¡Sostente!


ENERO


Después del Año Nuevo relativamente tranquilo, los niños volvieron a la escuela. Estando en casa con ellos durante las vacaciones, noté que Mitsuki era muy silencioso. Demasiado silencioso.

Así que, un día, cuando el jefe de Hinata la llamó para ir temprano al museo, y yo estuve a cargo de llevarlos a tomar el autobús, detuve a Log en la puerta del frente.

—¿Qué sucede con él?

Log sigue mi mirada hacia la espalda de su hermano gemelo. Luego se encoge de hombros.

—Mitsuki se preocupa.

Eso no es nuevo para mí. Tal como muchos niños inteligentes, Mitsuki tiene ansiedades: el calentamiento global, la sequía, la guerra nuclear; si hay posibilidad de una catástrofe mundial, Mitsuki se come las uñas por eso.

—¿De qué se preocupa estos días? Específicamente.

La mirada de Log se vuelve cautelosa, recordándome a un testigo en el estrado.

—No puedo decirte. Es una especie de código de hermanos. Pero... Mitsuki no tiene contraseña en su laptop. Si yo fuera un chico inteligente, es ahí donde buscaría para averiguar qué sucede.

—Luego se va por la calzada—. Hasta luego, Naruto.

—Sí, ten un buen día, chico.

Espero en el frente hasta que todos se suben al autobús. Luego me dirijo directamente a la habitación de Log y Mitsuki. Son gemelos, pero por el aspecto de su habitación, no se pensaría ni que estén relacionados. La litera de arriba —la de Mitsuki— se encuentra perfectamente hecha con esquinas dobladas tipo hospital; la parte inferior es una bola de mantas, almohadas aplastadas y sábanas arrugadas.

Un escritorio es una zona de desastre cubierto de papeles, controles de videojuegos, latas de refrescos vacías. El otro escritorio se encuentra simplemente brillante y limpio, con excepción de la plateada laptop MacBook Pro cerrada colocada justo en el medio. Estoy seguro de que algunos padres se sienten culpables por invadir el espacio privado de su hijo, pero no soy uno de ellos. Los hijos pueden tener privacidad cuando se muden.

Enciendo la laptop y abro el historial de búsqueda reciente de Mitsuki. Lo que leo hace que mi estómago caiga al suelo.

—Mierda.

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Esa tarde, regreso a casa temprano para poder hablar con Mitsuki antes que se deslice más profundamente en su agujero negro de ansiedad. Hinata se encuentra placenteramente sorprendida.

Consigo un agradable y húmedo beso cuando entro a la cocina, con la lengua. Sus manos se apoyan sobre mis hombros, y sus ojos están brillantes y burlones.

—Guau, casi no te reconozco a la luz del día.

Pongo mi mano sobre su vientre protuberante y lo froto diciéndole hola.

— Soy el tipo que te hinchó, en caso de que no estuvieras segura.

Sonríe contra mis labios cuando la jalo para otro beso.

Ronan abandona sus crayones sobre la mesa de la cocina y corre hacia la sala de estar, chillando—: ¡Hima, dame mi turno en el Wii o te hincharé!

¿Por qué los niños solo escuchan las cosas que uno no quiere? Cada maldita vez.

Hinata oculta su rostro contra mi pecho.

—Esa frase irá muy bien en el jardín de niños mañana.

Mi mano se desliza por su espalda.

—Hablaré con él. Pero primero quiero hablar con Mitsuki, ¿dónde está?

—Atrás, tirando canastas. ¿Hay algo que deba saber?

Las preocupaciones son contagiosas, se transmiten de una persona a otra como virus. Eso es lo último que ella necesita en este momento.

—No, es cosa de hombres.

Hace una pausa, leyendo mi rostro y luego se encoge de hombros.

—Bueno. Diviértete con eso.

Salgo por las puertas francesas de atrás y camino por el sendero para unirme a Mitsuki en el asfalto, donde dribla un balón de basquetbol.

—Hola.

—Hola. —Levanto las manos y me pasa el balón. La reboto dos veces, luego encesto suavemente entre el aro.

—¿Qué pasa? —pregunto mientras recupera el balón.

Tira, falla.

—Nada.

Mitsuki tira de nuevo, y atrapo el balón después de que cae a través de la red.

—Sabes que puedes hablar conmigo, ¿cierto?

—Sí, lo sé —responde automáticamente.

—Acerca de cualquier cosa. Nada de lo que digas nunca cambiará lo que pienso de ti. ¿Entiendes?

Durante mis años de pequeño punk enojado y a la defensiva, el juez debe haberme dicho esas mismas palabras una docena de veces. Mi madre probablemente un centenar. Pero nunca lo entendí.

Ahora sí.

Porque no hay nada que cualquiera de estos chicos pudieran hacer o decir, ningún ultraje demasiado grande, ningún error demasiado estúpido, que me haría dejar de amarlos con cada fibra de mi ser. Mitsuki responde con cautela, entrecerrando los ojos dorados detrás de sus redondos marcos de hilo negro.

—Te comportas muy raro, Naruto.

—Vi el historial de búsqueda en tu computadora, Mitsuki. Le paso el balón rápidamente. Lo atrapa con las dos manos y me mira fijamente.

—¿Lo hiciste?

—Sí. —Señalo la banca con la barbilla—. Siéntate.

Mitsuki se sienta en la banca, el balón en su regazo, mirándome mientras ocupo el resto de la banca junto a él.

—¿Revisaste mi computadora?

Asiento.

—Siéntete libre de indignarte sobre eso más adelante, pero en este momento, quiero hablar sobre las cosas que buscas, ¿por qué estás tan ansioso, sin dormir? —Me inclino hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas separadas—. ¿Qué sucede contigo, amigo?

Su garganta ondea mientras traga. Luego mira hacia otro lado y su voz es baja, como si temiera decir las palabras en voz demasiado alta.

— ¿Sabías que la causa número uno de muerte en mujeres embarazadas es asesinato?

Sé eso. Solo uno de los divertidos jodidos hechos que un abogado de defensa criminal llega a saber. Una mujer nunca es más vulnerable; en todas las formas concebibles, que cuando está embarazada.

Mitsuki no espera a que le responda.

—Pero mil noventa y cinco mujeres murieron el año pasado en el parto. Mujeres sanas. Y eso sin contar las miles que murieron a causa de complicaciones relacionadas con el embarazo.

—Mitsuki...

—Diabetes, hipertensión, coágulos de sangre... todo tipo de cosas que pueden salir mal.

—Mitsuki...

—Desprendimiento prematuro de placenta, infección, hemorragia; un ser humano puede desangrarse en menos de ciento veinte segundos. A veces...

—Mitsuki, detente. —Mi voz golpea el aire, como el chasquido de un látigo.

Me mira, con sus labios pálidos y tensos. Le pongo la mano en el hombro y aprieto.

—Ninguna de esas cosas le sucederán a tu tía.

—No sabes eso.

—No permitiré que sucedan.

Niega con la cabeza lentamente.

—No puedes protegerla de eso.

—Sí, puedo, maldición.

Mitsuki se pone de pie rápidamente.

—¡No, no puedes! Si quieres mentirles a los otros niños para que no se asusten, adelante, pero no me mientas. Lo sé bien. Y tú también.

Respira agitado, mirándome como si pudiera leer mis pensamientos, ver mis miedos más profundos. Me froto con la mano el rostro, mirando al lugar junto a mí, y digo—: Siéntate. Después de que se sienta de nuevo en el banco, fuerzo confianza en mi voz. Debido a que el optimismo no es uno de mis mejores rasgos.

Pero tengo que decir algo.

—Hay peligros en el embarazo, sí, pero obsesionarse con las estadísticas y todas las locas posibilidades no ayudará en nada. Hay que pensar positivamente.

Se queda mirando hacia el asfalto entre sus pies, y su voz cae aún más suave. Monótona.

—La noche del accidente de mis padres, nos encontrábamos con una niñera. Ella estaba en la universidad, creo que era una de las pasantes de papá. No nos dijo que estaban... muertos. Solo que tuvieron un accidente de auto, que la tía Hinata estaba en camino. Dijo que debíamos tener buenos pensamientos, y orar.

Alza la mirada hacia mí con ojos brillantes, ahogándose con el recuerdo doloroso—. Así que lo hice. Oré con todas mis fuerzas, Naruto. —Su voz se quiebra, atragantándose con las palabras—. No sirvió de nada. Mitsuki aleja la mirada mientras su cara se derrumba. Porque tiene trece años, y se supone que los niños no lloran. Pero envuelvo mi brazo alrededor de él, abrazándolo fuertemente contra mí.

Porque en lo que a mí respecta, él puede llorar todo lo que quiera.

Sus hombros se estremecen y su rostro presiona contra mi camisa. Descanso mis labios en su cabello, con aroma a hierba y sudor aún infantil. Y mi corazón se rompe por él, porque no hay nada que pueda decir. No hay palabras para hacer que esto mejore. Es algo que tiene que sentir. Que atravesar.

Todo lo que puedo hacer es sostenerlo.

Cuando lo peor de todo parece pasar, cuando el temblor se convierte en sorber, me agacho frente a él, con las manos sobre sus rodillas huesudas.

—Mitsuki, a veces, en la vida, cosas brutales e injustas nos suceden. No necesitas que te lo diga. Pero también hay un montón de cosas buenas. Cosas inesperadas y hermosas. Y si gastas todo tu tiempo preocupándote por las cosas malas, es posible que te pierdas de disfrutar todas las cosas increíbles. No quiero eso para ti, tus padres tampoco querrían eso para ti.

Se limpia la nariz con el dorso de la mano.

—¿Tienes miedo? ¿Por tía Hinata?

Inclino la cabeza.

—Bueno, lo tengo ahora. Gracias por eso.

Resopla; un sonido húmedo y estrangulado, porque sabe que es broma.

Pero, entonces, comprendo que no es así.

—Sí. A veces me da miedo.

—¿Qué haces cuando eso sucede?

Suelto un suspiro.

—Me concentro en las cosas que puedo cambiar, en las cosas que puedo hacer para crear una diferencia. Es decir, tienes que saber que tu tía es joven y tiene los mejores doctores, así que las probabilidades de que eso suceda sin un solo problema son muy buenas.

Asiente.

—Sí, lo sé.

Aprieto su pierna.

—Entonces esto es lo que haremos, tú y yo juntos. Nos ocuparemos de ella, nos aseguraremos de que descansa y come bien, y pensaremos sobre qué loco y grandioso será tener un bebé en casa de nuevo.

Eso provoca una pequeña sonrisa.

—Y cuando te asustes, cuando esas preocupaciones oscuras se arrastren dentro de ti, no harás búsquedas en tu computadora en medio de la noche. Traerás esas preocupaciones hacia mí, ¿de acuerdo?. Porque no estás solo, Mitsuki. Hablaremos de eso y lo resolveremos juntos. ¿Puedes hacer eso por mí?

Mitsuki se quita los lentes, los seca en su camiseta, luego se los coloca de nuevo.

—Sí, Naruto, puedo hacer eso.

—Gracias, amigo.

Le doy otro abrazo a su cabeza mientras me levanto, palmeándole la espalda.

—Entremos para la cena.

Mitsuki se asoma al patio trasero.

—Me quedaré aquí afuera unos minutos, ¿si eso está bien?

—Por supuesto. Totalmente bien.

Camino de regreso a la casa, pero solo doy unos pocos pasos antes de que Mitsuki grite mi nombre. Cuando me doy la vuelta, dice—: Sabes, Naruto, mi padre era un gran padre.

Sonrío.

—Lo sé. Me doy cuenta por la forma en que ustedes están creciendo.

Mitsuki piensa un momento, eligiendo sus palabras.

—También eres bastante genial en eso de la paternidad.

Los niños son increíbles: su visión, su capacidad de adaptación y aceptación, crecer y amar. También son poderosos. Todos nos hallaríamos en una mierda seriamente profunda si es que alguna vez se daban cuenta del poder que tienen sobre nosotros. Porque la cálida, hormigueante e increíble sensación de orgullo, totalmente devoto que se propaga a través de mí... es indescriptible. Y Mitsuki lo hizo. Él me lo dio.

Me aclaro la garganta.

—Gracias, Mitsuki. Eso... significa mucho.

Asiente. Y luego vuelve a jugar al básquet.

Y me dirijo a casa a besar a mi esposa de nuevo, y ayudar a cuidar de los demás secuaces.

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Más tarde esa noche, después de que la tarea está hecha, los platos limpios, y los chicos están todos metidos en sus camas, me sien+to solo en la mesa de la cocina con una botella de whisky y un vaso medio vacío delante de mí. Hinata entra, su cabello recogido de su baño, vestida de pijamas de algodón color rosa pastel. Sus pasos se ralentizan cuando me ve. Y siento que sus ojos se desvían a la botella, y luego de nuevo a mí.

Me conoce, por dentro y por fuera, sabe que no soy un bebedor. A menos que haya una razón. Así que saca una silla y se sienta en silencio. Los ojos gris malva cristalinos que poseen mis sueños, me tienen en sus manos.

—¿Qué pasa, Naruto?

Tomo un sorbo de whisky, y luego veo el líquido de color ámbar mecerse cuando pongo el vaso sobre la mesa. Mi voz es un susurro pero segura.

—Te escogería.

—¿Qué quieres decir?

Finalmente, la miro y sé que mi cara está ensombrecida por un sentimiento de culpa.

—En ese escenario que siempre se muestra en programas de televisión, cuando los médicos le dicen al padre que tiene que elegir entre la vida del bebé o la vida de la madre... Te escogería.

Su cabeza se inclina hacia un lado y su voz es tan suave.

—Me gustaría que escojas el bebé.

—Lo sé. Ya lo sé. —La miro fijamente a los ojos—. Pero aun así, te escogería.

¿Es eso tan jodido cómo se siente? Levanto el vaso a los labios, lo tomo todo, intentando alejar la sensación.

Y mis palabras susurradas cortan la quietud del momento.

— Todo esto solo funciona si estás aquí. Comienza contigo, termina...

No soy bueno con palabras tipo románticas y floreadas. Pero ella me hace desear que lo fuera. Porque es más que mi esposa, más que la dueña de ese coño que me tiene tan dominado. Es mi amor, mi casa, el consuelo de mi alma, la guardiana de mi corazón, el centro de todo mi puto mundo. La única razón por la que creo en mi propia bondad es porque la veo reflejada en sus ojos.

—Sin ti, no sé cómo... No sé lo que haría.

Una triste sonrisa se esboza en los labios color rosa de Hinata mientras se levanta y se sienta en mi regazo. Mis brazos se ajustan automáticamente a su alrededor.

—Yo sé lo que harías. —Sus dedos peinan a través de mi cabello con dulzura, frotando en la base del cuello—. Sostendrías todos los niños a la vez, porque tus brazos son lo suficientemente grandes como para hacer eso. Y dejarías que todos duerman en la cama contigo, así podrías estar allí si te necesitaban. Luego, después de unos días, los guiarías a través de esto, trayéndolos de nuevo a la rutina.

»Todavía estarías roto por dentro, pero te recompondrías porque sabrías que es lo que necesitaban. —Sus cálidos labios se presionan contra mi mandíbula y su aliento me hace cosquillas en el cuello—. La vida continuaría. Y después de algún tiempo, conocerías a alguien. Una mujer amable. Inteligente. Tal vez una abogada que siempre quiso niños, pero nunca encontró el tiempo.

—Jesús jodido Cristo, Hinata —maldigo, porque no quiero escuchar esto.

—Ella se enamoraría de ti tan fácilmente. Y de ellos. Y todo estaría bien. Sería una buena vida, una vida diferente, pero aún buena.

Mis ojos arden detrás de mis párpados, porque no quiero ser parte de esa puta vida. Tiene razón, de una manera, seguiría adelante, al igual que querría que ella lo haga. No tienes un montón de elecciones cuando se tiene niños, cuando los amas como se supone lo hagas.

Apestas. Moverías el cielo y el infierno para asegurarte de que están bien.

Pero sería una pesadilla para mí, cada segundo horrible sin ella. Mis manos la acercan más. Dedos melancólicos rascan su espalda, el muslo.

—No me dejes nunca. Prométeme que estarás siempre conmigo. Sé que no es una promesa que puedes hacer... pero hazlo de todos modos.

Hinata puntúa cada palabra con un suave beso, a mi frente, nariz, mandíbula, mejillas, párpados cerrados.

—Nunca. Nunca te dejaré, Naruto Uzumaki. Nunca. Nunca. Nunca. Nunca. Nunca. Nunca. Nunca... Nunca.

Cuando su boca se asienta sobre la mía es como encender un fósforo. Desatando un incendio necesitado, frenético. Porque tengo que sentirla, viva y vibrante, debajo de mí, rodeándome.

La debería llevar a nuestra habitación, pero no lo hago. Debería reducir la velocidad, pero no puedo.

Todo lo que puedo hacer es colocarla sobre la mesa y quitar la tela de su cuerpo con manos temblorosas. Besarla como si nunca hubiera un mañana, lamer su piel y tragar sus gemidos.

Agarro la parte posterior de la camisa, me la quito, y mis pantalones siguen. Mis dedos rozan y se adentran entre sus piernas, sintiendo la humedad lisa y resbaladiza, y luego estoy empujando dentro de ella. Ese primer empuje, el desliz de sus paredes lisas y apretadas contra mi polla caliente y dura. Jodidamente irreal.

Al igual que siempre ha sido con ella. Al igual que siempre lo será. Su cuerpo me da la bienvenida, y luego me sujeta como si no pudiera soportar que salga. Y al igual que cada vez antes, la idea revolotea por mi mente, de que nada se sentirá nunca mejor que esto, que es tan bueno como se puede ser.

Y al igual que cada vez, se me demuestra que estoy jodidamente equivocado.

Mis golpes son constantes y largos, más exigentes, más duros de lo debido. Agarro la cabeza de Hinata en mis manos, mis dedos sueltan su cabello por lo que cae en cascada por su espalda perfecta. Sus pies se bloquean alrededor de mi cintura, tirándome más cerca, y nuestros pechos se funden juntos.

El aumento sólido de su estómago, donde nuestro niño duerme, se presiona contra mi vientre bajo. Hinata inclina la cabeza hacia atrás, aferrándose a mi mirada durante todo el tiempo que puede, hasta que es demasiado. Y el jodido placer sublime, creciente y ferviente, obliga a sus párpados a cerrarse y los labios a apartarse.

Me curvo sobre ella, apretando mi mano en su cabello, mis caderas moviéndose más rápido.

—Naruto... Naruto...

—Se viene con fuerza, contrayendo los músculos, jadeando mi nombre en sus labios perfectos.

Luego, Hinata se afloja, sumergiéndose con seguridad contra mi pecho. Deslizo las manos debajo de su culo y la levantó de la mesa, hundiéndome dentro de ella una y otra vez con salvaje y apenas controlado abandono. Sus manos se aferran a mis hombros. Confiando en mí, tomándome y dándome todo lo que pueda necesitar. Mis caderas forman círculos, se arrastran, y luego con un empuje final y gemido irregular, me vengo profundamente en su interior.

Por un momento, mis labios se apoyan en la cima de su cabeza, oliendo el dulce aroma limpio de su cabello, mientras sus manos se mueven arriba y abajo por mi espalda. La tormenta de culpa y aprensión que agitaba mis entrañas se calma. Porque ese es el poder que tiene esta ágil mujer; su voz me calma, y su tacto me da paz. La cara de Hinata se alza a la mía, llevando una sonrisa soñolienta pero saciada.

—¿Mejor?

Juego con su cabello.

—Sí. Mejor.

—Bueno. Ahora necesito otro baño. Me dejaste toda sucia.

Mis labios sonríen fácilmente ahora.

—Me gustas sucia.

Muerde mi hombro.

—¿Tienes ganas de unirte a mí?

La dejo ir el tiempo suficiente para tomar nuestra ropa del suelo.

Luego de vuelta en mis brazos y estoy guiándonos por el pasillo.

—Por supuesto.