¡Sostente!


Una Realidad


Aunque la mayor parte de la noche la pasamos en su cama, en realidad no duermo en la de Hinata. Me voy a mi casa antes de que los niños despierten.

Hemos hablado al respecto; no quiere confundirlos o darles un mal ejemplo. Así que, una mañana muy temprano, después de mi carrera y una ducha, estoy enroscando una corbata alrededor de mi cuello, cuando mi teléfono se ilumina con el nombre de Hinata. Me lo llevo al oído.

—Déjame adivinar. ¿Has encontrado a una niñera que hace que Mary Poppins se vea como una vaga y estuvo de acuerdo en cuidar a los niños durante toda una semana, por lo que me necesitas a mí y a mi polla dura en la casa lo antes posible?

Su risa gutural viene a través del altavoz.

—Ese es un hermoso sueño, pero solo un sueño. Te llamo por otra cosa, algo que en realidad es más maravilloso. ¿Estás sentado?

Curioso, me siento en la tapa cerrada del inodoro.

—Ahora lo estoy. ¿Qué pasa?

—Escucha esto.

Hay un poco de ruido: el sonido de ella ajustando su teléfono celular. Más lejos oigo su voz.

—Hima, ¿has aprendido una nueva palabra?

Entonces, alto y claro, viene la diminuta voz de Hima.

—No.

—¿Estás segura? —pregunta Hinata.

—No.

—Hima, dice no.

—¡No, no, no!

En el momento en el que Hinata vuelve al teléfono, me estoy riendo demasiado. Y el orgullo, ese tipo de orgullo ridículo, que te debilita las rodillas, me invade.

—¿Qué piensas de eso? —pregunta Hinata con una enorme sonrisa en su voz.

—Creo que tenemos una jodida genio entre nosotros.

En un día a principios de abril, Hinata tiene una reunión con Anko en las oficinas de la Agencia de Servicios para Familias y Niños. Lleva a los dos pequeños con ella y termino mi trabajo temprano para estar en la casa cuando los otros lleguen de la escuela.

Estoy sentado en el patio delantero cuando Log y Mitsuki se abren paso por el camino de entrada. Y antes de que siquiera me alcancen, visualizo una mancha roja brillante en el pómulo de Mitsuki, fresca, pero ya empezando a amoratarse.

—¿Que te pasó en la cara?

Mitsuki le da un vistazo a su hermano, y luego de nuevo a mí.

—Me caí subiendo las escaleras en la escuela. Me golpeé la mejilla en la barandilla de metal.

Apunto a la silla junto a mí.

—Siéntate. —Entonces agarro una roca de tamaño decente desde el jardín, regreso a mi lugar, y empiezo a golpetear sus rodillas, viéndolas sacudirse ante el impacto.

Se ajusta las gafas.

—¿Qué estás haciendo?

—Comprobando tus reflejos.

—¿Por qué?

—Porque tienes nueve. Y a menos que una persona esté muy vieja o enferma, el reflejo automático del cuerpo al caer hacia adelante es proteger la cara y los órganos vitales de una lesión, suavizando el impacto con las manos. Así que... antes de que te acuse de estar lleno de mierda, quiero estar seguro de que no tienes un tumor cerebral.

Después de otro golpeteo, pongo la roca sobre la mesa de hierro forjado y lo miro a los ojos

— Todo parece normal. Así que, ¿quién te dio un puñetazo en la cara, Mitsuki?

Log sale de la conversación, caminando hacia el jardín del frente, y su hermano suspira.

—No puedes decirle a la tía Hinata.

—¿Por qué no?

—Porque llamará al director y vamos a tener una reunión, y eso sólo hará que todo...

—Sea peor. —Asiento, totalmente comprendiéndolo.

—Sí.

Me inclino hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas.

—No voy a decirle a tu tía, pero vas a comenzar a hablar conmigo. Ahora mismo.

—Su nombre es Kawaki Sheridan. Me odia.

—¿Es un atleta? —adivino—. ¿Te hace la vida imposible para mostrarles a sus amigos lo maravilloso que es?

—No, él está en todas las clases a las que avancé por examen. La Sociedad Nacional de Honor también. No hace deporte.

¿Un matón nerd? Eso es nuevo. Los tiempos han cambiado desde que yo iba a la escuela.

—Pero mi promedio es mayor que el suyo. Siempre saco mejores notas que él en las pruebas, por eso me odia —explica Mitsuki, su voz melancólica.

—¿Cuándo comenzó esto?

Lo piensa.

—Enero. Fueron pequeñas cosas al principio, meterse con mi casillero, hacerme tirar los libros de mis manos, hacerme tropezar. Pero últimamente las cosas se han... intensificado.

Asiento lentamente, la ira crepitando como un fusible lleno.

—¿Y cómo reaccionas cuando Kawaki hace estas cosas de mierda?

Se encoge de hombros, avergonzado.

—Sólo intento permanecer fuera de su camino. Estoy pensando en bajar mis calificaciones a propósito. No quería recurrir a eso, pero quizás me dejará tranquilo si puede ser el número uno en su clase.

Es entonces cuando me doy cuenta de Log, aún en el césped, agachándose de vez en cuando, con una bolsa de plástico en la mano.

Acuno mi boca con las manos.

—¿Qué estás haciendo?

—Recogiendo la mierda de Cosa —grita en respuesta.

—¿Por qué?

—Para ponerla en una bolsa y encenderla en el casillero de Kawaki Sheridan.

Bien... esa es una manera de tratar con ello.

—Tu corazón está en el lugar correcto, pero no creo que sea una buena idea.

—Agito una mano—. Ven aquí.

Tengo otra estrategia en mente.

Miro a Mitsuki, evaluándolo.

—Eres delgado... débil.

—Sí —suspira—. Lo sé.

—Pero... si puedes ser rápido, si sabes los puntos vulnerables para golpear, eso no importará.

—¿Quieres que golpee a Kawaki?

—¿La próxima vez que te aborde? Quiero que le rompas la maldita nariz. Te garantizo que no te molestará de nuevo después de eso.

Mitsuki se queda mirando al suelo, reflexionando.

—Mi padre solía decir que la violencia nunca es la respuesta.

—No lo es. Pero defenderte a ti mismo no es violencia, hay una diferencia. Tu padre querría que te defendieras, Mitsuki.

Parece acordar con ese razonamiento.

—Pero... no sé cómo golpear.

Pongo mi mano en su hombro.

—Yo sí.

Después de que Hinata vuelve a casa, llevo a los chicos a mi gimnasio. Pasamos las próximas dos horas golpeando la bolsa —Log utilizando sólo el puño que no está en una escayola. Le muestro a Mitsuki cómo apuntar, cómo poner su peso detrás de un golpe, cómo aterrizar uno sin romperse el pulgar. Mientras salimos y subimos a mi coche, luce decididamente más animado que cuando llegó a casa de la escuela.

Y entonces mi teléfono suena.

Es la compañía de monitoreo.

—Jodido Iwabe —espeto en voz baja—. ¿Dónde está? —vocifero en el teléfono.

Me dan la dirección y giro en U.

—Un momento, muchachos, tenemos que hacer un desvío rápido.

Quince minutos más tarde, estaciono delante de una mansión. No es una casa grande que se puede llamar una mansión, es una maldita mansión real.

Grupos de veinteañeros y personas incluso más jóvenes están reunidas en grupos por todo el césped, sosteniendo vasos rojos de plástico y fumando cigarrillos.

Coches aparcados al azar a lo largo del gran camino de entrada, y la música resuena desde las ventanas iluminadas. Log y Mitsuki se encuentran detrás de mí mientras atravesamos la puerta principal.

—Quédense cerca de mí, chicos.

Los ojos de ellos se amplían con asombro a medida que pasamos de habitaciones con mujeres, chicas semidesnudas caminando ahí, en medio de gritos y risas. Sus cuellos se estiran y giran a la vista de chicos en gorras de béisbol y vaqueros caros esnifando polvo blanco de la cima de las mesas de vidrio. En el pasillo, una rubia bonita que lleva nada excepto unos pantalones al estilo Daisy Duke y un sujetador, mira fijamente a Log.

Ella estira la mano.

—Eres taaan lindo.

Pero le agarro la muñeca antes de que le ponga un dedo encima.

—¿Iwabe Bradley? —le pregunto en voz baja.

—Está en la habitación de juegos, en la parte trasera.

La suelto y camino hacia el cuarto de atrás. Y me aseguro de que los chicos estén conmigo. Entramos en la sala de juegos, y a través de una niebla de humo veo al gran imbécil sentado en una mesa de juego redonda, cabello oscuro cayéndole sobre la frente, un gran vaso de cerveza y una pila de fichas negras en frente de él.

Sus ojos se encuentran con los míos.

—Oh, mierda.

Se pone de pie en un salto, listo para salir volando por las puertas francesas a su espalda.

—Ni siquiera lo pienses —le digo, advirtiéndole—. Si corres sólo me va a enojar más y será mucho peor para ti cuando te atrape. Y créeme cuando digo que voy a atraparte.

Log trata de ser útil.

—Para un tipo viejo, él es bastante rápido, amigo.

Los hombros de Iwabe caen.

—La fiesta acabó. —Lo llamo con mi dedo—. Vámonos.

Log y Mitsuki se acomodan en el asiento trasero y el Idiota se sienta al frente. Tan pronto como llegamos a la carretera, comienza con—: Lo puedo explicar.

—Lo cual importaría si estuviera interesado en escuchar una explicación. Y no es así.

Pero sigue hablando de todos modos.

—¡Estaba celebrando! Se me permite ser feliz, retiraron los cargos de heroína en mi contra.

—¡No jodas, Sherlock! —Tengo que gritar—. Soy el que les pidió que retiraran los cargos. Y permite que me asegure de que entiendo esto. ¿pensaste que era una buena idea celebrar que los cargos por drogas fueron retirados haciendo una fiesta donde malditas drogas están en todas partes? ¿De verdad no ves el problema con eso?

Simplemente se encoge de hombros.

Luego de veinte minutos de un silencio bendecido, estaciono delante de la mansión de Iwabe. Con el coche en punto muerto, pregunto—: ¿Dónde están tus padres?

—No sé —responde con petulancia—. Francia, creo. Madre dijo que necesitaba unas vacaciones.

Probablemente por lo tonto que es su hijo. Pero aún así, sus padres no van a recibir ningún premio por ser padres del año.

—Así que... ustedes, como que... ¿quieren entrar y pasar el rato? —pregunta Iwabe.

Me froto los ojos.

—No, Iwabe, no quiero pasar el rato contigo, joder. — Lo señalo con el dedo—. Sólo tienes que ir adentro, cerrar la puerta con llave, e ir a la cama. Tal vez te despertarás más inteligente en la mañana.

Hace un mohín.

—De acuerdo.

Me aseguro de que entre en la casa y luego me alejo.

Después de unos minutos, Mitsuki dice en voz baja—: Él parece solitario.

—Es un imbécil. —No recibirá compasión de mi parte.

—Parece un imbécil solitario.

—Cuida tu lenguaje —vocifero por encima del hombro.

—¡Tú acabas de decirlo!

—Y cuando tengas treinta, podrás decir todo lo que quieras. Hasta entonces, mantén un lenguaje apropiado a tu edad.

—Eso es, como, la definición de hipócrita, Naruto —argumenta Mitsuki.

—¿Tu punto?.

Log está inusualmente callado durante el viaje. Y me pregunto lo que piensa acerca de las cosas que ha visto. Su familia no tiene la misma clase de dinero para gastar que los Bradley, pero están cerca. Y sin siquiera darme cuenta, canalizo al Juez.

—¿Saben por qué es un imbécil, muchachos?

—¿Porque bebe y consume drogas? —intenta Mitsuki—. Sólo los perdedores consumen drogas.

Hay algo maravillosamente conmovedor sobre la respuesta de Mitsuki. Así de simple, blanco y negro. Tan inocente.

—Es verdad. Pero esa no es toda la razón. —Doblo en la calle de Hinata y continúo—: Iwabe me prometió que se quedaría en casa. Y luego rompió esa promesa. Cuando quitas todo lo demás: el dinero, la ropa, los coches caros, las casas grandes; todo lo que un hombre tiene es su palabra. Dice exactamente lo que tiene intención de decir, y hace lo que dice. Si un hombre no tiene su palabra, no es un hombre.

Lo asimilan por un momento. Entonces Log pregunta—: ¿Tu papá te enseñó eso? ¿Te mostró cómo ser... un hombre?

Hay un dejo de preocupación en su voz. Y me pregunto si está preocupado por él y sus hermanos y hermanas que van a crecer sin su propio padre. Con ningún ejemplo para guiarlos. Así que todo lo que puedo darle, es la verdad.

—No, Log. Mi papá era... el tipo de hombre que yo no quería ser. —Y luego agrego—: Pero había otro chico, un amigo, el mejor tipo de amigo, quien no aguantaba ninguna de mis mierdas. Él me enseñó todo lo que necesitaba saber.

Más tarde esa noche, horas después de que los niños estén en la cama, Hinata y yo nos retorcemos entre sus sábanas. Es lento, casi dulce. Sus brazos largos y suaves se extienden por encima de ella, brillando con una suave perfección. Le beso el cuello, adorando su piel, mientras mis caderas se flexionan entre sus piernas.

La monto en movimientos suaves y estables, los músculos de mi espalda tensos con el aumento de placer. Chupa el lóbulo de mi oreja, susurrando lo bien que se siente, y mis embistes se aceleran con voluntad propia. Mi cuerpo se hace cargo... es perfección carnal y nunca quiero terminar.

Pero tiene un maldito gran final.

Las manos de Hinata agarran mi culo, empujándome más profundo mientras sus propias caderas se elevan para tomarme dentro de ella. Juntos llegamos al éxtasis, se pone rígida debajo de mí cuando me pongo tenso por encima de ella, pulsando en su interior, los dos jadeando en silencio. Después, me envuelvo alrededor de ella desde atrás. Se ríe de la nada y me besa las manos antes de acomodarlas bajo su mejilla, como su almohada personal.

Inhalo su aroma mientras me voy a la deriva, mi nariz contra su nuca. Pero una voz pequeña y asustada rompe el silencio.

—Nooo. Noooo...

Viene del monitor de bebé de Hima. Hinata se sacude, abre los ojos y empieza a arrastrarse fuera de la cama. Sin pensarlo, la beso en la sien.

— Vuelve a dormir. Voy por ella.

Me pongo los pantalones y una camiseta y camino descalzo por las escaleras. Hima está sentada en su cama miniatura, ojos legañosos, el pelo un desastre, su habitación iluminada por una luz tenue de Cenicienta. Levanta los brazos tan pronto como me ve.

Y las palabras de mi madre, de hace décadas, salen de mi boca.

—¿Cuál es el problema, burbujita?

La levanto, su pequeño cuerpo caliente al instante aferrándose a mí. Le froto la espalda y suavizo su pelo. El labio inferior de Hima tiembla cuando apunta a las largas cortinas en la esquina en sombras de su habitación.

— Nooo.

—¿Tuviste un mal sueño?

Muevo las cortinas, mostrándole que no hay nada oculto, nada que temer. Me aprieta los hombros con diminutos brazos y apoya la cabeza en mí. Me siento en la mecedora junto a su cama, acariciando su espalda y susurrando en voz baja.

—No hay monstruos, Hima.

En la vida real los hay, pero no en esta casa. No mientras yo esté respirando.

—Te tengo, pequeña. Estás segura. Shhh... Ve a dormir. Le beso la parte posterior de la cabeza y le masajeo la espalda, balanceándola hasta que se relaja en mis brazos y vuelve a caer en un sueño tranquilo.

Unos días después, Namida asusta a Hinata y le roba diez años de vida cuando desaparece. Estoy trabajando hasta tarde, Hinata ayuda a Chõchõ con su tarea, y el resto de los niños estan dispersos alrededor de la casa, haciendo lo que los niños hacen.

Cuando es momento de alistarse para ir a la cama, Hinata se da cuenta de que la pequeña castañita no está. Gritan su nombre, buscan a través de las habitaciones, el armario, la casa de juegos en el patio, la maldita piscina y el jardín. Llama a los vecinos y también revisan sus patios.

Para el momento en que deja de buscar para llamarme, es un desastre de lágrimas frenéticas, lista para llamar a la policía y a la guardia nacional. En el auto, manejando hacia la casa, soy yo quien pregunta si revisaron el tercer piso; el cuarto de Neji y Karui.

Apresurada y sin aliento, Hinata dice que no lo hicieron, y salta a las escaleras. Ahí, acurrucada en el piso del armario, envuelta en la bata de su madre, está Namida, profundamente dormida. Llego a la casa unos minutos después del descubrimiento, cuando Hinata todavía se encuentra llorando y temblando.

Namida se siente mal pero dice que le gusta entrar al clóset de su madre a veces. Para recordar cómo olía. La explicación hace llorar a Hinata aún más. Y también rompe mi maldito corazón.

Después de una hora de acostarse inusualmente larga, cuando Hinata no parece ser capaz de alejarse del umbral de la puerta de su sobrina, abordo el tema de la habitación. Han pasado meses desde la muerte de Neji y Karui, y el cuarto permanece tal cual como lo estaba antes.

No sé mucho sobre el duelo, sé todavía menos de niño, pero no parece saludable para mí. Hinata permanece firme, aclama que los niños no están listos para el cambio, para tener las cosas más personales de sus padres metidas en cajas y en otra parte. O peor, regalarlas. Pero no creo que sean los niños los que no estén listos.

Creo que es ella.

Desestima el tema, negándose a discutirlo. Y cuando esos hermosos ojos se vuelven fríos, lo dejo pasar. Porque en realidad no es mi asunto, así que no vale la pena una discusión.

En la tarde del miércoles después de la imitación de Houdini de Namida, Hinata me llama a la oficina.

—¿Estás libre?

—Depende. ¿Qué tienes en mente? —digo, mi tono pesado con la sugerencia de lo que hay exactamente en mi mente. Está justo en la línea de lo que hay en mis pantalones.

—No eleves tus esperanzas. —suspira Hinata—. Estoy en camino para recoger a Mitsuki de la escuela.

Reviso mi reloj.

—¿No debería estar en casa ya?

—Así es, pero lo retuvieron después de clases. Aparentemente se metió en una pelea.

Una sonrisa se desliza en mis labios.

—¿Ganó?

—¿Qué clase de pregunta es esa?

—Ah... ¿la única que importa?

Se ríe entre dientes.

—No sé si ganó. El director Janovich quiere verme en su oficina para discutirlo. ¿Quieres encontrarme ahí? Tengo la sensación de que tu abogacía puede ser útil.

Y tengo el presentimiento de que tiene razón.

—Estoy recogiendo, te veré ahí.

Para el momento en que llego a los terrenos cubiertos de hiedra de la escuela privada de Mitsuki, la reunión ya ha comenzado. Una secretaria me lleva a una enorme oficina, donde un digno hombre de cabello gris está sentado detrás de un escritorio presidencial; premios y reconocimientos se alinean en las paredes, y estanterías de madera oscura se encuentran llenas de volúmenes gruesos con hojas doradas de aspecto importante.

Hinata se sienta en el lado opuesto, una silla vacía entre su cuerpo y dos padres de apariencia adinerada y bastante enojada. La mujer es rubia, con un traje azul rey y perlas, y largas uñas rojas. El esposo se ve más silencioso, más pequeño, la rémora de su tiburón.

—¿Y usted es? —pregunta monótonamente el tipo de cabello gris; el director Janovich.

Le paso mi tarjeta.

—Naruto Uzumaki. Soy el abogado de la familia.

La rubia eleva una ceja mordaz.

—Yo también soy abogada —me dice, como si fuera una advertencia.

—Pensé que podría ser el caso —respondo.

Le toma a uno conocer a otro.

Me siento junto a Hinata. Se ve nerviosa, con las manos apretadas sobre su regazo.

—¿En dónde estábamos?

—Quieren expulsar a Mitsuki —dice con voz tensa.

Me inclino hacia atrás y asiento.

—Interesante.

Janovich se aclara la garganta incómodamente.

—Tenemos una política de cero tolerancia aquí para las peleas y el acoso de cualquier niño. Mitsuki lastimó gravemente a su compañero de clase.

—¿Le rompió la nariz? —pregunto casualmente.

El director es tomado por sorpresa.

—No...

Que mal, mejor suerte la próxima, niño.

—...Pero hubo sangrado excesivo. Fue una experiencia aterradora para todos los involucrados.

Incapaz de quedarse en silencio por más tiempo, la madre rubia se levanta.

—No pago treinta mil dólares al año en matrícula para que asalten a mi hijo en los pasillos. ¡Demando que este... delincuente reciba cargos!

—Veamos las cintas —sugiero.

—¿Las cintas? —pregunta Janovich, como si no supiera de lo que hablo.

—Las cintas. —Asiento—. Pasé no menos de nueve cámaras de seguridad en el pasillo mientras venia hacia acá. Debe haber un video del altercado. Y puesto que ocurrió hace horas, seguramente el material todavía no debe haber sido reciclado.

Los ojos del director se amplían.

—A menos... ¿Qué ya hayan visto el material? —Entrecierro los ojos—.Ya veo lo que sucede. —Y jodidamente me molesta. No van a querer que me moleste.

—¿Qué cree que ve, Sr. Uzumaki?

Me dirijo a la víbora rubia.

—¿Ustedes son gente del club de apoyo, no? ¿Patrocinadores? ¿Donan dinero a la escuela muy por encima de esos treinta mil para bibliotecas, alas nuevas, y cosas por el estilo?

El padre al final encontró su voz.

—No veo que eso tenga algo que ver con esto.

Mis ojos vuelven al viejo detrás del escritorio.

—Tiene todo que ver con esto porque el Sr. Janovich piensa que es más fácil colgar todo esto sobre Mitsuki, quien tiene un tutor legal que puede estar demasiado ocupado para pelear, antes de agitar las plumas de un benefactor. ¿Es correcto?

—¡Ciertamente no es así! —se ahoga—. No aprecio lo que usted está implicando.

—Estoy seguro de que no.

Juega con su corbata.

—He visto el material al que el Sr. Uzumaki se refiere. Aunque el comportamiento en ambos lados fue menos que ejemplar, siento que dada la violencia de asalto de Mitsuki, se merece un castigo más severo.

Y ahora me río.

—Así que, porque Mitsuki es el mejor luchador, ¿va a ser más duro con él? Comienza a hablar, pero lo interrumpo. —Pongamos un alto en eso por ahora y discutamos su política de "cero tolerancia". ¿En dónde estuvo esa política cuando Mitsuki fue agredido desde enero?

La cabeza de Hinata se gira velozmente hacia mí.

—¿Qué?

Mantengo mi enfoque en el director, y la voz mortalmente calmada.

—Sé de buena fuente que Kawaki ha golpeado, empujado, hecho tropezar, y degradado a Mitsuki numerosas veces. O decidió ignorar esos casos, o no sabe lo que sucede en su edificio, Sr. Janovich. De cualquier manera, no presagia nada bueno para usted.

Su rostro se vuelve rojo, pero no me detengo. Me inclino hacia adelante.

— Y déjeme ser perfectamente claro en este punto: si hay algún caso más de acoso en cualquier forma contra Mitsuki Hyûga de este día en adelante, demandaré hasta acabar con esta escuela y a usted personalmente. —Inclino la cabeza hacia Hinata—. Para el momento en que termine con usted, ella poseerá cada edificio en estos terrenos; y su casa. —Lo clavo a la pared con mi mirada —. No hago amenazas a menudo, Sr. Janovich, y cuando las hago... nunca es en vano.

Giro la cabeza hacia el hirviente tiburón rubio.

—Eso va para usted y su hijo, también.

Y el hirviente se torna en plena ebullición.

—¡Espere un maldito minuto! ¡Mi hijo es la víctima aquí! Fue...

—Señora, odio interrumpirla, pero su hijo es una mierdita con espíritu maligno que disfruta gobernar a aquellos que son más débiles, y más inteligentes, que él. Y eso termina hoy.

Ella se levanta.

—¡Kawaki nunca haría tal cosa!

Oh, hombre, es una de esas. Veo muchos padres como ella en mi línea de trabajo: personas selectivamente ciegas con el síndrome de "mi-ángel-no".

—¡Y si Mitsuki Hyûga dice que lo hizo, entonces es un sucio, asqueroso pequeño mentiroso!

Y ahora Hinata también está de pie.

—No voy a escucharla ponerle nombres a mi sobrino. Él es amable y considerado, y si su hijo lo lastima de alguna manera...

Ella habla en el rostro de Hinata.

—¡Quizás si su hermano hubiera sido un mejor padre, no tendría un hijo que actúa como un animal!

El aire sale del cuerpo de Hinata. Y su rostro se pone blanco.

—¿Qué acaba de decir?

—¡Me escuchó! En lugar de salir y conseguir quedar salpicado a lo largo de la autopista, quizás debería haberse quedado en casa y...

He escuchado la expresión Los padres morirán por sus hijos; las madres matarán por ellos. Pero no la había entendido por completo hasta este momento. La dulce, sonriente mujer que conozco se ha ido, y en su lugar está una luchadora de jaula que va por el premio.

Es caliente.

—¡Jódete, coño malvado!

—¡Hinata! —grito, totalmente asombrado.

Me levanto y agarro su brazo, justo cuando ella se mueve para darle un golpe a la rubia. Lucha para salir de mi agarre mientras le empujo detrás de mí.

—¡Meteré esas perlas por tu garganta, perra miserable!

Y la perra miserable tampoco se lo toma con calma.

—¡No, jódete tú, pequeña ramera! ¡Acabaré contigo! —Su esposo trata valientemente de contenerla.

Hinata se mueve hacia ella, casi logrando derribarme.

—¡Te romperé la cara, loca adicta a la cirugía plástica!

Esto puede estar saliéndose de control. Así que recojo a Hinata y la lanzo sobre mi hombro, sus piernas pateando y maldiciendo hasta por los codos contra mi espalda mientras la sostengo con un brazo.

—Tomaremos un día de suspensión —le digo al director—. Mientras Kawaki consiga lo mismo.

—Hecho —concuerda Janovich, más ansioso que cualquier otro de que nos larguemos de su oficina.

Mantengo a Hinata fuera del alcance de la bruja chillona.

—Buena suerte con eso, hombre —le digo al esposo, y salgo por la puerta. En dos sillas alineadas contra la pared del pasillo están sentados Mitsuki y, a juzgar por el trapo ensangrentado que sostiene contra su nariz, Kawaki.

—Linda cara —le digo al cabeza de chorlito. Luego a Mitsuki—:Vámonos.

Mitsuki mira atónito a la mujer todavía furiosa que cuelga de mi espalda.

—¿Qué le pasa a la tía Hinata?

—Oh... —digo, intentando restarle importancia, mientras caminamos por el pasillo—, simplemente perdió un poco la cabeza.

Para el momento en que llegamos al estacionamiento, Hinata está un poco más quieta, levemente calmada.

—¡Bájame, Naruto! Ahora mismo, lo digo en serio.

La dejo sobre sus pies.

Y procede a caminar a mí alrededor, de regreso a la escuela.

Me planto frente a ella.

—A, ya pasé incontables horas manteniendo a los miembros de tu familia fuera de la cárcel.

Marcha hacia adelante, sin inmutarse. La bloqueo de nuevo.

—B, la Agencia de Servicios a Niños y Familias no verá amablemente que insultes a la madre del compañero de clases de tu sobrino en su escuela.

Eso hace el truco. Hinata me mira, sus ojos brillando con furia... y dolor.

—¡Esa mujer es una perra sin corazón!

Me acerco, mi voz cayendo.

—No podría estar más de acuerdo. Y no hay una maldita cosa que puedas hacer al respecto. —Froto su hombro—.¿Estás bien con eso?

Su respiración comienza a nivelarse. Y se ve más como su versión no loca.

—Sí. Estoy bien ahora.

Se gira y se dirige al auto, donde se encuentra a Mitsuki. Su dedo lo apunta.

—¡Deberías habérmelo dicho, Mitsuki!

—No quería empeorarlo —dice él.

—¡Te amo! ¡Es mi trabajo protegerte y no puedo hacerlo si no me dices cuando alguien te lástima!

—Le dije a Naruto —grita Mitsuki, gesticulando hacia mí—. Y él me ayudó.

Todo estará mejor ahora.

Hinata me mira bruscamente. Infeliz. Y tengo la inconfundible impresión de que las cosas no estarán mejor para mí. Ella toma una respiración profunda.

—De acuerdo. Tenemos que buscar a los otros niños. Hablaremos de esto en casa.

Hinata está rígida y en silencio en el camino a casa. Camina hacia la casa de los vecinos y les agradece por cuidar a los niños. Mientras ellos se esparcen por la casa, frunce el ceño.

—Necesito hablar contigo en la cocina, Naruto. Ahora.

Tan pronto como atravesamos la puerta de la cocina, se gira hacia mí.

— ¿Cómo pudiste no decirme lo que pasaba con Mitsuki?

Realmente no entiendo por qué es tanto problema.

—Me pidió que no lo hiciera.

Sus brazos caen a los lados.

—¡Hace dos días, Namida me pidió que tiñera su cabello de tres colores diferentes! ¡No siempre tenemos que hacer lo que nos piden! Pensé que podía depender de ti, ¡se supone que somos un equipo, Naruto!

No sé si es el hecho de que me está gritando o el estado irreconocible en el que se encuentra mi vida ahora, pero empiezo a cabrearme.

—¿Qué significa eso?

—¿Qué quieres decir con, qué significa eso? Somos nosotros contra ellos; ya soy superada en número, se supone que debes estar de mi lado.

Luego mira mi cara. Y sus hermosos ojos se nublan. Con inseguridad. Duda.

—¿O no?

Sentimientos de responsabilidad por todos ellos se establecen sobre mi espalda como una bóveda bancaria. De obligación y equipaje, todas las cosas en las que juré que nunca me mezclaría. ¿Y ahora me está dando mierda? ¿Qué demonios más quiere de mí? Cristo, ¿no es suficiente que piense en ella, ellos todo el tiempo? ¿Qué esté totalmente distraído? Llego tarde al trabajo y me voy temprano en un abrir y cerrar de ojos, solo para verlos antes.

Joder... es... aterrador.

Apunto a mi pecho, mis palabras salen entrecortadas.

—Del único lado que estoy es el mío. —Me froto la cara con la mano—. No me malentiendas, eres un buen momento y los niños son un viaje, pero no soy el jodido Sr. Mamá, Hinata. Esta no es mi vida. Tengo prioridades y planes que, créelo o no, no tienen nada que ver con nadie en esta casa.

Respiro con fuerza después de decir las palabras.

Y Hinata está en... silencio. Anormalmente silenciosa por varios segundos.

Luego, sin mirarme, susurra—: Mi error. Gracias por aclararlo. Se da la vuelta rígidamente y empieza a sacar vegetales del refrigerador para la cena. Mientras el silencio se estira, pienso en mis palabras y cuan... duras sonaron.

Doy un paso hacia ella.

—Hinata, mira, yo...

—Oye, Naruto, ¿quieres jugar con el Xbox? —pregunta Log, entrando a la habitación.

Finalmente, Hinata levanta la mirada y veo sus ojos. Nadan con dolor, brillan con pesar. Y una presión terrible aprieta mi pecho.

—Naruto no puede jugar en este momento, Log. Tiene que volver a su lado del campo.

Las cejas de Log se juntan.

—¿Se supone que debo saber lo que significa?

Podría haber estado hablando con Log, pero sus palabras eran para mí.

—Log, ve a la otra habitación —le digo, mis ojos fijos en su tía.

Milagrosamente, hace lo que le digo. Y cuando se va, espeto—: ¿En serio vas a sacar esa mierda? ¿Ponerlos en el medio? ¿Sostenerlos sobre mi cabeza? —Mi dedo apunta con fuerza—. Eso es jodido, Hinata.

Se acerca a mí, sus ojos ardiendo.

— Nunca los pondría entre nosotros. Además, tendría que haber un "nosotros" en primer lugar, y de acuerdo contigo, ¡no lo hay! ¡Y el que no te quiera alrededor de Log en este momento no tiene nada que ver con esta discusión y todo que ver contigo actuando como un idiota!

Desde el otro cuarto, Namida dice—: Oooh... ¡la tía Hinata llamó a Naruto con la palabra I!

La voz de Log llega a la cocina.

—¿Imbécil?

—No.

—¿Insoportable?

—No.

—¿Insufrible?

—¿Qué es insufrible?

—¡Log! —gritamos Hinata y yo al mismo tiempo.

Nuestras miradas chocan, ninguno cediendo un centímetro.

—Tal vez debería irme.

No es una pregunta, pero ella responde de todos modos.

—Creo que eso sería lo mejor.

Soy yo quien sacó el tema, así que no hay maldita razón para que sus palabras deban dejarme frío por dentro. Vacío. Pero lo hacen.

Sin otra palabra, me doy la vuelta y me voy.

Continuará...