¡Sostente!


El Héroe


El domingo, durante el desayuno en la casa de Sakura y Sasuke, veo de nuevo al retoño de los Uchiha's.

—Hola, Sarada —la saludo, entrando al comedor.

—¡Hola, Naruto! —Sarada Uchiha envuelve sus brazos alrededor de mi cintura.

Sarada tiene trece ahora, y más o menos alrededor de este año, desde la última vez que la vi ha perdido algo de la linda redondez de bebé en su rostro, dando un paso más cerca a una pura belleza sureña de cabello oscuro.

Sus años de adolescente serán divertidos. Sasuke va a perder su maldita mente, y probablemente su cabello.

Nos sentamos a comer y él pregunta—: ¿Recuerdan ese mánager de bandas que representé el año pasado? Acusado de conducir alcoholizado.

Hay asentimientos alrededor.

—Resulta que trabaja con One Direction ahora, y están en la ciudad. Me envió cuatro boletos para primera fila del concierto de mañana. Sakura y yo íbamos a llevar a Sarada.

—¿Quién es One Direction? —pregunto, pero en realidad no me importa.

Los ojos de Sarada se le salen de sus órbitas.

—¿Quién es One Direction?. ¿Qué, vives bajo una roca? —Sostiene en alto la revista que ha estado hojeando y me muestra una imagen de cuatro vándalos en vaqueros ceñidos —. Esto es One Direction. ¡Estoy tan emocionada! —chilla—. El concierto va a ser tan perfecto.

Mis cejas se elevan hacia Sasuke.

—Diviértete con eso, amigo.

Sasuke mastica una bola de queso, sus ojos oscuros encendidos con humor.

—Sakura y yo estuvimos hablando. Pensamos que en lugar de desperdiciar el cuarto boleto, podría ser lindo si vienes conmigo y Sarada en su lugar. Tú y esa chica Chõchõ.

—¿Estás demente? —pregunto, porque... obviamente lo está.

—¿Por favor, Naruto? —ruega Sarada—. Será muy divertido tener una chica de mi propia edad allí conmigo. —Se vuelve hacia su padre—. No te ofendas, pero tú y mamá no lo entienden.

Sasuke se encoge de hombros.

—No me ofendo. Todavía sé que soy el papá genial.

Sarada pone una mano en su brazo.

—Te amo, papi, pero, ¿lo que sea que pienses que es genial? No es eso.

Sasuke finge fruncirle el ceño.

Y sus brillantes ojos oscuros me suplican.

—Vamos, Naruto. Apuesto a que te gustarán. Su música es asombrosa, mejor que la de los Beatles.

Temo por la juventud actual.

—Podría ser bueno para ella —dice Sasuke, presionándome. Debido a que le conté sobre las desventuras del viernes por la noche de Chõchõ con Jägermeister.

Suspiro, ya sabiendo que voy a arrepentirme de esto. Pero levanto mi teléfono para llamar a Hinata de todos modos.

El día siguiente, Sasuke, Sakura, Sarada y yo llegamos a la casa de Hinata después del trabajo. No le ha contado a Chõchõ sobre el concierto aún, quería que fuera una sorpresa. Y dijo que no quería arriesgarse a que Chõchõ hiciera añicos las ventanas con sus gritos de alegría.

Oh, y Sai también vino. Porque he mencionado a Hinata y los niños en el almuerzo y quiere conocerlos. Además, porque no tiene una vida.

Nos reunimos en el vestíbulo y hago las presentaciones. Hinata saluda a cada uno de mis amigos acogedoramente. Está usando un vestido casual de un azul pálido que muestra kilómetros de piernas suaves y suculentas. Y fantaseo sobre Sasuke llevando a las chicas solo, y Sakura y Sai llevándose al resto de la chusma. Muy, muy lejos.

—Hola —le dice Hima a Sakura, jugueteando en el cuarto y sosteniendo un oso de peluche que luce como si hubiera visto mejores días.

—Hola —contesta Sakura, sonriendo.

—¡Hola! —chilla Hima.

—¡Hola! —ríe Sakura.

Y aquí vamos malditamente de nuevo.

Por mi propia cordura, tengo que enseñarle a esta niña otra palabra. Sasuke y Sai retoman su conversación del almuerzo: el continuo juego del "asesinato perfecto".

—Ahogado —dice Sai insistente, enumerando sus motivos con los dedos—. Las posibilidades son que el cuerpo estará demasiado descompuesto como para conservar alguna evidencia útil, y haya una coartada incorporada porque el demandado puede siempre afirmar que la persona se resbaló. Funcionó como un encanto para el marido de Natalie Wood.

Sasuke sacude su cabeza oscura.

—Todavía me quedo con una reacción alérgica.

Mitsuki se ajusta sus anteojos y se mete en la conversación.

—¿Chicos, están hablando sobre la mejor manera de deshacerse de alguien?

Asienten y el rostro de Mitsuki se vuelve ávido.

—Sé una manera. Hagan una potente bala de hielo. Y la disparan desde un rifle de francotirador. Después que atraviese el corazón, se derretirá. Sin huellas digitales. Sin rastros.

Nos quedamos en silencio. Asombrados. Y un poco asustados.

—Me acaba de provocar piel de gallina. —Sai se estremece—. ¿Alguien más tiene piel de gallina?

Namida da un paso al frente, sus ojos fijos en Sai.

—¿Por qué caminas así? —pregunta de modo inocente.

—¡Namida! —regaña Hinata—. Eso es de mala educación.

Pero por experiencia, sé que está bien y se lo digo.

Sai le explica a la niña de siete años.

—Fui atropellado por un auto cuando era un niño, perdí parte de mi pierna. —Se levanta el pantalón, mostrando su prótesis de titanio—. Así que sé cuidadosa cuando andes en tu bici.

Lo considera con la cabeza inclinada.

—¿Entonces te dieron una pierna falsa?

—Sip.

—¿Puedes quitártela y mostrarme?

—No. —Sai sacude su cabeza.

Namida considera esto. Entonces pregunta—: ¿Quieres venir afuera a ver mi casita de juguete? Tiene cortinas.

—Claro. —Sai se fija en su reloj—. Tengo tiempo.

Chõchõ baja las escaleras, sus ojos observándonos. La presento a todos. Le sonríe a Sarada con simpatía.

—Hola. —Y Sarada la saluda con la mano.

—Así queeeeee... —Hinata sonríe—. Naruto tiene una sorpresa para ti, Chõchõ.

—Me lanza una mirada, inclinando su cabeza hacia Chõchõ, animándome a contarle.

Me aclaro la garganta y pongo los boletos en las manos de la adolescente, intentando no hacerlo un gran asunto.

—¡Oh dios mío! —grita Chõchõ.

Y morena chilla en repuesta.

—¡Son boletos para One Direction! ¡Boletos de primera fila para One Direction! —Enormes ojos dorados que brillan con júbilo alzan su vista hacia mí—.¿Es en serio?

—Por desgracia.

La charla incansable, entusiasta e ininteligible entre ella y Sarada comienza.

Y sigue.

Y sigue.

Log me sonríe complacido.

—¿Tienes que ir a un concierto de One Direction?

Asiento de mala gana.

—¡Ja! —Se ríe a carcajadas, señalándome con su dedo—. Tonto.

Lo miro con furia.

—Cállate, niño.

Cuatro horas y media después de chicas gritando, no puedo escuchar una mierda. Incluso el regreso en el auto de Sasuke todo está amortiguado, las chicas cantando y gritando en el asiento trasero suenan como si estuvieran molestándome bajo el agua.

Los cuatro entramos por la puerta principal y encontramos a Sai, Sakura y Hinata tomando café en la sala de estar. Sakura sostiene a Ronan, dormido en sus brazos.

—¿Cómo estuvo? —pregunta Hinata, sonriéndome de una manera caliente como el infierno y provocadora.

Levanto una mano.

—No me hagas revivirlo. Estoy intentando bloquearlo de mi mente.

Pero ese gato ya ha saltado de la bolsa. Sarada y Chõchõ le cuentan a Sakura y Hinata cada simple detalle, hablando juntas y una sobre la otra. Son elocuentes en términos como "OHDIOSMÍO" y "no puedo creerlo", "lo mejor de mi vida" y...

"OHDIOSMÍO".

—Y entonces... —chilla Chõchõ, agarrando la mano de su tía—. ¡Harry miró directo en mi dirección!

Entorno mis ojos en dirección a Sasuke.

—¿Cuál era Harry de nuevo?

—El que necesita un corte de cabello.

Intento distinguirlos en mi mente, pero todos necesitan un corte.

—¿Papá —pregunta Sarada—, Chõchõ puede quedarse a dormir?

—Sí, tía Hinata, ¿puedo ir a dormir a la casa de Sarada? —pregunta Chõchõ casi al mismo tiempo.

Porque aparentemente el superpoder de One Direction es amistad instantánea. Alguien debería mandarlos al Oriente Medio para que puedan conseguir solucionar esa cosa entre Israel-Palestina.

Sasuke da el visto bueno y Hinata dice que está bien. Y entonces hay más gritos — yay— antes de que suban las escaleras para buscar las cosas de Chõchõ.

—¿Dónde están los otros niños? —le pregunto a Hinata.

—Durmiendo —me informa alegremente—. Sai los cansó jugando a la persecución con linternas.

Sai palmea su propia espalda.

—Soy el campeón actual.

Cuando las chicas bajan cargando una bolsa de dormir, almohadas y una bolsa de lona, Chõchõ se para frente a mí, luciendo genuinamente feliz, centellante.

—Gracias, Naruto. Esto fue como... la mejor noche de mi vida.

Podría decir que fue un placer... pero no sería cierto.

—Ni lo menciones.

Sakura coloca a Ronan en los brazos de Hinata y ella gentilmente lo acuesta en la pequeña cuna portátil verde oscuro en la esquina. Mientras se preparan para marcharse, decido quedarme un poco más. O mucho más tiempo. Hinata y yo no estaremos exactamente solos, pero un niño menos es mejor que nada.

Hasta que Sai lanza mi plan al carajo.

—El auto de Sasuke solo tiene cuatro asientos, así que necesito que me lleves a casa, Naruto.

Malditamente asombroso.

Le echo un vistazo a Hinata y es como si pudiera leer mi mente. Ya que me está sonriendo con una decepción humorística.

—Gracias de nuevo, Naruto. Buenas noches.

Estiro una mano, apartando el cabello de su rostro.

—Buenas noches.

Entonces Sai se desliza frente a mí. Agacha su cabeza ligeramente, toma la mano de Hinata, y la levanta hasta sus labios, besando la parte posterior.

—Gracias por una noche encantadora. Eres la anfitriona más mona.

Suelta unas risitas, mientras en el fondo de mi garganta, gruño.

Y la idea de romper su mandíbula parece incluso más atractiva que hace un par de semanas.

Hinata cierra la puerta detrás de nosotros y caminamos a mi auto, Sai brincando lo mejor que puede. Es malditamente molesto.

—Bueno... —suelta lentamente, la insinuación fuerte en su tono—. Hinata parece linda.

No pronuncio ni una palabra.

—Y ese culo —sigue con admiración—, mmm, mmm, bien... Podría resbalar monedas en ese apretado...

Mi mano arremete contra él, retorciendo el frente de su camisa, arrastrándolo hacia adelante hasta que estamos nariz a nariz.

—Cállate.

Busca en mis ojos, su sonrisa lenta y conocedora.

—Te gusta.

Lo suelto como un Hot Pocket recién salido del microondas y lo paso, yendo hacia mi auto.

—Por supuesto que me gusta. Es una chica linda.

Sai permanece cerca de mi lado, moviendo su dedo.

—Nooo, a ti te gusta. No solo en el sentido de que quieres que monte tu polla en vaquera inversa. Te gusta, te gusta.

—¿Qué, tienes doce?

—La edad es solo un número. O al menos es lo que mi tío dijo cuando se casó con la suertuda tercera esposa de diecinueve años. —Empuja mi hombro—.Pero en serio, tienes esta vibra de caballero en brillante armadura alrededor de ti.

Sacudo mi cabeza.

—Mi armadura se encuentra deslucida desde hace mucho tiempo, Sai.

—Un caballero en armadura deslucida es todavía un caballero. Cuando no respondo, insiste, ya que en realidad cree que no le daré un puñetazo en su bonito rostro. —Entonces avísame cuando termines. Me gustaría ver si puedo seducirla.

Avanzo hacia él.

—Está fuera de los jodidos límites para ti. Ahora, durante y después. Ni siquiera lo pienses.

Y el hijo de puta se ve complacido consigo mismo. Sonríe más amplio.

— Sí. Definitivamente te gusta.

El martes por la noche estoy trabajando hasta tarde en la oficina, terminando una petición para el juicio por abuso doméstico del Senador Holten. Aflojo mi corbata, me froto los ojos y hago sonar mi cuello. Justo cuando estoy a punto de meterme de lleno, mi teléfono celular suena.

Y el nombre de Hinata ilumina la pantalla. Sonrío al ver su nombre. Es malditamente raro y completamente atípico de mi parte. Apenas sonreí cuando me gradué de la facultad de derecho.

Neutralizo mi cara tan pronto como me doy cuenta lo que estoy haciendo.

Toco el botón de responder y traigo el teléfono a mi oreja. Comienzo a hacer la antigua pregunta de ¿Qué estás usando? Pero no lo hago gracias a Cristo. Porque una voz aguda salta desde el altavoz.

La voz de Namida.

—¡Hola, Naruto!

Me recuesto en la silla.

—Hola, Namida.

—¿Qué haces?

—Trabajando. ¿Qué estás haciendo tú?

—Sopa de pollo. —Hay orgullo en su voz.

—Eso es lindo. ¿Tu tía está por ahí? —pregunto, ya que tengo la remota sospecha de que Hinata no tiene idea acerca de lo que su sobrina está planeando.

—Está en el baño. Está enferma.

Frunzo el ceño.

—¿Qué quieres decir con que está enferma?

—Está vomitando por todaspartes. Todos lo hacen, excepto yo. Y Ronan, pero el vomita todo el tiempo de todos modos, así que no cuenta.

Débilmente, el sonido del llanto de Ronan se escucha al fondo. Me enderezo y presiono el teléfono con más fuerza contra mi oreja.

—¿Ese es tu hermano llorando?

—Sí. Tiene hambre. Voy a calentar su biberón tan pronto como termine con la sopa.

Estoy a punto de preguntarle si está usando la estufa o el microondas para la sopa... pero el chillido fuerte y penetrante de la alarma de incendios, la cual borra cualquier otro sonido de su lado, prácticamente contesta esa pregunta antes de que la haga.

—¡Uuups! —grita Namida en el teléfono—. Me tengo que ir. ¡Adiós!

—Namida, espera... Pero ya colgó.

Mierda.

La llamo. Suena y suena, entonces va al correo de voz.

—¡Mierda!

No es mi problema. No es asunto mío. Tengo mi propia mierda de la cual preocuparme.

Eso es lo que me digo mientras pongo a un lado mi teléfono, empujo mi silla hacia adelante y vuelvo a centrarme en el documento delante de mí. En las horas de trabajo que todavía tengo que terminar esta noche.

Sé inteligente. Fija prioridades.

Ellos están bien. La gente se enferma todo el tiempo... Y luego mueren.

Las alarmas de incendio suenan todos los días...

Al igual que las casas se consumen hasta los cimientos.

―¡ Maldita sea!

Cojo mi teléfono y marco de nuevo. Todavía nada.

Niego con la cabeza y pongo mis dedos en el teclado... pero lo único que puedo imaginar es a Hinata desmayada en el piso del baño.

―¡Hijo de puta!

Arrojo la toalla y empaco mi maletín con mi ordenador portátil y archivos. Llego a mi coche en un tiempo récord y me pregunto si llamar al 911 sería una reacción exagerada. Me quedo a punto de marcar por un rato, pero me contengo; estaré allí en diez minutos.

Siete minutos más tarde, llego al camino de entrada, estaciono mi coche, y me dirijo a la puerta principal. Mi boca está seca y mis palmas húmedas por la preocupación. Golpeo la puerta, pero la única respuesta es el ladrido de Cosa desde el otro lado. Ahueco las manos frente a mi cara y espío por la ventana, pero no veo a nadie.

―¡Hinata! ¡Namida! ―Intento llamar de nuevo―. Es Naruto. Cuando no hay respuesta, contemplo tirar la puerta. Pero luego recuerdo revisar debajo de la alfombra, y quién lo iba a decir, hay una brillante llave plateada. Entro.

Cosa baila alrededor de mis piernas mientras camino hacia el vestíbulo, al mismo tiempo que Namida baja las escaleras con una bandeja que es más grande que ella. Sonríe cuando me ve.

―Hola, Naruto. ¿Cuándo llegaste?

Colocando la llave en la mesa, tomo la bandeja de sus manos.

―¿En dónde está tu tía?

―Está arriba, en el cuarto de baño. Me dijo que buscara la botella de Ronan en el refrigerador.

Mis ojos se dirigen al rellano superior.

―Bueno. Ve a hacer eso, voy a ver a tu tía.

Subo las escaleras y me meto al pasillo, siguiendo el sonido de alguien vomitando todo el contenido de su estómago, del mismo modo en que Hansel y Gretel siguieron las migas de pan.

Me paro en la puerta del baño, haciéndole sombra a la forma acurrucada de Hinata mientras se encorva sobre el inodoro, aferrada a los lados como si su vida dependiera de ello. Viste una camiseta negra y pantalones de chándal holgados. Su cabello está peinado hacia atrás, pero algunos mechones húmedos por el sudor se aferran a su nuca.

Me agacho a su lado, poniendo la mano en su espalda.

Una vez que sus arcadas desaparecen, se limpia la boca con un pañuelo desechable y gime―: ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Cómo entraste?.

―Namida llamó. Usé la llave que estaba bajo la alfombra. No deberías mantenerla allí.

―No deberías estar aquí ―gime―. Corre. Sálvate.

―¿Cuándo diablos comenzó esto?

Cierra los ojos, jadeando.

―El lunes, a mitad de la noche. Comenzó con Mitsuki, y el resto caímos como fichas de dominó.

―¿Por qué no me llamaste?

―Llamé a la vecina; la madre de Walter. Ella dijo que no podía arriesgarse a que uno de sus hijos se enfermara. Su hija tiene un concurso este fin de semana. Dijo que lo sentía.

Qué bien. Porque sentirlo es tan jodidamente útil.

Hinata se arrastra hasta el lavabo y se echa agua en la cara y en la boca. ―Tengo que ver cómo están los niños. ―Se mueve hacia la puerta y casi se golpea la cabeza con el lavabo cuando se le doblan las rodillas.

Pero la atrapo, levantándola en mis brazos.

―Guau, tranquila. ―Mi voz se vuelve firme. Estoy un poco molesto―. No vas a ver a nadie. Te vas a la cama. ¿Dónde está tu habitación?

―No, tengo que...

―No discutas conmigo, maldita sea. ¿Dónde está tu habitación?

Parece rendirse; o simplemente ya no puede mantener la cabeza en alto. Se apoya en mi brazo.

―Mi habitación se encuentra en la planta baja, pero quiero quedarme aquí, en caso de que me necesiten. ¿Puedes llevarme a la habitación de invitados? Es la última puerta a la derecha.

Sigo sus instrucciones hacia una habitación sencilla con paredes de color amarillo y una colcha blanca. La recuesto con cuidado en el medio de la cama. Sus ojos se abren apenas, brillantes y miserables, mirándome.

―No puedo estar enferma ―susurra.

―Es un poco tarde para eso.

―¡Tía Hinata! ―exclama uno de los niños.

Y es como si hubiera sido electrificada. Sus ojos se abren de golpe y levanta la cabeza mientras trata de erguirse hasta quedar sentada.

―Acuéstate ―le digo, guiándola hacia abajo.

―Tengo que...

―Hinata, estoy aquí. Déjame ayudarte ―espeto, dispuesto a sacudirla en estos momentos. Le aparto el pelo de su muy blanca, pero aún hermosa, cara―. Me aseguraré de que los niños estén bien.

Me mira fijamente por un momento, como si fuera un fantasma. O un sueño. Y luego, lentamente, sus ojos se llenan de lágrimas. Se deslizan de las esquinas de sus ojos y por sus mejillas. Y cada una me destruye.

―No llores. ¿Por qué estás llorando?

Exhala un suspiro tembloroso y se limpia las mejillas.

―Es que... Estoy tan cansada, Naruto. Tan cansada.

Por primera vez, pienso en lo que debe haber sido para ella... después de que recibió esa llamada telefónica. Cómo probablemente corrió de un lado a otro, lanzando en una bolsa cosas necesarias, pensando que después se encargaría de buscar el resto de sus cosas. Cómo tuvo que retirarse de la escuela, tal vez romper el contrato de alquiler de su apartamento; cambiar drásticamente toda su maldita vida.

Y luego vino aquí, tan requerida, todo el tiempo. Teniendo que hacer un centenar de arreglos diferentes, cuidar de seis niños que seguramente no podrían cuidarse solos. Y no solo alimentándolos, haciendo los deberes, llevándolos a la escuela, sino también ayudándolos a pasar por un dolor inimaginable. Tuvo que evitar que se cayeran a pedazos.

Y tuvo que hacerlo completamente sola.

Y sé, sin dudarlo, que no se ha tomado ni un segundo para sí misma. Para procesar su propio dolor, llegar a asumir su propio sufrimiento y pérdida.

No podía haber tenido ni un momento. Ha estado corriendo en esa rueda de hámster durante tanto tiempo; era solo cuestión de tiempo antes de que se estrellara por completo.

―Entonces duerme, Hinata. Te juro que todo va a estar bien.

Sonríe a pesar de que vienen más lágrimas. Toma mi mano, apretándola con fuerza.

―Gracias.

Después de eso, los examino uno por uno. Al estilo zona de guerra. Reviso los dormitorios; Log y Mitsuki están acurrucados en la litera de abajo de su cama con expresiones tristes, cada uno con su propio cubo para el vómito a su lado. Chõchõ y Hima están en la cama de la primera, con un cesto de basura al lado, ambas al borde del sueño. Le presto especial atención a la niña de dos años, que me mira con los ojos vidriosos.

―Holaaa ―dice con voz ronca y exhausta.

Paso mi mano por su pelo de bebé.

―Hola, niña.

Luego me dirijo a la cocina, donde Namida se encuentra apoyada sobre el mostrador al lado de su hermano pequeño, sosteniendo una botella para él. Ella dice que sabe cómo hacerlo, que vio a su madre y a Hinata hacerlo una y mil veces. Gracias a Dios por los niños observadores.

―Pero tú vas a tener que hacerlo eructar ―me dice, y luego explica cómo se hace. Con cuidado, lo levanto del asiento, sosteniéndolo con los brazos estirados como una bomba que podría detonar en cualquier momento. Sigo las instrucciones de Namida y lo llevo a mi hombro, acariciando y frotando su espalda.

―¿Así? ―le pregunto a la niña de siete años.

Asiente, alentadora.

―Eres oficialmente mi segundo al mando ―le digo―. Tú y yo juntos vamos a patearle el culo a este virus.

Se ríe.

―Bueno.

Siento una cantidad ridícula de orgullo cuando Ronan suelta un profundo y retumbante eructo que cualquier hombre adulto estaría impresionado de producir. No voy a decirles a los otros, pero creo que es mi favorito.

Cuando lo felicito, me doy cuenta de que su culo se siente pesado.

Mojado.

Miro a su hermana.

―Creo que hay que cambiarlo.

Su cara se vuelve cautelosa y levanta sus manitos.

―No me mires. Soy solo una niña.

―¿ Ahora usas la carta de soy una niña? ―le pregunto.

Se encoge de hombros, sin piedad.

Bueno. Puedo hacerlo.

He sido arrestado; pasé mucho tiempo en la prisión con chicos realmente peligrosos. He estado en peleas callejeras sin reglas donde nadie se acercaba a separar, y he ganado. He conquistado el desafío insuperable de obtener el título de abogado y hacer frente a los idiotas egoístas que son mis clientes sin cometer asalto agravado.

Es un pañal. ¿Qué tan difícil podría ser?

Llevo a Ronan a su habitación, le acuesto sobre la almohadilla en la cómoda, y lo miro a los ojos.

―Coopera conmigo, amigo, ¿de acuerdo?

Luego, con una mano en el pecho para que no ruede, busco en Google. Hay que adorar la tecnología moderna. Diagramas para fabricar bombas y cambiar bebés a tu alcance. Le quito el pañal y lo limpio con las toallitas. Le pongo una mierda blanca pastosa de un tubo en el culo, porque no estoy seguro de si se encuentra rojo, pero está ahí, así que lo uso. Levanto sus piernas pataleando y deslizo un pañal limpio debajo de él.

Y entonces, sin previo aviso, una corriente caliente de orina, como la manguera de un bombero, forma un arco en el aire, cubriendo mi camisa con una puntería exacta.

Miro al bebé.

―¿En serio, hombre?

Él solo sonríe alrededor de la mano que se está mordiendo. El maldito Google no mencionó esto. Una vez que ubico a Ronan en su mecedora, encuentro a Namida en la sala de estar. Caminamos a la cocina para ver los suministros, pero ella se detiene justo en la puerta de la cocina. Su cara se queda sin expresión y aterradoramente pálida.

―¿Estás bien, Namida?

Abre la boca para contestar, pero lo que sale es un estallido de abundante vómito amarillo, como mezcla grumosa para panqueques que se echó a perder.

Hombre caído.

Tose y mira, horrorizada, al desastre en el suelo, salpicado en sus zapatos y en su brillante camiseta. Luego, empieza a llorar.

―Lo siento, Naruto. Algo en mi pecho se encoge por sus lágrimas, haciendo que todo se sienta muy apretado. Me arrodillo junto a ella, frotando círculos con mis manos en su espalda.

―No pasa nada. Namida; es solo vómito. No es gran cosa.

El perro entra rápidamente como si Súper Ratón viniera a salvar el día. Luego comienza a comer el vómito de Namida. Vigorosamente.

Siento nauseas en la parte posterior de la garganta, pero me las arreglo para contenerlo.

―¿Ves? ―le digo, tratando de sonar alegre―. Me hiciste un favor, ahora no voy a tener que alimentar al perro.

Namida se cambia a un pijama y se mete en la cama junto a su tía dormida. Hago una segunda comprobación de los heridos y aprovecho la tranquilidad momentánea para llamar a mis reservas.

―¿Todoslo tienen? ―pregunta Sasuke con sorpresa, y un dejo de humor.

―Sí ―declaro de mal humor. Me froto los ojos―. No me avergüenzo de decir que estoy fuera de mi liga aquí.

―¿Tienen fiebre también, o simplemente vomitan?

―¿Cómo puedo saber si tienen fiebre?

―¿Se sienten calientes?

Pienso en eso por un segundo, sin poder hacer nada.

―No sienten frío.

―Bien. Llama al supermercado, ellos hacen entregas. Diles que necesitas un termómetro de oreja, las instrucciones estarán en la caja. También necesitas Tylenol, galletas saladas, cervezas de jengibre, caldo de pollo, y Pedialyte. Escribo frenéticamente todo lo que está diciendo, como si fuera palabra sagrada.

―¿Qué es Pedialyte?

―Es como Gatorade para bebés. Vigila al pequeño. Si empieza a vomitar, no pierdas el tiempo; llama al pediatra. El número probablemente está en la nevera. Los bebés pueden deshidratarse muy rápido. Lo mismo va para la niña de dos años, obsérvala. Si no puede retener una cucharada de Pedialyte durante una hora, puede que tengas que llevarla al médico.

―Entendido. ¿Algo más?

―Solo mantenlos cómodos. Pequeños sorbos cuando puedan beber. Galletas y caldo cuando se asienten sus estómagos. Llámanos si necesitas ayuda.

Suspiro.

―Muy bien, gracias, hombre.

A la mañana siguiente, estoy hasta la cintura con ropa sucia. Sábanas, pijamas, paños para frentes. Sé manejar una lavadora, mi madre se aseguró de ello. Y también se aseguró que supiera cómo cargar un lavavajillas y doblar una toalla.

Para la tarde del miércoles, la tropa se pone inquieta. Se están recuperando, pero todavía no a pleno rendimiento. Debido a que se encuentran ansiosos, empiezan a discutir entre sí.

Él apesta, ella está acaparando las colchas, él me está mirando jodidamente mal.

Los llevo al piso de abajo y los reúno en el cuarto de estar. Cada sofá, silla reclinable, sillón de dos plazas, y algunas partes del piso, están cubiertos con mantas, almohadas, y niños. Hinata yace en el sofá y me siento en el suelo, apoyándome en él. Ronan se encuentra boca abajo sobre una manta a mi lado.

Enciendo la televisión.

Y la discusión se pone en marcha nuevamente.

―Vamos a ver Bob Esponja.

―Bob Esponja es una estupidez. Pon MTV, están emitiendo 16 and Pregnant.

¿Recuerdas cuando MTV solía poner videos musicales?

―No vamos a ver 16 and Pregnant ―le dice Hinata a su sobrina.

―¿Qué tal Discovery Channel? ―sugiere Mitsuki―. Hay un maratón sobre los hábitos de caza de los leones. Se alimentan de una tonelada de gacelas.

―¡Pobres gacelas! ―se lamenta Namida.

Hay una pesadilla en proceso.

―¡Escuchen! ―grito―. Yo tengo el control remoto. Eso me convierte en el amo del universo. Y el amo dice que vamos a ver baloncesto.

Hay quejas y acuerdos en igual medida.

Un poco más tarde, Namida se baja del sillón reclinable, arrastrando su almohada con ella. Se desploma junto a mí y apoya su cabeza allí, mirándome. Su frente está muy húmeda y sus ojos vidriosos.

―¿Me cantarías una canción?

La miro.

―No.

―¿Por favor? ―dice con voz ronca.

Niego con la cabeza. No cederé.

―No sucederá.

Su mano sudorosa toca mi muñeca.

―Me ayudará a quedarme dormida.

Y así, la determinación comienza a romperse.

―Yo no canto ―explico con una pizca de desesperación.

Su labio tiembla, y la fisura se ensancha.

―Pero va a hacer que me sienta mejor. Y me siento muy mal, Naruto.

Me aferro a mi tarjeta de hombre con dedos rígidos.

―No me sé ninguna canción.

Dudo que Iron Maiden sea de gran ayuda en esta situación.

Ella parpadea lentamente.

―¿Por fis?

Y la fisura se ha convertido en el Gran maldito Cañón. Maldición.

Me aclaro la garganta y en voz baja canto la canción de One Direction que ha estado zumbando en mi cabeza durante días como insectos con exceso de cafeína.

―Todo el mundo en la sala lo puede ver...

Mi voz es demasiado profunda y entrecortadamente horrible. Los chicos gimen al unísono por la tortura. Chõchõ se anima desde el sillón y se vuelve en mi dirección, interesada de repente. Hinata se cubre la boca y sé que se está riendo bajo esa mano. Pero Namida... su mirada marrón me calienta hasta lo más profundo de mí ser. Porque es agradecida y ferviente y rebosante con veneración al héroe. Y por primera vez en veinticuatro horas, está sonriendo.

Así que sigo.

―Todo el mundo menos tú...

Termino el maldito coro. Namida aplaude suavemente y Chõchõ suspira soñadora.

―La mejor canción de todas.

Hinata se da por vencida en tratar de contenerlo y se ríe a carcajadas.

Le echo un vistazo por encima de mi hombro.

―Me odio a mí mismo en este momento.

Temprano en la mañana del jueves, un poco más de dos días después de que comenzara la plaga, Hinata está nuevamente de pie. Acaba de salir de la ducha; su cabello sigue húmedo y huele increíble. Ese olor limpio a champú con un toque de gel de baño de vainilla que me hace querer lamerla de pies a cabeza, y cada centímetro en el medio. Y no es ni siquiera un poco exagerado.

Está envuelta en una bata rosada adorablemente grande y esponjosa, ceñida en la cintura. Bajamos las escaleras y nos detenemos delante de la puerta.

―¿Estás segura de que te sientes mejor? ―pregunto.

―Sí. Puedo encargarme desde aquí. ―Asiente, sus ojos suaves con gratitud.

Estoy saliendo temprano; tengo que pasar por la casa y ducharme, luego estar en la corte en tres horas. Los chicos están mejor. Todavía no salieron de la cama ni fueron a la escuela, pero ya no vomitan todo en un cesto de basura cada dos horas. Así que... es un progreso.

Hinata descansa su mano en mi brazo, y tal vez solo estoy jodidamente cansado, pero mi piel parece sentir un hormigueo bajo su toque. No me puedo imaginar lo bien que se sentirá sobre la piel desnuda... envuelta alrededor de mi polla. Sin duda voy a tener que masturbarme antes de verla de nuevo.

―Gracias, Naruto. Una vez más. ―Sacude la cabeza, luciendo frustrada―. Nunca voy a ser capaz de pagarte.

Puedo pensar en algunas maneras.

Le guiño un ojo.

―Las acciones hablan más que las palabras. Y son mucho más divertidas.

―Tienes razón. ―Me aprieta el brazo suavemente―. Es por eso que voy a hacerte la mejor cena que jamás hayas comido, para mostrarte lo mucho que aprecio todo lo que has hecho por nosotros. El viernes en la noche. ¿Vendrás?

Oh chico, voy a venir. No tiene ni idea.

Pero pretendo pensarlo.

―Sin tofu, ¿verdad?

Hinata sonríe.

―Sin tofu.

Me inclino, más cerca de su oído, haciendo que tenga la piel de gallina en la porción expuesta a lo largo de su clavícula.

―¿Qué pensabas para el postre?

Su voz se vuelve sensual mientras me sigue la corriente, y lo hace bien.

―¿Qué te gustaría, Naruto?

―Voy a comer lo que sea con crema batida encima.

Se sonroja, y una risa burbujea de sus labios.

―Voy a asegurarme de abastecerme.

Coloco su cabello húmedo detrás de su oreja.

―Bien. Y traeré una película para mantener a los niños ocupados. Chõchõ mencionó que nunca vieron Goonies, lo que es simplemente criminal.

―Eso será perfecto.

Miro los ojos gris malva de Hinata.

―Realmente creo que lo será.

Continuará...