¡Sostente!


Una Casa de Locos


Dos semanas después

Sai tenía razón. Han sido las dos semanas más largas y lentas de mi vida. He ejercitado tanto que rompí mi banco de pesas. Hanna y yo hemos pasado demasiado tiempo juntos. El sexo es rancio y está comenzando a ponerse pegajosa. Hora de romper con ella.

No soy un ninfómano, no necesito tener sexo todas las noches, pero dos semanas es un gran período de sequía. No ha sido agradable, y tampoco mi estado de ánimo. Con cada día que ha pasado, me he vuelto exponencialmente más insoportable. Tenso. Con poca paciencia. Al borde. En esencia, verdaderamente excitado.

Sasuke ha tratado de evitar estar en la oficina junto a mí. La tarde en que lo amenacé con arrancarle la lengua mientras se ponía juguetón en el teléfono con Sakura podría tener algo que ver con eso.

Y a pesar de que hoy es el día que espero que termine rápidamente, la ansiedad sobre mis resultados me tienen aún más estresado. Lo que son en realidad malas noticias para el cliente que acaba de entrar en mi oficina.

Iwabe-No-Puedo-Seguir-Una-Sola-Jodida-Regla-Bradley. Iwabe-Me-Arrestaron-Porque-Me-Encontraba-En-Un-Coche-Que-FueDetenido-Con-Diez-Bolsas-De-Heroína-En-La-Guantera-Bradley.

La puerta resuena en sus goznes cuando la tiro para cerrarla detrás de él y le doy mi mirada más oscura. Pone las manos en sus bolsillos y camina hacia una silla como si se encontrara caminando de paseo en el parque, sin importarle el mundo.

Hoy no, imbécil.

Mientras se encorva en la silla, me siento detrás del escritorio y doblo las manos para evitar darle un puñetazo.

—¿Qué te dije? —pregunto.

—No era mía.

Mi voz se vuelve más baja. Más aguda.

—¿Qué te dije?

Baja la mirada, como un perro sumiso.

—Me dijiste que me quedara en casa, pero...

Levanto el dedo.

—No hay peros. Te dije que mantuvieras tu patético trasero en casa, y eres tan idiota que no escuchas.

Se pone de pie, su rostro pasando de blanco a rosa furioso.

—¡No puedes hablarme de esa manera! Mi padre paga tu salario.

Yo también me pongo de pie, y soy mucho más atemorizante que él.

—Siéntate.

Lo hace. Me quedo de pie.

—Acabo de hablarte así, idiota. Y no me atemorizas, así que supéralo. En cuanto a tu padre, no, él no me paga mi salario. Peor incluso si lo hiciera, no dudaría en decirte lo estúpido imbécil que eres.

Se vuelve más rojo con cada palabra.

Me vuelvo a sentar, mi lengua volviéndose más filosófica.

—¿Sabes lo que le pasa a chicos como tú en la cárcel, Iwabe? ¿Bonitos niños ricos de olor dulce?

Y se vuelve de rosa a pálido en cuestión segundos.

—A menos que tengas alguna fantasía de conseguir tu culo desgarrado, necesitas meterte en ese cráneo grueso que la única cosa interponiéndose entre tú y un compañero de celda llamado Chewbacca, soy yo.

Finalmente parece asustado.

—Y porque es mi trabajo, mantendré tu no merecido culo fuera de la cárcel, quieras cooperar o no. ¿Lo entiendes?

Asiente e inteligentemente mantiene la boca cerrada.

—Ahora... ¿tus huellas se encuentran en alguna de las bolsas de heroína?

Niega con la cabeza.

—No. Nunca las toqué.

Perfecto. Es probable que pueda trabajar en torno a su último arresto. Saco una tarjeta de negocios de mi cajón superior.

—Cuando salgas de mi oficina, ve directo a esta dirección.

Examina la tarjeta.

—¿Qué es?

—Es una empresa de vigilancia. Te pondrán un grillete que les dirá si sales de casa. Si lo haces, me lo notificarán.

Abre su boca para discutir.

—Ni una jodida palabra, Iwabe. Esta es tu última oportunidad, la cagas y es el plan B hasta el final.

—¿Cuál es el plan B? —pregunta, como si fuera una opción que prefiere considerar.

—Te doy una paliza. No puedes meterte en problemas si te he inmovilizado.

Traga con fuerza, lo escucho.

—De... de acuerdo —tartamudea—. Esta vez de verdad, pondré atención.

Mi expresión sigue siendo dura; no me inmuto ni un centímetro.

—Por tu bien, malditamente más te vale.

Dos horas después, me encuentro en una sala de examen en el consultorio de mi doctor, sentado en una mesa con un estúpido papel arrugándose bajo mis pantalones beige. Reviso mi reloj. Llega tarde. Como si mi estado de ánimo no fuera lo suficientemente negro, de verdad odio que me hagan esperar.

Con nada mejor que hacer, le echo un vistazo a las paredes de la habitación. Certificados enmarcados de Yale, un cartel de la forma adecuada de lavarse las manos, un anuncio de la vacuna contra la gripe, y un recordatorio para hacerte el examen de la próstata.

Dispárame ahora. Sáquenme de mi miseria.

Y por enésima vez en dos semanas, juro que nunca volveré a estar en esta posición. No más sexo con desconocidas. No más novias despechadas con problemas de autoestima esperando alocarse con un polvo de un extraño. De ahora en adelante, son solo citas. Las conoceré. Voy a ser malditamente exigente, sin importar lo poco apetecible que suene.

Finalmente, la puerta de la habitación se abre, y entra un rostro desconocido con una bata blanca. Cabello castaño claro, ojos pequeños oscuros, un mentón suave que parece que nunca ha conocido una navaja.

Parece que tiene doce jodidos años.

—¿Puedo ayudarte? —pregunto.

Levanta la mirada del archivo en sus manos, sonriendo.

—Buenos días, Señor Uzumaki. Soy el Doctor Grey.

Por un momento fugaz miro la puerta, esperando que su padre entre tras él.

—¿Seguro?

Buena sonrisa natural.

—Sí, seguro que soy doctor. Soy nuevo en la práctica. El Dr. Sauer tuvo una emergencia familiar por lo que lo cubro durante el día de hoy. —Gira una página del archivo, revisando el contenido—. Antes de que discutamos sus resultados, vamos a revisar los protocolos recomendados para las relaciones sexuales seguras, incluyendo los preservativos, lubricantes espermicidas, control de nacimiento...

Extiendo mi mano en el aire.

—No lo hagamos. Estoy bien con todo. Solo dígamelo directamente, ¿mis resultados son buenos o malos?

.

.

.

Levanto la botella de cerveza, chocándola con las tres copas levantadas.

—Limpio como un silbato. —No he sonreído tanto desde que gané mi primer caso.

Prácticamente me encuentro vertiginoso, por amor a Cristo. Mis mejillas volviéndose adoloridas.

—Felicidades—me dice Sakura felizmente.

—Sano, rico e inteligente —dice Sasuke—. Un brindis para que se quede de esa manera.

—Seguro. —Tomo un sorbo de la botella. Normalmente no bebo en el almuerzo, y nunca me emborracho, incluso en los fines de semana. Siempre he asociado estar borracho con debilidad, una pérdida de control, pensamientos nebulosos y acciones lamentables. Pero esta es una ocasión especial.

—Así que, ¿cuál es tu plan ahora? —pregunta Sai—. Como si ya no lo supiera, tu pequeño bastardo. He visto la forma en que has visto de reojo la pobre señora Higgens. ¿Muy desesperado?

Lo ignoro. La señora Higgins es básicamente la única mujer en mi radio que está exenta. Lo que me lleva a mi siguiente pregunta.

—Así que... ¿cuál es la agenda típica para toda esta cosa de las citas? ¿Cuán tiempo se espera a ir directo a follar?

—Tres citas —contestan todos simultáneamente.

Mis cejas se levantan.

—¿Tres citas? ¿En serio? Ustedes son, como... ¿más religiosos de lo que pensé?

—¿Nunca has escuchado la regla de las tres citas? —Sakura se lleva un bocado de ensalada Cesar a la boca.

Cuando niego con la cabeza, Sasuke explica—: En la primera cita, hablan, ven si pueden soportar estar juntos en la misma habitación durante más de una hora. La segunda cita es como... la comprobación de que ambos son quienes parecieron ser en la primera. Y la tercera es el punto dulce, deja que lleguen los buenos tiempos.

Parece una gran cantidad de esfuerzo para solo acostarse con alguien. Me pregunto si el coño es mejor cuando sabes el nombre de la chica.

—Espera un segundo —interrumpe Sakura—. ¿Esto significa que nunca has tenido una cita? ¿Una novia? ¿Ni siquiera en el instituto?

Sacudo la cabeza.

—No era exactamente material de novio en el instituto. Y a las chicas con las que salía no les interesaban ese tipo de cosas.

—Es un poco adorable, Naruto —bromea—. Es casi como si fueras virgen.

Frunzo el ceño.

—Excepto, que no lo soy en absoluto.

—Tengo una cita el viernes —nos dice Sai—. Con Tayuya Patterson de Emblem & Glock.

Emblem & Glock, es otra firma en Konoha capital con quienes competimos con regularidad por clientes.

—¿Durmiendo con el enemigo, eh? —le pregunta Sasuke.

Sai se encoge de hombros.

—Ella es inteligente, hermosa y no piensa que soy un idiota cuando me quejo del fiscal novato que se rehúsa hacer un trato. Además, esta cosa de la competencia profesional es sexy. —Me mira—. Puedo verificar si tiene alguna amiga. Podemos tener una cita doble.

Hago los cálculos en mi mente.

—Eso significa que lo más temprano que conseguiré algo es el domingo. Y eso es solo si dejo atrás todo mi fin de semana por una mujer que ni he visto.

Eso me sirve.

—¿Tienes otra alternativa? —pregunta Sai.

De hecho, sí la tengo.

Algunos chicos tienen problemas con acostarse con una compañera de trabajo. Tienen miedo de que pueda volverse incómodo. Complicado. Pero no yo. Y especialmente no en este caso. Pensé que el ya conocer el nombre del otro, vernos yendo y viniendo por los pasados siete años, quita al menos una cita de la regla de las tres citas. Debemos amar la eficiencia.

Ameno Longhorn trabaja en el departamento de facturación de mi firma. Soltera, metro setenta y ocho, alrededor de cincuenta y cuatro kilos, piernas largas. Cuando le pedí una cita para cenar cuatro horas antes, me encontraba desesperado porque lo único sucio en ella no fuera solo su cabello.

Pero eso fue entonces.

¿Ahora? No tanto.

Porque luego de escucharla hablar monótonamente sobre cosas que nunca me importarán; después de escuchar su risa estridente resoplando que me hace estremecerme involuntariamente cada jodida vez que la hace; luego de observarla retorcer compulsivamente su cabello y rascarse la cabeza, al punto que parece que yo siento arrastrarse una infestación invisible de arañas, ya no estoy interesado.

Para nada.

Es como esa película de Gwyneth Paltrow de hace años. Ahora es sexy... ahora no lo es.

—Y entonces dije, ¡eso se encuentra por encima de mi grado de paga!

Chillido-resoplo.

Chillido-resoplo.

Chillido-resoplo.

Oh Dios. Por favor, deja de hablar.

Intento bloquearla. Concentrarme en las cosas importantes, como la plenitud redonda de sus pechos luchando contra su suéter beige. Imagino cómo se sentirán ahuecados en mis manos, entre mis labios, bajo mi lengua con sus muslos alrededor de mi cintura y...

Y tiene espinaca en los dientes. O quizá rúcula. Mi polla se rinde. Y sin embargo, de alguna manera me las arreglo para mantener mi rostro impasible y cortés mientras señalo su boca y digo.

—Tienes... algo...

—¡Oh! Gracias.

Levanta un cuchillo y observa sus dientes en el reflejo.

Nunca me di cuenta de que el lado negativo de conocer a una mujer antes de follarla es la posibilidad de que no quiera follarla luego de conocerla. Es deprimente. Toda mi visión del mundo explota en pedazos.

Cuando la cuenta llega, Ameno comienza a sacar la cartera de su bolsa, pero la detengo con un gesto con la mano. Lanzo un par de billetes de cincuenta en la mesa y nos ponemos de pie juntos, nos ponemos nuestros abrigos, y salimos a la acera. Caminamos hasta allí después del trabajo, así que la buena noticia es que no tengo que llevarla a su casa.

—Gracias por la cena, Naruto. —Me sonríe—. Esto fue divertido. Deberíamos hacerlo de nuevo en algún momento.

Abro la boca para decir que no, gracias. La sinceridad siempre ha sido mi política. No tengo tiempo ni voluntad para endulzar las cosas. Pero me detengo, porque es una cita. Giros, verdades a medias, mentiras blancas, mantener las opciones abiertas y bases cubiertas es lo que haces cuando tienes citas.

Y tal vez tenga un mal día. Quizá la próxima vez que la vea no será molesta y de verdad quiera follarla hasta el cansancio. Podría pasar. Y odiaría pegarme un tiro en la polla si esa es incluso la más remota posibilidad.

Así que voy con el viejo recurso.

—Te llamaré.

Ameno se levanta de puntitas y me besa la mejilla.

—Buenas noches, Naruto.

—Adiós, Ameno.

Y regreso solo a mi apartamento. Recordándome a mí mismo que podría ser peor. Podría estar a solas con la sífilis. El día siguiente pasa un poco borroso. Lo paso revisando descubrimientos, mayormente reportes médicos, de un próximo caso de violencia doméstica.

El Senador Orochimaru Holten es un político de carrera con sus manos en todo tipo de tarro de galletas. Eso lo hace un formidable enemigo, e incluso un aliado todavía más poderoso. Tiene cargos por varios casos de asalto agravado contra su esposa de treinta años.

Mi jefe, Danzo Chimura, es buen amigo de Holten, me pidió personalmente que tomara el caso. Eso es una gran jodida oferta. Este es un caso que podría hacer toda mi carrera en esta firma. Razón por la que lo tomé, incluso cuando Holten tiene ojos planos sin emociones que encuentro inquietantes. Incluso leyendo sus archivos, viendo las fotografías y detalles de las heridas de su esposa a través de los años, me pone incómodo. Hace que mi estómago se retuerza con la familiaridad de todo ello.

Para las cinco de la tarde, me vendría bien un poco de aire. Camino a la acerca y cuadra abajo, estirando las piernas. Hoy hace más frío afuera, el cielo de color gris oscuro, con una brisa que sopla la parte de la espalda de la chaqueta de mi traje. Todavía así, el viento frío se siente bien después de estar adentro todo el día. Cierro los ojos e inhalo, sintiendo el oxígeno helado ampliar mis pulmones... Y luego choco con algo de la estatura de mi cintura y cálido.

Rebota con un suave—: ¡Ummp!

Bajo la mirada a unos grandes ojos color dorado, cabello celeste, rostro pálido con pecas. No puede tener más de nueve o diez años. Me mira por unos segundos desde donde se encuentra tirado en el suelo de la acera, labios separados, respirando rápido de la sorpresa. Luego se gira de lado, luchando por meter sus manos en su mochila, asegurándose de que nada se le haya caído de tantos bolsillos.

—¿Te encuentras bien, niño? —pregunto, ofreciéndole una mano para ayudarle a levantarse. Sus manos se lanzan a mi mano, y hace una pausa antes de tomarla. Tiro de él hasta que se pone de pie.

—Sí. Estoy bien. Lo siento, señor. —Deja caer la barbilla en su mentón y levanta su mochila de cuero marrón sobre los hombros.

—Mira por donde caminas —digo—. Si yo hubiera sido una bicicleta, te hubieras lastimado de verdad.

Murmura un rápido—: De acuerdo. —Luego se gira y continúa por la misma cuadra.

Sigo caminando en la dirección opuesta. Pero después de unos pasos, me doy cuenta de que algo se siente... Diferente.

Ligero.

Fuera de balance.

De inmediato mis manos van a los bolsillos de mi chaqueta. Mi teléfono se Halla en el bolsillo derecho y mi cartera... mi cartera nose encuentra en el izquierdo. Me giro bruscamente, serpenteando mi mirada a través de la multitud de peatones que caminan encorvados contra el viento, hasta que me concentro en el niño, quién ahora se halla a media cuadra de distancia.

—¡Oye! —Mi voz retumba como un cañón, y él y varias personas transitando se detienen y me miran. Incluso desde la distancia, hago contacto visual con él. Y la diabólica expresión que lentamente se forma en su rostro me dice todo lo que necesito saber.

Una sonrisa confiada se forma sobre sus rectos dientes blancos de bebé, y un brillo victorioso brilla en los ojos de gato porque cree que se encuentra fuera de mi alcance. Y sostiene su mano derecha en alto y me saca el dedo del medio.

Pequeña mierda.

Después se echa a correr por la cuadra.

No lo creo, niño.

Impulsándome con los brazos, corro por la calle y luego giro bruscamente a la izquierda por la calle que conecta, intentando mejor que puedo de no empujar a los peatones en la banqueta. Esquivo un auto tocando bocina y llego al otro lado de la calle en tres zancadas, luego subo los escalones de concreto en dos pasos, entrando por la puerta de un centro comercial que desemboca a dos cuadras, en una calle en la que vi al niño girar. Corro más allá de Gap y la zona de comidas.

—¡Cuidado! —grita un hombre encorvado de cabello gris cuando paso, moviendo su bastón.

Salgo por las puertas traseras a la calle. Miro a la derecha, luego a la izquierda. Veo a la pequeña mierda, todavía corriendo, con su mochila como un faro en la luz del sol desvaneciéndose. El sudor gotea por mi frente mientras corro por la calle, saltando sobre un hidrante de incendio como un corredor de pista. Extiendo mi brazo, mis dedos intentando alcanzarlo... y atrapo al pequeño hijo de puta por la parte trasera de su camisa blanca.

¡Te tengo!

Él grita indignado, luego gira y se retuerce como un pez en el anzuelo, intentando deshacerse de mi agarre. Pero no hay manera de que eso vaya a suceder.

—¡Suéltame! ¡Déjame ir!

Lo sacudo para captar su atención y gruño—: ¡Cálmate!

Pequeños puños golpean contra mi brazo, empujan mi estómago. Lo sacudo de nuevo.

—¡Dije que pares! Ahora. —Y luego, en voz más baja—. No voy a herirte.

Pero está determinado.

—¡Ayuda! —grita, intentando hacer contacto visual con los rostros curiosos observándonos. Como la mayoría de los transeúntes, siguen caminando, imaginando que alguien más va a intervenir, pero no ellos.

Luego el pequeño bastardo grita el mantra marcado en las cabezas de los niños por padres sobreprotectores y anuncios del servicio público contra extraños peligrosos.

—¡No eres mi padre! ¡No te conozco! ¡Ayuda!

Lo sacudo más fuerte ahora, haciendo sonar sus dientes. Luego siseo—: ¿De verdad quieres atraer la atención hacia nosotros con mi billetera en tu maldita mochila?

Eso lo calma. Jadeando como un zorro en una trampa, deja de retorcerse. Y en realidad tiene las pelotas para fulminarme con la mirada, sus cejas juntas por el resentimiento.

—¿Hay un problema aquí?

La pregunta viene del oficial de policía que acaba de pararse a mi derecha. Observa la escena con expresión autoritaria, hasta que me mira y su rostro se derrite con el reconocimiento.

—Hola, Uzumaki.

A la mayoría de los policías instintivamente no les gustan los abogados defensores. Puedo entender su problema; pasan sus días arriesgando sus vidas para sacar a la escoria de la calle, y aquellos de mi profesión se rompen el culo para devolverlos, frecuentemente cuestionando las acciones de los policías, cómo llevaron a cabo el arresto, si tenían una causa probable, para encontrar motivos para sacar a nuestros clientes. Es una relación naturalmente antagónica. Aceite y vinagre.

Personalmente, me gustan los policías. Claro, son asnos y pueden ser unos malparidos autoritarios, pero en líneas generales, son personas decentes intentando cumplir con un trabajo verdaderamente difícil.

Sora Noblecky es un policía de barrio que entrena en el mismo gimnasio que yo. Hemos jugado básquetbol un par de veces y luego hemos ido a tomar unas cervezas.

—¿Cómo te va, Noblecky?

Inclina su cabeza agradablemente.

—No puedo quejarme. —Señala al chico que todavía estoy sosteniendo por el cuello como un cachorrito—. ¿Qué es esto?

Y antes de que pueda contestar, el cachorrito dice—: Sólo bromeaba. Uzumaki es mi niñera. Le dije que era más rápido que él y dijo que no lo era.

Mi primer instinto es reír, porque el chico sin duda tiene un don para mentir. Me pregunto si jamás ha considerado una carrera en leyes, o en política. Mi segundo impulso es decir la verdad, delatarlo, y dejárselo a Noblecky. Alejarme y lavarme las manos.

Pero algo en su rostro...no me deja. La mirada en sus ojos, una mezcla de desesperación y amargura. Está esperando mi ayuda, mi piedad, pero al mismo tiempo odia necesitarlas. Y hay algo inocente sobre este chico que es diferente del exterior escarpado de los verdaderos chicos de la calle. Algo me dice que todavía puede ser salvado.

Y que vale la pena salvarlo.

Por lo que froto su cabeza, desordenando su cabello y haciendo un buen espectáculo.

—Te dije que podía ganarte.

Noblecky ríe.

—¿Entonces alguien de verdad te dejó cuidar de su chico? — Observa al niño—. Mis condolencias.

El chico se estremece en respuesta. Es rápido, casi imposible de ver. Pero me doy cuenta.

Noblecky me da un codazo y bromea—: ¿Cuánto cobras? —Tiene uno de cinco años en casa—. Si no saco a Amy a cenar pronto, va a divorciarse.

Sacudo mi cabeza.

—Es algo de una sola vez. Los niños no son lo mío.

Se gira para irse.

—Muy bien, te veo por ahí, Uzumaki.

—Cuídate —digo mientras se aleja.

Tan pronto como Noblecky está fuera del rango de audio, arrastro al chico por la vereda, más cerca al edificio. Extiendo mi mano.

—Devuélvela.

Pone sus ojos en blanco, busca en su mochila y deposita mi billetera en mi mano con un golpe. No creo que haya tenido suficiente tiempo como para sacar algo, pero compruebo mi dinero y mis tarjetas de crédito para estar seguro.

Satisfecho, la deslizo en mi bolsillo.

—¿Cuál es tu nombre?

Alza la vista hacia mí.

—¿Eres policía?

Niego con la cabeza.

—Abogado.

—Soy Log.

—¿Log qué?

—Hyûga.

Lo observo. Camiseta blanca, pantalones beige... un uniforme de escuela privada. Añade las zapatillas de doscientos cincuenta dólares y la mochila J. Crew y tengo que preguntar—: ¿Por qué robaste mi billetera, Log Hyûga?

Patea la acera.

—No lo sé.

Por supuesto que no lo sabe.

Sus hombros se levantan.

—Simplemente para ver si podía hacerlo, supongo.

Este es el momento en que me pregunto qué demonios se supone que haga con él ahora. Mantenerlo fuera del sistema parece lo correcto, pero dejarlo irse impune, no. Necesita aprender que las acciones estúpidas tienen consecuencias —y malas—, y necesita saberlo ahora. Si no, habrá decisiones peores en su futuro, con penas más severas de las que será capaz de pagar.

Hago un gesto con mi mano hacia el final de la calle.

—Muy bien, vamos.

Log se queda justo donde está.

—No voy a ningún lado contigo. Podrías ser un pederasta.

Frunzo el ceño.

—No soy pederasta.

—Eso lo dicen todos los pederastas.

Mis cejas se alzan.

—Carterista y listillo, ¿eh? Perfecto. Debe ser mi día de suerte. —Señalo con mi brazo hacia el final de la calle de nuevo—. Voy a llevarte a casa. Les diré a tus padres lo que hiciste, y ellos van a lidiar contigo.

Mi madre solía recibir llamadas frecuentes sobre el mismo tema: de profesores, consejeros y policías benevolentes. Nunca cambió mi actitud o mi comportamiento jodido, pero ella siempre apreció saber en qué estaba metido verdaderamente su hijo, incluso aunque tenía que trabajar demasiadas horas para hacer algo al respecto.

Una sombra cae sobre el rostro de Log.

—No tienes que hacerlo. No voy a robar nunca más.

—Eso lo dicen todos los ladrones.

Eso le saca una corta risa a regañadientes. Pero todavía vacila.

—Mira, chico, puedo llevarte a casa y tú te enfrentas con tus padres, o puedo traer al Oficial Noblecky. Es tu decisión.

Patea el pavimento y maldice por lo bajo. Luego se acomoda la mochila en su hombro y encuentra mi mirada.

—¿Dónde está tu auto?

Cuando llegamos a mi Mustang, Log se sube al asiento trasero y abrocha su cinturón sin que le diga nada. Me da su dirección; cerca de dieciséis kilómetros fuera de la ciudad, y partimos.

—¿De verdad tu nombre es Uzumaki? —pregunta después de unos pocos minutos.

Encuentro su mirada por el espejo.

—Sí, Naruto Uzumaki. —Luego hago una pregunta—: ¿Cuántos años tienes, chico?

—Tendré diez en cinco meses.

Asiento lentamente.

—También conocido como nueve.

Sonríe.

—Y me dijiste listillo a mí.

Aparte de eso, se queda callado durante el viaje, observando por la ventana. Pero luego de que giramos en Rock Creek Parkway, cuando antiguos robles gigantes bordean la carretera, los nombres de la calle cambian a Whitehaven, Foxboro, y Hampshire, y los caminos de entrada se vuelven largos y tienen rejas, Log se pone aún más sombrío. Sale de él en olas amenazantes y hostiles, en el agarre de su mano y la tensión de sus hombros.

—¿No te van a castigar demasiado duro, o sí?

Me refiero a sus padres. Sólo porque parece bien alimentado, limpio, y libre de heridas, no significa que no sea posible que algo más siniestro esté esperándolo en su casa.

—No —responde sin miedo—. Estaré bien.

Cuando me detengo en la dirección de Log, la puerta de hierro forjado se abre automáticamente. El amplio camino de entrada está flanqueado por farolas y cerezos, y tiene forma de herradura. La casa está hecha de ladrillos majestuosos, con una arquitectura georgiana, completamente restaurada con persianas negras y molduras blancas detalladas alrededor de sus catorce ventanas. Hay una cochera para tres autos y un gran patio frontal rodeado por muros de piedra natural y arbustos verde brillante.

Apago el motor y observo la casa, pensando que podría estar intentando engañarme.

—¿Vives aquí?

—Sí.

—¿Qué eres, el hijo del jardinero?

Log frunce el ceño, confundido.

—No. Es la casa de mis padres. —Luego, más bajito, dice —, Era...

No entra en detalles y sale del auto con la mochila a cuestas. Doy unas largas zancadas para alcanzarlo y nos paramos frente a la puerta gigante de roble. Pongo mi mano en su nuca, sólo para estar listo en caso de que corra. Luego toco el timbre.

Una cadena de ladridos agudos sigue inmediatamente. Se oye algo arrastrándose dentro y luego la puerta se abre.

Y el aire sale de mis pulmones.

Mide un metro sesenta y cinco, quizás metro setenta, con largas piernas tonificadas en mallas negras ajustadas. El contorno de una cintura esbelta se asoma por debajo de la blusa de algodón, con botones en la cima que se tensan para abarcar unos pechos llenos, firmes y perfectos. Su cuello es elegante, pálido cremoso, y su rostro... Jesús, deja a los ángeles de Victoria's Secret en vergüenza.

Barbilla obstinada, pómulos altos, amplios labios llenos y libres de brillo labial, nariz traviesa, y dos ojos gris malva que son como perlas. Su cabello de varios tonos oscuros está apilado en la cima de su cabeza, con un par de mechones sueltos alrededor de su rostro. Lentes cuadrados de borde oscuro enmarcan esos ojos llamativos, dándole un tipo de impresión académicamente sexy de bibliotecaria sensual.

Intento tragar, pero mi boca se secó.

—Log —dice con alivio, enfocándose en el chico a mi lado. Y entonces se enoja—: ¿Dónde has estado? ¡Se suponía que volvieras a casa hace horas! ¿Y por qué no tienes tu teléfono encendido?.

El niño se aleja de mi agarre, camina a través de la entrada de azulejos blancos y negros, y sube por las escaleras, sin siquiera mirarla.

—¡Log! ¡Oye! —le grita ella. Inútilmente.

Sus nudillos se ponen blancos en donde agarran el marco de la puerta, y luego se gira hacia mí.

—¿Hola?

Es más una pregunta que un saludo.

—Hola —respondo, simplemente observando. Disfrutando la vista. Mierda, estoy caliente.

Luego sacudo mi cabeza, saliendo del estupor idiota inducido por haber estado privado del sexo por tanto tiempo. Comienzo de nuevo, extendiendo mi mano.

—Hola. Soy Naruto Uzumaki. Soy un abogado. —Siempre es bueno presentar este hecho porque, al igual que con los oficiales de policía, hay una confianza instantánea que se nos da a los que tenemos profesiones legales, incluso si no siempre es merecida.

—Hinata Hyûga. —Mi mano aprieta la suya mientras ella la sacude con un agarre cálido y firme.

—Traje a Log a casa.

Su cabeza se inclina y sus labios se aprietan con curiosidad sospechosa.

—¿De verdad?

—Necesito hablar con usted sobre su hijo, señora Hyûga —le digo, yendo con la conexión más lógica entre ella y el casi ladrón.

Sus ojos me examinan y puedo ver los engranajes de su juicio empezar a girar. Está debatiéndose sobre si debería dejar entrar a un imponente hombre desconocido hoy en el día. No tengo dudas de que mi traje caro y mi buena apariencia ayudan a inclinar la balanza a mi favor.

—Muy bien. —Da un paso hacia atrás—. Por favor pase, señor Uzumaki.

Me paro en el umbral.

—Naruto, por favor. —Cierra la puerta detrás de mí, estirándose para deslizar un seguro para niños en la cima. Luego un pequeño borrón de largo pelo color caramelo y chocolate surge desde detrás de ella y se abalanza sobre mis zapatos, olfateando y ladrando, sacando pecho y gruñendo.

Un claro caso de síndrome de perro pequeño, como nunca había visto.

—¡Cosa, para! —lo regaña.

La comisura de mi labio se tuerce hacia arriba.

—¿El nombre de tu perro es Cosa?

—Sí. —Sonríe. Y es jodidamente impresionante.

—Tío Cosa. ¿Cómo en La Familia Addams?

Cosa se pone más irritado, luciendo como una pelambrera loca.

Encuentro su mirada.

—Sobre tu hijo...

—Sobrino, en realidad. Soy la tía de Log.

Mis oídos se animan. Dada la vista de su mano desnuda, hay una buena posibilidad de que sea la tía soltera de Log. Las mejores noticias que he oído en todo el maldito día.

El llanto de un bebé llega desde otra habitación, perforador y exigente.

Hinata gira su cabeza.

—¿Podrías venir conmigo? Tengo que...

Ya está caminando y estoy justo detrás de ella. Pasamos por la arqueada puerta de una biblioteca y un conservatorio con un piano de cola, luego por un despacho con un cobijo enorme y techos de catedral. Los muebles son de buen gusto y limpios pero en tonos tierra, cálidos. Hay docenas de fotos enmarcadas de niños cubriendo cada pared. Hinata empuja la puerta que da a la cocina, donde el llanto se vuelve más ruidoso.

La cocina es aproximadamente del tamaño de todo mi apartamento. Cuenta con pisos de madera, gabinetes de caoba, una isla en el centro de granito contrarrestado con un segundo fregadero, y está hasta el tope con electrodomésticos de acero inoxidable. Una mesa redonda para ocho lugares se encuentra en una alcoba detrás de puertas francesas que se abren a un patio de piedra y un jardín, con un camino empedrado que conduce a una piscina enterrada más atrás.

Un asiento infantil se encuentra dentro de una cuna portátil de malla al lado de la isla con un pasajero infeliz y vocal.

—Aquí va, cariño —arrulla Hinata, agachándose para recoger el chupón que ha caído al estómago del bebé y vuelve a ponerlo en su boca.

Al menos creo que es un él, lleva pantalones de color azul oscuro y una camisa con barcos en ella, así que, sí, es hombre. Le acaricia su calva cabeza y el llanto es reemplazado con una succión de satisfacción. Una olla inmensa de plata burbujea en la estufa y el aire huele a calor y caldo.

—¡Hola!

Me vuelvo a mi derecha, donde se sienta un bebé como de dos años, ésta sin duda una niña, con escaso cabello oscuro y los ojos como los de Hinata, una playera rosa manchada en el suelo, rodeada de libros y bloques.

—Hola —respondo, serio.

Ella se vuelve más ruidosa.

—¡Hola!

Asiento con la cabeza de vuelta.

—Hola.

Su cara se arruga, su voz se vuelve más baja, y se inclina hacia adelante como si estuviera a punto de decirme algo serio. Pero todo lo que sale es

—:Hooolaaa.

—¿Hay algo malo con ella? —pregunto.

—No —responde Hinata, sonando un poco ofendida. —No hay nada malo con Hima. Solo tiene dos años.

Y Hima ha vuelto a sonreírme.

—Hola.

—¿No se sabe otra palabra?

—No. Sólo tiene dos años.

—¡Hola, hola, hola, hola!

Me doy por vencido y me alejo.

—Así que, ¿cómo puedo contactar a los padres de Log? Es importante que hable con ellos.

Su rostro se tensa. Herido.

—No puedes. Ellos... mi hermano y su esposa tuvieron un accidente automovilístico hace casi dos meses. Murieron.

Y todas las piezas caen en su lugar. Los comentarios que Log hizo, su ira poco sutil con el mundo entero. Pero es el nombre que destaca más, el nombre y el accidente.

La señalo gentilmente.

—¿Neji Hyûga era tu hermano? ¿El cabildero ambiental?

Sonríe, pequeña y triste, y asiente.

—¿Conocías a Neji? Konoha es una ciudad tan ocupada, pero he tenido la impresión de que también es como un pequeño pueblo. Todo el mundo conoce a todo el mundo.

Cuando se trata de los círculos políticos y legales, es exactamente así.

—No, no lo conocí. Pero. . . oí cosas buenas de él. Que era honesto y sincero. Eso es una cosa rara por aquí.

Y de repente, parece más joven de alguna manera. Más pequeña y más... delicada. ¿Está sola en esta enorme casa con los niños? ¿Sólo ella, Log, Una Palabra, y el Bebé?

Hinata levanta la vista de sus manos.

—Soy la guardián de Log, así que lo que ibas a decirle a mi hermano y su esposa, me lo puedes decir a mí.

Asiento, reorientándome.

—Correcto. Traje a Log a casa porque...

Pero no tengo oportunidad de terminar la frase. Debido a que un estruendo de pies, como una estampida de rinocerontes, retumba sobre nuestras cabezas, interrumpiéndome. Hinata y yo miramos al techo como si fuera a caer sobre nosotros, mientras el sonido viaja, cada vez más cerca. Y luego hay gritos. Del tipo de división de átomos, de almas en pena en el infierno.

—¡Te voy a matar!

—¡Yo no lo hice!

—¡Regresa aquí!

—¡No fui yo!

Incluso la niña de dos años de edad, luce preocupada.

El ruido reverbera por la segunda escalera y se derrama en la cocina, y los dos niños gritando y corriendo están dando vueltas alrededor de la isla como una versión jodida de las atrapadas al estilo Los Juegos del Hambre.

—¡Te dije que te quedaras fuera de mi habitación! —Uno de ellos, una chica, grita. Es una depredadora de piel oscura cabello castaño oscuro, lista para saltar.

—¡Yo no lo hice! —La más pequeña chilla, con los brazos extendidos, en busca de protección.

Jesucristo, ¿qué tipo de casa de locos es esta?

Hinata se mete entre ellas, agarrando a ambas por sus brazos y manteniéndolas separadas.

—¡Es suficiente!

Y ahora le están gritando a ella, apelando a sus casos a la vez, cada una tratando de ser más ruidosa que la otra. No puedo entender lo que están diciendo; suena como: siseo, bla, ella, siseo, chillido. Pero la tía parece hablar la lengua nativa.

—¡Dije que es suficiente! —Levanta sus manos, con lo que al instante hay bendito silencio.

Impresionante. Hay jueces federales que no pueden recaudar tanto respeto en sus propios tribunales.

—Una a la vez. —Se vuelve hacia la chica más alta—. Chõchõ, tu primero.

El dedo de Chõchõ rebana el aire como un sable.

—¡Entró en mi habitación cuando le he dicho mil veces que no lo haga! ¡ Y tomó mi maquillaje y arruinó mi lápiz labial favorito!

La cabeza del Hinata se gira hacia la más pequeña, ahora que no es una loca gritona.

—Namida, tu turno.

Hinata y yo miramos con impaciencia, esperando la refutación, pero todo lo que sale es: —Yo no lo hice.

Lo cual, en mi opinión profesional, no sería una mala defensa, si su boca y barbilla no estuvieran completamente cubiertas con grueso labial, rosa fuerte, como si es la hija ilegítima de Ronald McDonald.

—Eres una...comienza a gritar Chõchõ.

Pero la mano levantada de Hinata la detiene.

—Tut, tut, a callar.

Levanta a la pequeña, Namida, debajo de sus brazos y la posa sobre el mostrador.

—Y casi te creería —le dice Hinata, sacando dos toallitas para bebé de un tubo al lado del lavabo, limpiando la barbilla de la chica y mostrándole el paño manchado de color rosa—, a excepción por las pruebas por toda tu cara.

Las grandes mentes piensan igual.

La pequeña niña se queda mirando a la tela con ojos marrones del tamaño de un cuarto. Entonces, al igual que cualquier acusado que sabe que está acabado, hace lo único que puede, se lanza a sí misma a la misericordia de la corte.

—Lo siento, Chõchõ.

Chõchõ es impasible.

—¡Eso no me va a devolver mi barra de labios, mocosa!

—¡No pude evitarlo! —suplica.

E inconscientemente asiento. Eso es chica, ve con la locura. Es todo lo que te queda.

—El labial estaba allí, llamándome...

Voces. Las voces son buenas. Siempre una venta fácil. Sus manos se profundizan en sus rizos marrones, agitando y tirando de ellos, hasta que están salvajes y enloquecidos.

—¡Me volvía loca! ¡Es tan rosa y bonito, que tuve que tocarlo!

Hinata cierra los ojos y respira profundamente, haciendo que esas tetas fabulosas se presionen aún más contra su blusa. Disfruto el espectáculo, orando porque un botón salga volando o porque el fregadero brote espontáneamente agua por toda esa camisa blanca.

Un hombre puede soñar.

—Chõchõ, ¿cuáles son tus deberes esta semana?

—Tengo que poner la mesa para la cena.

Su voz es amable pero firme.

—Está bien. Namida, vas a hacer los quehaceres de tu hermana por el resto de la semana. Y cuando llegue tu mesada el domingo, vas a usarlo para reemplazar la barra de labios que arruinaste. ¿Entendido?

—Bien. Lo siento, Chõchõ.

Hinata corre una mano tierna por los rizos desordenados de Namida.

— Ahora, ve arriba y lava tu rostro, luego vienes para poner la mesa.

Con un movimiento de cabeza, salta del mostrador y pasa corriendo a mi lado hacia las escaleras.

Su hermana objeta con vehemencia.

—¿Eso es todo? ¿Es todo lo que le harás?

Hinata suspira, un poco molesta.

—Tiene siete años, Chõchõ. ¿Qué quieres que haga, que la golpee con un palo?

—¡No es justo! —grita. Mucho más fuerte de lo necesario.

—A veces la vida no lo es. Cuanto más pronto lo entiendas, mejor estarás.

Chõchõ golpea el mostrador.

—¡Odio esta familia!

En un remolino de pelo castaño y furia, camina pesadamente por las escaleras, mirándome en el camino. Como si yo arruiné su puto lápiz labial.

—Dulce niña —le digo a Hinata secamente.

—Tiene trece años. Está en una edad difícil. —Mira con nostalgia por los escalones—. Será humana de nuevo con el tiempo. Lo siento por eso —dice Hinata, agarrando un bloque que fue lanzado por el suelo durante la pelea y entregándoselo al niño. Luego camina de vuelta a la estufa, vertiendo un montón de verduras picadas por un colador en la olla. Sus movimientos son sin esfuerzo, elegantes, y me pregunto si es bailarina—. ¿Empezó a hablarme de Log?

—Cierto. Él...

Pero por supuesto no consigo decírselo. Eso sería demasiado fácil.

En lugar de eso soy interrumpido por la aparición de un niño caminando por la puerta de la cocina, un muchacho con la cara de Log. Es un poco más delgado, un poco más alto, con gafas de Harry Potter redondas de montura metálica encaramadas en la nariz. No puedo ocultar el horror de mi tono.

—¿Hay dos de él?

Hinata sonríe.

—Si esa es su manera de preguntar si Log tiene un gemelo, entonces la respuesta es sí.

—Veo que has conocido a mi hermano —dice el niño, al parecer acostumbrado a esa reacción—. No me juzgues sólo porque compartimos el mismo ADN. ¿Has oído el término "genio del mal"?

—Sí.

—Log es el mal. Yo soy el genio.

—¿Cuántos niños viven en esta casa exactamente? —pregunto a la tía. Se está empezando a sentir como si fueran cucarachas, ves una, y puedes apostar a que hay cincuenta y más arrastrándose por el interior de las paredes. Me estremezco al pensarlo.

—Seis.

¿Seis?Supongo que Neji Hyûga no tenía muchas aficiones.

El chico recupera un monopatín negro de la esquina y le dice a su tía—: Voy al lado con Walter.

—Bien. Asegúrate de ponerte el casco, Mitsuki.

El chico gime.

—Me hace ver como un idiota.

—Y cuando estés en un estado de coma tras fracturarte el cráneo en el pavimento, ¿crees que te vas a ver...guay?

La arrogancia de Log obviamente es genética.

—No —se queja Mitsuki—.Es sólo que... —Se vuelve hacia mí—. Eres un chico, entiendes lo que quiero decir. Explícaselo.

—Sí. —Hinata se cruza de brazos—. Explícame cómo tener un pene te excusa de las leyes de la gravedad.

—¡Oh Dios mío! —chilla Mitsuki, sus orejas y mejillas poniéndose rojas —. No digas eso.

—¿Qué? —Mira de él a mí—. ¿Qué dije?

Me encojo de hombros porque no tengo ni puta idea.

—¿Pene? —adivina.

Y Mitsuki hace una impresión fabulosa de un tomate.

—¡Oh Dios mío! ¡Eres tan humillante! —Agarra su patineta y huye.

—¡El casco Mitsuki! —grita Hinata—. ¡O el patín se asará en la chimenea esta noche!

Me mira con un suspiro y una sonrisa.

—Son las pequeñas alegrías que me hacen soportar el día.

Y tengo ganas de reír. Hinata no sólo es sexy, es... entretenida, también. Va de nuevo a la cocina y empieza a levantar la gigantesca olla pesada, y yo me acerco rápidamente y se la quito de las manos.

—La tengo.

—Gracias. —Me dirige a un tazón de cerámica sobre el mostrador y echo con cuidado el caldo caliente, con sus trozos blancos y tiras de color verde, en el recipiente. Entonces nos encontramos a sólo unos centímetros de distancia, esas grises bellezas cristalinas fijas en mí.

—Así que... ¿Cómo conoció a mi sobrino, Sr. Uzumaki?

Se lo digo sin rodeos, como arrancando una curita.

—Me robó la billetera, Hinata. Justo en la calle. Tropezó conmigo, deslizó su mano en mi bolsillo, y luego se fue.

Sus ojos se cierran y sus hombros se encorvan.

—Oh —Después de un momento, se frota la frente, luego levanta la barbilla y me mira—. Lo siento tanto.

Agito la mano. —No pasa nada.

Su voz se suaviza, con un tono de tristeza.

—Lo está llevando realmente mal. Quiero decir, todos lo hacen, por supuesto, pero Log está tan...

—Enfadado —digo, terminando por ella.

Asiente.

—Sí. Enfadado —Su voz cae, un rastro de dolor filtrándose—. Sobre todo conmigo. Es como... si estuviera resentido conmigo. Porque yo estoy aquí y ellos no.

—¿Cuántos años tienes? Si no te importa que lo pregunte.

—Veintiséis.

—¿Tienes alguna ayuda? ¿Tus padres? ¿Amigos?

Namida regresa a la cocina mientras su tía niega con la cabeza.

—Mis padres fallecieron hace unos años. Todos mis amigos volvieron a Suna. Yo estaba en la escuela de posgrado allí...antes...

Su voz se apaga, los ojos en su sobrina cuando agarra una pila de platos de la encimera.

—La primera vez que me mudé, llamé a una agencia para una niñera a Tiempo parcial, pero...

—Pero ella era una perra —interviene Namida.

—¡Oye! —La cabeza de Hinata se gira bruscamente—. No hables así.

—Eso es lo que dijo Chõchõ.

—Bueno, tú no lo digas.

Tan pronto como la chica sale a poner la mesa, Hinata se vuelve hacia mí.

— Era una perra. No dejaría a mi familia con ella, no le importan los niños.

—¿Qué pasa con los servicios sociales?

Niega con la cabeza.

—Nuestra trabajadora social es agradable, intenta ayudar, pero está toda esa materia administrativa. Listas de verificación y reuniones necesarias, inspecciones sorpresivas y entrevistas, a veces se siente como que están a la espera de que la líe. Como si no creyeran que puedo hacerlo.

—¿Puedes? —pregunto en voz baja.

Y esos magníficos ojos arden con determinación.

—Tengo que hacerlo. Son todo lo que tengo.

—Querrás decir que tú eres lo único que ellos tienen —la corrijo.

Su hombro se alza y hay una tristeza exquisita en su sonrisa.

—Eso también.

Me froto la nuca.

—Debes poner al chico en terapia, Hinata. Normalmente no recomendaría una cosa así, pero Sai me hizo un creyente. Especialmente cuando se trata de traumas infantiles. Él jura que, si hubiera tenido que lidiar con la pérdida de su pierna sin terapia, habría terminado por un desgraciado alcohólico furioso.

—Lo sé. —Se ajusta las gafas de fóllame—. Está en la lista. Tan pronto como tenga un minuto libre para buscar, voy a encontrar un buen terapeuta para todos ellos.

—¿La lista? —pregunto.

Apunta a la nevera, donde un imán tiene una lista escrita a mano de alrededor de mil elementos.

—Mi cuñada, Karui, hacia mil cosas al mismo tiempo. Y tenía una lista para todo. Así que empecé una también. Esas son todas las cosas que tengo que hacer, tan pronto como sea posible.

Una lista de tareas que nunca se hace más pequeña, puede ser mi nueva definición del infierno.

—Está bien. —Hice lo que tenía que hacer. Ahora él es su problema, son todos su problema. No el mío—. Bueno, debo irme.

Su cabeza se inclina y un delicado mechón de pelo cae por su mejilla.

— Muchas gracias por traerlo a casa. Por no presentar cargos. Yo... ¿le gustaría quedarse a cenar? Siento que es lo menos que podía hacer.

Echo un vistazo a la cazuela.

—¿Qué estás haciendo?

—Sopa de miso y sándwiches de queso a la parrilla.

Suena como algo que les sirven en la cárcel para reducir los costos.

—No, gracias. Tengo un poco de trabajo por terminar... y soy más un tipo de carne y papas.

Hinata camina conmigo fuera de la cocina hacia la puerta principal.

— Bueno, gracias de nuevo, Sr. Uzumaki.

Hacemos una pausa, uno frente al otro en el brillante suelo del vestíbulo de azulejos blancos y negros. Y siento cuatro pares de ojos en el rellano por encima de nosotros observando, escuchando, quemando agujeros en la parte posterior de mi cabeza. Bueno, a la mierda, ¿por qué no?

Deslizo una tarjeta de visita de mi cartera.

—Aquí está mi tarjeta. — Hinata

la toma, mirando hacia abajo a la impresión negra, acariciando su dedo contra una esquina.

—Por si tienes una noche libre y quieres ir a cenar, tomar una copa o...algo.

La chica mayor, la que odia a su familia, deja escapar un breve resoplido de incredulidad.

—¿Acabas de pedirle salir a una cita?

Mantengo mis ojos en el rostro de Hinata.

—Sí, lo hice.

Y sus mejillas se vuelven la sombra más hermosa de color rosa.

Entonces es el turno de la loca de los labiales.

—¡Pero eres muy viejo!

Aparto mis ojos del rubor del Hinata para acribillar a la niña con el ceño gruñón.

—Tengo treinta.

La ceja gruñona falla en la intimidación.

—¡Treinta! —Se pone las manos en las caderas—. ¿Tienes nietos?.

Una risa burbujea en mi pecho, pero no lo hace más allá de mis labios. Esta niña es todo un personaje.

—Treinta no es lo suficientemente mayor como para tener nietos, Namida —explica Hinata. Su atención se balancea de nuevo a mí y su voz se deja caer más baja—. Dudo que vaya a tener una noche libre a corto plazo, pero... es bonito ser invitada a salir.

—Cierto. —Asiento—. Buenas noches, Hinata. —Una mirada fugaz a las cuatro caras mironas me hace añadir—: Y... buena suerte.

Definitivamente la va a necesitar.

Continuará...