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DICIEMBRE


En la primera semana de diciembre, Hinata luce un pequeño bulto firme de bebé. Su náusea mañanera ha disminuido y dice que se siente mejor que nunca. Lo suficiente como para aceptar el trabajo extra que su jefe le ha estado enviando en su camino al museo; al que ha estado yendo temprano y quedándose hasta tarde cada vez que puede.

También está un poco obsesionada sobre lo que come, determinada a permanecer lejos de cualquier cosa procesada o no orgánica, pero con algo de persuasión, se entrega a su antojo de rollos de canela con un vaso de leche entera.

Casi al mismo tiempo, consigo un gran caso, que tiene cobertura de los medios de comunicación a nivel nacional. Es una serie de asaltos bancarios, y a pesar de la coartada de mi cliente, el fiscal tiene pruebas de ADN sólidas extraídas de un pasamontaña que fue usado durante los crímenes. Es el tipo de caso al que ansiaba volver algún día, un desafío.

Un guante con la promesa de gloria legal en la línea de meta. Y mentiría si dijera que no disfrutaba excavar en ello, enterrarme a mí mismo en movimientos y maniobras para burlar a mi oponente. Es fácil de hacer durante el día, en la oficina, pero cuando la noche se arrastra y el cielo se vuelve negro fuera de mi ventana, el caso se siente más como una molestia.

Debido a que solo quiero ir a casa. Acariciar a mi perro, ver a mis hijos, y follar a mi esposa.

Una noche, alrededor de una semana antes de Navidad, llego bastante temprano, alrededor de las siete y media. Cuando atravieso la puerta de entrada, Primo ataca mis zapatos, y la casa huele a fuego encendido en la chimenea de la sala de estar y galletas de jengibre calientes.

Escucho fuertes risas y gritos procedentes del comedor, por lo que pongo mi maletín en el suelo y me dirijo dentro. Los niños se encuentran todos alrededor de la mesa, y también la rodean Sasuke, Sakura, Sarada, Samuel, Sai, e Ino.

Hay platos de glaseado blanco y caramelos de colores, chispas de menta en rayas rojas y blancas esparcidos por toda la mesa. Y unas dos docenas de piezas rectangulares de galleta marrón.

—¡Cariño, estás en casa! —me saluda Sai, luego chupa uno de los dedos cubiertos de glaseado de Ino en la boca.

Hima, Ronan, y Namida me atacan a la vez, hablando al mismo tiempo, mostrándome lo que están haciendo. Solo puedo distinguir cada dos palabras. Entonces Hinata entra, usando un delantal rojo y verde y llevando una bandeja de más galletas rectangulares de color marrón.

—¡Hola! —dice con entusiasmo, poniendo la bandeja abajo y alcanzando para besar mis labios.

—¿Qué está pasando? —pregunto.

Mira alrededor de la mesa.

—Exageré con el pan de jengibre. Así que, en lugar de construir una casa, estamos construyendo una ciudad.

Sasuke me pasa una cerveza fría desde el cubo de hielo en el extremo de la mesa.

—Bienvenido a la fiesta.

Samuel de dos años de edad, chilla cuando Sakura le hace cosquillas. Luego mete un caramelo en la boca de su madre.

—Mira esto, Naruto. —Log ondea la mano al edificio a medio construir en frente de él—. Sai y yo construimos el bufete de abogados. Uzumaki, Anbu, Haruni, Uchiha y Hyûga, suena bien, ¿no te parece?

Ino contesta antes de que pueda—: Tú deberías pensar en ser fiscal, Log. Tenemos un gran edificio de oficinas.

Sai se burla.

—No la escuches, ella miente. Su oficina es una mierda pequeña.

Ino deja caer un poco de glaseado en la nariz del Sai. Pero él no se molesta en absoluto.

—Ahora tienes que lamerlo hasta quitarlo, esposa.

Ella agrega un confite de chocolate rojo al centro del glaseado.

Tomándolo como señal, Hima chilla—: ¡Lucha de comida!

—¡Noooo! —Se ríe Hinata—. Sin pelea de comida.

Sai sacude la cabeza a su esposa. —Eres un mal ejemplo.

Ino simplemente le saca la lengua.

—Sarada y yo estamos haciendo el edificio del Capitolio —me dice Mitsuki desde el otro extremo de la mesa—. Juntos.

Entonces, detrás de la espalda de la chica de diecisiete años de edad, me da un pulgar hacia arriba y mueve sus cejas. Ese enamoramiento es todavía fuerte.

Hinata toma mi mano.

—Vamos, toma una silla. ¿Qué debemos hacer?

A veces miro a mi alrededor y me pregunto, ¿cómo demonios llegué hasta aquí? ¿Cómo es esta mi vida? Todo cambió tan rápido. Pero luego me dejo de preguntar. Debido a que como se volvió mi vida así en realidad no importa una mierda. Estoy loco, feliz de que lo sea.

—Vamos a hacer nuestra casa —le digo a Hinata.

Sus ojos se iluminan.

—Muy buena elección. Vamos a hacerlo.

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La mañana de Navidad los niños convergen en nuestra habitación a las cuatro de la madrugada, es el único día que se les permite entrar sin llamar. Cuando el papel de envolver cubre cada centímetro del suelo, y el perro y los niños están ocupados investigando sus nuevos juguetes, coloco a Hinata con una taza de té en el sofá, mientras Namida y yo empezamos a hacer suficientes panqueques de fresa y arándano para alimentar a un ejército.

Namida bate un enorme plato de masa, mientras que corto las fresas.

Y de la nada, pregunta—: ¿Crees que te gustará el bebé más que nosotros?

El cuchillo en mi mano se congela.

—¿Qué?

Se encoge de hombros, rizos marrones balanceándose.

—Vamos a entender si lo haces.

Me toma un segundo llegar a una respuesta adecuada.

—¿Sabes cuándo en la escuela te dicen "no hay preguntas tontas"?

—¿Sí?

—Mienten.

Resopla, pero no encuentra mis ojos, concentrándose duro en su cuenco.

—¿Por qué me preguntarías eso?

—Bien, el bebé va a ser tuyo. Tuyo y de la tía Hinata.

Pongo el cuchillo en el mostrador, me limpio las manos, y me pongo en cuclillas al nivel de sus ojos. Cuando esos dulces ojos se encuentran sobre mí, le doy la verdad firme e irrefutable.

— Eres mía. Mía y de la tía de Hinata. Nunca lo dudes. Las palabras se hunden en ella y luego, lentamente, sonríe. Y su sonrisa es más resplandeciente que todas las luces de Navidad en esta calle juntas.

—Bueno.

Asiento y me levanto.

—Ahora vamos a hacer estos panqueques antes de que tus hermanos comiencen a comerse el árbol.