¡Sostente!
Un Buen Hombre
El jueves comienza mal y desde ahí se va directo al infierno. Está lloviendo, y mi corrida matutina es una mierda porque tuve una noche de sueño terrible. No importó cuantas veces aporreé la almohada, no pude ponerme cómodo.
Estoy llegando tarde a la oficina porque un idiota que no sabía cómo conducir en la lluvia chocó su coche contra un poste telefónico, atrasando el tráfico. Luego, una hora después de que finalmente me instalé en mi escritorio para comenzar a trabajar a través de una pila de papeles más alta que yo, termino derramando café en mi camisa favorita.
—¡Maldita sea!
Sasuke gira su silla desde su escritorio al otro lado de la oficina que compartimos.
—¿Problemas?
Froto la mancha en mi pecho con una servilleta, tratando de asesinarla.
— Derramé mi café.
Sus cejas se elevan.
—¿Acaso alguien orinó en el primero? Has estado ladrando toda la mañana. Incluso fuiste desagradable con la Sra. Higgens, y ella es lo más cercano a un santo que conozco.
Niego con la cabeza, sin ánimo de compartir.
—Solo un mal día.
Vuelve a leer el documento en sus manos.
—Y solo ha comenzado.
No me digas.
No escucho de Hinata en toda la mañana, no que lo hubiese esperado. Y no pienso en ella. No sobre la furia congelada en su rostro o el dolor en sus ojos la última vez que la vi. No sobre sus labios llenos que besan tan suavemente, sonríen fácilmente, y ríen encantadoramente.
No pienso en los niños tampoco, no en la mirada sabiamente perceptiva de Chõchõ o las preguntas amables de Mitsuki. No pienso en la sonrisa sabionda de Log o la risita de Namida. No pienso en la dulce voz de Hima o la babeante sonrisa de Ronan.
Me rehúso a pensar en cualquiera de ellos en absoluto.
Luego de un tranquilo almuerzo con Sakura y Sasuke, Sai estaba atrapado en la corte, me siento en mi escritorio y me entierro en archivos de casos por dos horas. Y luego hay una conmoción afuera de mi oficina. Voces elevadas y la Sra. Higgens diciendo que no puedo ser molestado sin una cita previa. Por un loco segundo pienso que quizás es Hinata con algunos de los niños.
Pero no lo es.
—Sra. Holten.
Está de pie en la puerta de mi oficina, cabello rubio perfectamente peinado en un elegante nudo en la base de su cuello. Su blusa es blanca, como un poco más oscura que su tono de piel. Uñas con manicura francesa decoraban sus delicadas manos, una de las cuales sigue agraciada con un brillante anillo de compromiso y una argolla de matrimonio. Descansan a sus lados, contra una falda azul demócrata.
La Sra. Delta Holten es la esposa del Senador Orochimaru Holten. La que está acusado de golpear hasta dejarla sangrando. En el caso en que lo represento. Y ella está en mi oficina.
—Necesito hablar con usted, Sr. Uzumaki.
La Sra. Higgens trata de explicar—: Le dije que no puedes verla, Naruto. Yo...
Levanto mi mano.
—Está bien, Sra. Higgens. Me ocuparé de ello. —Cierra la puerta cuando se va.
La Sra. Holten deja salir un suspiro de alivio rápido y se acerca a mi escritorio.
—¿Es verdad?
—Sra. Holten...
—Vengo de la oficina del fiscal. Dicen que en el juicio de mi marido, algunas... indiscreciones de mi pasado podrían ser publicadas. Por usted. ¿Es eso verdad?
Me pongo de pie. Mi voz es calmada pero firme.
—No puedo hablarlo con usted. Es la testigo demandante en un caso de grave asalto contra mi cliente.
—¡Necesito saber!
Mis palmas se mueven a mi pecho.
—Podría ser acusado de manipulación de un testigo. No puede estar aquí.
Rechina los dientes, al borde de las lágrimas, sus manos tiemblan, pero más que nada, luce totalmente aterrorizada.
—Me casé con Orochimaru cuando tenía dieciocho años. Nunca tuve una carrera, mi único trabajo fue ser su esposa, la madre de nuestros hijos, su apoyo en la campaña electoral.
Su garganta se contrae cuando traga reflexivamente—. Es capaz de alargar nuestro divorcio por años. Conoce a todos los jueces. Cuando esto termine, todo de lo que dependeré es la amabilidad de amigos ricos y la admiración de mis hijos. Si usted sabe lo que sospecho que sabe, y eso sale en el juicio de Orochimaru, nunca volverán a mirarme de la misma manera otra vez. Tendré nada. Por favor, Sr. Uzumaki, solo necesito estar preparada para lo que vendrá.
Paso mi mano por mi rostro y hago un gesto a la silla frente a mi escritorio.
La Sra. Holten se sienta pero permanece rígida como una tabla.
—¿Le gustaría un vaso de agua?
—Gracias, sí.
Le sirvo un vaso y lo pongo en mi escritorio a su alcance. Luego me siento otra vez y cuando hablo, escojo las palabras muy cuidadosamente, tratando muy duro de doblar las reglas sin romperlas, y en el proceso arruinar mi carrera entera.
—Hablando solo hipotéticamente y sin referirme a este caso en específico, es una práctica común para esta firma y para mí personalmente emplear a investigadores privados quienes investigan a potenciales testigos. Ellos miran en sus historias pasadas y recientes por información que podría ser posiblemente utilizada para impugnar su credibilidad.
—¿"Impugnar su credibilidad"? —repite—. Entonces, una vez mentiroso, siempre mentiroso, ¿verdad?
Miro a sus ojos.
—Dependiendo de las circunstancias, sí.
La Sra. Holten bebe de su agua y pregunta—: ¿Entonces si un potencial testigo tuvo un romance y mintió sobre ello a su esposo, sus hijos y amigos? ¿Si ella desarrolló una dependencia de los medicamentos para el dolor y tuvo que internarse en un centro de rehabilitación? ¿Usaría eso para impugnar la credibilidad de un testigo, Sr. Uzumaki?
Está preguntando porque según el reporte en el cajón de mi escritorio, la Sra. Holten ha hecho todas esas cosas.
Mi estómago da un giro, enojado y enfermo. Pero no le mentiré.
—Si el juez lo permite, sí, absolutamente traería esos temas a colación en un juicio.
—¡Eso es chantaje!
—Esa es la ley.
Comienza a jadear, una mano en su garganta, casi hiperventilando. Sasuke se acerca a ella desde su escritorio.
—¿Necesita algo, señora?
Cierra sus ojos y fuerza sus respiraciones a calmarse.
—No, estaré bien. Yo solo... fui una tonta por pensar... —Acaricia su perfecto cabello y se gira a mí—. Dígale a Orochimaru que arreglaré esto. Y volveré a casa. Dígale...
—No puedo hacer eso. No puedo pasar mensajes. Yo...
—¡Es importante que él sepa que estoy dispuesta a volver a casa! —dice, presionando—. Y que arreglaré este desastre que causé. —Se pone de pie abruptamente—. Puedo encontrar la salida, caballeros. Gracias, Sr. Uzumaki, por su honestidad.
Y sus ojos se vuelven planos. Como un condenado a muerte, simplemente esperando que alguien venga y jale de la palanca.
Luego sale de mi oficina, cerrando la puerta suavemente detrás de ella.
Observo la puerta cerrada por unos minutos, recordando.
Hasta que Sasuke me llama por mi nombre.
—¿Estás bien, Naruto?
Pestañeo y agito mi cabeza para aclararla. Luego me muevo más cerca de mi escritorio y me enfoco.
—Sí, estoy bien. —Y mi voz es tan muerta como los ojos de la Sra. Holten—.Simplemente es parte del trabajo.
Unas pocas horas después, luego de que un tono negro llena la ventana de mi oficina, otra conmoción se desarrolla fuera de la puerta. Se abre y el joven fiscal Gaara No Sabaku está ahí, echando humo.
Su noble corcel probablemente aparcado afuera.
Le digo a Sasuke secamente—: Debe ser el día de la entrada dramática. Suerte la mía.
Despido a Mrs. Higgens con una mano mientras Gaara prácticamente arrasa con mi escritorio.
—¿Qué le dijiste?
Me inclino en mi silla.
—No estoy seguro de qué hablas, Gaara.
Sus dedos apuñalan el aire.
—¡Sabes exactamente de lo que hablo! Delta Holten vino a mi oficina a retractarse de sus acusaciones contra su marido. Dijo que no podía arriesgarse a que sus indiscreciones salieran a la luz.
Me encojo de hombros.
—Los testigos que se dan vuelta siempre son un dolor en el culo.
—¡Sé que estuvo aquí! —deja salir, sus ojos quemándome.
—Se detuvo por aquí, sí. Parecía muy angustiada.
Se inclina en mi escritorio.
—¿Discutiste el caso con ella?
Aún no me molesto en salir de mi silla.
—Por supuesto que no, excepto para decirle que no podía discutir el caso con ella. Por lo contrario, hablamos de hipotéticos. Y luego se marchó. Sasuke estuvo en la habitación todo el tiempo.
—Hipotéticos... —escupe, como si fuese una mala palabra—. Apuesto.
Desde el otro lado de la habitación, Sasuke pregunta—: ¿Estás acusando a mi colega de algo, Gaara?
Gaara dirige su respuesta a mí.
—Sí, estoy acusándolo de ser una bolsa de mierda.
Lo miro hacia abajo.
—Realmente no me gusta tu maldita actitud, Gaara. Ha sido un día difícil, no quieres presionarme.
Retrocede, pero solo un poco. Sus manos aún siguen hechas un puño, su mirada aún tira cuchillos.
—Le dije que podía proceder sin su testimonio, presentaría su declaración como evidencia.
—Lo que jamás te dejaría hacer —dije, interrumpiéndolo—. No puedo interrogar a una declaración.
—¡Estaba aterrada, Uzumaki! ¿No te molesta en absoluto?
No respondo. Porque a veces, no hay nada que puedas hacer.
—Fue tan lejos como para decir que testificaría a favor de su marido si yo seguía adelante —continuó Gaara—. Que diría que estaba confundida y que fue todo una caza de brujas política contra él. Dije que podría acusarla de perjurio.
Sasuke ríe.
—Guau, ¿enjuiciando a tus víctimas? Eso te hará realmente popular con los grupos de defensa.
—No iba a hacerlo realmente —le dice Gaara—. Solo quería ver si cambiaba de opinión. No lo hizo. —Me fulmina con la mirada por unos segundos, luego pregunta—: ¿Has mirado su historial médico? Ella no es su esposa. ¡Es su bolsa de boxeo!
Froto mis ojos. De repente tan malditamente cansado. De todo.
—¿Qué estás buscando aquí, Gaara? No lo entiendo, ¿qué quieres que haga por ti?
Sus ojos pasan sobre mí, llenos de odio. Con disgusto.
—Olvídate de mirarte al espejo. Solo quiero saber, ¿cómo vives contigo mismo? Las palabras cuelgan pesadas en la quieta habitación, hasta que Gaara niega con la cabeza. —Olvídalo. No tiene importancia y tú no vales mi tiempo.
Y se marcha de la oficina, golpeando la puerta tras de él. Paso mi mano por mi cuello. Luego me pongo de pie y empaco los documentos en mi maletín.
—Me voy —le digo a Sasuke.
—¿Quieres venir esta noche? ¿Cenar conmigo y las chicas?
—No esta noche, amigo. Mientras más rápido me vaya a dormir, más rápido terminará este maldito día.
Pero no me voy a casa. En su lugar conduzco a un lugar de mala muerte un real antro bar con personal de mal humor, clientela casi inexistente, y whiskey fantástico. En lugar de tener que lidiar con camareros amables y hambrientos de propina y mujeres buscando ligar, aquí sé que me dejaran solo. Que es exactamente lo que necesito en este momento.
Me siento en un taburete raído mientras un musculoso camarero, con una espesa barba de chivo negro me sirve un whiskey doble, limpio. Dejo varios billetes en la barra de madera, más de lo necesario.
—Simplemente deja la botella entera.
Horas más tarde, me encuentro tropezando en escalinata de Hinata, sin ningún recuerdo claro de cómo llegué allí. Echo un vistazo hacia atrás a mi coche aparcado torcidamente. Y al césped.
Me alegro de que el ticket de aparcacoches no funcionara, obviamente soy muy malo en ello.
Las luces en el interior de la casa están apagadas, y todo se halla en silencio en el recinto Hyûga. Deja claro que probablemente sea demasiado tarde para aparecer aquí, y es jodidamente seguro que también es tarde para llamar a la puerta.
Entonces recuerdo la llave de repuesto. Porque soy un puto genio. Levanto el felpudo y veo el pequeño pedazo de plata brillante de metal. Abro la puerta y entro de puntillas tanto como mi cuerpo me permite, de todos modos. La bola de pelo se acerca, diminutas uñas haciendo clic en el suelo de madera, oliéndome los pies.
—Hola, Shaggy. ¿Dónde está Scooby? —Me río, a pesar de que no es muy divertido.
Entro en la cocina y cojo una botella de agua de la nevera. Mientras bebo, Hinata salta a través de la puerta de la cocina, con un bate de béisbol en la mano, levantada y lista.
La mirada de pánico en su rostro se desvanece cuando me ve, desplazándose a una de molestia. Pero al menos baja el bate.
—¿Naruto? ¡Joder, me has asustado!
Trago el agua y digo—: ¿Cuántas veces te he dicho que cambies esa maldita llave? Es el primer lugar en el que los ladrones mirarían. Quiero decir, Diosh, mírame a mí. Entré y ahora estás atrapada conmigo.
Inclina la cabeza y arruga la frente. Es adorable. Quiero besar la arruga. Y toda su cara. Quiero lamerla, enjabonarla, frotarme por todo ella hasta que huela a mí. Para que cualquiera que esté cerca suyo sepa que pertenece a alguien. ¿Es eso tan grave como parece?
—¿Estás borracho? —susurra.
¿Realmente necesita preguntarlo? Utilicé la palabra Diosh, por supuesto que estoy malditamente borracho.
—Oh sí, muy borracho estoy.
Gracias, Yoda.
—Estás... ¿Está todo bien?
—Ha sido un día duro en la oficina, cielo. Me merecía emborracharme.
—¿Qué pasó?
Evito su pregunta y digo en voz baja—: Tenía que verte. Tú haces que todo... sea mejor.
Me mira fijamente durante unos segundos. Luego apoya el bate en la esquina. Su mano se extiende hacia mí.
—Tienes que estar en silencio, ¿de acuerdo? No despiertes a los niños.
Eso sería terrible. Cierro los labios con una llave imaginaria.
Pero a medida que comienza a liderar el camino, le doy un tirón a su mano, girándola, haciendo que se estrelle contra mí. Porque hay algo que tengo que decirle.
—Hinata... No quise decir lo que dije. Estoy de tu lado.
Inspecciona mi cara, sonriendo suavemente. Su mano se extiende por mi pelo rubio.
—Sé que lo estás.
Vamos a la habitación de Hinata sin ser detectados. Cierra la puerta mientras me siento en la cama, tirando de mi corbata. Hinata viene a mi rescate y la levanta por encima de mi cabeza. Luego va a por mí camisa, mis pantalones, excluyendo el bóxer y mi camiseta.
La veo con los ojos encapuchados, disfrutando la sonrisa de amonestación bailando en su rostro, la forma en que se mueve con gracia sin esfuerzo.
—Eres tan hermosa —digo, porque no puedo mantener las palabras ni un segundo más.
Me mira desde el suelo, lanzando mis calcetines por encima del hombro.
—Tú no estás tan mal. —Ladea la barbilla hacia la mitad de la cama—. Vamos. Échate.
Hago lo que me dice y se sube a la cama detrás de mí. Me acuesto sobre la almohada, inclinando un brazo detrás de mi cabeza. Hinata está cerca, la mejilla apoyada sobre mi corazón.
—¿Qué está pasando contigo, Naruto?
En algún lugar profundo dentro, está la verdad. Se acurruca en una bola negra, bajo mantas pesadas de decepción. Miedo. Y vergüenza. Pero quiere mostrarse en la forma de un animal herido exponiendo su frágil punto débil cuando sabe que está derrotado. Sólo para acelerar lo que viene después.
—No soy un buen hombre.
La confesión susurrada resuena en la habitación silenciosa. Hinata levanta la cabeza y siento la punta de la barbilla contra mis costillas.
—Eres uno de los mejores hombres que he conocido. En todas las formas posibles. —Hay incredulidad en su voz, divertida, como si pensase que estoy tomándole el pelo.
No me molesto en discutir. Lo sabrá muy pronto. La verdad los hará libres. ¡Qué puta broma! Cuando la verdad es fea, te mantiene prisionero, y cuando se revela, se rompe todo el mundo a tu alrededor.
—¿Alguna vez te conté sobre mi padre?
—Dijiste que te abandonó cuando tenías ocho.
Resoplo.
—Sí, definitivamente se fue. —Niego con la cabeza mientras me sumerjo de nuevo en ese lago oscuro de los recuerdos mejor olvidados—. Él era un cabrón hijo de puta, incluso en un buen día. Pero cuando bebía... era verdaderamente peligroso. Mi madre... se sentaba tan quieta que le miraba el pecho, sólo para asegurarme de que aún respiraba. Era como si estuviera tratando de mezclarse en el fondo, para que él no tuviera una razón... Pero tipos como mi viejo no necesitan una razón. Hacen la suya propia.
Mi voz se desinfla y es lejana.
—La última vez... fue porque ella estornudó. Lo veo en mi mente. La forma en que volcó la bandeja, el modo en que su cena salpicó a través de la televisión y se aferró a las paredes, dejando un rastro de grasa y puré de patatas, deslizándose hacia abajo. La forma en que él la agarró—.¿Puedes creerlo? Ella jodidamente estornudó.
Por primera vez desde que empecé, me veo en Hinata. Me mira con simpatía, tristeza. Sus cejas están ponderadas, las comisuras de su boca cargadas de compasión que no se siente en absoluto como compasión. —Y ella era tan pequeña, Hinata. Incluso cuando era niño, pude ver que era mucho más pequeña que él. —Humedezco mis labios, para que el resto de las palabras puedan pasar—. La tiró por las escaleras y recuerdo que pensé que no iba a parar esta vez. Él le dijo que lo haría un día. Que cuando sucediera, la enterraría donde nadie pudiera encontrarla. Dijo que nadie la echaría de menos... —Mis ojos pican por los recuerdos y mi garganta se aprieta—. Nadie más que yo.
Parpadeo la humedad y me aclaro la garganta.
—Así que fui a la caja bajo la cama, el imbécil almacenaba esa cosa cargada. Y caminé de nuevo a la sala de estar y le apunté. No era pesada; mis manos no temblaban en absoluto. Pero cuando la incliné, el sonido que hizo, parecía tan fuerte. Él se detuvo de inmediato, se congeló. Sabía exactamente lo que era ese sonido. Se dio la vuelta, lentamente, y me quedé apuntándolo directamente en el pecho. Le dije que se fuera, que se alejara de nosotros... o lo mataría. Y joder, de verdad lo haría.
En algún momento, la mano de Hinata comenzó a frotar círculos suaves en mi pecho, en el estómago, pero no sentí su toque hasta ahora. Me da la motivación que necesito para terminar.
—Supongo que es cierto lo que dicen de los cobardes. Sólo se aprovechan de las presas fáciles, de los que no se defienden. Porque se fue y no volvió.
Por un momento, el único ruido en la habitación es el sonido de nuestras respiraciones moviéndose en el espacio.
Entonces Hinata dice con admiración—:Eso es por qué haces lo que haces.
—¿Qué quieres decir?
—Eres un defensor. Defiendes personas. Como tú defendiste a tu madre... y a Log. Les diste una oportunidad de tener un nuevo comienzo.
Mis ojos cierran con fuerza.
—La mayoría de las personas no lo ven de esa manera, Hinata.
Sus cálidas manos me ahuecan la mandíbula.
— Yo lo veo de esa manera.
La expresión de su rostro es todo lo que quiero que sea. Suave, con adoración, como si yo fuera el héroe de la historia. Y Dios, quiero ser un puto egoísta. Quiero rodarnos, quitarle la ropa, y erradicar cualquier posibilidad de que jamás me mire de manera diferente de cómo me mira en este momento.
Quiero quedarme con ella.
Pero la fea verdad siempre sale al final. Y merece escucharla de mí.
—Hoy defendí a un hombre exactamente igual que mi padre.
Las caricias de sus manos vacilan. Se detiene.
—Su esposa... ella se quedó con él durante treinta años, llevándose todos los golpes que le daba, y finalmente obtuvo el valor para dejarlo. Para decirle que se fuera a la mierda. —Hago una pausa, tragando—. Y me llevé eso de ella.
»Él la hirió, sé que lo hizo, y por mi culpa, va a seguir haciéndole daño. —La miro a los ojos, con la esperanza de que en ellos fuera a encontrar una respuesta con la que poder vivir—. Es un monstruo, Hinata, y le defendí. ¿En qué me convierte eso?
Su ritmo cardíaco se acelera, como un pájaro aleteando que se ha dado cuenta de que está en una jaula. Me inspecciona la cara... Buscando las palabras para decir.
Con esa voz tan confiada, ella lo intenta—: Naruto... a veces, en la vida, tenemos que tomar duras decisiones...
Agarro sus brazos, acercándola más.
—Pero de eso se trata. Si fuera un buen hombre, no sería una elección difícil. A veces... a veces las cosas son tan correctas... que deberían ser fáciles.
Algo dentro de mí se derrumba bajo el peso de todas las cosas que quiero. La quiero, a esta impresionante y valiente mujer. Y quiero a los niños. Esos increíbles, horribles y perfectos niños que ella ama con cada centímetro de su alma. Quiero que sean míos. Míos para sostenerlos, míos para protegerlos y enseñarles. Su alegría, su risa, su amor. Quiero volver a casa, disfrutar de ello, ser la razón de ello.
Pero aún más que eso, quiero merecerlos.
Ser digno.
Y hoy todo lo que hice fue demostrar la fría cruda realidad de que no lo soy.
—No debería siquiera estar aquí —digo, mi voz dolorida—. Te mereces un hombre que sepa lo que es lo correcto, y que lo hace. Quiero... Cristo, quiero ser eso para ti.
Sin decir palabra, Hinata se desliza fuera de mi alcance y se mueve más arriba en la cama, encima de mí. Así puedo guiar la cabeza contra su pecho. Es suave, cálida y huele tan jodidamente bien. Me susurra, me frota la sien, la parte de atrás de mi cuello, sus dedos deslizándose por mi cabello. Y no hay otro lugar en el mundo entero en el que preferiría estar.
—Está bien, Naruto. Duerme. Shhh... Está bien.
Continuará...
