¡Sostente!
Malditos Celos
Salgo de mi auto frente a la casa de Hinata la noche del viernes. Y no es para sonar como un idiota total, pero hay rapidez en mi paso. Una ligereza en mi estado de ánimo. Estoy emocionado. Esperando esta tarde con Hinata y con los niños también. Claro, son media docena de pequeños bloquea pollas, pero son divertidos. Inteligentes. En general, bastante impresionantes.
El hecho de que haya una muy buena oportunidad de finalmente echar un polvo no hace daño, tampoco.
Llamo a la puerta, con un ramo de rosas blancas y la película en una mano. La puerta se abre, y delante de mí se encuentra un bronceado, tipo alto y desgarbado, con el pelo castaño oscuro alborotado estratégicamente, una camiseta blanca, pantalones caídos, y un collar de dientes. Levanta la barbilla en señal de saludo.
—Hola.
—Hola. —¿Quién carajo es, y por qué responde a la puerta?—. ¿Dónde está Hinata?
Da un paso atrás, abriendo más la puerta, girando la cabeza.
—¡Nena! Hay un tipo aquí. —Sus ojos marrones vuelven a mí—. Un gran chico. ¿Cuánto mides, un metro noventa?
—Algo así.
Doy un paso por delante de él, bajando las flores a mi costado, sintiéndome como un idiota por tenerlas. Hinata sale de la cocina, con un pequeño vestido negro con tirantes, sexy en su simpleza y zapatos negros de tacón con punta abierta. Su cabello cae suave y brillante alrededor de sus hombros.
—¡Naruto! —Su sonrisa es algo forzada.
—¿Qué está pasando? —pregunto de manera calmada.
Dos veinteañeros más salen detrás de ella: una chica de piel oscura con rastas largas y una cara impresionante, y un chico con pelo largo castaño vistiendo una fea, camisa de Paisley verde lima.
—Mis amigos vinieron a visitarme. —Su rostro se tensa en una disculpa—. No sabía que iban a venir. —Da un paso atrás, haciendo un gesto hacia la pareja detrás de ella—. Estos son Nikki y Kevin.
Nikki y Kevin me sonríen demasiado felices. Un poco ebrios aparentemente.
—Y este —Hinata señala al castaño asesino de quien sabe que—, es Kiba.
Kiba sonríe tontamente.
—Que hay.
Asiento hacia él, entonces entrego a Hinata las flores.
—Son para ti.
Las mira amorosamente, pasando su mano sobre los pétalos suaves.
—Son hermosas. Gracias.
Nada de cena. Y más importante, nada de follar.
Mierda.
Namida da vuelta en la esquina, su pelo separado en coletas rizadas, abrazándome por la cintura.
—Naruto, ¡estás aquí! ¿Trajiste la película?
La levanto para que la vea y rebota.
Chõchõ y Log se unen a nosotros luego. Kiba frota la mano rudamente en la cabeza de Log.
—Pequeño amigo, ¿qué tal si me traes una cerveza? Si veremos una película, voy a necesitar una cerveza.
La cabeza del Hinata se inclina.
—No tenemos ninguna, Kiba. Mi hermano y Karui no eran bebedores.
—Eso es una mierda.
Todos caminamos hacia el salón, y el músculo de mi mejilla se contrae mientras observo a Kiba lanzar su brazo alrededor de los hombros de Hinata casualmente. Cómodamente. Con íntima familiaridad.
Realmente no me gusta este imbécil. Y no soy el único.
Log viene hasta mi lado y susurra: —Si toca mi cabeza otra vez, perforaré sus pelotas.
—Suena como un plan.
—¿Podemos ver la película en la habitación de mamá y de papá? — pregunta Chõchõ con cuidado—. Solíamos tener una noche de cine allí cada semana. Pero no lo hacemos ya.. —Se encoge de hombros.
—Claro —digo.
—Creo que es una gran idea —concuerda Hinata con suavidad.
—¡Amigo! ¡Acabo de tener una gran idea! —dice Kiba, girando en mi dirección—. Así que... eres como el niñero, ¿verdad?
—¿El qué? —pregunto, mi expresión volviéndose hostil.
—¿Cómo una niñera, pero eres un chico? Puedes cuidar a los niños, ¿no?.
—¡Genial! —chilla Nikki, comprendiendo la idea de Kiba—. Por lo tanto, el señor alto, rubio, y sexy puede quedarse con los bebés, ¡mientras nosotros cuatro salimos!
Espero que Hinata decline.
Espero que diga que preferiría quedarse con los niños.
Conmigo.
Pero no lo hace.
Sólo se gira hacia mí inexpresivamente.
—¿Estarías bien con eso, Naruto?.
Un resoplido retumba fuera de mí. La frustración y el resentimiento arden a fuego lento en mi estómago, como ácido.
—Cualquier cosa que quieras hacer, Hinata.
—Genial. —Kiba asiente. Y todavía no ha quitado su puto brazo de su hombro.
Quiero apartarlo.
Los ojos de Kiba se arrastran sobre ella.
—Debes cambiarte, nena.
Le doy una mirada dura.
—Creo que se ve perfecta.
Su cabeza se gira.
—Bueno, claro, se ve caliente. —Luego se gira hacia Hinata—. Pero te ves como una mamá. Caliente y todo... pero aun una mamá, ¿sabes?
Y ahora quiero romper su boca, también.
Su cara cae, pero está de acuerdo.
—Bueno. Voy a cambiarme muy rápido y luego saldremos.
Diez minutos más tarde, baja las escaleras en vaqueros ajustados y un top blanco. La camisa presiona sus tetas en una fantástica manera, se ve hermosa. Pero diferente. Hay menos... elegancia en este conjunto. Y se ve infinitamente más follable.
Lo cuál no sería malo, normalmente. Si la hubiese conocido en un bar, llevando eso antes, hubiera hecho todo para conseguir que volviera a casa conmigo. Es sólo el hecho de que vaya sin mí, donde otros idiotas la miren y piensen lo mismo, lo que me molesta.
Me lleva a la cocina, recitando el horario de alimentación de Ronan y la hora de acostarse. Cosas que ya conozco ahora. Cuando deja de hablar, sus ojos se elevan desde el suelo hasta encontrarse con los míos.
—Siento lo de la cena.
—No lo hagas.
—Naruto, yo... —Se lame los labios, moviendo sus pies indecisa—. No los he visto en dos meses. No sabía... —Hace una pausa de nuevo, entonces parece encontrar las palabras que quiere decir—. ¿Estás enojado conmigo?.
Y sus ojos se ven tan esperanzados. Tan vulnerables. Mi voz se suaviza.
— No, no estoy enojado contigo.
Sus amigos idiotas, sin embargo, eso es otra historia.
—¿Y estás de acuerdo con esto? ¿Cuidar a los niños por mí?
En derecho procesal, se aprende muy rápidamente que las palabras tienen significado. Las preguntas, las respuestas, se plantean con cuidado y previsión, porque gran parte de lo que se dice podría estar abierto a la interpretación. Me he hecho muy bueno en esquivar, una habilidad útil en este momento.
—Tengo planeado estar aquí toda la noche de todos modos.
Y entonces pienso en esa rueda de hámster de nuevo. Toda la entrega de sí misma que ha hecho, sin pedir nada. Mi mano se extiende, cubriendo la suya.
—Deberías salir con tus amigos, Hinata. Que te diviertas. — No importa lo mucho que odie la idea—. Los niños y yo estaremos bien.
Sonríe, como si le hubiera quitado un peso. Y me siento un poco menos miserable.
La habitación de los esposos Hyûga está en el tercer piso de la casa. La escalera a su habitación comienza al final del pasillo del segundo piso.
La privacidad obviamente era importante para ellos. Y el romance, tenían seis niños, después de todo. La habitación es enorme: una sala, un baño tipo spa, armarios tan grandes como algunas cocinas de apartamentos. Las paredes son de un rojo elegante, la madera oscura. Hay una chimenea en la esquina con su retrato de boda en ella, se ven felices y jóvenes, y tan ansiosos por comenzar su vida juntos. En el tocador hay fotos de sus hijos, fotos naturales de primeros baños, mañanas de Navidad, días en la playa, y mimos para dormir.
Los niños están callados cuando entran, casi como si la habitación fuese un santuario. Pero después de unos minutos, su exuberancia natural y fácil comodidad con el espacio toma el relevo. Me recuerdan a cachorros en una caja, mientras suben en la cama de sus padres chocando entre sí, tendidos sobre los otros, hasta que todos están finalmente colocados y cómodos.
Chõchõ tiene a Hima en su regazo. A juzgar por la forma en que Hima chupa su pulgar y su mirada es lejana, tendrá suerte si está despierta más allá de los créditos de apertura. Mitsuki agarra al Tío Cosa en sus brazos como una manta de seguridad, y Namida acaricia el espacio vacío en el centro de la cama.
—Vamos, Naruto, hay espacio para ti.
No sé las reglas acerca de un hombre adulto metiéndose en la cama con niños con los que no está relacionado, pero sus expresiones colectivas, cómodamente expectantes, calman mi mente. Deslizo la película en el reproductor de DVD, agarro el mando a distancia, y salto sobre el colchón, por lo que todos rebotan y ríen.
Más tarde, para cuando los Goonies le dicen a Troy y su cubo que se vayan a la mierda, Namida pregunta: —¿A dónde se fue la tía Hinata?
Me tenso, pensando exactamente donde está Hinata y con quienes.
—Salió con sus amigos —respondo, intentando contener el disgusto en mi voz.
—No me gustan —susurra Chõchõ, con el fin de no despertar al cuerpo dormido de dos años en su regazo—. Fumaban hierba en el patio trasero.
—¿De ahí venía ese olor? —pregunta Namida.
—Sí.
Mis puños se aprietan. Son tan egoístas, irresponsables, fui joven una vez también, pero veintiséis años no es tan joven. Es demasiado viejo para ser una excusa para la estupidez.
—Eran idiotas —dice Log.
Ni siquiera lo castigaré por el idioma, porque no podría estar más de acuerdo.
Entonces volvemos a ver la película.
—Eso fue impresionante —declara Mitsuki mientras Cyndi Lauper canta en los créditos.
—¿Hay una segunda parte? —pregunta Chõchõ.
—Nop. —Bostezo—. En los años ochenta sabían que no debían meterse con la perfección.
Namida salta en mi regazo, haciéndome gruñir. Entonces me agarra la cara con ambas manos pequeñas, deslizando una hacia abajo y empujando la otra hacia arriba.
—Eres un poco como ese chico Sloth, Naruto. Eres grande y fuerte. — Me mira, pensativa—. Pero no eres tan feo como él.
Aceptaré lo que pueda conseguir.
—Gracias —murmuro aunque aprieto los labios.
Los niños bajan de la cama, estirándose y con cara de sueño. Log pregunta—: ¿Tenemos que lavarnos los dientes?
Camino con ellos por las escaleras hasta el segundo piso.
—No, creo que los dientes van a sobrevivir una noche sin ello. Solo vayan a dormir.
Los chicos se dirigen a su habitación, y Chõchõ emerge de la de Hima después de acostarla con éxito. Me detiene con su juiciosa mirada adolescente, entonces me da la más pequeña de las sonrisas.
—Esto fue muy divertido. Gracias.
Y una extraña, sensación de calor hormiguea en mi pecho.
—Lo fue. De nada.
Namida toma mi mano y me lleva a su habitación. Es de color rosa y de princesa, con un unicornio y un arco iris pintado en un mural azul en el techo. Se mete en la cama con dosel.
—¿Te acostarás conmigo, Naruto?
Niego con la cabeza.
—No.
Castañetea los dientes dramáticamente y levanta las mantas hasta su barbilla.
—¿Pero que si el tuerto Willie trata de llevarme?
Me rasco la nuca, debatiéndome.
—Bien... ¿podemos dejar la puerta abierta y la luz del pasillo encendida?
Nope, no lo suficientemente bueno.
—Y.. puedo sentarme afuera de tu puerta hasta que te duermas. —Traje mi ordenador portátil para trabajar un poco, y el suelo me sirve, tanto como un escritorio. No soy exigente.
—Está bien. —Sonríe. Entonces me hace un gesto con la mano para que me acerque. Me inclino y levanta la cabeza de la almohada, colocando el beso más suave en mi mejilla.
Y el extraño, hormigueo cálido surge en venganza.
—Buenas noches, Naruto. Dulces sueños.
La observo por un momento mientras yace debajo de las sábanas, la imagen misma de todas las cosas puras y buenas e inocentes. Y todo en mí quiere que sea capaz de quedarse así.
Niego con la cabeza ante mi sentimentalismo. Porque no creo en esa mierda ñoña. Duro, cínico, brutalmente honesto, sí, pero nunca cursi.
Apago la luz.
—Buenas noches, Namida.
Tiempo después, no se si treinta minutos o tres horas, me despierto en el suelo, mi ordenador abierto en mi regazo, mi barbilla en mi pecho, mi cuello dolorido y mi culo completamente entumecido. Estoy desorientado al principio; no estoy seguro de dónde estoy ni por qué estoy en el maldito suelo. Miro a mi alrededor, inhalando profundamente, y entonces recuerdo. Los Goonies, Hinata saliendo con sus amigos perdedores, los niños.
Cierro el portátil y froto mis ojos, preguntándome qué me despertó. Namida está fuera de combate y todo está silencio en las otras tres puertas cerradas en la sala, incluyendo la habitación del bebé. Me pongo de pie y... Thump.
Un sonido proviene de la planta baja, entonces escucho inteligibles voces bajas.
¿Qué demonios?
Mis músculos se tensan, esperando problemas. ¿Tal vez alguien está entrando? Me pregunto si Hinata movió esa llave de debajo de la alfombra.
— Mmm... sí...
Eso fue un gemido masculino. Un ladrón no gemiría.
Me arrastro por las escaleras, forzando los oídos. Y las voces se aclaran más con cada paso.
—¡Kiba! —Esa fue Hinata.
—Eres tan jodidamente caliente, bebé.
Mi estómago se retuerce y mis puños se aprietan. No es un ladrón.
—Te necesito tanto —dice.
—Kiba...
Su voz es baja, un susurro áspero porque está pensando en los niños. Siempre está pensando en los niños. Pero sus palabras son claras.
—Kiba, aléjate.
Y también son las de él.
—No seas una perra, Hina. Sé que lo quieres.
—No. Detente, Kiba, ¡no!
—Shh, relájate. Sólo déjame...
Y enloquezco.
Giro en la esquina en la sala. Están en el sofá, todavía con la ropa puesta. Él está en la parte superior, apretándose contra ella, cubriéndola casi por completo a excepción de sus piernas.
Sus piernas retorciéndose.
En un solo movimiento, lo aparto de Hinata por la parte de atrás de la camisa. Lo sostengo con una mano y le doy un puñetazo en la cara con la otra. Mi puño hace contacto con un crujido de satisfacción y siento su nariz romperse bajo mis nudillos. Mi visión se tiñe de blanco con rabia, y mi pulso late en mis tímpanos mientras me retiro y lo golpeo de nuevo en la boca. Él levanta sus manos para protegerse, y lo tiro al suelo.
Solo para poder patearlo. Mi puntapié lo alcanza justo debajo de la costilla, sacándole el aliento de sus pulmones.
Y quiero más. Estoy hambriento por ello, dolor, sangre, y maldito sufrimiento.
Jadea y resuella, tratando de buscar aire. Pero no lo escucho. En realidad, ni siquiera lo veo. La única imagen reproduciéndose detrás de mis ojos es Hinata, dulce y gentil, negándose y luchando debajo de él. Diciéndole que no. Rogándole que se detenga.
Él no lo hace. ¿Por qué mierda debería hacerlo yo?
Lo levanto por su brazo de un tirón y lo lanzo contra la pared.
—Ella dijo que no ¡idiota! ¿Estás sordo? —Luego envuelvo mis manos alrededor de su garganta.
Es suave. Débil. Tan fácilmente rompible.
Y aprieto.
Sus ojos sobresalen y agarra mis manos. Pero es tan eficaz como el roce de las alas de una mariposa.
—Naruto, por favor, no lo hagas.
La mano de Hinata está sobre mi hombro, y su voz es baja. Rogando.
— Naruto, no lo hagas. Por favor detente.
Se siente como un puerto, estable y calmo en medio de las aguas oscuras agitadas y mortales.
Y entonces me detengo. No porque él lo merezca. Solo porque ella me lo pidió.
Lo suelto y el imbécil se desliza hasta el suelo, tosiendo y sangrando. Jadeo, bajando mi mirada hacia él, mi corazón latiendo salvajemente en mi pecho. Agarro su chaqueta de la silla, lo suficientemente consiente para sacar las llaves del bolsillo, porque huele como una fábrica de cerveza, antes de lanzársela.
—Vete —gruño, sonando tan salvaje como me siento.
Limpia su cara ensangrentada con su chaqueta y me mira con ojos llenos de odio e impertinentes.
—Necesito mis llaves —espeta.
Maldito tonto.
—No. Puedes dormir en tu auto. Cuando estés sobrio por la mañana, entonces puedes llevar tu patético trasero a otro lugar.
En realidad, abre su boca para discutir, pero no se lo permito.
—Tienes dos opciones. Dormir en el jodido auto, o terminar inconsciente en el hospital. Sé cual preferiría yo. Y no es el auto.
Mira por encima de su hombro a Hinata, y el vello se me pone de punta al pensar que incluso su mirada la está tocando.
—Kiba haz lo que él dice. Nikki y Kevin se levantarán dentro de unas horas. Luego todos ustedes podrán irse.
Con una mirada final, camina, encorvado, saliendo por la puerta. La cual cierro de un golpe detrás de él.
Le doy vuelta a la cerradura y al pestillo para asegurarme que se quede afuera. O tal vez para asegurarme de que yo no salga y lo mate. Mis manos tiemblan, todo mi cuerpo todavía vibrando con una furia apenas contenida, y algo más a lo que no quiero colocarle un nombre.
Desde atrás de mí, la voz de Hinata tiembla.
—No puedo creer que Kiba tratara...
Me doy vuelta como un volcán errante y exploto sobre ella.
—¡Por supuesto que iba a intentarlo maldición! ¿Qué demonios esperabas?¿Pensaste que viajaría por todo el país solo para un abrazo y un beso en la mejilla?
Los brazos abrazan su cintura con mucha fuerza. Su voz se hace más baja.
—Pensé que era mi amigo.
—Lo de ser ingenua es lindo Hinata, pero ser una maldita idiota no lo es. Endereza su espalda como si hubiera levantado mi mano para golpearla.
— ¿Disculpa?
Sentimientos desconocidos burbujean en mi interior como alquitrán negro, revistiendo mis entrañas, espesos y pegajosos.
Y feo.
—¿Tu amigo? —Me río. Y arrastro mis ojos de arriba hacia abajo por su cuerpo—. ¿Vistes de esa forma para todos tus amigos? —Chasqueo mi lengua—.Tipos afortunados.
Su voz se levanta una octava.
—No hay nada de malo con cómo estoy vestida.
Mis preguntas cortan el aire. Afiladas y cortantes.
—¿Estás borracha?
—No.
—¿Estás drogada?
—¡No!
—¿Has follado con él antes?
—¡Eso no es asunto tuyo!
Mi boca se tuerce.
—Eso es un sí.
—¡No me interrogues!
—¿Sabes lo que pudo haberte ocurrido si no hubiera estado aquí? —grito, olvidándome de los seis niños durmiendo en la parte de arriba.
Porque eso es el centro de todo, lo que me ha dado ansias de asesinar. Lo que me hacer querer atravesar la pared con mi puño, o, más exactamente, me dan ganas de agarrar a ese pedazo inútil de mierda que se encuentra afuera y atravesarlo con mi puño. Son las cosas indecibles que le pudieron haber ocurrido a ella si alguien más que yo hubiera estado aquí.
He mirado los ojos de las sobrevivientes. He visto las secuelas. Y, claro, tal vez siguen adelante. Y quizás consigan superarlo. Pero jamás lo olvidan. Y jamás, nunca llegan a ser las mismas.
—Sí, Naruto estoy muy consciente. Al contrario de lo que tú crees, no soy estúpida. Agradezco que te encontraras aquí. —Su voz cambia de inexpresiva a fría—. Y ahora puedes irte.
Señalo a la puerta.
—No voy a ir ningún maldito lugar mientras él esté ahí afuera.
—De acuerdo. Disfruta el sofá.
Entonces soy despedido. Hinata se da la vuelta, su espalda tan recta como la de un soldado, y camina hacia el pasillo. Después de dar tres pasos mira para atrás, y sus palabras me golpean como una bola de demolición.
—Naruto ahora veo por qué eres un abogado de defensa tan exitoso. Eres muy bueno en culpar a la víctima.
Por un segundo solo me quedo ahí de pie. Demasiado aturdido, tal vez muy avergonzado, para responder.
Sube por las escaleras, y me encuentro solo. Con el eco de todas las cosas que no debería haber dicho zumbando en mis oídos.
Cinco minutos más tarde me encuentro en la cocina, hurgando en los armarios y cajones, como un adicto que olvidó dónde escondió su alijo.
Y murmurándole al hermano muerto de Hinata.
―Vamos, Neji, conocí a tus hijos. ―Compruebo la parte trasera de la nevera, moviendo a un lado una jarra de leche de almendras, un bloque de tofu y una bolsa de peras orgánicas―. No hay una jodida manera de que no tengas alcohol en algún lugar de la casa.
En este punto me conformaría con una botella de NyQuil. Busco en el congelador. Y ahí, debajo de los envases de salsa de espagueti congelado, encuentro oro líquido. Una botella de Southern Comfort.
Miro la etiqueta, ya saboreando el alivio en mi lengua. ―Bravo, Neji. Mi tipo de hombre.
Desenrosco el tapón y tomo un trago, demasiado impaciente para servirlo en un vaso. El líquido frío quema formando un agradable y adormecedor sendero por mi garganta. Antes de cerrar el congelador, agarro una bolsa de guisantes para mis doloridos nudillos. Después tomo un vaso del armario y lo lleno hasta la mitad con el alcohol color ámbar. Mientras formo un remolino en el vaso, el golpeteo de pies cubiertos en calcetines viene bajando por la escalera trasera.
Y un momento después, Log se encuentra de pie en la entrada, en pantalones de dormir azules y una camiseta blanca de algodón, con su rizado cabello celeste sobresaliendo en todas direcciones. Pero sus ojos se ven alertas y muy abiertos, lo que me dice que ha estado despierto desde hace algún tiempo.
―¿Qué haces fuera de la cama? ―pregunto gentilmente.
―Me dio sed ―miente―. ¿Puedo tomar un vaso de agua?
Me muevo para que se siente en el centro de la isla, luego lleno un vaso con agua fría del fregadero. Lo deslizo frente a él, y por unos instantes bebemos de nuestras respectivas bebidas en el tranquilo silencio de la cocina poco iluminada.
Hasta que confiesa―: Los escuché a la tía Hinata y a ti.
Solo asiento.
Me mira con una vacilante y aguda mirada dorada.
―Fueron ruidosos. Sonabas... enojado.
Trago un sorbo y exhalo.
―Sí. Estaba enojado.
La culpa ya carcomiéndome. Pero cuando sus rasgos se tensan por la preocupación, la picadura de pesar se siente particularmente aguda.
―¿Te irás?
Pongo mi vaso sobre la encimera y lo miro a los ojos.
―No, Log, no me iré.
Su rostro se relaja.
―Bien.
Bebe su agua, y luego pregunta―: ¿Por qué pelearon?
―Yo... perdí mi temperamento.
―¿Actuaste como un pequeño imbécil enojado? ―pregunta, usando mis propias palabras en mi contra.
Resoplo. El chico es astuto, le concedo eso.
―Algo así.
―Mis padres solían pelear de vez en cuando...
Con el estrés de tantos hijos, no me sorprende. En realidad, si en algún momento Neji Hyûga hubiera actuado como "Aquí está Johnny" de la película El resplandor, no me sorprendería.
―... pero discutían en el auto.
Una sonrisa se forma en mis labios.
―¿En el auto?
―Sí. ―Se ríe―. Supongo que no querían que supiéramos que peleaban, por lo que salían a donde no pudiéramos escucharlos. Los veíamos desde la ventana de arriba. ―Su voz se silencia, sonriendo ante el recuerdo―. Las manos de mi madre se movían así...
Los brazos de Log se mueven sobre su cabeza como un pulpo epiléptico.
―Y mi papá estaba...
Se pellizca el puente de la nariz y sacude la cabeza: imitando perfectamente a un hombre intentando razonar con una mujer irrazonable.
―¿Qué pasaba cuando entraban de nuevo? ―pregunto.
Piensa un momento antes de responder.
―Ellos, como que, andaban alrededor del otro. Sin hablarse o mirarse. Pero después de un tiempo, las cosas volvían de nuevo a ser normales, ¿sabes?
No lo sé, la verdad. Yo tenía un asiento en primera fila para los "desacuerdos" de mis padres. Pero asiento y le digo lo que ya sabe.
―Ellos eran buenos padres, chico.
Suspira profundamente, con apenas una sombra de tristeza.
―Sí.
Termino el resto de mi bebida.
―Vamos, ya es tarde. Vuelve a la cama.
Log salta del taburete y juntos subimos las escaleras. Cuando llegamos a la puerta de su habitación, finge una actitud indiferente con la que ahora estoy familiarizado.
―No soy un bebé, sabes. No tienes que arroparme.
Palmeo su espalda.
―Sí, lo sé.
Pero de todas formas entro en la habitación con él. Mientras Log se mete en la cama de abajo, echo un vistazo hacia donde Mitsuki ronca en la parte superior y subo las mantas que pateó. Una vez que se encuentra acomodado, también organizo sus mantas.
―Buenas noches, Log. Dulces sueños.
―Buenas noches. ―Se gira a su costado, acurrucándose en las almohadas.
Camino hacia la puerta, pero antes de salir, la voz tranquila de Log me detiene―.Me alegro de que estés aquí.
Y con asombro, comprendo... que yo también.
Me doy la vuelta, encontrando su pequeño cuerpo en la oscuridad, con una tímida sonrisa en sus labios. Y le digo―: Yo también.
Entonces cierra los ojos.
Sin embargo, hay alguien que probablemente no se siente tan feliz de que esté aquí en este momento. Y me dirijo directamente a su habitación. Debido a que ella y yo necesitamos hablar.
Escuché gente hablar sobre la ansiedad. Los nervios. Pero eso no me sucede. No me siento nervioso antes de una declaración de apertura o de cierre, ni cuando mi jefe me llama a su oficina para una reunión, y desde luego tampoco antes de un ligue. Supongo que nunca me preocupaba por nada, ni por nadie, lo suficiente como para preocuparme por cosas que no funcionan. Siempre pensé que sería capaz de arreglarlo o encontrar una opción igual para reemplazarlo.
Sabes lo que diré a continuación, ¿cierto?
Sí: parado afuera de la puerta del dormitorio bien cerrado de Hinata, me siento jodidamente nervioso. Mis manos sudan, mi estómago esta tenso, mi piel pica, y puedo sentir el corazón en la garganta.
¿Cómo vive la gente así?
Es horrible. Lo odio.
Y la forma más rápida para no sentirse así, es simplemente ir directo al asunto. Hablar con ella. Comer mierda y sonreír mientras mastico. Lo que estoy totalmente preparado para hacer.
Si tan sólo pudiera obligarme a en realidad tocar la puerta.
Pero ahí es donde la ansiedad malvada entra en juego. No me permite llamar a la puerta, porque... ¿y si me dice que me joda? ¿Y si no acepta mis disculpas? ¿Y si llegó a la conclusión de que soy un imbécil violento que es inadecuado para permanecer a su alrededor y de los niños?
Mierda.
Un movimiento en la parte inferior llama mi atención y bajo la mirada, tío Cosa me mira con frialdad. No menea la cola, y su mirada es burlona. Casi puedo escucharlo decirme cobarde telepáticamente.
―Cállate ―gruño.
Se gira con disgusto y se aleja trotando.
Me paso la mano por el cabello, tomo un respiro y toco dos veces. Es lo suficientemente suave para que no llegue a cualquiera de los doce oídos en el piso de arriba, pero es decisivo; las mujeres responden a la confianza. La puerta se abre más rápido de lo que esperaba, y sólo lo suficiente para enmarcar el rostro de Hinata. Sus ojos se encuentran enrojecidos y húmedos.
Apoyo la mano en el marco, inclinándome.
―¿Estás bien?
Su barbilla se eleva, toda estoica intentando fingir indiferencia, pero es tan mala en eso como su sobrino malhablado y roba autos.
―Estoy bien. Luego me cierra la puerta en la cara. No la azota, pero tengo la sensación de que realmente quiere azotarla.
Toco de nuevo.
Y vuelve a abrirse, mismo ancho, misma expresión mirándome.
―Actué como un idiota contigo. ―Pensé que era mejor saltar los formalismos y llegar directamente al grano.
Esta vez su mirada se eleva y baja, midiendo mi sinceridad. Su hermosa boca permanece en esa firme línea de "jódete".
―De acuerdo.
Y cierra la puerta.
Cuando toco de nuevo y la puerta se abre otra vez, coloco mi pie dentro para mantenerla abierta.
―Lo siento, Hinata.
¿Puede escuchar el estrés? ¿El arrepentimiento que jodidamente no suena para nada como yo? ¿Sabe que esta nueva voz solo está reservada para ella?
Por supuesto que no, idiota... porque no se lo has dicho.
―Me enojó que él, que cualquier persona, intentara hacerte daño. Me desquité contigo, y me equivoqué.
Hinata parpadea y su semblante se descongela un par de grados, pero sigue siendo frío. Se encoge de hombros, y casi río. Porque veo exactamente de dónde lo tomó Chõchõ.
―Olvídalo, Naruto. Está bien.
―No está bien. ―Presiono el rostro en la apertura entre el marco y la puerta, sintiéndome como un maldito idiota, pero poniéndolo todo en la línea―. Y parte de la razón por la que estaba enojado, incluso antes de que te fueras con ellos, fue porque... sentí celos.
Su mandíbula cae.
―¿Celos?
Asiento.
―¿Puedo entrar? Me siento como un idiota hablando a través de la apertura.
―Oh. ―Se mueve hacia atrás, abriendo la puerta de par en par―. Claro. Entro y cierro la puerta detrás de mí, y me encuentro rodeado de todas sus cosas: su olor en el aire, la ropa colocada en la silla de la esquina, las joyas que adornan su delicado cuello sobre la cómoda, una foto enmarcada de ella en un vestido de graduación, flanqueada por su hermano y su cuñada, sobre la mesita de noche, y su cuaderno de dibujo abierto en la cama. La sobrecarga sensorial de estos íntimos lugares y aromas, literalmente me hace sentir débiles las rodillas.
Ella se encuentra delante de mí, esperando. Se cambió de ropa, se fue el sexy top y los pantalones ceñidos. En su lugar se hallan una aún más sexy sudadera azul rey de los Dodgers y unos diminutos pantalones cortos blancos de algodón. Su rostro perfectamente libre de maquillaje, enmarcado por las suaves mechas negra azuladas. Mi mano se contrae por el loco impulso de pasar los dedos por esas mechas; contar cada tono brillante de color que encuentre.
―¿Segura de que estás bien? ―pregunto.
Desdobla los brazos y asiente.
―Sí. He tratado antes con chicos demasiado ansiosos. ―Se sienta en la cama, jugando con la manta―. Solo que nunca esperé que Kiba fuera uno de ellos.
No quiero preguntar, pero el masoquista dentro de mí tiene que saber.
―¿Él es... como... un novio?
―No, nunca fue de esa manera. Éramos... amigos. Casual, ¿sabes?
Sí, sí lo sé.
Sacude la cabeza.
―Ellos me enviaron un mensaje desde el aeropuerto después de que aterrizaron, una sorpresa. Pero tan pronto como llegaron aquí, supe que fue un error. Como todo, la manera en que veo las cosas, mi idea de un buen momento, ha cambiado. ―Sus ojos se arrugan por la pena. Pena por su hermano, por la chica despreocupada que solía ser―. Creo que la responsabilidad te hace eso.
Me siento en la cama junto a ella.
―Lo siento.
Siento que tu hermano muriera. Siento que tuvieras que madurar en una sola noche. Siento que lleves el peso de seis mundos en tus delgados hombros.
Mi mano se mueve a su rodilla para darle consuelo, pero cuando mi palma hace contacto con su piel cálida, se transforma en algo más.
Y ella lo siente también.
Sus pestañas gruesas se abanican un poco, su mirada en la mía. Se inclina hacia mí, cada vez más cerca.
―¿Por qué estabas celoso de Kiba, Naruto? ―Su lengua se muestra, mojando su labio inferior. No creo que se dé cuenta de que lo hace, pero no puedo notar nada más que eso―. Es decir, él es un idiota, aún dependiendo de sus padres, todas las noches de fiesta. Tú tienes una vida real; tienes una carrera increíble.
―Pero él te tenía. ―Ni siquiera pienso antes de hablar, porque algo sobre Hinata Hyûga me hace querer dar más. Extiendo mi otra mano y acuno su mejilla. Los mechones sedosos de su cabello se deslizan por mis dedos―. Al menos por esta noche, te tenía. ¿Cómo podría no estar celoso?
Hinata se inclina acercándose más y bajo la cabeza, hasta que nos hallamos a pocos centímetros de distancia. Tan cerca que puedo saborear la dulce menta de su aliento.
―¿Es eso lo que quieres? ―pregunta en voz baja―. ¿Me quieres?
Me pierdo en esos ojos gris malva. Infinitos Y mi voz es apenas un susurro―: Todo el tiempo. No puedo recordar no quererte.
Cerramos el espacio entre nosotros, y nuestros labios se fusionan. Jesús. Al principio es lento, una exploración suave. Y luego mis dedos la sostienen con más firmeza, presionando su nuca, jalándola más cerca. Mi boca cubre la de ella; es flexible, suave y tan jodidamente ansiosa. Se siente... eléctrica... e importante.
Como si cada beso anterior fuera sólo un ensayo general para prepararme para este. Para traerme aquí, a este momento, donde no puedo saborearla lo suficientemente profundo, no puedo acercarme lo suficiente. Me presiono con más fuerza contra ella, y ella se encuentra justo ahí conmigo: arqueando la cabeza, encontrando mis toques. Froto mi lengua por sus labios, saboreando la menta y a ella. Hinata abre la boca y deslizo la lengua dentro de sus profundidades húmedas, ahondando y gimiendo, listo para devorarla.
Con nuestras bocas aún unidas, se eleva sobre sus rodillas, subiendo por encima de mí. Sus dedos pasan por mi mandíbula, tocando mi mejilla. Nos movemos más dentro de la cama, y ella se acuesta de espalda, sus manos me guían a ella, manteniéndome cerca.
Me coloco entre sus muslos abiertos, sintiendo el calor y la tensión, el deseo absoluto. Sus pezones se hallan duros y calientes bajo la sudadera. Se presionan a través de la tela contra mi pecho como dos llamas afiladas, y jodidamente gimo contra su boca. Porque quiero avivarlas con mi lengua, succionar ese fuego. Inclina la cabeza, deslizando su lengua lentamente contra la mía.
Y sus caderas lentamente, deliberadamente se elevan.
Joder. Empujo contra ella en un largo y tenso frotamiento, porque se siente demasiado malditamente bien como para no hacerlo. Responde con un gemido enérgico, bajo, gutural, y tan decadente como el sabor de su lengua. Mi mano sube por su suave muslo desnudo, hacia la cadera. Aferrándola con dedos ásperos, sosteniéndola quieta, así me puedo frotar contra ella de nuevo.
Pero entonces gira la cabeza hacia otro lado, respirando con dificultad.
―Naruto, los niños...
Mierda. Pensar en la media docena de demonios dormidos a sólo unos metros debería poner freno a mi deseo. Pero no lo hace. La erección rígida y caliente presionándose entre nosotros susurra: Pueden ser silenciosos. Ellos están dormidos. Tienen horas y horas hasta la mañana, lloriquea. Sólo piensa en lo que podemos hacer con todo ese tiempo.
Y como si el bebé realmente pudiera oírlo, el grito de Ronan resuena desde el monitor en la mesa de noche.
Doble jodida mierda de perro.
Ese no era yo. Esa era la polla hablando.
Ruedo fuera de Hinata. Cubro mis ojos con mi antebrazo y mi aliento sale en bocanadas contundentes, como si hubiera corrido un maratón.
Pronuncia mi nombre otra vez, y digo jadeando―: Está bien, tienes razón. Sólo... sólo dame un minuto. O una hora. Posiblemente un día.
Hinata se ríe sin aliento, con un asomo de frustración.
―Mi sobrino es increíblemente oportuno.
Levanto mi brazo y la miro. Sus mejillas se hallan sonrojadas satisfactoriamente, sus labios hinchados. Es una muy buena apariencia en ella. Se incorpora para ir a atender al bebé hambriento, y me volteo de costado y tiro de ella contra mí.
―Deja que te lleve a una cita mañana en la noche ―digo.
Sus dedos se deslizan por mi frente.
―No tengo a nadie que cuide a los niños. No puedo encontrar a una niñera de la nada. Son muchos a los cuales cuidar.
―Tengo eso cubierto. ―Sucede que conozco a la criadora de niños más fuerte, más capaz y paciente de todas. Ella me llevó a la edad adulta en una sola pieza, y yo era mucho peor que todos los Hyûgas juntos.
Hinata se inclina hacia atrás.
―¿Sí?
―Sí. Así que di que sí.
Me besa, rápido y duro, de la forma en que me gusta. Luego salta de la cama porque Ronan está llorando a todo volumen.
―Sí.
Continuará...
