apunta a Sasuke—. Literalmente no hay algo que pudieras decir que no haya oído antes.
Está bien. Respiro y fuerzo las palabras fuera de mis pulmones.
—Resulta que una mujer a quién me follé el mes pasado tiene sífilis. Tengo que hacerme la prueba.
Sakura tose en su bebida.
—Retiro lo dicho.
Sai se ríe, el bastardo.
—Hombre, eso es horrible.
—Gracias, imbécil. —Lo miro—. Suenas verdaderamente triste por ello.
Sai retiene su risa.
—No me malinterpretes, es una mierda, pero la sífilis se cura con una inyección, podría haber sido peor. —Su voz baja de volumen—.¿Quieres jugar? a veces hay que pagar. Le pasa al mejor de nosotros. Tuve un mal caso de críos marinos una vez.
—¿Mariscos? —pregunta Sakura.
Sasuke le responde.
—Ladillas, bebé.
Su cara se arruga.
—Ewww.
Sasuke menea su dedo hacía mí.
—Te dije que un día la puerta giratoria de coños iba a pellizcarte.
—Gracias por no decir te lo dije.
—En cualquier momento.
Cuando estaba soltero, Sasuke no era un monje. Pero sus enredos eran más de una quemadura rápida. Él salía en citas. Tenía un sólido establo de mujeres a las que se sentía cómodo llamando cuando quería tener sexo. No funciono de esa manera. Se necesita demasiada energía, demasiado tiempo. La mente y la personalidad de una mujer no me encienden. Son sus otras partes las que sostienen mi atención. Siento la necesidad de defenderme.
—No es como si ustedes dos fueran tan exigentes. He visto algunas de las mujeres que han follado. Algunas eran un desastre.
—Siento eso —dice Sai. Pero su sonrisa dice que como que no lo hace.
—Por lo menos sabía sus nombres —contesta Sasuke—. Un poco de sus antecedentes, sus gustos, historia...
—Claro—, discuto—, porque justo después de "que agradable clima estamos teniendo", una chica va a decir: "Oh, y para tu información tengo sífilis."
Sasuke piensa en eso un momento, luego se encoge de hombros.
—Podría, en realidad. Te sorprenderías de lo que se puede aprender si se toma el tiempo para hablar con las mujeres. E incluso si no te lo dijo, cuando se llega a conocer a una mujer, se obtiene una idea de qué tipo de persona es. Eso ayuda en la decisión de donde no quieres meter la polla.
Odio admitir que tiene un punto, pero lo hace. Y puedo decidir en este momento, si mis pruebas vuelven limpias, que conoceré a la siguiente mujer en la que tenga intención de meter la polla. Por lo menos un poco. Así que nunca jamás tenga que lidiar con esta mierda de nuevo.
Sakura se inclina hacia delante, apoyando los codos sobre la mesa.
— ¿Llamaste a tu médico?
—Sí. Tengo una cita esta noche.
Evito los médicos como la peste bubónica. En algún nivel sé que es ignorante, pero creo que el estrés de saber que tienes una enfermedad mortal mata más rápido que la propia enfermedad. Prefiero no saberlo. Dame un repentino ataque al corazón en el medio de una follada fantástica o un argumento en medio de una sala de audiencias en cualquier momento. Así es como me quiero ir. En muchos, muchos años a partir de ahora.
—¿Sabes cuál va a ser la peor parte, no es así? —pregunta Sai.
El hijo de puta sigue sonriendo.
—¿Esta no es la maldita peor parte?
Niega con la cabeza.
—Nop. El celibato, buen hombre. No hay diversión para ti por probablemente cerca de dos semanas. Hasta que los resultados de las pruebas estén listos.
—¿Dos semanas? ¿Estás jodiéndome? —Mi polla duele ante la idea; bien podrían ser dos años.
Le da un codazo a mi hombro y quiero pegarle.
—Me temo que no. Tú y Hanna van a ser monógamos por un tiempo.
Mis ojos se entrecierran, porque no tengo ni idea de lo que está diciendo.
— ¿Quién es Hanna?
Agita su palma.
—Hanna la mano
Continuará...
