¡Sostente!
Demasiado Todo
Nos quedamos cerca del palacio de justicia para el almuerzo y; a pesar de los esfuerzos y más molestias de Sai, Hinata no toca su comida. Dos horas más tarde, la corte está de vuelta en sesión. Hinata sostiene mi mano en un apretón de muerte, bajo la mesa, mientras la jueza se aclara la garganta para dar su decisión.
—Como una de nueve hermanos, me siento particularmente calificada para emitir un fallo en este caso. —Nos mira a través de sus gafas—. Como dijo la señorita Hyûga, criar niños es difícil, especialmente seis niños entre las edades de seis meses y trece años. Sin embargo, si hay un hijo o diez, sigue siendo responsabilidad de la corte asegurarse de que estos niños sean criados bajo la custodia de un tutor que los cuide y proporcione un entorno seguro que les permita prosperar. Tras revisar todas las pruebas presentadas, creo que Hinata Hyûga es uno de esos tutores.
Mentalmente grito en victoria y Hinata empieza a llorar.
—Y es por eso que ordeno que la custodia física y legal de los seis niños menores de edad sea devuelta a la señorita Hyûga, con efecto inmediato.
—Vuelve su atención hacia el Servicio de Niños y Familias—. La agencia de Servicios para Niños y Familias tiene a su cargo no solo la tarea de juzgar el desempeño de los padres, sino también de ayudarles. Nuestro trabajo no consiste en separar a las familias y afirmar quienes son mejores para ellos, pero si encontrar una manera de que las familias permanezcan unidas.
»El Servicio para Niños y Familias le proporcionará al tribunal actualizaciones mensuales sobre este caso, y para estar seguros, buscaré una mayor participación de dicho organismo a la hora de prestar asistencia en todas las áreas. —Mira a Hinata y sonríe.—Buena suerte, señorita Hyûga. Se levanta la sesión.
Hinata se lanza a mis brazos, mientras que Sai, Sakura, y Sasuke también son todo sonrisas. Ella me mira.
—¿Podemos ir por ellos?
—Sí, podemos.
—¿Ahora? —Salta.
—Ahora mismo. —Me río.
Luego, recogemos la camioneta del hermano de Hinata, con la información proporcionada por Anko, nos dirigimos a una hora al norte de la ciudad para traer a los monstruos. Hinata habla y sonríe todo el camino, viéndose tan condenadamente contenta.
Anko notificó a la familia de acogida que íbamos en camino, por lo que no estaban sorprendidos cuando nos presentamos en la puerta principal. Es un lugar agradable, una gran casa, una calle tranquila. La guapa rubia que abre la puerta le dice a Hinata que los niños están en la parte de atrás.
Abrimos las puertas correderas de cristal y entramos en el patio trasero, y podrías pensar que no han visto a Hinata en dos años, en vez de dos días. Así de felices están. Lo rápido que corren hacia ella. Cuán fuerte gritan cuando la ven. Cuanto tiempo la abrazan, como si nunca quieren dejarla ir.
—¡Estás aquí! —grita Namida mientras su tía intenta abrazar a todos al mismo tiempo—. ¡Sabía que vendrías, lo sabía!
—¿Podemos ir a casa? —le pregunta Log a Hinata.
—Sí... nos vamos a casa.
Cuando Hima pierde el equilibrio en la masa de cuerpos abrazados y se cae sobre el trasero en la hierba, la recojo. La sostengo fuerte durante un minuto, y luego la coloco cómodamente en mis brazos. Pone sus pequeñas manos sobre mis mejillas, me mira a la cara, y chirría su tercera palabra.
—¡Naruto!
Y todo el mundo se vuelve borroso.
—Maldita sea, pequeña, tienes facilidad con las palabras.
Es alrededor de las cuatro el momento en que llegamos a casa y sacamos a los chicos. Están todos tan incontrolables, tan emocionados de estar en casa de nuevo, que convencen a Hinata de hacer una fiesta.
Y ella está de acuerdo.
Hay una clara posibilidad de que nunca va a ser capaz de decirles de nuevo jodidamente que no. Unas horas más tarde, hay cajas de pizza, refrescos, serpentinas y globos.
Sasuke, Sakura, Sarada y Sai llegan; también Anko, los vecinos, así como un grupo de amigos de los niños y sus padres. Yo me quedo en segundo plano, apoyado contra la pared, observando. Distanciándome. De todo ello. Bebiendo un vaso de refresco y realmente deseando poder mezclarlo con esa botella de Southern Comfort que está enterrado atrás en el congelador.
Es de noche cuando salgo hacia el patio trasero. Brillantes jacintos morados y blancos florecen por todas partes, su pesado perfume haciéndome sentir como si fuera a vomitar fuerte. Los ruidos del interior resuenan hacia fuera, chillidos infantiles de deleite, música, la risas, el zumbido constante de la conversación de adultos.
A pesar de que la temperatura es fría, comienzo a sudar. Recuerdo la historia de la biblia de ayer, cuando fui a la iglesia con Hinata. Se trataba de Jesús, en el Huerto de Getsemaní, orando por un perdón que nunca llegaría.
Déjame pasar esta prueba...
Parece bastante irónico justo ahora.
—Vas a dejarla, ¿verdad?
Mi cabeza se sacude hacia el rincón del jardín, oculto entre las sombras de las luces que salen de la casa, donde Chõchõ está de pie.
Y suena molesta.
—Veo lo que estás haciendo, la manera en que te alejas de ella. La forma en que has estado evitándola toda la noche. Estás actuando como uno de los chicos de mi escuela, justo antes de que deje a su novia delante de toda la cafetería. —Su rabia da paso a la confusión y dolor—. ¿Cómo puedes hacer eso? La tía Hinata es la mejor persona del mundo. Y te ama.
—Chõchõ...
—¡Te ama! Es obvio. Es tan feliz contigo. ¿Por qué te quieres alejar de ella?.
Froto mi nuca. He argumentado ante jueces con toda una vida de logros detrás de ellos. Verdaderamente grandes poderes judiciales, a algunos de ellos los estudié en la maldita escuela de leyes. Y era frío como el hielo. No puedo decir lo mismo intentando explicarme ante una chica de trece años.
—Chõchõ... es... complicado. Lo estoy intentando... no puedes... —Y me voy con lo de siempre. La mejor excusa—. Cuando seas mayor, lo comprenderás.
Jodidamente patético.
Hace un sonido de disgusto, después me corta en pedazos.
—Esa es la primera vez que has hablado conmigo como si fuera una niña tonta. ¡Y la verdad es, que aquí, el estúpido eres tú!
Chõchõ niega con la cabeza ante mi silencio.
—No la mereces. No nos mereces a ninguno de nosotros. —Pasa junto a mí, un remolino de cabello castaño furioso—. ¡Eres un imbécil!
Abre la puerta de golpe y desaparece en el interior.
Y le susurro a nadie—: Sí. Lo sé.
Antes de que la puerta se cierre detrás de Chõchõ, Hinata sale al patio.
—Ahí estás. Chõchõ no se ve feliz. —Envuelve sus brazos alrededor de mi cuello y se apoya en mí—. ¿Drama adolescente ya? —Sus perfectos labios se acercan—. Pensé que obtendría unos días de respiro.
Me alejo, agarrando sus antebrazos y lentamente deslizándolos para retirarlos. Mi voz es un susurro débil.
—Hinata, no podemos hacer esto.
Al principio está confundida, aún sonriendo. Pero entonces la sonrisa se desvanece y lo entiende. Se abraza a sí misma.
—Pensé que ya lo estábamos haciendo. Pensé que los hacíamos realmente bien.
Estábamos. Pero es jodidamente demasiado. Demasiado rápido, demasiado intenso, también... demasiada distracción. Quise decir lo que dije ayer, no puedo pensar en una sola cosa que no haría por ella. Por ellos.
—Me preocupo por ti, Hinata. —Hago un gesto hacia la casa—. Todos me importan mucho. Pero una familia, ese tipo de responsabilidad nunca fue parte de mi plan. Mis modelos paternales eran un borracho cuyo pasatiempo favorito era golpear a su mujer, un adicto al trabajo mujeriego mal humorado que se hallaba casado con su banco.
»No sé cómo hacer esto. He asumido un montón de riesgos en mi carrera. Cuanto mayor es el riesgo, mayor será la recompensa. Pero no puedo arriesgarme... arriesgarlos. Son demasiado importantes, demasiado preciosos. El riesgo de que pudiera meter la pata, hacerles daño, porque no sé qué demonios estoy haciendo, incluso la posibilidad me aterra.
Lamo mis labios, sin mirarla.
—Y ahora qué sé que los niños están a salvo, que estás bien, necesito retroceder un poco.
Esto iba a terminar. Hoy, o en un mes, o en seis meses a partir de ahora; y eso nunca iba a terminar bien para ella. Debería haberme alejado hace mucho tiempo.
Pero era tan... ella. Y yo un idiota egoísta de mierda.
Ella inhala una respiración, luego la deja escapar lentamente, como hace cuando está tratando de calmar su corazón. Odio jodidamente saber eso. Odio que ya pueda imaginar lo que está pensando, lo que dirá.
—Naruto, sé que da miedo. También siento miedo. Pero hay cosas a las que vale la pena tenerle miedo. Y juntos, podríamos ser... Hazlo bien... ono te molestes.
Así que me obligo a mirar esos desgarradores ojos grises. Y miento a regañadientes.
—No quiero esto, Hinata.
Jadea, como si el viento la hubiera golpeado.
—No quiero esta vida. Puedo ser tu amigo, el de ellos, pero lo que hay entre nosotros, sea lo que sea necesita finalizar ahora. —Paso una mano a través de mi cabello, tirando con fuerza, dándome dolor para concentrarme. Resuelvo—. Eres el tipo de mujer que algún día va a querer casarse. Deberías estar por ahí buscando a ese tipo. Pero no soy él. Cualquier tiempo que pasemos juntos será simplemente... una pérdida de tiempo.
Su voz suena apagada. Apenas allí.
—Ya veo.
Y puedo oír las lágrimas. No voy a mirar, jodidamente no puedo. Pero casi puedo sentirlas caer lentamente por su rostro.
Se aclara la garganta.
—Los chicos te idolatran, Naruto. Todos lo hacen. Por favor, no...
—No lo haré —prometo—. No voy a abandonarlos o a ti. Aún quiero ayudar. —Mi voz interrumpe y me pongo a hablar más rápido. —Cualquier cosa que necesites. Los llevaré a la práctica, voy a estar allí en los juegos, de niñera o simplemente estar con ellos. No te dejaré colgada, Hinata.
Finalmente consigo las pelotas para mirarla a la cara.
Pero no debería haberlo hecho.
Está pálida, sus pestañas oscuras húmedas. Una lágrima pasa en silencio desde una esquina, dejando un rastro plateado por su mejilla de porcelana.
—Lo lamento.
Y lo lamento... malditamente tanto.
Hinata levanta su mentón; endereza los hombros con esa valentía que calma, una fuerza incesante. Sus dedos secan las lágrimas.
—Comprendo, Naruto. Gracias —susurra—, por tu honestidad. —Su voz se vuelve aún más suave —. Nos importas demasiado. Si amistad es todo lo que quieres, entonces vamos a hacer que funcione solo como amigos.
Escuchar las palabras de sus labios, me avergüenza mucho. Pero lo cubro con un movimiento de cabeza silencioso.
Hinata se dirige hacia la puerta, y cada célula de mi cuerpo grita para detenerla. Agarrarla, girarle y besarla hasta que vuelva a sonreír. Arrodillarme y retractarme de todo. Deshacer los últimos cinco minutos. Pero estoy tratando de hacer lo correcto. A pesar de que es más difícil de lo que jamás pude haber imaginado.
Mientras Hinata se aleja, cierro los ojos con fuerza, obligo a mis pies y mis manos a permanecer inmóviles como una piedra... y la dejó ir.
Los días pasan y se convierten en semanas. Mantengo mi promesa a los niños. Algunas veces estoy allí cuando se bajan del autobús de la escuela, alrededor durante las prácticas de piano de Namida. De vez en cuando llevo a Hima y Ronan a Mami y yo, y voy a los juegos de las ligas menores de Log, animando más fuerte que cualquier padre allí.
Las cosas entre Hinata y yo son... civilizadas. Perfectamente educadas. Casi desearía que me maldijera, gritara, dijera que soy un idiota. Sería mucho mejor que los intercambios impersonales firmemente medidos que tenemos. Me habla de la misma manera que un juez lo hace en los días en que no tiene ni una maldita idea de quién soy.
Como si fuera un extraño.
Dos semanas después de la audiencia de custodia, Sai se pasea dentro de mi oficina.
—Amigo, esta noche Tayuya Patterson y yo, tú y su amiga, vamos a ir a comer algo después del trabajo.
—No lo creo —respondo, sin molestarme en levantar la vista de mi portátil.
—Y ese el problema, Naruto. Piensas demasiado. Es hora de volver a esa potra, pequeño campista. Y montarla. —Juega con una pluma sobre mi escritorio —. He salido con Tayuya un par de veces ya, hemos avanzado a toda máquina. Dice que le gustas a su amiga, que ha preguntado por ti.
Me froto los ojos.
—¿Cuál era el nombre de su amiga?
Se encoge de hombros.
—No lo sé. Pero no importa, vas a ir. No voy a aceptar un no por respuesta.
Cuando se le mete una idea en la cabeza, Sai puede ser tan tenaz como las mandíbulas del Rottweiler de Sakura; no desistirá. Así que, en un esfuerzo por volver al trabajo tan pronto como sea posible, me rindo.
—Está bien.
—Sonríe—. Nos vamos a encontrar a las seis.
La cena con Sai, Tayuya y su amiga con el culo apretado, cuyo nombre todavía no sabía, una vez más es casual. Relajada. Y olvidable. Nos encontramos en un bar de deportes, comemos sándwiches calientes, luego nos movemos a la habitación contigua a jugar billar. La amiga coquetea conmigo tratando de conseguir que le enseñe como sostener el taco. Pero no estoy en ello. Es un esfuerzo no ser grosero.
Después de lo que parece una eternidad, pero son en realidad solo dos horas, terminamos la noche. Los cuatro salimos por la puerta del bar a la acera.
Giró a la derecha, y me encuentro mirando a unos impresionantes ojos gris malva cristalinos.
—¡Naruto! —dice Hinata, tan sorprendida como yo.
—Hinata... hola.
Los niños la rodean por todos los lados. Mitsuki empuja a Ronan en su cochecito a su izquierda, Chõchõ sostiene la mano de Namida a su derecha, Hima se encuentra en los brazos de Hinata.
—¡Naruto! —grita Hima, usando su nueva palabra favorita.
—Hola, nena.
La expresión de Hinata va de sorprendida a incómoda mientras observa a Sai, la pelirroja Tayuya, y la morena a mi lado. Palidece un poco, viéndose herida.
Para no quedarse atrás, Namida brinca y dice—: ¡Hola, Naruto!
Le sonrío mientras la morena se inclina.
—¡Eres taaan linda! Mi hermana va a tener un bebé pronto y espero que se parezca a ti. —Toca con suavidad la nariz de Namida; que la arruga con desagrado.
—¿Quién eres tú? —le pregunta Namida prepotente.
—Vamos, Namida. —Chõchõ tira de la mano de su hermana, dándome la espalda y una mirada aún más fría—. Mitsuki, sigamos caminando. Tía Hinata, nos encontraremos contigo en la esquina.
Los tres caminan a nuestro alrededor mientras todavía miro a Hinata.
—¿Qué...? ¿Qué haces aquí?
—El terapeuta de Log tuvo que pasar para más tarde su sesión. Él está allí ahora, y les prometí a los niños un helado mientras esperamos, así que eso es lo que estoy haciendo. Nos dirigimos a ese lugar —Señala sobre mi hombro—, a conseguir un helado.
Como una idea de último momento, mira a Sai.
—Hola, Sai. Es bueno verte.
—A ti también, Hinata —responde en voz baja.
Sube más a Hima en su cadera y empuja el cabello detrás de su oreja.
— Bueno... Tengo que irme. Ten... ten una buena noche.
Me rodea. Pero da un par de pasos.
—¡Hinata! —digo en voz alta, su nombre suena como si hubiera sido arrancado de lo más profundo de mis pulmones. Avanzo con rapidez, parándome delante de ella—. Puedo explicarlo. Esto no es...
—Naruto, no tienes que explicarlo —me dice en voz baja, sacudiendo la cabeza—. No me debes nada.
Y sé que es verdad; entonces, ¿por qué parece como si me hubieran pateado en las pelotas?
Permanecemos así durante unos segundos. Entonces me estiro por Hima.
—Déjame ayudarte a conseguirle el helado a los niños.
Pero Hinata da un paso atrás. Fuera de mi alcance.
—No. Está bien. —Su sonrisa es tan suave. Tan triste—. Puedo hacerlo por mi cuenta.
Se aleja. Dejándome de pie en la acera. Solo.
Unos pocos días después me encuentro en la oficina; Sasuke está en su escritorio.
—¿Vendrán Sakura y tú a ver el partido esta noche? —le pregunto.
—Ah... no. Cambio de planes.
—¿Qué van a hacer, chicos?
Sakura entra a la oficina, en el momento perfecto como siempre.
—Vamos a cuidar a los niños por Hinata.
Me recuesto en mi silla, mi trabajo totalmente olvidado.
—¿Por qué? Quiero decir... ¿Por qué no me lo pidió a mí?
Sakura entrega a Sasuke una carpeta.
—Tal vez porque tiene una cita y no quería que las cosas sean incómodas.
—¿Una cita?
Mi primer pensamiento es que lo hace para vengarse de mí, porque me atrapó en mi estúpida cita doble. Pero Hinata no es así. No es mezquina. Lo que significa que va a una cita porque va a seguir adelante. Justo cómo le dije que hiciera.
Mierda.
—¿Te...? ¿Te dijo con quién va a salir?
Sakura me mira con sus ojos color jade sin ninguna simpatía.
—En realidad lo hizo, con Gaara No Sabaku.
—¿Gaara No Sabaku? ¡Qué demonios sucede! ¿Cómo ocurrió eso?
—Al parecer, Hinata se encontró con Gaara en el supermercado. Empezaron a hablar, él le preguntó si estaba disponible... entonces la invitó a salir.
Hijo de puta.
—¿Y cómo sabes eso? —pregunto con dureza.
Sakura se encoge de hombros.
—Hinata y yo hablamos. Somos amigas, no tiene muchos amigos aquí, Naruto.
Lo sé. Con seis niños que cuidar no tiene mucho tiempo para amigos. Pero, amargas picaduras cortan mi lengua, supongo que se va a hacer tiempo para el buen maldito de Gaara.
—Cuidaré a los niños. —No dejo ningún espacio para discusión en mi tono. Eso no significa que Sakura no trate de oponerse.
—No creo que sea una buena idea.
—¿Por qué no?
Apunta a mis puños, los que tengo apretados con fuerza sobre la mesa. Y en realidad no tiene que decir nada más.
Los obligo a aflojarse, sacudiéndolos.
—Todo estará bien. Estaré bien. Simplemente quiero asegurarme de que entienda que no debe meterse con ella.
—Sasuke y yo somos totalmente capaces de infundir el temor de Dios sobre él. No es que en verdad lo necesite, Gaara es un buen tipo.
Le frunzo el ceño.
—Quiero ver a los niños.
—No...
Por suerte, Sasuke me apoya.
—Creo que Naruto debe cuidar a los niños, Sakura. Si Hinata y él van a ser estrictamente amigos, va a tener que lidiar con su noviazgo. Si piensa que él es para ella, creo que deberíamos dejar que lo haga.
Y le sonríe. La sonrisa que siempre le da.
—De acuerdo. —Me mira con intensidad—. Pero no seas un idiota, Naruto.
La miro de nuevo.
—¿Quién? ¿Yo?
Esa noche, golpeo la puerta principal de Hinata. Se encuentra cerrada, y al final retiro la llave de debajo de la alfombra. La puerta se abre, y siento un déjà vu; como la primera vez que la vi en esta puerta. Y al igual que esa vez, mi respiración sale de golpe.
Su vestido es de color verde oscuro, sencillo y discreto. Absolutamente impresionante. Sus largos y delicados brazos salen desde los límites de las diminutas mangas, un cinturón brillante resalta su esbelta cintura y sus piernas Jesús se ven malditamente infinitas bajo la corta y un poco acampanada falda.
Los ojos de Hinata se giran por la sorpresa y supongo que Sakura no le informo sobre el cambio de niñera.
—Hola.
—Naruto... hola. ¿Qué haces...?
—Algo le ocurrió a Sasuke y Sakura... Qué sería yo—. Así que... Voy a cuidar a los niños, si te parece bien.
Se recupera de la sorpresa y abre más la puerta.
—Por supuesto que puedes hacerlo. Adelante.
Los niños se encuentran en la sala de estar.
—Hola, chicos.
—Genial, ¿nos vas a cuidar? —exclama Log—. Me debes una revancha en Halo.
Hinata dice que tiene que llenar los biberones de Ronan y se dirige a la cocina. Después de saludar al resto de los niños, la sigo. Está en el mostrador, luce más brusca de lo necesario mientras llena los biberones en sus manos. En silencio, me muevo hasta llegar a su lado. A solo unos centímetros de distancia.
Lo suficientemente cerca como para tocarla.
—Te ves preciosa.
Me mira rápidamente, sonriendo con timidez.
—Oh... gracias. —Asegura la tapa del biberón, lo coloca sobre el mostrador, y se gira hacia mí—. Esto es raro, ¿no?
—No, no lo es.
—Es muy raro, Naruto. Sabes cómo me veo desnuda...
Sin duda lo hago.
La imagen está grabada en mi cerebro. Es mi recuerdo favorito.
»...y ahora te encuentras aquí cuidando a los niños mientras voy a una cita con otro hombre. Eso es, como, la definición de rareza.
Me río.
—No tiene que serlo. Somos adultos. Somos amigos. Eso es lo que... hacen los amigos.
Levanta la mirada para encontrar mis ojos, sus mejillas encendidas, su expresión mucho más que amigable.
El perro comienza a ladrar como loco a un golpe en la puerta principal. Con otra sonrisa rápida, Hinata va a contestar. Regreso a la sala justo cuando Hinata entra con Gaara No Sabaku, presentándoselos a los niños, sus dientes blancos brillantes como perlas mientras le sonríe a cada uno de ellos.
Luego, en voz baja, lo escucho susurrarle a Hinata—: Te ves encantadora.
¿Quién dice eso? ¿Quién diablos usa la palabra encantadora?. Los idiotas; esos son quienes la usan.
—Solo tengo que tomar mi bolso y luego nos iremos. —Lanza un beso a los niños—. Sean buenos, chicos. Volveré a casa dentro de un rato. —Luego sale de la habitación.
Y hago mi movimiento.
—Fiscal No Sabaku.
—Uzumaki. —Sonríe, tendiéndome su mano—. Me sorprende verte aquí. Agarro su mano con fuerza mientras la sacudo.
—No debería sorprenderte, estoy aquí a menudo. Voy a cuidar a los niños por Hinata.
—Eso es agradable de tu parte.
Sí... ese soy yo. Malditamente agradable.
Lo guío hacia la puerta principal, necesitando un momento a solas. En el vestíbulo, mi voz es baja y amenazadora.
—Solo quiero dejar algunas cosas claras. Si tratas a Hinata con algo menos que perfecto respeto... si alguna vez piensas en hacer algo que de alguna manera lastime a esos niños... cuando haya terminado contigo, no habrá suficiente para enterrar.
Mi mirada es inquebrantable.
Retrocede.
—¿Me estás amenazando, Naruto?
—Pensé que era jodidamente obvio.
Entonces se ríe, golpeando mi espalda como si fuéramos viejos amigos.
— Mensaje recibido. No tienes nada de qué preocuparte conmigo.
Hinata desciende las escaleras y Gaara abre la puerta para ella. Saludándome mientras camina hacia afuera.
—Uzumaki, pásalo bien como niñera.
Por un momento, me quedo ahí después de que salen, mirando a la puerta cerrada. Log se acerca a mí, mirando en la misma dirección.
—Parece un idiota.
—Chico, eres un excelente juez de carácter, ¿lo sabes?
Log asiente. Y toco su hombro.
—Ven, vamos a jugar Halo. Tengo ganas de aniquilar algo.
Son casi las once de la noche cuando Hinata llega a casa. Afortunadamente sola. Atraviesa la puerta principal y entra a la sala; dónde estamos esperándola.
Todos nosotros.
Deja caer sus zapatos.
—Guau, hola... todavía están despiertos. Me siento en medio del sofá, con Hima en mi regazo, Log y Mitsuki a cada lado. Chõchõ apoyada contra el respaldo.
—Los niños querían hablar contigo sobre algo —explico.
Su mirada se mueve sobre cada uno de ellos.
—¿Qué pasa?
—No nos gusta él —dice Log.
Le toma un momento a Hinata entender.
—¿Él? —Su pulgar apunta sobre su hombro—. ¿Gaara?
—Es un idiota —afirma Log.
—No parece muy inteligente —añade Mitsuki.
—Es aburridoooooooo —interviene Namida.
—Es lindo —dice Chõchõ—. Pero puedes hacerlo mejor.
Y Hima lo une todo.
—¡No!
Dios, ella es elocuente.
Hinata se ríe.
—Correcto. Bueno, gracias por compartir sus pensamientos. Sus sentimientos quedan debidamente tomados en cuenta. Ahora — Extiende su mano hacia las escaleras—, a la cama.
Cuando los gemidos predecibles y las quejas comienzan, la apoyo.
—Vamos, chicos, hagan esto más fácil para ustedes. Log, ayuda a Hima a cepillarse los dientes.
—Vendré a arroparlos en un minuto —les dice mientras la pasan caminando en una fila como patos bebés. Entonces sus ojos caen sobre mí, fríos y duros—.¿Puedo hablar contigo afuera? Ahora.
Y su tono es serio. Supongo que está enojada, pero eso está bien para mí, porque también me siento malditamente enojado en este momento. Bueno, eso no salió bien... pero sabes lo que quiero decir. Si quiere una pelea, me siento más que feliz de darle una. O más de una.
Múltiples.
Un largo, sudoroso, en un lugar... ¡Mierda!¿Qué demonios está mal conmigo?
Una vez que los niños se encuentran arriba, la sigo a la puerta trasera, mis pasos rígidos igualan sus pisadas fuertes, hacia el patio oscuro. La puerta francesa se cierra con un golpe y no pierde el tiempo para enfrentarme.
—¡Esto no es justo! ¡No puedes hacer esto!
—¿Qué es exactamente lo que crees que hice, Hinata?
—Poniendo a los niños en contra de cualquier hombre con quien salgo. ¡Mi vida amorosa no se rige por un voto!
Las únicas palabras que proceso de esa declaración son vida amorosa. ¿Qué mierda pasa con eso?
—¿Tienes una vida amorosa? —pregunto, horrorizado. Las palomitas que comí durante la película con los niños agitándose dentro de mi estómago.
Empuja mi pecho.
—¡Tengo derecho a ser feliz!
Empuja.
—¡Lo creas o no, Gaara en realidad me encuentra atractiva!
Empuja.
—¡Le gusta hablar conmigo, pasar tiempo conmigo!
Empuja.
—¡Me quiere... incluso si tú no lo haces!
Atrapo su mano, girándola, y presiono su espalda contra la pared de la casa. Me mira, con la barbilla levantada, valiente y atrevida, sus ojos grises hielo fríos con furia.
El pensar con claridad se fue por la ventana cuando empezó a hablar de otros hombres. El peso de las consecuencias de mis acciones deteniéndose en el segundo en el que dijo que no la quería.
Como si eso fuera jodidamente posible.
Ahora todo es simplemente instinto sin sentido. Emoción pura, fuego, necesidad. La necesidad de que mi toque sea el último que sienta esta noche. Mis labios, su beso de buenas noches. No. Los. Del. Maldito. Gaara.
—Quererte nunca fue el problema, Hinata.
Me apoyo contra ella, siento sus pechos dolorosamente suaves contra mi pecho, mi rodilla entre sus muslos, donde es tan cálida y celestial. Mi cara tan cerca de la suya, que respiramos el mismo aire.
Lucha contra mi agarre, sacudiéndose.
—¡Lo es! —sisea—. Eso fue lo que dijiste. Esto; a mí, es lo que no querías.
Esa horrible noche es un borrón. Un vago recuerdo de un nerviosismo extraño, remordimiento y palabras tartamudeadas. No sé qué diablos en realidad le dije.
—¿Eso hice? —Me acerco aún más, dejándola sentir exactamente lo mucho que la quiero—. Entonces soy un idiota. —Mis ojos se empapan de ella, de cada pulgada, sus labios jadeantes, mejillas sonrojadas, el pulso palpitante en su cuello que me dice que también me quiere—. Y lo peor es... que también soy un mentiroso.
Mi boca cubre la suya y siento su gemido, es largo y desesperadamente aliviado. Gime mientras libero sus muñecas, para poder tocarla, y envuelve los brazos alrededor de mi cuello, acercándome más. Succiono su labio inferior antes de sumergirme de nuevo en la resbaladiza dulzura de su boca.
Ha pasado tanto tiempo. Demasiado.
Se arquea contra mí y todo lo que quiero hacer es agarrarla, levantarla y follarla contra la pared. Ese es el pensamiento que trae la cordura de regreso. Mierda, ¿qué estoy haciendo? Le dije que esto tenía que parar, y luego... Joder, soy un hombre de las cavernas.
Suavemente, agarro sus brazos y me obligo a dar un paso atrás, separándonos. Bajo la mirada a la piedra en el patio, así no tengo que mirarla.
—Hinata, yo... Esto fue un error. No va suceder de nuevo. Lo siento.
Al principio, no dice nada. Pero puedo sentirla. Siento la confusión y luego la rabia; que irradia de ella en gruesas y poderosas ondas. Cuando por fin la miro a la cara, su boca es más la de un gruñido que la de un ceño fruncido. Tiene el ceño fruncido y sus ojos disparan chispas grises.
Y como el bastardo enfermo que soy, eso me excita aún más. Hasta que habla.
—Sabes, Naruto, siempre supe que eres capaz de ser un imbécil, cuando quieres serlo. Pero nunca, nunca, pensé que fueras un cobarde.
Y se aleja. Abre la puerta francesa y entra de nuevo a la casa.
Y me siento como una maldita basura. Del tipo que queda atrapada bajo las garras del Tío Cosa. Ese soy yo; una mota de suciedad bajo la pequeña uña de un maldito perro.
Continuará...
